Disparar al enemigo

Lamento pinchar el globo, pero las “marchas contra el terrorismo” son un sinsentido. Marchas se hacen contra gobiernos civilizados que aceptan la opinión ajena como un componente de la política. Pero tipos que te quieren matar, sólo pueden ver en una marcha, llena de figurones, un éxito. Disfrutan del tamaño de la conmoción causada con pocas bajas y recursos.

El occidente derechohumanista, negador de la realidad, es el caldo perfecto para que desarrollen su actividad los conquistadores y depredadores. Todo se convierte en un argumento con gente que no está interesada en la argumentación, que distraerá a sus víctimas en discusiones que no llevan a ninguna parte, mientras la matan.

El asunto con un enemigo es cómo producirle un daño de tal magnitud, que su voluntad de pelear desaparezca. El punto por supuesto no es ninguna proporción de fuerzas, sino una eficiencia en el uso de la fuerza contra ese enemigo, es decir, hasta doblegarlo. No hay un límite antes de eso.

Tampoco se lo debe juzgar dicho sea de paso. El juicio requiere no ser enemigo. ¿Cómo voy a hacerle un juicio a un enemigo, lo que implica la posibilidad de absolución, que en este caso no quiere decir otra cosa que mi obligación de rendición?

Se debe tener una doctrina, unas normas propias, no humanas, una disciplina y un objetivo de paz. Lo cual no tiene nada que ver y se lleva de las patadas con la corrección política, que quiere decir llevar el ego a un pedestal pedorro buenista, socialdemócrata.

Al enemigo le disparo porque me dispara. No lo definí como enemigo porque quiera nada de él, sino porque él quiere algo de mi y viene a buscarlo (tampoco porque piense de una manera, aunque sea estúpida, o contraria a la libertad o el derecho; mientras no lleve a cabo un acto de enemistad su estupidez no me molesta). Esa es la diferencia. Al que no le alcanza y piensa que tiene que ser un benefactor de la humanidad, cuando el concepto de humanidad incluye al Che Guevara (hasta para muchos es más humano que nosotros mismos) y a Pol Pot, está frito. Mejor que se rinda.

Dicho esto, el enemigo no es otra doctrina. Las doctrinas discuten con las doctrinas, no hace falta disparar. Por eso es indiferente cómo sea el Islam o cómo sean los islámicos, ese tipo de discusión está bien para el café o la academia o el púlpito. El mal pensamiento no es enemigo de la libertad, sólo el uso de la fuerza. Se dispara al que dispara. No se le dispara al tibio, ni al simpatizante del enemigo. Si al que es cómplice, si no se lo puede neutralizar con algo menor.

Vencida la voluntad de lucha del que dispara, el tibio perderá entidad.

La infección derechohumanista transformó para muchos lo que estoy diciendo en una especie de mal, porque implica no tener ninguna amplitud kantiana a la hora de ser amable con un terrorista. La falta de esa doctrina de lucha (no de procedimiento legal reservado al simple delincuente) lleva al riesgo de que el enemigo se defina a si mismo como civil una vez vencido y entonces tenga una segunda oportunidad para lograr lo que quería, por el suicidio pseudoprincipista de la víctima. Hay que revisar otra infección que es el nacionalismo. Con el título de propiedad de los estados sobre los individuos y el de estos de hijos no repudiables de esos estados (es decir, la nacionalidad), no se puede trazar la línea divisoria necesaria.

Pero claro, el desafío es no dejar de ser quién se es. Se debe seguir una doctrina y unas reglas y ser consecuente con ellas. No debe uno convertirse en el enemigo. Esto no es un objetivo “humano”, es un objetivo, libertario. Es decir, de una parte de la humanidad ¿Y la otra? La otra no me importa, mientras no se meta conmigo. No se puede entrar en debate con el que nos quiere matar, entre él y nosotros hay un palo, no un argumento. Asunto fundamental que occidente quiso evadir con la construcción de la Torre de Babel de los “derechos humanos”, tan humanos que debían hacer ceder o poner en peligro a los derechos individuales.

No hay doctrina todavía para luchar contra el terrorismo en general ni contra el islamismo en particular. Se perdió demasiado tiempo luchando por la humanidad. Es hora de pensar. Esta es una situación lockeana, no kantiana.

“Progre-cisma”

En la Argentina lo que más sorprenden son las sorpresas. Por ejemplo la del director teatral Carlos Rivas con la actitud facciosa de Estela Carlotto a favor de un gobierno con el que está asociada desde hace una década. Tanta fue su decepción que lo escribió a La Nación, que de acuerdo al Ministerio de la Verdad K es hoy por hoy el centro de la conspiración mundial contra el fútbol para bobos y la movilidad social de Lazaro Baéz.

Otros se sienten decepcionados por el aval y luego el “yo no fui” de un señor de los servicios de inteligencia. No hablo de Milani, sino de Horacio Verbitsky.

¿Verbitsky también? ¿No era un gurú moral, el ejemplo a seguir por el periodismo, la intelectualidad permitida y la cultura cartonera? El hecho de que fuera el número dos de la inteligencia de Montoneros, una banda de facinerosos dedicada al secuestro extorsivo, el ataque terrorista, el balazo a traición en función de la instalación de un régimen totalitario (o llamale terrorismo de estado si te parece), no solo no era obstáculo sino que era la explicación de la admiración.

Desde su puesto de lucha el admirado espía supongo que se dedicaría a ver a qué hora salían del colegio los niños de Fulano o el empresario tal dónde tenía su cuenta bancaria, además de qué destino darle al botín del secuestro de los Born ¿Qué otra cosa hace un señor de inteligencia de una organización criminal, además de servir de norte de anciano a la juventud nac&pop?

Si seguimos el derrotero de lo que son llamados “organismos de derechos humanos” en la Argentina entenderemos un poco mejor el tamaño del problema. Empecemos con Alfonsín creando una comisión de notables que recibía denuncias de ilegalidades en la represión y desapariciones. Un órgano formado por el Poder Ejecutivo, un decreto que determinó a quiénes investigar, un período permitido para el estudio, un procedimiento y un tribunal especial que terminaron con una condena expiatoria.

Hasta ahí parte de la sociedad reclamaba que también se juzgara a los guerrilleros y terroristas. Nadie se animaba a llamarles “militantes”. El propósito expresado era juzgar la clandestinidad, los daños colaterales, los inocentes incluidos en listas, la falta de procedimientos legales, las torturas y las desapariciones. En un proceso de años eso fue variando y nos fueron haciendo a la idea de que sólo importaba lo que hubiera hecho el estado en contra de sus “militantes”. Por ejemplo no había que contabilizar lo que el estado hubiera hecho a su favor (como la liberación de los criminales que con orgullo pidió Rivas en el 73 y que contó como aval de su crítica actual).

Después vimos que los “organismos de derechos humanos” reivindicaban regímenes criminales como el de Cuba y que pasaron a sostener la heroicidad de sus culpables, no los inocentes que cayeron en la brutalidad de la lucha. Ya no se quejaban de la ilegalidad de la represión sino que fueron estableciendo el estándar de que frente a esa violencia solo cabía dejarse matar o hacer volar por el aire ¿Y si eras de esos a los que no les cae bien que ellos te quieran matar? Entonces eras un fascista. Así lo enseñó el estado (no el sector privado), durante estas tres décadas. Toda la sociedad los siguió llamando “organismos de derechos humanos” pero sin comillas.

Hubo que olvidar a los muertos que ellos mataron. Con el kirchnerismo se le prohibió a las fuerzas armadas homenajear a sus víctimas. El aparato de propaganda de verdad fascista del gobierno estigmatizó y persiguió a los familiares y amigos de esos muertos que querían nada más recordarlos.

Hicieron del Nunca Más un libro sagrado y Alfonsín jamás cumplió su promesa de contar la historia de la violencia terrorista de los idealistas militantes que hubiera permitido separar la condena a la ilegalidad de la represión de cualquier sospecha de reivindicar los crímenes de aquellos grupos homicidas. Mucho menos sus sucesores porque en poco tiempo a nadie le importaba.

Después no fue suficiente esa omisión, porque el que fuera héroe máximo del Nunca Más Ernesto Sábato había dejado claro que no se tenía que interpretar que el informe era una defensa de la bomba, el tiro por la espalda o el secuestro extorsivo por amor. Los “organismos de derechos humanos” nos explicaron en esa etapa que condenar ese tipo de cosas o ponerlas al lado de crímenes de agentes del estado (ellos son unos consistentes defensores de la actividad privada, pero solo de la violenta. La función del estado es tener empresas comerciales y la del sector privado matar) era sostener una “teoría de los dos demonios”. Demonio hubo uno solo y ellos nos lo señalarían. Los derechos humanos se convierten así en unas prerrogativas que corresponden a los combatientes de un tipo de proyecto totalitario y a nadie más.

En el ínterin hubo que reescribir conceptos como la cosa juzgada, el derecho de defensa, anular leyes, establecer un filtro para ver quienes entran y salen de la justicia federal para que no se vayan a equivocar los jueces acerca de a quién condenar, a quién absolver y a quienes asegurar impunidad, que cosa es contra la humanidad (ellos) y cuáles solo contra las personas corrientes.

Ahí fue cuando llegaron ellos mismos al estado. De un día para el otro todo lo que se dijo sobre las cosas malas las hace el estado se aplicó al revés. Los jodidos eran los “sectores concentrados”. El poder contra el que ellos luchaban no era el estatal, sino el de las “corporaciones” ¿Y corporaciones que eran? ¿Acaso grupos privados sin culpa como los Montoneros o el ERP? No, eran grandes peligros de los que el estado tenía que defendernos como  programas de P+E. Una cosa son tonterías como bombas y granadas y otra unos pesados criminales que hablaban contra la estatización virtual de las exportaciones agropecaurias. O cualquier persona fuera del estado que no los defendiera o que los denunciara. Ahora que estaban del otro lado del mostrador, los derechos humanos pasaron a resumirse en la frase fascista: dentro del estado todo, fuera del estado nada. Es decir al revés de lo que nos venían diciendo cuando eran privatistas.

La cosa se puso cada vez más explícita. Los enemigos actuales pasaron a ser enemigos históricos rehaciéndose la historia como si estuviera escrita con tiza y aparecían por todos lados  vinculaciones con uniformes de todo contrincante. Pero siempre afuera de la facción. Dentro de la facción, la de los cada vez más pocos que son humanos, podían explicarnos desde los trabajos de Verbitsky en la Fuerza Aérea en plena etapa caliente, hasta el cargo de Juez de Zaffaroni, el de Alicia Kirchner en el Sur, las fotos y solicitadas de los Kirchner en el Santa Cruz, o la dirección de don Timermann del pasquín La Tarde; lo que sea. Los organismos de derechos humanos evitaban que nos fuéramos a confundir en cuanto a quién tenía que ser condenado y quién salvado. Un salvado podía pasar a ser condenado si se peleaba con el gobierno como la señora de Noble.

Lo de Milani es como el final de este largo cuento. Carlotto ya dice que como la Biblia para los católicos, el Nunca Más no puede ser leído de manera directa sino que debe pasar por las aclaraciones de ellos como intérpretes finales.

Y todos son millonarios, viajan en primera, hacen de sus fundaciones empresas constructoras, están llenos de cheques rebotados y una infinita lista de etcéteras.

Entonces amigos progres, esta es su realidad. No son los limpios de la sociedad que se molestan por algunas transgresiones, son esta cosa. Nadie se cayó de ningún paraíso. Ustedes no pueden decepcionarse entre si porque no hay cosa espantosa que no hayan hecho, defendido o promovido. A los que los miramos de afuera no nos asombran, no nos decepcionan, continúan comportándose como el culo de manera sistemática y coherente desde hace treinta o cuarenta años. No nos jodan más con el aparente escándalo con el que toman cada vez que quedan al descubierto siempre que el horizonte sea el posible agotamiento de la vía para seguir robando con el pasado mal editado en el que viven. Les gusta más la guita que el sexo. Y cuando no les gusta le guita, que los hace más humanos, les gusta la mentira, la violencia, la banalización de cualquier principio general y odian todo sentido real de justicia porque creen pertenecer a una casta a la que corresponde tratar bajo otras reglas.

Estas facturas casi dan ganas de pedirles que se las pasen en privado. A los demás no nos interesan. Nos tienen los huevos al plato.

Organización de Personas Unidas

Sigo con el mismo tema de ayer. Las declaraciones de derechos constitucionales fueron el último eslabón de una cadena de cambios en las relaciones de poder. Por desgracia el peso de los aparatos estatales a la larga produjo su propia cadena de cambios pero en sentido contrario, por eso hablar de los derechos individuales suena fuera de tiempo.
El interlocutor no comprometido con la idea a lo sumo escuchará con interés lo que se le dice, pero no lo tomará como su tema. En su mundo la cuestión es qué cosa linda se puede hacer usando el garrote del poder, porque pensar que las personas resuelven por si mismas los problemas sin necesidad de alguien que los ponga en raya es casi una superstición, creer en la magia de una mano invisible. No puede ser, siempre debe haber un organismo velando por nuestras acciones, dados nuestros defectos, bajo el supuesto no del todo consciente de que por suerte los organismos están formado por una gente de una categoría superior. Esos que para nosotros son empleados públicos tomando el desayuno arriba de un expediente viejo.
Los derechos de los que le hablamos ponen en juego la seguridad virtual del estado protector. Que no es tal, se lo podemos mostrar tantas veces, pero en sus genes está la memoria de todos sus antepasados creyendo en lo que no pueden ver. Creyendo más en lo que no pueden ver que en lo que pueden ver y quemando a los que ven. Así que la cosa está difícil. Encima si los organismos son internacionales, la sensación de control es mayor. No es lo mismo que nos alarme y clausure la alarma la Organización Mundial de la Salud con un virus que va a terminar con la humanidad, a que lo haga el médico de la esquina que es de carne y hueso, como nosotros, va al baño, come golosinas.
Desde aquellas alturas piensan en nosotros, nos protegen, los mismos de los cuales nos teníamos que proteger hasta que todo el mundo se compró el mito de la seguridad que nos provee el que lleva el garrote en la mano, reemplazando a una divinidad menos exitosa. Los tratados requieren muchos hoteles cinco estrellas y viajes en primera clase. Gente que no se arregla con unos sandwichitos de miga ¿A quién le importa semejante detalle? Después se harán las comisiones, y los viajes de control para hacer informes y ponerlos en la página web. Se le dirá a los redactores que no pongan nada demasiado definido, alguien se puede enojar. Plata; la plata que se paga con impuestos. Mientas se cede el ámbito de discusión de nuestra libertad, no vayan a esperar una declaración de derechos frente al fisco, una prohibición de prohibir actividades privadas o la facultad de consumir lo que se le cante al que lo quiera consumir sin violar los derechos de otros. Menos algo que nos proteja contra las regulaciones de internet, las trabas al comercio virtual. No, ahí se hace diplomacia y con los socios del sindicato, los gobiernos que eran el gran problema de nuestra libertad y ahora son nuestros papás, no hay que meterse.
Entonces creo que es hora de no dejar la definición de nuestros derechos ni su pretendida universalidad en manos ni de gobiernos, ni de entidades, ni de gente entrenada para no tener principios ni pasiones, en el acomodo, en esquivar los problemas.
Si el poder está ahí, transferido al lugar donde no hay vestigio alguno de democracia ni menos de controles republicanos, será ahí donde habrá que centrar los reclamos. Las personas del mundo que quieren ser libres, tendrán que actuar juntas, dejar de creerse las banderas, esas jaulas para primates que son las fronteras e iniciar un movimiento global que obligue a toda esta comparsa a frenar su carro.
Algo como una Organización de Personas Unidas que se protejan de sus protectores.

Les devuelvo los derechos humanos, devuélvanme los derechos individuales

Derechos humanos se llama a los que se originan en el derecho internacional a través de tratados. El apelativo “humanos” tiene la pretensión de darle universalidad a esas declaraciones, de beneficiar a cualquier persona bajo cualquier bandera sin importar el tipo de régimen político al que están sometidas.
Se trata de una universalidad sólo política por pertenecer a un orden multilateral que traspasa las fronteras. A diferencia de la universalidad conceptual que solo pueden alcanzar los derechos individuales, aquellos históricos que protegen de la arbitrariedad y que al pertenecer al ámbito interno de los países, intervienen en la relación entre el poder y las personas quiénes a su vez tienen todas el mismo status jurídico de individuos libres. Unos expresan una oda a lo humano según un estándar idealista y compartido y otros la libertad de personas, individuos en concreto tal cual son, que hacen cosas por si mismos aunque no quieran los otros humanos que las hagan o no les sirva.
Los derechos humanos nacen con la Carta de las Naciones Unidas, por iniciativa de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, un país totalitario y el resto con una tradición genérica de libertad. Los derechos humanos los igualaban sin que los contratantes exigieran desarmar el totalitarismo ni a la Unión Soviética ni a ninguno de los países que formaron las Naciones Unidas o los que se incorporaron después. Los derechos humanos por lo tanto, la Carta y todos los tratados que firmaron esos países tuvieron el primer efecto de legitimar las situaciones existentes de ausencia absoluta de libertad.
El segundo fue que las declaraciones tenían que conformar a todos los estados, pero son los estados los que atentan contra la libertad. Confiar en ese derecho internacional es como esperar que las cámaras empresarias manejen la libertad de comercio. Los derechos individuales son relaciones entre los estados y las personas beneficiarias. Los derechos humanos produjeron una ruptura en la legitimidad de los límites al poder, ya no los ponen o no se manifiestan frente a quienes padecen la arbitrariedad, sino los pares, el conjunto de los abusadores quienes paternalmente se dedican a la declamación poética sin intervención de los supuestos protegidos.
Con ese punto de partida el desarrollo histórico de los derechos humanos fue bastante previsible. Los estados totalitarios y sus grupos afines aplicaron la fórmula con la que el legitimismo monárquico desafió a la idea de la libertad individual: “Reclamo de vosotros y en nombre de vuestros principios, la libertad que os niego en nombre de los que me son propios”, frase atribuida a Luis Veuilliot que expresa a la perfección lo que la izquierda autoritaria ha venido realizando con los derechos humanos.
Los derechos humanos no quedaron en manos de esa izquierda revolucionaria porque haya algo en ellos que este cerca de su pensamiento. Todo lo contrario, mientras para los antiliberales es un gran negocio invocar principios que no cumplirán, para los liberales es un pésimo negocio invocar fórmulas genéricas, declaraciones huecas o derechos colectivizados cuando no directas habilitaciones al poder sin límites en nombre de los “derechos de la humanidad”, frente a los cuales encima la libertad de las personas en concreto debe ceder. Miremos lo que ocurrió en la Argentina en el año 1994, los tratados internacionales de derechos humanos fueron incorporados como derecho interno en un país mucho más libre en su constitución que cualquier tratado y sobre todo que cualquier autoridad internacional operada por los antiliberales, y las declaraciones, derechos y garantías quedaron convertidos en letra muerta. Hoy los jueces se dedican a aplicar el castigo de los dioses a los avaros que no ceden sus bienes y trabajo a cualquier necesidad en nombre de la bondad colectivista universalizada. Iniciativa de Elisa Carrió como convencional, dicho sea de paso.
Pasadas unas décadas estamos en que los derechos se definen en el nivel internacional y los ciudadanos ya no existen, no tienen injerencia alguna en esa materia. Los estados se dedican a inaugurar cuotas de poder para organismos en favor de las masas, se supone, a costa de minorías poco generosas, muy individualistas en sus formas de elegir, discriminatorias.
Los derechos humanos poseen una forma de legitimidad antiliberal. Por más que muchas veces digan cosas como que se prohíbe la tortura, lo cual está más que bien, el origen de esta declaración proviene de los aparatos políticos que están en condiciones de ejercer la tortura y han decidido apiadarse de nosotros, por ahora, mientras puedan usar la misma vía de legitimidad para esquilmarnos. Al lado de la prohibición de la tortura, que ya estaba prohibida en cualquier constitución liberal, nos imponen definiciones de la propiedad con las cuales la propiedad no existe (el tratado de San José de Costa Rica define propiedad con las mismas palabras con que lo hacía la constitución soviética, como el derecho al mero uso de los bienes), fórmulas para definir la libertad de expresión como “derecho a la información” que supondrá el control que ejercerá el enemigo de la información libre, el estado, sobre empresas que puedan competir con su poder.
Esta es la gran trampa que el siglo XX le deja al siglo XXI. Por más que los derechohumanistas antiliberales estén ahora en el poder y podamos usar nosotros de manera oportunista la frase de Veuilliot porque tampoco respetan, como nunca pensaron hacerlo, los derechos que invocaban en nombre de nuestros principios, la libertad que expresaban nuestras constituciones son un recuerdo del pasado.
El trabajo es liberarse de los sindicatos de gobiernos que son más peligrosos que los gobiernos solitos limitados a su espacio.
Es el momento en el que está claro que las personas en particular no tenemos nada entre las manos, como si no fuéramos humanos. Por eso pese a todo me planteo un cálculo optimista y sospecho que en diez años podemos juntar diez millones de personas en el mundo que digan: les devuelvo sus derechos humanos, devuélvanme mis derechos individuales.

Alak enojó a los derechohumanistas

El ministro de Justicia Julio Alak organizó un festejo de fin de año en la ex sede de la Escuela de Mecánica de la Armada que hoy hace de museo de los derechos humanos del pasado. Asado y brindis, más la obligación de los empleados del ministerio de asistir bajo amenaza de ser despedidos, porque estamos en ese orden tribal, entonces quién ocupa el cargo es dueño y amo y todo se hace en nombre de la igualdad.
Entonces se ofenden todos. Los derechohumanistas de aquella década, a los que nuestros derechos como humanos de hoy no les importan nada y la oposición indignada por la falta de respeto a la memoria de quienes pasaron por ese lugar cuando era un centro de detención.
Que farsa son los derechos humanos en la Argentina. Para el oficialismo, para la oposición que piensa que ese lugar es sagrado, para Alak que trata a sus empleados como esclavos pero es ministro de Justicia y Derechos Humanos. Hace un par de semanas ese mismo ministro hizo el trabajo sucio para Cristina Kirchner de maltratar a la Justicia por ser justa en lugar de satisfacer los deseos del poder. Fue en el trámite de la medida cautelar que protege al grupo Clarín del desguace al que quiere someterlo el oficialismo por no alinearse. Todo lo que recibe el apelativo de “organismo de derechos humanos” fue cómplice del ministro y de la presidente.
Derechos humanos por lo tanto significa conmemorar hechos del pasado para violar derechos en el presente, negar la función y la independencia judicial y desconocer el derecho a la disidencia.
A la oposición tampoco le importa nada de todo esto, el asunto es usar un paso en falso en el terreno de la mentira de los derechos humanos a la que ellos también se prestan, porque la población es tan inmoral que si no se portan como unos miserables corren serios riesgos de ser repudiados.
Así son las cosas y nadie se pregunta entonces qué era lo que estaba mal de la represión al terrorismo, si en definitiva nadie cree, menos que menos los organismos de derechos humanos, en la protección del individuo frente al poder, en la importancia de que exista una completa libertad de expresión, transparencia en la acción de gobierno y justicia independiente.
Siempre fue la queja que a los terroristas desaparecidos no se los hubiera juzgado regularmente y que a los que no estaban involucrados se les hubiera impedido defenderse y ser amparados por la presunción de inocencia. Pero esta misma gente cree que todos somos culpables de cualquier cosa si a la déspota discapacitada moral se le ocurre que somos un obstáculo. El algo habremos hecho está disponible, no les importa si nos espían como espiaban a sus familiares, si nos persiguen, si presionan a los jueces.
Si está bien ahora violar todo derecho humano posible, y algo peor todavía y muncho más peligroso y serio, violar todo derecho individual y garantía existente y hacer de la república un aguantadero por qué se quejan de lo que pasó más de treinta años atrás. Sobre el final del día, por si quedan dudas, la señora Bonafini anunció que entrarían a los tribunales si los tribunales no los satisfacen en permitir la destrucción de Clarín que quiere la déspota caprichosa.
Se llenan la boca hablando de “la dictadura”, como si hubiéramos tenido una sola, como si no la tuviéramos ahora, como si ellos no fueran parte de una, bochornosa, ladrona y chapucera.

¿Qué pensaría John Locke del abatimiento de Bin Laden?

John Locke, Segundo Tratado del Gobierno Civil

CAPÍTULO III. DEL ESTADO DE GUERRA

16. El estado de guerra lo es de enemistad y destrucción; y por ello la declaración por palabra o acto de un designio no airado y precipitado, sino asentado y decidido, contra la vida de otro hombre, le pone en estado de guerra con aquel a quien tal intención declara, y así expone su vida al poder de tal, pudiéndosela quitar éste, o cualquiera que a él se uniere para su defensa o hiciere suya la pendencia de él; y es por cierto razonable y justo que tenga yo el derecho de destruir a quien con destrucción me amenaza; porque por la fundamental ley de naturaleza, deberá ser el hombre lo más posible preservado, y cuando no pudieren serlo todos, la seguridad del inocente deberá ser preferida, y uno podrá destruir al hombre que le hace guerra, o ha demostrado aversión a su vida; por el mismo motivo que pudiera matar un lobo o león, que es porque no se hallan sujetos a la común ley racional, ni tienen más norma que la de la fuerza y violencia. Por lo cual le corresponde trato de animal de presa; de esas nocivas y peligrosas criaturas que seguramente le destruirían en cuanto cayera en su poder.

17. Y, por de contado, quien intentare poner a otro hombre bajo su poder absoluto, por ello entra en estado de guerra con él, lo cual debe entenderse como declaración de designio contra su vida. Porque la razón me vale cuando concluyo que quien pudiere someterme a su poder sin mi consentimiento, me trataría a su antojo cuando en tal estado me tuviere, y me destruiría además si de ello le viniera el capricho; porque ninguno puede desear cobrarme bajo su poder absoluto como no sea para obligarme por la fuerza a lo contrario al derecho de mi libertad, esto es, hace de mí un esclavo. En verme libre de tal fuerza reside la única seguridad de mi preservación, y la razón me obliga a considerarle a él como enemigo de mi valeduría y posible rapiñador de mi libertad, que es el vallado que me guarda; de suerte que quien intenta esclavizarme, por ello se pone en estado de guerra conmigo. Al que en estado de naturaleza arrebatare la libertad que a cualquiera en tal estado pertenece, debería imputársele necesariamente el propósito de arrebatar todas las demás cosas, pues la libertad es fundamento de todo el resto; y de igual suerte a quien en estado de sociedad arrebatare la libertad perteneciente a los miembros de tal sociedad o república debería suponerse resuelto a quitarles todo lo demás y, en consecuencia, considerarle en estado de guerra.

18. Por ello es legítimo que un hombre mate al ladrón que no le hizo daño corporal alguno, ni declaró ningún propósito contra su vida, y no pasó del empleo de la fuerza para quitarle sus dineros, o lo que le pluguiere; y eso se debe a que, si usa él la fuerza, cuando le falta derecho de tenerme en su poder, no me deja razón, diga él lo que dijere, para suponer que quien la libertad me quita no me ha de quitar, cuando en su poder me hallare, todo lo demás. Y es por tanto legítimo que le trate como a quien vino a estado de guerra conmigo: esto es, lo mate si pudiere; porque a tal azar justamente se expone quien declara el estado de guerra, y es agresor en él.

19. Y esta es la obvia diferencia entre el estado de naturaleza y el de guerra, los cuales, por más que los hubieren algunos confundido, son entre sí tan distantes como un estado de paz, bienquerencia, asistencia mutua y preservación lo sea de uno de enemistad, malicia, violencia y destrucción mutua. Los hombres que juntos viven, según la razón, sin común superior sobre la tierra que pueda juzgar entre ellos, se hallan propiamente en estado de naturaleza; Pero la fuerza, o el declarado propósito de fuerza sobre la persona de otro, cuando no hay común superior en el mundo a cuyo auxilio apelar, estado es de guerra; y la falta de tal apelación da al hombre el derecho de guerra contra el agresor, aunque éste en la sociedad figure y sea su connacional. Así cuando se trate de un ladrón no le podré dañar sino por apelación a la ley aunque me hubiere expoliado de todos mis bienes, pero sí podré matarle cuando a mí se arroje para no robarme sino el caballo o el vestido, ya que la ley, hecha para mi preservación, donde no alcance a interponerse para asegurar mi vida contra una violencia presente (y dado que nada sabría reparar mi vida), me permite mi propia defensa y el derecho de guerra, y la libertad de matar a mi agresor, pues el tal agresor no me da tiempo para apelar a nuestro juez común, ni a la decisión de la ley, para remedio en lance en que el mal causado pudiera ser irreparable. Falta de juez común con autoridad pone a todos los hombres en estado de naturaleza; fuerza sin derecho sobre la persona del hombre crea un estado de guerra tanto donde estuviere como donde faltare el juez común.

20. Pero cuando la fuerza deja de ejercerse, cesa el estado de guerra entre quienes viven en sociedad, y ambos bandos están sujetos al justo arbitrio de la ley. Pues entonces queda abierto el recurso de buscar remedio para las injurias pasadas, y para prevenir daños futuros. Más allí donde no hay lugar para las apelaciones – como ocurre en el estado de naturaleza – por falta de leyes positivas y de jueces autorizados a quienes poder apelar, el estado de guerra continúa una vez que empieza; y el inocente tiene derecho de destruir al otro con todos los medios posibles, hasta que el agresor ofrezca la paz y desee la reconciliación en términos que puedan reparar el daño que ya ha hecho, y que den seguridades futuras al inocente. Es más: allí donde la posibilidad de apelar a la ley y a los jueces constituidos está abierta, pero el remedio es negado por culpa de una manifiesta perversión de la justicia y una obvia tergiversación de las leyes para proteger o dejar indemnes la violencia o las injurias cometidas por algunos hombres o por un grupo de hombres, es dificil imaginar otro estado que no sea el de guerra; pues siempre que se hace uso de la violencia o se comete una injuria, aunque estos delitos sean cometidos por manos de quienes han sido nombrados para administrar justicia, seguirán siendo violencia e injuria, por mucho que se disfracen con otros nombres ilustres o con pretensiones o apariencias de leyes. Pues es el fin de las leyes el proteger y restituir al inocente mediante una aplicación imparcial de las mismas, y tratando por igual a todos los que a ellas están sometidas. Siempre que no se hace algo bona fide, se está declarando la guerra a las víctimas de una acción así; y cuando los que sufren no tienen el recurso de apelar en la tierra a alguien que les dé la razón, el único remedio que les queda en casos de este tipo es apelar a los cielos.

21. Para evitar este estado de guerra – en el que sólo cabe apelar al Cielo, y que puede resultar de la menor disputa cuando no hay una autoridad que decida entre las parte en litigio – es por lo que, con gran razón, los hombres se ponen a sí mismos en un estado de sociedad y abandonan el estado de naturaleza. Porque allí donde hay una autoridad, un poder terrenal del que puede obtenerse reparación apelando a él, el estado de guerra queda eliminado y la controversia es decidida por dicho poder. Su hubiese habido un tribunal así, alguna jurisdicción terrenal superior para determinar justamente el litigio entre Jefté y los amonitas, nunca habrían llegado a un estado de guerra; más vemos que Jefté se vió obligado a apelar al Cielo: En este día – dice – sea el Señor que es tambien juez, quien juzgue entre los hijos de Israel y los hijos de Ammón ( Jueces XI.27 ); y trás decir esto , basándose en su apelación, persiguió al enemigo y condujo sus ejercitos a la batalla. Por lo tanto, en aquellas controversias en las que se plantea la cuestión de ¿Quién será aquí el juez? no quiere decirse con ello quien decidirá esta controversia; pues todo el mundo sabe que lo que Jefté está aquí diciéndonos es que el Señor, que es tambien Juez, es el que habrá de decidirla. Cuando no hay un juez sobre la tierra, la apelación se dirige al Dios que está en los Cielos. Así, esa cuestión no puede significar quien juzgará si otro se ha puesto en un estado de guerra contra mí, y si me está permitido, como hizo Jefté, apelar al Cielo para resolverla. Pues en esto soy yo el único juez en mi propia conciencia, y el que, en el gran día, habrá de dar cuenta al Juez Supremo de todos los hombres“.

La teoría de ningún demonio

La muerte de Sábato reactualiza una cuestión, no digo una discusión porque en realidad nos rondan los dogmas obligatorios. Se dice que Sábato fue el creador de la “teoría de los dos demonios” porque en el prólogo de la explicación oficial sobre la guerra sucia iniciaba el relato afirmando que  “durante la década del ‘70, la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda“. Después la nueva doctrina oficial kirchnerista se ocupó de establecer que “es preciso dejar claramente establecido, porque lo requiere la construcción del futuro sobre bases firmes, que es inaceptable pretender justificar el terrorismo de Estado como una suerte de juego de violencias contrapuestas como si fuera posible buscar una simetría justificatoria en la acción de particulares frente al apartamiento de los fines propios de la Nación y del Estado, que son irrenunciables“.

Sábato, en nombre del Estado Argentino, no justificaba de ninguna manera al terrorismo del Estado Argentino como lo afirma el Estado Argentino en la era Kirchner. Solo ponía en el mismo contexto histórico dos posicionamientos que pretendían justificar la violencia. Una justificación hubiera sido afirmar que “los terroristas de extrema izquierda obligaron a reaccionar a los violentos de extrema derecha”. Pero no dice nada al respecto, apenas afirma que el país estaba lleno de violentos. Si él no lo decía entonces la idea estaba en la cabeza de sus críticos que entendían que el sólo hecho de afirmar que existía una violencia de la extrema izquierda y otra de la extrema derecha justificaba la represión ilegal hecha por el propio Estado en nombre de la segunda contra la primera.

El Estado Argentino K reacciona contra un hecho que considera inculpatorio para una facción, no contra argumento alguno en ese sentido que alguien haya esgrimido. No es una “teoría” lo que molesta a la nueva verdad obligatoria del Estado Argentino (y van…) sino que no se justifique la violencia de una determinada facción. La reedición de la verdad histórica oficial ni siquiera contradice lo que señala Sábato, uno y otro párrafo podrían convivir, pero el propósito no es aventar justificaciones de forma alguna de terror, sino reivindicar la violencia de extrema izquierda y dejar claro que lo que nunca más debe haber en el país es violencia de extrema derecha. Lo que oponen a una supuesta “teoría de los dos demonios” es la “teoría de unos ángeles de izquierda contra unos demonios de derecha”.

No hace falta siquiera inferirlo lógicamente, Bonafini, Carlotto y el Estado Argentino con los Kirchner reivindican al terrorismo setentista como “liberador” e “idealista”. El nuevo problema de este galimatías es que si lo terrible es nada más que cuando el Estado ejerce el terror, ahora estamos en otro momento de este lindo estado que estuvo atrás de todo, en el que justifica al terrorismo “privado”, es decir, lo ha convertido en propio, lo ha estatizado ¿Qué hacemos ahora con un Estado Argentino que ha incorporado al terrorismo setentista “privado” estatizándolo con más entusiasmo que a las AFJP? Ahora que indemniza atacantes de cuarteles y no solo damnificados por represión ilegal, que idealiza a miembros de Montoneros o Erp pero no invocando inocencia, que sería lícito, sino vistiendo de heroicidad acciones y pertenencias deleznables? ¿No está el Estado Argentino volviendo a ponerse del lado del terror?

Nos vemos envueltos en discusiones estériles porque somos manipulados por las distintas versiones oficiales sobre los mismos temas. Unos dirán que eran todos malos, otros tratan de luchar por obligarnos a pensar que unos eran buenos y otros eran malos. Todos mienten desde el momento en que se quiere imponer un pedestal moral desde el cual perseguir a los enemigos. En todas estas situaciones el Estado Argentino manejado por diferentes facciones actúa de modo ilegal porque no se conduce por normas objetivas aplicables a todos en sus políticas de represión, sea del terrorismo o del ejercicio ilegal de la represión. Para que existan lo que hoy se entiende como derechos humanos la violencia debe ser descartada y solo usarse de los modos y con las garantías establecidas para detener a la violencia.

No hay derechos humanos (y voy a dejar de lado las precisiones respecto al término) si no existe una doctrina permanente que excluya el uso de la violencia y establezca el modo de detenerla cuando se desata. Un estado que no combate al terrorismo deja de justificarse a sí mismo. Un estado que se convierte en iniciador de la violencia también. Un estado que ensalza al terrorismo es un estado terrorista. Un estado legalista no es el “estado de los buenos combatiendo a los malos”, porque lo único que tiene que hacer es excluir la violencia sea de los “buenos” o de los “malos”. Un estado que discrimina la violencia según haya sido ejercida por ángeles o demonios, definidos de antemano como tales y no por sus  actos, es un estado fundamentalista que poco tiene que ver con cualquier idea lógica de derechos humanos.

En la doctrina legal de un estado civilizado no hay ángeles ni demonios. Hay normas iguales para todos que no se pueden transgredir. Criminal es el que comete crímenes. Los actos no cambian su valor de acuerdo a quienes los realicen. La teoría debería ser la de ningún demonio. Quién haya cometido crímenes los debe pagar, sea que los haya hecho por sus propios fines o en nombre del cumplimiento de su misión pública. Los crímenes de unos no hacen buenos a los otros. Pero eso es válido en ambos sentidos, si no es así el Estado Argentino vuelve a identificarse con el terror.

Un estado legalista no es místico, ha excluido el misticismo como método inquisidor. Por eso la “teoría de los dos demonios” que no pertenece a Sábato sino a sus críticos, no es la respuesta válida a la “teoría de los idealistas masacrados por la derecha”. En realidad opera en el mismo plano tribal y salvaje. Lo único superador a los demonios, brujas, sapos y culebras es la ley y la Constitución, que unos violaban y otros directamente combatían. El marco objetivo legal es lo primero que hay que definir antes de señalar a los criminales, no al revés.

En lugar de eso el Estado Argentino siegue siendo un estado ilegal y arbitrario cuyos agentes ahora justifican y protegen de todo juicio al terrorismo que en ese entonces estaba del otro lado del mostrador. En actualidad también en todo caso hay un “apartamiento de los fines propios de la Nación y del Estado, que son irrenunciables”.