Lo “académico”

Lo “académico”

Hay cosas que son académicas y cosas que no son académicas y esto es una realidad completamente nueva para mi. En mi juventud todavía existían los argumentos válidos y los inválidos y la gente podía ser más o menos inteligente, profunda, precisa. Lo más importante es que había ideas correctas o incorrectas o incomprobables. Ahora nada de eso importa ni existe más, porque todo es académico o no académico.

En el estado argentino hay un conocido decreto que lleva el número 333 del año 1985, dictado por Raúl Alfonsín, de “Normas para la elaboración, redacción y diligenciamiento de los proyectos de actos y documentación administrativos”. Su objeto es reglamentar la forma de los documentos oficiales, resoluciones o decretos de los ministerios o el poder ejecutivo. Cuando trabajaba en la liquidación de empresas públicas había que preparar ese tipo de actos administrativos y todo debía pasar por el filtro del Decreto 333, que indicaba, indica en realidad porque está vigente, cosas como el tamaño del papel y los 0,6 gramos que debían pesar las hojas, y se detallaba con precisión milimétrica los márgenes, el lugar del encabezamiento, que los apellidos debían ir con mayúsculas en todas sus letras, etc., en una serie interminable de instrucciones que rara vez se conseguía cumplir, lo que provocaba que la Mesa de Entradas del ministerio frenara cualquier iniciativa, sin ninguna consideración por su urgencia o importancia. Se podía estar enviando fondos para atender un terremoto que la Mesa de Entradas rebotaba disposiciones que no se ajustaban al terrorífico decreto una y otra y otra vez. El mundo de lo “académico” tiene cosas muy parecidas a las del decreto 333, con sus normas sobre citas y su constante vigilancia acerca de que no se afirme nada que sea demasiado importante.

Académico es tener un grado, un título para hablar. Digo que es algo nuevo porque este término y el criterio que hay detrás, no se utilizaba, al menos no cerca mío, como criterio de seriedad y mucho menos de acierto. No creo que sea inocente, me parece que lo que se ve es un vaciamiento de contenidos que hace a los “académicos” proclives a aceptar las ideas “correctas” que un comisariato de lo que es debido está cuidando como a las verdades reveladas de una nueva religión. Abrumados por el lugar donde van las citas y la adaptación a un policía asignado como “director de tesis”, las ideas se vuelven demasiado etéreas para el trabajoso esfuerzo de adaptarse. Ese es el ambiente donde, pensaba Hayek, si el liberalismo ingresaba para exponer sus poderosas razones, el mundo cambiaría. Mi experiencia es ver cambiar a muchos liberales hacia la categoría de “académicos” que para poder decir cualquier cosa libremente, algo que valga la pena, tienen que salirse del ámbito “académico”, con el problema que trae eso en cuanto a que el control de la legitimidad de lo que dice, permanece y permanecerá para siempre en el comisariato. Mejor sonreír y decir poco. Ellos son los dueños de la marca, pero todos los que están adentro, sean adherentes entusiastas, de la crema del sistema o marginales, contribuyen a establecer que el templo de la validez y la autoridad, lo da la “academia”. No como el lugar donde estudiaron, sino la entidad, la élite que les vendieron como el reaseguro de sus privilegios, pero es la cadena de su esclavitud intelectual.

El fenómeno que se vive actualmente en las universidades norteamericanas, que suelen ser la antesala de lo que se copia después en el mundo, en cuanto a “limpiarlas” de ideas “impuras” para que la Universidad sea un “lugar sano” (o “seguro” según como se lo quiera traducir), la incorporación de departamentos de “diversidad” y toda esa cultura de izquierda manipuladora y estúpida, no encuentra contrincantes serios dentro, salvo profesores que excepcionalmente resisten algo un poco y mientras pueden. Porque una vez creada la autoridad del saber, la consagración política de la falacia de autoridad, ese poder sirve para lo que sirve el poder: para hacerse de recursos, concentrar las decisiones y tener la llave de entrada y de salida. La izquierda no es izquierda, esa es una palabra no académica, no se los puede ver, pero se cuelan todos sus criterios. Ese lugar del control es el preferido por el alma del mediocre.

Esta semana escuché tres veces el uso de esa palabra “académico” como sinónimo de “nosotros” y me doy cuenta de que es parte importante de la decadencia de los títulos como sistema de aprendizaje. No es que nunca hayan servido pero antes se los relativizaba, ahora son un absoluto. En mi juventud nadie se ocupaba de doctorarse en la Facultad de Derecho. No servía para nada más que para alimentar el ego de los “doctores”, lo cual ya nos parecía signo de poca inteligencia. Se escribía una tesis, que no es ninguna gran cosa, solo para obtener un trato de doctor. En general despreciábamos eso y probablemente haya sido una mirada un poco prejuiciosa, pero apostaría a que, al menos en mi facultad, quienes se interesaban por obtener el doctorado apuntaban más al narcisismo hueco que al conocimiento o al menos se sentían alimentados por esa palabrita “doctor” que los asemejaba a los médicos y que de cualquier manera por un criterio bastante absurdo de la Corte, se le aplicaba a cualquier abogado. Pero tampoco importaba, porque no agregaba el doctorado gran cosa a lo que se conocía sobre el derecho, mucho menos a la filosofía en la que se lo sustentaba que era lo más importante. Así que a lo largo de los años el acceso a la tesis se fue dificultando, agregando más y más requisitos y llenándolo todo de normas, para obtener el mismo resultado pero ahora bajo el designio de una élite burocrática repartidora de honores. Dudo bastante que ese tipo de control mejore el pensamiento o lo haga más riguroso.

El doctorado se convirtió en un pedestal y a su vez en un requisito para tener acceso a las cátedras. Se convirtió en el “certificado” que en los Estados Unidos se otorga como barrera de entrada hasta a los que quieren ser peluqueros. Un mundo gobernado por un gran decreto 333, que a a Alfonsín le hubiera fascinado. Ahora el doctorado es barrera absolutamente ineludible en el mundo de los que pueden usar la palabra “académico” como criterio de verdad. Lo peor es que lo “académico” es el lugar de los profesores, no de los alumnos, a los que debería dedicarse la academia. Fijémonos en esto, académico es sinónimo de escolar, pero nadie dice “esa cuenta que dice dos más dos es cuatro” no es “escolar”. Porque además de que a ese nivel parece que todos advertirían la falacia, escolar está demasiado bajo en la escala de prestigio construido como para ser útil a propósito alguno.

Todo me parece bastante absurdo pero lo grave es que me da la impresión de que lo mediocre ha ganado todas las batallas y que mucha gente inteligente alimenta al decreto 333 y le baja el precio al conocimiento, a la búsqueda de la verdad que no se de dónde sacaron que está dentro de la academia, que solo aporta los rudimentos de las cuestiones. En esa mediocridad florecerán los mediocres intra muros, los saca codos y es un lugar poco propicio para el pensamiento libre, porque en primer lugar está mal visto que sea libre, porque no es “académico”. Eso han conseguido. No veo cómo puede florecer la libertad donde todo está así de controlado, lleno de sellos, títulos y citas según métodos reglamentarios.

Rosenkrantz, otro juez que no debiera serlo

Rosenkrantz, otro juez que no debiera serlo

No se en qué momento el derecho se convirtió totalmente en izquierdo, pero desbarrancó en una pendiente muy pronunciada desde la década del 90. Hoy, un gobierno que dice no ser populista y que ya no existen ni las derechas ni las izquierdas (frase viejísima), nombró dos miembros de la Corte Suprema de izquierda socialista, que es lo que en general está detrás del slogan de la “muerte de las ideologías”. Alguien me dijo que Rosenkrantz era una maravilla porque era “moderado”. Parte del buzón socialista en el que el país está metido hasta el último pelo, es la sustitución del pensamiento por la cuestión de los modales. A la mayoría de la gente que no se identifica como socialista o de izquierda en el país, les pueden meter a Stalin en su casa si se presenta con unas formas urbanas y sonrientes.

No es que con esto pretenda decir Rosenkrantz es “malo”. A eso le puede sonar mi comentario al que diga que es “bueno”, como sinónimo de moderado, educado o no se qué cosa. En Estados Unidos la discusión más importante sobre cómo se compone la Corte tiene que ver con la concepción filosófica sobre el derecho y el estado. En la Argentina, mientras se evade esa cuestión y se la tapa con “notas” o antecedentes académicos (el mísmo método con el que les metieron a Gils Carbó), curiosamente, todo viene desde la misma perspectiva socialista, opuesta a la de la Constitución histórica, dicho sea de paso. Hay una ideología que no parece para nada muerta debo decir. El gobierno de Macri se caracteriza por escapar de esas definiciones y entonces termina proponiendo dos jueces que van en el mismo sentido, para demostrarle al mundo que “no existen las ideologías”, lo que se prueba favoreciendo a la izquierda. El tabú es tan grande, que lo comentado hasta acá ya escandalizará a mucha gente, pero el macrismo acaba de vivir en carne propia el problema de haber subestimado cuál es la concepción constitucional de sus candidatos, en el fallo horrendo dictado por el Tribunal en el caso de las tarifas del gas.

El nuevo juez de la Corte viene con el mismo tipo de dogmas socialistas que sus compañeros del Tribunal, no hay una sola excepción. Eso está perfectamente reflejado en un trabajo titulado “La pobreza, la ley y la constitución” publicado en la Yale Law School Legal Scholarship Repository. Ahí plasma el nuevo ministro su visión sobre el estado, la libertad individual – relegada a los objetivos colectivos – y la pobreza. Intenta realizar un análisis de las obligaciones de los que no son pobres con los que son pobres, por el simple hecho de que unos son pobres y otros no, sin ninguna justificación acerca de por qué existe esa relación “jurídica”, mucho menos por qué existe la pobreza y la no pobreza. Es solo un imperativo moral del que deduce normas legales, es decir actos estatales, intervención de la autoridad, límite a la propiedad y manejo de la vida de los ciudadanos en nombre de esa moral. Nunca considera siquiera la posibilidad de que la pobreza tenga como solución la producción, algo que corresponde a los que son pobres y a los que no lo son, pero que específicamente en el caso de los más pobres, depende en gran medida de que no aparezcan ni asaltantes ni moralistas a entorpecer los proyectos de los que tienen más capital.

Rozenkrantz no parece creer que exista un problema de escasez, por lo tanto el derecho está habilitado desde los imperativos morales socialistas para resolver la pobreza. Todo es una cuestión de distribución y planificación centralizada. Normas buenas harán que haya menos pobres. También define al derecho privado como el que regula las relaciones privadas (según él una “moderna economía de mercado” es la que está plenamente regulada, es decir, la que no tiene nada de economía de mercado), esto es, por su objeto, y no por el hecho de que pertenezca al arbitrio de los privados, que es la cuestión fundamental.

El artículo podría titularse “la necesidad crea derechos”, que es el meollo de la ideología autoritaria. Se traduce como que la necesidad habilita a la intervención de la autoridad política, que es lo que requieren tales “derechos”. Ocurre que las necesidades son ilimitadas, por lo tanto pensar de esa manera a la acción del estado, equivale a sostener la validez de un poder ilimitado. Pero en estas concepciones del derecho constitucional, todo el asunto es promover la felicidad, sin ninguna consciencia acerca de que se está promoviendo hacer felicidad con palos, porque el estado no tienen nada que no tengamos nosotros como no sean los palos.

El trabajo apunta finalmente a dilucidar si los llamados “derechos económicos” (que no existen más que en la voluntad política) deben ser o no incluídos en la constitución y si “los pobres deben obedecer al derecho” y llega, afortunadamente a la conclusión opuesta a la de Gargarella, que dice que no. ¿“Obedecer al derecho”? ¿Por qué no usar la palabra “respetar”? Se está preguntado específicamente si una persona por ser pobre tiene impunidad para incumplir sus contratos, impedir a los demás circular y cosas equivalentes. No se trata de “obedecer una orden”, sino de respetar a los demás, es una abstención, no una acción que “los pobres” deben seguir como unos soldados y de la que podrían revelarse (desde ya, si pensara así, yo estaría con Gargarella, pero no como excepción sino como regla). El problema por supuesto es de concepción, si pensamos que el el derecho es una completa farsa o que toda ley formal es derecho (algo que está supuesto claramente en el trabajo), entonces es un instrumento de dominación, algo que se obedece o no se obedece y nada más que eso. Pero resulta que el mundo que pensaba así colapsó, porque lo cierto es que ese respeto a los contratos, el dejar circular, el permitir a los demás desarrollarse, es lo que da las oportunidades de salir de la pobreza. El almacén que me va a contratar no se instalará en mi barrio si es un barrio de ladrones, no importa si lo son por razones privadas o por sus creencias acerca de lo injusta que ha sido la vida con ellos. El almacenero no aparecerá en ninguno de los dos casos.

El violar derechos ajenos no es una vía para salir de la pobreza válida como regla, menos como regla jurídica, menos para un juez. No es sólo un problema en Gargarella que dice que si, lo es también en Rozenkrantz que dice que no tímidamente, porque la razón que da para negarlo no solo no es terminante sino que da por buena la moral socialista de la que parte una pregunta tan desacertada: esa de que los pobres son causados por falta de “distribución”. Un análisis económico necesario le hubiera llevado a la conclusión de que la pobreza que conoce es hija de la distribución socialista, parasitaria y extractiva.

No, no creo que pueda haber jueces socialistas, pero hay algo que es mucho peor que eso y es la frivolidad de la sociedad argentina, sobre todo de la que no forma parte de la avanzada ideológica planificada, de hacer como que la cuestión ni siquiera merece consideración.

Lo dicho, reitero, no tiene que ver en absoluto con que sea bueno o malo el nuevo ministro de la Corte, ni siquiera con que sea bueno o malo Gargarella, que si me preguntan creo que es bueno, pero jamás le daría un lugar en el estado, menos de juez.

Burkas

mujeres con burka¿Es esto nada más un símbolo del sometimiento de la mujer? A las mujeres se las esconde, pero ¿de quiénes? La consigna es que ellas despiertan “pensamientos impuros”, que son los muy puros pensamientos vitales del sexo. El esquema de poder de los hombres tratando a las mujeres como ganado los excede a ellos, es el dominio de la religión, de los religiosos, sobre todos, a través de la manipulación de los impulsos vitales, transformándolos en problema, poniéndole a cada uno en su cabeza el ojo vigilante de la divinidad, de sus representantes de carne y hueso en realidad, contra todo lo que los individuos quieren (sexo, felicidad, dinero).

Los varones de ese formato de dominación son unos esclavos aunque de otro tipo, como los colaboracionistas sádicos de un ejército invasor. Se los invita a esperar para disfrutar en la muerte, mientras tanto son un instrumento de los religiosos, hasta cuando castigan. Las mujeres son el último eslabón de la esclavitud; mientras los varones las vean vestidas como siervas no se darán cuenta de su propia servidumbre.

En “occidente” (que es tantas cosas como el capitalismo y el comunismo, una religión estatal que pretende ser anti estatal), tuvimos una gran dosis de lo mismo y todavía persiste. El actual papa es un colocador de burkas económicos en todas las cabezas de sus fieles, un gran corruptor, un ayatolá buscando su oportunidad. Después habrán otros velos si le dan cabida, por ahora tiene para entretenerse diciéndole a todos que buscar una ganancia es como mirar una teta.

La alternativa a la barbarie es un mundo secular, no la “religión verdadera”, el del conocimiento de la realidad, no de las consignas, no del relato común de someternos a algo más estético que la burka física. Estábamos bastante bien cuando todo eso se había reducido al ámbito privado, el problema lo tenemos cuando se invade el público, el de las reglas que se imponen. Así es el fallo de la Corte espantosa de la Argentina, una admonición represiva del “tener”, el burka económico contra los malos pensamientos lucrativos.

El gran peligro es que la represión que reconocemos, que está en esta foto, le de una nueva oportunidad a la represión que no vemos, porque son burkas cercanas, asumidas como inevitables, como la “distribución de la riqueza”, la “educación”, la “recaudación”. Ese final sería terrible. La alternativa real a este movimiento medieval expresado en la foto no es ni siquiera la liberación de la mujer, que ya estaría bastante bien sacarles eso, sino la liberación del sexo y de todo lo que queremos del yugo de la culpa, del negocio de la culpa, del negocio inmundo de la culpa.

Observatorio de la deuda estatal y de los socialistas

Pobreza y gasto públicoEl gasto público tiene el mismo lugar en la economía que el asalto callejero, el daño que produce es independiente de la posibilidad de que genere beneficios. De hecho los asaltantes también generan actividad económica y bastante más cercana a la realidad que la de los arrogantes planificadores. Si el gasto público es necesario es algo que no se puede decir en términos económicos porque para la economía el único dato a tener en cuenta es la preferencia expresada de quienes son parte de una cadena de voluntades e intereses que se llama mercado y que el asaltante y el funcionario interrumpen de un modo similar.
A la pregunta de si hace falta que el gobierno construya un camino, se la puede responder con bastante ceguera porque se desconoce qué cosa deben dejar de lado los dueños de los recursos utilizados y si ellos preferirían la ruta a lo que dejan de lado. Es probable incluso que el que paga y el que recibe el beneficio sean personas distintas, entonces ya tenemos un problema diferente que es que el concepto de ciudadano y de igualdad ante la ley están muertos. Se que a mucha gente no le importa el tema en sí, porque no ven en el mediano y largo plazo lo que significa que con un truco tan colegial el estado haya tirado al piso todos los principios que lo mantenían a raya, protegiendo a la gente. De cualquier manera, beneficiario y víctima deberían preocuparse por igual y no solo por la destrucción del principio de que las personas son el origen del poder político, sino porque toda ruptura en el flujo de voluntades cambia los comportamientos, ahuyenta proyectos, encarece las decisiones; es decir empobrece. Lenta e inexorablemente un país puede ir apagándose desde el esplendor hasta una gris decadencia, mientras los políticos avanzan, son percibidos como padres protectores, cambian su lenguaje y con tanto poder se convierten en asaltantes. Lo cual no es el problema en sí, sino la consecuencia, porque de todo lo que tiene el estatismo la corrupción no es lo peor, por lo mismo dicho anteriormente. Son recursos que vuelven de un modo mucho más rápido y realista a la economía. El problema con la corrupción no está ahí sino en que sigue alimentando la división de la sociedad entre los que pagan (los más productivos) y los que votan (el mayor número). El problema de la corrupción es que alimenta al estatismo; desde el punto de vista económico, no lo es tanto el desvío de recursos a manos “privadas”.
Salvo por la estafa keynesiana y el palabrerío mágico-técnico, sería fácil de percibir como el causante de la pobreza extendida que coincide de un modo absoluto con la clientela electoral. Se trata de un circuito esclavo paternalista que cambia lo que el mercado se esfuerza en hacer para producir y que beneficia a todo el que quiere trabajar, por lo que la política se empeña en despilfarrar, que beneficia al que cree que se salva del riesgo, cuando en realidad está matando a los que tienen la fortaleza e inteligencia para enfrentarlo.
Lo productivo se decide fuera de la decisión impuesta. El estado promueve el pensamiento autoritario, que la gente tiene tan implantado que ni siquiera percibe como tal. Esa permanente referencia al estado demuestra una fe en la autoridad que antes se depositaba en esa supuesta autoridad general que se que sostenía al mundo. El que cree que todo se soluciona inaugurando una oficina que lleve el nombre del problema en sí, es un autoritario sin remedio. Porque puede comprenderse el autoritarismo de quién ejerce la autoridad, es una tentación conocida y manejable, pero el drama de este tiempo es la obstinación de apostar todo el tiempo al comisario de aquellos que están del lado de los que obedecen. Algo que sólo se pudo lograr inculcándoselo a las gallinas del criadero con banderas y con himnos.
Hay un departamento en la Universidad Católica Argentina llamado “observatorio de la deuda social”. Listo, todo lo que falta, la gente que no alcanza a tener un estándar de vida determinado, es gente a la que se le debe ¿Quién le debe? Aquí aparece la autoridad porque parece que quienes se lo deben no son los de ese observatorio, ellos no se declaran deudores sino denunciantes. Se lo deben los que están fuera del circuito autoritario poniendo ladrillo sobre ladrillo para construir unos edificios, que creen, pero no están seguros, tal vez se vendan a un determinado precio, del que estarán enterados si el estado no emite un volumen tal de moneda, que los haga nadar en un mar de desinformación. Esos que en muchos casos se funden, pero que son tan necesarios que se sostienen ellos, sostienen a sus clientes, proveedores y empresarios y al estado y a los observatorios de todo tipo. Esos están en deuda. El mundo depende de gente que está previamente condenada por hacer el dinero que unos más buenos que ellos determinarán cómo debe distribuirse, sin nunca ponerse en el papel de producirlo ellos.
La consecuencia es simple, una sociedad así tiene menos empresarios y más políticos. Es mucho mejor estar del lado de los que juzgan y determinan las “deudas sociales”, que del de aquellos que generan las utilidades. No todos los de este último grupo están dispuestos a ser el botín general de todo ese grupo de parásitos morales. Otros aunque lo intentan, frente a tantos costos simplemente fracasan. Entonces se empobrecen todos. Los empresarios, sus empleados, sus clientes, sus proveedores, el estado parásito y los observatorios, pero un pequeño grupo con acceso a las arcas se volverán una casta superior que concentra los recursos y se encarga de diseminar toda esa “ideología” anti productiva y las teorías y a los teóricos que la sostienen.
Vivimos bajo un enorme engaño empobrecedor, hay que contárselo a todos los que quieran oírlo, que no son muchos por ahora. Este iba a ser un comentario cortito.
Foto: Un país donde todos son de izquierda, todos son “sociales” (socialistas), nadie es “neo liberal” y hace 70 años que todo se “soluciona” con gasto público y “leyes sociales”. Pero le siguen pidiendo al mercado que pague la “deuda”.

Los precios, explicación en dos partes para responder al engaño que difunden los medios.

En tiempos de inflación la ignorancia es el mejor insumo para el gobierno que emite moneda. No tiene que hacer mucho esfuerzo, porque enseguida aparecen los cazadores de brujas a encontrar dominios entre intermediarios y supermercados. Eso sirve para que la gente crea, además, que el gradualismo es gratis, que la inflación no es lo que se paga por el culto al gasto público y a la santa recaudación. Esta editorial en dos partes es del año 2013, le pido a la gente del gobierno que escuche el final del segundo video, sobre la perspectiva del “kirchnerismo bueno” y la desgracia del eterno retorno.

 

 

Joselandia, los alfajores y el economista

Joselandia, los alfajores y el economista

Un economista decide crear una “economía”, pero en vez de hacerlo sobre un territorio nacional, selecciona a todos los llamados “José” en al mundo. Como es muy ordenado pone todos los nombres y sus ubicaciones en una planilla de Excel. Son 12.365.321 Josés, de un nuevo país virtual al que llama Joselandia, producto, como todos, de un agregado. La diferencia entre Joselandia y Argentina, es que es imposible formar un gobierno de los Josés, porque es carísimo perseguirlos para cobrarles impuestos y más todavía hacer realidad el monopolio de la fuerza. Pero en fin, a los efectos de analizar la economía como se la analiza hoy en día, en base a agregados, hasta se diría que este conjunto está menos contaminado por intereses políticos.

Los ingresos anuales de Joselandia ascienden a 360 mil millones de dólares, que los Joselandeses gastan de la siguiente manera:

Comida 100.000 millones.
Esparcimiento 100.000 millones
Salud 40.000 millones
Vivienda 60.000 millones
Otros 60.000 millones.

Un día el economista se compra un software de la empresa del Pokemon Go, que le permite tener el control de la actividad de los Josés del mundo. A partir de que se conoce la noticia, le empiezan a llegar pedidos de algunos Josés en base a que para un José no hay nada mejor que otro José y por lo tanto sus negocios en declinación tienen que protegerse.

Al economista le pareció una gran idea, porque después de sus doctrados, post doctorados y premios Nobel, había llegado a la conclusión de que no se pueden dejar las cosas libradas a la arbitrariedad del mercado. Para arbirariedad, mejor la arbitrariedad de alguien que sepa. El tenía título justamente de economista, así que podía manejar la economía, así como un meteorólogo tiene que decidir si va a llover o no. Lógica pura, una cosa se sigue de otra, como se la enseñaron en el colegio.

El grupo más elocuente de joseces lobistas eran los de los alfajores Pepe. El gasto en alfajores estaba dentro del ruro “otros”, se consumían 10.000 millones anuales en alfajores Pepe. Si, es que estaban muy buenos. Bueno, hasta ese momento, después de que se aplicó un arancel a la compra de alfajores de terceros, sobre todo los fabricados en China que costaban la mitad (ojo, costaban la mitad por malas intenciones de China. Antes los chinos tenían buenas intenciones y los cobraban el doble. Todo tiempo pasado fue mejor). Entonces los Joseces pasaron a consumir unos alfajores de menor calidad y la industria fue languideciendo. Los ingresos de los Josés empezaron a bajar numéricamente, además de que por el mismo valor ya no obtenían lo mismo que antes, así que en términos de satisfacción de sus necesidades, venían para atrás. El economista fue tomando más medidas como asignar un monto de alfajores mínimos que era obligatorio consumir por mes. Los joseces eran muy disciplinados así que cumplían con la ley, digo, la orden, en fin, eso. En la misma aplicación se agregó una pestaña de “ética”, en la que se promovía la política de para un José nada mejor que otro. Incluso se creó una bandera y un himno. Todo muy emocionante, pero los problemas seguían el mismo curso. Peores alfajores, más caros, que requerían más aranceles.

Un día un almacenero le compró el negocio al economista, que se retiró y puso a escribir sobre la historia de Joselandia y la virtud de ser joselandés. El almacenero no tenía amigos alfajoreros, por lo tanto quitó todo arancel a la compra de alfajores de terceros. Lo que se conoce en el rubro como un salvaje capitalista. Un tipo que por supuesto no había leído ningún libro de la nueva economía y ni siquiera sabía el himno de Joselandia.

Lo que pasó fue que al otro día los Joseces gastaron la mitad de lo que gastaban en alfajores comprando los chinos, que estaban cada día peor intencionados. Los Josés alfajoreros se fundieron, sus empleados quedaron en la calle y todos los economistas del mundo trataron al almacenero, que, por supuesto, se llamaba Manolo, de animal y mala persona. Pero resulta que ahora a los joseces les sobraban 5 mil millones, así que algunos de los acreedores de los industriales alfajoreros que se quedaron con sus bienes se pusieron ha hacer empanadas, que se convirtió en toda una nueva industria de que manejaba 2 mil millones anuales. Otros pusieron unas tiendas de venta de alfajores donde la gente se sentaba a comerlos con café. Esta actividad explotó realmente, unos 3 mil millones se empezaron a gastar en eso. Otros se dedicaron a otras cosas usando su imaginación, porque descubrieron que si no lo hacían, tampoco podían comprar los alfajores chinos. En fin, el pronóstico de que los Joceses del mundo verían achicar sus economías por comprar alfajores chinos, no se cumplió, porque pra comprarlos todavía tenían que producir algo y además ahora les sobraba dinero para comprar otras cosas. Al final la gente que trabajaba para las nuevas industrias era mayor y mejor paga.

En la planilla de Excel ahora figuraba un ingreso de los Joseces de 370 mil millones. Los alfajores ya no se compraban entre ellos, sino a otra planilla de Excel, la de China. Costaban la mitad, pero para comprarlos los Joseces tuvieron que ponerse a fabricar algo que los chinos quisieran a cambio de los alfajores. Y si no fueran los chinos, cualquier otra planilla Excel de la que pudieran obtener las divisas necesarias para adquirir su golosina favorita. Si no exportaban algo a otra planilla de Excel, no tenían forma de adquirir los alfajores más baratos. Consiguieron exportar empanadas y así todo el negocio cerró. La productividad de Joselandia aumentó.

Manolo dio un discurso por Youtube donde explicó en qué se había convertido la economía: en una ciencia que explica que el progreso y sus dolores, deben ser evitados y que en eso consiste básicamente el secreto de la prosperidad. Propuso cambiarle el nombre por “política”. Después se convirtió en Youtuber y cerró la aplicación. Llegó a la segunda conclusión: Agrupar a la gente colectivamente por cualquier criterio para simular una ciencia objetiva, no tiene ninguna utilidad.

Un día Manolo encontró en internet un libro que explicaba todo, también era de economía, pero muy distinto a como la entendía el economista. Se llamaba Economía en una lección, de Henry Hazlitt. Hizo una aplicación para enseñar esta nueva ciencia.

Lo que Felipe Solá es a la política

Lo que Felipe Solá es a la política

Felipe Solá: Hay una cacería contra Cristina Kirchner
Felipe Solá: Hay una cacería contra Cristina Kirchner
Felipe Solá es una Argentina, no la autora, sino la garante. Ellos, los Solá, construyen la casa, la adornan y la disfrazan para que los que tienen a la política como actividad criminal principal la habiten con comodidad. Después se encarga de confundir a los que los repudian desviando la atención. Es de esos que hacen que perdamos buena parte de la vida deshaciendo mentiras, como si no hubiera cosas mejores para hacer. Por supuesto que los Solá no serían nada si no fuera por otra Argentina más, que no reconocería a Hitler ni a Jack el Destripador, si hablaran bajito, se vistieran prolijitos y adoptaran un tono de buen barrio.

Hay un instinto conservador a preservar a los criminales. Que la gente no sepa. Si todo estuvo mal hay que “perdonar”. Si algo estuvo bien, ni justicia. El sistema se renueva cuando alguien en política es eliminado por alguna cosa peligrosa como decir la verdad, pero si los delincuentes pagan ¿A dónde vamos a parar? Las normas son algo que rige para los que creen en ellas y sólo contra ellas. Todo porque alguien dijo que la ética es una deuda, pero no me quiero ir por las ramas. Bastante tengo con el tronco de Solá.

El es ese nuevo conservadurismo. Conservan el crimen político, que no sea tocado. Porque otros los cometen, pero los que viven de ellos, son algo por ellos, van a la televisión por ellos, sea como panelistas, conductores, anunciantes o invitados, son actividad periférica de los crímenes principales, de manera que todo puede venirse abajo. Ojo, no el robo, eso es lo más inocente. El atropello estatista, el uso del poder en nombre del bien para hacer el mal, joder al otro, aplastar a la habilidoso, entronizar al imbécil. Imaginen si termina eso, sería un desastre. La distopía argentina que explica perfectamente a Tognetti. Todo lo choto, como una gran ola que entienden que cuando se corte deja un tendal, aunque les toque ese borde menor de mirar y criticar un poco, denunciar un poco y siempre en el momento oportuno. Hay que conservar la fuente.Si un gobierno directamente no intentó hacer nada bien, nada honestamente, sería muy peligroso que se lo sacudiera de verdad, sobre todo si estubieron por ahí en los suburbios haciéndose los boludos. Hay que urgente invocar algunas falacias que suenen principistas para ponerse a juzgar el feo sentimiento que la gente tiene hacia los agresores porque no entiende nada acerca de cuántas cosas dependen de que los hijos de puta no sean tratados como tales sino superficialmente, un ratito. Listo, ya está, suficiente, hablemos de otra cosa. Tengo esta pequeña objeción, pero no nos pasemos de la raya porque eso significa que tenemos odio. Viva el amor. Es muy importante cuidar de los buenos sentimientos que permiten cagar a todo el mundo.

Es malo para la Argentina Solá. Es malo que los delincuentes no paguen. Los inversores del exterior que clausuran sus planes cada vez que titubea el gobierno acerca de desbaratar la farsa estatista, están esperando saber si la Argentina se divorcia del crimen o lo preserva. Por ahora, todos parecen preservativos, Solá el primero.