Derechos humanos para robar. El plan Kirchner.

Derechos humanos para robar. El plan Kirchner.

El ex juez de la Corte Adolfo Vázquez expuso anoche, en el programa de Fantino, cuáles fueron las reales motivaciones del asalto al Alto Tribunal por el dúo Beliz-Kirchner y el plan de este último de esconder su sistema delictivo detrás de una “política de derechos humanos”. Jorge Asis entonces, resumió esa descripción bajo la consigna “roban pero encarcelan”, como si ese hubiera sido el toma y daca con el aparato de izquierda violenta, reconvertida en ovejias humanistas. La realidad es mucho más grave que la reducción que hace Asis. Para ese sistema de vícitmización cuyo máximo exponente es el gran manipulador Horacio Verbitsky, la vida, derechos o destino de sus ex camaradas es completamente instrumental, como lo demuestra la forma en que protegieron al general Milani y al propio Néstor Kirchner, a pesar de sus vínculos cercanos con el aparato militar de Santa Cruz en aquellos años en los que comenzó a enriquecerse. También el silencio ordenado por la señora Carlotto sobre las sospechas que tenían desde hacía años sobre los hijos de la señora Herrera de Noble hasta que se produce la ruptura con el grupo Clarín. Silencio que a partir del año 2008, en que Kirchner no consigue ponerse de acuerdo en negocios con el grupo y lo enfrenta, se convierte en denuncia ilegal y contra toda evidencia. No es en todos los casos, pero la vanguardia política del llamado movimiento de derechos humanos, que reivindica el terrorismo, está comprometida en el uso de esas banderas para sus fines políticos y económicos.

Kirchner conocía perfectamente la naturaleza de esa farsa, era parte, y el modo en que el aparato periodístico se arrastraba por corrección política ante ellos, así que salíó a comprar esa franquicia con toda impudicia. Los hizo ricos y los puso en el primer nivel de la política, justo cuando su influencia estaba languideciendo. Un pilar del plan era poner una Corte que hiciera añicos los límites constitucionales. Muchos jueces de dudosa moral y de segura implicación en encubrimientos y persecuciones interesadas, habían logrado su impunidad haciendo lugar a bararidades jurídicas que facilitaban el castigo a ex militares, aunque no correspondiera ni por razones de responsabilidad personal, no por garantías jurídicas gruesas. Pero ni remotamente ese fue el secreto del éxito de su plan delictivo. La pequeña izquierda pro montonera se podía comprar con unos millones, como lo había hecho Menem años antes. Lo que hizo Kirchner fue poner a sus pies a la sociedad culposa manejada por esos organismos de llamados derechos humanos. Esa sociedad que pasó de hablar de excesos a condenar lo que se llamó una “teoría de los dos demonios”, consistente en el atrevimiento de sostener que los tipos que mataban por la espalda, secuestraban y ponían bombas, también eran malos y no solo los que les habían disparado a ellos en nombre del estado. Es esa sociedad la que se agachó ante ese criminal cuyo nombre llevan todo tipo de instituciones públicas, calles y avenidas del país, porque después de haberse sentido aterrorizada por las organizaciones violentas de la década del 70, después de haber mirado para otro lado cuando la respuesta a ellos la manejaba la triple A con métodos similares y después de haberla jugado de humanista cuando ese trabajo estaba terminado, quería presos que la aliviaran en lo que no tenía más remedio que pensar de sí misma. Esa gente, los otros, los que no son ni Carlotto, ni Bonafini, ni Verbitsky, estaba lista para aceptar una banda de ladrones sin antifaz y sin sutilezas, si le hacían el servicio de librarla de su culpa, con métodos tan asquerosos como los de las etapas precedentes de su defección.

Por eso es que el slogan de Asis es tan insuficiente. Los truchos derechohumanistas fueron comprados de nuevo con millones, muchos más de los que les dio Menem, el resto de la sociedad fue acallada con un violento sistema de falsa justicia que la hiciera sentir mejor, mientras se hacía peor.

Las tarifas dinámicas de UBER y la bondad de los comentaristas.

Las tarifas dinámicas de UBER y la bondad de los comentaristas.

Uber sube las tarifas cuando la demanda se ve sobrepasada en una zona para atraer más choferes, que son independientes y trabajan por dinero. Como vos y como yo, lo hacen para sus propios fines, no para los nuestros. Alguien me dijo que esto estaba mal porque si hay una emergencia y se necesita agua, las botellas de agua deberían ser gratis. El problema es a quién le decimos que tendría que suministrar agua gratis.

La cuestión con un precio no es “por qué” algo tiene tal precio sino “para qué” lo tiene. Las cosas no se producen por generación espontánea ni están en el lugar en el que las necesitamos por un milagro. La tarifa dinámica tiene la finalidad de atraer más conductores a un determinado lugar, con el fin de solucionar el requerimiento mayor de transporte. Si hay más gente que quiere viajar, se necesitan más automóviles en el lugar. Si hay diez, viajan diez, pero si son veinte los que están pidiendo autos en un determinado momento, o se hace algo para que aparezcan en poco tiempo o diez se quedan sin viajar. La tarifa dinámica responde a la inteligencia del mercado que no solo se ocupa de lo que está ocurriendo ahora, sino de lo que debe ocurrir después. La solución de UBER es el precio. El proveedor de UBER también es una persona, con toda la mentalidad socialista que los embarga nadie sabe si es más rico o más pobre que el cliente, probablemente sea lo segundo, pero la idea del socialismo es propagar la irresponsabilidad en nombre de una bondad livianita y superflua que ni responde a sus propios criterios de resentimiento social.

Para que una persona se ponga a manejar un auto en UBER se lo debe atraer, se lo atrae con plata. Tal vez los comentaristas trabajen por las necesidades de los demás, no lo descarto. Pero los de UBER lo hacen por plata, así de insensibles son. Entonces la compañía sabe que para mantener a sus clientes atendidos en el momento oportuno el mejor método es decirle a sus proveedores que pueden ganar un poco más para moverse del lugar donde están. Los clientes pagan más para tener su auto en el momento en que quieren o si no esperan a que la demanda disminuya y pagan la tarifa normal. Tanto en la emergencia con la botella de agua como en la alta demanda de UBER, los clientes quieren el agua y el auto ahora, la prioridad no es ahorrar en ninguna de las dos cosas. El dinero es el mecanismo que tenemos para acelerar las cosas, está para eso, sirve para eso. Los que hacen moralina con estas situaciones, no están impedidos de agarrar sus propios autos e ir a buscar pasajeros de UBER y llevarlos gratis a sus casas o hacer lo mismo con las botellas de agua. Pero existen las tarifas dinámicas y las botellas a 100, porque esos buenos no aparecen nunca, salvo para ofrecer gratis lo que es de los demás.

Es muy estúpido, además de inmoral, ese comportamiento. Todos juegan con el tiempo, los recursos y el riesgo que corren los demás. Por eso viven en una sociedad donde todo es cada vez más caro, porque a los peligros y riesgos de toda actividad se suma esta jauría moralizadora que todo lo quiere parasitar, así que tanto los choferes de UBER como los vendedores de agua tienen menos motivos para estar donde se los necesita y los incentivos deben aumentarse, solo porque existen todos estos represores del lucro. Parte de las tarifas dinámicas y los precios especiales que pagamos por todos los picos de demanda, tienen ese plus necesario para que la oferta se aguante el peso agobiante de la mentalidad parasitaria.

Contenido del libro Crónicas Inconexas

INTRODUCCIÓN

Libitz, el loco

Las Armas de la Libertad

Los caminos del infierno

La secreta esperanza de que los candidatos mientan

Asistencialismo: vasallaje bienechor

Uber: el estado al desnudo

Atendiendo a Mr. Krugman

Libertad: ¿Venderla o producirla?

¿Cómo sería ser libre?

La nueva guerra americana

Lo que no se dice del control de las drogas

Un nuevo feudalismo

Gramsci y la violencia de género

Los confederados no dispararon en Charleston

Desnudando al colectivismo

Que la empresa te acompañe

Por qué el capitalismo no es darwinismo social

El empresario

El error de la Sra Clinton

El error del Señor Trump

Por qué somos el centro del universo

El ideal social del papa Francisco y su viaje a Cuba

Macri y el lado oscuro de la fuerza

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Mi nuevo libro: Crónicas Inconexas I

Esta primera compilación contiene los artículos de los primeros 12 números de la publicación Crónicas Inconexas. Allí trato temas que no requieren un desarrollo mayor, desde cuestiones como el colectivismo, el control de las drogas, al pensamiento del papa Francisco. También hablo de acontecimientos de la actualidad como lo que considero el principal error de Donald Trump en la cuestión migratoria y el de Hilary Clinton con el llamado “derecho a la educación”. Al final realizo un análisis de los dilemas iniciales de Mauricio Macri, a la luz de Star Wars.

Está disponible en Amazon para Kindle y en papel.

El infame proyecto de prohibir despidos.

El infame proyecto de prohibir despidos.

Los legisladores massistas lanzaron su propuesta de prohibir los despidos más que por ignorantes, por oportunistas. Reaccionan con temor a la irrupción de la señora Kirchner que hizo de su indagatoria un acto triunfal. Se lanzó el concurso quién es más demagogo e imbécil y no quisieron perder su lugar en la competencia. No es que la señora sea muy habilidosa, sino que conoce el nivel en el que se mueve. Aún en su condición de investigada nadie la ubica en su gusto airado y prepotente. Entonces los seguidores del ex jefe de gabinete K se sienten que deben sobreactuar espíritu místico laboralista, lo que hace a su iniciativa más deleznable. Sin embargo hay que tomarse el trabajo de aclarar cosas que en ningún país sería necesario.

Ese es el principal problema que tiene la Argentina, lo demás se soluciona. Hay un núcleo buenista que se alimenta de todo trazo grueso posible dentro del espectro de lo que se define como izquierda, sin preocupación alguna por la corrección de la idea o las consecuencias que puedan tener sobre aquellos a los que se supone.que beneficia. Si alguien lanza la consigna de que el pochoclo debe ser gratis en el cine, todos se suman y le agregan la bebida y descuentos en la entrada. Es un concurso para infradotados, hecho en general por universitarios recibidos. Lo importante es decirle una y otra vez si a la dádiva, a la victimización de alguien que bese sus manos, a costa del que trabaja y arriesga, actividades que desprecian y con la que solo se relacionan como parásitos. Mienten con descaro la capacidad mágica del reglamento, la prohibición, al señalamiento del lucro que permite robarlo.

Es necesario aclarar esto primero porque el argentino, sobre todo el que opina e influye, está interesado nada más en cómo se ve él. La izquierda ha sido muy eficiente en gritar “nosotros somos buenos” y “el que no quiere usar la fuerza por causas buenas, es malo”; en proveer un mix mafioso en el que hay que optar por ser “escrachado” o bendecido. No hace falta demostrarles que la prohibición de despidos es un acto suicida para la economía y para los que viven de vender (si, vender) su trabajo, porque no les importa. Lo que se necesita es demostrarles que no son buenos, sino oportunistas y perversos, pero además que su público se da cuenta, sino tampoco se les moverá un pelo.

Así son los legisladores massistas detrás de ese engendro.

Hecha esta aclaración podemos pasar a la cuestión, empezando por sus supuestos falsos. Estos son en primer lugar que la relación empleado empleador es de vasallaje, como una continuación de las instituciones de la edad media. El marxismo hace ese link con la teoría de la explotación y la idea de la lucha de clases. Basado en la lógica hegeliana del avance social a partir de la tesis, antítesis y síntesis, Marx cree haber encontrado en la sociedad la confirmación de ese esquema para confirmar su resentimiento. A través de un juego de colectivos llamados clases, que dividen a la sociedad según sus riquezas, en el que estos grupos luchan por quedarse con los beneficios. Los pobres son los débiles, los ricos son los fuertes y entre ellos hay una lucha permanente que gracias a que los marxistas llegaron al mundo se va a resolver.

Esta mitología es relativamente nueva, sin embargo la retórica marxista es omnipresente en la cultura actual, todos los análisis parten de que esa lucha existe, lo que induce a pensar que es necesario alguien que tercie, que intervenga para parar a los fuertes y proteger a los débiles. Pero ¿qué pasaría si esto no fuera así? No sólo los marxistas perderían utilidad, sino también toda la legislación laboral y la burocracia dedicada a aplicarla.

El hecho es que efectivamente esto no es así. En primer lugar no existen unos recursos cuya repartija se dirima en una lucha entre clases. Los bienes deben producirse. No está la cosecha de la próxima temporada que hará que comamos. Alguien debe descubrir qué se necesita, arriesgar recursos para producirlo y esperar que la gente al consumir le de un lugar entre sus prioridades. Porque no se trata solo de hacer algo útil, sino algo más útil que sus alternativas. Si el que realiza esa operación está acertado en sus pronósticos, entonces se justificará pagar sueldos a sus empleados y comprar insumos a sus proveedores. No hay política de grupos, la calificación por ingresos es externa, la gente no se coordina a partir de esas característica sino que se coordina con gente extraña de cualquier nivel de vida. En una sociedad hay gente más alta y más baja, pero agruparla para afirmar que se comportan de acuerdo a esa pertenencia o que hay una lucha entre los grupos formados por el calificador, requiere de una cierta ceguera. En el caso de la lucha de clases, esta es provista por la envidia.

Es importante señalar que Marx era marxista antes de elaborar su teoría de la explotación. Entre la lógica hegeliana, don Charles encontró un cauce para su resentimiento, sobre la errónea idea de Adam Smith de que las cosas valen según el trabajo que se invierte en ellas. Como si el empresario fuera un rentista, no un actor de riesgo, que se dedica a tomar algo que ya tiene valor por sí mismo, mi trabajo, le adosa la “plusvalía” y así obtiene el precio. El empresario en la visión marxista vive de arriba.

Si Marx hubiera tenido razón, y también Smith en ese punto, los sindicatos serían las empresas más exitosas o las cooperativas que tanto gustan a los socialistas y que en general fracasan. Tendrían la ventaja de no tener que mantener al empresario parásito y sus productos serían más baratos. Sin embargo no se imponen porque profesan un sistema de creencias equivocado, una explicación de cómo funcionan las cosas que están mal. El empresario es el más importante justo porque el valor es anterior al trabajo que se usa para conseguirlo y él es quién se juega en arriesgar para conseguirlo en primer lugar. El empresario le da valor al trabajo, no el trabajo al empresario. No hay lucha, hay necesidad y utilidad mutua.

Enseguida que uno dice estas cosas se interpreta que lo que se propone es un juego de “buenos y malos” alternativo o de sentido opuesto: los empresarios son buenos y los empleados malos. Salgamos de esa visión infantil, de lo que se trata es de discutir que el empleado esté bajo peligro porque existe el empleador, cuando es lo primero que necesita. Está en peligro porque un nivel cada vez más alto de parásitos lo quieren separar, bajo el pretexto de protegerlo, de su “cliente”. Una persona sin capacidad de descubrir valor, de tomar riesgo y de organizarse para una empresa exitosa, necesita antes que nada que existan unos que si lo pueden hacer, que estarán dispuestos a pagarle. No hay explotación, hay negocio. La misma relación que existe entre un comerciante y sus clientes. Hay una necesidad de complacerlos. El empresario ofrece en el mercado ingresos sin riesgos para obtener los suyos con riesgo. El explotador verdadero es el marxista, consciente o no de que lo es, todo el que hace laboralismo de las relaciones de empleo, es decir el que sostiene la lucha de clases, aquél que trabaja de enfrentar a estas dos partes de un negocio y decirles a los que tienen mayor número que los necesitan a ellos porque quienes aportan el capital, que son menos, los están perjudicando. Dividen para reinar en el centro productor de recursos.

Todos los parásitos esparcen la visión trágica según la cual el empleado es una víctima que no puede lograr nada sin legislación. Todo el aparato nefasto laboral llamado “justicia”, está inyectado con estos dogmas e invariablemente razonan y disponen en un sentido victimizante del asalariado.

Toda relación, sea entre extraños o entre quienes están unidos afectivamente, genera roces y conflictos. Eso no quiere decir ni remotamente enemistad. La hay entre clientes y proveedores en general, aunque se necesitan y colaboran y encuentran las formas de zanjar sus diferencias. Las hay entre amigos y familiares. Cuanto más contacto más conflictos, más posibilidades de malas interpretaciones. El problema con la relación empleado/empleador es que es explotable por la política. De un lado hay plata y del otro número. Es cuestión de excitar al número contra los que tienen plata, para que los parásitos se vean justificados en llevarse su plata. Esos son los “buenos” de este cuento, aquellos que enarbolan las banderas de la maledicencia bajo el esquema culturalmente aceptado, pero falso, de la lucha de clases. Tan falso como sería afirmar que hay guerra entre padres e hijos, porque esa relación es siempre conflictiva, convirtiendo en problema lo que es nada más consecuencia del beneficio que se brindan unos y otros.

Primera gran cuestión entonces. No solo el empleador no es el enemigo del empleado, sino que sólo a él se le puede atribuir la existencia del empleo y del salario, cualquiera sea el nivel que tenga. La suba del salario se deberá a sus aciertos o al de otros empresarios que descubran que les conviene pagar más para quedarse con unos empleados que le permitirán aumentar sus ingresos en actividades más rentables.

La segunda cuestión es una derivación de la primera. El enriquecimiento del empresario es un espejo que refleja el valor que han recibido sus consumidores, implica la tranquilidad de la continuidad del proyecto y es una oportunidad de que sea el mismo que ya acertó el que lleve a cabo otras aventuras, agrande las que están en curso o preste el dinero a otros tomadores de riesgo a través de activos financieros. En todo ese proceso difícil en el que muchos quedan en el camino, los legisladores no cumplen ningún rol, no suman un ladrillo ni aportan una idea. Se limitan a subirse a su papel de pequeños torquemadas del lucro. En una sociedad donde el lucro es parasitado y mal visto, el empobrecimiento general es la regla. Mal que encima les permitirá inyectar más resentimiento.

El que toma el riesgo necesita tener libertad para contratar y para no contratar. Cuando se anuncia que un país prohíbe los despidos, ya nadie querrá arriesgar su capital en él. Se puede conseguir que los hoy empleados sigan adosados a un empresario al que tal vez se haga fracasar sólo por eso, como se puede conseguir asaltando un banco un botín. Lo que se hace imposible es que aquellos que actuaban a riesgo, los sigan tomando o que se incorporen otros y, como ya vimos, toda la economía depende de ellos.

El argumento de la solución de emergencia es brutalmente estúpido. El despido es la emergencia interpretada por aquél que se necesita que siga arriesgando y cuya libertad y el nivel de respeto que se le tiene, es mirado por otros. La prohibición de despidos impide la solución de emergencia. Tomar medidas contra el empresario cuando necesita despedir es como combatir el fuego con nafta. Lo que todos los demás potenciales aventureros ven es que aquellos que se ven en dificultades son puestos a la parrilla.

La economía es un flujo que depende de la voluntad, disposición, ambiciones, riesgos, éxitos y fracasos de quienes participan. No es un stock del que servirse. Por eso la emergencia nunca se debe tratar pensando que la economía es un almacén y que ahora que estamos en problemas podemos usar las reservas para atender necesidades. Este proceder es un tiro directo en la línea de flotación.

La economía es también una sucesión de fracasos y éxitos. Más de los primeros incluso, porque el juego de ensayo y error es más importante que la sabiduría. La emergencia debe ser tratada de modo tal que el reciclaje de recursos, incluso humanos, sea lo más rápido posible. Eso depende de las seguridades en sus derechos que se le otorguen a los que corren riesgos. Políticas como las de los massistas hacen más daño a la economía en general que a los propios empresarios alcanzados por la prohibición. Pero ellos en su irresponsabilidad jamás analizarán los empleos que no se creen como consecuencia de sus acciones.

El otro supuesto bien arraigado por la corrupción educativa del país, es que hay algo que el estado, el autoritarismo o cualquier poder ilimitado pueden alcanzar que es la victoria sobre el riesgo y el fin de las penurias. Esa estrategia autoritaria que tanto atrae y que explica en gran medida las relaciones de sumisión y maltrato, parte de la base de que un mandamás, alguien decidido y si es necesario malo, es capaz de vencer las angustias de la vida como el elixir de la eterna juventud puede evitar la muerte. Todo es cuestión de encontrarlo y dejarle hacer todo, prohibir lo malo, hacer obligatorio lo bueno. En la autoridad está la respuesta a cualquier cosa, porque lo que nos hace mal es que los demás sean libres, en lugar de estar al servicio de nuestros temores. Este es el camino seguro al fracaso y al padecimiento de la arbitrariedad sin solucionar nada, la consecuencia merecida de la maldad que implica. El que sólo sabe responder con la fuerza, es porque no tiene ninguna capacidad creativa o productiva. Lo mismo cabe para quienes exponen una moralina que invita al autoritarismo bienhechor, como el papa Francisco. Inútiles incapaces de generar un sueldo de 100 que viven auditando a los que los pagan acerca de por qué no pagan 200.

La otra estrategia es la que propongo aquí. Seguridad de no padecer penurias, como ser despedido en algún momento, no se puede ofrecer. La salida es que haya salida. La salida es que todos los que puedan producir lo hagan, en su propio beneficio. Que no se los moleste, que no se deje que se les robe. Ese es el único reaseguro real, hacer todo para que todo pueda funcionar y confiar en que funcione. La única estrategia posible es la opuesta a la de la conservación. Es decir apostar a la apertura de más fuentes con menos restricciones y amenazas del aparato estatal, para hacer menos artificialmente dificultoso producir. Es una estrategia sin seguridades, pero la adultez casi podría definirse en enterarse de que las seguridades no existen en esta materia y que quienes las venden son unos estafadores.

La diferencia entre ambas formas de abordar la vida, la producción, la economía y el problema del empleo, es la que hay entre los regímenes socialistas que mueren por su incapacidad absoluta o la vía del progreso, no exento de penurias, pero con nuevas oportunidades todos los días del capitalismo.

Individualidad

Individualidad

La individualidad es una ventaja evolutiva. Unos aciertan y otros cometen errores, los segundos copian a los primeros. El colectivismo anula esa ventaja y la suplanta por la envidia que pretende, y no logra, eliminar la tensión del riesgo de estar entre unos u otros. Entonces el fracaso será general y no habrá otra cosa con qué compararlo como no sea la imaginación de los más creativos, que rara vez son escuchados por las masas.

Hace falta muy poca madurez para saber que los que logran buenos resultados además de no ser enemigos de los que fracasan, son su salida, su reaseguro, sea para seguirlos, sea para trabajar para ellos o ser sus clientes. La política de “igualdad de oportunidades”, anula esta segunda instancia de la bendición de la individualidad.

Educar puede querer decir dos cosas: La primera es adoctrinar, es decir inculcar las creencias necesarias para que no se cuestione un esquema de poder y sus sentimientos de base: el colectivismo, el miedo y la envidia. El otro sentido es la transmisión de las condiciones reales de la existencia del ser humano, que es la individualidad y sus condiciones: la libertad, la responsabilidad y la capacidad para celebrar los triunfos y procesar los fracasos.

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Sobre por qué la evasión fiscal es el único límite al poder que queda (Mayo 2001)

Sobre por qué la evasión fiscal es el único límite al poder que queda (Mayo 2001)

Buenos Aires, mayo 21 de 2001.-

SOBRAN IMPUESTOS

por José Benegas

Todos sabemos el peso enorme que la maquinaria política tiene sobre nuestro bienestar, pero no sólo porque son muchos los que se encuentran colgados en ella, sino por el tipo de pensamiento predominante entre políticos y en la sociedad en general.

Hagamos nuestra pequeña encuesta y preguntémosles a diez de nuestros conocidos cual es la función de un legislador y cuales son las condiciones requeridas para que el encuestado tenga un buen concepto de un legislador. Me atrevería a decir que salvo en reducidos círculos de inadaptados cómo mis propios amigos, todas las demás respuestas contribuirán a alimentar al aparato político y a hacer crecer el gasto público como viene ocurriendo hasta ahora.

Quejándonos de los políticos somos como una madre que conocí que le pegaba a un bebe porque lloraba. Adivinen que hacía el bebe después de recibir los cachetazos.

Va a ser difícil deshacer el trabajo de la deseducación pública, que ha dado muerte a la filosofía convirtiendo casi todo en un problema técnico que podría resolverse con un par de manuales de instrucciones. Desgraciadamente la “técnica” no sirve para mucho si no se tienen en claro los problemas de fondo.

Es así que a la pregunta de para que sirve un legislador, por toda respuesta obtendremos: “Para hacer leyes”. Dentro de este concepto “aséptico” tan digno de la UBA y del Colegio Sarmiento, como del Newman o la UCA, caben: la ley de entidades financieras, la ley de asociaciones profesionales, la ley de contrato de trabajo, la ley anti evasión, etc. Etc. Etc. Si esa es la función del legislador, vayamos ahorrando para prever que el gasto público siga creciendo al infinito y por supuesto, el aparato político asociado a él también.

Si conseguimos salvarnos de la devastación de muchas décadas de intervención estatal en la educación, tal vez podamos responder que dentro de la función (pretendida) del estado de velar por las libertades individuales, la del legislador consiste en hacerlo mediante normas que tiendan a ese fin y controlando a los otros dos poderes. Si ese es el cometido del legislador, entonces podremos pretender que el gasto público disminuya.

En el contexto actual, menos legisladores no garantizan menor gasto ni mas justicia, ni mas limpieza ni nada lo que se suele pretender de las instituciones tal cual están, salvo tal vez en el corto plazo. Y no tengo nada contra ahorrarnos unos pesos teniendo veinte inútiles en lugar de cien, pero no puedo poner expectativas desmedidas en eso.

La primera conclusión es sobran conocimientos inútiles, sobra educación vacía, sobra idioma inglés, sobran “family days”, y, como corolario: sobra ignorancia. No hacemos otra cosa que adular a supuestos impecables que van a destrozar todo lo que nos importa de verdad porque ya no somos capaces de distinguir el bien del mal.

Conclusión dos: tenga cuidado: su hijo también esta siendo mal programado en este preciso instante y esta en riesgo de repetir la historia de quejarse de lo que el mismo genera. Si usted no sabe para que sirve un legislador y por tanto es parte del problema, lo que le cuesta mucha plata, sepa que su hijo está siendo formado de igual manera.

Sin embargo este elefante que se retroalimenta de esa manera, tiene una debilidad. Esa debilidad no es por cierto el hecho de que el ciudadano vote, ni que “participe” en internas partidarias, conteste encuestas o compre el diario. Todo eso lo hace del mismo modo en que piensa, y nada de eso sirve realmente para limitar al poder si el propósito del fondo que sostiene a la idea de división de poderes, por ejemplo, ha sido por completo divorciado de ella.

La única debilidad real del estado elefantiásico, inclusive la debilidad del sistema por el cual las propias víctimas alimentan al victimario es la evasión fiscal. Los impuestos son la contracara de la ignorancia.

Una pregunta que tal vez ni siquiera resista a nuestro pequeño círculo es para que sirven los impuestos. Hagan esta encuesta también, verán que la gente, a pesar de lo que dice, no piensa que sobren políticos sino que cree que faltan.

La respuesta es: sirven para que unos vivan a costa de otros. No tienen absolutamente otra utilidad. Por medio del aparato de deseducación se ha convencido a la población de que si no nos gustan tales o cuales impuestos (la cuestión de si nos gustan LOS impuestos queda directamente fuera de cuestión), lo que “corresponde” es que los discutamos, que hagamos campaña, que propongamos la derogación, que nos metamos en política (es decir, que nos convirtamos en PARTE DEL PROBLEMA), PERO QUE NO DEJEMOS DE PAGARLOS porque eso es algo así como un pecado. No tengo tan claro pecado de que religión, porque en lo que respecta al cristianismo el recaudador de impuestos era considerado al mismo nivel que las prostitutas; pero pecado al fin.

La evasión fiscal y no los jueces, ni los legisladores, ni los comicios, ni las comisiones investigadoras, ni el periodismo (todos ellos mas bien contribuyen), ES EL ÚNICO LIMITE REAL DEL PODER que nos queda.

Si nos asusta que el Estado no pueda financiarse por medio de tasas en lugar de impuestos pensemos que no sería una gran pérdida pues lo que esperábamos de él era seguridad fundamentalmente, que brilla por su ausencia.

Que no nos engañen con que si nosotros pagamos los demás también deben hacerlo. Nuestro bienestar depende de que no nos roben ni a nosotros ni a nuestro vecino. Si después de que nos robaron a nosotros le roban a otro señor, no estaremos mejor.

¿Qué no es justo que unos paguen y otros no?. Esto es una gran falacia que el Estado promueve. Si hablamos de una transacción limpia como por ejemplo comer en un restaurante: no es que debemos pagar porque otros lo hacen, sino porque hemos comido, NO POR UN PROBLEMA DE IGUALDAD, SINO DE JUSTICIA. Si a mi vecino lo pisó un auto, ¿DONDE ESTA LA JUSTICIA EN QUE ME VENGA A PISAR TAMBIÉN A MI?. Cuando el estado me sacude tengo un problema, cuando sacude también a mi cliente o a otro con el que me relaciono directa o indirectamente, tengo dos problemas.

¿Ustedes creen que puede construirse una sociedad justa y moral sobre la base de la imposición, de cobrar sin contraprestación, de obligar al otro a pagar por NADA, o lo que es peor, pagar para que alguien pueda dedicar su vida a joder la nuestra?. ¿Cómo puede alguien sostener éticamente semejante concepto?.

¿No hemos soportado suficiente en esta materia?. Hasta aceptamos que se nos obligue a declarar nosotros lo que tenemos para que nos puedan robar. Cómo decía la propia DGI: No deje que le roben: SOBRAN IMPUESTOS. HAGAMOS UN MUNDO MEJOR, TERMINEMOS CON LA ESCLAVITUD, TERMINEMOS CON LOS IMPUESTOS Y LOS SERVICIOS GRATUITOS AL ESTADO.

Argentina Days, número 13

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