El daño terrorista

El terrorismo es la estrategia sucia del débil y es completamente racional. Lo irracional es, en general, la reacción buscada en la sociedad atacada.

A Jorge Lanata se le ocurrió relacionar lo obvio, pero prohibido: el atentado en París contra la revista Charlie Hebdo con la actividad del ERP y Montoneros en la Argentina. De inmediato ese efecto buscado en la víctima del terrorismo, se despertó. Con una apreciable incomodidad la mesa de su programa intentó balbucear una respuesta, encontrar una diferencia o derivar la conversación hacia la pontificación de una moralina en la que todos pudieran convenir, para diluir el conflicto. En la Argentina, el terrorismo ha sido muy exitoso y sigue produciendo efectos hasta el día de hoy.

El terrorismo desordena y desbarata a una sociedad culposa, incapaz de reafirmar una ética consistente de la paz y el derecho, porque resulta que vive en una constante tensión entre lo que desea y lo que considera “bien”. Hasta que llega el acto violento para ponerla entre dos espadas: la de su moralina y el modo en que quiere vivir. A lo que llaman “ideales”, luego de elegir a la violencia para expiar lo que en principio es estupidez, luego culpa y al final culpa de los otros, estará definido por la versión adaptativa de una moral de ocasión que disminuya la disonancia. La violencia obliga de modo violento, valga la redundancia, a elegir un lado: lo sucio del deseo o lo limpio del sacrificio. El sacrificio es la ética que todas las formas de opresión le venden a las ovejas. La ambición de las ovejas, que las hace no ovejas, es la principal amenaza para el déspota.

El terrorismo ocupa el mismo lugar que ocupa el populismo latinoamericano, no por casualidad heredero de aquella moralina violenta y estúpida, que es el de mostrarse como el grupo dispuesto a llevar a cabo la falsa culpa social hasta las últimas consecuencias. Por eso representa un “principismo” pese a ser el fin de toda ética. Lo logra llevando la culpa social al punto en el que mucha gente es capaz de preguntarse si la bomba o la violencia verbal populista, no son de alguna forma merecidas. Esa es la gran victoria terrorista y populista también. La nueva versión de ser “bueno” es darle la razón al violento aún hablando contra la violencia. Ese premio alimenta al próximo atentado.

La sociedad es culposa porque hay un paso que no se termina de dar entre el orden teocrático y fundamentalista y el fenómeno asombroso de la vida privada y pacífica que ha florecido en los últimos trescientos años. De modo despectivo se le llama a ese fenómeno “capitalismo”, sin entender que la palabra “capital” hace referencia a un pilar ético fundamental de una sociedad tolerante y en paz*. Implica el respeto a la acumulación de recursos que permite producir bienes que no tiene valor por sí mismos sino porque permiten producir otros bienes que se consumirán. Una máquina por ejemplo, que es posible de tener porque la acumulación está permitida, su creador no es robado ni despojado en función de ningún objetivo de otros o de todos los otros o de los dioses. El premio a ese respeto es una productividad que beneficia a todos, el rescate de las masas de la hambruna y el principio del progreso. La otra implicancia del concepto de “capital” es más abstracta, es la comprensión de que es falso que el bien del otro me perjudique; al contrario, me beneficia. Tal es el abismo moral entre el capitalismo y el anticapitalismo.

En este sector del mundo que se llama “occidente”, se supone que vivimos en ese “capitalismo”, pero resulta que cualquier cosa mala que pasa es atribuida a él, como si fuera un espectro viviente. Nada muy diferente de reaccionar a los problemas buscando el mal adentro que termina con los sacrificios humanos en las sociedades primitivas.

El acto violento terrorista despierta justo eso, que es lo que se busca. La víctima tiende a preguntarse qué hizo de malo para merecer el ataque. En la fuente inagotable de culpabilización del capitalismo que viene de todo tipo de usinas (universidades, púlpitos, periódicos) se encuentran motivos de sobra. La propaganda terrorista potencia esa tendencia para que la víctima se condene a sí misma, como acaba de hacer la secuaz del oficialismo que dirige la llamada facultad de periodismo de la Universidad de la Plata. El tonto útil colabora con el comentario típico de que “vivimos en una sociedad egoísta” cuando hemos sido agredidos. Es la autocondena que el terrorista invita a hacer.

Pero no se cae en la autocondena tampoco por “altruismo”. Se trata de encontrar el mal para pasárselo a otro, que es parte de la sociedad, pero como no abjura del pecado y cree que es legítimo vivir como vive, es perfecto para colgarle el sayo que el acto violento trató de ponernos a nosotros. En Argentina, la “derecha”, pongamosle. Pero el proceso de pase de culpas está ocurriendo antes de la agresión, que sólo la acelera.

Las sociedades que son así dañadas por el terrorismo, son inmorales, pero no por su egoísmo, que es la palabra siempre usada por miserables (egoístas de un modo estúpido) para explicar la libertad del otro. Alguien definió al egoísmo como la actitud de aquel que trabaja para sí mismo, en lugar de hacerlo para mi.

Una sociedad que vive en el capitalismo pero lo considera menor en lo moral, es perfecta para autoinfectarse no bien un elemento extraño la golpea. El edificio ético es tan endeble que se autofagocitará.

Por eso hay que entender que muchos defensores del terrorismo o que son tibios con el terrorismo, el actual o el del pasado, no sienten en realidad simpatía sino temor. No al terrorista sino al juicio del terrorista, lo que e el sumum de un final perverso.

La culpa social de las sociedades victimizadas no está en las ambiciones legítimas y florecientes de sus ciudadanos, sino en la envidia, la condena a lo mejor que tiene y la diferencia del salvajismo y todo el proceso de fagocitación moral oscurantista. Su culpa consiste en darle la razón al terrorista como la única forma de explicarse a su enemigo. Que no quiere explicar nada, sino destruir lo que no puede lograr.

A partir de la Segunda Guerra Mundial, el llamado mundo occidental se atribuyó el rol de preservar a la “humanidad”, en lugar de a su propia libertad, convertida en causa facciosa por ese giro. Se embarcó de modo ya entusiasta en una socialdemocracia que implica convertir en derecho el falso dogma de que el capitalismo es injusto por desigual. No voy a adentrarme en si en esa falsedad, sino en el efecto que tiene de caldo de cultivo de la culpabilidad. Después se preguntan por qué tantos jóvenes son llevados a la violencia islamista, mientras les han estado diciendo que la sociedad pacífica en la que viven es sucia, sus propios instructores. Un dogma que fracasa es bastante normal que sea reemplazado por otro dogma más violento, en la suposición de que al primero le faltó decisión.

Por eso los estúpidos que fueron llevados a la violencia por los curas tercermundistas en décadas pasadas en Latinoamérica, no se diferencian de los que adhieren a la nueva violencia teocrática.

* Una explicación extensa del fenómeno de la expiación anticapitalista, la hago en mi libro “Seamos Libres”, Unión Editorial 2013

Bin Laden fue a la guerra

Defino guerra como la situación de enemistad irreconciliable entre otras muchas acepciones. Cuando hablo del marco que define la relación me refiero a esa guerra y no a otra a la que estamos más acostumbrados como los combates entre entelequias modernas llamadas “estados”. Obvio que la guerra es mucho más vieja que los estados nacionales, que la mayor parte de la historia ocurrió entre tribus, bandas errantes, ejércitos, mercenarios y gobernantes, sin que fuera un tema de la población general, mucho menos de una “nación”.  El problema es que el “orden nacional” y ahora también el “internacional” y sus sistemas de adoctrinamiento han logrado una presencia omnímoda y la mayor parte de la gente no entiende siquiera que haya existido alguna vez otra forma de orden, o de desorden.

Bin Laden y una organización terrorista pueden ser por supuesto contendientes de una situación de guerra. Y si consideramos que su organización dio en el país más poderoso de la tierra el golpe más contundente que haya recibido en su territorio en su historia, el hecho de no estar “legalizado” en el sentido de pertenecer al orden político nacional/internacional es un dato poco significativo. Es inclusive la característica que lo hace más peligroso y difícil de combatir.

Ahora bien, la guerra no justifica nada, un punto que no se entiende cuando se quiere aclarar por qué los Estados Unidos no llevaron a Bin Laden ante los tribunales. Si hay una situación bélica la captura para llevarlo ante jueces norteamericanos sería el acto que no tendría “justificación” desde el punto de vista de ningún orden positivo. La captura sería ya un acto de guerra. La guerra sólo explica que entre dos partes no se reconocen justificación. No hay diálogo jurídico hay deseo de mutua destrucción. Hablar de derecho en una guerra está fuera de lugar, no porque haya algo en la guerra que autorice a pasárselo por encima, sino porque una vez que hay guerra el derecho ya no está ni para justificar ni para condenar (ver más abajo lo que opinaba John Locke al respecto).

A lo sumo existen normas de la guerra, reglas de procedimiento y hasta tratados sobre la materia que fueron un avance importantísimo. Un grupo terrorista no forma parte de ese orden ni se muestra dispuesto a considerar limitaciones. Esos procedimientos bélicos “autorizados” son una forma de acordar al menos como dos partes contendientes se habrían de eliminar, cómo serían las armas y los recursos para hacerlo, pero el “derecho de la guerra” no justifica la guerra. Para justificar la guerra hay que adoptar un punto de vista. Hay que tomar partido antes de que un razonamiento pueda ser entendido como un intento de justificación. Unos irán a la guerra para imponer el reino de un determinado cielo en la tierra, para combatir a los infieles, o para acabar con alguna forma de demonio o enemigo público, un explotador. Todos van a la guerra para terminar con los tipos malos. No hay una justificación a la guerra, hay tantas como contendientes. Lo que no existe ni puede existir es una justificación abarcativa de todos los contendientes.

Parece que así es el mundo. No logramos que nuestro propio punto de vista sea “él” punto de vista universalmente válido. Lo peor es que cuando una de esas justificaciones se erige por si misma en “la” justificación que es vara de todas las otras, quién la representa se erige en justiciero universal y para quienes no lo aceptan, en enemigo de todos.

Cualquiera de nosotros puede universalizar su credo y utilizar dogmas de todo tipo. Un dogma podría ser que hay un organismo surgido de una guerra anterior cuya misión en el mundo es bendecir a determinado bando disparando contra otro. Llamemoslé Naciones Unidas. Guerra justa es la que dicen esos contendientes victoriosos que es. Aunque este punto de vista está ya un poco debilitado, en los últimos años hacía furor. Podría hacerse una consulta a la Pacha Mama o tirar la perinola a girar para determinar quién puede matar a quién, no sería muy diferente.

Cuando se cuestiona el asesinato de Bin Laden aparece esta discusión que se ha dado en todo terreno en el que el terrorismo ha hecho estragos. Sin guerra rigen los tribunales, con guerra mandan los hechos. La confusión está en pensar que con guerra se justifican los hechos, la sutil pero crucial diferencia es que el estado de guerra es aquel en el que las justificaciones han sido abandonadas. La guerra no es un crimen en realidad, es la desaparición de las definiciones de crímenes, del terreno de esas definiciones.

Quién lo define? Es una apelación mística, una mirada al cielo a ver si un gran señor lo hará. No hay tal gran señor al cuál recurrir, solos como estamos debemos decidir si actuaremos o no. Pero así cualquiera podría matar a otro. Así son las condiciones de nuestra existencia. En el interín podremos poner en boca de ese gran señor lo que querramos, hasta la guerra santa, no parece ser entonces garantía de nada.

Hablemos de la paz como valor. Ahora sí, hablemos de la guerra puesta en el marco del objetivo de vivir en paz, que es mucho mejor. Asumamos previamente que no hay un orden superior que nos lo diga, es nuestra elección decir que ese contexto es mejor y parece ser que la mayoría abrumadora de la humanidad piensa igual. Ahí tenemos algo para construir. Casi todos los contendientes entienden que vivir en paz es mejor que vivir en guerra.  Algo hay en común para avanzar. No tenemos una autoridad en común, ni acuerdos que seguir, estamos en el terreno de la inexistencia de acuerdos y de diálogo. Pero podemos encontrar un objetivo compartido curiosamente. Y sin haber resuelto todavía nada lo dejo acá. Es sábado.

 

¿Qué pensaría John Locke del abatimiento de Bin Laden?

John Locke, Segundo Tratado del Gobierno Civil

CAPÍTULO III. DEL ESTADO DE GUERRA

16. El estado de guerra lo es de enemistad y destrucción; y por ello la declaración por palabra o acto de un designio no airado y precipitado, sino asentado y decidido, contra la vida de otro hombre, le pone en estado de guerra con aquel a quien tal intención declara, y así expone su vida al poder de tal, pudiéndosela quitar éste, o cualquiera que a él se uniere para su defensa o hiciere suya la pendencia de él; y es por cierto razonable y justo que tenga yo el derecho de destruir a quien con destrucción me amenaza; porque por la fundamental ley de naturaleza, deberá ser el hombre lo más posible preservado, y cuando no pudieren serlo todos, la seguridad del inocente deberá ser preferida, y uno podrá destruir al hombre que le hace guerra, o ha demostrado aversión a su vida; por el mismo motivo que pudiera matar un lobo o león, que es porque no se hallan sujetos a la común ley racional, ni tienen más norma que la de la fuerza y violencia. Por lo cual le corresponde trato de animal de presa; de esas nocivas y peligrosas criaturas que seguramente le destruirían en cuanto cayera en su poder.

17. Y, por de contado, quien intentare poner a otro hombre bajo su poder absoluto, por ello entra en estado de guerra con él, lo cual debe entenderse como declaración de designio contra su vida. Porque la razón me vale cuando concluyo que quien pudiere someterme a su poder sin mi consentimiento, me trataría a su antojo cuando en tal estado me tuviere, y me destruiría además si de ello le viniera el capricho; porque ninguno puede desear cobrarme bajo su poder absoluto como no sea para obligarme por la fuerza a lo contrario al derecho de mi libertad, esto es, hace de mí un esclavo. En verme libre de tal fuerza reside la única seguridad de mi preservación, y la razón me obliga a considerarle a él como enemigo de mi valeduría y posible rapiñador de mi libertad, que es el vallado que me guarda; de suerte que quien intenta esclavizarme, por ello se pone en estado de guerra conmigo. Al que en estado de naturaleza arrebatare la libertad que a cualquiera en tal estado pertenece, debería imputársele necesariamente el propósito de arrebatar todas las demás cosas, pues la libertad es fundamento de todo el resto; y de igual suerte a quien en estado de sociedad arrebatare la libertad perteneciente a los miembros de tal sociedad o república debería suponerse resuelto a quitarles todo lo demás y, en consecuencia, considerarle en estado de guerra.

18. Por ello es legítimo que un hombre mate al ladrón que no le hizo daño corporal alguno, ni declaró ningún propósito contra su vida, y no pasó del empleo de la fuerza para quitarle sus dineros, o lo que le pluguiere; y eso se debe a que, si usa él la fuerza, cuando le falta derecho de tenerme en su poder, no me deja razón, diga él lo que dijere, para suponer que quien la libertad me quita no me ha de quitar, cuando en su poder me hallare, todo lo demás. Y es por tanto legítimo que le trate como a quien vino a estado de guerra conmigo: esto es, lo mate si pudiere; porque a tal azar justamente se expone quien declara el estado de guerra, y es agresor en él.

19. Y esta es la obvia diferencia entre el estado de naturaleza y el de guerra, los cuales, por más que los hubieren algunos confundido, son entre sí tan distantes como un estado de paz, bienquerencia, asistencia mutua y preservación lo sea de uno de enemistad, malicia, violencia y destrucción mutua. Los hombres que juntos viven, según la razón, sin común superior sobre la tierra que pueda juzgar entre ellos, se hallan propiamente en estado de naturaleza; Pero la fuerza, o el declarado propósito de fuerza sobre la persona de otro, cuando no hay común superior en el mundo a cuyo auxilio apelar, estado es de guerra; y la falta de tal apelación da al hombre el derecho de guerra contra el agresor, aunque éste en la sociedad figure y sea su connacional. Así cuando se trate de un ladrón no le podré dañar sino por apelación a la ley aunque me hubiere expoliado de todos mis bienes, pero sí podré matarle cuando a mí se arroje para no robarme sino el caballo o el vestido, ya que la ley, hecha para mi preservación, donde no alcance a interponerse para asegurar mi vida contra una violencia presente (y dado que nada sabría reparar mi vida), me permite mi propia defensa y el derecho de guerra, y la libertad de matar a mi agresor, pues el tal agresor no me da tiempo para apelar a nuestro juez común, ni a la decisión de la ley, para remedio en lance en que el mal causado pudiera ser irreparable. Falta de juez común con autoridad pone a todos los hombres en estado de naturaleza; fuerza sin derecho sobre la persona del hombre crea un estado de guerra tanto donde estuviere como donde faltare el juez común.

20. Pero cuando la fuerza deja de ejercerse, cesa el estado de guerra entre quienes viven en sociedad, y ambos bandos están sujetos al justo arbitrio de la ley. Pues entonces queda abierto el recurso de buscar remedio para las injurias pasadas, y para prevenir daños futuros. Más allí donde no hay lugar para las apelaciones – como ocurre en el estado de naturaleza – por falta de leyes positivas y de jueces autorizados a quienes poder apelar, el estado de guerra continúa una vez que empieza; y el inocente tiene derecho de destruir al otro con todos los medios posibles, hasta que el agresor ofrezca la paz y desee la reconciliación en términos que puedan reparar el daño que ya ha hecho, y que den seguridades futuras al inocente. Es más: allí donde la posibilidad de apelar a la ley y a los jueces constituidos está abierta, pero el remedio es negado por culpa de una manifiesta perversión de la justicia y una obvia tergiversación de las leyes para proteger o dejar indemnes la violencia o las injurias cometidas por algunos hombres o por un grupo de hombres, es dificil imaginar otro estado que no sea el de guerra; pues siempre que se hace uso de la violencia o se comete una injuria, aunque estos delitos sean cometidos por manos de quienes han sido nombrados para administrar justicia, seguirán siendo violencia e injuria, por mucho que se disfracen con otros nombres ilustres o con pretensiones o apariencias de leyes. Pues es el fin de las leyes el proteger y restituir al inocente mediante una aplicación imparcial de las mismas, y tratando por igual a todos los que a ellas están sometidas. Siempre que no se hace algo bona fide, se está declarando la guerra a las víctimas de una acción así; y cuando los que sufren no tienen el recurso de apelar en la tierra a alguien que les dé la razón, el único remedio que les queda en casos de este tipo es apelar a los cielos.

21. Para evitar este estado de guerra – en el que sólo cabe apelar al Cielo, y que puede resultar de la menor disputa cuando no hay una autoridad que decida entre las parte en litigio – es por lo que, con gran razón, los hombres se ponen a sí mismos en un estado de sociedad y abandonan el estado de naturaleza. Porque allí donde hay una autoridad, un poder terrenal del que puede obtenerse reparación apelando a él, el estado de guerra queda eliminado y la controversia es decidida por dicho poder. Su hubiese habido un tribunal así, alguna jurisdicción terrenal superior para determinar justamente el litigio entre Jefté y los amonitas, nunca habrían llegado a un estado de guerra; más vemos que Jefté se vió obligado a apelar al Cielo: En este día – dice – sea el Señor que es tambien juez, quien juzgue entre los hijos de Israel y los hijos de Ammón ( Jueces XI.27 ); y trás decir esto , basándose en su apelación, persiguió al enemigo y condujo sus ejercitos a la batalla. Por lo tanto, en aquellas controversias en las que se plantea la cuestión de ¿Quién será aquí el juez? no quiere decirse con ello quien decidirá esta controversia; pues todo el mundo sabe que lo que Jefté está aquí diciéndonos es que el Señor, que es tambien Juez, es el que habrá de decidirla. Cuando no hay un juez sobre la tierra, la apelación se dirige al Dios que está en los Cielos. Así, esa cuestión no puede significar quien juzgará si otro se ha puesto en un estado de guerra contra mí, y si me está permitido, como hizo Jefté, apelar al Cielo para resolverla. Pues en esto soy yo el único juez en mi propia conciencia, y el que, en el gran día, habrá de dar cuenta al Juez Supremo de todos los hombres“.