La última falsedad montonera

La última falsedad montonera

No señores, tampoco era justificable la actividad criminal de Montoneros y ERP durante los gobiernos de facto, como dijo ayer Julio Bárbaro en un programa de televisión. Esta es la última frontera de impunidad que les queda, ahora que tienen que amenazar con el estado a los que digan que usaron la cifra de 30 mil desaparecidos para sus fines políticos actuales. Pero vamos por partes.

Las organizaciones terroristas que operaron en el país desde la década del 60, tenían por fin instalar procesos revolucionarios marxistas para colocar a la Argentina en el círculo de influencia soviético/cubano. Lo que ellos intentaban era mucho más grave que cualquier golpe de estado, que significa descabezar al gobierno electo por procedimientos irregulares, pero no la suplantación del sistema jurídico, esto es, los derechos de todos, por el sometimiento total de la población al estado. Los golpes de estado en la Argentina duraban por esa misma razón unos años, no las décadas de los aparatos totalitarios una vez establecidos. Además entregaban el poder, ni siquiera era necesario desalojarlos por la fuerza. En términos de libertades, las revoluciones las terminaban definitivamente, los golpes de estado suspendían la actividad política ejerciendo una violencia limitada. Lo que hizo particularmente sangriento al golpe del 76, es precisamente la lucha armada de estos grupos que no querían restablecer ninguna democracia ni devolver la vigencia de la Constitución, sino suprimirla por completo. El hecho de que después de asumido el gobierno electo hubieran continuado, no es una “desviación”, es la demostración de que cualquier invocación de fines institucionales era falsa e instrumental, como si hiciera falta. El invento de los luchadores contra los golpes de estado, es posterior.

La segunda razón por la que tampoco se los puede justificar ni antes del 73 siquiera, es su metodología. La bomba, el asesinato por la espalda, el secuestro extorsivo de personas privadas, no tiene justificación alguna, ni está destinado nada más contra los resortes del poder, sino contra la población general, para someterla al terror, de acuerdo a un plan (“sistemático dirían ellos”) estructurado, continental y carente de toda regla y legitimidad. Ni siquiera es aceptable bajo ninguna norma de guerra (y ellos dicen encima que no la había) acciones de ese tipo contra policías, militares o funcionarios.

El país no se recompone de su cobardía originada en esas décadas. En la Argentina toda la noción y actividad de los llamados “derechos humanos”, gira alrededor de la no aceptación de la persistencia aún de ese miedo. Pero la verdad es esta: no eran luchadores por la libertad, sino contra la libertad, no eran luchadores por la democracia, sino por su supresión definitiva, no murieron por sus ideas, sino que mataron por ellas y lo más condenable en ellos eran justamente sus ideas, que no estaban sujetas a debate sino a ser impuestas de modo criminal, porque eran en sí mismas criminales.

Disparar al enemigo

Lamento pinchar el globo, pero las “marchas contra el terrorismo” son un sinsentido. Marchas se hacen contra gobiernos civilizados que aceptan la opinión ajena como un componente de la política. Pero tipos que te quieren matar, sólo pueden ver en una marcha, llena de figurones, un éxito. Disfrutan del tamaño de la conmoción causada con pocas bajas y recursos.

El occidente derechohumanista, negador de la realidad, es el caldo perfecto para que desarrollen su actividad los conquistadores y depredadores. Todo se convierte en un argumento con gente que no está interesada en la argumentación, que distraerá a sus víctimas en discusiones que no llevan a ninguna parte, mientras la matan.

El asunto con un enemigo es cómo producirle un daño de tal magnitud, que su voluntad de pelear desaparezca. El punto por supuesto no es ninguna proporción de fuerzas, sino una eficiencia en el uso de la fuerza contra ese enemigo, es decir, hasta doblegarlo. No hay un límite antes de eso.

Tampoco se lo debe juzgar dicho sea de paso. El juicio requiere no ser enemigo. ¿Cómo voy a hacerle un juicio a un enemigo, lo que implica la posibilidad de absolución, que en este caso no quiere decir otra cosa que mi obligación de rendición?

Se debe tener una doctrina, unas normas propias, no humanas, una disciplina y un objetivo de paz. Lo cual no tiene nada que ver y se lleva de las patadas con la corrección política, que quiere decir llevar el ego a un pedestal pedorro buenista, socialdemócrata.

Al enemigo le disparo porque me dispara. No lo definí como enemigo porque quiera nada de él, sino porque él quiere algo de mi y viene a buscarlo (tampoco porque piense de una manera, aunque sea estúpida, o contraria a la libertad o el derecho; mientras no lleve a cabo un acto de enemistad su estupidez no me molesta). Esa es la diferencia. Al que no le alcanza y piensa que tiene que ser un benefactor de la humanidad, cuando el concepto de humanidad incluye al Che Guevara (hasta para muchos es más humano que nosotros mismos) y a Pol Pot, está frito. Mejor que se rinda.

Dicho esto, el enemigo no es otra doctrina. Las doctrinas discuten con las doctrinas, no hace falta disparar. Por eso es indiferente cómo sea el Islam o cómo sean los islámicos, ese tipo de discusión está bien para el café o la academia o el púlpito. El mal pensamiento no es enemigo de la libertad, sólo el uso de la fuerza. Se dispara al que dispara. No se le dispara al tibio, ni al simpatizante del enemigo. Si al que es cómplice, si no se lo puede neutralizar con algo menor.

Vencida la voluntad de lucha del que dispara, el tibio perderá entidad.

La infección derechohumanista transformó para muchos lo que estoy diciendo en una especie de mal, porque implica no tener ninguna amplitud kantiana a la hora de ser amable con un terrorista. La falta de esa doctrina de lucha (no de procedimiento legal reservado al simple delincuente) lleva al riesgo de que el enemigo se defina a si mismo como civil una vez vencido y entonces tenga una segunda oportunidad para lograr lo que quería, por el suicidio pseudoprincipista de la víctima. Hay que revisar otra infección que es el nacionalismo. Con el título de propiedad de los estados sobre los individuos y el de estos de hijos no repudiables de esos estados (es decir, la nacionalidad), no se puede trazar la línea divisoria necesaria.

Pero claro, el desafío es no dejar de ser quién se es. Se debe seguir una doctrina y unas reglas y ser consecuente con ellas. No debe uno convertirse en el enemigo. Esto no es un objetivo “humano”, es un objetivo, libertario. Es decir, de una parte de la humanidad ¿Y la otra? La otra no me importa, mientras no se meta conmigo. No se puede entrar en debate con el que nos quiere matar, entre él y nosotros hay un palo, no un argumento. Asunto fundamental que occidente quiso evadir con la construcción de la Torre de Babel de los “derechos humanos”, tan humanos que debían hacer ceder o poner en peligro a los derechos individuales.

No hay doctrina todavía para luchar contra el terrorismo en general ni contra el islamismo en particular. Se perdió demasiado tiempo luchando por la humanidad. Es hora de pensar. Esta es una situación lockeana, no kantiana.

El daño terrorista

El terrorismo es la estrategia sucia del débil y es completamente racional. Lo irracional es, en general, la reacción buscada en la sociedad atacada.

A Jorge Lanata se le ocurrió relacionar lo obvio, pero prohibido: el atentado en París contra la revista Charlie Hebdo con la actividad del ERP y Montoneros en la Argentina. De inmediato ese efecto buscado en la víctima del terrorismo, se despertó. Con una apreciable incomodidad la mesa de su programa intentó balbucear una respuesta, encontrar una diferencia o derivar la conversación hacia la pontificación de una moralina en la que todos pudieran convenir, para diluir el conflicto. En la Argentina, el terrorismo ha sido muy exitoso y sigue produciendo efectos hasta el día de hoy.

El terrorismo desordena y desbarata a una sociedad culposa, incapaz de reafirmar una ética consistente de la paz y el derecho, porque resulta que vive en una constante tensión entre lo que desea y lo que considera “bien”. Hasta que llega el acto violento para ponerla entre dos espadas: la de su moralina y el modo en que quiere vivir. A lo que llaman “ideales”, luego de elegir a la violencia para expiar lo que en principio es estupidez, luego culpa y al final culpa de los otros, estará definido por la versión adaptativa de una moral de ocasión que disminuya la disonancia. La violencia obliga de modo violento, valga la redundancia, a elegir un lado: lo sucio del deseo o lo limpio del sacrificio. El sacrificio es la ética que todas las formas de opresión le venden a las ovejas. La ambición de las ovejas, que las hace no ovejas, es la principal amenaza para el déspota.

El terrorismo ocupa el mismo lugar que ocupa el populismo latinoamericano, no por casualidad heredero de aquella moralina violenta y estúpida, que es el de mostrarse como el grupo dispuesto a llevar a cabo la falsa culpa social hasta las últimas consecuencias. Por eso representa un “principismo” pese a ser el fin de toda ética. Lo logra llevando la culpa social al punto en el que mucha gente es capaz de preguntarse si la bomba o la violencia verbal populista, no son de alguna forma merecidas. Esa es la gran victoria terrorista y populista también. La nueva versión de ser “bueno” es darle la razón al violento aún hablando contra la violencia. Ese premio alimenta al próximo atentado.

La sociedad es culposa porque hay un paso que no se termina de dar entre el orden teocrático y fundamentalista y el fenómeno asombroso de la vida privada y pacífica que ha florecido en los últimos trescientos años. De modo despectivo se le llama a ese fenómeno “capitalismo”, sin entender que la palabra “capital” hace referencia a un pilar ético fundamental de una sociedad tolerante y en paz*. Implica el respeto a la acumulación de recursos que permite producir bienes que no tiene valor por sí mismos sino porque permiten producir otros bienes que se consumirán. Una máquina por ejemplo, que es posible de tener porque la acumulación está permitida, su creador no es robado ni despojado en función de ningún objetivo de otros o de todos los otros o de los dioses. El premio a ese respeto es una productividad que beneficia a todos, el rescate de las masas de la hambruna y el principio del progreso. La otra implicancia del concepto de “capital” es más abstracta, es la comprensión de que es falso que el bien del otro me perjudique; al contrario, me beneficia. Tal es el abismo moral entre el capitalismo y el anticapitalismo.

En este sector del mundo que se llama “occidente”, se supone que vivimos en ese “capitalismo”, pero resulta que cualquier cosa mala que pasa es atribuida a él, como si fuera un espectro viviente. Nada muy diferente de reaccionar a los problemas buscando el mal adentro que termina con los sacrificios humanos en las sociedades primitivas.

El acto violento terrorista despierta justo eso, que es lo que se busca. La víctima tiende a preguntarse qué hizo de malo para merecer el ataque. En la fuente inagotable de culpabilización del capitalismo que viene de todo tipo de usinas (universidades, púlpitos, periódicos) se encuentran motivos de sobra. La propaganda terrorista potencia esa tendencia para que la víctima se condene a sí misma, como acaba de hacer la secuaz del oficialismo que dirige la llamada facultad de periodismo de la Universidad de la Plata. El tonto útil colabora con el comentario típico de que “vivimos en una sociedad egoísta” cuando hemos sido agredidos. Es la autocondena que el terrorista invita a hacer.

Pero no se cae en la autocondena tampoco por “altruismo”. Se trata de encontrar el mal para pasárselo a otro, que es parte de la sociedad, pero como no abjura del pecado y cree que es legítimo vivir como vive, es perfecto para colgarle el sayo que el acto violento trató de ponernos a nosotros. En Argentina, la “derecha”, pongamosle. Pero el proceso de pase de culpas está ocurriendo antes de la agresión, que sólo la acelera.

Las sociedades que son así dañadas por el terrorismo, son inmorales, pero no por su egoísmo, que es la palabra siempre usada por miserables (egoístas de un modo estúpido) para explicar la libertad del otro. Alguien definió al egoísmo como la actitud de aquel que trabaja para sí mismo, en lugar de hacerlo para mi.

Una sociedad que vive en el capitalismo pero lo considera menor en lo moral, es perfecta para autoinfectarse no bien un elemento extraño la golpea. El edificio ético es tan endeble que se autofagocitará.

Por eso hay que entender que muchos defensores del terrorismo o que son tibios con el terrorismo, el actual o el del pasado, no sienten en realidad simpatía sino temor. No al terrorista sino al juicio del terrorista, lo que e el sumum de un final perverso.

La culpa social de las sociedades victimizadas no está en las ambiciones legítimas y florecientes de sus ciudadanos, sino en la envidia, la condena a lo mejor que tiene y la diferencia del salvajismo y todo el proceso de fagocitación moral oscurantista. Su culpa consiste en darle la razón al terrorista como la única forma de explicarse a su enemigo. Que no quiere explicar nada, sino destruir lo que no puede lograr.

A partir de la Segunda Guerra Mundial, el llamado mundo occidental se atribuyó el rol de preservar a la “humanidad”, en lugar de a su propia libertad, convertida en causa facciosa por ese giro. Se embarcó de modo ya entusiasta en una socialdemocracia que implica convertir en derecho el falso dogma de que el capitalismo es injusto por desigual. No voy a adentrarme en si en esa falsedad, sino en el efecto que tiene de caldo de cultivo de la culpabilidad. Después se preguntan por qué tantos jóvenes son llevados a la violencia islamista, mientras les han estado diciendo que la sociedad pacífica en la que viven es sucia, sus propios instructores. Un dogma que fracasa es bastante normal que sea reemplazado por otro dogma más violento, en la suposición de que al primero le faltó decisión.

Por eso los estúpidos que fueron llevados a la violencia por los curas tercermundistas en décadas pasadas en Latinoamérica, no se diferencian de los que adhieren a la nueva violencia teocrática.

* Una explicación extensa del fenómeno de la expiación anticapitalista, la hago en mi libro “Seamos Libres”, Unión Editorial 2013

Terrorismo en la Argentina, la historia de un baño de sangre del que no se puede hablar

El archivo que pueden bajar acá en formato PDF es la versión digitalizada del libro de edición limitada “Terrorismo en la Argentina” contiene una extensa colección de documentos, artículos periodísticos, partes de prensa y fotos de la violencia terrorista padecida por la Argentina en las décadas del 60 y 70.

Fue realizado por las Fuerzas Armadas para entregar a los alcaldes invitados a la conmemoración de los 400 años de la fundación de Buenos Aires. Su valor histórico consiste en que es una descripción de hechos más que de opiniones.

Hay un axioma en psicología (alguien más versado me dirá de dónde viene) que dice que hay que hay “recordar para no repetir” o nos vemos condenados a “repetir para no recordar”. Hemos estado haciendo esto último por más de veinte años, es hora de recordar.

Terrorismo en la Argentina (versión del documento central en formato PDF, después de ingresar en la página del archivo hay que esperar unos segundos para que aparezca el link para bajar el documento)

CD de Terrorismo en la Argentina (versión completa con todos los documentos, recortes y partes en tamaño real y programa de navegación. Formato ISO. Debe copiarse la imagen de disco a un CD)