Las pobres monjitas

Las pobres monjitas

El kirchnerismo era demasiada degradación, pero la intervención del monasterio ya le dio categoría que no existía con anterioridad. Pongámosle colapso moral de una década tenebrosa. Ahora bien, en este momento vemos lo que pasa, como cuando eran gobierno, pero no hay instituciones funcionando (salvo para recaudar) que reaccionen. La responsabilidad ya no es de ellos. Esta semana Macri anunció una nueva “guerra” contra el narcotráfico, pero ahí tienen haciendo declaraciones altisonantes a la principal mafia del país, sin que de verdad se los toque.

Nadie levantó una información difundida por Laura di Marco en Radio Mitre. Habló de la existencia de un “Vaticano Group” dirigido por Gustavo Vera, el delegado oficioso de Bergoglio, con el fin de generar oposición a Macri. Como sabemos el elenco gobernante se caracteriza por ignorar los conflictos y la única línea de acción que tienen respecto del papa es la tentativa de seducción, a la que el monarca eclesiástico responde con gestos despectivos. Mientras sus operadores Vera y los curas comunistas auto denominados “villeros”, se mueven en abierta intervención en política contra el gobierno, al que consideran demasiado a la derecha como a todo lo que no sea de ultra izquierda. En el oficialismo Rozitchner explica que las derechas y las izquierdas no existen más, a lo que no le dan mucha pelota las izquierdas pero si las “derechas”, porque no hay ninguna. En la legislatura porteña el “Vaticano Group”, cuenta di Marco, se juntó con dos jueces conocidos por beneficiar al kirhcnerismo mucho más allá del sentido común: Casanello y Rafecas. Ayer Rafecas dijo que las monjas de General Rodríguez no tenían nada que ver con la circulación de fondos robados y se atrevió a afirmar que López había hecho todo para involucrarlas. A la misma conclusión habrá llegado el sagaz “investigador” que nombró la Iglesia para determinar esas responsabilidades.

Es un chiquero que tienen enfrente los de Cambiemos y el principal problema político del país, pero en el gobierno especulan con el tema y con los beneficios que puede traer el espectáculo de esta gran banda frente al público. Después dicen que la falta de escrúpulos es algo que inventó el peronismo, pero la Argentina es un país donde todos son capaces de jugar con cualquier cosa. Son estómagos a prueba de balas, pero agitan el fuego. Hay una escena de la película Pi, donde el protagonista se divierte con un león, situación muy parecida a la de estos vivos.

Las monjas no tenían idea, dice el interlocutor del “Vaticano Group” Rafecas. El video que todo el mundo conoció en el que se lo ve a López golpear la puerta, dejar los bolsos y el arma y luego a la monja ayudando a entrarlos, fue interpretado por los que lo comentaban como no determinante para establecer si la señora en cuestión sabía lo que estaba haciendo. La razón es que no se observa que mire hacia el arma. Pero el indicio no es lo que hace la monja sino lo que hace López, que es dejar el arma muy tranquilamente en el piso sin ninguna preocupación porque la mujer lo viera y, dado que no sabía cuál de ellas iba a responderle, esa actitud las involucra a todas. Dicho en otros términos, es López y no la mirada o no mirada de la monja, el que da un indicio claro y contundente de que entre todos ellos había complicidad.

Seamos conscientes del tamaño del escándalo, no ya de López y sus bolsos. El de la justicia nada más simulando actividad; recordemos el allanamiento que se hizo una semana después, la excusa de no entrar al cuarto de una monja, que encima se certificó después que no era tan monja, porque estaba en clausura. Hablamos de una investigación judicial, de una acción detenida in fraganti, eso no fue otra cosa que la determinación de no investigar. Después el nombramiento del “investigador”, cuya única actividad fue lograr que los diarios titularan “La Iglesia investiga”. Por último la reunión del “Vaticano Group” auspiciada por el propio Bergoglio, información que nadie se muestra interesado en levantar o profundizar y, el final “feliz”, el cuento del propio Rafecas de las monjitas inocentes y el plan de López para involucrarlas. López es al final, un señor que perjudicó a la pobre Cristina Kirchner y a la Iglesia, posiblemente a sueldo de Clarín y Macri. Después dicen que los milagros no existen.

Ahora tratemos de interpretar al oficialismo y su vaivén entre el saibabismo y el maquiavelismo indolente. Hacer como que no pasa nada, hacer como que se hace lo que no se hace mientras no se suministra al público información sobre todos estos escándalos, dejándole la cuestión a jueces ya no de la servilleta sino de la caja de seguridad, cuando la materia involucra a la administración del estado que tienen a su cargo, algo mucho más cercano que el narcotráfico en sí. El final debería escribirlo Robert Louis Stevenson, a mi me excede.

El argumento mafioso contra el Impeachment contra Dilma Rousseff

El argumento mafioso contra el Impeachment contra Dilma Rousseff

El siguiente argumento es repetido como un mantra por partidarios de Rousseff y por comentaristas y periodistas: “Aquellos que juzgaron a la presidente de Brasil están tan comprometidos con las investigaciones de corrupción como la propia Dilma”, por lo tanto no pueden condenarla. Es completamente inválido. Lo mismo dicen cuando frente al latrocinio generalizado del kirchnerismo, se responde “Macri es igual”; respuesta sin sentido aún cuando la igualdad fuera cierta.

Lo asombroso es cómo se repite fuera de los sectores interesados y en mi opinión tiene que ver con la capacidad de difamación y castigo psicológico que ha desarrollado la izquierda, que hace que mucha gente con poco valor esté pensando todo el tiempo si lo que va a decir de algún modo la pone a merced de ese ojo censor. Lo que se conoce como “corrección política” que es el resultado de un acoso moral.

Es un argumento mafioso porque supone que deberían callarse o apoyarla los que son iguales que ella. Es como decir “son del mismo club” para justificar que sean tolerantes con los crímenes de un “par”. No se cómo descendimos al punto en que no se dan cuenta de lo que denota esa observación: Deben preservarse los valores de la mafia.
El juicio político por cierto no es bueno ni correcto por sí mismo, pero tampoco es un juicio penal. Los mismos que repiten el argumento mafioso en el día de hoy se encargaron de aclarar que el proceso contra Rousseff no se basaba en actos de corrupción sino en el desvío de partidas con fines partidarios. El primer error es pensar que corrupción es nada más llevarse dinero a casa, porque para la cultura latinoamericana el lucro es un tabú, algo que no se puede mostrar, mientras se relativiza cualquier acto delictivo que no implique eso. Un crimen no requiere quedarse con nada en lo personal. Ni siquiera el problema del robo es el “beneficio propio”, sino la violación de la propiedad. Desviar partidas por razones políticas es una forma de defraudación y es estrictamente un caso de corrupción, en tanto que esta palabra quiere decir “desnaturalización”, puede ser de la función o del acto. En este caso la función del presupuesto, un elemento esencial entre quienes están en el poder manejando fondos que no les pertenecen y la gente. Desviar fondos es apoderarse de ellos.

El segundo error es darle nulo valor a las investigaciones sobre Petrobrás al contexto del juicio político. Como en muchas investigaciones criminales cuando hay una multiplicidad de hechos, es válido elegir algunos que están más claros para llegar a una condena. Si este desvío de fondos no requiere una investigación ulterior, es un medio idóneo para juzgar a una presidente que además de malversar fondos, está involucrada como ex ministra del área en el escándalo de Petrobrás. Es decir, no es que el proceso no tiene nada que ver con ese caso. Lo mismo y tal vez de un modo más determinante, puede decirse de la recesión profunda que vive el país, forma parte fundamental de la situación de una presidente a ser responsabilizada por sus actos y errores. Son tres las motivaciones fundamentales de la destitución de la ex presidente, aunque en la condena se tuviera en cuenta una sola.

Distinto sería el caso si todo fuera inventado, que es el único punto aquí. Ni el argumento mafioso ni el pretendido divorcio de las otras dos cuestiones fundamentales, sirven para responder lo que habría que responder que es la realidad de las imputaciones. En la Argentina se vivió un proceso de juicio político que era una verdadera farsa contra la Corte Suprema. Los hechos invocados no tenían ninguna entidad y se basaban en el desacuerdo jurídico de gente bastante ignorante, sobre el cuál la Corte tenía la máxima autoridad y encima se los usó para condenar a los réprobos y no se les aplicó a los que seguían los criterios que interesaban al poder. El contexto que servía como motivación era imposible de invocar: el gobierno quería el control de la justicia para cambiar la jurisprudencia respecto del “corralito” y las causas sobre los hechos de la guerra sucia.

El juicio político es una bendición. Brasil lo ha utilizado dos veces para presidentes en las antípodas ideológicas. Una república y el poder en general requieren responsabilidad, es bueno que los presidentes, que son todopoderosos, se sientan vulnerables. Hay una versión hiperlegitimadora según la cual el resultado es malo porque contradice al voto a favor de Rousseff de la población. Primera falacia: no fue elegida para violar la ley. No hay pronunciamiento de la gente al respeto y los legisladores también fueron votados entre otras cosas para eventualmente llevar adelante un juicio político contra alguien obviamente votado. En segundo lugar, más importante aún, esa interpretación de una “democracia” como la selección de un dueño del país que no puede ser tocado, no vale nada. A los mismos marxistas que años atrás hablaban abiertamente de terminar con ella les encanta para llevar adelante dictaduras votadas de una población cautiva del populismo. Pero si esa fuera la democracia, habría que terminar con ella por ser el régimen más perverso de opresión imaginable. La opresión en nombre de los oprimidos.

Narcokirchnerismo: Consumo libre, comercialización de los amigos.

Para un gobierno que quiere asociarse con el narcotráfico la combinación ideal es consumo libre, producción y comercialización prohibidas. El consumidor es el mercado y la prohibición le asegura al gobierno corrupto decidir quién entra y quién no y ser el guardián del negocio. Liberar las drogas, como han sido en general libres durante toda la historia a excepción del último siglo, sería perder la capacidad de autorizar de hecho a los narcos. Mantener restringido el consumo sería limitar los ingresos del negocio.
Hay unos secretos más para asegurar la impunidad. Invocar la simbología de la izquierda pobrista es una, crear un ambiente sin normas objetivas pero con mucha autoridad (lo que el señor Randazzo y los nazis coincidirían en llamar “la ley”) es otra.
La gente que puede reaccionar frente al saqueo tiene que ser mantenida en estado de permanente temor, físico mediante la inseguridad y la legitimación del asaltante y jurídico con regulaciones, persecución fiscal, vigilancia y estado de sospecha permanente.
La presencia de una voluntad del poder imposible de cumplir es fundamental. El que se queje está siempre a mano del castigo. El más asustado dirá de si mismo que no es un cobarde sino un cumplidor de la “ley” que además quiere que los demás cumplan así que estará señalando a sus vecinos por no obedecer. Quienes tienen sangre en las venas habrán de sentirse tan cuestionados que perderán toda voluntad de resistir.
No hay nada que el gobierno de Cristina Kirchner y su séquito no sean capaces de hacer, ni nada que pueda ser definido como el límite de tolerancia de la oposición.
Nadie puede asombrarse del felpudismo que la señora decidió demostrar a la figura del Papa Francisco. Todo suma a la impunidad, que es el único fin.
Se puede ser cura, regenteador de buenismo de ONG, cantante frustrado o actor asustado, el poder corruptor K arrastró todo y no hay atajos para extirparlo. Los kirchneristas hasta han corrompido a los ladrones de la calle que ahora nos juzgan a los demás.
El problema es justamente “la ley”, cuando se interpreta como voluntad del poder, como despotismo santificado. Con el narcotráfico en particular, admitir la autoridad estatal en materia de ingestión de cualquier cosa es un puñal en el corazón del sistema republicano y una oportunidad para las mafias y los gobiernos saqueadores.
Por mucho menos que todo esto en el siglo XIX se cortó de raíz el poder colonial con mucha gente dispuesta a dar su vida para no vivir vidas miserables. Hace falta una generación sin vocación de ovejas, porque la decadencia no enseña, no cambia sistemas políticos ni saca a los criminales del trono para ponerlos entre rejas.

Proteger a Jaime

Una de las reflexiones posibles ante grandes casos de corrupción es decir “con esa plata se podría haber hecho…” tal obra. Pero no es la única, se podría pensar en los efectos benéficos de que la gente no hubiera sido despojada de recursos para ella misma aplicarlos a sus necesidades. Sin embargo los políticos de la oposición o quienes comentan estos problemas en los medios jamás, ni una sola vez que yo lo haya visto al menos en la última década, piensan en el mal llamado “contribuyente” convertido en un siervo de la gleba cuya billetera está al servicio de la bondad de los políticos (todos sabemos que lo que caracteriza a los políticos a diferencia de a nuestros vecinos, amigos y conocidos, es la bondad ¿no?) y los opinadores.

La víctima del desfalco público no es el propio público según el dogma general, sino el estado, el dios omnímodo de la Argentina. Por eso en su momento el señor De Vido inventó aquello de que el caso Skanska era un problema de corrupción “entre privados”. Porque ¿a quién le importan los privados?

Sin embargo con el kirchnerismo tenemos una cuestión de magnitud que cambia la física de la cuestión. Si comparamos los más de dos años de prisión efectiva que le tocaron a María Julia Alsogaray porque se consideró que no pudo justificar 500 mil dólares (en un proceso con la carga probatoria invertida), a que se la sigue mencionando como el estereotipo mismo de la corrupción y se observa como casi todos los que la consideraban la enemiga pública número uno o están con este gobierno o han estado en algún momento o estuvieron durmiendo la siesta mientras se construyó un estado paralelo completo al servicio del patrimonio de una familia que ya tenía antecedentes comparables a los de Idi Amín Dada. Si como ya sabemos un ex presidente cuyo nombre se le pone hasta a las macetas era un recaudador de bolsas de millones de euros de empresas enteras adquiridas mediante la extorsión del estado ¿Entonces cuál es el hilo conductor entre la anticorrupción de la década del noventa y la pro corrupción de esta década miserable? ¿Será la misma que existe entre estar mirando de afuera o estar mordiendo?

Hoy hasta los jardineros de los Kirchner superan a cualquier posible imputación a María Julia Alsogaray. Hasta los “artistas populares”, los servidores fascistas de la propaganda oficial, recaudan más a la luz del día que los cucos del pasado y lo hacen de manera descarada mientras se tatúan la cara del Che Guevara en las nalgas.

En la década del 80 y las anteriores había una sideral corrupción estructural, cuya solución era el cambio de reglas de juego económicas. En la década del 90 la corrupción estuvo en los negocios del estado, pero muchos de esos negocios eran benéficos en el sentido de desmembrar a la corrupción sistémica que existía por ejemplo en las empresas estatales. En la década K, que juntó al autor de “Robo para la Corona” con su protagonista, el estado argentino por completo es una caja personal para enriquecerse, enriquecer a los propios y perseguir a los extraños, asaltar al sector privado y repartirlo entre una pequeña oligarquía. Es decir, de la corrupción estructural de los 80 nos hemos pasado por completo a la corrupción como sistema político. Un totalitarismo basado en el latrocinio.

En los 80 no había rincón del estado en el que no hubiera negocios turbios. Hoy el estado es un patrimonio capturado que está al servicio de una banda que es mucho mayor que él, donde hasta los gobernadores, intendentes, el Congreso y la Justicia se ven chiquititos. El Tesoro, la ANSES, la AFIP, la Aduana y el Banco Central son como la tarjeta de crédito personal de la presidente y casi todos los grandes negocios del país están a su servicio cuando directamente no les pertenecen bajo cuerda.

Así debemos observar este problema porque no es que le han robado al estado, sino que se han robado al estado entero.

Así es también como nos encontramos frente al caso del señor Ricardo Jaime, protegido por el sistema judicial hasta que se enojaron con la dueña. Dentro del éxito del sistema de propaganda pareciera que este señor fuera el María Julia Alsogaray del momento, a pesar de que ella no le podría seguir el tren de gastos ni a él ni a los secretarios privados de la señora en jefe, ni a su chofer.

Jaime no es protagonista de nada, es un actor de reparto de una obra en la que recibió buenas propinas. Ricardo Jaime es mucho más valioso por lo que tiene para contar que por lo que merece ser castigado. Y nuestro problema es como sacamos al estado y a la economía extorsionada del monedero de los K. Esa es la magnitud de la cuestión, no las fojas del expediente de uno solo de estos soldaditos.

Es aquí donde entiendo que esto requiere una media política, más que una solución judicial particular. El estado (como legalidad) tiene por prioridad salir de ese monedero como en los finales de la década el 80 había que desbaratar la corrupción estructural. Jaime entonces, como otros protagonistas secundarios de la década miserable debieran recibir protección de una ley para hablar, bajo la condición de devolver las migajas del botín que ellos mismos conservaron.

Lo quieran ver o no los ángeles caídos de la caja que están pensando en heredar este problema, hoy es imposible imaginar cómo se manejarán las riendas del gobierno sin quebrar  a este sistema hasta en sus más recónditos rincones. No hay pacto posible con la banda, porque la banda se apoderó del país entero.

Nadie podrá manejar a un gobierno encerrado en una bóveda, el problema es aquí el sistema y sus dueños y no tanto la gerencia.

Lo que Miriam dice

¿Qué cosa nueva dijo Miriam Quiroga, la ex secretaria de Nestor Kirchner? Sus declaraciones son la ratificación de un testigo directo de todo lo que sabía quien quisiera estar informado fuera del aparato de difusión del Gran Hermano desde hace años. Para la historia puede parecer poco importante, desde el punto de vista del impacto masivo es la desnudez del rey.

Pero Miriam Quiroga dice más que lo que dice. Sobre la Argentina oscurantista K, el tiempo que ha llevado que escándalos que explotan en países civilizados y aquí ni se trataban en la televisión abierta, habla de un cúmulo de inconductas y complicidades sobre las que habrá que reflexionar muchos años. No solo hubo mucha gente tapando y arreglando, sino otros que parecían muy “objetivos” que jugaban a estar en el medio como si eso fuera una virtud y no una agachada más. Una versión argentina de la objetividad consistente en ignorar los acontecimientos, es decir mentir, para no mostrarse enemistado con el poder. Adquiriendo el formato elegido por el kirchnerismo: contar lo que hacen es ser enemigo. Lo que termina siendo una profecía autocumplida, porque el kirchnerismo trata como tal a todo el que cuenta lo que pasa. No está nada mal ser enemigo de esa forma de estigmatizar, robar y mentir, sobre todo si no se es agresor.  Difícil de vender eso de que haya que mentir o lavar la información, para ser serio.

El segundo dato es que ahora los “arrepentidos” hacen algo más que pasarse a la oposición para tratar de volver al poder. Esto es, cantan, cuentan, denuncian. Importa poco si Miriam Quiroga hace un discurso sobre la moralidad pública, aporta a la reparación contando lo que sabe. Mientras que hay otra categoría de ex kirchneristas que hacen lo contrario. No nos informan de nada, solo se ponen a criticar impostando una moralina contra todo eso de lo que fueron parte, dejaron pasar o ignoraron, cuando no fueron directos protagonistas.

El ex jefe de gabinete Alberto Fernández tal vez sea el caso extremo. Acaba de declarar que nunca vio nada como lo que vio Miriam Quiroga a pesar de que tenía su despacho adyacente al de Kirchner. El es uno de los que de invocar una moral fascista, según la cual por ejemplo los porteños éramos unos desubicados por votar distinto al resto del país, pasó a contarnos en qué consisten las virtudes republicanas de las que carece la presidente. Y ese cambio sin contar nada.

Al menos podría aportar pormenores acerca de cómo fue el acto de censura contra Julio Nudler en Página 12 por querer mencionar cuestiones que lo involucraban a él mismo. O si no los términos de la epifanía K que logró producir en el célebre protagonista del neologismo “protocolizar”, dado que él se lo llevó a Kirchner.

La tercera, pero no la menos importante revelación de Miriam Quiroga es la inauguración con bombos y platillos del final de época. Se rompió el cerco. Parecerá raro lo que voy a decir pero creo que los kirchneristas de a pié fueron peores víctimas de esta etapa que todos nosotros. Fueron ellos los que no vieron otra alternativa que agacharse, obedecer, repetir disparates y simular. Son los que aceptaron ser esclavos y no es que no tengan responsabilidad, pero el precio que pagaron fue alto por más que lo quieran comparar con las pequeñas contraprestaciones de un sistema clientelar. Lo interesante es que el ambiente opresivo que los mantenía en silencio está roto. Los “locos” empiezan a escapar del manicomio.

Es importante percibir estas diferencias entre los kirchneristas, porque si va a empezar algo nuevo, aunque no tengamos motivos para tener expectativas de tiempos dorados, habrá que considerar el daño hecho a los esclavos del sistema más o menos conscientes de que lo fueron.

Sería necesario contar con una norma del “arrepentido” con las condiciones en las que se podrá proteger a los que sin formar parte de la cúspide de las responsabilidades estén dispuestos a aportar los datos que permitan recuperar el patrimonio público e inaugurar una etapa normal de vigencia de la ley y recuperación de principios de convivencia.

La formalidad de explicar

El chavismo piensa inaugurar un capítulo más en la historia de la simulación que es este recuerdo de república y democracia dentro del cual se construyen vulgares dictaduras. Vulgares en cuanto a sus modos, a sus protagonistas, a sus explicaciones, a sus vueltas a explicar lo que no cerraba. Dictaduras en cuanto a que lo único que rige, lo que no tiene que ser explicado sino que es el origen de todas las explicaciones, lo único que no es una formalidad, es la voluntad del poder.
Ya hemos llegado a las asunciones presidenciales virtuales. Si Chavez esta vivo, muerto, en estado vegetativo o en coma, da igual, se trata de una formalidad, como la república y la democracia ya son formalidades. Lo que sabemos y es cierto, el fondo, aquello que esas formalidades cubren es que Chavez es el dueño del poder y si quiere se lo da a Maduro y este si quiere negocia algún arreglo con el señor Cabello, así como es cierto que la población es espectadora. Por más que vote, lo único que se les explicará es como es que esto sigue siendo una república con una constitución y si no les gusta es porque son de la derecha, malos o locos. ¿Quién le teme a la población? ¿Qué van a hacer, manifestarse? Que lo hagan, a ver si se enteran de que no tienen ni las armas ni el poder impositivo, ni la facultad de examinar la vida, obra y patrimonio de quien se les antoje, ni los resortes para perseguir, ni son los que autorizan a los quioscos a existir, que se han creído aquello del intervencionismo que los iba a beneficiar y de repente se dan cuenta de que no son dueños de nada, ni de sus dólares ni de hablar, ni mucho menos tienen acceso a los organismos internacionales, de los que los déspotas no son jamás expulsados.
La Argentina está entre las mejores alumnas, pero también hizo escuela con el peronismo y el kirchnerismo es el paroxismo de la simulación de la explicación.
Pero no a todo el mundo le resulta fácil entender la diferencia entre la realidad y la propia simulación. Si algo caracteriza a esta época son los bandidos airados, ofendidos, pontificadores. A los vagos levantándole el dedo aun gran profesor.
Las pastillas son las que tienen que apagar a esas consciencias alteradas, atrapadas entre el fuego de un relato que les dice que son héroes y una realidad que les dice que son bandidos.
Los pequeños monigotes tienen su conflicto entre ser unos miserables sin destino cabezas huecas sosteniendo una cleptocracia o ese relato en el que juegan el papel de samuráis en Twitter.
Es todo tan grueso.
La señora Kirchner descontrolada el fin de semana hablando de “hipotecas” de automóviles porque la Justicia y el Derecho son una formalidad que entorpece sus deseos de venganza que son la única ley ¿Qué se creen que son los jueces? ¿Y un actor, con todo lo que ella corrompe a los actores, de dónde sacó que puede hablar de su fortuna? ¿Qué formalidad se tragó ese individuo? Por otra parte ¿cuál fortuna, quién robó? El mundo de las formalidades es el que hay que clausurar. Lo único que restablecerá la eficacia de las pastillas es que la realidad sea por completo derogada. Ese es el camino a la violencia extrema.
Hasta ahora parecía que los problemas eran las formalidades llamadas democracia y república. Pero ya pasamos ese punto. El problema son ya las explicaciones. Cualquier explicación. Incluso la explicación de una monarquía absoluta no serviría y enseguida debería ser revisada por el relato. Esta es en realidad la crisis de la necesidad en si de explicaciones del poder, la vuelta a la situación en la que gobierno y asaltante no eran dos realidades sino una sola. Después vendría Occidente con su mitología justificatoria y sus varias ideas de legitimidad. Ropajes que todos les quedan incómodos a los nuevos déspotas. No quieren ninguno porque ninguno les dura más allá de cada cambio de humor.
Al poder chavista kirchnerista no le cabe ninguna idea de legitimidad, no es que no le caben las republicanas y democráticas. El relato es la flexibilidad, el relato es la no explicación, el fin de las explicaciones por la vía inflacionaria de tener tantas, todos los días, una diferente a otra y contradictorias; construyendo la lógica desde la conclusión hacia las premisas.

Raul Castells habló de corrupción de Bonafini Y Shocklender hace un año

Mientras muchos medios se enteran de los problemitas con el dinero de las Madres de Plaza de Mayo diciendo “oia, que horrour”, Raúl Castells decía esto hace un año en Esta Lengua es Mía.

¿Por qué lo que se sabe debe ser habilitado en los mismos medios que el gobierno ni siquiera tolera? Pregunta retórica la mía.