CFK tiene la suerte de no tener razón

Los juegos retóricos del kirchnerismo en su total decadencia aburren. Pero vale la pena utilizar sus actuales invocaciones para invalidar de una vez y para todas el veneno con el que intentaron inocular a las raíces republicanas de nuestra constitución.

Si el número en las elecciones fuera determinante de una legitimidad del tipo que estaban defendiendo hasta ayer, se tendrían que ir ya, junto con la totalidad de los jueces de la estudiantina llamada “justicia legítima”. Eso sería ahora “democratizar” al Poder Ejecutivo y a la Justicia. El gobierno de Cristina Kirchner debiera darse por terminado dado que un 75% de los votantes lo rechazan. Lo único que les permite seguir es, en principio, el sentido de legalidad que estaban negando con fanatismo durante la discusión sobre la intervención del Poder Judicial o las arremetidas contra la prensa por ser contraria al credo obligatorio de los supuestos dueños del 54%. Es decir, todavía están ahí porque el gobierno es gobierno por lo que dice la Constitución y no por el mero grito de las urnas.

Hay muchas razones por las que el gobierno de Cristina Kirchner podría ser juzgado en el contexto de juicio político establecido por la Constitución. Pero haber perdido las elecciones no está entre ellas. Ni siquiera existe una pérdida de legitimidad por representar apenas al 25% de los votos válidos emitidos, suponiendo que eso no se amplíe en octubre. Porque la legitimidad no es el resultado de una operación matemática, sino de un silogismo jurídico cuya premisa mayor es la legalidad republicana.

Si la señora continúa a cargo, es porque todo lo que han dicho sobre la obligación del país de someterse a sus caprichos eran burdas falacias inaceptables para un estudiante secundario. Tiene suerte en el fondo de que este todavía no sea el país que quiso diseñar, porque en ese caso además de tener que irse ya a casa, el próximo gobierno tendría que aplicar contra ellos la misma metodología facciosa con un estado policial y la entrega de privilegios a todos los que los ataquen.

El populismo falsifica los presupuestos republicanos para la construcción de una dictadura. Dictadura es el gobierno en el que no hay normas abstractas sino sólo pura voluntad política. La mentira más grande a la que apelan es a la supuesta fuerza legitimadora de un resultado electoral para cualquier cosa. Pero en verdad la mayoría como voluntad, no existe. Es sólo un resultado de sumar voluntades que son independientes y que han coincidido en un momento sin conexión entre ellas, sin ponerse de acuerdo ni tener un plan común. No es un ente que está detrás del gobierno habilitándolo para cometer cualquier barbaridad. Por eso tiene suerte la señora, si no tendría que estar abriendo su ¿estudio jurídico?

La formalidad de explicar

El chavismo piensa inaugurar un capítulo más en la historia de la simulación que es este recuerdo de república y democracia dentro del cual se construyen vulgares dictaduras. Vulgares en cuanto a sus modos, a sus protagonistas, a sus explicaciones, a sus vueltas a explicar lo que no cerraba. Dictaduras en cuanto a que lo único que rige, lo que no tiene que ser explicado sino que es el origen de todas las explicaciones, lo único que no es una formalidad, es la voluntad del poder.
Ya hemos llegado a las asunciones presidenciales virtuales. Si Chavez esta vivo, muerto, en estado vegetativo o en coma, da igual, se trata de una formalidad, como la república y la democracia ya son formalidades. Lo que sabemos y es cierto, el fondo, aquello que esas formalidades cubren es que Chavez es el dueño del poder y si quiere se lo da a Maduro y este si quiere negocia algún arreglo con el señor Cabello, así como es cierto que la población es espectadora. Por más que vote, lo único que se les explicará es como es que esto sigue siendo una república con una constitución y si no les gusta es porque son de la derecha, malos o locos. ¿Quién le teme a la población? ¿Qué van a hacer, manifestarse? Que lo hagan, a ver si se enteran de que no tienen ni las armas ni el poder impositivo, ni la facultad de examinar la vida, obra y patrimonio de quien se les antoje, ni los resortes para perseguir, ni son los que autorizan a los quioscos a existir, que se han creído aquello del intervencionismo que los iba a beneficiar y de repente se dan cuenta de que no son dueños de nada, ni de sus dólares ni de hablar, ni mucho menos tienen acceso a los organismos internacionales, de los que los déspotas no son jamás expulsados.
La Argentina está entre las mejores alumnas, pero también hizo escuela con el peronismo y el kirchnerismo es el paroxismo de la simulación de la explicación.
Pero no a todo el mundo le resulta fácil entender la diferencia entre la realidad y la propia simulación. Si algo caracteriza a esta época son los bandidos airados, ofendidos, pontificadores. A los vagos levantándole el dedo aun gran profesor.
Las pastillas son las que tienen que apagar a esas consciencias alteradas, atrapadas entre el fuego de un relato que les dice que son héroes y una realidad que les dice que son bandidos.
Los pequeños monigotes tienen su conflicto entre ser unos miserables sin destino cabezas huecas sosteniendo una cleptocracia o ese relato en el que juegan el papel de samuráis en Twitter.
Es todo tan grueso.
La señora Kirchner descontrolada el fin de semana hablando de “hipotecas” de automóviles porque la Justicia y el Derecho son una formalidad que entorpece sus deseos de venganza que son la única ley ¿Qué se creen que son los jueces? ¿Y un actor, con todo lo que ella corrompe a los actores, de dónde sacó que puede hablar de su fortuna? ¿Qué formalidad se tragó ese individuo? Por otra parte ¿cuál fortuna, quién robó? El mundo de las formalidades es el que hay que clausurar. Lo único que restablecerá la eficacia de las pastillas es que la realidad sea por completo derogada. Ese es el camino a la violencia extrema.
Hasta ahora parecía que los problemas eran las formalidades llamadas democracia y república. Pero ya pasamos ese punto. El problema son ya las explicaciones. Cualquier explicación. Incluso la explicación de una monarquía absoluta no serviría y enseguida debería ser revisada por el relato. Esta es en realidad la crisis de la necesidad en si de explicaciones del poder, la vuelta a la situación en la que gobierno y asaltante no eran dos realidades sino una sola. Después vendría Occidente con su mitología justificatoria y sus varias ideas de legitimidad. Ropajes que todos les quedan incómodos a los nuevos déspotas. No quieren ninguno porque ninguno les dura más allá de cada cambio de humor.
Al poder chavista kirchnerista no le cabe ninguna idea de legitimidad, no es que no le caben las republicanas y democráticas. El relato es la flexibilidad, el relato es la no explicación, el fin de las explicaciones por la vía inflacionaria de tener tantas, todos los días, una diferente a otra y contradictorias; construyendo la lógica desde la conclusión hacia las premisas.