“Es urgente esperar”

Hay que esperar un primer Macri muy confundido por su propio relato, la nueva situación y una propia cultura “corporativa” crecida en el vicio del ambiente K, con independencia de que para ellos es la superación de esa situación y para mi fue la negación. Está en las maneras, en mostrarse de modo transparente en cuanto a qué significa este logro en la relación con el padre y demás. Cosas que no le sirven, pero de las que se va a agarrar.

La oportunidad está en el Macri después de calentar motores, cuando se le pase el efecto nube de pedo. La política en clave republicana tiene unos principios que la hacen funcionar. Necesita saber qué tiene que controlar y qué tiene que dejar de controlar. No hay tanta voluntad como cree, por lo tanto no interesa si esa voluntad es buena o mala, no juega un papel relevante salvo que al intentar forzarla irremediablemente se fracasa. Los que mantienen el control después de fracasar son los autoritarios, no la gente medianamente decente, en términos de política. A éstos solo les queda la oportunidad de tener éxito y el éxito va de la mano de la libertad de la sociedad.

Presumo que el segundo Macri, libre del shock K, puede considerar lo que hoy descarta. Pero estoy haciendo casi astrología tratando de determinar cuándo se podrá meter basa.

No solo se trata de Macri, todo el país pasa por su nube de pedo. Los análisis en los diarios y en los medios en general en esta etapa suelen ser particularmente fantasiosos, “morales” y en general huecos. Están encantados con las formas, parecen creer que los problemas de verdad no existen, solo los climas, las sensaciones.

¿Y los liberales qué rol tenemos? Ninguno, no somos parte de esto por razones que escapan por completo a nuestro control. Eso de que “si no ganamos es porque tenemos un defecto”, es una de las tonterías más grandes que nos hemos creído. La primera barbaridad que supone es que había un destino que estaba a nuestro cargo y que lo hemos perdido. Nuestro pequeño cielo liberal del que hablo en “Hágase tu voluntad” (seguro no lo leyeron, zurditos). Nuestro papel es ser oportunistas en el buen sentido del término, empresarios sabiendo cuándo decir qué, como hizo Alberdi con Urquiza, nuestro gran ejemplo de éxito.

Eso nos hace libres de salir a hablar de todo lo prohibido: privatizaciones, desregulación, privatización del subsuelo, libre comercio, secreto bancario, fin del control de la educación, armamento libre, paraíso fiscal, fin del control medicinal de la población y sigue la lista. Pero no en general, sino en particular de acuerdo a lo que pasa en la Argentina, como se hacía antes cuando no había miedo a lo que dirán los socialistas, que jamás en su vida han dicho algo bueno.

Tenemos que estar dispuestos a ser los locos del sistema, porque no hay otra forma en que nos puedan ver en este momento.

El autoritarismo contable de la segunda vuelta

El autoritarismo contable de la segunda vuelta

La segunda vuelta electoral parte de un supuesto falso desde el punto de vista de lo que se considera actualmente como el parámetro de legitimación por excelencia, que es el bien de los gobernados. Este supuesto es que un país necesita un gobierno con capacidad de hacer lo que quiere hacer, de acuerdo a la última versión del humor político general.

No se entiende que el estado es poder y que el estatismo es autoritarismo, por lo tanto tampoco se entiende que eso de la “gobernabilidad” es un valor para el pensamiento despótico, no  para el republicano. Ni se entiende, ni se enseña, por eso cuando escucho que todo se solucionará con educación y veo alejarse a la sociedad de los objetivos que planteaban Jefferson o Sarmiento de instruir sobre la nueva institucionalidad de la libertad y sus condiciones, me alarma tanta inconsciencia sobre lo que se está diciendo.

Montesquieu y los Padres Fundadores en los Estados Unidos imaginaban a las ramas del gobierno compitiendo entre si. No había necesidad de que una de ellas “ganara” ninguna contienda, sino de que se controlaran entre unas a otras. El destino de un país no depende de una política sino de las instituciones y de la ley, no entendida como mera voluntad legislativa sino como los principios de derecho que parten de la libertad individual. Esa es la función del gobierno, las variantes en cuestiones de administración e inversión del gasto limitado del estado de acuerdo a criterios de distintas facciones, son contingentes. Si el partido A las puede llevar adelante o no, no importa al interés general. Hará acuerdos o tal vez no los logre y un determinado gobierno se vaya sin haber conseguido lo que quería hacer. No tiene ninguna importancia y si eso es producto de que no ha logrado convencer a suficiente gente así debe ser.

No existe ningún problema con un gobierno “débil”, en tanto no lo es nunca para hacer cumplir la ley. Lo puede ser en todo caso respecto de sus propósitos políticos particulares, pero no para aquello establecido en la Constitución que se resume en la defensa de los ciudadanos.

Se que me van a decir que esto es sólo la versión liberal (si tienen quemado el cerebro me dirán “neoliberal”) de la república. Por supuesto que lo es. El asunto es este, que tampoco quieren asumir: si un gobierno no se sostiene en principios liberales, lo hace en principios autoritarios. No hay búsqueda de mayoría artificial si no se cree que la sociedad tiene un “conductor” que tiene que tener capacidad para llevarla como si fuéramos todos súbditos. Es la visión del gobierno como central en la vida del país, opuesta a la de aquellos que sabiamente lo dividieron por quererlo limitado, la que se preocupa por la falta de apoyo de quién administra al estado. Por el contrario si pensamos que la sociedad se conduce básicamente por contratos y por una vida privada libre y que el gobierno está para determinadas cosas, el problema de un gobierno minoritario no importa, en cambio alarma el deseo de muchos de convertirlo en mayoritario cuando no lo es.

¿No hay alternativa? Bueno, un gobierno un poquito autoritario es un gobierno que es dueño un poquito de las libertades de los individuos. Yo diría que éstos están un poco perdidos porque con los recursos y poder del gobierno y los dilemas que describe Hayek en Camino de Servidumbre, una vez que se inicia ese camino es difícil volver atrás.

Pero hay algo más, que desarrollo en mi libro 10 Ideas Falsas que favorecen a sus víctimas. Las dictaduras del siglo XXI en las mentes de sus víctimas. Esto es que el andamiaje institucional político de la división de poderes sólo tiene sentido para preservar la libertad individual de la libertad del gobierno (su “gobernabilidad”) . Se trata de un corset, de unas reglas que entorpecen la consecución de los deseos del gobernante. El día que nos convencieron de que el país fluye si el gobierno goza de “gobernabilidad”, es el día en que nos hicieron comprar el autoritarismo siendo sus víctimas, no sus beneficiarios, aún cuando la cosa siempre se presentará como de vida o muerte para nosotros.

La trampa consiste en convencer (se enseña en los colegios y las universidades) de que la “democracia” requiere un gobierno que tenga fuerza suficiente, para no ser entorpecido por la división de poderes. Se le asigna un papel vindicativo y todo vengador necesita una espada grande. Así como suena y en la misma línea va lo de las segundas vueltas para que una minoría se convierta en mayoría con tirabuzón. Está implícito en el razonamiento que los votos hacen al mandamás menos vulnerable a las críticas, las decisiones desfavorables en el Congreso y los fallos adversos. Los gobiernos necesitan, nos dicen, una credencial pesada para no tener que discutir tanto y hacer lo que pensaban hacer. Este es un pensamiento puramente anti institucional y autoritario. Se lo disfrazará de paternalismo, por supuesto.

Ni los gobiernos mayoritarios ni los minoritarios deben estar habilitados para hacer cualquier cosa. O por lo menos a esa habilitación no se le debe dar tinte de ningún tipo de santidad, es la vieja ansia de unos por someter a los otros. Pero hacer de las minorías mayorías por medio del balotaje, es una directa apuesta al sentido despótico del poder. Si pensamos que eso es lo mejor, obligar a la gente a elegir entre los que otros eligieron para que las matemáticas unjan a un favorito en nombre de todos, entonces deberíamos acabar con la farsa republicana y otorgarle el consagrado el poder absoluto. Más gobernabilidad que esa no se puede tener.

Esto con independencia de que en un sistema totalmente desquiciado puede ocurrir que una banda criminal tenga la primera minoría y la segunda vuelta sea el método se sacársela de encima porque todo lo demás falló, no se quiso usar o los contendientes prefieren negar que están frente a un grupo fuera de la ley y hacerse cargo de eso. La segunda vuelta en sí, es una aberración.

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Jose Benegas Unión Editorial
Jose Benegas
Unión Editorial

“A José Benegas hay que leerlo con atención: es uno de esos autores que de inmediato nos llevan a reflexionar. Es un autor que nos obliga a pensar, sobre todo a pensar. Porque de los variados temas que nos propone para la discusión, cruciales para el entendimiento de nuestro tiempo, siempre nos ofrece enfoques diferentes, originales, que van más allá de los convencionalismos y de los mitos aceptados. En esta colección de ensayos y artículos Benegas aborda problemas que suelen pasar desapercibidos para el gran público y que sin embargo subyacen a las discusiones cotidianas, al plano al que suelen moverse tanto el periodismo como la política. Cuando trata de la democracia, la igualdad o la pobreza, por ejemplo, José Benegas se niega a seguir las nociones que comúnmente se expresan y emprende una exploración que va hasta la raíz de los conceptos y las teorías, hasta el mismo fondo de las cuestiones en debate. Pasan por estas páginas temas clásicos de la sociología y la filosofía social: la relación entre el individuo y la sociedad, los fundamentos de la moral, la noción de normalidad, la recurrente discusión sobre la igualdad. Sobre este último punto Benegas realiza una interesante comparación entre las ideas de Rawls y de Nozick, explorando desde todos los ángulos, y en profundidad, lo que en sí constituye una compleja red de problemas y posiciones filosóficas” 

Carlos Sabino

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Vale todo

El problema de la toma de la Justicia a partir de esta reforma que está tratando mientras escribo este artículo el Congreso en violación al artículo 29 de la Constitución Nacional, es que a partir de ahora queda explícita la inexistencia de vínculo legal entre el gobierno y el resto del país. Poner a la justicia a disposición del Poder Ejecutivo equivale a transformar el resultado electoral en un acto de conquista y nos retrotrae al estado de naturaleza que describe John Locke en su Segundo Tratado del Gobierno Civil.

La partidización no es algo que haya que probar, no requiere un esfuerzo de interpretación, es el propósito expreso del oficialismo al hablar de “democratización”, de identificar a la facción más exitosa con la expresión del sistema en su totalidad. Como si no hubiera o no fuera legítimo que hubiera un otro más allá del poder. Fascismo del manual, dentro del estado todo, fuera del estado nada.

El estado de naturaleza de Locke implica la ausencia de compromisos entre quienes gobiernan y quienes son gobernados. La acción de gobernar se transforma en un avance de facto sobre la libertad de las personas.

No tiene ninguna importancia si los nuevos miembros del Consejo de la Magistratura obtienen mayorías abrumadoras en las próximas elecciones o si la facción que expresa este fascismo también triunfa, porque se están danto por terminados los presupuestos supra-comiciales que vinculan a mayorías y minorías.

Precisamente el mayor elemento para sostener el compromiso de respetar a una eventual y circunstancial mayoría es que hay un poder del estado encargado de custodiar la voluntad fundamental que no reconoce mayorías y minorías sino que abarca a todos; esto es la Constitución. Las minorías aceptan que otros gobiernan porque su voluntad de aceptarlo está implícita en ese instrumento, en la medida que ese instrumento y quién lo custodia que es el poder judicial amparan sus derechos y custodian la igualdad ante la ley.

El actual es un gobierno de facto, se ha colocado en esa situación al liberarse de las ataduras de cualquier pacto vincular, porque la constitución era lo que la justicia decía y a partir de ahora será una simple fachada para que los más disparatados caprichos presidenciales se lleven  cabo.

Nos espera la arbitrariedad y detrás de la arbitrariedad la corrupción total de los tribunales, custodiada por la corrupción total del Consejo de la Magistratura, esa panacea que los mismos asaltantes del poder de hoy nos vendían bajo la etiqueta de “calidad institucional”.

Rechazo la violencia por inconducente y porque a partir de ahí nada se puede construir, pero la Argentina ha ingresado hace rato en una guerra civil en la que la  ciudadanía entra en contienda con el poder porque el poder se manifiesta como enemigo de los que no se someten a él. Contienda que es la expresión de quienes están fuera de la protección estatal del derecho de resistencia a la opresión, también reconocido en la Constitución, que deberá librarse con todos los métodos no violentos a la mano. No digo métodos pacíficos, sino solo no violentos, porque la paz ha sido rota hace tiempo al no reconocerle a los extraños ni el derecho a su reputación, con militontos agentes estatales que se dedican a la difamación de los críticos.

Habrá que dejar la comodidad, para los que hasta aquí estuvieron cómodos. Lo que está claro es que el sistema de convivencia no se restablecerá en base a colaboración ni negociaciones por el reparto del presupuesto público. Es hora de otra gente y las manifestaciones espontáneas de una ciudadanía indignada son una consecuencia de ese cambio.

Queda la instancia de la justicia subsistente, se verá si hay pactos y si hasta acá hemos llegado con algún sentido de constitucionalidad. De cualquier modo no alcanzará, los tiempos judiciales son insuficientes para tratar con una andanada fascista.

Esa expresión “calidad institucional” ha sido usada con suma ligereza, como una forma anómica cuasi técnica de evadir el verdadero problema que es el de la libertad. No hay calidad concebible sino en función de un sistema de valores, los valores de nuestra constitución son los derechos individuales. En consecuencia a partir de ahora dependemos de la última “calidad institucional” de lo más básico que tenemos, esto es nosotros mismos ciudadanos, células elementales de toda república.

La formalidad de explicar

El chavismo piensa inaugurar un capítulo más en la historia de la simulación que es este recuerdo de república y democracia dentro del cual se construyen vulgares dictaduras. Vulgares en cuanto a sus modos, a sus protagonistas, a sus explicaciones, a sus vueltas a explicar lo que no cerraba. Dictaduras en cuanto a que lo único que rige, lo que no tiene que ser explicado sino que es el origen de todas las explicaciones, lo único que no es una formalidad, es la voluntad del poder.
Ya hemos llegado a las asunciones presidenciales virtuales. Si Chavez esta vivo, muerto, en estado vegetativo o en coma, da igual, se trata de una formalidad, como la república y la democracia ya son formalidades. Lo que sabemos y es cierto, el fondo, aquello que esas formalidades cubren es que Chavez es el dueño del poder y si quiere se lo da a Maduro y este si quiere negocia algún arreglo con el señor Cabello, así como es cierto que la población es espectadora. Por más que vote, lo único que se les explicará es como es que esto sigue siendo una república con una constitución y si no les gusta es porque son de la derecha, malos o locos. ¿Quién le teme a la población? ¿Qué van a hacer, manifestarse? Que lo hagan, a ver si se enteran de que no tienen ni las armas ni el poder impositivo, ni la facultad de examinar la vida, obra y patrimonio de quien se les antoje, ni los resortes para perseguir, ni son los que autorizan a los quioscos a existir, que se han creído aquello del intervencionismo que los iba a beneficiar y de repente se dan cuenta de que no son dueños de nada, ni de sus dólares ni de hablar, ni mucho menos tienen acceso a los organismos internacionales, de los que los déspotas no son jamás expulsados.
La Argentina está entre las mejores alumnas, pero también hizo escuela con el peronismo y el kirchnerismo es el paroxismo de la simulación de la explicación.
Pero no a todo el mundo le resulta fácil entender la diferencia entre la realidad y la propia simulación. Si algo caracteriza a esta época son los bandidos airados, ofendidos, pontificadores. A los vagos levantándole el dedo aun gran profesor.
Las pastillas son las que tienen que apagar a esas consciencias alteradas, atrapadas entre el fuego de un relato que les dice que son héroes y una realidad que les dice que son bandidos.
Los pequeños monigotes tienen su conflicto entre ser unos miserables sin destino cabezas huecas sosteniendo una cleptocracia o ese relato en el que juegan el papel de samuráis en Twitter.
Es todo tan grueso.
La señora Kirchner descontrolada el fin de semana hablando de “hipotecas” de automóviles porque la Justicia y el Derecho son una formalidad que entorpece sus deseos de venganza que son la única ley ¿Qué se creen que son los jueces? ¿Y un actor, con todo lo que ella corrompe a los actores, de dónde sacó que puede hablar de su fortuna? ¿Qué formalidad se tragó ese individuo? Por otra parte ¿cuál fortuna, quién robó? El mundo de las formalidades es el que hay que clausurar. Lo único que restablecerá la eficacia de las pastillas es que la realidad sea por completo derogada. Ese es el camino a la violencia extrema.
Hasta ahora parecía que los problemas eran las formalidades llamadas democracia y república. Pero ya pasamos ese punto. El problema son ya las explicaciones. Cualquier explicación. Incluso la explicación de una monarquía absoluta no serviría y enseguida debería ser revisada por el relato. Esta es en realidad la crisis de la necesidad en si de explicaciones del poder, la vuelta a la situación en la que gobierno y asaltante no eran dos realidades sino una sola. Después vendría Occidente con su mitología justificatoria y sus varias ideas de legitimidad. Ropajes que todos les quedan incómodos a los nuevos déspotas. No quieren ninguno porque ninguno les dura más allá de cada cambio de humor.
Al poder chavista kirchnerista no le cabe ninguna idea de legitimidad, no es que no le caben las republicanas y democráticas. El relato es la flexibilidad, el relato es la no explicación, el fin de las explicaciones por la vía inflacionaria de tener tantas, todos los días, una diferente a otra y contradictorias; construyendo la lógica desde la conclusión hacia las premisas.

Los lacayos demuestran lo que quieren desmentir

Muy enojados los chavistas en las redes sociales con mi comentario de ayer que salió publicado en Infobae.com. Me desearon la muerte, uno me dijo que esperaba que se me muriera un hijo, me llamaron rata, mediocre, ignorante y otras cositas menos elegantes aún. Y todo para demostrar que ellos en verdad son democráticos y yo estoy lleno de odio.
Este caldo, esta preparación para el lanzamiento sobre el denunciante que los muestra con el cuchillo entre los dientes es el tipo de clima que generan estas dictaduras, el enojo con cualquier espejo que les devuelva su imagen.
Ayer para rematar la confirmación el canciller, vicepresidente y heredero al trono de Venezuela Nicolás Maduro se presentó al público en la sede del poder central, en La Habana, para desmentir rumores sobre la muerte del dictador o su estado de coma inducido según había informado en sitio del diario ABC de España.
El secretismo del régimen tiene por objetivo que el público no tenga acceso a la información. El temor es que si se supiera lo que hacen, lo que les pasa, lo que ignoran, lo que improvisan, su poder se desvanecería. Por eso la política tiene que estar acompañada de la devoción y los gritos de lealtad diarios son la respuesta a la demanda del centro de poder de recibir confirmación de que nadie está preparando para ellos una guillotina. Es la prístina potencialidad de la traición lo que se combate todo el tiempo con adulación.
Los creyentes, como los chavistas que competían por los calificativos ayer, se sienten muy alterados cuando sus santos son tocados. Pero sobre todo les da miedo no insultar porque alguien puede sospechar que están de acuerdo con lo que leen, tal es la desconfianza en la que viven. Necesitan creer y su religión es tan tonta que cuando alaban al mandamás a cada paso tienen que exagerar sus demostraciones para creerlas ellos mismos.
Para la gente racional la necesidad es la información y cuando no la hay no queda más remedio que la especulación o la búsqueda del dato que se cuela y del rumor. El secretismo es el que provoca los rumores y a su vez el régimen, con un método que tienen bien aceitado en la dictadura cubana, utiliza la desorientación que ellos mismos provocan y los inevitables pasos en falso como un argumento para desprestigiar a la función periodística.
Maduro dice ayer que Chávez le pidió que diga la verdad siempre, pero no cumplió la promesa. Hizo un programa grabado con una entrenada sirviente del gobierno comunista de Cuba sin dar información, insinuando que Chávez estaba vivo pero sin mayores precisiones, salvo de las malas intenciones de la derecha. Los chavistas y el mundo terminaron de ver al delfín y tuvieron mucho más claro cuales eran esas malas intenciones de la derecha, llena de odio y alterada mentalmente (el formato es cansador y repetido, todo lo que hay fuera del sistema es locura y odio), que el estado de salud de su profeta.
Es grotesco argumentar que tienen un comandante infalible que no puede ser criticado ni cuestionado pero que no es un dictador, mientras ellos van hasta uniformados. Si ellos quieren un dictador, sería ridículo que no lo tuvieran.
Ayn Rand hablaba de dos perspectivas opuestas para ver al mundo. Una la de la supremacía de la existencia, la aceptación de que hay una realidad externa que puede conocerse y debe aceptarse para poder operar sobre ella. La otra es la de la supremacía de la consciencia, que consiste en dar preeminencia a la voluntad sobre la realidad, para moldearla y transformarla sin limitación, donde lo importante son la fe y la lealtad al credo. En la Argentina le llaman “relato”, pero no como un punto de vista y unos supuestos que están siempre presentes en cualquier argumentación sobre la realidad, sino directamente como un capricho cualquiera que conviene al poder y debe ser aceptado mediante intimidación, engaño, amenazas o insultos a los que no lo repitan. Un mantra oportunista del día a día.
Estamos en la política volviendo a una forma de misticismo y devoción, con mucho pedido de inquisición a los herejes. Es la forma en que ha vivido la humanidad casi siempre salvo el reciente y muy corto período liberal. Podemos involucionar, de eso no hay duda.
Pero a su vez es una gran oportunidad para explicar lo que está ocurriendo, denunciar a los déspotas y a sus sacerdotes aguantándose sus insultos porque el único destino que tienen es el de fracasar dado que la humanidad no tiene posibilidad económica de volverse al oscurantismo general sin provocar una gran matanza. Y nadie va a suicidarse, esto va a cambiar mucho antes de ser comprendido.

Por qué la supranacionalización no puede seguir este camino

Algunas de las objeciones que hace años hago en soledad sobre la tendencia a diluir estados nacionales para formar organizaciones supranacionales empiezan aparecer en las agendas académicas y de comentarístas con mayor influencia y me alegra mucho. A este artículo de Anthony Coughlan, aparecido en EU observer que descubrí gracias a Desde el exilio y me tomé el trabajo de traducir (por favor, mejores traductores hagan sus correcciones), habría que universalizarlo un tanto y titularlo “Por qué las organizaciones supranacionales no pueden seguir así” para aplicárselo a otras pretensiones de internacionalizar el derecho y la justicia, a crear instituciones supranacionales alejadas del principio de legitimidad del poder vigente y la trampa en general de la transnacionalización del poder y las normas constitucionales.

El magnífico artículo del que hablo es el siguiente: 

Por qué la Unión Europea no puede seguir así

por Anthony Coughlan*

Refiriendose a esto, el ex presidente de Alemania Roman Herzog escribió en Welt Am Sonntag el 14 de enero la gran mayoría de las leyes actuales en Alemania son acordadas por el Consejo de Ministros y no por el parlamento alemán… por lo tanto la pregunta que tiene que hacerse es si Alemania puede todavía llamarse a si misma, sin reservas, una democracia parlamentaria.

Mientras que la proporción de leyes domésticas y europeas va a variar de un país a otro, puede decirse con seguridad que en cada estado miembro de la UE muy por encima de la mitad de las leyes provienen cada año de Bruselas. Sólo una minoría se originan a nivel doméstico. La pregunta del dr. Herzog entonces debería hacerse también ellos: ¿Pueden ellos sin reservas seguir llamándose a sí mismos democracias parlamentarias?

Esto lleva a otras preguntas: ¿por qué los parlamentos nacionales han estado tan dispuestos a privarse ellos mismos de tanto poder de crear leyes? ¿por qué los gobiernos y los ministros de los gobiernos y los aspirantes a ministros en las bancas de la oposición, marcharon tan fácilmente por décadas con semejante transferencia de poder desde el nivel nacional al europeo, cuando ha dejado a los parlamentos nacionales como cáscaras de lo que fueron? Sugiero que la única explicación plausible es algo alrededor de estas líneas:

En el nivel nacional cuando un ministro quiere conseguir que se haga algo, él o ella debe tener el apoyo del primer ministro, debe tener el acuerdo del ministro de finanzas si implica erogaciones de dinero, y sobre todo debe contar con la ayuda de la mayoría en el parlamento nacional, y de manera implícita entre los votantes del país.

Cambiar el ámbito político en cuestión al supranacional de Bruselas sin embargo, donde las leyes son creadas fundamentalmente por el Consejo de Ministros de 27 miembros, y el ministro en cuestión se hace parte de una oligarquía, un comité de legisladores, el más poderoso de la historia, estableciendo leyes para 500 millones de europeos, e inamovible como grupo sin importar lo que haga.

Los parlamentos nacionales y los ciudadanos pierden poder con cada tratado de la UE, ellos no tienen más la última palabra en las áreas políticas referidas. Los ministros individualmente por otra parte obtienen un tóxico aumento de poder personal, en tanto se transforman de miembros del brazo ejecutivo del gobierno en el nivel nacional, subordinados a la legislatura nacional, en legisladores omnímodos en el supranacional.

Para los ministros nacionales operar en el plano de la UE, mantenerse cerca de sus compañeros legisladores de la UE del exclusivo “club” del Consejo de Ministros, tiende a convertirse gradualmente en más importante personalmente para ellos que ser torpes en la defensa de los intereses de su propia gente.

El disenso respecto del consenso predominante en el Consejo, lleva implícito el riesgo de ser tildado como problemático. Los ministros tienden a identificarse incluso más con el proyecto de construir un estado europeo. Se ven a si mismos como arquitectos políticos de una superpotencia en ciernes.

Cada vez más conciben como su función principal vis-a-vis con sus compañeros del Consejo Europeo la de mandar a sus electorados nacionales en apoyo de mayor integración europea. Es una perspectiva especialmente atractiva para ministros de los países más pequeños.
Al mismo tiempo que los ministros nacionales se convierten en legisladores supranacionales, el traspaso de los ámbitos de decisión política del nivel nacional al europeo, libera a los empleados públicos nacionales que se ocupan de esos asuntos del escrutinio de sus acciones por parlamentarios nacionales electos.

Esto aumenta su poder burocrático mientras interactúan con sus números opuestos en la comisión de Bruselas en proyectar y a menudo decidir la legislación de la UE. La gran mayoría de las leyes de la UE no son nunca debatidas en el nivel del consejo de ministros, pero son formalmente adoptadas si el acuerdo fue conseguido entre los empleados públicos de los 300 sub-comités del consejo de algo así como 3000 comités adjuntos a la comisión.

La integración de la UE por lo tanto se ha convertido no sólo en un proceso que priva a los pueblos europeos de su democracia nacional e independencia. Dentro de cada Estado miembro representa un avance gradual de parte los ejecutivos del gobierno contra las legislaturas, y de los políticos contra los ciudadanos que los eligen.

Esto vacía al estado nacional, absorbiendo la realidad del poder desde sus tradicionales instituciones de gobierno, mientras las deja formalmente intactas.

Mantienen sus viejos nombres – parlamento, gobierno, corte suprema – de manera que sus ciudadanos no se alarmen, pero sus funciones clásicas fueron transformadas.

Su propósito principal ahora es ser transmisores de las leyes de la UE, sus decretos ejecutivos y sentencias judiciales, mientras el intento de subsumir los estados nacionales de Europa en un altamente centralizada federación supranacional europea avanza implacablemente en su camino.

Esta es la razón por la cual la gente sensata por todas partes seguramente replicarán las palabras del ex presidente alemán en su artículo: “La mayoría de la gente tiene una actitud fundamentalmente positiva hacia la integración europea. Pero al mismo tiempo, tienen un sentimiento creciente de que algo está andando mal, que una no transparente, compleja, intrincada, gigantezca institución se ha desarrollado, divorciada de los problemas efectivos y de las tradiciones nacionales, tomando competencias y porciones de poder cada vez mayores; de que los mecanismos de control democráticos están fallando: en resumen: que esto no puede seguir así”.

* El autor es conferenciante emérito senior en política social en el Trinity College, Dublin, y secretario de la National Plarform EU Reasearch and Information Centre, Irlanda. (Traducción: José Benegas, con las disculpas del caso)