“Es urgente esperar”

Hay que esperar un primer Macri muy confundido por su propio relato, la nueva situación y una propia cultura “corporativa” crecida en el vicio del ambiente K, con independencia de que para ellos es la superación de esa situación y para mi fue la negación. Está en las maneras, en mostrarse de modo transparente en cuanto a qué significa este logro en la relación con el padre y demás. Cosas que no le sirven, pero de las que se va a agarrar.

La oportunidad está en el Macri después de calentar motores, cuando se le pase el efecto nube de pedo. La política en clave republicana tiene unos principios que la hacen funcionar. Necesita saber qué tiene que controlar y qué tiene que dejar de controlar. No hay tanta voluntad como cree, por lo tanto no interesa si esa voluntad es buena o mala, no juega un papel relevante salvo que al intentar forzarla irremediablemente se fracasa. Los que mantienen el control después de fracasar son los autoritarios, no la gente medianamente decente, en términos de política. A éstos solo les queda la oportunidad de tener éxito y el éxito va de la mano de la libertad de la sociedad.

Presumo que el segundo Macri, libre del shock K, puede considerar lo que hoy descarta. Pero estoy haciendo casi astrología tratando de determinar cuándo se podrá meter basa.

No solo se trata de Macri, todo el país pasa por su nube de pedo. Los análisis en los diarios y en los medios en general en esta etapa suelen ser particularmente fantasiosos, “morales” y en general huecos. Están encantados con las formas, parecen creer que los problemas de verdad no existen, solo los climas, las sensaciones.

¿Y los liberales qué rol tenemos? Ninguno, no somos parte de esto por razones que escapan por completo a nuestro control. Eso de que “si no ganamos es porque tenemos un defecto”, es una de las tonterías más grandes que nos hemos creído. La primera barbaridad que supone es que había un destino que estaba a nuestro cargo y que lo hemos perdido. Nuestro pequeño cielo liberal del que hablo en “Hágase tu voluntad” (seguro no lo leyeron, zurditos). Nuestro papel es ser oportunistas en el buen sentido del término, empresarios sabiendo cuándo decir qué, como hizo Alberdi con Urquiza, nuestro gran ejemplo de éxito.

Eso nos hace libres de salir a hablar de todo lo prohibido: privatizaciones, desregulación, privatización del subsuelo, libre comercio, secreto bancario, fin del control de la educación, armamento libre, paraíso fiscal, fin del control medicinal de la población y sigue la lista. Pero no en general, sino en particular de acuerdo a lo que pasa en la Argentina, como se hacía antes cuando no había miedo a lo que dirán los socialistas, que jamás en su vida han dicho algo bueno.

Tenemos que estar dispuestos a ser los locos del sistema, porque no hay otra forma en que nos puedan ver en este momento.

El autoritarismo contable de la segunda vuelta

El autoritarismo contable de la segunda vuelta

La segunda vuelta electoral parte de un supuesto falso desde el punto de vista de lo que se considera actualmente como el parámetro de legitimación por excelencia, que es el bien de los gobernados. Este supuesto es que un país necesita un gobierno con capacidad de hacer lo que quiere hacer, de acuerdo a la última versión del humor político general.

No se entiende que el estado es poder y que el estatismo es autoritarismo, por lo tanto tampoco se entiende que eso de la “gobernabilidad” es un valor para el pensamiento despótico, no  para el republicano. Ni se entiende, ni se enseña, por eso cuando escucho que todo se solucionará con educación y veo alejarse a la sociedad de los objetivos que planteaban Jefferson o Sarmiento de instruir sobre la nueva institucionalidad de la libertad y sus condiciones, me alarma tanta inconsciencia sobre lo que se está diciendo.

Montesquieu y los Padres Fundadores en los Estados Unidos imaginaban a las ramas del gobierno compitiendo entre si. No había necesidad de que una de ellas “ganara” ninguna contienda, sino de que se controlaran entre unas a otras. El destino de un país no depende de una política sino de las instituciones y de la ley, no entendida como mera voluntad legislativa sino como los principios de derecho que parten de la libertad individual. Esa es la función del gobierno, las variantes en cuestiones de administración e inversión del gasto limitado del estado de acuerdo a criterios de distintas facciones, son contingentes. Si el partido A las puede llevar adelante o no, no importa al interés general. Hará acuerdos o tal vez no los logre y un determinado gobierno se vaya sin haber conseguido lo que quería hacer. No tiene ninguna importancia y si eso es producto de que no ha logrado convencer a suficiente gente así debe ser.

No existe ningún problema con un gobierno “débil”, en tanto no lo es nunca para hacer cumplir la ley. Lo puede ser en todo caso respecto de sus propósitos políticos particulares, pero no para aquello establecido en la Constitución que se resume en la defensa de los ciudadanos.

Se que me van a decir que esto es sólo la versión liberal (si tienen quemado el cerebro me dirán “neoliberal”) de la república. Por supuesto que lo es. El asunto es este, que tampoco quieren asumir: si un gobierno no se sostiene en principios liberales, lo hace en principios autoritarios. No hay búsqueda de mayoría artificial si no se cree que la sociedad tiene un “conductor” que tiene que tener capacidad para llevarla como si fuéramos todos súbditos. Es la visión del gobierno como central en la vida del país, opuesta a la de aquellos que sabiamente lo dividieron por quererlo limitado, la que se preocupa por la falta de apoyo de quién administra al estado. Por el contrario si pensamos que la sociedad se conduce básicamente por contratos y por una vida privada libre y que el gobierno está para determinadas cosas, el problema de un gobierno minoritario no importa, en cambio alarma el deseo de muchos de convertirlo en mayoritario cuando no lo es.

¿No hay alternativa? Bueno, un gobierno un poquito autoritario es un gobierno que es dueño un poquito de las libertades de los individuos. Yo diría que éstos están un poco perdidos porque con los recursos y poder del gobierno y los dilemas que describe Hayek en Camino de Servidumbre, una vez que se inicia ese camino es difícil volver atrás.

Pero hay algo más, que desarrollo en mi libro 10 Ideas Falsas que favorecen a sus víctimas. Las dictaduras del siglo XXI en las mentes de sus víctimas. Esto es que el andamiaje institucional político de la división de poderes sólo tiene sentido para preservar la libertad individual de la libertad del gobierno (su “gobernabilidad”) . Se trata de un corset, de unas reglas que entorpecen la consecución de los deseos del gobernante. El día que nos convencieron de que el país fluye si el gobierno goza de “gobernabilidad”, es el día en que nos hicieron comprar el autoritarismo siendo sus víctimas, no sus beneficiarios, aún cuando la cosa siempre se presentará como de vida o muerte para nosotros.

La trampa consiste en convencer (se enseña en los colegios y las universidades) de que la “democracia” requiere un gobierno que tenga fuerza suficiente, para no ser entorpecido por la división de poderes. Se le asigna un papel vindicativo y todo vengador necesita una espada grande. Así como suena y en la misma línea va lo de las segundas vueltas para que una minoría se convierta en mayoría con tirabuzón. Está implícito en el razonamiento que los votos hacen al mandamás menos vulnerable a las críticas, las decisiones desfavorables en el Congreso y los fallos adversos. Los gobiernos necesitan, nos dicen, una credencial pesada para no tener que discutir tanto y hacer lo que pensaban hacer. Este es un pensamiento puramente anti institucional y autoritario. Se lo disfrazará de paternalismo, por supuesto.

Ni los gobiernos mayoritarios ni los minoritarios deben estar habilitados para hacer cualquier cosa. O por lo menos a esa habilitación no se le debe dar tinte de ningún tipo de santidad, es la vieja ansia de unos por someter a los otros. Pero hacer de las minorías mayorías por medio del balotaje, es una directa apuesta al sentido despótico del poder. Si pensamos que eso es lo mejor, obligar a la gente a elegir entre los que otros eligieron para que las matemáticas unjan a un favorito en nombre de todos, entonces deberíamos acabar con la farsa republicana y otorgarle el consagrado el poder absoluto. Más gobernabilidad que esa no se puede tener.

Esto con independencia de que en un sistema totalmente desquiciado puede ocurrir que una banda criminal tenga la primera minoría y la segunda vuelta sea el método se sacársela de encima porque todo lo demás falló, no se quiso usar o los contendientes prefieren negar que están frente a un grupo fuera de la ley y hacerse cargo de eso. La segunda vuelta en sí, es una aberración.

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Jose Benegas Unión Editorial
Jose Benegas
Unión Editorial

“A José Benegas hay que leerlo con atención: es uno de esos autores que de inmediato nos llevan a reflexionar. Es un autor que nos obliga a pensar, sobre todo a pensar. Porque de los variados temas que nos propone para la discusión, cruciales para el entendimiento de nuestro tiempo, siempre nos ofrece enfoques diferentes, originales, que van más allá de los convencionalismos y de los mitos aceptados. En esta colección de ensayos y artículos Benegas aborda problemas que suelen pasar desapercibidos para el gran público y que sin embargo subyacen a las discusiones cotidianas, al plano al que suelen moverse tanto el periodismo como la política. Cuando trata de la democracia, la igualdad o la pobreza, por ejemplo, José Benegas se niega a seguir las nociones que comúnmente se expresan y emprende una exploración que va hasta la raíz de los conceptos y las teorías, hasta el mismo fondo de las cuestiones en debate. Pasan por estas páginas temas clásicos de la sociología y la filosofía social: la relación entre el individuo y la sociedad, los fundamentos de la moral, la noción de normalidad, la recurrente discusión sobre la igualdad. Sobre este último punto Benegas realiza una interesante comparación entre las ideas de Rawls y de Nozick, explorando desde todos los ángulos, y en profundidad, lo que en sí constituye una compleja red de problemas y posiciones filosóficas” 

Carlos Sabino

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Vale todo

El problema de la toma de la Justicia a partir de esta reforma que está tratando mientras escribo este artículo el Congreso en violación al artículo 29 de la Constitución Nacional, es que a partir de ahora queda explícita la inexistencia de vínculo legal entre el gobierno y el resto del país. Poner a la justicia a disposición del Poder Ejecutivo equivale a transformar el resultado electoral en un acto de conquista y nos retrotrae al estado de naturaleza que describe John Locke en su Segundo Tratado del Gobierno Civil.

La partidización no es algo que haya que probar, no requiere un esfuerzo de interpretación, es el propósito expreso del oficialismo al hablar de “democratización”, de identificar a la facción más exitosa con la expresión del sistema en su totalidad. Como si no hubiera o no fuera legítimo que hubiera un otro más allá del poder. Fascismo del manual, dentro del estado todo, fuera del estado nada.

El estado de naturaleza de Locke implica la ausencia de compromisos entre quienes gobiernan y quienes son gobernados. La acción de gobernar se transforma en un avance de facto sobre la libertad de las personas.

No tiene ninguna importancia si los nuevos miembros del Consejo de la Magistratura obtienen mayorías abrumadoras en las próximas elecciones o si la facción que expresa este fascismo también triunfa, porque se están danto por terminados los presupuestos supra-comiciales que vinculan a mayorías y minorías.

Precisamente el mayor elemento para sostener el compromiso de respetar a una eventual y circunstancial mayoría es que hay un poder del estado encargado de custodiar la voluntad fundamental que no reconoce mayorías y minorías sino que abarca a todos; esto es la Constitución. Las minorías aceptan que otros gobiernan porque su voluntad de aceptarlo está implícita en ese instrumento, en la medida que ese instrumento y quién lo custodia que es el poder judicial amparan sus derechos y custodian la igualdad ante la ley.

El actual es un gobierno de facto, se ha colocado en esa situación al liberarse de las ataduras de cualquier pacto vincular, porque la constitución era lo que la justicia decía y a partir de ahora será una simple fachada para que los más disparatados caprichos presidenciales se lleven  cabo.

Nos espera la arbitrariedad y detrás de la arbitrariedad la corrupción total de los tribunales, custodiada por la corrupción total del Consejo de la Magistratura, esa panacea que los mismos asaltantes del poder de hoy nos vendían bajo la etiqueta de “calidad institucional”.

Rechazo la violencia por inconducente y porque a partir de ahí nada se puede construir, pero la Argentina ha ingresado hace rato en una guerra civil en la que la  ciudadanía entra en contienda con el poder porque el poder se manifiesta como enemigo de los que no se someten a él. Contienda que es la expresión de quienes están fuera de la protección estatal del derecho de resistencia a la opresión, también reconocido en la Constitución, que deberá librarse con todos los métodos no violentos a la mano. No digo métodos pacíficos, sino solo no violentos, porque la paz ha sido rota hace tiempo al no reconocerle a los extraños ni el derecho a su reputación, con militontos agentes estatales que se dedican a la difamación de los críticos.

Habrá que dejar la comodidad, para los que hasta aquí estuvieron cómodos. Lo que está claro es que el sistema de convivencia no se restablecerá en base a colaboración ni negociaciones por el reparto del presupuesto público. Es hora de otra gente y las manifestaciones espontáneas de una ciudadanía indignada son una consecuencia de ese cambio.

Queda la instancia de la justicia subsistente, se verá si hay pactos y si hasta acá hemos llegado con algún sentido de constitucionalidad. De cualquier modo no alcanzará, los tiempos judiciales son insuficientes para tratar con una andanada fascista.

Esa expresión “calidad institucional” ha sido usada con suma ligereza, como una forma anómica cuasi técnica de evadir el verdadero problema que es el de la libertad. No hay calidad concebible sino en función de un sistema de valores, los valores de nuestra constitución son los derechos individuales. En consecuencia a partir de ahora dependemos de la última “calidad institucional” de lo más básico que tenemos, esto es nosotros mismos ciudadanos, células elementales de toda república.