Archives for May 2011

Raul Castells habló de corrupción de Bonafini Y Shocklender hace un año

Mientras muchos medios se enteran de los problemitas con el dinero de las Madres de Plaza de Mayo diciendo “oia, que horrour”, Raúl Castells decía esto hace un año en Esta Lengua es Mía.

¿Por qué lo que se sabe debe ser habilitado en los mismos medios que el gobierno ni siquiera tolera? Pregunta retórica la mía.

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Concruso Libertad en Escena, premio u$s 5000 dólares sobre La Petición de los Fabricantes de Velas de Fréderic Batiat

ABC

La Petición de los Fabricantes de Velas

Caminos de la Libertad te invita a realizar una adaptación teatral del texto “Petición de los fabricantes de velas”, del escritor francés, Fréderic Bastiat. Será premiada la mejor adaptación que refleje la esencia del texto de Frédéric Bastiat**.

Tanto el formato como las técnicas empleadas son libres. Deberá tener una duración mínima de 10 minutos y máxima de 12 minutos. Los videos se subirán a YouTube y después los concursantes deberán registrarse en nuestra página web.

Se otorgará un único premio

Primer lugar US$5,000 (Cinco mil dólares)

¿Dudas?

Escríbenos a

caminosdelalibertadparateatro@tvazteca.com.mx

**El texto “Petición de los fabricantes de velas” se adjunta en las bases del concurso.

Descragar aquí las Bases

Descragar aquí el poster

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¿Y Mayo por qué?

Ahí va la Reina de la Milanesa rumbo a Chaco con la escarapelita que en su triste escuelita telenovelística le enseñaron que representaba la “argentinidad”. Y cantidades de gentes con un espíritu nacionalista billiquinezco, que nada tiene que ver con el golpe de Mayo, que no fue compartido por todos.

Buen momento para recordarles a casi toda la dirigencia argentina, política y no política, que representan lo opuesto a lo que se expresó en ese movimiento desordenado y hasta desorientado e inconsistente, pero con profundas consecuencias en la historia del país.

Gran parte de esa explicación puede encontrarse en la Representación de los Hacendados que Mariano Moreno dirige al Virrey Cisneros. Con argumentos fiscalistas que se entienden por el intento de interesar al Virrey en el restablecimiento del libre comercio que el mismo había habilitado y luego cancelado, Moreno de cualquier manera defiende no solo el derecho a exportar productos agropecuarios, cómo esos beneficios deben recaer en quienes los producen, sino también el beneficio del acceso a la abundancia por el derecho a importar.

Pero mejor que Moreno le hable a Moreno Guillermo y que todos los zanguangos que se llenan la boca con el bicentenario entiendan que no solo no son parte de esos acontecimientos sino que expresan todo lo contrario.

“Hay verdades tan evidentes, que se injuria a la razón con pretender demostrarlas. Tal es la proposición de que conviene al país la importación franca de efectos que no produce ni tiene, y la exportación de los frutos que abundan hasta perderse por falta de salida. En vano el interés individual opuesto muchas veces al bien común, clamará contra un sistema de que teme perjuicios; en vano disfrazará los motivos de su oposición, prestándose nombres contrarios a las intenciones que lo animan: la fuerza del convencimiento brillará contra todos los sofismas, y consultados los hombres que han reglado por la superioridad de sus luces el fruto de largas experiencias, responderán contestes que nada es más conveniente a la felicidad de un país, que facilitar la introducción de los efectos que no tiene y la exportación de los artefactos y frutos que produce.

Elevadas hoy día a un mismo grado las necesidades naturales y ficticias de los hombres, es un deber del gobierno proporcionarles por medios fáciles y ventajosos su satisfacción: ellos la buscarán a costa de otros sacrificios, y siendo igual al interés de su compra el de una venta que la escasez hace subir a precios exorbitantes, el pueblo que carece de aquellos precisos renglones sufrirá sacrificios intolerables por la pequeña parte que pueda conseguir. Solamente la libertad de las introducciones podrá redimirlo de esta continuada privación, pues asegurada entonces la abundancia, tiene proporción de elegir con arreglo a sus necesidades y recursos, sin exponerse a los sacrificios que impone el monopolio en tiempo de escaseces.

Los que creen la abundancia de efectos extranjeros como un mal para el país, ignoran seguramente los primeros principios de la economía de los estados. Nada es más ventajoso para una provincia que la suma abundancia de los efectos que ella no produce, pues envilecidos entonces bajan de precio, resultando una baratura útil al consumidor y que solamente puede perjudicar a los introductores. Que una excesiva introducción de paños ingleses hiciese abundar este renglón, a términos de no poderse consumir en mucho tiempo, ¿qué resultaría de aquí? El comercio buscaría el equilibrio de la circulación por otros ramos, envilecido el género no podría venderse sino a precios muy bajos, detenido el introductor lo sacrificaría para reparar con nuevas especulaciones el error de la primera, y el consumidor compraría entonces por tres pesos lo que ahora compra por ocho. Fijando los términos de la cuestión por el resultado que necesariamente debe tener, ¿podría nadie dudar que sea conveniente al país, que sus habitantes compren por tres pesos un paño que antes valía ocho, o que se hagan dos pares de calzones con el dinero que antes costaba un solo par?
A la conveniencia de introducir efectos extranjeros acompaña en igual grado la que recibirá el país por la exportación de sus frutos. Por fortuna, los que produce esta provincia son todos estimables, de segura extracción, y los más de ellos en el día de absoluta necesidad. ¡Con qué rapidez no se fomentaría nuestra agricultura, si abiertas las puertas a todos los frutos exportables, contase el labrador con la seguridad de una venta lucrativa! Los que ahora emprenden tímidamente una labranza por la incertidumbre de las ventas, trabajarán entonces con el tesón que inspira la certeza de la ganancia, y conservada siempre la estimación del fruto por el vacío que deja su exportación, se afirmarían sobre cálculos fundados labranzas costosas, que a un mismo tiempo produjesen la riqueza de los cultivadores y cuantiosos ingresos al real erario”

 

 

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En lugar de indignarse, piensen

Lo que ustedes reclaman como hijos mal atendidos es lo que toda la vida les hemos estado diciendo los que no creemos en el uso de la autoridad central para manejar a la sociedad que el Estado no puede dar. No son sus dirigentes los que han fallado, ellos han hecho exactamente lo que ustedes demandaban y así les fue.

Las viviendas, los empleos, las jubilaciones que ustedes quieren que les den, deben ser producidas. Una vez que escribieron en un papel todos los derechos y aspiraciones que tienen alguien tiene que venir y hacer eso que ustedes dicen que nacieron con el derecho a tener (y ahora lloran ante los que se pusieron a escribir papeles cada vez más lindos y fueron entronizados a los puestos de mando), se deben fabricar los ladrillos, y el cemento, extraer el hierro de la roca y convertirlo en vigas, enviarlo en camiones – que muchos fabricaron – y ponerlas en su lugar. Y hay que estudiar para saber cuál es ese lugar. Ustedes piden que otros escriban todos esos derechos que dicen tener y ellos lo hacen. Crean oficinas de derechos y escriben leyes por las que ustedes van a tener todo lo que necesitan. Pero todavía falta la instancia de ponerse a trabajar ¿Y saben qué? Háganse cargo porque la verdadera naturaleza de sus pretensiones es deleznable. Quieren que esa autoridad vestida de paternalismo utilice la fuerza contra otros para que esos ladrillos, vigas y camiones, esos conocimientos adquiridos con mucho esfuerzo para saber cómo hacer sus viviendas, todo eso sea hecho esclavizando a todos los que intervienen en el proceso. Claro, ya no usan látigos directamente en la obra, solo pasa el recaudador y les revisa las cuentas para ver de dónde apoderarse del fruto de su trabajo. Y ustedes están ahí para alentarlos, sin saber que siempre los que pagan son ustedes. Parece que hay justicia finalmente en el mundo. Ustedes reclaman y ustedes pagan porque están ahí al margen de una economía que como tiene que cargar con el peso de sus pretensiones autoritarias, debe tirar el lastre de los menos productivos ¡Adivinen quiénes son los menos productivos! Ustedes los que están en las carpas quejándose porque su crimen no paga.

No se disfracen más de “democráticos reales”, ustedes son colectivistas reales. En el colectivismo no hay democracia alguna porque el ciudadano no existe, solo la maquinaria. No falsifiquen sus intenciones, van a terminar con la poca libertad que sus deseos han dejado en pie.

No pidan que se vaya nadie, váyanse ustedes. Váyanse al carajo. O empiecen a pensar. Tiren sus libros y busquen otros. Traicionen a sus maestros y libérense de la Matrix o déjense de joder de una buena vez con tanto llanto.

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Portar

Portar de un lado a otro. Trasladar un bien desde la posición A a la posición B. La economía no estudia el cambio de posición de los bienes, a lo sumo se interesa en los medios para realizar el movimiento, en las necesidades que se satisfacen con el transporte. Pero la posición A del bien o B por sí misma no importa. Después viene la frontera, un concepto que está fuera de la economía y pertenece a la política, es consecuencia de guerras de conquista o de acuerdos entre organizaciones políticas. La frontera es un límite al alcance territorial de una determinada autoridad. Si existe libertad a través de ella pasan las personas y también las mercaderías. La posición A de un bien (Uruguay) o B (Argentina) es una cuestión exclusivamente política. Le importa a la autoridad.

Argentina y Uruguay carecen de vida, no nacen, mueren ni se reproducen. Son etiquetas políticas nacionales, convenciones. No son más reales que el sector de la cancha que corresponde al equipo Blanco y el que pertenece al equipo Negro, cuyo sentido se encuentra en el juego, nunca fuera del juego. Se podría portar un bife de chorizo del lado de la cancha que pertenece al equipo Blanco al que corresponde al Negro. Sería una “ex”-portación para los blancos y una “im”-portación para los negros. Ni para el juego ni para la economía ese hecho tendría trascendencia alguna. Salvo que una autoridad decidiera que puede decidir que mercadería pasa de un lado al otro del terreno de juego, entonces la exportación y la exportación pasarían a ser un asunto político. Los bienes no trasponen los límites que la autoridad quiere así nomás sin pagar un rescate al que ostenta el uso de la fuerza, pero ni el equipo Blanco ni el Negro estarían en si interesados en la portación ni tampoco en los deseos monetarios de esa autoridad. Ni unos ni otros jugadores podrían ser convencidos de que su pertenencia a la blanquitud o a la negritud ameritarían que la rivalidad se extendiera a otra cosa que no fuera la competencia deportiva, ni se dejarían engañar por esa autoridad si les dijera que les conviene apoyar la restricción, ni tampoco aceptarían que el paso del bife de chorizo desde el campo de los blancos a los negros tuviera otro valor que el paso del bife de chorizo del campo negro al blanco.

El proceso necesita algo de mitología para ser aceptado. Digamos que la cancha es más grande, suficientemente grande como para convertirse en más trascendente que la satisfacción de las necesidades de las personas, que parezca esa cancha algo tan poderoso que mereciera cierto respeto especial. Le llamaremos ahora un lado de esa cancha gigante Uruguay y a otro Argentina. Pertenecemos entonces a una u otra cosa de peso, desde chicos se nos dirá que un trapo con determinados colores simboliza lo que somos, como la camiseta de los equipos mencionados. En esa dimensión, y después de que pasaron tantos héroes por nuestra memoria y vemos que el mundo entero es una división de campos de juego que pertenecen a determinadas autoridades y que a esos sectores pertenecen todos, pasamos por la experiencia de que sea una cuestión de cada autoridad saber a dónde vamos cuando cruzamos una frontera, aprendemos que esa autoridad, si es necesario o inclusive si no lo es, será quién velará por nuestras necesidades “más importantes”. A partir de ahí es fácil convencer a la gente de que hay una cosa que se llama exportación, que consiste en la salida de un bife de chorizo desde un campo de juego al otro, y otra que se llama importación que sigue el itinerario contrario. Y se puede llegar más lejos, a que el instinto desaparezca y la población crea que gana cuando pierde el bife de chorizo porque se va y que pierde si un repollo entra a su sector. La fórmula es tan exitosa para quienes la venden que no será esto una confusión sólo de la gente en general, sino de los economistas, que a ese fenómeno que de económico en sí no tiene nada (aunque tenga consecuencias económicas la irrupción de la autoridad, como la tendría la caída de un meteorito sobre nuestras vacas) merece ríos de tinta.

En la cancha el equipo Blanco y el Negro miran un tablero y saben cómo va el partido. También los espectadores se entretienen con eso. Es divertido. Agreguémosle entonces al juego un tablero que mida la cantidad de bifes de chorizo que salen contra la cantidad de repollos que entran. Pero sumémosle la economía monetaria porque si no los espectadores se van a dar cuenta de que no suena razonable festejar la salida de los bifes de chorizo, sino la entrada de los repollos. Y no queremos que nadie se dé cuenta de nada. Entonces mediremos en esa tabla, llamémosle “balanza comercial”, cuantas divisas entran y cuántas salen. Para los espectadores será ahora más emocionante ver crecer la cantidad de divisas que entran cada vez que se exportan bifes y las que salen cuando se importan repollos ¡Claro! Estamos mejor cuando tenemos muchas cosas ¿Y qué son las cosas? ¡Plata! Tener mucha plata es mejor que tener muchos bifes.

¿Para qué sirve la plata? ¡Para comprar cosas! ¿Entonces tener mucha plata y que eso no signifique conseguir muchas cosas no será al pedo? No se preocupen, jamás se harán esa pregunta. Convirtieron la realidad en un juego. Así como no importa que la victoria del equipo Negro sobre el Blanco tenga otro sentido que la diversión, tampoco interesará si el tablero de la balanza comercial le sirve a alguien para algo, más allá de los titiriteros.

Pero exportar implica importar. Salen bifes de chorizo y entran divisas. Es decir se importan divisas exportando bifes de chorizo. Y las divisas no nos dan de comer por si solas. Si con ellas no se pudiera importar algo, no tendrían ningún valor. Es necesario exportarlas para obtener el valor que justifica y convierte en negocio a la exportación. Aunque el que exporta no use sus divisas las acepta porque tienen valor (y se las puede vender) para otro que importa. Sin el importador, el exportador no tendría beneficio alguno exportando, por más que el tablero del jueguito de la estupidez nacionalista fuera un primor y sonara una chicharra con el “equilibrio de la balanza comercial” y dos con el “superávit”. Si esas divisas son emitidas por otro gobierno encima, el superávit sería de una gran ayuda para financiar el gasto público de ese país, al que en general odian los que aman al tablerito.

Algo tan simple como que lo que se importa importa. O que la característica de importarle algo alguien es la misma cosa que valorizar lo que se importa, solo puede desaparecer si se plantan ilusiones de competencias que no existen, si se hace a la gente jugar, se la encasilla, se la convierte en miembros de una nación luchando contra otra.

 

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Cara

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Bin Laden fue a la guerra

Defino guerra como la situación de enemistad irreconciliable entre otras muchas acepciones. Cuando hablo del marco que define la relación me refiero a esa guerra y no a otra a la que estamos más acostumbrados como los combates entre entelequias modernas llamadas “estados”. Obvio que la guerra es mucho más vieja que los estados nacionales, que la mayor parte de la historia ocurrió entre tribus, bandas errantes, ejércitos, mercenarios y gobernantes, sin que fuera un tema de la población general, mucho menos de una “nación”.  El problema es que el “orden nacional” y ahora también el “internacional” y sus sistemas de adoctrinamiento han logrado una presencia omnímoda y la mayor parte de la gente no entiende siquiera que haya existido alguna vez otra forma de orden, o de desorden.

Bin Laden y una organización terrorista pueden ser por supuesto contendientes de una situación de guerra. Y si consideramos que su organización dio en el país más poderoso de la tierra el golpe más contundente que haya recibido en su territorio en su historia, el hecho de no estar “legalizado” en el sentido de pertenecer al orden político nacional/internacional es un dato poco significativo. Es inclusive la característica que lo hace más peligroso y difícil de combatir.

Ahora bien, la guerra no justifica nada, un punto que no se entiende cuando se quiere aclarar por qué los Estados Unidos no llevaron a Bin Laden ante los tribunales. Si hay una situación bélica la captura para llevarlo ante jueces norteamericanos sería el acto que no tendría “justificación” desde el punto de vista de ningún orden positivo. La captura sería ya un acto de guerra. La guerra sólo explica que entre dos partes no se reconocen justificación. No hay diálogo jurídico hay deseo de mutua destrucción. Hablar de derecho en una guerra está fuera de lugar, no porque haya algo en la guerra que autorice a pasárselo por encima, sino porque una vez que hay guerra el derecho ya no está ni para justificar ni para condenar (ver más abajo lo que opinaba John Locke al respecto).

A lo sumo existen normas de la guerra, reglas de procedimiento y hasta tratados sobre la materia que fueron un avance importantísimo. Un grupo terrorista no forma parte de ese orden ni se muestra dispuesto a considerar limitaciones. Esos procedimientos bélicos “autorizados” son una forma de acordar al menos como dos partes contendientes se habrían de eliminar, cómo serían las armas y los recursos para hacerlo, pero el “derecho de la guerra” no justifica la guerra. Para justificar la guerra hay que adoptar un punto de vista. Hay que tomar partido antes de que un razonamiento pueda ser entendido como un intento de justificación. Unos irán a la guerra para imponer el reino de un determinado cielo en la tierra, para combatir a los infieles, o para acabar con alguna forma de demonio o enemigo público, un explotador. Todos van a la guerra para terminar con los tipos malos. No hay una justificación a la guerra, hay tantas como contendientes. Lo que no existe ni puede existir es una justificación abarcativa de todos los contendientes.

Parece que así es el mundo. No logramos que nuestro propio punto de vista sea “él” punto de vista universalmente válido. Lo peor es que cuando una de esas justificaciones se erige por si misma en “la” justificación que es vara de todas las otras, quién la representa se erige en justiciero universal y para quienes no lo aceptan, en enemigo de todos.

Cualquiera de nosotros puede universalizar su credo y utilizar dogmas de todo tipo. Un dogma podría ser que hay un organismo surgido de una guerra anterior cuya misión en el mundo es bendecir a determinado bando disparando contra otro. Llamemoslé Naciones Unidas. Guerra justa es la que dicen esos contendientes victoriosos que es. Aunque este punto de vista está ya un poco debilitado, en los últimos años hacía furor. Podría hacerse una consulta a la Pacha Mama o tirar la perinola a girar para determinar quién puede matar a quién, no sería muy diferente.

Cuando se cuestiona el asesinato de Bin Laden aparece esta discusión que se ha dado en todo terreno en el que el terrorismo ha hecho estragos. Sin guerra rigen los tribunales, con guerra mandan los hechos. La confusión está en pensar que con guerra se justifican los hechos, la sutil pero crucial diferencia es que el estado de guerra es aquel en el que las justificaciones han sido abandonadas. La guerra no es un crimen en realidad, es la desaparición de las definiciones de crímenes, del terreno de esas definiciones.

Quién lo define? Es una apelación mística, una mirada al cielo a ver si un gran señor lo hará. No hay tal gran señor al cuál recurrir, solos como estamos debemos decidir si actuaremos o no. Pero así cualquiera podría matar a otro. Así son las condiciones de nuestra existencia. En el interín podremos poner en boca de ese gran señor lo que querramos, hasta la guerra santa, no parece ser entonces garantía de nada.

Hablemos de la paz como valor. Ahora sí, hablemos de la guerra puesta en el marco del objetivo de vivir en paz, que es mucho mejor. Asumamos previamente que no hay un orden superior que nos lo diga, es nuestra elección decir que ese contexto es mejor y parece ser que la mayoría abrumadora de la humanidad piensa igual. Ahí tenemos algo para construir. Casi todos los contendientes entienden que vivir en paz es mejor que vivir en guerra.  Algo hay en común para avanzar. No tenemos una autoridad en común, ni acuerdos que seguir, estamos en el terreno de la inexistencia de acuerdos y de diálogo. Pero podemos encontrar un objetivo compartido curiosamente. Y sin haber resuelto todavía nada lo dejo acá. Es sábado.

 

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Precios del supermercado COTO del año 2004

Solo para ver la magnitud del asalto inflacionario que este gobierno de mentirosos se atreve a negar, este es un folleto de ofertas de COTO del año 2004.

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La agobiante doctrina compartida por los políticos argentinos

En tanto nadie cree en el Congreso nacional que exista una actividad productiva que sea privada, es decir que esté exenta de la autoridad pública, toda la oferta electoral en la Argentina es de extrema izquierda. Ni un solo diputado o senador admite ya que el terreno de la economía, es decir de la producción y distribución de bienes, aunque sea en principio, en una gran parte o en una pequeña parte al menos está fuera del alcance del poder estatal. Somos esclavos en consecuencia.

Veamos cómo se explica la supuesta “centro derecha” de la Argentina el motivo por el que hay que “regular” la actividad de las empresas de medicina prepaga “No creemos mal que haya empresas privadas que presten sus servicios, pero creemos que el Estado tiene que regular por tratarse de la salud”. Así lo definió Gabriela Michetti diputada del PRO. Es decir la situación parece ser de “tolerancia” con las empresas privadas que proveen la salud (la misma posición respecto de la prostitución) que de acuerdo al paraíso oficial del bienestar no sería necesaria porque tenemos hospitales públicos y obras sociales que funcionan bajo un régimen de fuerza promovido por el estado. El PRO apenas está dispuesto a aceptar que existan, pero define que la salud debe ser manejada por el gobierno ¿Por qué? ¿Será por lo acostumbrados que están a ver al estado haciéndolo todo maravillosamente que no se pueden quitar esa idea de la cabeza? ¿Para qué habrán reeditado las obras de Alberdi en el ministerio de cultura de la ciudad, para adornar las bibliotecas?

Buscamos en la Constitución y nada dice sobre ese ámbito de reserva al estado para dotarnos de salud. Apenas promete en sus últimas versiones bastante distorsionadas que el estado nos mantendrá sanos (y aunque no lo haga, no lo haya hecho nunca y no lo vaya a hacer nunca, seguirán creyendo en eso todos nuestros políticos), que nos proveerá servicios de salud, lo cual está muy distante del punto de vista de la hasta hoy precandidata a jefa de gobierno de la Ciudad. Ni siquiera han imaginado que sería de sus maltrechos hospitales si además se sumara la demanda “liberada!” por la medicina prepaga. No les importa, ningún movilero pelotudo los va a correr con semejante cosa.

En cambio la Constitución dice que existe el derecho a ejercer cualquier industria lícita. Los curanderos no están regulados, y no es que quiera dar ideas a semejantes representantes, pero de acuerdo a nuestra nueva legislación tenemos más libertades para proveer curanderismo y contratarlos a ellos que a los servicios de medicina prepaga. El orden axiológico de la Constitución ha desaparecido para dar lugar a un estado tutor en el que creen, repito, todos los políticos argentinos. No estoy pidiendo el cierre del Banco Central, apenas hablo de conservar el derecho a hacer lo que se nos cante en materia de contratación de salud, sin preguntarle a ningún imbécil que por el hecho de tener una banca cree que nos debe manejar. Eso para nuestros políticos es demasiado liberal.

La constitución dice también, y ya creo que al citarla estoy hablando como un lírico, que “los principios, garantías y derechos reconocidos en los anteriores artículos, no podrán ser alterados por las leyes que reglamenten su ejercicio”. No lo deben siquiera saber, pero aunque lo supieran (alguna vez se habrán preguntado a qué principios se refería) ya hace mucho que ese artículo 28 fue destruido por las interpretaciones. El Congreso sólo está autorizado a “reglamentar” los derechos, es decir a adoptar medidas para FACILITAR las libertades. Se puede circular, te pueden decir que los que van para el norte lo hagan por la calle tal y hacia el sur por la otra, con el fin de que SE PUEDA circular mejor. La Constitución jamás autoriza al Congreso a REGULAR NADA. Porque regular implica cerrar o abrir la canilla de la libertad y eso es JUSTAMENTE lo que la Constitución sabiamente prohíbe en ese artículo.

El viraje axiológico en el que estamos es mucho más grave que el deterioro o desaparición que ocurrirá de lo que queda de la medicina privada que ya se encontraba recontra REGULADA (con la complacencia, inoperancia e ignorancia de los propios empresarios del sector que siempre eligen un poco más de dunga dunga mientras financian a la izquierda mediática más troglodita). De hecho el PRO ni siquiera apoyó, se abstuvo. Lo trágico es que todos creen ahora que lo “importante” debe estar regulado y ese es el pensamiento de un proyecto totalitario. Cómo vamos a esperar que sean de verdad una barrera de contención contra una banda neo-nazi como la que tenemos al frente del gobierno.

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¿Qué pensaría John Locke del abatimiento de Bin Laden?

John Locke, Segundo Tratado del Gobierno Civil

CAPÍTULO III. DEL ESTADO DE GUERRA

16. El estado de guerra lo es de enemistad y destrucción; y por ello la declaración por palabra o acto de un designio no airado y precipitado, sino asentado y decidido, contra la vida de otro hombre, le pone en estado de guerra con aquel a quien tal intención declara, y así expone su vida al poder de tal, pudiéndosela quitar éste, o cualquiera que a él se uniere para su defensa o hiciere suya la pendencia de él; y es por cierto razonable y justo que tenga yo el derecho de destruir a quien con destrucción me amenaza; porque por la fundamental ley de naturaleza, deberá ser el hombre lo más posible preservado, y cuando no pudieren serlo todos, la seguridad del inocente deberá ser preferida, y uno podrá destruir al hombre que le hace guerra, o ha demostrado aversión a su vida; por el mismo motivo que pudiera matar un lobo o león, que es porque no se hallan sujetos a la común ley racional, ni tienen más norma que la de la fuerza y violencia. Por lo cual le corresponde trato de animal de presa; de esas nocivas y peligrosas criaturas que seguramente le destruirían en cuanto cayera en su poder.

17. Y, por de contado, quien intentare poner a otro hombre bajo su poder absoluto, por ello entra en estado de guerra con él, lo cual debe entenderse como declaración de designio contra su vida. Porque la razón me vale cuando concluyo que quien pudiere someterme a su poder sin mi consentimiento, me trataría a su antojo cuando en tal estado me tuviere, y me destruiría además si de ello le viniera el capricho; porque ninguno puede desear cobrarme bajo su poder absoluto como no sea para obligarme por la fuerza a lo contrario al derecho de mi libertad, esto es, hace de mí un esclavo. En verme libre de tal fuerza reside la única seguridad de mi preservación, y la razón me obliga a considerarle a él como enemigo de mi valeduría y posible rapiñador de mi libertad, que es el vallado que me guarda; de suerte que quien intenta esclavizarme, por ello se pone en estado de guerra conmigo. Al que en estado de naturaleza arrebatare la libertad que a cualquiera en tal estado pertenece, debería imputársele necesariamente el propósito de arrebatar todas las demás cosas, pues la libertad es fundamento de todo el resto; y de igual suerte a quien en estado de sociedad arrebatare la libertad perteneciente a los miembros de tal sociedad o república debería suponerse resuelto a quitarles todo lo demás y, en consecuencia, considerarle en estado de guerra.

18. Por ello es legítimo que un hombre mate al ladrón que no le hizo daño corporal alguno, ni declaró ningún propósito contra su vida, y no pasó del empleo de la fuerza para quitarle sus dineros, o lo que le pluguiere; y eso se debe a que, si usa él la fuerza, cuando le falta derecho de tenerme en su poder, no me deja razón, diga él lo que dijere, para suponer que quien la libertad me quita no me ha de quitar, cuando en su poder me hallare, todo lo demás. Y es por tanto legítimo que le trate como a quien vino a estado de guerra conmigo: esto es, lo mate si pudiere; porque a tal azar justamente se expone quien declara el estado de guerra, y es agresor en él.

19. Y esta es la obvia diferencia entre el estado de naturaleza y el de guerra, los cuales, por más que los hubieren algunos confundido, son entre sí tan distantes como un estado de paz, bienquerencia, asistencia mutua y preservación lo sea de uno de enemistad, malicia, violencia y destrucción mutua. Los hombres que juntos viven, según la razón, sin común superior sobre la tierra que pueda juzgar entre ellos, se hallan propiamente en estado de naturaleza; Pero la fuerza, o el declarado propósito de fuerza sobre la persona de otro, cuando no hay común superior en el mundo a cuyo auxilio apelar, estado es de guerra; y la falta de tal apelación da al hombre el derecho de guerra contra el agresor, aunque éste en la sociedad figure y sea su connacional. Así cuando se trate de un ladrón no le podré dañar sino por apelación a la ley aunque me hubiere expoliado de todos mis bienes, pero sí podré matarle cuando a mí se arroje para no robarme sino el caballo o el vestido, ya que la ley, hecha para mi preservación, donde no alcance a interponerse para asegurar mi vida contra una violencia presente (y dado que nada sabría reparar mi vida), me permite mi propia defensa y el derecho de guerra, y la libertad de matar a mi agresor, pues el tal agresor no me da tiempo para apelar a nuestro juez común, ni a la decisión de la ley, para remedio en lance en que el mal causado pudiera ser irreparable. Falta de juez común con autoridad pone a todos los hombres en estado de naturaleza; fuerza sin derecho sobre la persona del hombre crea un estado de guerra tanto donde estuviere como donde faltare el juez común.

20. Pero cuando la fuerza deja de ejercerse, cesa el estado de guerra entre quienes viven en sociedad, y ambos bandos están sujetos al justo arbitrio de la ley. Pues entonces queda abierto el recurso de buscar remedio para las injurias pasadas, y para prevenir daños futuros. Más allí donde no hay lugar para las apelaciones – como ocurre en el estado de naturaleza – por falta de leyes positivas y de jueces autorizados a quienes poder apelar, el estado de guerra continúa una vez que empieza; y el inocente tiene derecho de destruir al otro con todos los medios posibles, hasta que el agresor ofrezca la paz y desee la reconciliación en términos que puedan reparar el daño que ya ha hecho, y que den seguridades futuras al inocente. Es más: allí donde la posibilidad de apelar a la ley y a los jueces constituidos está abierta, pero el remedio es negado por culpa de una manifiesta perversión de la justicia y una obvia tergiversación de las leyes para proteger o dejar indemnes la violencia o las injurias cometidas por algunos hombres o por un grupo de hombres, es dificil imaginar otro estado que no sea el de guerra; pues siempre que se hace uso de la violencia o se comete una injuria, aunque estos delitos sean cometidos por manos de quienes han sido nombrados para administrar justicia, seguirán siendo violencia e injuria, por mucho que se disfracen con otros nombres ilustres o con pretensiones o apariencias de leyes. Pues es el fin de las leyes el proteger y restituir al inocente mediante una aplicación imparcial de las mismas, y tratando por igual a todos los que a ellas están sometidas. Siempre que no se hace algo bona fide, se está declarando la guerra a las víctimas de una acción así; y cuando los que sufren no tienen el recurso de apelar en la tierra a alguien que les dé la razón, el único remedio que les queda en casos de este tipo es apelar a los cielos.

21. Para evitar este estado de guerra – en el que sólo cabe apelar al Cielo, y que puede resultar de la menor disputa cuando no hay una autoridad que decida entre las parte en litigio – es por lo que, con gran razón, los hombres se ponen a sí mismos en un estado de sociedad y abandonan el estado de naturaleza. Porque allí donde hay una autoridad, un poder terrenal del que puede obtenerse reparación apelando a él, el estado de guerra queda eliminado y la controversia es decidida por dicho poder. Su hubiese habido un tribunal así, alguna jurisdicción terrenal superior para determinar justamente el litigio entre Jefté y los amonitas, nunca habrían llegado a un estado de guerra; más vemos que Jefté se vió obligado a apelar al Cielo: En este día – dice – sea el Señor que es tambien juez, quien juzgue entre los hijos de Israel y los hijos de Ammón ( Jueces XI.27 ); y trás decir esto , basándose en su apelación, persiguió al enemigo y condujo sus ejercitos a la batalla. Por lo tanto, en aquellas controversias en las que se plantea la cuestión de ¿Quién será aquí el juez? no quiere decirse con ello quien decidirá esta controversia; pues todo el mundo sabe que lo que Jefté está aquí diciéndonos es que el Señor, que es tambien Juez, es el que habrá de decidirla. Cuando no hay un juez sobre la tierra, la apelación se dirige al Dios que está en los Cielos. Así, esa cuestión no puede significar quien juzgará si otro se ha puesto en un estado de guerra contra mí, y si me está permitido, como hizo Jefté, apelar al Cielo para resolverla. Pues en esto soy yo el único juez en mi propia conciencia, y el que, en el gran día, habrá de dar cuenta al Juez Supremo de todos los hombres“.

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