El precio del dólar no es el problema

Cuba-Casa-Particular-marvel-2No es devaluación dejar que el dólar tenga valor. Cualquier consecuencia que tuviera sobre otros precios sería beneficiosa. Los precios nunca son enemigos sino información de qué es lo que hay y qué es lo que hay que conseguir. Si algo hace mucha falta, lo peor que se puede hacer es intervenir en el precio, porque es como quitar un cartel de emergencia.

La idea de gestionar créditos internacionales para poder intervenir en el precio del dólar eventualmente, será negocio para quienes los gestionan. Para el país es gastar dinero en cambiar el cartel que dice “consigan dólares, exporten”. Y lo más contracorriente dado el estado de la educación, es que la única razón por la que una economía demanda dólares, es para adquirir bienes y servicios en el exterior, es decir, importar. Eso será lo que en definitiva terminará reflejándose en la baja de aquellos precios que se hubieran visto (bien) influenciados por el hecho de que el dólar tuviera su valor. Bien influenciados porque el precio es lo que mueve a la acción y el control del precio es la negación del problema.

(Foto: Más de 5 décadas de miedo al precio en Cuba)

Enterate quién le dijo a Macri que le dijera a Scioli que parecía panelista de 678

Un poco de autobombo en la vida señores ¿De dónde sacó la idea Macri de decirle a Scioli “en qué te convertiste, parecés panelista de 678”, el golpe más fuerte que le dio durante el debate?

¿Fue Durán Barba?

Escuchen el programa de Nico Yacoy Viva la Pepa del 2 de noviembre y entérense. El papa no llamó a Macri, pero el tampoco me llamó a mi (me importa tres pitos, aclaro, me alegro que lo haya animado a golpear con justicia.

Liberales, gobiernos liberales y Platón

Un gobierno de un país libre no es un gobierno de liberales. Un gobierno de un país libre no necesita liberales. En los gobiernos en general y en este que viene en particular, no hay liberales y si los hubiera no tiene ninguna importancia. Necesitamos hacernos libres de cualquier gobierno, cualquiera sea el pensamiento de quién lo ejerce.

Eso significa para mi dos cosas igual de importantes:

1, Nunca hay que enamorarse de un gobierno sino de lo que haga en todo caso en favor de la libertad.

2. No hay gobierno con el que no se pueda transar en favor de esos valores. Tratar con un gobierno no depende de los méritos del gobierno, sino de lo que se puede lograr. Como tratar con una banda de secuestradores no depende de que sean defensores de la libertad. Que no lo sean es una condición de facto de la negociación.

Al que hay que enterrar es a Platón. Viva Alberdi!

“Es urgente esperar”

Hay que esperar un primer Macri muy confundido por su propio relato, la nueva situación y una propia cultura “corporativa” crecida en el vicio del ambiente K, con independencia de que para ellos es la superación de esa situación y para mi fue la negación. Está en las maneras, en mostrarse de modo transparente en cuanto a qué significa este logro en la relación con el padre y demás. Cosas que no le sirven, pero de las que se va a agarrar.

La oportunidad está en el Macri después de calentar motores, cuando se le pase el efecto nube de pedo. La política en clave republicana tiene unos principios que la hacen funcionar. Necesita saber qué tiene que controlar y qué tiene que dejar de controlar. No hay tanta voluntad como cree, por lo tanto no interesa si esa voluntad es buena o mala, no juega un papel relevante salvo que al intentar forzarla irremediablemente se fracasa. Los que mantienen el control después de fracasar son los autoritarios, no la gente medianamente decente, en términos de política. A éstos solo les queda la oportunidad de tener éxito y el éxito va de la mano de la libertad de la sociedad.

Presumo que el segundo Macri, libre del shock K, puede considerar lo que hoy descarta. Pero estoy haciendo casi astrología tratando de determinar cuándo se podrá meter basa.

No solo se trata de Macri, todo el país pasa por su nube de pedo. Los análisis en los diarios y en los medios en general en esta etapa suelen ser particularmente fantasiosos, “morales” y en general huecos. Están encantados con las formas, parecen creer que los problemas de verdad no existen, solo los climas, las sensaciones.

¿Y los liberales qué rol tenemos? Ninguno, no somos parte de esto por razones que escapan por completo a nuestro control. Eso de que “si no ganamos es porque tenemos un defecto”, es una de las tonterías más grandes que nos hemos creído. La primera barbaridad que supone es que había un destino que estaba a nuestro cargo y que lo hemos perdido. Nuestro pequeño cielo liberal del que hablo en “Hágase tu voluntad” (seguro no lo leyeron, zurditos). Nuestro papel es ser oportunistas en el buen sentido del término, empresarios sabiendo cuándo decir qué, como hizo Alberdi con Urquiza, nuestro gran ejemplo de éxito.

Eso nos hace libres de salir a hablar de todo lo prohibido: privatizaciones, desregulación, privatización del subsuelo, libre comercio, secreto bancario, fin del control de la educación, armamento libre, paraíso fiscal, fin del control medicinal de la población y sigue la lista. Pero no en general, sino en particular de acuerdo a lo que pasa en la Argentina, como se hacía antes cuando no había miedo a lo que dirán los socialistas, que jamás en su vida han dicho algo bueno.

Tenemos que estar dispuestos a ser los locos del sistema, porque no hay otra forma en que nos puedan ver en este momento.

Sin fe, sin esperanza, puro sacrificio

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Hay una manía de explicar al poder, absolviéndolo, porque la Argentina se transformó en un país a los pies del gobierno después de varias generaciones de estatismo. Scioli era en la imaginación de esta genuflexión básica, un “tiempista”. “Está esperando su oportunidad” decían; el momento en el que se consagrará como el campeón del aguante y de el batacazo.

En ese cuento justificatorio hacía falta esperar al momento en el que el kirchnerismo tuviera que ponerlo como candidato para que conociéramos al “verdadero Scioli” que nunca había sido K de verdad.

De acuerdo a este relato el ya ex representante de la buena onda no adhería en el fondo al “proyecto”, apenas había decidido agachar la cabeza cuando al principio del mandato K se había presentado en Estados Unidos como la “esperanza blanca” y había manifestado que era necesario actualizar las tarifas de las empresas de llamados “servicios públicos”, queriendo marcar la cancha. Néstor Kirchner le pegó cuatro gritos, le echó a sus pichones de la secretaría de Turismo y el rebelde Scioli se diluyó como un helado en el Sahara.

Desde ese momento, 12 años atrás, conocimos al Scioli humillado, incapaz de contestar preguntas o de afirmar otra cosa que “con fe, con esperanza, con sacrificio”, lo que era interpretado como una metodología política genial, pero era nada más que esclavitud intelectual y moral. Se comió todas las eses y las transformó en “eshes” como su amo, de tanto esfuerzo por esconder. En un país agachado esas características son rápidamente confundidas con “sacrificio” o “aguante”. Scioli fue imaginado entonces como un mártir, que ofrecía su martirio para llegar sin confrontar al momento consagratorio en que disolvería al kirchnerismo sin sangre. Pero no, estaba cuidando su cargo.

Tanta locura representaban los maléficos K que Scioli se convirtió de esperanza blanca en esperanza gris, porque algo había que tener si ni había prensa ni mucho menos una oposición que pusiera un freno. Como no se pensaba hacer nada para terminar con un gobierno criminal como lo hicieron en Guatemala o se hace en Brasil por muchísimo menos, lo único que quedaba era imaginar unicornios azules.

Pasaron los años y mientras obtenía el Felpudo de Oro, el establishment prefería interpretar cada agachada como un gran manejo de los “tiempos”.

La realidad era que Scioli fue sumado a la fórmula pingüina en el 2003 para darle air a un candidato inexistente como Kirchner, con un personaje identificado con Menem. Esa cuota de menemismo hizo posible que el desagradable K arañara el segundo puesto y convocara a su alrededor a todo el antimenemismo, de modo tal que Menem se bajó de la contienda. Scioli sin embargo se encargó de aclarar: “Menem sabe que nunca lo voy a abandonar”.

A los pocos meses se quiso hacer el vivo y el proyecto de quintacolumnista se transformó en un osito cariñoso justificando todo.

El apoyo de Scioli fue fundamental en cada elección del kirchnerismo dado que el Felpudo atraía un voto muy diferente al voto del nuevo fanatismo construido por los K con plata y extorsión. Si saltaba el “modelo” moría, todos lo sabían pero nunca lo hizo. Entonces venía la frase repetida: “está esperando”. Scioli tuvo siempre los recursos políticos para apartarse, pero nunca se animó. La última vez fue en el 2013, cuando tenía hasta listas acordadas con Massa y a último momento se entregó a sus amos.

De manera que la idea de que Scioli era otra cosa puede ser tan cierta en el como en el resto de los K. Todos son otra cosa, en definitiva se trata de una banda de mentirosos. Los de la Cámpora son otra cosa, pero han vivido como reyes diciendo que la señora era una genia, Los estafadores en general son otra cosa. Se olvida, para dejarse atraer por la irresponsabilidad cómoda del mito, que se puede decidir qué ser, sobre todo para conservar cargos políticos. No es novedad. Lo que es Scioli en si, no juega en él papel alguno en lo que hace como no lo juega en la vida de ninguna persona deshonesta. En la Argentina degradada esa deshonestidad era interpretada en favor del poderoso como ese martirio.

Para no extender esto demasiado, la última oportunidad para el “verdadero Scioli”, se presentaba después de que quedó como el único candidato del Frente para la Victoira. Quedaba liberado para abandonar a sus supuestos jefes de conveniencia sin siquiera un portazo y salir a conquistar votos independientes prometiendo la renovación desde adentro, en contraste con la renovación desde afuera de Massa o la oposición no confrontativa de Macri. No lo hizo, no supo, no quiso o no pudo, pero el señor seguía manejando una cantidad importante de pauta publicitaria y era un potencial suministrador futuro de recursos, de modo que eso también ayudaba a continuar con la interpretación benevolente: Scioli ahora en vez de esperar a que los K se jugaran a ponerlo de capitán del barco, colocando de subcapitan a Jack el Destripador y llenándolo de leyes para que el estado sea manejado desde la pingüinera, tenía que esperar a la primera vuelta donde se rebelaría definitivamente. Esos eran sus nuevos “tiempos”. Mientras tanto tenía que gritar su fanatismo por YPF y la fertilización asistida, la fe, la esperanza y el sacrificio.

Salió mal toda la historia porque no solo no ganó en primera vuelta sino que empezó perdiéndola. De tanto ratificar su adhesión K, el amianto se quemó. Al final se impuso por un margen ajustado. Ya no era ni cuestión de tiempos ni de ninguna cosa, los K en su hundimiento lo estaban arrastrando. Despegarse de ellos en ese momento no tenía costo alguno, se trataba de una cuestión incluso de vida o muerte. En vez de eso mató al payaso buena onda en la escena final, activó una Rabolini versión Diana Conti y se consagró como un nuevo Luis D’Elía, fanático de lo peor del kirchnerismo, gritando slogans fascistas para desmentir cualquier esperanza de que fuera a rebelarse, incapaz siquiera de dibujar una sonrisa falsa que durara más de un segundo.

Este suicidio en casa de sus amos que lo llevó a descargar toda su represión de años, la cárcel que se construyó, hacia afuera y no hacia sus carceleros, lo consagra como un esclavo de alma que decide incendiarse junto al cadáver de sus torturadores. El tiempo del tiempista ya pasó. Quedan sus intérpretes cambiando de interpretación por un relato más conveniente a lo que vendrá.

 

El terrorismo es débil

¿Cuál es la posibilidad de morir en un atentado terrorista en Occidente? Infima; despreciable incluso. Fue bajísima en París el viernes. Ciento veinte personas asesinadas en atentados coordinados, es un acto terrorista mayúsculo, sin embargo sigue siendo muy poca la probabilidad de haber muerto ese día estando en la capital francesa.

Vamos a los datos. Los 10 países con más víctimas por terrorismo en el mundo en 2014 son:

1 – Irak – 7.143

2 – Nigeria – 5.341

3 – Siria – 4.634

4 – Yemen – 2.572

5 – Afganistan – 2.273

6 – Somalia – 2.051

7 – Pakistan – 1.526

8 – Libia – 877

9 – Ucrania – 640

10 – República Central Africana – 612

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(Fuente: IntelCenter Database (ICD) Incident Component)

No figura ningún país occidental. Sumemos todas las víctimas de esos diez países y comparémosla con el millón doscientas mil muertes anuales por accidentes de tránsito en el mundo.

Aún en los países en conflicto, morir en un atentado terrorista es una posibilidad muy remota frente a otras.

El 93% de las víctimas de actos terroristas son musulmanes. El terrorismo islámico es islámico efectivamente, pero está lejos de ser en esencia un terrorismo anti occidental. Básicamente se matan entre ellos, lo que no quiere decir que no sean enemigos de occidente. Lo son, pero entender esta diferencia es importante para no contribuir a crear el efecto que buscan los terroristas.

El terrorismo es la estrategia del débil, no del fuerte. Isis manda a disparar a unos jóvenes perdidos y fanatizados a París, porque no tiene nada mejor para hacer. No tiene ninguna posibilidad de invadir Francia. Pueden enfrentar a gente que toma cerveza en un bar o a los que asisten desprevenidos a un recital, no pueden siquiera enfrentar a la policía.

Esto es así en cualquier caso de terrorismo, que no busca vencer físicamente al oponente, dado que no puede, sino psicológicamente. Ante todo el terrorismo es un acto de propaganda. Se realizan acciones que repercuten, impresionan, se agrandan, se ven sin perspectiva creando cambios de conducta, utilizando como recursos unos cuantos fusiles. El fin no son las bajas que producen, sino la manipulación de gobiernos y civiles que colaborarán para hacerlos ver a ellos más importantes y temibles de lo que son en realidad.

Las declaraciones grandilocuentes de los políticos y la inevitable conmoción mundial y atención de la prensa les sirve. Dichos como los del papa poniendo a este grupo de asesinos en el lugar de llevar a cabo una “tercera guerra mundial por pedazos”, les vienen como anillo al dedo.

Los actos terroristas tienen un éxito propagandístico en occidente (y sólo propagandístico como muestran los números), por las características de esos países, no por la amenaza en sí. Son países en los que se vive en paz, con un gran desarrollo de la vida privada, donde los gobiernos están obligados a demostrar preocupación por la población y dónde la aversión al riesgo es inmensa, en comparación con sociedades en las que matarse los unos a los otros es rutina.

En parte Francia hace lo que tiene que hacer que es organizar una represalia contra el enemigo y plantearse la posibilidad de aniquilarlo en su terreno. Es lo que les toca hacer para proteger a su población. Entrenar jóvenes para producir crímenes masivos en su propio país es un acto de guerra. Los países latinoamericanos lo debieron hacer con Cuba en la década del setenta. En vez de eso ahí están esos mismos desquiciados teniendo participación política de tinte neo-dictatorial mientras se dan el lujo de organizar grupos de “derechos humanos”. Pero no quiero desviarme del tema, solo lo recuerdo porque esto de entrenar nacionales para actos de terror, está lejos de ser un invento de los islamistas fanáticos.

El problema es que el gobierno francés en su impotencia hace lo que vienen haciendo los gobiernos occidentales desde el 9-11, pese a los números que detallé al principio: convertir a sus propios países lugares de vigilancia permanente fundando estados policiales donde debía haber libertad. Con tan poca eficacia que se sabe que tenían detectado a uno de los terroristas como vinculado a los yihadistas, pero se ve que no lo estaban siguiendo.

La presencia agobiante de la vigilancia que aumenta cada día más, no se compadece con el dejar a la población inerme y sin entrenar para situaciones como las de enero o de este viernes en París. Un número suficiente de franceses civiles armados en defensa propia harían que estos atentados se convirtieran en por completo obsoletos. Pero la idea es quitar responsabilidad a la población y concentrarla en el estado, bajo el paradigma de que la propia población es un peligro.

En vez de eso ya se anunciaron más cámaras de vigilancia y una serie de medidas que apuntan a la gente en general y alteran su modo de vivir, para alegría de los terroristas que necesitan justo eso: que se sienta que son importantes y que los países tienen que modificarse por ellos.

Siempre me han impresionado las caras desagradables que ponen los guardias en los aeropuertos militarizados que convierten en una tortura viajar en avión ¿Acaso somos todos terroristas o trabajan con la hipótesis de que es así? ¿O saben que tienen muy bajas oportunidades de detectar a un terrorista de verdad entonces nos quieren demostrar que pueden ser malos con nosotros? Igual que los asesinos fanáticos, aprovechan para ser fuertes frente a quienes no representan amenaza alguna para ellos. Esas son las medidas impotentes que toman los países: hacer sentir su “potencia” con impotencia, frente a la población inerme y pacífica.

Otra barbaridad es mezclar las necesidades de seguridad con sus objetivos purificadores socialdemócratas. Entonces se ocupan de no “discriminar” a la hora de revisar. Este terrorismo proviene de fanáticos del Islam, cualquiera diría que hay que observar a ese grupo, no porque sean todos terroristas, sino porque los terroristas están entre ellos. Si hubiera una banda de rubios asaltando bancos, cualquier persona con sentido común trataría de encontrarlos entre otros rubios, en lugar de molestar a los morochos para ser aprobados en el cielo izquierdista.

No quiero extenderme más, mi opinión es que no hay una política anti terrorista, ni medidas antiterroristas efectivas que tienen que incluir la contra propaganda, ni legislación nacional o internacional adecuadas. Pero  a pesar de eso no estamos a punto de perecer por una bomba, eso es de una probabilidad más que remota. Lo que más daño nos puede causar son nuestros propios gobiernos actuando a ciegas, movidos por sus propios intereses, sobre todo de aumentar el presupuesto.