La estafa de “pagarán los que más tienen”, ahora en boca de Sergio Massa

La estafa de “pagarán los que más tienen”, ahora en boca de Sergio Massa

¿Cuando van a dejar de estafar a la gente en problemas los mediocres políticos argentinos con la frase “que paguen los que más tienen”? Los que tienen capital son los que tienen que invertir y demandar trabajo, es decir pagar sueldos. Ambas cosas, la inversión y los salarios, se pagan CON LO QUE NO SE PAGA DE IMPUESTOS, con lo que no se lleva el estado.

Estoy escuchando a Sergio Massa, que acaba de cerrar la enésima alianza estatista y demagógica del sistema político argentino con Stolbizer, venir con esta cantinela pobrista defraudatoria, con la que quiere vender mediante resentimiento su programa fiscalista, recaudatorio, empobrecedor y expansivo del estado; autoritarismo y fracaso.

El pobrismo es a los pobres lo que la esclavitud a los esclavos. El pobrismo falsifica la realidad y crea un dilema donde no lo hay: entre los que tienen recursos y los que quieren trabajar, que son aliados naturales, sobre todo contra el estado que consume los esfuerzos de ambos. La pobreza es la profecía autocumplida del pobrismo. Esta política sin cerebro que va una y otra vez a lo mismo, con su visión de que si no hubiera un acto político, un acto de autoridad de gente que se ha dedicado a vagar en comités, la producción y los salarios no existirían.

Pero ellos no inventan ninguno. No hay demagogos peronistas en el sector privado (de verdad privado). Ninguno de ellos hace empresas peronsitas, si por empresas peronistas entendemos generosas, regalonas y voluntaristas, que demuestren las maravillas del espíritu demagógico con el que conducen la autoridad, es decir la generosidad con los recursos que obtienen por la fuerza. Claro, si entendemos por empresa peronista a lo que realmente son, tengo que admitir que está lleno. Ahí están Hotesur, Austral Construcciones y Electroingeniería, como el negocio de la gente sensible con lo ajeno, verdadero yunque al cuello de los más pobres.

El estado colgado del mercado

En su novela más conocida, “La Rebelión de Atlas”, Ayn Rand pone en boca del personaje Francisco D´Anconia un memorable discurso sobre el dinero. Ahí explica cuál es la naturaleza moral de ese instrumento creado por el mercado llamado dinero del que los gobiernos después se apropiarían para extender su dominación. Se trata de una visión de valores opuesta a la de ese puritanismo del lucro llamado izquierda que tiene raíces religiosas:

El dinero es un instrumento de cambio, que no puede existir a menos que existan bienes producidos y hombres capaces de producirlos. El dinero es la forma material del principio que los hombres que desean tratar entre sí deben hacerlo por intercambio y dando valor por valor. El dinero no es el instrumento de mendigos que claman tu producto con lágrimas, ni el de saqueadores que te lo quitan por la fuerza. El dinero lo hacen posible sólo los hombres que producen”. En Internet puede encontrarse con facilidad la versión completa.

D´Anconia es un argentino que padece la decadencia de su país sometido al colectivismo, la omnipotencia estatal y la persecución al que produce en nombre del bienestar popular. Un país que paga con fracaso y pobreza el saqueo de sus gobernantes. Es decir a esta altura realismo puro.

Lo más hipócrita del estatismo que alimenta la culpa sobre el dinero para poder despojarnos de él y limpiarnos de pecado, es que sin dinero no iría a ningún lado. Y esto es en el fondo una dependencia total de la acción individual egoísta.

Con el apoyo de la intelectualidad parasitaria de América Latina el pensamiento anti mercado pretende convencer de que las relaciones económicas voluntarias no alcanzan, que son necesarios azotadores como secretarios de comercio o ministros de economía, para que las ovejas no nos descarriemos. Nos dicen que sin el estado el mercado colapsa y que menos mal que los políticos existen porque si no, ahogados por nuestro egoísmo (que contrasta con la generosidad de ellos) llegaríamos rápido al apocalipsis. Pero la realidad es la opuesta, sin la acción voluntaria el estado como lo conocemos no duraría 24 horas. Por eso es que el gobierno recauda dinero, en vez de obligarnos a trabajar para él de manera directa.

Si fuera verdad que para producir se necesitara la disciplina impuesta por la política, cuando no los estímulos, entonces el estado no necesitaría pagar, es decir, dar valor por valor para obtener lo que consume (desperdicia).

Sin embargo el estado no recurre a sus doctrinas para absorber los bienes y el trabajo que requiere. Ni mucho menos se fija a si mismo precios máximos a pagar para que la gente y las empresas estén dispuestas a hacer o darle algo. Recaudar le resulta fácil, se trata de un despojo, pero para conseguir ayuda o bienes debe lograr que la gente quiera hacerlo, por lo tanto paga. El estatismo que nos enseña lo peligrosa que es la voluntariedad y lo nefastas que son las ambiciones privadas, compra lo que necesita en el mercado. Su botín llamado recaudación vale gracias al mercado.

Los precios coordinan expectativas, ambiciones, recursos disponibles de gente que actúa de manera libre, sin látigos. Los precios nos aseguran que las cosas se hacen o se obtienen porque no dependen ni de la buena voluntad ni del castigo. Controlar los precios es ahuyentar a las personas y al capital (trabajo que se acumuló) que intervienen en la producción y distribución. El estado hace en cambio esto con nuestros precios porque que nosotros nos quedemos sin lo que necesitamos no le interesa mucho y encima de cualquier manera la casta que lo regentea obtiene votos de las víctimas que están más asustadas y culpabilizadas que atentas a que se las está perjudicando. Ahora, a si mismo no se aplica precios máximos, sale y compra porque además ni siquiera produce para obtener su dinero.

Incluso lo falsifica y lo hace para que la gente esté dispuesta a trabajar y darle cosas de manera voluntaria. Al final del día, hasta el estado tira por la borda sus doctrinas anti-mercado para subsistir.

Imaginemos que en vez de comprar el estado tuviera cada cosa que tiene con leyes, reglamentos y resoluciones que nos obliguen a darle en especie y hacer cosas por el, con el mismo espíritu con el que los legisladores sacan todas esas leyes estúpidas que nos dan instrucciones económicas.

El mercado,  que no es otra cosa que una abstracción que grafica la acción pacífica de la gente del modo en que Ayn Rand lo describe, es más grande que el estado. Sin el mercado el estado no dura una jornada. El problema es que nos tiene metidos en una jaula quitándonos recursos, esa vejación es sencilla y barata, es hasta ahí donde puede llegar. Pero como el ladrón que saca la pistola para quitarnos la billetera, a la hora del almuerzo es un cliente más pagando las cuentas.

¡He visto al Estado!

Siempre le pregunto a la gente programada para pensar que el estado nos cobija y contiene y qué si no existiera el mundo colapsaría, cuántas veces ha recurrido a él en el día, en la semana, en el mes o en el año. Los que recuerdan una o más de una oportunidad son los menos y en general se trata de asuntos por los que si hubiera que pagar cada vez no significarían una gran erogación. Sin embargo contribuimos a la supuesta omnipresencia del aparato político con más de la mitad de lo que producimos incurriendo en un costo de oportunidad cercano al infinito.

Nadie quiere pensar esto, porque implica de inmediato convertirse en un disconforme. Y eso en la Argentina es feo, no te permite disfrutar de Palermo Soho. Sin embargo las veces en que vemos al estado es muy probable que nos esté jodiendo.

Todos saben que el estado se ha arrogado la facultad de decir quién es quién. Cada uno de nosotros tiene una identidad, pero el estado ha dispuesto por una decisión política que quién identifica es él (para los programados que creen que siempre ha sido así y que no hay alternativa, este es un invento no moderno, sino modernísimo). Una persona podría acreditar quién es de cualquier manera idónea. Por ejemplo por el método con el que se le acredita al propio estado quién es uno (partidas, huellas, etc) al sacar los “documentos de identidad” pero que el estado ha dicho que no son formas “legales” de acreditar la identidad con otros y ni siquiera con él mismo fuera de la oportunidad en que se tramitan los documentos.

Así es que Luis es Luis porque un documento emitido por el estado lo dice y hasta que eso no ocurra Luis no es Luis. Luis le puede probar al estado que es Luis con una partida emitida por el médico (por mencionar un medio), pero no se lo puede probar así a otro aunque por ese medio a ese otro no le quepa duda alguna porque el estado lo ha prohibido. Todo esto se llama “certeza”. Pero la cosa ahí recién empieza.

Algunos van a decir que hilo demasiado fino, que en definitiva no pasa nada. Pero hay más. El estado emite documentos diciendo que Luis es Luis, pero a su vez el estado dice que no siempre que dice que Luis es Luis eso es una prueba de que Luis es Luis. Se que esto es complicado para extranjeros que no han pasado por la experiencia de haber nacido en este paraíso estatista. La cosa es que la “cédula de identidad” emitida por el estado no sirve para acreditar la identidad según el mismo estado que la emitió; ni siquiera ante él. ¿No es eso algo parecido a una adulteración ideológica de documento público? La policía emite un documento con el título de “cédula de identidad” que no identifica ¿Eso es falso no?

El estado que nos cobija y nos da unidad hace esas cosas. Después agrega, para que a nadie le queden dudas, que determinados trámites requieren de otro documento especial llamado “documento nacional de identidad” que esta vez si el estado acepta que cuando dice que el documento identifica es cierto. El inconveniente es que el primero, el que no sirve, puede ser llevado en cualquier billetera y el segundo no. De paso cuando una persona quiere cobrar un cheque por ventanilla, en lugar de permitir que quién lo cobra muestre ser quien dice como quiera y quién lo paga tenga la misma libertad, incluso utilizando algún documento público como la famosa y mentirosa “cédula de idenitdad”, aplica un semi corralito imponiendo requisitos sin sentido como el de acreditarse con el documento que nadie lleva encima para que la gente se canse y sólo haga traspasos bancarios en lugar de llevarse efectivo y así pague otro impuesto con el que el estado se hace presente. Así te garca una vez más el estado que todo el mundo cree que te va a proteger y contener, salvándote de los malos.

¿Eso es todo? No, por supuesto que no. Por si creías que todo esto pasa porque hay gente que está preocupada por “intereses colectivos” y así abusa un poco del poder, la cosa es más complicada. El estado que te emite la “cédula de identidad” te la cobra como buena a una cifra sideral. Le concede la confección a una empresa como Ciccone Calcográfica (cuya honorabilidad en su momento era defendida por Miguel Bonasso) y te la hace pagar. La empresa tarda cada vez más en dártela por la sencilla razón de que vos no sos el cliente sino el funcionario que armó el negocio. Pero para que esto siga “produciendo beneficios” el estado ha decidido que dice quién sos, aunque después no admita haberlo dicho, pero que además lo dice por un tiempo. Si, así es, la “cédula de identidad” que no identifica, además vence. Luis es Luis por cinco años, después le tiene que pagar de nuevo a Ciccone Calcográfica para seguir siéndolo.

Este gobierno arrancó su gestión diciendo que iba a retomar la confección de estos documentos que es lo único que se les ocurre cuando algo anda mal y después anda peor. Pero se ve que la idea era otra porque nunca más se habló del tema.

Como soy un escéptico respecto al estado, no pretendo que no haga trampas ¿pero no podrán hacerlo sin molestar?

El negocio de hacerse el socialista

Se queja con razón Pablo Mieres en el Correo de Punta del Este de la izquierda del señor Tabaré Vázquez y el Frente Amplio que de repente se enteran de lo malo que es mantener servicios en el estado con carácter monopólico.

Mientras no estaban en el gobierno se oponían a la participación del sector privado en el área energética y a la eliminación del monopolio de ANTEL sobre la telefonía básica. Ahora descubren que todo eso es una estupidez.

Por supuesto que podemos ver esto como una evolución. Pero en realidad el problema es que la izquierda en latinoamérica se ha convertido de postura ideológica marxista en las décadas anteriores a esta especie de “negocios sólo se hacen conmigo” que es ahora con Tabaré, con Kirchner, Con Chavez, con Morales, con Lula y también con cualquier otra versión de neosocialismo farsante que esta región padece porque su población ha sido inyectada con el virus de la pelotudez desde el primero inferior.

El asunto es hasta cuando se permitirá este juego que posterga la solución de los problemas hasta que ellos puedan estar en la mordida. La pobreza de la región que para esta gente es negocio de especulación política y oportunidad para capturar negocios desde el poder no puede esperar a que se hagan los que aprendieron, cuando la realidad es que aprendieron cuando pudieron morder.

El próximo paso es que la población entienda que todas las transformaciones que el sector privado puede hacer deben ocurrir sin intervención de la política. Sin afano, sin peajes, sin gente que dice volverse pragmática y en realidad está decubriendo los placeres de la buena vida a partir de su llegada al gobierno, sin mentirosos que difundan que el estado tiene que controlar para proteger, cuando lo único que hace es arbitrar y favorecer a los amigos convertidos en socios.

Siempre digo que la corrupción mejora a los socialistas. Pero las sociedades mejoran cuando se dan cuenta de que el progreso no requiere “progresistas”.

Es el estado gil!!

La muletilla de la campaña de Clinton argentinizada queda mejor, no me digan.

Dentro de la serie de notas tituladas “los intelectuales del mundo y La Nación” Susan Rose-Ackerman quiere explicar el problema de la corrupción y sus posibles soluciones siguiendo su experiencia en la materia.

Causa mucha indignación en cualquier país la sensación de que los funcionarios se dan la gran vida mientras la gente común tiene que correr hasta para cumplir regulaciones. La molestia se ve potenciada cuando la gente “educada” compara a sus espécimenes de gobernantes con los modelos “históricos” que son parte de su formación. En esa historia abundan los héroes, los “prohombres” y los “próceres”. Hoy por hoy nada merece compararse a ellos.

Podríamos derribar primero esos ídolos. Gente común con algunos aciertos en lo que respecta a sus responsabilidades, que conducían un aparato llamado gobierno que tanto ellos como los gobernados sabían que tenía una misión acotada, que no tenía por qué meterse con sus ganancias y que nunca hubieran confundido con un proveedor al estilo Papá Noel. Aníbal el portero parece un tipo decente y muy laburador, pero creo que si le asignamos la resolución de todos nuestros asuntos, le damos los recursos y encima admitimos que nos de órdenes lo vamos a arruinar.

¿Tan difícil es explicarse la corrupción? No hay mucho que estudiar. Aníbal está muy fuera de lugar desde hace mucho tiempo.

¿En la Argentina hay pocos ricos, menos en condiciones de enriquecerse, y muchos pobres que no tienen salida? Obvio, los precios no son libres, los impuestos son altos y para cualquier cosa hay que pedirle permiso a un inútil. Las vías de la riqueza no están abiertas sino cerradas y no por condiciones objetivas sino por decisiones y prohibiciones políticas. Y si no hay que tener el aval de la corporación porque el estado ha dicho cosas tales como que para decir “Coca Cola” en televisión hay que tener el título habilitante de “locutor”. No vaya a ser que diga cualquiera Coca Cola y el mundo se vaya al tacho. Cómo no iba a ocurrir esto que le preocupa a la izquierda cuando cree que puede explicarlo como culpa de los empresarios, si acá los recursos se asignan de manera política y no por precios o decisiones particulares. Y la señora que quiere continuar el cambio ya ha prometido que habrá más estado, es decir más política y menos asignación libre de los recursos. Ni loca cede su lugar de arbitro del bien, el mal y la guita que no produce.

En ese contexto se producen sobrantes y faltantes. Gran tentación. El sistema genera enormes botines y después aparecen los moralistas estilo Carrió a querer solucionarlo rezando el Ave María. Y Carrió cree que el estado no debe tocarse. Es como un prostíbulo en el que se prohiba el sexo. Cuando uno ve a los cruzados anti-corrupción que son a la vez cruzados pro-estado se explica algo más que la corrupción que es la crisis del sistema político que avanza de manera simultánea hacia la construcción del prostíbulo y la Inquisición.

Ah, y ojalá sea este el problema. Porque la corrupción en este caso está siendo vista de modo parcial. Se advierte su residuo y no su producto principal. La asignación política de recursos es el elefante, las coimas son el sobrante de la olla. Para entenderlo hay que quitarse el velo místico del altruismo que santifica ciertos robos “por amor” y demoniza a los robos “egoístas”. Hay egoísmo en ambos casos y no importa qué tipo de beneficios obtienen los corruptos llamados planificadores, el crimen consiste en despojar de derechos y bienes a las personas. Si eso es para que el funcionario se quede con una parte, o para que se sienta generoso con plata ajena, o para que crea de verdad que está haciendo el bien, es un problema moral de ese funcionario. Para el sistema y para nosotros existe un despojo. Admitir al estado repartiendo y preocuparse por que las personas individualmente repartan, no es un canto a la honestidad sino al estatismo y la corrupción. Hay mucho más gente preocupada por que el estatismo sea defraudado que por la generalización del robo.

Esto es así incluso en el caso de un delito particular. Si una persona comete un delito se indaga su intención. Pero no su intención última como se hace al santificar al estatismo. El delincuente podrá decir que el cree en la distribución de la plata del otro o que quiere construir un mundo mejor. El crimen está definido y la única intención a tener en cuenta es aquella específica para el delito. Es decir, no se observa si quería hacer un mundo mejor sino si quería matar, robar, secuestrar o cualquier otro verbo que componga la figura delictiva. En materia penal no se admite, aunque vamos hacia eso, la invocación de maravillosos planes e ideas para quedarse con lo que es de otro. El estado tiene permitido eso y muchos de los que más hablan de la cuestión de la corrupción son los primeros en admitirlo.

La resaca otra vez

El estado viene estafando a los argentinos por generaciones. Desde que inició su larga y descontrolada carrera por proveer bienestar no ha hecho otra cosa que fabricar colapsos y quebrantos masivos. Ya está preparada la ilusión kakista para reventar en la cara de todos los políticamente correctos profetas políticos y mediáticos que en los últimos seis años nos han estado diciendo ¿”vieron que el estatismo y las regulaciones son geniales neoliberales noventistas?”. Cuando el país se apague levantarán con timidez su dedo acusador sobre algo, en lo posible la naturaleza, esperarán agazapados a que alguien arregle el asunto y cuando eso ocurra volverán a pedir más estado.

La crisis energética ocurre, porque el gas no es como Scioli, no le tiene miedo a K ni está desesperado para obtener un cargo. Y la crisis de las finanzas del estado, el santo grial del montonerismo del siglo XXI cuya “buena época” va camino a la desaparición. La gran coalición estatista empieza a pelearse porque los mismos industriales que le dieron inicio contribuyendo al desastre del 2001 se ven obligados a producir con bueyes y martillos.  Nada nuevo. Están enamorados de las causas pero no soportan las consecuencias, como cualquier chico malcriado.

Rescato esta frase de Guillermo Nielsen de hoy sobre algo que decimos en este y otros blogs desde que se empezó festejar el superávit fiscal (con Nielsen incluído) y ahora se imprimió para que lo lean todos:

“En macroeconomía los ingresos tributarios son un “retiro” de recursos del circuito económico privado para redireccionarlos al sector público. Sin embargo, este redireccionamiento no cambia el total de recursos que fluyen en la economía, ya que se trata de una redistribución.”

 Esta definición conceptual ayuda a los que todavía no entendieron a entender que la idea de que “la macroeconomía anda bien” basada en las finanzas públicas es un error garrafal. La economía anda mal entre otras cosas por el resultado de las finanzas públicas en un país que requiere inversión privada y está siendo consumida en política para beneficio personal de una banda de pingüinos.

Ojalá nuestro problema fuera el kakismo. Sería un mal que se curaría de manera casi instantánea. Esta gente lo único que ha hecho es dar rienda suelta a las ilusiones de gratuidad, al deseo de los argentinos, hasta los más cultos, refinados y “educados”, de vivir como en Manhatan con un comportamiento de centro de estudiantes.

Esto que señala Nielsen sobre la forma en que se calculó el superávit primario de Mayo no es otra cosa que la consagración en plazo inmediato de la estafa a todos los que volvieron a creer, una vez más, como si hubieran vivido en Suiza, en la jubilación estatal. El estado ya metió su plata en la caja chica. No esperó siquiera unos años. Jodansé.

Estado y brujas

Los requisitos para creer en el control de precios son no saber nada de economía, no saber nada de historia, carecer de sentido común y tener alguna tendencia a evadir la realidad en favor de lo mágico. Ya no es de progre creer en semejante cosa, es de bruto, pero de bruto absoluto.

Pero este post o es sobre economía sino sobre educación  ¿Qué tiene que ocurrir en un país para que el 62% de su población crea en el control de precios? Se trata por otra parte de una población alfabetizada, probablemente en gran media con estudios secundarios y hasta universitarios. Gente que ha pasado por la experiencia de una hiperinflación y el fracaso de todos y cada uno de los controles de precios que se pusieron en práctica.

Si alguien conserva alguna duda de algo que no me canso de reafirmar y es que hay una incompatibilidad absoluta entre educación y política, educación y estado, este es el mejor ejemplo. No porque la educación en el estado sea siempre de peor calidad, de hecho la UBA con todos sus espantos es en muchos aspectos superior a varias de las privadas, sino porque el estado no enseña nada que no le convenga.

Cada uno de los agentes que lo componen sabe qué es lo que le conviene para permanecer en su puesto y es algo que va por un carril muy distinto al del “bien común” como creen todos los ilusos del planeta, incluido el señor Rodriguez Larreta y la mayoría del PRO. El estado contiene un sistema de incentivos que todos los pensadores constitucionales (no los actuales que por vía de este mecanismo tenebroso educativo son también estatistas) han reconocido como necesario de controlar. En ese sistema no se enseña lo que no no conviene y no conviene decir que el estado no puede hacer algo.

Al funcionario público le conviene momentáneamente el control de precios sólo porque engaña a una población embrutecida y el daño a la economía podría no verse. Es decir, puede servir a propósitos políticos aviesos, no a la gente, no las empresas, ni siquiera por un instante. El problema es que se enamoran de él como del alcohol y a la larga no les sirve ni para mentir.

Quitarle al estado la educación es liberarse de la mentira. Las cosas que el estado no enseñará jamás son las más importantes que debe conocer un ciudadano. El ciudadano es el elemento más básico de una república, el estado jamás lo formará como tal, lo que implicaría enseñarle sobre todo a desconfiar de él. No es que  a la Argentina le falta educación para superar su atraso político, lo que le falta es liberar a la educación del victimario político por antonomasia. Más de esta educación es peor que la ignorancia.

Soros barrido por el fundamentalismo del estado

Advertía hace unos días de la terrible amenaza que pendía sobre nuestras cabezas por la intención del millonario anticapitalista George Soros de comprar SanCor y que eso significaba, en lenguaje carrioístico, que “venían por la leche”. Ya no les bastaba “venir por el agua”; y esto ya se parecía a una escalada que seguramente terminará trágicamente cuando vinieran por el vino. Ahí creo que hay que resistir con las armas (¿quiénes vienen? Pues los malos ¡obvio!)

Mientras tanto, como a Soros le preocupa el “fundamentalismo del mercado”, su intensión egoísta de hacer negocios en la Argentina (seguro que para ganar plata y no para hacer algo por nosotros, que escándalo) está siendo remediada por acción del comandante socialista Don Hugo Chávez que ofreció 80 palitos de los venezolanos para apoyar a la empresa y que no se la vendan a Don George. Ahora nuestros niños tomarán leche bolivariana y podrán literalmente mamar el fundamentalismo del estado desde la cuna.

¿Qué otro negocio le podemos arruinar a Soros? Estoy seguro de que él estará encantado ¿por qué no darle el gusto?