Juicio al estado

El sistema prevé una Corte que cuida la vigencia de la Constitución, pero ¿Qué pasa si esa Corte no cumple su misión, quién lo juzga? La única instancia de responsabilidad de los jueces de la Corte es el Congreso, que ha violado más la Constitución que la propia Corte. Es más, si la última ha fallado, ha sido por convalidar al primero.

Por lo tanto mi planteo no está previsto: el estado ha incumplido sus reglas básicas. Solo puede ser legítima su actividad si es una extensión directa y sin excesos de mis derechos como individuo. Pero no hay acción que pueda cumplir los requisitos básicos para considerarse válida, porque en primer lugar si soy la base del poder, mis delegados no podrían controvertir mi punto.

Tomo por un momento la ficción del contrato social, porque así es como pretende el estado ser el vehículo de la ley. El contrato social no es válido si no existe forma de reclamar por su incumplimiento. Esto es así incluso en el terreno de la mera ficción.

Pero ¿qué propongo? Propongo un juicio contra el estado, como paso previo al rompimiento. Un juicio que no puede tener juez, porque a ese nivel, manteniéndonos dentro de los parámetros teóricos de la actual “legitimidad”, si lo que estamos discutiendo es al estado en sí, nadie está sobre nosotros.

Es más, es un juicio, que no tiene una sentencia, sino una por cada uno de nosotros. Si el origen del poder es un pacto implícito, en algún momento tenemos que poder decidir sobre el poder como individuos. O que alguien me indique qué está mal en mi lógica.

Debemos empezar un juicio al estado, un juicio fundamental y total, en el que en primer lugar queden de inmediato al desnudo todas sus mentiras. Un juicio ante nosotros, pero no estoy proponiendo un mero ejercicio de imaginación, sino elaborar un procedimiento y llevarlo a cabo. Que cada uno pueda exponer su caso en un escenario, con unos tiempos. Juicio total, juicio al estado.

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Que no voten los empleados estatales

Se supone que nos autogobernamos bajo una forma representativa, pero este supuesto es a esta altura una risa con el voto feudal populista. Una gran capa de la población recibe sueldos y dádivas de los representantes. Otros directamente hacen fortunas con el estado por sus relaciones y negocios por abajo de la mesa con los supuestos mandatarios.

¿No habría que elegir entre ser representante o representado? ¿Entre servidor y servido? Para que todo esto de la democracia que de cualquier manera no es ninguna panacea sea al menos algo un poquito serio, habría que optar entre pagar y elegir o cobrar y ser elegido. Porque este problema no sería muy importante cuando esta forma bastante ilusa de decir que “nos estamos gobernando a nosotros mismos” empezó a gestarse en su forma moderna. Pero hoy, no solo una parte importante de la población está de los dos lados del mostrador, sino que engrosar el estado y la dependencia del estado es una forma abierta y descarada de tener electores esclavos. Y la dependencia los incluye a ellos y a sus familias.

Para que la democracia pueda ser tomada en serio, nada más, no deberían votar ni los candidatos, ni los empleados o cualquiera que reciba pagas del gobierno (incluidos los hipócritas “planes”), ni los proveedores del estado, ni los empleados de los proveedores del estado, ni los parientes en primer grado de ninguno de ellos.

De otro modo estamos tolerando castas. Unos privilegiados que intervienen junto a los no privilegiados en igualdad de condiciones a decidir el futuro de todos, lo que por supuesto redunda en el aumento de los privilegios.

Hace falta la rebelión de los no acomodados. La diferencia en responsabilidades y condiciones del sector público se está transformando en un peso agobiante.

La única garantía para que unos burros de carga puedan considerar que gobiernan cuando tienen a esta gente encima, es que los últimos sean solo empleados y no amos a la vez. Unos pagan, otros sirven. Unos cobran, otros deciden.

El velo del mercado

Supongamos que pusiéramos todos los bienes del país en un fideicomiso y lo repartiéramos entre la gente más pobre estableciendo estricto respeto a la propiedad privada a partir de ese momento y por un siglo. Estoy hablando de dejarnos a todos en pelotas los que tenemos algo, pero a partir de ahí cero intervención del estado en la economía, cero arancel, flat tax. Si se animan vamos más lejos. Cero impuestos, que es estado se financie con aportes voluntarios. Mercado de verdad y total por cien años.

Nos dicen todo tipo de socialistas y buenistas que el mercado es bueno para los ricos y no para los pobres. Bueno ahora serían los ricos los actuales pobres y pobres los actuales ricos. Y estos ricos no tendrían que pagarnos hospitales, educación, tratamiento contra la gordura o contra la pelada. Cero bienestar y el estado solo persiguiendo a los ladrones. De paso nos dijeron que los ladrones robaban por ser pobres, así que la policía sería ejercida solo contra nosotros.

 

¿Los socialistas firmarían? Yo si. No digo que los ricos lo firmarían, pero si los liberales. Dudo de los socialistas, pero ellos tendrían que firmar, salvo que no les interese la “injusta distribución de la riqueza”, sino nada más tener que laburar para vivir en lugar de estar colgados de los demás.

Llamemosle el “velo del conocimiento de que te quedás en pelotas pero tenés instituciones” Y que después que algún partidario de Rawls lo explique.

 

El estado colgado del mercado

En su novela más conocida, “La Rebelión de Atlas”, Ayn Rand pone en boca del personaje Francisco D´Anconia un memorable discurso sobre el dinero. Ahí explica cuál es la naturaleza moral de ese instrumento creado por el mercado llamado dinero del que los gobiernos después se apropiarían para extender su dominación. Se trata de una visión de valores opuesta a la de ese puritanismo del lucro llamado izquierda que tiene raíces religiosas:

El dinero es un instrumento de cambio, que no puede existir a menos que existan bienes producidos y hombres capaces de producirlos. El dinero es la forma material del principio que los hombres que desean tratar entre sí deben hacerlo por intercambio y dando valor por valor. El dinero no es el instrumento de mendigos que claman tu producto con lágrimas, ni el de saqueadores que te lo quitan por la fuerza. El dinero lo hacen posible sólo los hombres que producen”. En Internet puede encontrarse con facilidad la versión completa.

D´Anconia es un argentino que padece la decadencia de su país sometido al colectivismo, la omnipotencia estatal y la persecución al que produce en nombre del bienestar popular. Un país que paga con fracaso y pobreza el saqueo de sus gobernantes. Es decir a esta altura realismo puro.

Lo más hipócrita del estatismo que alimenta la culpa sobre el dinero para poder despojarnos de él y limpiarnos de pecado, es que sin dinero no iría a ningún lado. Y esto es en el fondo una dependencia total de la acción individual egoísta.

Con el apoyo de la intelectualidad parasitaria de América Latina el pensamiento anti mercado pretende convencer de que las relaciones económicas voluntarias no alcanzan, que son necesarios azotadores como secretarios de comercio o ministros de economía, para que las ovejas no nos descarriemos. Nos dicen que sin el estado el mercado colapsa y que menos mal que los políticos existen porque si no, ahogados por nuestro egoísmo (que contrasta con la generosidad de ellos) llegaríamos rápido al apocalipsis. Pero la realidad es la opuesta, sin la acción voluntaria el estado como lo conocemos no duraría 24 horas. Por eso es que el gobierno recauda dinero, en vez de obligarnos a trabajar para él de manera directa.

Si fuera verdad que para producir se necesitara la disciplina impuesta por la política, cuando no los estímulos, entonces el estado no necesitaría pagar, es decir, dar valor por valor para obtener lo que consume (desperdicia).

Sin embargo el estado no recurre a sus doctrinas para absorber los bienes y el trabajo que requiere. Ni mucho menos se fija a si mismo precios máximos a pagar para que la gente y las empresas estén dispuestas a hacer o darle algo. Recaudar le resulta fácil, se trata de un despojo, pero para conseguir ayuda o bienes debe lograr que la gente quiera hacerlo, por lo tanto paga. El estatismo que nos enseña lo peligrosa que es la voluntariedad y lo nefastas que son las ambiciones privadas, compra lo que necesita en el mercado. Su botín llamado recaudación vale gracias al mercado.

Los precios coordinan expectativas, ambiciones, recursos disponibles de gente que actúa de manera libre, sin látigos. Los precios nos aseguran que las cosas se hacen o se obtienen porque no dependen ni de la buena voluntad ni del castigo. Controlar los precios es ahuyentar a las personas y al capital (trabajo que se acumuló) que intervienen en la producción y distribución. El estado hace en cambio esto con nuestros precios porque que nosotros nos quedemos sin lo que necesitamos no le interesa mucho y encima de cualquier manera la casta que lo regentea obtiene votos de las víctimas que están más asustadas y culpabilizadas que atentas a que se las está perjudicando. Ahora, a si mismo no se aplica precios máximos, sale y compra porque además ni siquiera produce para obtener su dinero.

Incluso lo falsifica y lo hace para que la gente esté dispuesta a trabajar y darle cosas de manera voluntaria. Al final del día, hasta el estado tira por la borda sus doctrinas anti-mercado para subsistir.

Imaginemos que en vez de comprar el estado tuviera cada cosa que tiene con leyes, reglamentos y resoluciones que nos obliguen a darle en especie y hacer cosas por el, con el mismo espíritu con el que los legisladores sacan todas esas leyes estúpidas que nos dan instrucciones económicas.

El mercado,  que no es otra cosa que una abstracción que grafica la acción pacífica de la gente del modo en que Ayn Rand lo describe, es más grande que el estado. Sin el mercado el estado no dura una jornada. El problema es que nos tiene metidos en una jaula quitándonos recursos, esa vejación es sencilla y barata, es hasta ahí donde puede llegar. Pero como el ladrón que saca la pistola para quitarnos la billetera, a la hora del almuerzo es un cliente más pagando las cuentas.

El Estado según Nietzsche

Del nuevo ídolo
Así Habló Zaratustra

En algún lugar existen todavía pueblos y rebaños, pero no entre nosotros, hermanos míos: aquí hay Estados.

¿Estado? ¿Qué es eso? ¡Bien! Abrid los oídos, pues voy a deciros mi palabra sobre la muerte de los pueblos.

Estado se llama al más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y ésta es la mentira que se desliza de su boca: “Yo el Estado, soy el pueblo”.

¡Es una mentira! Creadores fueron quienes crearon los pueblos y suspendieron encima de ellos una fe y un amor; así sirvieron a la vida.

Aniquiladores son quienes ponen trampas para muchos y las llaman Estado: éstos suspenden encima de ellos una espada y cien concupiscencias.

Donde todavía hay pueblo, éste no comprende al Estado y lo odia, considerándolo mal de ojo y pecado contra las costumbres y los derechos.

Esta señal os doy; cada pueblo habla su lengua propia del bien y del mal: el vecino no la entiende. Cada pueblo se ha inventado un lenguaje en costumbres y derechos.

Pero el Estado miente en todas las lenguas del bien y del mal; y diga lo que diga, miente – y posea lo que posea, lo ha robado. Falso es todo en él; con dientes robados muerde, ese mordedor. Falsas son incluso sus entrañas.

Confusión de lenguas del bien y del mal: esta señal os doy como señal del Estado. ¡En verdad voluntad de muerte es lo que esa señal indica! ¡En verdad, hace señas a los predicadores de la muerte!

Nacen demasiados: ¡para los superfluos fue inventado el Estado!

¡Mirado cómo atrae a los demasiados! ¡Cómo los devora y los masca y los rumia!

“En la tierra no hay ninguna cosa más grande que yo: yo soy el dedo ordenador de Dios” – así ruge el monstruo. ¡Y no sólo quienes tienen orejas largas y vista corta se postran de rodillas!

¡Ay, también en vosotros los de alma grande susurra él sus sombrías mentiras! ¡Ay, él adivina cuáles son los corazones ricos, que con gusto se prodigan!

¡Si, también os adivina a vosotros los vencedores del viejo Dios! ¡Os habéis fatigado en la lucha, y ahora vuestra fatiga continúa prestando servicio al nuevo ídolo!

¡Héroes y hombres de honor quisiera colocar en torno a sí el nuevo ídolo! ¡Ese frío monstruo – gusta de calentarse al sol de buenas conciencias!

Todo quiere dároslo a vosotros el nuevo ídolo, si vosotros lo adoráis: por ello se compra el brillo de vuestra virtud y la mirada de vuestros ojos orgullosos.

¡Quiere que vosotros le sirváis de cebo par pescar a los demasiados! ¡Sí, un artificio infernal ha sido inventado aquí, un caballo de muerte, que tintinea con el atavío de honores divinos!

Si, aquí ha sido inventada una muerte para muchos, la cual se precia a sí misma de ser vida: ¡en verdad, un servicio íntimo para todos los predicadores de muerte!

Estado llamo yo al lugar donde todos, buenos y malos, son bebedores de venenos: Estado, al lugar en que todos, buenos y malos se pierden a si mismos: Estado, al lugar donde el lento suicidio de todos – se llama “la vida”

¡Ved, pues a esos superfluos! Enfermos están siempre, vomitan su bilis y lo llaman periódico. Se devoran unos a otros y ni siquiera pueden digerirse.

¡Ved, pues a eso superfluos! Trepan unos por encima de otros, y así se arrastran al fango y a la profundidad.

Todos quieren llegar al trono: su demencia consiste en creer – ¡que la felicidad se asienta en el trono! Con frecuencia es el fango el que se asienta en el trono – y también a menudo el trono se asienta en el fango.

Dementes son para mí todos ellos, y monos trepadores, y fanáticos. Su ídolo, el frío monstruo, me huele mal: mal me huelen todos ellos juntos, esos servidores del ídolo.

Hermanos míos, ¿es que queréis asfixiaros con el aliento de sus hocicos y de sus concupiscencias? ¡Es mejor que rompáis las ventanas y saltéis al aire libre!

¡Apartaos del mal olor! ¡Alejaos del humo de esos sacrificios humanos!

Aún está la tierra a disposición de las almas grandes. Vacíos se encuentran aún muchos lugares para eremitas solitarios o en pareja, en torno a los cuales sopla el perfume de mares silenciosos.

Aún hay una vida libre a disposición de las almas grandes. En verdad, quien poco posee, tanto menos es poseído: ¡alabada sea la pequeña pobreza!

Allí donde el Estado acaba comienza el hombre que no es superfluo: allí comienza la canción del necesario, la melodía única e insustituible.

Allí donde el Estado acaba, – ¡mirad allí, hermanos míos! ¿No veis el arco iris y los puentes del superhombre!

Así habló Zaratustra.

Uruguay: ¿Intervendrá el Estado para prohibir un servicio gratuito?

Tienda Inglesa es una cadena importante de supermercados de Uruguay. A sus directivos se les ocurrió sumar un servicio inmobiliario a los clientes. Quien quiera vender o alquilar su casa o departamento podrá anunciarlo en la página web de Tienda Inglesa y en caso de concretar la operación, en lugar de pagar un 3% de comisión que es lo habitual, el porcentaje que se reducirá a 2 puntos. Con un beneficio adicional. El monto podrá ser utilizado en su totalidad para adquirir productos en los supermercados de la cadena.

Consumidores contentos, supermercados contentos, una idea inteligente.

Pero claro, esto de que las partes estén felices en el tipo de sociedades en que vivimos no es suficiente. Hay quienes se quedan sin su nicho, que se sostenía en la dificultad de los clientes de comunicarse por si mismos y en la intervención del estado a su favor. Las empresas inmobiliarias pusieron el grito en el cielo, o mejor dicho en el gobierno, en nombre de muchas cosas, pero sobre todo de una: ¿cómo nos quitan a nosotros el queso?

La ética se usa en estos casos también aunque parezca increíble. En nombre de ella se amenaza con acudir al estado para obligar al competidor a cumplir una serie de requisitos que el gobierno ha ido imponiendo, sin ninguna utilidad para el bien común, para asegurarle a los inmobiliarios que nuevos competidores no aparecieran así no más. Leyes que no previenen contra la aparición de supermercados que utilizan internet, sino que impiden que otros ingresen al negocio del modo tradicional, que según ellos es el correcto.

Sólo con ingenio Tienda Inglesa pensó en una forma de vender sus productos que transformara en gratis algo que era caro y se sostenía nada más que en las dificultades de los clientes. Hasta acá que algunos se hubieran organizado para aprovechar esa dificultad y resolverla, estaba muy bien ¿pero cuál es el estándar por el cual creen tener derecho a que ese problema dure para siempre porque es el modo en que han decidido vivir?

Y ojalá éste fuera un caso aislado, en realidad es casi la regla bajo la cual nos vemos compelidos a adquirir determinadas cosas o prohibidos de acceder a otras en beneficio de terceros que tienen acceso al poder. Muchas veces invocando teorías económicas que nada más son formas de justificar el robo.

Los inmobiliarios unidos prometieron “medidas agresivas” como las que Tienda Inglesa tomó con ellos. Fíjense que parecidos a nuestro presidente y a todo aquél que se maneja con agresiones. Antes de empezar le atribuyen al otro gratuitamente una actitud agresiva que no tiene para hacer aparecer su acción como una respuesta. Las medidas agresivas no la tomarán los inmobiliarios por si mismos, no hace falta, para eso ya se ha inventado una organización especialista que se llama gobierno. Y la verdad es que si el sector quisiera responder “con las mismas armas” lo que deberían hacer los comisionistas en Uruguay es poner un supermercado. Algo contra lo cual Tienda Inglesa no reaccionaría, pero ellos no harán. Lo único que quieren es un statu quo legalizado, sostenido en el uso de la fuerza pública.

Fuente: Diario Correo de Punta del Este