Pensar en la pobreza, en lugar de hacer pobrismo

Hoy escuché otra oda poética sobre la pobreza en Radio Mitre donde uno a otro se daban manija con lo bien que se sentían declarando su amor a los pobres. Lo mismo he escuchado toda la vida y esto que estoy escribiendo ya, así como está, escandaliza a una mayoría abrumadora. Ya sospechar de tanta bondad, está prohibido. La gente está más interesada en conservar su bondad que en resolver de verdad los problemas.

Hay una sola forma de hacer de la pobreza una cuestión de cataclismos naturales. Se llama mercado. Se que a todos los buenos argentinos que les digan que el amor no vence a la pobreza es un horror, no quieren saber nada con otro método de solucionarla, porque entonces se quedan ellos sin nada. Lo siento, prefiero no ocuparme de ellos y su narcisismo. El verdadero amor no es narcisista, es trabajoso, se interesa por los resultados. Así que ni siquiera es eso a lo que llaman amor. No hay amor sin apego al a realidad.

En el mismo programa que aplica esa bondad narcisista a toda cuestión, proponiendo gasto estatal, se lamentan los impuestos. Son buenos en ambas puntas, irresponsables, por eso los pongo en esa categoría de falsa generosidad. Aclaro, ni se dan cuenta. Esto no es un ataque personal, están nadando en un dulce de leche moral del que también son víctimas.

La pobreza que conocemos está directamente relacionada con el gasto estatal. El estado no produce sino que extrae recursos. El asaltante y el recaudador son los únicos que obtienen recursos empobreciendo. En el mercado sólo se obtienen recursos enriqueciendo, justamente porque la violencia y la estafa están excluídas. Ninguna otra cosa es el mercado, por lo tanto cuando hay un intercambio, es en beneficio de ambos.

Primera definición. El estado empobrece y que después gaste el botín no lo remedia, como no remedia el gasto de ningún asaltante. Es una sábana corta que tira de un lado y deja afuera a mucha gente. En el impuesto a las ganancias a los sueldos se ve la relación, pero están tan ciegos en su bondad narcisista que no hacen la relación obvia. Sin embargo la mayor parte del empobrecimiento no se ve. Está en los negocios que no pueden hacerse, debido a que al sumar el costo estatal (el costo del uso de la violencia púbica que teóricos económicos tienen la osadía de considerar dentro de su ciencia). Eso es menos enriquecimiento, que es el único remedio que existe a la pobreza.

Cuando un empresario abre un negocio crea el valor de los salarios que paga. Los buenos lo consideran el mal. Ellos no crean nada, pero su misión en esta vida es juzgar al que lo hace como “no bueno”, por lo que no da. Ayn Rand denunciaba la barbaridad de darle mérito al derivado (repartidor) y restárselo al creador (repartido). No hay primero sin segundo. Cuando ese negocio se ve impedido por un costo improductivo, como es un impuesto, entonces se genera de verdad la pobreza que vemos, de la que después se lamentarán haciendo poesías.

Claro, para cambiar de visión hay que renunciar al poder que se ejerce sobre el pobre. Ese paternalismo perverso que se fomenta como ético y a esa posición soberbia de protector verbal de la humanidad.

¿Qué haría yo en lugar de lagrimear sin dirección? Pensaría al estado, mientras lo haya, de acuerdo a lo que es indispensable de él. Intentaría pensar la forma de organizarlo más barata posible para que ejerza su función y luego cerraría todo lo demás, en un sólo día. Buscaría financiamiento para suavizar el cambio y pagar sueldos por un período prudencial y haría una inmediata y drástica reducción impositiva. No más impuesto a las ganancias para nadie. Flat Tax a la menor tasa posible para cubrir los gastos.

No se puede nadie declarar honradamente preocupado por la pobreza y simultáneamente no ocuparse de su causa: la recaudación y la regulación fiscal. Una sola fuente de riqueza existe: la actividad humana libre. Lo demás es verso, lágrimas de cocodrilo. Parte del problema, no de la solución

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cronicas tapa numero 2

Mis diferencias morales con el Papa Francisco

El Papa relacionó la “adoración al dinero y la guerra” con manifestaciones de un sistema económico que “ya no aguanta”. En el centro de todo, sentenció el pontífice, tiene que estar el hombre y, como un signo de estos tiempos en los que pareciera que nos hubiéramos estado refiriendo solo al varón con esa palabra, agregó “la mujer”. También mencionó a los jóvenes que en su interpretación son “excluidos por la desocupación”. Según él esto es pura maldad de la “economía”, en particular del culto al dinero.

Hay dos clases de creyentes. Están los creyentes en el catolicismo que aceptarán o no este diagnóstico, lo criticarán, reflexionarán o le darán algún crédito pero estarán dispuestos a revisarlo. Pero también están los que hacen ídolos, que adoran a las personas y entienden la religión como la suplantación del propio cerebro por la consigna de un líder. En este caso el Papa. Estos segundos crecen de modo exponencial, sobre todo en la Argentina. Gente que ofende y agrede ante la crítica al Papa. Mi recomendación es que los de éste grupo no sigan leyendo. Supongo que si se tientan a continuar tendrían que confesarse o flagelarse, de manera que no me parece negocio.

Ahora si, voy a la cuestión que me interesa. Mis diferencias con el Papa Francisco no son económicas, son morales. No lo descalifico como persona, conozco su tipología porque he soportado muchos sermones en esta misma línea que en realidad si hace un culto del dinero pero al revés. Rechaza la producción y adora lo que el fruto de esa producción puede hacer por los que no producen. El Papa, y tantos curas idénticos que he conocido en mi pasada vida religiosa, por más que lo verbalicen, no siguen a Francisco de Asis, sino a una versión populista de su figura. Tal cosa responde a una formación política, no religiosa, de la que América Latina en general es víctima.

Francisco de Asis descubrió el camino del desprendimiento como una forma de liberación interior. Renunció a los llamados bienes materiales. No estaba haciendo ninguna reforma económica porque buscaba la pobreza, no la rechazaba. Si, en cambio, rechazaba al poder. Ni siquiera aceptaba que sus seguidores fueran designados cardenales de la Iglesia. Es una idea que siempre me parecido interesante y coherente. En algún momento, en algún aspecto todos practicamos algo de ese desprendimiento. Nos sentimos demasiado atrapados por algo que queremos y le ponemos un freno. Para el Francisco original, eso debía hacerse todo el tiempo y él lo practicó porque era inmensamente honesto. Nunca hubiera aceptado ser Papa y jamás se codeó con ningún poderoso.

¿Es la doctrina franciscana compatible con el capitalismo? Por supuesto, los bienes están definidos por la subjetividad, no hay ninguna diferencia entre que unos busquen la felicidad cambiando el auto y otros regalándolo. Lo importante es que cada uno pueda seguir su plan de vida, como le parezca, con sus valores. Es muy valioso para todos que los otros lleven a cabo otros proyectos y poder observarlos, aprender y debatir sobre cómo es mejor vivir.

Pero la versión populista de aquella idea es por completo diferente. Ahí se trata de encontrar el pecado en el que produce, no de desprenderse de nada. Al contrario, la idea es quedarse con esa producción. Está siempre asociado al autoritarismo, esto es al estado que no es otra cosa que autoridad. Francisco de Asis con el estado no tenía ninguna relación. El falso franciscanismo es en cambio una forma de manipulación desde el no tener para condenar a los que tienen y proclamar que el fruto supuestamente mal habido del “culto al dinero” sea repartido, en lugar de quemado en una hoguera. Te culpo por lo que hiciste y me quedo con los frutos.

El franciscanismo populista es política económica basada en condenas morales. Existe la misma diferencia entre ambas versiones que la que hay entre un nutricionista que nos aconseja bajar las calorías y el cocinero de una cárcel que nos sirve una sopa insulsa.

El adorado sistema educativo produce con mucho gasto candidatos a empleados. El proyecto del estado argentino y de la mayoría es que la gente esté preparada para tener buenos sueldos. Es decir, opera como un subsidio al empresario y esto es una gran distorsión, de la cual es autora la política, no la economía. Tampoco a la guerra la hacen los empresarios sino los gobiernos. Un empresario que cuenta con un ejército, no es un empresario, es un gobierno. En todo caso los contratistas del estado o empresas asociadas al estado podrían estar interesadas en una guerra ¿Por qué no se apunta esta crítica moral a la política?

El Papa casi no ha dicho nada condenando a la política. Y no lo ha hecho porque en su pensamiento moral el problema es el lucro como si fuera un pecado. El entiende que a esa “mala tendencia” hay que controlarla con el estado. En consecuencia es su pensamiento moral el que fomenta la guerra endiosando al monopolio de la fuerza como si tuviera funciones de vigilancia de la concupiscencia. Esa visión es la que fortalece a los contratistas del estado y crea los intereses que conducen a que la fuerza se use para poder proveer insumos.

Advertí a los católicos del segundo grupo que no siguieran leyendo para que ahora no me digan que han encontrado una cosita que les serviría para negar la realidad del Papa más antiliberal de los últimos tiempos. Pero la realidad es esta: si, el Papa es estatista y negarlo es evadir la realidad. No es mi intención poner a la realidad en discusión sino el pensamiento moral del Papa sobre la economía. Me podrán decir que la realidad bla bla bla. En tanto en este punto tal cosa es evasión pura del problema, los abandono en sus juegos y sigo adelante. Supongamos que contrariamente a lo que digo el Papa suscribiría lo anterior. Pues entonces no pierdan el tiempo enojándose conmigo, festejen. No debería molestarles que diga lo mismo que interpretan que el Papa aceptaría, a mi juicio contra toda evidencia.

Sigo con la cuestión del sistema educativo y su relación con este tema. El Papa también piensa que el ideal es que el sistema económico provea buenos sueldos. Aquí está la gran contradicción. Buenos sueldos es buen dinero. Ah, pero podría ser sólo el dinero suficiente para subsistir ¿En qué parte de la Biblia dice que unos deben aportar a la supervivencia de otros? Me la perdí, si es que existe. Lo cierto es que somos dotados (por la casualidad o la providencia) de los medios de subsistencia. El sistema educativo (controlado) nos convence de que alguien nos pagará bien si pasamos varios años escuchando un “programa” cuyo fin es que el mundo se divida entre empresarios y empleados y nosotros seamos en general de la segunda categoría, para estar quejándonos de la maldad de los de la primera con ayuda de todos los sermones.

Pero lo cierto es que para que haya buenos sueldos (o simplemente sueldos) debe haber gente que haga “el culto al dinero”, al menos mucho más que nosotros. Aclaro, esto del culto al dinero es nada más que una etiqueta estigmatizante. La gente que se ocupa mucho más que nosotros por conseguir dinero no es muy diferente que la que se ocupa mucho más que nosotros de jugar al tenis y gana campeonatos. La diferencia es que los primeros nos son absolutamente indispensables, son una verdadera bendición de la vida. Con su iniciativa y riesgo la economía todavía subsiste a pesar del sistema educativo, a pesar de este parasitismo moral que intenta poner a los mejores de nosotros (si, los empresarios son los mejores de nosotros; no los que tratan con el estado, esos son lobbistas) en estado de culpa permanente, para ser parasitados. Ese parasitismo moral impide entre otras cosas, que haya mejores sueldos.

¿Puede existir como problema moral la obsesión por el dinero? Claro, como por el tenis. Toda obsesión es mala, pero eso no agrega mucho. Ponerle a una ocupación el carácter de obsesión depende del punto de vista del observador. Desde afuera nadie puede afirmar que otro está obsesionado por algo, en cambio él si. Es una elección personal el punto en que el sujeto entiende que está atrapado en un círculo perjudicial. Colgarle a otro esa etiqueta es una forma de manipulación. No se busca el bien del “diagnosticado” como “obsesionado”, sino servirse de él. Y si esto se menciona como un “sistema económico”, entonces se está condenando a la función y se está convirtiendo en pecadores a todos juntos.

Seamos coherentes. Si creemos que estamos condenados por el culto al dinero de los empresarios, reclamemos que la gente renuncie a sus empleos, se están contaminando compartiendo el fruto del pecado. Nadie debiera aceptar sueldos de los herejes dinerarios.

El Papa no escucharía esto, no le interesaría adentrarse en los mecanismos que condena para ver hasta que punto está equivocado y está provocando un enorme daño moral y económico y ayuda a perpetrar enormes injusticias. Porque el vicio más común del moralista es encontrar una visión de cómo se divide el mundo entre buenos y malos que asegure la propia permanencia entre los primeros. Eso es lo que se defiende y la prueba es cómo se despreocupan los condenadores del lucro de los frutos que se obtienen siguiendo su pensamiento. De eso hay suficiente literatura como para no tener que detallarlo.

Tengo cero intención de ofender ni a los católicos pensantes ni a los católicos obedientes; tampoco al Papa por supuesto. Se que él ofende sin querer a gente que no lo merece. El remedio a eso es responder, no callarse. Creo que la justicia es más importante que el Papa y que de las cosas más necesarias a debatir están las falsas éticas que nos condenan a la insatisfacción, la división innecesaria y al autoritarismo.

Es el gasto público, te guste o no.

Los llamados niveles de pobreza son similares, algunos dicen incluso superiores a los del 2001. Digo llamados porque es el objetivo bajito que se pone el estado para auditar su “política social” Para medirse a sí mismo es humilde al extremo, para exigirle al mercado es Torquemada.

La industria demanda menos empleos y tiene menos puestos que en el 2000, plena recesión, nos cuenta Daniel Sticco hoy en Infobae.com basado en datos del indeK. Sumemoslé alta inflación y consumo del capital instalado que había tras una década de una relativa apertura.

¿Qué tienen el período de la década del noventa con estos 14 años? A los comentaristas públicos, seguidores del humor futbolístico de ocasión de un país chanta les encanta decir la frase “esto es igual al menemismo”. Se la festejan entre ellos. La otra es que cuando esta señora millonaria tiene que pagar las cuentas de su apropiación del estado y su demagogia de manual es que hay un “giro a la derecha”. La fiesta es de izquierda y las cuentas son de derecha.

Es cierto que tienen algo en común el fin de la década del 90 y esta de los bandidos. Dos cosas para ser más precisos:

1. Descontrol en el gasto público. En el primer caso se ahogó a un mercado fortalecido en el inicio del período y en el segundo se ahogó a un mercado abierto por condiciones extraordinarias y una capacidad instalada de la recesión precedente, que a su vez se encaró con una brutal caída de salarios y la licuación de aquél gasto público vía devaluación.

El gasto público empobrece. Es un costo general sobre la actividad de todos. Cuando llevamos una tabla desde el aserradero a la obra en construcción, hay un plus de esfuerzo (¿dicen 40%?) que hay que hacer para que esa acción nos beneficie del mismo modo que si no tuviéramos unos mantenidos a cuestas. Cuando nos pagan por ese trabajo nos damos cuenta encima que tampoco nos rindió como esperábamos porque hay otro porcentaje (¿otro 40%?) al que se lo comen imprimiendo billetes. Ese es nuestro empobrecimiento que consiste en que tener algo nos cueste más y que cada vez más cosas no valga la pena hacerlas porque el costo supera al beneficio. Al margen una masa de la población se cae de la economía. Y antes de esta pérdida de empleos y de pobreza oficial, en la era chiflada se comieron el capital, las AFJP, el valor extraordinario de las exportaciones y el Banco Central.

2. Sus alternativas políticas. En ambos casos estas décadas terminan siendo explicadas por sus posibles sucesores de modo al revés al real. La Alianza pensaba que el problema de Menem eran las privatizaciones, la falta de control de la economía y de reparto de dinero a la capa empobrecida por el propio estado. Es decir el diagnóstico era al revés y así terminó esa experiencia. La actual oposición está pensando en un kirchnerismo bueno, más repartismo como solución, más gasto y menos responsabilidad.

El relato argentino, no el K, es así. Empieza en el propio menemismo pero podríamos ir más atrás y cada consigna es consecuencia de la o las anteriores:

1. “Ahora que la economía está pum para arriba, es hora de hacer peronismo tradicional y darle al gasto público” (1995, crisis del Tequila).

2. “La recesión es porque éste es el primero y gran gobierno corrupto de la Argentina, hay que parir una república de buenos” (Carrió – Verbisky – opinadores). “Hay que aumentar los controles, los impuestos, obtener más financiamiento” (2000 – Alianza), y “calidad institucional” (gente sin patillas – ongs de corrección política).

3. “El problema fue el mercado, la locura de creer que la gente produce sin un general económico a cargo. También la convertibilidad y la corrupción. Cuidado con los bancos que se están llevando la plata” (jueces federales deteniendo camiones de caudales pensando que el crack era salida de dinero físico – 2001 Duhalde – Clarín – Unión Industrial).

4. “Nunca existió el gobierno de la Alianza. LLegó Kirchner a poner fin a la década menemista, la corrupción y la falta de calidad institucional. Viva el estado. Kirchner tiene un estilo”. “La corte menemista se voltea en nombre de la calidad institucional y la independencia del poder judicial”. “Abajo los militares, arriba los terroristas, Hebe de Bonafini es la abuelita de caperucita”. “Kirchner está argentinizando” (capturar empresas de modo extorsivo para entregarla a amigos). “Lo importante es que se termine el menemismo” (2003/2005, abrumadoramente todos)

5. “El campo es malo” (Kirchner). “Kirchner cambió” (el campo – Clarín). “Kirchner no es el príncipe encantador y es un poquito autoritario” (A dos Voces). “No hay inflación, son reacomodamientos de precios”. “Está bien que mienta con los índices, es re piola, nos está haciendo zafar de de pagarle a los tenedores de bonos ajustados” (2007).

6. “Clarín es la explicación de todos los problemas, problemas no existen, solo mentiras de los medios” (Kirchner). “Lo importante es ponerle buena onda” (PRO). “Lo importante es repartirle plata a la gente” (Carrió) “¿Qué les pasó?” (Tenembaum) (2007-2011). “El problema es no repartir: Asignación Universal por Hijo”.

7. “Comer chancho es afrodisíaco, vamos por todo” (CFK). “Cristina tiene que terminar su mandato” (2011). “Nestor era distinto”.

8. Que roben, que mientan, que destruyan la economía, que liquiden la moneda, pero cuiden a Cristina (Papa Francisco).

9. “El problema es que el gobierno fue menemista y hace falta que lleguen unos socialistas de verdad que además le pongan onda”. “No al giro a la derecha” (UNEN). “Volver al primer kirchnerismo con las viudas del kirchnerismo” (Massa)

Es una apretada síntesis de sucesión de dogmas. Tengo la impresión de que cuando las cosas se hacen igual de mal y se miente de la misma manera, todo termina igual. En un caso se comieron la apertura, las privatizaciones y la desregulación, aunque estos beneficios no se perdieron. En el otro se perdió el llamado viento de cola, el capital ya instalado, la facilidad de la licuación del gasto público de la devaluación, las AFJP, las reservas del Banco Central, la moneda y la razón.

No bajan la inflación, la mandan a un solo precio: la tasa de interés.

La inflación no terminó, ni se apagó, ni se controló, ni se bajó. Tampoco el dólar se ha calmado por un rato porque la moneda trucha argentina se haya estabilizado. El gobierno de la señora Kirchner y sus brujos ensayan un nuevo truco que consiste en concentrar todas las exteriorizaciones del problema en un solo precio, que de cualquier manera afecta a toda la economía: la tasa de interés. Ortodoxia menguelista de la más pura cepa. Le llamo menguelismo al uso de instrumentos para obtener resultados usando a las personas como animales de laboratorio.

Mientras el elenco artístico kirchnerista despliega su comedia llamada “precios cuidados”, la política anti precios en las góndolas se maneja en el Banco Central, haciendo pases mágicos para que las tasas de interés sean lo suficientemente altas para que una buena cantidad de pesos emitidos para pagar las cuentas del estado (que no paran de emitirse), se atesoren como préstamos al propio gobierno. Éste a su vez no llevará a cabo ningún negocio que justifique pagar esas tasas, todo se traduce en un nuevo quebranto que alimenta el mismo círculo vicioso. Una enorme zanahoria como para que solo suba la zanahoria y todas esas asociaciones de consumidores creadas por el kirchnerismo festejen la inutilidad de su existencia.

Es fácil de notar que en la lista de “precios cuidados”, el precio tal vez más importante de todos que es la tasa de interés, no figura.

Lo que obtiene el gobierno es calmar las góndolas y dejar que algunos pobrecitos de la Cámpora crean que han conseguido algo con la vigilancia. Ya produjo destrucción al alterar los precios relativos con la emisión y el lanzamiento al mercado de pesos sin contrapartida, ahora realiza otra alteración en sentido contrario con la tasa de interés. Todo a lo Menguele.

Ahora bien, si alguien piensa que esta es una inflación que la gente no sufrirá, se equivoca. Hay tanto ni-ni (que ni piensa ni le importa) desprevenido, que mejor aclararlo. La tasa de interés determina qué negocio es rentable y qué negocio no lo es. Si poner un quiosco genera un retorno del 10% y prestarle al gobierno un 11% sin correr ningún riesgo, entonces se sacrifica producción por financiamiento a la vagancia. Las tasas que hoy pagan los bancos como consecuencia de esta política iniciada a principios de febrero, alcanzan al 25% ¿Qué otro quiosco además del Frente para la Victoria genera beneficios a guarismos tales que justifique pagar esas tasas más el spread bancario?

Lo que hace el oficialismo mientras le miente a la gente con la ayuda de casi toda la prensa, cómplice o boba, es lo que dijeron que no iban a hacer: enfriar la economía. O más bien congelarla, para que los balances no se vean feos a ver si algún organismo internacional menguelista consuetudinario como el FMI le presta contra semejante dibujo.

El problema siempre es que el que está siendo financiado no tiene como ganar, como producir, como para pagar sus deudas y justificar la tasa que paga. Entonces tenemos enfriamiento del mercado y a la vez el iceberg otra vez creciendo y creciendo. Los que están en la tasa hoy saben que el iceberg existe, van a elegir cuándo saltar a los botes.

Hay un alternativa por supuesto al enfriamiento de la economía, que es el enfriamiento de la vagancia, del sector improductivo. Esto es el “estado para todos” o estado para bobos, más precisamente. Pero eso no lo van a hacer ¿Para qué les sirven las soluciones que los sacrifiquen a ellos mismos? Nunca Menguele experimentó sobre si mismo ni sobre su familia.

Esto termina como ya lo sabemos. Lo contó Roberto Cachanosky hace unas semanas en La Nación. Estamos en otro Plan Primavera, una lavadita de cara, con ácido sulfúrico. No hace falta que les diga que después de aquella primavera no vino ningún verano.

Era para el otro lado. El nuevo colapso de las recetas “antinoventistas”

La década del 90 terminó con dos grandes crisis. Una de carácter económico institucional y la otra moral. La primera protagonizada por el estado manejando la moneda e inundando el mercado de dólares como endeudamiento para sostener el gasto público, la segunda desatada por el estatismo reivindicativo representado por la izquierda nacionalista. Fue el estatismo el que impuso su explicación del 2001 y es el estatismo el que trajo esta crisis de la Argentina progre. Se estableció como dogma que lo que estaba mal era lo que estaba bien y viceversa, pero no fue lo que criticaron sino lo que aplaudieron lo que generó el cataclismo del 2001.

Por un lado en los 90 el estado se quitó todo el lastre de las empresas públicas y por el otro el gasto público combinado con convertibilidad sobre el dólar, generó crecimiento de los precios de los bienes no transables y el deterioro del valor de las exportaciones, lo que terminó en una gran recesión[1]. Las exportaciones fueron reemplazadas por el ingreso de dólares como deuda pública dirigido hacia el gasto estatal.

Esa inconsistencia no podía sino terminar como terminó, pero eso no formaba parte del discurso crítico de aquella década salvo para una pequeña minoría. El resto pensaba que en primer lugar Menem era malo. El pecado era la primera explicación y se manifestaba de distintas formas: en las denuncias corrupción de la “entrega del patrimonio nacional”, en la presencia de los de la UCEDE que habían contaminado al puritano peronismo, en las “privatizaciones mal hechas” y en otras causas en general morales.

Solo para aclarar, privatizar es sinónimo de liberar, de quitar la intervención de la autoridad, de permitir al sector sin poder actuar en una determinada área. La “privatización mal hecha” es un sinsentido conceptual. En todo caso una  privatización puede ser insuficiente, parcial, pero el problema no es la parte privatizada sino la no privatizada. En muchos casos aquellas privatizaciones fueron si insuficientes, temerosas o rodeadas de tantas regulaciones que no se pudieron apreciar tanto sus beneficios, pero el cambio en los servicios fue impresionante en muy poco tiempo. Si se podría haber avanzado más es una cuestión contra fáctica inútil de analizar, lo que estaba claro al fin de ese período era que había que avanzar más pero se eligió retroceder.

Uno de las mayores errores que se cometieron en las privatizaciones fueron los organismos de control diseñados para tranquilizar los espíritus de los que se ponen a llorar si no ven un comisario cerca. En el mercado el control lo hace el consumidor si se le permite ser único e inapelable árbitro. Pero al contrario parte importante de la crítica a las “privatizaciones mal hechas” era la “falta de controles”. Los problemas en los servicios no eran por falta de vigilancia de burócratas, sino por la parcialidad de las privatizaciones, es decir, por la subsistencia de controles. Los organismos controladores famosos cuya omnipresencia pedían los que reclamaban “calidad institucional” (concepto hueco como pocos), no solo no servían para nada sino que terminaban siendo una forma de justificación de las empresas monopólicas ante sus incumplimientos, mientras la gente no podía cambiar de proveedor, que es el único control necesario.

Sin embargo la gran falta moral de aquella época no tenía nada que ver con coimas sino que era aquella en la que los críticos estaban más de acuerdo, esto es, el gasto público. Por eso la Alianza encaró el problema intentando aumentar la recaudación fiscal y así fue como De la Rúa derrapó definitivamente, sin Cavallo primero, con Cavallo después.

En paralelo crearon lo que llamó Chacho Alvarez el “circo” para entretener con cazas de brujas a la gente a la que habían enardecido. La persecución del mal es el expediente perfecto de todo mediocre desorientado. Y si hubo un ejemplo perfecto de mediocridad y desorientación en nuestra historia, ese fue Chacho Alvarez.

En materia de privatizaciones lo que hizo de la Rúa fue eliminar para siempre toda posibilidad de desregulación del sector telefónico, que era automática a partir del año 2000. La Alianza hizo eterno el monopolio con el que se había pagado a las empresas el hacerse cargo de los empleados de ENTel.

La segunda contrarreforma, por llamarla de alguna forma, fue protagonizada por un señor muy enojado en lo personal con Menem que fue Eduardo Duhalde que había fundido a su provincia y puesto al banco oficial en situación de quebranto como uno de los causantes de la crisis bancaria del 2001. Duhalde aliado con Alfonsín que había fundido al país en los 80 quería terminar con la convertibilidad, pero para desatar el gasto público. Contó con mucha ayuda del diario Clarín, de los cruzados de la moralidad que explicaban que el deterioro de las finanzas públicas se debía a “operaciones de lavado de dinero” (Carrió, Cristina Kirchner, Ocaña, etc.) y que sirvieron para desviar la atención.

La tercera versión de antinoventismo vino con el kirchnerismo, otro invento de Duhalde para enterrar de manera definitiva toda posibilidad de la Argentina de ser normal. Con el kirchnerismo ocurrió la reivindicación definitiva del estado, la glorificación del comisario del pueblo y la demonización del sector privado en el sentido más fascista posible y se instaló la corrupción pero no ya como una cuestión marginal sino como sistema político. Oligarquía y poder, manejo de lo público como privado se hicieron tan normales que en este momento asistimos al traspaso al señor Tinelli del fútbol estatizado como si perteneciera a la señora Kirchner. El estatismo por el estatismo mismo fue ayudado por un cambio tal en las condiciones del comercio exterior que hasta de la Rúa podría haber sido convertido en genio y por el piso en el que había quedado la economía Argentina después del 2001. Sin embargo con tanta irracionalidad no desafiada nunca por una oposición que acompañó acobardada la construcción de una dictadura sin uniforme, la fiesta se acabó otra vez.

Sería triste que no se entendiera cuál es el “modelo” que colapsa ante nuestros ojos y en eso por desgracia la influencia del Papa con su visión antimodernista en este momento es nefasta. Los noventa terminaron en una gran crisis, pero los motivos eran los opuestos a los que esgrimió la izquierda nacionalista autoritaria. Era el estado y su gasto, el endeudamiento público, las regulaciones remanentes del sector servicios, la hegemonía del gobierno nacional y la incompatibilidad de todo eso con la convertibilidad. No era la maldad, ni la falta de izquierdismo, ni mucho menos ningún “capitalismo salvaje” porque el sistema de “estado de bienestar” nunca se tocó y fue gran parte del problema. Había un obstáculo serio pero estaba mal lo que se pensó en estos diez años que estaba bien y estaba bien lo que en estos diez años se supuso que estaba mal. Por desgracia todos hicieron seguidismo de la locura oscurantista de la época de estatismo más idiota que se pueda recordar, incluida por supuesto la prensa que ahora está inventando que hubo un kirchnerismo bueno como el relato que los dejaría a salvo de su complicidad.

De la Rúa  tumbó el barco con todo en contra. La nueva ola progre, que incluye gobierno, gran parte de la oposición y casi la totalidad de la opinión publicada ahora enfrentada al oficialismo por las formas, volcó una calesita con todo a favor y se consumieron una época de bonanza extraordinaria. La Argentina necesita volver al punto de partida y tomar el otro camino. El que descartó por el pánico del 2001.

Tal vez haría falta empezar esta historia por el desastre ocurrido durante la década del 80 en el populismo alfonsinista, pero sería muy largo. Alcanza con decir que el rumbo tomado por Menem fue inevitable con todo sus tropiezos por la experiencia que lo precedió. No se trató de una comprensión profunda de 60 años de estatismo con alta inflación, por lo tanto esperar una gran coherencia en el cambio era una verdadera tontería.

Ahora si, después de haber ensayado todas las formas posibles y no posibles de estatismo suicida para reaccionar contra aquella década es hora de dejar de probar con la misma receta.



[1] Ver La convertibilidad argentina Juan Carlos Cachanosky. http://www.biblioteca.cees.org.gt/topicos/web/topic-847.html

Pobre Lousteau, algo tiene que decir

El pobre ministro de economía tiene que meter cuchara. Le toca poner la firma en un gobierno en el que no pincha ni corta y en que todo lo que se hace va en contra de la bolilla uno, punto uno de cada materia que estudió en la facultad y en la London School of Economics. Entonces busca, como Moyano, alguna argumentación para sostener lo que está haciendo y que todo parezca patriotismo amenazado por alguna mala intención, haciendo grandes contribuciones a la filosofía cualquiercosista que es meollo de todo lo que se dice y hace en la era postnoventista.

Ahora descubrió que si hay escasez será culpa del campo Pero la escasez es la condición de inicio y alguien se pone a producir es sólo porque ésta existe. Cuanto más escasez hay más oportunidad hay de beneficiarse, salvo que un gobierno troglodita socialice esos beneficios. Entonces no aparece la escasez, que siempre está, sino el desabastecimiento. 

Por otra parte así como el desabastecimiento será consecuencia de la huelga del campo, ésta a su vez lo es de la confiscación y el manejo político de los precios. El ministro tendría que reconocer que su sueldo existe gracias al corralito industrialista en el que está encerrado el campo.  Sin el campo su club no podría haber hecho una borocotización general de la política y él en lugar de mandar fruta tendría que estar laburando.

El default y después

El endeudameiento público llegó en el año 1999 a niveles de escándalo. Alcanzaba los u$s 144.657 millones y representaba más del 52% del PBI. Después llegaron nuestros salvadores a ponerle fin a toda esa infamia, Adolfo Rodriguez Saa cantó “default”, Duhalde declaró “el que depositó dólares recibirá dólares” sin aclarar que se refería a los que hubieran hecho depósitos en dólares pero fuera del país. “Andá a cobrarle a tu hermana buitre” le dijimos a los panaderos de New York y los torneros de Turín. El genio de Lavagna, el opositor oficialista, puso sonrisita pícara y declaró todo lo que nos ahorramos. Quedamos como el tuje con todo el mundo pero somos re piolas.

El líder de la juventud maravillosa y estúpidos que gritaban, el ex presidente don Néstor Kirchner declaraba por cuanta reunión de chupamedias en la Casa Rosada se organizara que gracias a su sagacidad y después de una quita del 70% el país se había ahorrado 70 mil millones de dólares.

Le pagamos el FMI en efeté ¿recuerdan? Para que no nos miren más las cuentas porque somos bolivarianos y no nos gusta que nos presten y después nos quieran cobrar.

Antes los cuentos de hadas terminaban bien, pero eran parte de la política de expansión cultural norteamericana. Más afrancesados ahora terminan en una catástrofe. Después de todo esto, la deuda pública alcanzó a fines del 2007 la cantidad de u$s 144.728, lo que representa el 56,1% del PBI, habiéndose incrementado en el último año en u$s 8003 millones. Esto sin considerar el default actual fabricado por el amigo Moreno al tocar el índice de precios al consumidor de manera permanente y en medio de los festejos diarios por el superavit fiscal.

Hagamos otro default gigante porque es evidente que de nuevo el mundo nos está explotando. Bush para ser más exactos, porque los negocios de deuda con Chávez son tan culpa de él como las valijas bolivarianas.  Y a no alarmarse que el asunto no es tapa de ningún diario.

Con macumba económica habrá festejos en la famlia K

Hoy es el día en el que se abusará de la palabra “nosotros” para aludir al hecho santificado por la religión kirchnerista de la “argentinización” del 14% de YPF. Situación que en realidad se está blanqueando porque Eskenazy toma las decisiones en la petrolera desde hace tiempo.

El significado para “los argentinos” de la operación es nulo. Pase de manos y salida de divisas. Una des-inversión extranjera parcial. Ahí estarán los pozos, las máquinas, el personal, la organización y el know how. Nada cambia, salvo el hecho de que mientras el negocio petrolero arde, en la Argentina los principales operadores se retiran por circunstancias políticas creadas por el gobierno de la que resultan beneficiarios un grupo de empresarios amigos que cualquier opción política alternativa haría bien en agendar que deberá investigar de arriba a abajo y, si es necesario, apoyar la devolución a sus dueños a los precios que hubieran recibido. De eso ya debería empezar a hablar la oposición, de lo contrario extorsionar, apretar con controles de precios y regulaciones para desvalorizar empresas y quedarse con ellas el poder político a un precio vil (se está vendiendo a un precio levemente inferior al de 1999 cuando el precio del barril de petroleo rondaba los 10 dólares) va a empezar a formar parte de nuestra incultura.

La kirchnerización de YPF es un tanto distinta al ideal socialista que dice esta muchachada sostener. Antes la cháchara nacionalista se utilizaba para estatizar estos negocios en nombre de estrategias para no se sabía bien cual guerra. La gente compraba la idea igual, siempre es importante tener combustible para luchar contra cualquier malo y parece que comprarselo al dueño no es suficiente. El nacionalismo económico no se enteró nunca de que existe el comercio.

De cualquier modo la nueva versión que reemplaza al estatismo por el amiguismo es más sincera. YPF y todas las empresas públicas eran cotos de caza de sindicalistas y políticos, por eso las recuerdan con tanto cariño. Para qué andar disfrazando todo de público.

El juez de las utilidades

El lunes inaugura su mandato la señora en medio de la guerra contra la leche y ahí está su justificador don Alberto diciendo cuantas utilidades tiene que tener un tambero.

Desisto por hoy de enseñarle que el no es quién para mirarle las utilidades a nadie y también de preguntarle por las utilidades de él. Pero es bueno recordarle a don chief of gabinet que el que está pasado de utilidades es el sector público aunque haya muchos que consideren eso una buena noticia. Y esas cuentas son públicas mientras que las del tambero son privadas y le incumben sólo a él.

Otra cosa que podría hacer si es tan comunista, es serlo con los amigos también y en lugar de enriquecerlos contarles las costillas.

Que no se contradiga con sus jefes que han dicho cuando les convenía que las empresas debían ganar plata (que generosos) porque la contradicción es su función.

Comentarios anteriores de éste post acá (no los pude importar)

Tigre del sur Americano

La política del super dólar se suponía que imitaba el modelo de los Tigres Asiáticos. Pero claro, ninguna copia es perfecta, entonces mientras en aquella zona de Asia no tienen otros sectores comparativamente ventajosos como nosotros, desarrollaron la industria.

En cambio nosotros desarrollamos a los industriales amigos del gobierno y el superdolar tiene por fin agrandar a otro gigante que es el estado. El nuestro es un tigre, digamos, con mesa de entradas.