La estafa de “pagarán los que más tienen”, ahora en boca de Sergio Massa

La estafa de “pagarán los que más tienen”, ahora en boca de Sergio Massa

¿Cuando van a dejar de estafar a la gente en problemas los mediocres políticos argentinos con la frase “que paguen los que más tienen”? Los que tienen capital son los que tienen que invertir y demandar trabajo, es decir pagar sueldos. Ambas cosas, la inversión y los salarios, se pagan CON LO QUE NO SE PAGA DE IMPUESTOS, con lo que no se lleva el estado.

Estoy escuchando a Sergio Massa, que acaba de cerrar la enésima alianza estatista y demagógica del sistema político argentino con Stolbizer, venir con esta cantinela pobrista defraudatoria, con la que quiere vender mediante resentimiento su programa fiscalista, recaudatorio, empobrecedor y expansivo del estado; autoritarismo y fracaso.

El pobrismo es a los pobres lo que la esclavitud a los esclavos. El pobrismo falsifica la realidad y crea un dilema donde no lo hay: entre los que tienen recursos y los que quieren trabajar, que son aliados naturales, sobre todo contra el estado que consume los esfuerzos de ambos. La pobreza es la profecía autocumplida del pobrismo. Esta política sin cerebro que va una y otra vez a lo mismo, con su visión de que si no hubiera un acto político, un acto de autoridad de gente que se ha dedicado a vagar en comités, la producción y los salarios no existirían.

Pero ellos no inventan ninguno. No hay demagogos peronistas en el sector privado (de verdad privado). Ninguno de ellos hace empresas peronsitas, si por empresas peronistas entendemos generosas, regalonas y voluntaristas, que demuestren las maravillas del espíritu demagógico con el que conducen la autoridad, es decir la generosidad con los recursos que obtienen por la fuerza. Claro, si entendemos por empresa peronista a lo que realmente son, tengo que admitir que está lleno. Ahí están Hotesur, Austral Construcciones y Electroingeniería, como el negocio de la gente sensible con lo ajeno, verdadero yunque al cuello de los más pobres.

Más Malena y menos Massa

Estoy lejos de creer que sea una solución decirle a cada pedazo de forro que lo es, ese no es mi punto. Pero la Argentina luego de una década oscura de autocensura necesita tanto un destape como lo necesitó España después de Franco y como nosotros no llegamos a hacer de verdad después de sucesivas experiencias autoritarias. Apenas los hemos simulado con patotas culturales y la televisión “transgresora” alquilable. Al contrario de una explosión, la Argentina a través de sus voceros y pésimos líderes parece estar siempre preparada para la vuelta de las botas, pero no las del uniforme verde oliva, sino de cualquier tipo. Entonces el valor es hacer como que en realidad no ha pasado nada tan grave y quienes estuvieron advirtiendo horribles crímenes cometidos ante los ojos de todos están un poco locos de verdad, porque si no esa generalidad de los bienpensantes quedarían expuestos en sus miserias.

Me podrán decir que con los militares fue la única excepción. Error, esta etapa también está teñida de mantos de autocensura, por eso los uniformados son chivos expiatorios de todas las porquerías de una década venerada por cobardía.

En la Argentina por las dudas, como medida preventiva, nunca hay que señalar a ningún pedazo de forro por la sencilla razón de que no se está seguro en ninguna posición destacada de no tener de manera más o menos inmediata la necesidad de hacer de descerebrado ante nuevas verdades obligatorias. Complicidad, como diría Ayn Rand, es lo que hay en la manía de apagar los juicios. Es una complicidad preventiva, de gente que sabe que no tiene la libertad de establecer parámetros objetivos de conducta en base a los cuales medir lo que pasa, porque no se cree ni que se los pueda cumplir, ni mucho menos que sea conveniente. Se sabe que no se vive sino de incorporarse a algún sistema relatado de intereses. Verdad no, dosis elegidas de develaciones hasta ahí.

Si querés le llamamos oportunismo. Eso y no buena educación es lo que hay detrás de los que no quieren ver ningún pedazo de forro por más que tengan uno enfrente del tamaño del obelisco.

Todos entendemos lo que es una campaña electoral. Ahí hay que cuidarse y administrar lo que se dice para no ahuyentar a algunos de los nichos de votantes que se quieren conquistar. Es más que comprensible, pero atrás de la represión a los denunciantes (¿y denunciantas?) de los preservativos fraccionados, para no insistir con la procacidad, no hay marketing electoral. Está la consciencia de que en la misma mesa están los que han hecho de condones hasta la semana pasada y en los comentarios en los medios ni hablar, ahí directamente hay montañas de cinturones de castidad. Con todos ellos habrá que hacer la próxima ronda tomados de la mano para la nueva etapa de negación.

El insulto no es un argumento. El problema para un suizo es que al usarlo se evita explicar que es lo importante. Pero no estoy reivindicando el rapto de Malena Massa como forma de discusión, sino como destape, como liberación de todo lo que este país se ha callado frente a la exhibición inmunda y sin límite que ha sido esta década miserable que nos ha dejado como país en un estado catatónico moral tal, que se vuelve a valorar a los que minimizan esta experiencia y eso nos hace otra vez vulnerables a una gran estafa. Lo que digo por lo tanto es que lo necesitamos como terapéutica, no como recurso literario o analítico.

De otro modo volvemos al círculo. Del reviente a la tibieza como si fuera un valor y de nuevo al reviente pero ya como principio. Sin que nadie conteste con claridad a nadie. Sin que los montoneros sean montoneros y con mucho de que los delirantes armados nos enseñen que lindas son sus convicciones y cómo sus víctimas ni existen.

Son muchas décadas de esconder, de simular, de venerar el inicio de todas las oleadas de destrucción y de tímidas formas de tangentes para no entrar en  conflicto con los sectores más agresivos de la sociedad. Vamos, nadie cree que Carlotto y Bonafini sean unas heroínas. Son una excusa para no hablar de la violencia revolucionaria y concentrarse en una forma forzada de compadecerla.

La prioridad por lo tanto es hacer ídolos de los que son capaces de debilitar a los malos que nos están cansando sin levantar ninguna razón moral que eche demasiada luz sobre lo que son, para que no se vean los rincones oscuros del chiquero en el que comen todos los chanchos.

Desde la marginalidad en la que viven los que dicen la verdad, con sus múltiples puntos de vista, los que no se suben a ninguna nube de pedo (poquitos, muy poquitos), como la que ya se está armando alrededor del marido de Malena, no se logra por ahora perforar nada. Porque todavía no hay grietas, al contrario de lo que piensa Lanata. Se necesita una grande de una vez. Los sistemas inmediatos se van suplantando, pero el gran sistema permanece intacto. A lo mejor se necesitan más insultos, menos ganas de comprenderlos, más estómago. Y si ni eso da resultado al menos nos pondrá de buen humor para tomar una cerveza mientras vemos la misma película de siempre.

Tenemos un problema

Tenemos un problema. Parece que lo único que da vergüenza en la Argentina es no ser kirchnerista. Así de enorme es ese problema.

Hasta ahora teníamos una facción agresora que se adueña de todos los recursos y de todas las instituciones descalificando y deslegitimando a quienes están afuera. Su contraparte era el amplio espectro del partido de la buena onda, que abarca a distintas etiquetas (PRO, Radicalismo, FAP, etc). Unidos por cosas como “el futuro”, “la gestión”, “el rol del estado” y “el reparto de la riqueza”.

¿Estaban en contra de la agresión oficial? No, para nada, ellos no están llenos de odio. Todo lógico, si te quejás de estar a disposición de los caprichos del poder ¿qué es lo que te pasa? Tenés odio, casi que deberían internarte. Por suerte estaba toda esa gente sana que no era como vos, un obsesivo anti K.

El oficialismo también criaba algunos especímenes del partido de la buena onda. El gobernador Scioli se ha caracterizado por recibir con sonrisas y gestos de sometimiento cada una de las operaciones para destruirlo. Como si un gobernador fuera una especie de cristo, nos estuvo convenciendo de que su obediencia era una especie de sacrificio por los habitantes de la provincia de Buenos Aires ¿Se estaba agachando? ¡No! Era un acto heróico.

Tenemos la suerte de que el kirchnerismo está en pleno suicidio. Es tal la falta de límites que ha encontrado la locura que saltar al precipicio es la  única audacia que les queda por exhibir. Es entonces que el propio gobierno crea una oposición entre los que no eran opositores, dado que entre estos nadie quería el lugar de contrincante salvo cuando recibían algún golpe ellos mismos. Nunca en defensa de la gente. Eso los hubiera mostrado con odio, que como hemos visto es el problema principal que tenemos: los malos sentimientos y no la causa evidente de ellos.

Así llega al escenario don Sergio Massa con el partido que está a favor pero no es oficialista y está en contra pero no es opositor. Que está en el medio entre la facción agresora y los que no son anti; es decir en el medio entre el gobierno y el medio.

Ya aclararon que no quieren ser tan extremistas como De Narváez.

Afuera del país se preguntarán sobre el fanatismo anti K del “colorado”. Les aclaramos, no se trata de un líder guerrillero trosko, no pone bombas, ni siquiera pide la renuncia de la presidente. Tampoco está en contra de las estatizaciones, ni del intervencionismo económico. Es decir no es un loco neoliberal que cree como la Constitución que la guita de la gente es de la gente y no de Moreno. Es nada más que un aliado del gurú de la buena onda Daniel Scioli. Lo que pasa es que dijo en un aviso algo muy pero muy fuerte. Es más, no se si repetirlo, me da miedo que la CIA que espía todo lo que hacemos pida mi extradición. Pero en fin, voy a repetir las expresiones extremistas de De Narváez: dijo “ella o vos”.  Si, perdonen por la crudeza. Cuando Massa vio ese aviso se tuvo que ir un fin de semana a un SPA.

Impresionante de fuerte ¿no? Felipe Solá no quiere ser tan extremista. El inclusive tuvo una epifanía oficialista al otro día de las elecciones del 2011. Se le pasó un poco ya. Por eso nos cuenta el exitosísimo ex gobernador de la Provincia de Buenos Aires que Massa rechazó al terrorista pelirrojo cuando quiso entrar a su lista.

Lo que complica nuestra geometría es que el aliado del terrorista, Scioli, ya aclaró que él (que no estaba en el medio antes, lugar del partido oficial de la buena onda), tampoco está en el medio entre los del medio y el oficialismo (lugar de Massa), sino en el medio entre los que están en el medio entre los del medio y el oficialismo.

Ahora aguardamos a los que se colocarán en el medio entre Scioli y el kirchnerismo, unos más moderados todavía, cuya descripción requerirá una larguísima oración.

Entonces cuando uno repasa todo esto y recorre los análisis de los bienpensantes, que siempre hacen gala de estar en el medio de todo y de mostrarse impasibles ante cualquier horror o se entera de que todas estas posturas son consecuencia, se supone, del cálculo científico de los consejeros políticos que cobran fortunas, la conclusión es obvia. Este país se ha vuelto completamente pelotudo.