JBT, Episodio 19 BREXIT, Mercado y Nacionalismo

José Benegas Talks. Episodio 19. Invitado: Nicolás Cachanosky desde Denver, Colorado. Gran Bretaña votó por el Brexit, sorprendiendo a propios y extraños y el debate comenzó, también en el sector liberal. ¿Es esto un avance de la libertad o un retroceso? ¿Es una ruptura nacionalista o liberal? ¿Habrá mayor o menor libertad de comercio? ¿Qué papel juega la xenofobia? Tratamos todos estos interrogantes.

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juan bautista alberdi

Ministerio de la ciencia y tecnología que se puede comprar Magoya

Así como la Argentina tiene un ministerio de “bienestar social” y por eso tiene bienestar social, o de economía y por eso jamás tiene una crisis, otro de producción y por eso nuestra productividad es increíble, ahora la señora que lo piensa todo ha decidido que seamos un país científico y tecnológico ¿Cómo? Obvio, creando un ministerio de tales asuntos.

En el interín, para adquirir cosas como esta, o esta, esta otra o también esta, tenemos que poner unos cuantos morlacos de aranceles y sólo podemos recurrir a los importadores autorizados. Eso si tenemos la suerte de que decidan importar los artículos en cuestión. También pesan sobre nosotros prohibiciones de ofrecernos avances de los que se disfrutan en otros lugares y ni hablar del impedimento de importar artículos de computación usados.

Entonces tenemos por un lado un nuevo ministerio de la ciencia la tecnología, por el otro un corralito tecnológico constituido por el dólar supera alto y los aranceles super altos que crea una enorme brecha entre los salarios internos y los precios externos. Conclusión, el ministerio en cuestión van a poder aprovecharlo unos muy poquitos mientras seguimos en el eterno juego de la puñeta burocrática. Más o menos como dar clases de sexología en un monasterio.

Les pido si me pueden ayudar con los links respectivos para mostrarle a la señora la cantidad de cosas a las que no tenemos acceso gracias al productivismo nacional (dicho sea de paso la industria de la computación que se está protegiendo ni siquiera existe).

Lo de la industria textil y del calzado tiene un solo nombre: curro.

El palaberío nacionalista detrás de la costumbre de pedir al gobierno que los proteja de las decisiones de los consumidores es un clásico. La felicidad industrial con un gobierno que les asegura un mercado cautivo para un sector tan ineficiente que con costos de hiper devaluación producen a precios norteamericanos es tan evidente que convertir eso en una nota es bastante ridículo.

Todos los vicios de la economía argentina se convirtieron con el kirchnerismo en el comportamiento normal y esperado y lo que hace todo el mundo es intentar estar cerca del que los enriquece. Es a esto a lo que habría que ofrecer una alternativa. Si fuera posible enriquecerse así eternamente no haría falta, pero como es el camino más seguro para que todo se agote como la energía el colapso es el final seguro y de lo que se trata es de afanar lo más posible antes de que llegue. El problema de que el kirchnerismo sea vencido por si mismo es que lo que vendrá después será decidido por el azar o el grado de organización de las distintas bandas que rodean al estado. Es decir unos bandoleros reemplazaran a otros siempre explicando que el problema fueron los anteriores. Creer que el caos espera a las elecciones es desconocer nuestra historia.

Volvamos a los textiles. Más claros que ellos fueron los fabricantes de velas.

Historia de una fallida invasión a España

Es difícil ubicar esta historia en el marco teórico de algún tipo de pensamiento político o económico. Supongo que lo más sencillo es situarla como una derivación de las ideas proteccionistas que hay detrás de todo entusiasmo aduanero por llamarlo de alguna forma. De ahí el título que en breve se entenderá del todo.

Desde chico me enseñaron en el colegio (nunca lo aprendí) que la cultura del país debía ser sostenida por el Estado para su supervivencia respecto de la “invasión” de productos culturales foráneos (la palabra deja claro que se trata de algo feo). Había en esa época mucha preocupación por el ingreso de música norteamericana e inglesa. Tanto que una de las inteligentes acciones que tomó Galtieri como represalia contra Gran Bretaña en 1982 fue imponer el rock nacional en las radios y suspender el cine de ese origen en la televisión. A propósito, nunca me enteré quién era el asesino en una película de suspenso (la típica en la que la mujer de un señor desaparece en un pueblito perdido en la ruta y cuando pregunta por ella le dicen que nadie la vio nunca y que él llegó solo al lugar) porque por la mitad la cortaron en ATC por los reclamos del público ante semejante cabecera de playa.

Lo cierto es que, como dije entre paréntesis, nunca aprendí esas lecciones y entre otras consecuencias fui expulsado cual infiel entre los talibanes cuando dije que la existencia misma de una secretaría de cultura tenía raigambre totalitaria en una mesa de evaluación de una de las etapas de la beca de la Fundación Río de la Plata. No se si sigue existiendo, en esa época te llevaban a Estados Unidos a reunirte con gente del gobierno. Tenía unos veinte años y pensaba entonces que la verdad nos hacía libres y sin duda sería premiado por mi honestidad. Después tuve oportunidad de ir perdiendo otras becas y enterarme mejor de cómo venía la mano.

Así es que mi dificultosa carrera para aprender estas cosas de la militancia político-cultural me sorprenden en los años 2000 con la tentación de dedicarme a pintar. Y después de pintar bastante para mi mismo, se me ocurrió que podía vender. Con los avances de las comunicaciones e Internet se me ocurrió inclusive vender hacia el exterior (eso que en los manuales de economía se llama “exportar” como si tuviera una naturaleza económica distinta, y no solo una categoría política distinta, que la de vender adentro de las fronteras). Si me vieran mis antiguos profesores estarían más que felices de ver mi intento de colonizar culturalmente otras tierras. Supuse que podrían ver que en caso de mandar muchos cuadros a Estados Unidos podríamos sustituir al propio Bush por algún peronista. Ya ni haría falta la beca de la Fundación Río de la Plata para hacer mi periplo político por ahí.

Me decidí y abrí mi galería virtual en un sitio español muy exitoso en el que los artistas colocan sus creaciones para venderlas. El sitio se llama Artelista.com y mi galería virtual josebenegas.artelista.com

Para mi sorpresa me empezaron a llegar buenos comentarios. A las dos semanas ya tenía un español interesado en una de mis obras que se llama Año Nuevo. Me preguntó sobre los costos de envío a España y le prometí averiguarlos pensando otra vez ser el protagonista de un movimiento de conquista cultural, en este caso de la madre patria.

En una conocida agencia de correos norteamericana me cotizaron el envío en ochenta y tantos dólares. Flor de cifra teniendo en cuenta que es casi el diez por ciento de lo que costaría enviar al propio pintor ida y vuelta. Pero en fin, todo sea por los sueños expansionistas de la Argentina. No era el único costo por desgracia. Me dijo el señor que me atendía que se trataba de una exportación (claro, no lo había pensado, eso dicen los manuales de economía) en consecuencia debía contratar a un despachante de aduana. No entendí del todo esta correlación lógica y le dije que si bien se trataba de una exportación me parecía extraño que tuviera que contratar a un señor para mandar un cuadro mío a un particular en España. Alguien debía decirme cuanto quería el Estado sacarme para permitirme comerciar como dice la Constitución que tenía derecho de hacer sin pagar nada (me arrepentí un poco de usar la palabra comerciar tratándose de arte porque también me enseñaron que eso no es de buen gusto). Además cité a mi profesor de economía de primer año de la facultad y le dije que exportar era bueno, lo malo era importar, por lo tanto debían darme beneficios por hacerlo en lugar de ponerme trabas. Al señor que me atendió no le importaron mis razones. Se ve que no sabía nada de economía y como trabajaba en una empresa norteamericana no simpatizaba con mi tentativa de conquistar culturalmente a España. Un argentino lo entenderá mejor, me dispuse a contactar a un verdadero despachante de aduana nacional (y popular hubiera sido ideal, pero no conocía a ninguno).

Lo primero que me preguntó el despachante fue si era exportador. Le respondí que intentaba serlo y creía que el hecho de exportar me convertiría en exportador. Muy ingenuo lo mío creer que uno es algo de acuerdo al diccionario de la Real Academia Española. En la Argentina ser exportador no depende de exportar sino de figurar en el registro de exportadores. Ese mismo que se inauguró el año pasado para que no se nos escapen los novillos argentinos. ¿Pero eso no fue hecho para estorbar a los productores de carne para que se vean obligados a vender en el mercado interno? Si, me dijo, pero usted para mandar su cuadro también tiene que ser exportador y acá el que dice quién es exportador es el Estado. Está bien le dije, voy a hacerle caso a mis enseñanzas que decían que el Estado tenía que estar presente y no ausente (el que yo conozco en realidad llega siempre tarde),dígame cuanto cuesta inscribirme en el registro. Me preguntó mi categoría impositiva y cuando le dije que era monotributista me respondió con un rotundo “no”. ¿No qué?: “No puede señor, los monotributistas no pueden ser exportadores”. Pero señor, voy a exportar sólo un cuadro que pinté en el verano, no voy a cambiar de categoría impositiva para hacerlo como se imaginará. Lo lamento, entonces no puedo ayudarlo. ¿Y si en lugar de “exportarlo” que supone un ánimo de lucro, lo quiero regalar? Lo mismo da.

Ya a esa altura mis sueños de conquista estaban bastante debilitados. Nada más que los honorarios del señor que me obligan a contratar sumaba otros cien dólares al costo de la campaña. Pero no era todo. Me informó que para ser parte del registro de exportadores, de acuerdo a una nueva “normativa” (palabra mortal para los oídos de un artista) tenía que presentar un aval y que si el aval no era suficiente no me anotaban. ¿Aval de qué obligación? (el abogado que uno tiene adentro salta en los momentos menos oportunos). De su obligación fiscal me dijo. De nuevo me tomé un rato para explicarle lo que decía mi profe de economía de primer año de la facultad y lo que me había costado aprobar la materia por no entenderlo. Le dije que teníamos un gobierno productivista que mantenía un dolar super alto para que exportáramos y que debía haber un error. ¿No sabía acaso lo que había pasado con el Pato Donald en la década del 60 (ahora resignificado) cuando nos trataron de convertir en yankies mandandonos ese caballo de Troya cultural? No le importó nada al despachante. Menos por supuesto cuando le hablé de la libertad de comercio (dejando saltar al indio) y de que nos habíamos liberado de España por mucho menos que estos impedimentos. Imperturbable siguió hablando de requisitos. Antes tendrá que hacer tasar su obra por el Banco Nación (apuesto a que no lo hace gratis). Si el Banco Nación llegara a decir que su pintura cuesta veinte mil dólares, usted deberá pagar un impuesto por esa cifra. ¡Señor usted trabaja para la secretaría de cultura española y está tratando de detener mi conquista! Para mi asombro faltaba algo más: Tenía que intervenir la secretaría de cultura (oh las vueltas de la vida, mi desprecio se me había vuelto en contra después de tantos años) quien podía determinar que mi obra era parte del patrimonio cultural argentino (es decir, no era de mi patrimonio) y en consecuencia debía quedarse acá, junto con los bifes de chorizo.

Así fue que “Año Nuevo” se quedó en casa y lo que pudo ser el inicio de un largo pero seguro camino hacia la conquista de España quedó perdido entre las políticas proteccionistas (o anti proteccionstas no entiendo muy bien) de nuestro lindo y justo país. Y yo sin saber si tengo que ser proteccionista, mercantilista, librecambista, capitalista. ¿Dónde cornos van a considerarme un buen ciudadano bendecido por el Estado?

Año Nuevo