El infame proyecto de prohibir despidos.

El infame proyecto de prohibir despidos.

Los legisladores massistas lanzaron su propuesta de prohibir los despidos más que por ignorantes, por oportunistas. Reaccionan con temor a la irrupción de la señora Kirchner que hizo de su indagatoria un acto triunfal. Se lanzó el concurso quién es más demagogo e imbécil y no quisieron perder su lugar en la competencia. No es que la señora sea muy habilidosa, sino que conoce el nivel en el que se mueve. Aún en su condición de investigada nadie la ubica en su gusto airado y prepotente. Entonces los seguidores del ex jefe de gabinete K se sienten que deben sobreactuar espíritu místico laboralista, lo que hace a su iniciativa más deleznable. Sin embargo hay que tomarse el trabajo de aclarar cosas que en ningún país sería necesario.

Ese es el principal problema que tiene la Argentina, lo demás se soluciona. Hay un núcleo buenista que se alimenta de todo trazo grueso posible dentro del espectro de lo que se define como izquierda, sin preocupación alguna por la corrección de la idea o las consecuencias que puedan tener sobre aquellos a los que se supone.que beneficia. Si alguien lanza la consigna de que el pochoclo debe ser gratis en el cine, todos se suman y le agregan la bebida y descuentos en la entrada. Es un concurso para infradotados, hecho en general por universitarios recibidos. Lo importante es decirle una y otra vez si a la dádiva, a la victimización de alguien que bese sus manos, a costa del que trabaja y arriesga, actividades que desprecian y con la que solo se relacionan como parásitos. Mienten con descaro la capacidad mágica del reglamento, la prohibición, al señalamiento del lucro que permite robarlo.

Es necesario aclarar esto primero porque el argentino, sobre todo el que opina e influye, está interesado nada más en cómo se ve él. La izquierda ha sido muy eficiente en gritar “nosotros somos buenos” y “el que no quiere usar la fuerza por causas buenas, es malo”; en proveer un mix mafioso en el que hay que optar por ser “escrachado” o bendecido. No hace falta demostrarles que la prohibición de despidos es un acto suicida para la economía y para los que viven de vender (si, vender) su trabajo, porque no les importa. Lo que se necesita es demostrarles que no son buenos, sino oportunistas y perversos, pero además que su público se da cuenta, sino tampoco se les moverá un pelo.

Así son los legisladores massistas detrás de ese engendro.

Hecha esta aclaración podemos pasar a la cuestión, empezando por sus supuestos falsos. Estos son en primer lugar que la relación empleado empleador es de vasallaje, como una continuación de las instituciones de la edad media. El marxismo hace ese link con la teoría de la explotación y la idea de la lucha de clases. Basado en la lógica hegeliana del avance social a partir de la tesis, antítesis y síntesis, Marx cree haber encontrado en la sociedad la confirmación de ese esquema para confirmar su resentimiento. A través de un juego de colectivos llamados clases, que dividen a la sociedad según sus riquezas, en el que estos grupos luchan por quedarse con los beneficios. Los pobres son los débiles, los ricos son los fuertes y entre ellos hay una lucha permanente que gracias a que los marxistas llegaron al mundo se va a resolver.

Esta mitología es relativamente nueva, sin embargo la retórica marxista es omnipresente en la cultura actual, todos los análisis parten de que esa lucha existe, lo que induce a pensar que es necesario alguien que tercie, que intervenga para parar a los fuertes y proteger a los débiles. Pero ¿qué pasaría si esto no fuera así? No sólo los marxistas perderían utilidad, sino también toda la legislación laboral y la burocracia dedicada a aplicarla.

El hecho es que efectivamente esto no es así. En primer lugar no existen unos recursos cuya repartija se dirima en una lucha entre clases. Los bienes deben producirse. No está la cosecha de la próxima temporada que hará que comamos. Alguien debe descubrir qué se necesita, arriesgar recursos para producirlo y esperar que la gente al consumir le de un lugar entre sus prioridades. Porque no se trata solo de hacer algo útil, sino algo más útil que sus alternativas. Si el que realiza esa operación está acertado en sus pronósticos, entonces se justificará pagar sueldos a sus empleados y comprar insumos a sus proveedores. No hay política de grupos, la calificación por ingresos es externa, la gente no se coordina a partir de esas característica sino que se coordina con gente extraña de cualquier nivel de vida. En una sociedad hay gente más alta y más baja, pero agruparla para afirmar que se comportan de acuerdo a esa pertenencia o que hay una lucha entre los grupos formados por el calificador, requiere de una cierta ceguera. En el caso de la lucha de clases, esta es provista por la envidia.

Es importante señalar que Marx era marxista antes de elaborar su teoría de la explotación. Entre la lógica hegeliana, don Charles encontró un cauce para su resentimiento, sobre la errónea idea de Adam Smith de que las cosas valen según el trabajo que se invierte en ellas. Como si el empresario fuera un rentista, no un actor de riesgo, que se dedica a tomar algo que ya tiene valor por sí mismo, mi trabajo, le adosa la “plusvalía” y así obtiene el precio. El empresario en la visión marxista vive de arriba.

Si Marx hubiera tenido razón, y también Smith en ese punto, los sindicatos serían las empresas más exitosas o las cooperativas que tanto gustan a los socialistas y que en general fracasan. Tendrían la ventaja de no tener que mantener al empresario parásito y sus productos serían más baratos. Sin embargo no se imponen porque profesan un sistema de creencias equivocado, una explicación de cómo funcionan las cosas que están mal. El empresario es el más importante justo porque el valor es anterior al trabajo que se usa para conseguirlo y él es quién se juega en arriesgar para conseguirlo en primer lugar. El empresario le da valor al trabajo, no el trabajo al empresario. No hay lucha, hay necesidad y utilidad mutua.

Enseguida que uno dice estas cosas se interpreta que lo que se propone es un juego de “buenos y malos” alternativo o de sentido opuesto: los empresarios son buenos y los empleados malos. Salgamos de esa visión infantil, de lo que se trata es de discutir que el empleado esté bajo peligro porque existe el empleador, cuando es lo primero que necesita. Está en peligro porque un nivel cada vez más alto de parásitos lo quieren separar, bajo el pretexto de protegerlo, de su “cliente”. Una persona sin capacidad de descubrir valor, de tomar riesgo y de organizarse para una empresa exitosa, necesita antes que nada que existan unos que si lo pueden hacer, que estarán dispuestos a pagarle. No hay explotación, hay negocio. La misma relación que existe entre un comerciante y sus clientes. Hay una necesidad de complacerlos. El empresario ofrece en el mercado ingresos sin riesgos para obtener los suyos con riesgo. El explotador verdadero es el marxista, consciente o no de que lo es, todo el que hace laboralismo de las relaciones de empleo, es decir el que sostiene la lucha de clases, aquél que trabaja de enfrentar a estas dos partes de un negocio y decirles a los que tienen mayor número que los necesitan a ellos porque quienes aportan el capital, que son menos, los están perjudicando. Dividen para reinar en el centro productor de recursos.

Todos los parásitos esparcen la visión trágica según la cual el empleado es una víctima que no puede lograr nada sin legislación. Todo el aparato nefasto laboral llamado “justicia”, está inyectado con estos dogmas e invariablemente razonan y disponen en un sentido victimizante del asalariado.

Toda relación, sea entre extraños o entre quienes están unidos afectivamente, genera roces y conflictos. Eso no quiere decir ni remotamente enemistad. La hay entre clientes y proveedores en general, aunque se necesitan y colaboran y encuentran las formas de zanjar sus diferencias. Las hay entre amigos y familiares. Cuanto más contacto más conflictos, más posibilidades de malas interpretaciones. El problema con la relación empleado/empleador es que es explotable por la política. De un lado hay plata y del otro número. Es cuestión de excitar al número contra los que tienen plata, para que los parásitos se vean justificados en llevarse su plata. Esos son los “buenos” de este cuento, aquellos que enarbolan las banderas de la maledicencia bajo el esquema culturalmente aceptado, pero falso, de la lucha de clases. Tan falso como sería afirmar que hay guerra entre padres e hijos, porque esa relación es siempre conflictiva, convirtiendo en problema lo que es nada más consecuencia del beneficio que se brindan unos y otros.

Primera gran cuestión entonces. No solo el empleador no es el enemigo del empleado, sino que sólo a él se le puede atribuir la existencia del empleo y del salario, cualquiera sea el nivel que tenga. La suba del salario se deberá a sus aciertos o al de otros empresarios que descubran que les conviene pagar más para quedarse con unos empleados que le permitirán aumentar sus ingresos en actividades más rentables.

La segunda cuestión es una derivación de la primera. El enriquecimiento del empresario es un espejo que refleja el valor que han recibido sus consumidores, implica la tranquilidad de la continuidad del proyecto y es una oportunidad de que sea el mismo que ya acertó el que lleve a cabo otras aventuras, agrande las que están en curso o preste el dinero a otros tomadores de riesgo a través de activos financieros. En todo ese proceso difícil en el que muchos quedan en el camino, los legisladores no cumplen ningún rol, no suman un ladrillo ni aportan una idea. Se limitan a subirse a su papel de pequeños torquemadas del lucro. En una sociedad donde el lucro es parasitado y mal visto, el empobrecimiento general es la regla. Mal que encima les permitirá inyectar más resentimiento.

El que toma el riesgo necesita tener libertad para contratar y para no contratar. Cuando se anuncia que un país prohíbe los despidos, ya nadie querrá arriesgar su capital en él. Se puede conseguir que los hoy empleados sigan adosados a un empresario al que tal vez se haga fracasar sólo por eso, como se puede conseguir asaltando un banco un botín. Lo que se hace imposible es que aquellos que actuaban a riesgo, los sigan tomando o que se incorporen otros y, como ya vimos, toda la economía depende de ellos.

El argumento de la solución de emergencia es brutalmente estúpido. El despido es la emergencia interpretada por aquél que se necesita que siga arriesgando y cuya libertad y el nivel de respeto que se le tiene, es mirado por otros. La prohibición de despidos impide la solución de emergencia. Tomar medidas contra el empresario cuando necesita despedir es como combatir el fuego con nafta. Lo que todos los demás potenciales aventureros ven es que aquellos que se ven en dificultades son puestos a la parrilla.

La economía es un flujo que depende de la voluntad, disposición, ambiciones, riesgos, éxitos y fracasos de quienes participan. No es un stock del que servirse. Por eso la emergencia nunca se debe tratar pensando que la economía es un almacén y que ahora que estamos en problemas podemos usar las reservas para atender necesidades. Este proceder es un tiro directo en la línea de flotación.

La economía es también una sucesión de fracasos y éxitos. Más de los primeros incluso, porque el juego de ensayo y error es más importante que la sabiduría. La emergencia debe ser tratada de modo tal que el reciclaje de recursos, incluso humanos, sea lo más rápido posible. Eso depende de las seguridades en sus derechos que se le otorguen a los que corren riesgos. Políticas como las de los massistas hacen más daño a la economía en general que a los propios empresarios alcanzados por la prohibición. Pero ellos en su irresponsabilidad jamás analizarán los empleos que no se creen como consecuencia de sus acciones.

El otro supuesto bien arraigado por la corrupción educativa del país, es que hay algo que el estado, el autoritarismo o cualquier poder ilimitado pueden alcanzar que es la victoria sobre el riesgo y el fin de las penurias. Esa estrategia autoritaria que tanto atrae y que explica en gran medida las relaciones de sumisión y maltrato, parte de la base de que un mandamás, alguien decidido y si es necesario malo, es capaz de vencer las angustias de la vida como el elixir de la eterna juventud puede evitar la muerte. Todo es cuestión de encontrarlo y dejarle hacer todo, prohibir lo malo, hacer obligatorio lo bueno. En la autoridad está la respuesta a cualquier cosa, porque lo que nos hace mal es que los demás sean libres, en lugar de estar al servicio de nuestros temores. Este es el camino seguro al fracaso y al padecimiento de la arbitrariedad sin solucionar nada, la consecuencia merecida de la maldad que implica. El que sólo sabe responder con la fuerza, es porque no tiene ninguna capacidad creativa o productiva. Lo mismo cabe para quienes exponen una moralina que invita al autoritarismo bienhechor, como el papa Francisco. Inútiles incapaces de generar un sueldo de 100 que viven auditando a los que los pagan acerca de por qué no pagan 200.

La otra estrategia es la que propongo aquí. Seguridad de no padecer penurias, como ser despedido en algún momento, no se puede ofrecer. La salida es que haya salida. La salida es que todos los que puedan producir lo hagan, en su propio beneficio. Que no se los moleste, que no se deje que se les robe. Ese es el único reaseguro real, hacer todo para que todo pueda funcionar y confiar en que funcione. La única estrategia posible es la opuesta a la de la conservación. Es decir apostar a la apertura de más fuentes con menos restricciones y amenazas del aparato estatal, para hacer menos artificialmente dificultoso producir. Es una estrategia sin seguridades, pero la adultez casi podría definirse en enterarse de que las seguridades no existen en esta materia y que quienes las venden son unos estafadores.

La diferencia entre ambas formas de abordar la vida, la producción, la economía y el problema del empleo, es la que hay entre los regímenes socialistas que mueren por su incapacidad absoluta o la vía del progreso, no exento de penurias, pero con nuevas oportunidades todos los días del capitalismo.

Epica distribucionista vs realidad y justicia

En mi anterior artículo “La distribución de la riqueza no vale nada” hablé de la imposibilidad de vivir bajo la idea de la distribución sin comprometer la fuente que genera la riqueza, que no es un cúmulo de bienes existentes sino algo que debe ser creado hoy y continuar siendo creado mañana. Y de como bajo el dogma Montaigne la idea de que los pobres son pobres porque los ricos son ricos se ha apoderado de la sociedad argentina.
Tres siglos después de que Michel de Montaigne desarrollara esa idea, Karl Marx creó la noción de la plusvalía apoyándose en la teoría del valor de Adam Smith, para quién las mercaderías se cotizaban de acuerdo al trabajo invertido en ellas. Si esa era la explicación del valor, entonces el empresario se quedaba con la diferencia entre lo que aportaban sus empleados, la verdadera riqueza, y el precio de venta de sus productos; es decir la plusvalía.
Todo el edificio marxista se cae por ese error, Adam Smith estaba equivocado. Los escolásticos antes qué él comprendieron mucho mejor la cuestión y el desarrollo posterior de la economía dejó la idea del valor trabajo. Un teléfono celular hecho por mi, que llevaría una mucha mayor cantidad de tiempo que la que le tomaría a un experto, no valdría más que el que uno fabricado por cualquier marca conocida. Lo mismo pasaría con cosas más sencillas, como la ropa que visto o el cuaderno en el que tomo mis apuntes. El valor es anterior al trabajo puesto para producir un bien. El empresario es el que supone los precios a los que va a vender, considera el de los factores que va a utilizar y los combina, descubriendo un negocio que satisface al mercado. Muchas veces se equivoca y paga por ello, pero es más fácil enterarse de las historias exitosas. Incurre en riesgos y asume costos sin la certeza de que su especulación inicial se corroborará. Paga el salario de quienes contrata y los bienes de capital para multiplicar la productividad del esfuerzo. Los empresarios crean algo que vale más que la suma de los factores utilizados.
Si Marx tuviera razón los empleados harían solos sus empresas y harían desaparecer del mercado al empresario “explotador”. El carácter de empresario no se adquiere por nacimiento, cualquiera que organice factores de la producción es un empresario. Otro error marxista y del pensamiento meramente izquierdista de la actualidad es el capitalismo no existen castas, hay igualdad ante la ley. Empresario u obrero son funciones móviles, no posiciones determinadas por ley. No hay clases.
La idea del valor de Adam Smith y la conclusión marxista, no explicarían tampoco por qué las empresas cuando pasan por una crisis se deshacen de empleados, si se supone que ellos eran la fuente de su enriquecimiento.
Sin embargo Marx era más serio que pensamiento meramente distribucionista actual. El creía en su plusvalía y pensaba en una solución que era la colectivización de los medios de producción, algo que fue un completo fracaso en la medida y cada vez que se lo intentó, pero al menos su teoría buscaba ponerle remedio a lo que veía como una injusticia. El distribucionismo se explica la producción del mismo modo, como una explotación del empresario hacia el obrero, pero más que solucionarla lo que busca es compensarla. Deja que ocurra, después barre con un criterio general que no es más que la excusa para elevar el gasto público y mantener parásitos y convierte al estado en supuesto “benefactor”. Para la actividad política parasitaria es un pensamiento hecho a medida.
Si existiera la explotación según la explicación marxista, la distribución sería una compensación burda y brutal, un “masomenismo” sin sentido ¿Cuál es la plusvalía que contiene un litro de leche, una docena de medialunas, una corbata? Habría que medirla y en todo caso tomarla y devolvérsela a los empleados, tarea imposible. ¿Cuánto al telefonista, cuánto al que preparó la masa, cuánto al que amasó las medialunas? Cuenta complicada y misteriosa, que nunca harán. La sola existencia del mito explotador basta para suponer que hay que aguantarse cualquier política contra las empresas y cualquier exacción y recursos mediante impuestos de cualquier monto, para el posterior reparto con cualquier criterio. Es una posición casi mística, algo así como una idea del karma social, sin otro fundamento que el narcisismo heroico de quienes la fomentan, quiénes ni siquiera se preocupan por el hecho de que nunca sacan a nadie de la pobreza y generan más. Si Marx creó la enfermedad, los distribucionistas son los médicos brujos sacrificando gallinas.
Si el problema es la explotación obrera entonces tendríamos que olvidarnos de la gente que no trabaja, gente feliz que no ha sido sometida nunca. La desocupación sería una liberación.
Hay toda una corriente de pensamiento actual que se ubica a si misma dentro del derecho, llamada Nuevo Constitucionalismo Latinoamericano, que ha sido fuente de inspiración de varios dictadores de la región vestidos de cruzados distribucionistas como nuestro gobierno y los señores Chavez, Correa y Morales, que llevan adelante la explicación general de la explotación sostenida en una épica, sin plantearse siquiera los interrogantes que acabo de mencionar, desligados de las cuestiones económicas y del tipo de pillaje que terminan fomentando.
Ellos observan la realidad de países con economías mixtas, ahogados por impuestos y regulaciones, donde pocas personas viven fuera del margen por lo que el estado consume siguiendo sus criterios, pero lo que observan es una foto que parece confirmar su idea de la injusticia social. Todo lo que esté mal tiene la misma explicación, la maldad de los ricos y la bondad de los políticos cuando veneran sus creencias.
Suponen además que la riqueza seguirá fluyendo de una fuente que no tienen idea de donde está, mientras ellos la reparten, creen que los repartidos se comportarán igual después del reparto que cuando pensaban que se beneficiarían ofreciendo bienes y servicios al mercado. El despojo no solo es una injusticia hacia el pasado, también cambia los comportamientos futuros. Desconocen el proceso porque la prioridad está en el relato que los muestra mucho más buenos que nosotros. Como eran buenos los que condenaron a Galileo por ver, en lugar de creer.

La castidad lucrativa marxista

Carl Marx describió por primera vez a la sociedad de personas libres “capitalismo” (“kapitalism” en su idioma original, no porque fuera seguidor de Neshtor) queriendo asociarla con las “bajas pasiones lucrativas”. Gente que acumula bienes, que horror. Seguro que mientras nosotros estamos pensando en mejorar el mundo, ellos, los capitalistas, está elucubrando alguna idea para obtener beneficios, con toda la gente que necesita su que les vaya mal.

Ludwig von Mises toma el guante, la palabra le parece una buena descripción de un sistema en el que se ahorra e invierte, lo que tiene como resultado multiplicar la producción en beneficio de toda la población. En el sistema que quieren sintentizar en una palabra Marx y Mises las personas no se agreden, ninguna está sometida a la voluntad de la otra y si alguien desea obtener colaboración siguiendo planes propios, debe pagar por eso, debe tentarla hasta que acepte (momento en la que habrá otra cosa pecaminosa llamada “precio”). Esto quiere decir que esa acumulación de ahorro que da origen al capital ocurre sin violencia ni fraude. La gran novedad en la sociedad humana que se encontraba en lucha permanente o en una paz en la que unos se encontraban sometidos a los otros, es que alguien es capaz a través de un proceso de colaboración de acumular bienes sin ser saqueado y bajo el “permiso”, también inédito, de hacerlo para su propio beneficio, aunque el resultado sea disfrutado por todos. La palabra capitalismo, más que al proceso económico implicado, describe por lo tanto uno de los aspectos morales más interesantes de ese sistema, aunque no abarque todo el fenómeno.

El problema es que Marx mira al capital bajo una óptica de castidad lucrativa. Como un Torquemada buscando individuos malos que tienen deseos sexuales, derivado en realidad de esa forma de represión de la individualidad por lo que tiene de individualidad, el gurú moral del siglo XX fue y es en la cabeza de buena parte de la humanidad y del llamado mundo occidental, un represor del afán de progreso individual. Aquí viene el aspecto moral más interesante del capitalismo, que hace a esa palabra insuficiente aunque se trate de un buen comienzo. En el conocido capitalismo existe el permiso nunca antes visto del individuo de decir: actúo por mí. Y la tolerancia de los demás, con siglos y siglos de evolución de una mentalidad colectivista, de control tribal del grupo sobre los deseos, que iba desde el castigo organizado de los impulsos de la libido a la estigmatización de los deseos que no incluyeran a todos o a las deidades utilizadas o creadas para someter.

La ética de la libertad debiera en realidad recibir un bautismo que ya le es propio aunque no se usa tanto y que va a l fondo del tabú al que enfrenta con su irrupción. Esa palabra sencilla es individualismo. Lo que todos quieren castigar y lograr al mismo tiempo de manera solapada, como una masturbación en la soledad del convento de la “bondad solidaria”.

El cura pedófilo y el marxista que viaja en primera clase, pertenecen al mismo caldo moral, nacido de la represión de lo que son y su explosión bajo la forma de perversión usada en contra de terceros. Son ambos flageladores de la individualidad en lo que tiene de individualidad. En sus impulsos primarios por la supervivencia que los colectivistas ven como la amenaza, o más bien la crean. Hay que convencer a la población de que sus pasiones son “bajas”, que hay una altura alcanzable en la que no se piensa más en uno, porque también hay un paraíso donde esos impulsos habrán desaparecido y reconvertido en amor general a la población. Si hay un paraíso, sea en la Tierra comunista donde dejaremos de estar pensando en nuestras ganancias, tan feas, o más allá donde dejaremos de andar con los malos pensamientos de la carne. Así esa población estará en estado de deuda inevitable con la pureza y el lugar más importante entre nosotros lo ocuparán los purificadores.

 

Confluencia colectivista del siglo XXI

Las teorías conspirativas son graciosas como tales, el problema es que son un instrumento para atribuir maldad desde la ficción a un grupo enemigo y justificar su castigo, sometimiento o exterminio. Hitler iba tras una teoría conspirativa de judíos malignos tratando de destruir Alemania. El comunismo va contra la teoría  conspirativa de los ricos explotando a los pobres y en general todo miserable ha enarbolado una conspiración que disfrace su criminalidad de épica.

La diferencia entre una conspiración y una teoría conspirativa es que la primera es en un principio descubierta y luego se responsabiliza a quienes participan mediante referencia a sus actos. La segunda en cambio es construida una vez que se define al enemigo, es decir, al revés, y constituye un instrumento de poder. Una conspiración es algo de lo que hace falta defenderse, una teoría conspirativa es un libreto para atacar.

Es otra de las diferencias que debe sumarse a las que ya señalé respecto de la pretensión de los terroristas argentinos de asimilarse a judíos perseguidos en el Holocausto. La conspiración judía era falsa, la conspiración montonera era explícita y violenta. No era una suposición militar.

Fíjense que parece curioso que D’Elía, un izquierdista de pura cepa argentina, se alíe al fundamentalismo iraní, una teocracia que en el lenguaje aparente de su tribu idiotógica podría calificarse como de ultra-derecha. Recordé hace unos meses el vínculo histórico entre el terrorismo argentino y el islámico, pero hay más en común. Cuando hablamos de la izquierda, construida sobre cuanta teoría conspirativa sea necesaria para descalificar a sus contrincantes, tenemos que diferenciar la retórica que es lábil y se adapta a la necesidad política inmediata del pensamiento real.

La izquierda llama fascismo a todo lo que no es parte de su estrategia. Aplica una teoría conspirativa global que dice que todo el que no colabora con sus deseos de poder es de alguna manera simpatizante y/o cómplice del fascismo. No usan a los nazis en ese sentido por una cuestión musical. Es más efectivo decir fascista que nazi. El señor K por supuesto tiene a mano cuanta teoría conspirativa ad hoc sea necesaria para cada una de sus agresiones y ataques a gente pacífica que se permite no estar de acuerdo con él o no ser su cómplice. Pero vuelvo a la izquierda, no debe confundirse la teoría conspirativa con la realidad a la hora de sostener que existe algún tipo de contradicción entre la idiotogía del señor D’Elia y el fundamentalismo islámico iraní. La ficción conspirativa es la que se contradice, pero no el pensamiento y la acción en los que ambos grupos confluyen.

Muchas veces dije también en este blog que la izquierda latino americana es la verdadera heredera del nacional socialismo alemán. De hecho el llamado “socialismo del siglo XXI” no es otra cosa que la re-edición del sistema que Hitler impuso en Alemania, un totalitarismo con cómplices, sin socialización de los medios de producción.

Lo que demuestra este comportamiento es que también pueden prescindir de la teoría conspirativa marxista de la explotación si les es úti. La idea real que es además el elemento común entre el fundamentalismo islámico y la izquierda es el deseo de colectivizar a la sociedad, eliminar las individualidades que hieren la auto-estima dañada de los déspotas y regir a sus congéneres convirtiéndolos en piezas a su disposición. Es entonces cuando surge el único eje político que importa y ha importado siempre: individualismo versus colectivismo. Esos son los lados reales, esos que el semi-analfabetismo de los dirigentes del PRO quieren evitar. El colectivismo es por supuesto anti-norteamericano. Escribe todos los días alguna teoría conspirativa para hacer malo a los Estados Unidos con el mero recurso de la ficción y así avanza. No hay que confundirse, no hay otro propósito real, ni el trascendente, ni servir a la divinidad, ni servir a la igualdad, ni nada real o falso que no sea el deseo de ejercer el poder sin límites.

¿Y por qué me me mandé esta perorata en el día del descansador? Fue por un comentario que leí en el post sobre la defensa de D’Elía al lobo feroz que me llevó al blog El rejunte.il que además de tener una buena crónica del episodio de la Feria del Libro, menciona y demuestra que la Organización Islámica Argentina se hacía eco en su página de la existencia de un “plan andina”, otra conspiración judía pero esta vez para quedarse con la Patagonia. Y si bien el documento fue borrado no bien se les reprochó, el chaché de Google nos permite conocer igual su contenido.

Lo que tienen memoria habrán hecho la misma asociación que hice yo. Aunque el general Bendini se ocupó de negarlo, se le atribuyó alguna vez haber hablado del mismo “plan” conspirativo. Sería otro de los personajes cercanos al presidente con fobias anti-semitas, esta vez desde el supuesto otro extremo ideológico de D’Elía. La negativa de Bendini fue tan poco convincente que se formó una comisión para investigar si el episodio existió. Se están durmiendo una larga siesta los muchachos y nadie se ocupa de reclamarle al gobierno sus demoras en producir un resultado. Se diría que en este caso si podemos hablar de complicidad en la falta de investigación porque los hechos lo demuestran y no en el caso de la Cámara de Casación sobre la cual el presidente elaboró otra teoría conspirativa ad hoc que todos conocemos.

Termino con el parentesco. No es casual que los montoneros hayan salido de las filas del nacionalismo católico. Siempre han tenido, como la izquierda argentina en general, ese mix entre marxismo y nacionalismo que es justamente la esencia del nacional socialismo que terminó por florecer en esta cosa entre populista y cambalachera que padecemos en esta época.

Escritores bajo el filtro ideológico en La Habana

Que homenaje al libro tan particular que se hace en la Feria del Libro de la Habana. ¿No sería méjor llamarla Feria de algunos libros?

Allí están como un “homenaje a la literatura argentina” los representantes de “alguna literatura argentina” ligada a los intereses políticos del gobierno cubano: Bayer, Bonasso y Viñas, como si solo los marxistas supieran escribir

A mi, más que un homenaje a la literatura argentina, me suena a burla a la literatura universal y una exaltación de la amenaza del poder a la libertad intelectual.

¿En Corrientes eligirán entre reelección indefinida y confiscación?

Con la excusa de luchar contra la reelección indefinida siguiendo el modelo de Misiones, el sacerdote correntino José Luis Niella propone una confiscación de campos bajo el rótulo que siempre se utiliza para este tipo de operaciones que es el de “reforma agraria”. El nombre de la lista de este cura es “Frente social para la Victoria”, un apéndice kakista en la zona. Es un buen indicio de hacia dónde puede evolucionar el kakismo si lo necesita o el nacional socialismo deja de rendirle dividendos.

Según este personaje “el campesino pobre” sería beneficiado. El dueño de la tierra actuaría como animal de sacrificio a ese efecto. Si bien habla de repartir solo tierras fiscales, la propuesta se disfraza de lucha contra un “capitalismo salvaje” y que el pobre pueda “acceder al capital” y de impedir que los “extranjeros se quden con la tierra”. Todo depende del medio para el cual hable. No parecen caber muchas dudas de que se trata de una avanzada para confiscaciones masivas por más que lo niegue.

Esta izquierda que padecemos es incapáz de mirar que el enemigo del pobre es el sector público. Los impuestos, la burocracia y las regulaciones crean una barrera infranqueable donde no la debería haber. Lo que consiguen es que trabajar y acumular dejen de ser compensados. Con lo cual muchos pobres sufrirán porque no podrán obtener el beneficio de los que trabajan más de lo indispensable que es el camino por el que la humanidad abandonó su condición general de indigencia.

Niella antepone su nacionalismo a los intereses de sus protegidos campesinos pobres. Los extranjeros no deben comprar, es decir, no deben traer su capital y paliar así la pobreza existente. Mejor prueba de que en el fondo hay un paradigma de identificación y persecución al otro no podría dar.

Pero lo peor es la moral asaltante implícita según la cual la pobreza del que tiene cerca debe solucionarse sacrificando a alguien que tiene lejos. Esta es la historia de la violencia humana hecha carne y disfrazada de piedad.

Lo que no se sabe es cómo el señor Morales Solá nos convencerá ahora de que Kirchner es racional y que aprendió una lección en Misiones. Lo cierto es que el kakismo ha trocado la reelección indefinida de sus títeres por la instalación del colectivismo y la destrucción de la propiedad privada.