El ideal social del papa Francisco, a la luz de su viaje a Cuba

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Fuera de Cuba, la pobreza es culpa del capitalismo. Dentro de Cuba, la pobreza es “como una madre” y hay que agradecérsela a Dios.

Fuera de Cuba visitó a los presos. Dentro de Cuba, visitó a los carceleros.

Fuera de Cuba le pidió a los jóvenes que hagan lío. Dentro de Cuba les pidió a los jóvenes concordia. “Si nos dejan”, gritaban algunos osados respondiéndole.

Fue asombroso ver su “no ver”, respecto a los disidentes. La respuesta que da en la conferencia de prensa en vuelo de Santiago de Cuba a Washington DC sobre la cuestión es la negación más completa: No se, no me enteré de nada ¿Si quisiera recibirlos? ¡Eso es un “futurible!”; ¡Yo quiero hablar con todos! Es decir, no me interesa particularmente.

Creo que si se le pregunta a un niño cuál es el gran problema moral en Cuba, contestaría que la libertad. Ni una palabra papal hubo sobre la cuestión, propuso amar a la pobreza, que en Cuba es sometimiento, no fracaso.

Hay otra afirmación que es un indicio que ayudaría a desentrañar dónde está parado el papa Francisco. Sugirió no dejarse llevar por las “ideologías” y abrazarse a Dios.

El capitalismo, pese a que se lo quiera ver de esa manera, no es una ideología. No pretende ser una cosmovisión, es el reemplazo de las cosmovisiones por las “microvisiones” de los individuos que así como producen bienes, producen ética. El orden del capitalismo es resultante, no previo ni establecido por un libro sagrado. Lo único establecido es la base institucional de la libertad: la ausencia de agresión y el respeto al otro, para que a partir de ahí las personas se ordenen de modo contractual sobre la base de sus intereses. Marx nunca entendió esto, por eso describe al capitalismo como la consecuencia de posiciones de clase, que a su vez deriva de su teoría de la explotación, derivada a su vez de otra teoría, de Smith, sobre el valor trabajo. Según él, la ideología capitalista está constituida por todas esas limitaciones mentales que los explotadores inyectan a los explotados según un proyecto de dominio. Tal es una visión completamente infundada, sostenida en la atribución de intenciones y no en el capitalismo tal cual es: ausencia de agresión e independencia del individuo para seguir su propio plan de vida, liberado de una épica colectiva. No hay ninguna explotación en el trabajo, sino comercio, de ambas partes.

Sin embargo el uso habitual de la palabra ideología es otro, se refiere a las distintas ideas racionales sobre la organización de la sociedad y los principios morales que las sostienen. Aquí es donde el papa invita a relativizarlas, pero para reemplazarlas por Dios. “nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a las personas”.

Podría hacer una interpretación liberal de estas palabras. Unas ideas que impliquen sometimiento, impuestas sobre otras desde el estado, son incompatibles con el bien de las personas. Unas ideas que valen más que las personas, necesariamente serían unas ideas que prescinden de su voluntad. Pero el papa no tiene más que palabras de reproche contra símbolos de libertad, como el dinero o el desarrollo, al que encuentra pecaminoso y contaminador. Todos los males parecen estar explicados por la ambición humana libre, en oposición a la moral restrictiva de origen divino. Sus ideas, pienso, no sirven al hombre libre que sigue sus aspiraciones, sino al hombre según su ideal. Ese hombre ideal amado no somos nosotros que deseamos vacaciones y aire acondicionado, es un hombre según ideas previas, mal que le pese a Francisco; ideas previas alejadas de la realidad de lo que somos. Servir al hombre ideal no es servir al hombre, sino a un estereotipo “ideológico”.

El marxismo si parece ser una ideología en el sentido marxista del término. Se trata de una cosmovisión sobre la base tradicional del pensamiento moral trascendentalista. El individuo es malo cuando se separa del grupo, el bien coniste en el bien del grupo. El individuo tiende a perjudicar al otro y no es suficiente eliminar la estafa y el robo, porque el mal no consiste en el crimen, sino en querer vivir para sí mismo; en lo que se quiere, no en lo que se hace para conseguirlo. Está mal “querer aparte”, está mal ser libre. Todo esto se afirma sin sostenerlo en un Dios, desde el ateísmo. El marxismo ingresa a la era de la razón suplantando a la religión manteniendo su estructura, para someterse a una razón en tanto diosa, como su revolución madre, la francesa. Se deshacen de Dios, pero sólo imaginan estar gobernados por un sistema mundano alternativo, que se le parece bastante, como una pirámide, pero que es comandado por un grupo en la tierra que no reconoce límites ni en el más allá. Dios, ahora, son los gobernantes marxistas.

El capitalismo como la simple vigencia de las razones individuales, no está preocupado por sustituir a la religión por otra cosmovisión que le compita, sino en retirarla de la política y también a cualquier otra cosmovisión; dejar que el poder terrenal se reduzca a una función defensiva y permitir que los individuos elijan incluso si van a tener una ética trascendente, ya no obligatoria, u otra que prefieran. La religión deja de ser un orden político, para convertise en una elección individual. Separar a la religión del estado, en principio un pilar del cristianismo largamente ignorado por los cristianos de Roma, no persigue un fin ni administrativo ni religioso, sino de libertad del individuo. Quiere la no imposición del “bien” con los garrotes; dejar el garrote relegado al ejercicio de la justicia, es decir, a un fin defensivo. En el uso común, sin embargo, ambas son “ideologías”, tanto el marxismo como el capitalismo y ese será el sentido utilizado por el papa. Lo que es cierto es que ambos sistemas de ideas no pertenecen a la religión porque tratan asuntos de la tierra y dirimen cuestiones de poder. Eso es algo adquirido como valor general, dado que la unión estado-religión, llevó a la humanidad al desastre. Occidente ya guió sus asuntos mediante la religión; estuvo gobernado por la Iglesia a la caída del imperio romano, durante la edad media, bien llamada oscurantismo. Todavía hay muchos resabios de eso como el control del matrimonio y la legislación familiar en general.

Hay que vincular la contradicción papal sobre el tema de la pobreza que mencioné al principio justamente con esa cuestión ¿Qué es lo que hace ver al papa a la pobreza como un mal del capitalismo, dado que no entiende una palabra de economía y, a su vez, dentro de la  isla sometida a los Castro a la misma pobreza como un regalo divino? La respuesta está en qué es lo que le reprocha al capitalismo y qué es lo que le reprocha al comunismo.

Somoza es “nuestro dictador” decía Franklin Roosevelt. La pobreza medieval era “nuestra pobreza”, podría decir Bergoglio; la de Cuba también la interpreta como propia, dado que ocurre por llevar adelante el plan moral como obligación del altruismo sin individuo, pero olvida a Dios. Incluso lo ha prohibido en el pasado, eso es algo que a la Iglesia si le interesa revertir.

No importa si esto es consciente, como pasaba con Roosevelt, nos sirve para interpretar el pensamiento que inspira al papa sobre la sociedad y cuál es su ideal e integrar sus contradicciones.

En cambio el reproche del papa al capitalismo es moral, atribuyéndole todos los males, incluidos los problemas ambientales y cualquier cosa que no logre, porque (al igual que el marxismo ve a al capitalismo), entiende que para reemplazar al paraíso divino (o al marxismo) el capitalismo debería querer ser un paraíso alternativo. De ahí que hable de “endiosamiento del dinero”, cuando el dinero en el capitalismo es instrumental, no es la competencia de un cáliz.

El presupuesto de orden moral dictado desde arriba y el pensar que si eso no existe lo que hay es pecado y degradación, lo une al marxismo de alguna forma. Por eso se reúne con Fidel Castro para hablar de medio ambiente. El desastre ambiental que es la propia Cuba comunista no le importa, es “nuestro desastre ambiental”, el problema está en el mundo capitalista. Tampoco importan los presos del régimen cubano, son “nuestros presos”, como los de la inquisición, presos en nombre del “bien”. Por eso el plan para los jóvenes en Río es el lío y a los cubanos aplastados por el estado les ofrece sumisión amorosa. Y esperanza, es decir; esperen.

Sea o no consciente o planificado, el ideal papal es una gris edad oscura llena de valores categóricos, sin ninguna comodidad o aspiración humana realista, con plenos poderes de la Iglesia para gobernar a la sociedad civil y privar al hombre de la modernidad que lo aleja de su iglesia y de su idea de bien. Por eso no le interesará oír los argumentos económicos ni dejarse impresionar por las evidencias respecto a cómo el capitalismo saca a las masas de la pobreza. No quiere ese resultado, sino una pobreza con mucha misa, pero no la religión atea que proponen los Castro, que le es ajena.

Si miramos el panorama un poco más alejados se ve más claro lo que está ocurriendo. En los propios países occidentales el altruismo socialdemócrata del reparto político ha dominado el pensamiento social. Lo que llaman capitalismo es el remanente de independencia individual, descontados grandes impuestos para hacer “el bien”. Este es, entre todos los intentos de paraíso en la tierra, el que pretende ser menos violento porque deja que la gente opine. De cualquier manera los ámbitos de opinión se van reduciendo, en nombre de la “bondad”. Esto pasa en las universidades que la restringen apelando a la anti-discriinación y al combate al “discurso de odio”; en fin, un intento de eliminar el pensamiento libre en nombre de la preservación del bien, sin rebatir las ideas incómodas con unos argumentos mejores, sino descalificándolas como “peligrosas”. Hay casos de universidades que rechazan la apertura de centros de estudios sobre la economía de mercado financiados por empresas, porque esa sería una visión “interesada”. Lo importante son las visiones “desinteresadas”. La corrección o incorrección de los razonamientos no importa, sino su base “moral”. Interesadas o no las ideas (todas parecen serlo), el lugar para rebatirlas debería ser la universidad. El pensamiento se aplaza por razones extra racionales.

En ese contexto la amenaza que viene de medio oriente se ve cada vez más como religiosa o cultural y no militar e institucional. Si nos gana la irracionalidad, nuestros enemigos también lo serán en su irracionalidad en si y no en sus acciones.

El populismo, sobre todo el latinoamericano, reconoce como una de sus fuentes al marxismo, pero van mucho más allá porque el marxismo no les permitiría subsistir y ha sido completamente refutado en el campo racional. Ni la teoría de la explotación se sostiene, porque el valor no está dado por el trabajo, ni los proletarios se comportaron nunca como Marx pretendía; más que rechazar a su “explotador”, no hacen más que tratar de relacionarse con él en búsqueda de una vida mejor. Por lo tanto ahora el populismo se declarará a si mismo como un cínico aprovechador de todos los resentimientos y debilidades sin el más mínimo análisis acerca de si se justifican. Vendrían a ser los populistas los teóricos últimos de la práctica nacional socialista de Hitler, un gran explotador de todos los resentimientos para convertirlos en poder político omnímodo, dividiendo a la sociedad. Pero esos populistas no lo hacen en búsqueda de un orden mejor que se sostenga en una teoría como la de la explotación, sino sólo para establecer un vínculo de poder ilimitado y tribal entre un líder y los resentidos, contra todos los demás.

El papa va en la misma línea y, aún a riesgo de que su posición pueda ser considerada panteísta, incorpora los prejuicios más izquierdistas sobre el ecología y se une a Fidel Castro en los reclamos, sin que importe para nada que Cuba sea un lugar espantoso como medio ambiente humano. Su mensaje es “dejen las ideas”, únanse a un líder pero no a uno de este mundo, sino más arriba, uno que yo mismo represento. Sin pensar, sólo por amor. Pero no lo dice en términos espirituales, sino operando directo sobre el sistema político, mientras está en juego la libertad y el poder, pretende cambiar el eje hacia el amor, ese amor, universal, a la humanidad o al hombre en abstracto, que permite, o incluso invita, a olvidar al hombre disidente en concreto que se le quiere acercar para encontrar consuelo ante la persecución de los buenos ateos.

La conclusión es que el capitalismo como racionalidad individual, productora, con fines abiertos, no pudo ser respondido en el plano racional. Asistimos a la alianza de todas las irracionalidades y el simple reemplazo de la libertad por un orden benigno, tan benigno como lo fue la Inquisición. Sabemos como termina esto, el que no quiera ser bueno, se verá en problemas.

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Artículo de Crónicas Inconexas, número 11

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Mis diferencias morales con el Papa Francisco

El Papa relacionó la “adoración al dinero y la guerra” con manifestaciones de un sistema económico que “ya no aguanta”. En el centro de todo, sentenció el pontífice, tiene que estar el hombre y, como un signo de estos tiempos en los que pareciera que nos hubiéramos estado refiriendo solo al varón con esa palabra, agregó “la mujer”. También mencionó a los jóvenes que en su interpretación son “excluidos por la desocupación”. Según él esto es pura maldad de la “economía”, en particular del culto al dinero.

Hay dos clases de creyentes. Están los creyentes en el catolicismo que aceptarán o no este diagnóstico, lo criticarán, reflexionarán o le darán algún crédito pero estarán dispuestos a revisarlo. Pero también están los que hacen ídolos, que adoran a las personas y entienden la religión como la suplantación del propio cerebro por la consigna de un líder. En este caso el Papa. Estos segundos crecen de modo exponencial, sobre todo en la Argentina. Gente que ofende y agrede ante la crítica al Papa. Mi recomendación es que los de éste grupo no sigan leyendo. Supongo que si se tientan a continuar tendrían que confesarse o flagelarse, de manera que no me parece negocio.

Ahora si, voy a la cuestión que me interesa. Mis diferencias con el Papa Francisco no son económicas, son morales. No lo descalifico como persona, conozco su tipología porque he soportado muchos sermones en esta misma línea que en realidad si hace un culto del dinero pero al revés. Rechaza la producción y adora lo que el fruto de esa producción puede hacer por los que no producen. El Papa, y tantos curas idénticos que he conocido en mi pasada vida religiosa, por más que lo verbalicen, no siguen a Francisco de Asis, sino a una versión populista de su figura. Tal cosa responde a una formación política, no religiosa, de la que América Latina en general es víctima.

Francisco de Asis descubrió el camino del desprendimiento como una forma de liberación interior. Renunció a los llamados bienes materiales. No estaba haciendo ninguna reforma económica porque buscaba la pobreza, no la rechazaba. Si, en cambio, rechazaba al poder. Ni siquiera aceptaba que sus seguidores fueran designados cardenales de la Iglesia. Es una idea que siempre me parecido interesante y coherente. En algún momento, en algún aspecto todos practicamos algo de ese desprendimiento. Nos sentimos demasiado atrapados por algo que queremos y le ponemos un freno. Para el Francisco original, eso debía hacerse todo el tiempo y él lo practicó porque era inmensamente honesto. Nunca hubiera aceptado ser Papa y jamás se codeó con ningún poderoso.

¿Es la doctrina franciscana compatible con el capitalismo? Por supuesto, los bienes están definidos por la subjetividad, no hay ninguna diferencia entre que unos busquen la felicidad cambiando el auto y otros regalándolo. Lo importante es que cada uno pueda seguir su plan de vida, como le parezca, con sus valores. Es muy valioso para todos que los otros lleven a cabo otros proyectos y poder observarlos, aprender y debatir sobre cómo es mejor vivir.

Pero la versión populista de aquella idea es por completo diferente. Ahí se trata de encontrar el pecado en el que produce, no de desprenderse de nada. Al contrario, la idea es quedarse con esa producción. Está siempre asociado al autoritarismo, esto es al estado que no es otra cosa que autoridad. Francisco de Asis con el estado no tenía ninguna relación. El falso franciscanismo es en cambio una forma de manipulación desde el no tener para condenar a los que tienen y proclamar que el fruto supuestamente mal habido del “culto al dinero” sea repartido, en lugar de quemado en una hoguera. Te culpo por lo que hiciste y me quedo con los frutos.

El franciscanismo populista es política económica basada en condenas morales. Existe la misma diferencia entre ambas versiones que la que hay entre un nutricionista que nos aconseja bajar las calorías y el cocinero de una cárcel que nos sirve una sopa insulsa.

El adorado sistema educativo produce con mucho gasto candidatos a empleados. El proyecto del estado argentino y de la mayoría es que la gente esté preparada para tener buenos sueldos. Es decir, opera como un subsidio al empresario y esto es una gran distorsión, de la cual es autora la política, no la economía. Tampoco a la guerra la hacen los empresarios sino los gobiernos. Un empresario que cuenta con un ejército, no es un empresario, es un gobierno. En todo caso los contratistas del estado o empresas asociadas al estado podrían estar interesadas en una guerra ¿Por qué no se apunta esta crítica moral a la política?

El Papa casi no ha dicho nada condenando a la política. Y no lo ha hecho porque en su pensamiento moral el problema es el lucro como si fuera un pecado. El entiende que a esa “mala tendencia” hay que controlarla con el estado. En consecuencia es su pensamiento moral el que fomenta la guerra endiosando al monopolio de la fuerza como si tuviera funciones de vigilancia de la concupiscencia. Esa visión es la que fortalece a los contratistas del estado y crea los intereses que conducen a que la fuerza se use para poder proveer insumos.

Advertí a los católicos del segundo grupo que no siguieran leyendo para que ahora no me digan que han encontrado una cosita que les serviría para negar la realidad del Papa más antiliberal de los últimos tiempos. Pero la realidad es esta: si, el Papa es estatista y negarlo es evadir la realidad. No es mi intención poner a la realidad en discusión sino el pensamiento moral del Papa sobre la economía. Me podrán decir que la realidad bla bla bla. En tanto en este punto tal cosa es evasión pura del problema, los abandono en sus juegos y sigo adelante. Supongamos que contrariamente a lo que digo el Papa suscribiría lo anterior. Pues entonces no pierdan el tiempo enojándose conmigo, festejen. No debería molestarles que diga lo mismo que interpretan que el Papa aceptaría, a mi juicio contra toda evidencia.

Sigo con la cuestión del sistema educativo y su relación con este tema. El Papa también piensa que el ideal es que el sistema económico provea buenos sueldos. Aquí está la gran contradicción. Buenos sueldos es buen dinero. Ah, pero podría ser sólo el dinero suficiente para subsistir ¿En qué parte de la Biblia dice que unos deben aportar a la supervivencia de otros? Me la perdí, si es que existe. Lo cierto es que somos dotados (por la casualidad o la providencia) de los medios de subsistencia. El sistema educativo (controlado) nos convence de que alguien nos pagará bien si pasamos varios años escuchando un “programa” cuyo fin es que el mundo se divida entre empresarios y empleados y nosotros seamos en general de la segunda categoría, para estar quejándonos de la maldad de los de la primera con ayuda de todos los sermones.

Pero lo cierto es que para que haya buenos sueldos (o simplemente sueldos) debe haber gente que haga “el culto al dinero”, al menos mucho más que nosotros. Aclaro, esto del culto al dinero es nada más que una etiqueta estigmatizante. La gente que se ocupa mucho más que nosotros por conseguir dinero no es muy diferente que la que se ocupa mucho más que nosotros de jugar al tenis y gana campeonatos. La diferencia es que los primeros nos son absolutamente indispensables, son una verdadera bendición de la vida. Con su iniciativa y riesgo la economía todavía subsiste a pesar del sistema educativo, a pesar de este parasitismo moral que intenta poner a los mejores de nosotros (si, los empresarios son los mejores de nosotros; no los que tratan con el estado, esos son lobbistas) en estado de culpa permanente, para ser parasitados. Ese parasitismo moral impide entre otras cosas, que haya mejores sueldos.

¿Puede existir como problema moral la obsesión por el dinero? Claro, como por el tenis. Toda obsesión es mala, pero eso no agrega mucho. Ponerle a una ocupación el carácter de obsesión depende del punto de vista del observador. Desde afuera nadie puede afirmar que otro está obsesionado por algo, en cambio él si. Es una elección personal el punto en que el sujeto entiende que está atrapado en un círculo perjudicial. Colgarle a otro esa etiqueta es una forma de manipulación. No se busca el bien del “diagnosticado” como “obsesionado”, sino servirse de él. Y si esto se menciona como un “sistema económico”, entonces se está condenando a la función y se está convirtiendo en pecadores a todos juntos.

Seamos coherentes. Si creemos que estamos condenados por el culto al dinero de los empresarios, reclamemos que la gente renuncie a sus empleos, se están contaminando compartiendo el fruto del pecado. Nadie debiera aceptar sueldos de los herejes dinerarios.

El Papa no escucharía esto, no le interesaría adentrarse en los mecanismos que condena para ver hasta que punto está equivocado y está provocando un enorme daño moral y económico y ayuda a perpetrar enormes injusticias. Porque el vicio más común del moralista es encontrar una visión de cómo se divide el mundo entre buenos y malos que asegure la propia permanencia entre los primeros. Eso es lo que se defiende y la prueba es cómo se despreocupan los condenadores del lucro de los frutos que se obtienen siguiendo su pensamiento. De eso hay suficiente literatura como para no tener que detallarlo.

Tengo cero intención de ofender ni a los católicos pensantes ni a los católicos obedientes; tampoco al Papa por supuesto. Se que él ofende sin querer a gente que no lo merece. El remedio a eso es responder, no callarse. Creo que la justicia es más importante que el Papa y que de las cosas más necesarias a debatir están las falsas éticas que nos condenan a la insatisfacción, la división innecesaria y al autoritarismo.

La distribución de la riqueza no vale nada

Una de las diferencias que separan al pensamiento liberal del socialista es la suposición en el segundo caso de que el mundo ha sido dotado de un stock de riqueza, derivado a su vez del mito de la Tierra heredada por un Creador.
Quién resumió esta idea llevándola a la economía fue el pensador francés del siglo XVI Michel de Montaigne quién aseveró que “La pobreza de los pobres, se debe a la riqueza de los ricos”.
Esa es la suposición que tiñe a todo el pensamiento que se denomina a si mismo “progresista” con todos sus matices y grados en cuanto a profundidad o superficialidad. Ludwig Von Mises le asignó con razón el carácter de dogma.
Si fuera cierto la vida sería una lucha por conseguir bienes quitándoselos a otros y el hombre sería su peor enemigo. La política sería el campo para dirimir violencia y riqueza y todo depende de quienes ganen. Si ganan los malos querrán todo para ellos, si ganan los buenos nos mantendrán a todos más o menos bien alimentados.
Es fácil así entender por qué para muchos la política o la economía son solo concebibles como una lucha eterna de clases para determinar cómo se va a distribuir el legado y quién estará encargado de llevarlo a cabo.
El capitalismo por lo tanto para este pensamiento vino a arruinar el Eden. Así es que Hugo Chavez piensa que el capitalismo destruyó al planeta Marte, exprimiéndolo.
No se qué habrá pasado con Marte pero es evidente, es decir está disponible para quién lo quiera ver, que los bienes que nos rodean, que usamos y consumimos, no estaban aquí en tiempos de (un supuesto) Adan. La lechuga de nuestra ensalada tal vez existiera como especie, pero fue la acción del hombre la que la multiplicó y la trajo hasta la ensaladera. Lo mismo pasa con la venda utilizada para curar un esguince, el teléfono celular, la ropa. Cualquier cosa que usemos tiene poco de herencia ancestral y mucho de actividad actual o reciente.
Eso es porque la riqueza es más que nada un flujo. Algo que es creado y distribuido en un contexto de colaboración, no de decisiones políticas. Lo que la política, la arbitrariedad y sobre todo el resentimiento producto de los dogmas no revisados, ponen en peligro es ese flujo indispensable para nuestra subsistencia.
Una parte importante del pensamiento político ha estado preocupado por hacer justicia sobre la base de ese mito de la herencia y por tanto también de la igualdad del hombre ante la vida, que no es lo mismo que la igualdad de derechos.
¿Pero que pasa si el stock no tiene la importancia que se le asigna? Ese es el descubrimiento implícito en los inmigrantes. Se mueven hacia lugares donde hay mayor riqueza, pero no mayor riqueza de ellos mismos. Incurren en costos para su traslado de modo que al llegar se han empobrecido respecto de su situación al partir desde su lugar de origen. Se instalan allá donde son más desiguales aún que en su lugar de origen.
El hombre acumula bienes para consumir en el futuro y para potenciar la producción mediante maquinaria y tecnología. Apoderarse de ese stock es sencillo, requiere un rapto de violencia que a la luz del pensamiento colectivista se llamará “justicia distributiva”, lo que nunca se podrá socializar es el flujo que originó esa acumulación. Acabar con la propiedad no permite apoderarse de la riqueza más importante que está justamente en el flujo del que tales bienes se obtuvieron, si es que no se consiguieron con otros actos de violencia.
Quiere decir esto que se puede asaltar el silo del productor agropecuario y quedarse con su cosecha, pero que ese silo se siga llenando es algo que no va a ocurrir sin la regla de la propiedad.
Quién quiera ver un ejemplo de esto puede darse una vuelta por Cuba y comprobar como ese paraíso sigue siendo hasta el día de hoy el consumo del capital existente en la década del cincuenta, con muy poco agregado. Volar por encima de la Isla ya nos muestra su permanente decadencia. Es de los pocos lugares del planeta donde no se ven las marcas de la agricultura en los campos visibles desde un avión. El socialismo es el reino de los brazos caídos, del desinterés.
La forma en que los bienes y servicios de ese flujo se distribuyen, si no interviene la violencia, es el sistema de precios. Precio es la tasa a la cual alguien hace o entrega algo porque le conviene más que no hacerlo o no entregarlo, es decir, de manera voluntaria. La fuerza de ese flujo está justamente en eso, en que es la consecuencia de la conveniencia expresada en concreto de cada persona que ha intervenido en la producción y distribución de todo lo que consumimos. No depende de la buena voluntad, ni de los dioses, sino del respeto, la coordinación y el comercio. Es desigual de acuerdo a como uno se sitúe o a lo que uno prefiera, pero es la mejor garantía de poder mejorar la situación de cualquier individuo sin perjudicar a los demás.
Las desigualdades mueven a la acción.
Las personas se ocupan por aprender algo que genere dinero o hacerlo del modo en que sus interlocutores lo valoren más. Otras prefieren seguir sus propios deseos despreocupándose de lo que quieran pagar los demás y renuncian a las comodidades. Este es otro aspecto que el colectivismo distribucionista tampoco incorpora, que es el hecho de que la riqueza es un concepto subjetivo.
Por lo tanto para el hombre el problema no es la justicia en la distribución como sinónimo de igualdad, sino la justicia en las reglas, la exclusión de la violencia y el fraude. Es una justicia en concreto, en las relaciones reales, no una justicia general, social o política entre “clases”.
El hombre colaborando sin ser coaccionado, sin que se le impongan los deseos o ideales ajenos, siguiendo sus pasiones e intereses es la verdadera gallina de los huevos de oro que hay que evitar servir en la mesa.

La castidad lucrativa marxista

Carl Marx describió por primera vez a la sociedad de personas libres “capitalismo” (“kapitalism” en su idioma original, no porque fuera seguidor de Neshtor) queriendo asociarla con las “bajas pasiones lucrativas”. Gente que acumula bienes, que horror. Seguro que mientras nosotros estamos pensando en mejorar el mundo, ellos, los capitalistas, está elucubrando alguna idea para obtener beneficios, con toda la gente que necesita su que les vaya mal.

Ludwig von Mises toma el guante, la palabra le parece una buena descripción de un sistema en el que se ahorra e invierte, lo que tiene como resultado multiplicar la producción en beneficio de toda la población. En el sistema que quieren sintentizar en una palabra Marx y Mises las personas no se agreden, ninguna está sometida a la voluntad de la otra y si alguien desea obtener colaboración siguiendo planes propios, debe pagar por eso, debe tentarla hasta que acepte (momento en la que habrá otra cosa pecaminosa llamada “precio”). Esto quiere decir que esa acumulación de ahorro que da origen al capital ocurre sin violencia ni fraude. La gran novedad en la sociedad humana que se encontraba en lucha permanente o en una paz en la que unos se encontraban sometidos a los otros, es que alguien es capaz a través de un proceso de colaboración de acumular bienes sin ser saqueado y bajo el “permiso”, también inédito, de hacerlo para su propio beneficio, aunque el resultado sea disfrutado por todos. La palabra capitalismo, más que al proceso económico implicado, describe por lo tanto uno de los aspectos morales más interesantes de ese sistema, aunque no abarque todo el fenómeno.

El problema es que Marx mira al capital bajo una óptica de castidad lucrativa. Como un Torquemada buscando individuos malos que tienen deseos sexuales, derivado en realidad de esa forma de represión de la individualidad por lo que tiene de individualidad, el gurú moral del siglo XX fue y es en la cabeza de buena parte de la humanidad y del llamado mundo occidental, un represor del afán de progreso individual. Aquí viene el aspecto moral más interesante del capitalismo, que hace a esa palabra insuficiente aunque se trate de un buen comienzo. En el conocido capitalismo existe el permiso nunca antes visto del individuo de decir: actúo por mí. Y la tolerancia de los demás, con siglos y siglos de evolución de una mentalidad colectivista, de control tribal del grupo sobre los deseos, que iba desde el castigo organizado de los impulsos de la libido a la estigmatización de los deseos que no incluyeran a todos o a las deidades utilizadas o creadas para someter.

La ética de la libertad debiera en realidad recibir un bautismo que ya le es propio aunque no se usa tanto y que va a l fondo del tabú al que enfrenta con su irrupción. Esa palabra sencilla es individualismo. Lo que todos quieren castigar y lograr al mismo tiempo de manera solapada, como una masturbación en la soledad del convento de la “bondad solidaria”.

El cura pedófilo y el marxista que viaja en primera clase, pertenecen al mismo caldo moral, nacido de la represión de lo que son y su explosión bajo la forma de perversión usada en contra de terceros. Son ambos flageladores de la individualidad en lo que tiene de individualidad. En sus impulsos primarios por la supervivencia que los colectivistas ven como la amenaza, o más bien la crean. Hay que convencer a la población de que sus pasiones son “bajas”, que hay una altura alcanzable en la que no se piensa más en uno, porque también hay un paraíso donde esos impulsos habrán desaparecido y reconvertido en amor general a la población. Si hay un paraíso, sea en la Tierra comunista donde dejaremos de estar pensando en nuestras ganancias, tan feas, o más allá donde dejaremos de andar con los malos pensamientos de la carne. Así esa población estará en estado de deuda inevitable con la pureza y el lugar más importante entre nosotros lo ocuparán los purificadores.

 

Louis Vuitton es un Comunista

El ministro del Poder Popular para Relaciones Interiores y Justicia de la República Bolivariana de Venezuela, el camarada Pedro Carreño, estaba haciendo un comentario contra el capitalismo y a favor del socialismo que parece que es sensacional, cuando una periodista le hizo una preguntita incómoda.


No me imagino a una Mónica Gutiérrez, ganadora del Martín Fierro en el rubro periodismo, haciendo una pregunta así a doña Cristina que es Kirchner y está tan enojada con el imperialismo.