Individualidad

Individualidad

La individualidad es una ventaja evolutiva. Unos aciertan y otros cometen errores, los segundos copian a los primeros. El colectivismo anula esa ventaja y la suplanta por la envidia que pretende, y no logra, eliminar la tensión del riesgo de estar entre unos u otros. Entonces el fracaso será general y no habrá otra cosa con qué compararlo como no sea la imaginación de los más creativos, que rara vez son escuchados por las masas.

Hace falta muy poca madurez para saber que los que logran buenos resultados además de no ser enemigos de los que fracasan, son su salida, su reaseguro, sea para seguirlos, sea para trabajar para ellos o ser sus clientes. La política de “igualdad de oportunidades”, anula esta segunda instancia de la bendición de la individualidad.

Educar puede querer decir dos cosas: La primera es adoctrinar, es decir inculcar las creencias necesarias para que no se cuestione un esquema de poder y sus sentimientos de base: el colectivismo, el miedo y la envidia. El otro sentido es la transmisión de las condiciones reales de la existencia del ser humano, que es la individualidad y sus condiciones: la libertad, la responsabilidad y la capacidad para celebrar los triunfos y procesar los fracasos.

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La castidad lucrativa marxista

Carl Marx describió por primera vez a la sociedad de personas libres “capitalismo” (“kapitalism” en su idioma original, no porque fuera seguidor de Neshtor) queriendo asociarla con las “bajas pasiones lucrativas”. Gente que acumula bienes, que horror. Seguro que mientras nosotros estamos pensando en mejorar el mundo, ellos, los capitalistas, está elucubrando alguna idea para obtener beneficios, con toda la gente que necesita su que les vaya mal.

Ludwig von Mises toma el guante, la palabra le parece una buena descripción de un sistema en el que se ahorra e invierte, lo que tiene como resultado multiplicar la producción en beneficio de toda la población. En el sistema que quieren sintentizar en una palabra Marx y Mises las personas no se agreden, ninguna está sometida a la voluntad de la otra y si alguien desea obtener colaboración siguiendo planes propios, debe pagar por eso, debe tentarla hasta que acepte (momento en la que habrá otra cosa pecaminosa llamada “precio”). Esto quiere decir que esa acumulación de ahorro que da origen al capital ocurre sin violencia ni fraude. La gran novedad en la sociedad humana que se encontraba en lucha permanente o en una paz en la que unos se encontraban sometidos a los otros, es que alguien es capaz a través de un proceso de colaboración de acumular bienes sin ser saqueado y bajo el “permiso”, también inédito, de hacerlo para su propio beneficio, aunque el resultado sea disfrutado por todos. La palabra capitalismo, más que al proceso económico implicado, describe por lo tanto uno de los aspectos morales más interesantes de ese sistema, aunque no abarque todo el fenómeno.

El problema es que Marx mira al capital bajo una óptica de castidad lucrativa. Como un Torquemada buscando individuos malos que tienen deseos sexuales, derivado en realidad de esa forma de represión de la individualidad por lo que tiene de individualidad, el gurú moral del siglo XX fue y es en la cabeza de buena parte de la humanidad y del llamado mundo occidental, un represor del afán de progreso individual. Aquí viene el aspecto moral más interesante del capitalismo, que hace a esa palabra insuficiente aunque se trate de un buen comienzo. En el conocido capitalismo existe el permiso nunca antes visto del individuo de decir: actúo por mí. Y la tolerancia de los demás, con siglos y siglos de evolución de una mentalidad colectivista, de control tribal del grupo sobre los deseos, que iba desde el castigo organizado de los impulsos de la libido a la estigmatización de los deseos que no incluyeran a todos o a las deidades utilizadas o creadas para someter.

La ética de la libertad debiera en realidad recibir un bautismo que ya le es propio aunque no se usa tanto y que va a l fondo del tabú al que enfrenta con su irrupción. Esa palabra sencilla es individualismo. Lo que todos quieren castigar y lograr al mismo tiempo de manera solapada, como una masturbación en la soledad del convento de la “bondad solidaria”.

El cura pedófilo y el marxista que viaja en primera clase, pertenecen al mismo caldo moral, nacido de la represión de lo que son y su explosión bajo la forma de perversión usada en contra de terceros. Son ambos flageladores de la individualidad en lo que tiene de individualidad. En sus impulsos primarios por la supervivencia que los colectivistas ven como la amenaza, o más bien la crean. Hay que convencer a la población de que sus pasiones son “bajas”, que hay una altura alcanzable en la que no se piensa más en uno, porque también hay un paraíso donde esos impulsos habrán desaparecido y reconvertido en amor general a la población. Si hay un paraíso, sea en la Tierra comunista donde dejaremos de estar pensando en nuestras ganancias, tan feas, o más allá donde dejaremos de andar con los malos pensamientos de la carne. Así esa población estará en estado de deuda inevitable con la pureza y el lugar más importante entre nosotros lo ocuparán los purificadores.