El cinismo de decir que “el salario no es ganancia”

El cinismo de decir que “el salario no es ganancia”

“El trabajo no es ganancia”, dicen Massa, Moyano y otros sindicalistas ¿Por qué no es ganancia? Pues porque es “remuneración por el trabajo”. Esa diferencia no depende de ninguna otra cosa que aplicar etiquetas distintas a la venta a un tercero del trabajo para que él corra el riesgo y al uso del trabajo para uno mismo, corriendo el riesgo. Pero todos estos “remuneristas” entienden que por quitarte el riesgo sos un pobrecito, tus ingresos reciben otro nombre y el estado no te tiene que robar lo mismo que le roba al que se juega para obtener algo mejor o simplemente porque fue despedido y las reglas laborales que propician todos, lo dejan fuera del mercado de empleo.

La primera gran barbaridad, que opera directamente en pos de la decadencia argentina, es esa idea más arraigada que un dogma trascendente, según la cual el sistema victimiza al empleado, interviniendo en su favor contra las empresas; las que corren riesgos y producen salarios y, además, haciendo definiciones por las cuales sus ingresos libres de riesgos merezcan un tipo de piedad que a igual cantidad en condiciones de riesgo, los demás no merecen. Es un corralito de sus clientes y una abierta hostilidad para los que quedan fuera.

Pero la victimización que parece tan calentita para los victimizados es un arma de doble filo. El mercado no paga nada que no quiere pagar, si no le queda otra frente a la arbitrariedad de los protectores, saca de un lado y pone en otro. Si el recurso laboral pasa a tener un costo mayor por una decisión de un aparato de imposiciones como el estado, reduce su demanda. La gente que era útil deja de serlo en función de sus cálculos y sus riesgos. A diferencia del asalariado que puede dejar de ganar de hoy a mañana, el empresario puede perder lo que tiene, con lo cual es mucho más sensible a los bandidos buenos estatistas. Ahí está la desocupación, el lado negado de imponer terceros condiciones que el mercado por si no quiere pagar. La única forma de que el mercado por sí quiera pagar más es quitarse de encima costos improductivos como los impuestos, reglas restrictivas y en función de eso que haya más inversión. Pero toda esta bondad resulta que pesa sobre el que sostiene a todos, el que se juega. Ni los políticos ni los asalariados lo hacen. Estos últimos igual son útiles.

La segunda barbaridad es más abstracta, pero todavía más peligrosa. En este juego de pelearse por quién paga el estatismo, en el que pierden los que están en la posición más insegura, se asume que el aparato político es juez de las ganancias. Como un padre golpeador que hace a sus hijos discutir si los golpes tienen que ir hacia los varones, las mujeres, los más grandes o los más chicos, envenenándose al aceptar que los golpes no se discuten.

Ahí vamos al punto. El impuesto a las ganancias perjudica a todos. Sea que pegue sobre mi o sobre mis clientes o proveedores. El empleador es el cliente del asalariado, pero el lenguaje impide que se vea esa realidad. Los mismos que claman por más empleo (al que tienen en su corralito), despotrican contra los empleadores que son los únicos que lo demandan. Si alguien tiene el sueño de ser asalariado, sería pro empresario más que nadie si no lo bombardearan permanentemente con falsos conceptos y etiquetas.

El conflicto verdadero es entre producción e improductividad, es cuando viene la discusión sobre ese costo que no fluye por si mismo sino a costa de los demás que es el estado. Algo que se evita que aparezca como problema en el mar de resentimiento parasitario que permite vivir a políticos y sindicalistas de falsedades.

Mientras tanto insisto con la cuestión de que deberían explicar por qué el que gana 100 vendiendo cartuchos recargados para impresoras porque lo echaron de su trabajo o no consigue uno, merece un tratamiento impositivo diferente que el que gana 100 como empleado de una estación de servicio. Por qué el primero que no sabe cuántos cartuchos va a vender la semana que viene o si se va a enfermar, tiene que ser fiscalmente peor tratado que el segundo. Ya inventarán una palabra para llamarle a las angustias del independiente de un modo tal que se vea como un pecado de lesa argentinidad.

Moyano no me importa

Moyano no me importa

La política argentina se maneja con unos ritos que no se dan en ninguna otra parte. Por ejemplo, a esta altura del año es la festividad de las paritarias y las negociaciones colectivistas de salarios con unos señores feudales llamados sindicalistas, que negocian con otros señores feudales llamados cámaras empresarias, quienes a su vez deben contar con el beneplácito del rey para manejar las vidas de todos. Este ritual es parte de la cultura inflacionaria, cuyas causas se desconocen, se interpreta como una desgracia que le ocurre al país y que es natural, como el clima.

Alsogaray comparaba la actitud del estado con la inflación con el alcoholismo y ahora creo más que nunca que tenía razón, pero el borracho no es solo el estado, es todo el sistema político, incluida la población que la padece. Es un juego de expectativas igual al cuento del tío. La cosa parece funcionar de tal modo que en esta vida hay unos salarios y se necesita gente sensible y valiente para conseguirnos uno. Es la vida de los argentinos que los discuten así colectivamente, desde que el fascismo se hizo dogma, aunque todos se identifican como anti fascistas.

La cuestión es que el rey está interesado en controlar ese fenómeno meteorológico llamado inflación, que parece que se produce o por los intermediarios malos o porque en las negociaciones colectivas los que representan a los declarados incapaces se zafan mucho queriéndose quedar con una parte muy grande de la dotación divina de sueldos. El resto del año todos los políticos quieren que haya mejores salarios, pero en esta época no porque según parece es cuando potencian la inflación.

Pasó Alsogaray por la historia contándoles todo lo que necesitaban saber; experimentaron la no inflación de la década del noventa, que por lo menos les tuvo que haber enseñado que era verdad que se trataba de un fenómeno monetario, dependiente de lo que hace el gobierno y que ni las cadenas de distribución ni la maldad de nadie en el sector privado juegan ningún papel. Menos los salarios que son los que se ven más castigados por ser el último eslabón de la recuperación de la relatividad de lo precios. Pero aprenderlo significa que no hay magia y que el sufrimiento se resuelve actuando, no llorando. Nadie quiere dejar eso ¿Qué hacen los productores de radio si no pueden entrevistar a los actores del rito de cuya actividad parece depender todo de un modo dramático. Nadie quiere oír que Moyano no importa.

Precios y salarios es una redundancia en realidad, ambos son precios, pese a lo que me decía mi pobre profesora de Derecho Constitucional sobre la “dignidad” de los últimos, poniendo cara de redentora porque era incapaz de tratar ni derecho ni economía como algo distinto a la religión. Los salarios no tienen ninguna influencia en la inflación, sino al revés. Si no hubiera negociaciones colectivas que implican estas relaciones de vasallaje, los salarios encontrarían su nivel a la nueva cantidad de papel moneda circulante con mas velocidad, eficiencia y menor daño para todos.

Pero es inútil. La Argentina no quiere saber nada de la realidad. Hay montones de tipos con posgrados y doctorados y que conocen el mundo donde la boludez extrema no impera, pero eligen hacer como que creen todo el juego. Entonces ven el título de la nota del presidente reunido con los sindicalistas y le hacen click desesperados pensando que es muy importante, lo que podría servir para que le reclamen a sus universidades que les devuelvan la guita.

Lanata empeoró las cosas

Lanata empeoró las cosas

No dejo de reconocerle a Lanata el papel que tuvo en hacer visibles las barbaridades del kirchnerismo en su última etapa, pero me voy a referir a su artículo sobre la “militancia”. No tengo ninguna sensación de que haya que agradecerle reconocer lo que eran los psicópatas violentos que poblaron montoneros, erp y todas las organizaciones de violencia política que cometieron crímenes horrendos para tomar el poder y acabar con todo vestigio de libertad y ley. Hay un grupo de argentinos que tiene mucho más mérito, por jamás haber hecho el panegírico de esa actividad criminal ni haber estado dispuestos a aceptar la propaganda del terrorismo bajo el mote de “derechos humanos”. Gente que sigue diciendo lo que estableció el informe “Nunca Más” en base a las denuncias que hubo 8000 desaparecidos. También había propaganda en ese documento, porque varios de los allí mencionados de repente reaparecieron. Esa fue la razón por la que “nunca más” se publicó la lista de las personas en sucesivas ediciones. Verdades loperfidianas no autorizadas.

Tengo que atenerme al contexto para esta cuestión. El señor Lopérfido dijo lo que se sabe sobre desapariciones, el aparato político que pretende obligarnos a pensar que eran hippies le saltó al cuello y Lanata anuncia que igual Lopérfido estuvo mal, porque a pesar de que dijo la verdad, hay que mentir hasta que él nos diga. Entonces nos miente después de anunciarlo y nos habla de 30 mil desaparecidos. Nos deja sin nada, pero el héroe es él y hasta que no nos acepte y nos valide los que simplemente estamos interesados en la verdad y no en mantener algún relato en particular o en venerarlo, tenemos que esperar a que nos valide. El decidió que no nos valida más que lo que quiere. Nos da un caramelo y nos anuncia que tal vez mañana nos de otro.

Empeora las cosas porque hasta ahora mucha gente tenía miedo de pensar en otra cosa que en 30 mil dseaparecidos porque entonces todo el aparato opresor le caía encima. Ahora Lanata inaugura una etapa en la que sabemos que es mentira, reconocemos que es mentira, peor lo decimos igual ¿A qué obedecemos? Antes no se podía pensar en la verdad, ahora nos dice que nos cagamos en ella.

Lo peor es que creo que hace un esfuerzo para salirse de los paradigmas que trajeron este desastre y se destaca en honestidad sobre la mitología izquierdista. Para mi es el discurso de un alcoholico contra el alcohol, con un vaso de whisky en la mano. Cansa una sociedad en la que bajo cualquier circunstancia o conducta, la izquierda nos tiene que aprobar. Todos esperan que sean ellos los que digan la verdad y entonces se festeja una simple edición de la mentira, mientras la honestidad se desvaloriza una vez más.

El cuento de la soberanía

El cuento de la soberanía

Soberanía es un concepto heredado de un tipo de poder sostenido en la mera fuerza. La idea de “atributo del soberano” traspasada a una república bajo el expediente forzado de llamar “soberano” al “pueblo”, es un pase mágico pero no resuelve nada. La invocación de soberanía en el derecho internacional supone una entente entre gobiernos que tienen un ejército y que ejercen la fuerza. Por lo tanto y basados en eso, se respetan, por ahora.

En una república no hay soberano ¿El pueblo soberano? ¿Ante quién? Si la respuesta es ante el gobierno, el concepto queda por completo vacío. Si es ante sí mismo más. En una república lo que se llama “gobierno” (palabra también traspasada) es una organización defensiva, por lo tanto no soberana de nadie.

El uso de esa palabra confunde los objetivos de un gobierno republicano cuyo fin, a pesar de que los socialdemócratas lo hayan destruido, es la preservación de la libertad de sus ciudadanos. El territorio se cuida de invasores como medio de defensa, no como un fin en si mismo, no como un ámbito en el cuál un “soberano” impone su voluntad y se queda con los recursos. El soberano extrae y se impone, la república no debería. A la república la extensión de su territorio en principio no le interesa, salvo que eso de alguna manera se relacione con su propia defensa por razones particulares.

Ahora bien, no vivimos en repúblicas, no queda ninguna. Incluso pueden haber quedado en la intención desde el principio, desviadas por la falta de nuevas definiciones de la política que se relacionen con la idea de libertad hasta lo que tenemos hoy. Así subsistió el “poder legislativo” del gobierno sobre la vida privada, que en cuanto se piensa es cien por ciento incompatible con el sistema de valores republicano. Vivimos en estatismos, de los que somos súbditos en nombre de nosotros mismos, mediante una ficción cada vez más retórica de que se nos está cuidando.

La diferencia es importante porque podemos plantearnos qué le interesa a los estatismos de la “soberanía” y todavía hay poco sentido. Pensemos en Malvinas. Incorporar a las Malvinas a la “soberanía” del estatismo argentino implicaría que su población pasara a engrosar la propia, cuando entre los valores del estatismo está trabar el ingreso al territorio de personas que no hubieran nacido en el. Otro sinsentido para una república, tan centrada se supone en la igualdad ante la ley, su heredero el estatismo ha cambiado los derechos de nacimiento desde el linaje al suelo, aunque en los países europeos sigue siendo la sangre lo determinante.

Después puede haber intereses de extracción de petróleo y pesca para que el estatismo al modo de los soberanos acreciente sus arcas. El estatismo argentino tiene problemas para conseguir capital que explote los recursos de los que ya se apropió, de manera que no se a dónde vamos con eso. En una república lo coherente sería que el subsuelo fuera privado y su explotación no tuviera nada que ver con los estados, tampoco sus beneficios. El petróleo privado de las Malvinas tendría el mismo efecto benéfico sobre la economía circundante que el extraído en Comodoro Rivadavia, bajo la condición republicana de que las fronteras para los negocios privados (todo tipo de contratos y traslados de mercaderías y personas, permanencia pacífica, no existan. No habría por qué pelear por eso, al contrario, habría que levantar las barreras.

Los súbditos del estatismo argentino, eso si, tendrían que solventar nuevos empleados y organismos, con todo su presupuesto. Pero para la gente no se ven ningún provecho.

El único plano en el que el problema no tiene solución es en el de la generalidad patriotera y la incomprensión de lo que es una república, por haberse transplantado sin más un concepto extraño del que parece hay miedo de deshacerse. Por eso se lo sostiene la retrógrada soberanía con mitología, una muy perversa e inmoral llamada nacionalismo, con el que se envenena la mente de generaciones para hacer del fracaso un objetivo romántico. En el nacionalismo el sometimiento y el robo a la población se transforma en un fin “moral” y nada más. Ventaja real ninguna.

El nacionalismo beneficia nada más a los inquilinos del poder, que ven mejorar su vida y engordar su ego. Esto se implanta a través de un sistema que tampoco es compatible con una república llamado educativo. Se que Sarmiento quería hacer otra cosa, en su momento histórico no hay más que rescatarlo, pero su frase sobre “educar al soberano” es equivocada por completo y fuera de contexto, ya lo podemos ver. El que lo dude, cuélguese una foto de Baradel en la cocina para verla todas las mañanas al desayunar.

Una república se preguntaría, más que de quién es la “soberanía”, el método de ampliar los derechos y negocios de los particulares a una zona potencialmente provechosa. No se preocuparía por plantar una bandera que hace varias generaciones que se usa como método de dominio interno, de robo y engaño.

La sacarina engorda

La sacarina engorda

— 101.
— ¿101? No puede ser.
— Pero es.
— Me pesé antes de salir, daba 98.

La enfermera siguió llenando los datos de Alfonso como si no hubiera escuchado. Era tan habitual que las balanzas de los pacientes dieran menos que la de precisión de 900 dólares del consultorio y que lo hicieran siempre cerca de las cifras redondas, que le aburría seguir la conversación. Alfonso quedó mirando a la espera de continuar la disputa pero no tuvo más remedio que desistir. La odió.

El médico nutricionista que le recomendó su clínico, el doctor Alvaro Alvarez, lo recibió con una sonrisa. Le explicó el resultado de los estudios que le había hecho y le dio una serie de recomendaciones, que podrían resumirse en la necesidad de una hora de ejercicio aeróbico diario, prohibición de grasas, no azucar, no alcohol, drástica reducción de harina y un recetario de cocina cuyo contenido más excitante era una manzana asada preparada con edulcorante. Todo eso durante tres meses hasta el próximo control.

Acostumbrado a negociar por su profesión de político, Alfonso intentó explicarle que había leído sobre los beneficios del vino, la fuente de proteínas que es el asado, la antidieta y otras muchas teorías que encontró en internet, pero Alvarez ni siquiera se mostró interesado. Apenas le dijo: “Señor diputado, entienda que usted es el que tiene el problema, no yo. Mi trabajo es hacer que viva muchos años, le acabo de dar mi mejor consejo. Usted es un adulto y se necesita un adulto para combatir sus problemas de salud”. Tras lo cual, con otra sonrisa, lo acompañó a la puerta y lo despidió.

¡Que hijo de puta! pensó Alfonso. Le contó al llegar a casa a Gabriela lo que le habían dicho.

“Que desastre”, comentó ella.

— ¿Pero le dijiste lo importante que es para vos el encuentro con tus amigos los domingos para ver el fútbol con pizzas y cervezas?

— Ni llegué a decirle eso, el tipo un témpano. Si lo vieras, una terrible insensibilidad. En ningún momento pareció interesarse por mi. Me trató como un robot contando calorías.

Se quedaron en silencio. Gabriela especulaba con que a ella le dijera lo mismo el tal doctor Alvarez, porque tenía su propio turno para la semana siguiente. Esa noche le preparó a su marido un zapallito hervido, medio huevo duro y una galletita de agua, acompañado con jugo diet de maracuyá. Ella se sirvió una milanesa que había quedado del almuerzo, con puré de papas, también con el jugo diet de maracuyá para mostrar solidaridad con su marido.

No hablaron durante toda la comida. Mientras tomaban el café y se incumplía la primera regla de no usar azucar, Alfonso comentó que no sentía ninguna diferencia, que no se sentía mejor. “¿Vos me ves mejor?”

Al día siguiente ahogó sus penas con una cerveza y unos salamines con su amigo Ivan, quién por suerte le dio una salida. Le habló de la Clínica Carr, que tenía una metodología muy eficiente para bajar de peso, basada en las necesidades emocionales de los pacientes. Justo lo que Alfonso necesitaba, algo más humano, menos “calculista”, dijo. Desde el mismo bar arregló un turno para el martes.

Se sentía feliz otra vez, esa noche festejaron con Gabriela con los riquísimos ravioles al whisky que ella hacía, receta de su madre. Durante el fin de semana aprovecharon para comer de todo, antes de empezar el nuevo régimen de la Clínica Carr. “Los gustos hay que dárselos en vida”, dijo Gabriela.

Ya el aspecto de la nueva Clínica le pareció mucho mejor a Alfonso. Estaba llena de aparatos, computadoras. En la sala de espera había un televisor 4K sintonizado en ESPN. Las enfermeras eran espectaculares, todas con minifalda. En otra pared había un cartel con el lema de la institución: “Bajar de peso con fe y esperanza”.

El doctor Axel Karlitos le cayó diez puntos. Un tipo fenómeno que hablaba de fútbol y de política. De verdad el día y la noche entre una y otra experiencia.

— Mire don Alfonso, vamos a ir de a poco, hasta que usted se acostumbre. Nosotros tenemos la filosofía de que la dieta tiene que adaptarse al paciente y no el paciente a la dieta. Lo que queremos es construir una relación y dejarnos interpelar por sus sensaciones.

— Magnífico doctor, estoy preparado para hacer lo que haya que hacer para estar bien.

— Muy bien, la actitud es lo primero. Empezaremos por reemplazar el azúcar por edulcorante. En tres meses vuelva para un control.

— ¿Nada más?

— Por ahora no.

— Bueno, si hay que hacer sacrificios se hacen doctor. La pizza y la cerveza son importantes para mi, porque los domingos nos reunimos con nuestros amigos a ver fútbol.

— Ok, no lo deje, pero sea moderado.

Alfonso pondría lo mejor de si. Estaba feliz por el trato humano que había recibido. En los meses siguientes fue bastante estricto con la prohibición del azúcar. El problema fue cuando vio a su clínico nuevamente y este le dijo que todos sus valores habían empeorado y que su peso estaba ahora en 120.

Desde todo punto de vista ese fue un momento clave en la vida de Alfonso. Se sentía estafado, que se habían burlado de él. Pensó en mucha gente que estaría pasando por circunstancias similares. El era ante todo, se decía en el taxi volviendo a su casa, un político. Un político se debe a la gente y si sus propias experiencias no lo hacían reflexionar para volcar todo su potencial hacia las personas de carne y hueso, ese político no servía para nada.

Esa noche se pusieron a trabajar con Gabriela en una nueva campaña, que en pocos meses lo llevaría a la fama nacional, a subir en las encuestas y a convertirse en la nueva figura del país. Primero la esbozó en un memo titulado “La sacarina engorda”. Ahí contaba cómo en la Clínica Carr le habían mentido acerca de la posibilidad de adelgazar con sacarina, cuando en verdad había comprobado en carne propia que engorda como pocas cosas que haya comido antes. Acusó a los médicos en general de vivir en un mundo aparte, sin pensar en la gente que solo quiere un poco de felicidad. Sobre todo aquellos que como él tenían una tendencia a engordar, esos eran los que merecían mayor comprensión de la sociedad. Proponía empezar por tirar la sacarina que cada uno tuviera en casa y subir videos a Youtube.

El memorandum fue publicado en el diario La Nación, después de que circulara por las redes sociales. En pocas semanas Alfonso había recorrido todos los medios como el nuevo gurú de la nutrición basada en la felicidad, no en la dieta que era una receta que venía importada desde los grandes centros de poder. Inició una campaña para prohibir la sacarina, juntando millones de firmas. El hashtag #LaSacarinaEngorda fue tendencia mundial durante varias semanas.

Su popularidad creció tanto que Partido decidió en agosto postularlo ese año para la presidencia. Aunque ni él lo podía creer, ganó las elecciones con el 61% de los votos, una semana después de que la Clínica Carr fuera clausurada por el intendente y el doctor Axel procesado y detenido por asociación ilícita.

Alfonso ordenó que inmediatamente después de jurar como presidente le tuvieran preparado el decreto prohibiendo la sacarina, sustancia propia del colonialismo cultural. Quería que el momento de la firma sea transmitido por cadena nacional.

Antes de que se encendieran las luces para la transmisión, Alfonso sentado en el sillón de Rivadavia sentía que había cumplido con el propósito de su campaña. Era feliz.

Fue el momento en que cayó de cara sobre la hamburguesa con queso y las papas fritas que le había preparado su nuevo nutricionista. La coca cola salió despedida y mojó al camarógrafo.

El presidente rodó por el piso y su presidencia llegó a su fin.

Una respuesta de yudo a los gobernadores peronistas.

Una respuesta de yudo a los gobernadores peronistas.

Es cierto, los gobernadores peronistas son unos chantas. A este gobierno le piden lo que no le pedían a la tirana sub-africana a la que obedecían como lacayos. También es cierto que están tratando como reparto de la coparticipación la asignación de recursos para manejo de la policía a la Ciudad de Buenos Aires, cuando el gobierno se deshace de recursos pero también de gastos.

Sin embargo la respuesta del gobierno tiene serios defectos. Primero que la moral de los gobiernos peronistas no es el punto, además de no tener arreglo. Pedirles que se comporten como perritos falderos porque se liberaron del maltrato, es un contrasentido. Se supone que eso debe poner fin al sometimiento. Por otra parte los pone en evidencia, eso debe ser tomado como una ventaja. Debe restablecerse un sistema federal, donde las responsabilidades estén bien delineadas, eso es incompatible con gobernadores peronistas que actúen como lo hicieron cuando obedecían a los bandidos. No es normal, no está bien.

El problema es el gabinete de Macri no ha decidido un cambio de sistema económico e institucional, sino que viene con la idea de financiarlo, quitar el látigo pero que los esclavos sigan siendo esclavos, ahora en nombre de la colaboración. Lo más importante de la pretensión de las provincias de recuperar el 15% de la coparticipación no es que a la señora se la dejaban pasar, sino que desnuda la estafa de la confiscación de los fondos de pensión para volver a establecer el régimen de reparto. Se había argumentado que las AFJP, que no eran una gran solución, estaban nadando en dinero pero no pagaban buenas jubilaciones, pero resulta que todo eso se volcó al gasto público de corto plazo para establecer un dominio interno dictatorial. Las provincias debieron ceder recursos a la corona. El duranbarbismo habrá elegido no cuestionar aberraciones como aquella y ratificar una intención continuadora de esa y otras políticas en nombre de la necesidad electoral, pero ahora se encuentra con los dilemas numéricos, que no leen encuestas.

Si la intención del gobierno es realizar cambios de fondo y no remar hasta que aparezcan los incendios, esta pequeña crisis de la coparticipación le da dos oportunidades. Una encarar en serio la reforma del sistema, terminando con el método unitario de coparticipación y, segundo, tomar rumbo hacia la única solución que parece estar descartada, que es la única real, esto es la reducción drástica del gasto público para que se convierta en inversión y gasto privado, no solo por razones financieras. Las provincias peronistas se lo están pidiendo. Dado que hay que devolverles el 15% de coparticipación, se anuncian en el mismo acto los recortes que lo posibilitan. Reclamos al Partido Justicialista. El federalismo real no es compatible con el estado kirchnerista.

Pero si Macri entra en el llanto por no ser tratado como un tirano solo porque no los trata él como un tirano, es absurdo y queda como jamón del sandwich. Ya escribí sobre esto pero voy a insistir. Hay dos formas de ejercer el poder, una como un bandido, esto es como Néstor y Cristina Kirchner, basados en sus personas e intereses como centros de decisión, o del modo legal. Si Macri recurre a la realidad (se devuelve la coparticipación y eso requiere un recorte, además de demostrar la estafa del asalto a los fondos de las AFJP) y a la ley. El presidente tiene poder de sobra en la Constitución, si los otros poderes del estado no convalidan medidas correctas, pues pagarán el costo ante la opinión pública. El poder personal de los tiranos K, no temía a la opinión pública, planteaban los dilemas y el resto retrocedía. Con el fundamento legal estricto, pasaría lo mismo con mejores razones posibles de explicar. Los Kirhner tenían que hacerlo reprimiendo la información y la opinión. La legalidad fundamental es la Constitución, todo el resto está subordinado.

Por ahora pareciera que se quiere nadar en el sistema con ajustes “técnicos”. Los funcionarios del área económica se prestan a discutir con el semi-analfabetismo periodístico sobre cosas como inflación, en los mismos términos trogloditas que tanto sirvieron al kirchnerismo para tapar el problema. Dan explicaciones sobre el precio de la carne y se meten en la mitología de los abusos de “cadenas de distribución”, evitando el punto de la emisión monetaria para financiar un gasto público descontrolado, al que ni siquiera se menciona. Por eso es difícil que Macri logre convencer con el argumento de beneficiar a las provincias que administran bien, el principal lastre del país está en el gobierno nacional y la forma negadora de lidiar con la cuestión es la inflación, la que a su vez se esconde en falsos debates sobre comportamientos de agentes del mercado. Es por eso que el gobierno se siente sin salida frente al reclamo peronista, está descartando la solución real. Si es por el “costo político”, que requeriría muchas precisiones como el problema del corto y el largo plazo, ahí está el grupo de Urtubey ofreciéndose a pagarlo.

El fin debe ser que los gobernadores sean gobernadores, que se hagan responsables de los gobiernos clientelares que manejan, también de la imposibilidad del asisencialismo y el costo que eso tiene sobre el sector privado de sus provincias, pero también de los recursos que le piden en devolución al gobierno nacional. Si para la Ciudad de Buenos Aires la asignación del presupuesto policial implica hacerse cargo del gasto respectivo, pues que la devolución de la coparticipación vaya con la transferencia de responsabilidades también. Ya que lo piden, acá va. De otro modo todo este juego no es más que otra forma de provocar aumentos de gastos del sector público en términos absolutos y por tanto mayor necesidad de esquilmar a la población con impuestos o inflación, todo lo cual terminará pagando el macrismo en términos políticos.

La demagogia no es moral

La demagogia no es moral

La referencia a la pobreza como víctima de la riqueza tiene el único fin de colocar al número contra el recurso. Eso no puede ser respetado como plan político, menos como tesis moral o religiosa, es un simple y burdo modus operandi.

El juego continúa a pesar de que el número inexorablemente pierde al atacar su fuente de subsistencia, porque los doctrinarios de este plan obtienen lo que quieren a su costa.

Por eso aunque la realidad les muestre a los que se dejen encantar que nunca llegan a lo que quieren y que cada vez se aleja más, la ilusión de la salida fácil que le ofrecen los asaltantes en nombre de la bondad, se sigue alimentando con mentiras.

De las mentiras se construyen mitos y en muchas generaciones a eso se le llamará religión. Algunas son nada más que la promesa de que lo que te sacan en esta vida te lo recompensarán en otra. Otras son honestas en sus intenciones, pero la facilidad con la que se pasa del mito tranquilizador a la estafa es enorme. Mucho más fácil y disimulado que hacerse deshonesto en el mercado. Por eso el propósito de denostar lo “material”, en ese terreno manipular “almas” se hace más difícil. El dinero por si mismo no te envilece, lo que les preocupa es que te separe de su propio poder de envilecimiento.