OEA: de la complicidad activa a la complicidad estúpida

OEA: de la complicidad activa a la complicidad estúpida

Describir la situación en Venezuela como “crisis”, es lo que el filósofo Gustavo Bueno llamaría anegación de la especie por el género, que consiste en privar a los hechos de sus atributos específicos, para esconderlos en el género. El asesinato de Kennedy podría así ser tildado de un “acto violento”. Pero acto violento también es insultar al señor que se nos cruza con el auto sin poner el guiño, el chico que le contesta mal a la mamá o el que se agarra a las trompadas en una cancha de fútbol. La definición del asesinato de Kennedy como una acción de violencia, nos impide conocer lo más importante y nos permite no tomar partido con mayor comodidad, igualando situaciones graves con trivialidades.

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Ningún pueblo tiene comandante

Hace mucho que insisto en la necesidad de reconocer al autoritarismo ejercido en nombre de las urnas en una forma poco original de dictadura. El problema no es la palabra, sino que no se quiere aceptar que estos sistemas políticos están basados en el sometimiento popular y no en su voluntad.
Una de las cosas más curiosas del espectáculo que nos ofrece el largo funeral de estado de Hugo Chávez es la pretensión de demostrar el carácter democrático de su legado con muestras de devoción casi esclava por parte de sus indefensos seguidores. Gente que ha dependido de él para subsistir, exhibida como argumento de que en el ejercicio de su adoración no son siervos de la gleba sino ciudadanos racionales arquetípicos de la polis griega ejerciendo su soberanía.
Los paradigmas de la democracia y de un criadero de aves de corral no encajan, se oponen.
Quién de hecho ocupa el lugar del poder ejecutivo en Venezuela es en realidad un heredero que trata de mantener su posición convirtiendo en dios a su antecesor y utilizando su cuerpo embalsamado como símbolo de continuidad, en una imitación expresa de otros dictadores que jamás pretendieron ser democráticos.
Si somos soberanos lo somos todo el tiempo, pero si no caminamos por la calle sin temer, si estamos explicándole a los que suponíamos nuestros empleados del sector público qué hacemos, qué compramos y a qué precio, si les mostramos las valijas y nos pueden revolver la ropa interior, pues somos unos soberanos de pacotilla, unos pobres monigotes de los que nuestros súbditos tiranizandonos no pueden hacer otra cosa que reirse.
Como en la Argentina donde tenemos un 46% que nos dicen que se tiene que callar la boca, obedecer sin chistar y pagar los impuestos mientras los apalean y un 54% mendicante que debe amar a su líder, defenderla de cualquier cosa que haga, apoyar sus caprichos del día, recordar con ceguera moral e histórica a su marido fallecido, declararse “soldados para la revolución”, todo eso en nombre del principio de que el que manda es el pueblo.
¿Cuál parte es el pueblo democrático? ¿Quiénes son los soberanos?
El 46% seguro que no, nos lo explican ellos mismos. Pero el 54%, menos aún haciendo la venia en lugar de dar las órdenes. El resultado de esta democracia sin pueblo, en el que el 100% como dueño ha desaparecido, es que el supuesto soberano es el que se agacha. El insumo más barato del régimen porque cualquier grupo organizado obtiene ventajas a su costa.
Ni hablar en Venezuela donde el supuesto demócrata era llamado “comandante”, como lo empiezan a denominar también sus admiradores kirchneristas, esperando en algún momento ser la corte de un orden político similar.
Que inútil el esfuerzo de convencer que son la expresión misma de una voluntad popular cuando el pueblo es tan disminuido como para ser mostrado besando anillos. En una democracia de cualquier libro los gobernantes están a los pies de los ciudadanos soberanos, el espectáculo que están mostrando es precisamente lo opuesto.
En el momento más oportuno el ex presidente de Ecuador Rafael Hurtado publicó su libro  “Dictaduras del siglo XXI” que sostiene el mismo punto acerca de la falsificación de la legalidad democrática por parte de estos sistemas. Me voy sintiendo menos solo entonces. En sus palabras:
“Este modelo de acceder al poder a través de las instituciones democráticas, para luego la conducción de un caudillo, desconocerlas, manipularlas e instalar gobiernos autocráticos y formas disimuladas de dictadura, no es un invento de Hugo Chavez y sus seguidores que se limitaron a darle un toque latinoamericano. Su origen es bastante más antiguo. Se remonta a la segunda y tercera décadas del siglo XX y fue concebido e implantado por el Duche Benito Musolini en Italia y el Führer Adolfo Hitler en Alemania, con la ayuda de los partidos fascista y nazi”
Tanta gente encima, sobre todo entre los devotos en medio de su devoción, hacen uso del término fascista mientras son instrumento de un fascismo redivivo, que es necesario aclarar que este sistema no tiene libro sagrado, acá no hay una doctrina o un paraíso al que nos están conduciendo cortando cabezas. Es una mesa de saldos donde caben consignas panfletarias, íconos y héroes del comnismo, del nazismo, del fascismo, la macumba, la música bailantera y el rock and roll. Por eso están juntos en un mismo club todos los antiliberales del siglo XXI con la teocracia terrorista incluída, porque como decía George Orwell “No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer una dictadura”.

Democratizar es gobernar. Del pacto con Irán a la imitación.

La democracia es una forma de gobierno, de manera que “democratizar” es siempre gobernar. Lo que la señora Kirchner quiere hacer es gobernar la Justicia porque ésta en lugar de obedecerle se atiene a otros parámetros que están por encima del gobierno  como la Constitución y las leyes. “Democratizar” entonces se debe interpretar como el gobierno total, sin derechos de los ciudadanos, sin reglas, un sometimiento completo a los deseos del que fue votado.

La libertad no se “democratiza”, porque no se gobierna, pertenece a los individuos. La prensa no se “democratiza”, es un derecho de las personas y de estas organizadas en empresas que no depende ni debe depender del gobierno o de la opinión de los demás aunque sean una abrumadora mayoría. La justicia no se democratiza, porque debe actuar con independencia de criterio respecto de las mayorías y las minorías. Democratizar no es distinto de tiranizar si se aplica sobre libertades o instituciones que no deben ser gobernadas sino libres.

En la Argentina se vota porque hay constitución, que es el pacto de paz entre los argentinos, el que terminó con 40 años de luchas y dio origen a la unión nacional. La votación circunstancial no puede terminar con el pacto de paz permanente, no puede estar por encima la decisión del momento del acuerdo básico de largo plazo.

Claro que este proyecto no fue votado, es la respuesta de la señora Kirchner a fallos adversos que no hicieron otra cosa que ratificar que hay reglas que no pueden violarse. La creación de nuevas Cámaras y todos los otras medidas que impulsará su gobierno tienen por fin impedir a la Justicia actuar como tal y someter a los jueces al control político.

La ingenua o cómplice oposición ha estado prestando su aprobación a la designación de militantes K como jueces y fiscales durante años. Empezaron con la Corte, aunque hoy la Corte tampoco le alcance a los planes kirchneristas porque no se ha disciplinado como se pretende. Peor es el caso de los jueces y fiscales que como células dormidas de repente salieron a la luz para proclamar sus fines partidarios en un acto que los descalifica en su función jurisdiccional junto a conocidas caras del arrebato oficial con identificación como defensores de cualquier cosa. Todos esos jueces y fiscales, junto a la señora Gils Carbó, pasaron los filtros institucionales sin ser cuestionados, ni siquiera discutidos, subidos a falsos barcos nac&pop como los derechos humanos, que son solo para ellos.

Abramos los ojos, no es que la señora de repente se amiga como Irán, ella quiere convertir a la Argentina en un Irán latinoamericano, como ya lo es Venezuela, Bolivia, Ecuador. La coordinación entre la Procuradora General, el vice ministro de Justicia y Derechos Humanos de los Montoneros, la reunión partidaria de funcionarios y magistrados y el discurso presidencial, son el lanzamiento de un plan revolucionario, un alzamiento contra la Constitución que coloca al “modelo” fuera de la ley fundamental.

El poder total antes de las elecciones le garantiza al sistema opresor que se pone en marcha el control de los resultados. Mientras todos duermen porque las encuestas no le dan bien al gobierno o la inflación les hace perder popularidad. Si esta marcha sobre la Justicia continúa, podrán imponer cualquier candidato en el 2015 porque nadie estará en condiciones de competir perseguidos por la AFIP o la justicia para la victoria democratizada, coletivizada.

El problema es que hasta aquí se ha tolerado demasiado. Todavía hay gente hablando de buenas o malas palabras, jugando a la pulcritud con un grupo de salvajes que pusieron al estado a su servicio, enriqueciendo a sus militantes trogloditas con dinero público, robando en sus caras como no se ha robado jamás. Los han visto cooptar cada rincón del Estado con militantes que trabajan para su facción, toleraron que la agencia estatal de noticias enarbolara la insignia del Frente para la Victoria, soportaron la utilización de los bienes públicos para esparcimiento de la familia presidencial, vieron como eliminaron el acceso a los informes de auditoría, la vieron intervenir la Procuración General  desplazar jueces para impedir la investigación de Boudou, fueron testigos del envío de dinero robado al estado venezolano por su dictador, conocen los negocios de las Madres de Plaza de Mayo, aceptaron la compra de artistas, la extorsión a empresarios abierta y por los diarios, la utilización de la AFIP para perseguir a los disidentes, aplaudieron por políticamente correcta la liquidación de la Corte Suprema legal en nombre de una república a lo Página 12. Y los siguen tratando como un gobierno legal, siguen hablando de la “investidura presidencial”, de si no serían un poquito feas las palabras que se usan en las manifestaciones, de que hay que pagar los impuestos, de que deben terminar de delinquir hasta el 2015. Y ahí están ahora también reclamando su derecho a convertir a la Justicia en “soldados de Perón” a la altura intelectual y moral del señor Larroque. Si los han invitado tantas veces al abuso, como no iban a abusar.

Seamos serios, estos no son temas para las Michettis y los Macris de este país. Se necesita gente responsable y que entienda algo de algo.

Es claro que si hay un proceso revolucionario a punto de dar un golpe definitivo, debe ocurrir un levantamiento, una resistencia y que los dirigentes políticos deben estar a la altura del momento. Los inservibles a casa.

La Constitución de 1853 es además un pacto de unión nacional. Sin Constitución de 1853, bastante desvirtuada ya por sus reformas, no hay estado nacional. La resistencia debe tener esta llave a la mano, si el estado nacional se deforma, no existe como tal. Las provincias retoman su plena autonomía y les corresponderá a ellas determinar la eventual forma de otra estructura federal o confederal.

Esta es la principal debilidad del plan de iranización de la Argentina, si el estado nacional se sale del pacto original, se deslegitima y deja de existir.

El año 2013 es crucial, las elecciones nos guste o no operarán con un efecto plebiscitario y por desgracia al gobierno le conviene la dualidad a la que están empujando al país. La única forma que imagino de salir de la trampa es redoblando la apuesta. Si el oficialismo busca apoyo para terminar con la Constitución, la oposición debe buscarlo para destituir a Cristina Kirchner por la vía constititucional y a todos los jueces y fiscales del Frente para la Victoria que se han alzado contra su función.

La oposición debe entender que su agenda ha cambiado, ya no es cuestión de discutir medidas de gobierno, sino de ponerse al frente de la resistencia contra una dictadura.

Así están las cosas, las quieran ver o no ¿No han dejado pasar ya demasiadas advertencias?

Los dictadores también se mueren

El mundo festeja el nuevo año y la pregunta que flota es si Hugo Chávez Frías, dictador electo de Venezuela, vive o no vive. A mediados de diciembre viajó a La Habana a someterse a la cuarta operación del cáncer que lo aqueja y como en todo régimen oscuro la información sobre su salud se ha convertido en un secreto de estado. El vicepresidente Nicolás maduro pasó el fin de año junto a su amo y señor y se limitó a informar que su estado es delicado.
Las dictaduras necesitan un grado de obediencia muy superior al de los países con libertad. Los liderazgos no son reales, sino un artificio fruto de la restricción, el impedimento a la gente de informarse y opinar, la persecución y el ahogamiento económico de la disidencia y el endiosamiento del mandamás. El dictador no puede ser un simple mortal porque entonces no se le permitirían sus caprichos con tanta facilidad.
Los dictadores viven atormentados por el terror porque se saben enemigos de todos aquellos a los que hacen infelices, a los que roban y dañan. Son conscientes de ser ladrones y cobardes y por lo tanto nada de eso puede saberse. Ante la duda todo es secreto porque las dictaduras son Cajas de Pandora potencialmente explosivas.
Por eso es que un sistema por antonomasia anti dictatorial como la república contiene entre uno de sus elementos esenciales el de la publicidad de los actos de gobierno (junto con la división de los poderes, la periodicidad de los mandatos, los derechos individuales y la representación). Es un sistema basado en la cosa pública. La información abierta y disponible para todos es uno de los antídotos para proteger la libertad de los gobernados.
La democracia en cambio es un sistema menos antidictatorial. Es una manera de formar gobierno basada en la soberanía popular. Se trata de una forma de legitimar al poder por medio de una entelequia llamada pueblo. Pueblo no es la mayoría, sino la totalidad de los ciudadanos en igualdad ante la ley. Un gobierno democrático es algo más que un gobierno elegido, es un gobierno del pueblo y, como agregara Abraham Lincoln en un famoso discurso, por el pueblo y para el pueblo.
La mayoría es apenas una regla de resolución de las diferencias internas, pero no es una base de legitimidad. La legitimidad se encuentrará en que el gobierno ejerza sus funciones en nombre y con responsabilidad frente a todos. Lo hará con sus criterios, pero lo hará de manera en que no pueda dudarse de que lo hace por todos, según su leal saber y entender. Porque dudar de esa intención es dudar de la legitimidad democrática de quién ejerce la representación.
Por eso es que la democracia es más que una forma de elección, es una forma de gobierno que debe mantenerse a lo largo de todo el mandato. Es menos antidictatorial que la república porque tiene menos elementos por si misma de prevención del abuso del poder, pero es suficiente para descartar cualquier forma de conflicto interno. Un gobierno que elige apoyarse en una parte del pueblo y ejercer el poder contra otra, no es un gobierno democrático. En una democracia en que existe ese colectivo de gente igual ante la ley, igual de ciudadanos, igual en su porción de soberanía, no puede el gobierno ser el instrumento de una lucha interna, ni de clases, ni de ningún otro tipo de facción.
La legitimidad de un gobierno de la mayoría en contra de la minoría se pierde, porque la minoría deja de tener motivos legítimos para obedecer y respetar los criterios de ese gobierno.
Los chavistas y sus amigos en Latinoamérica se enojan mucho cuando se llama a Chavez dictador. Ellos se sienten los herederos del socialismo que han encontrado que pueden ganar elecciones y por lo tanto ser democráticos. Todas sus intenciones de acabar con la libertad y con la propiedad parecen tener ya un un cauce por el hecho de que con una cuota de demagogia importante pueden llegar al poder, para después agregarle una cuota grande también de restricción a la libertad de opinar, de informar, una buena dosis de persecución y espionaje interno, salvaguardados por la voracidad fiscal internacional que les da permiso para hacer lo que hace unas pocas décadas hubiera sido considerado atroz, como es instalar el ojo del gran hermano en cada ingreso y gasto de las personas y meterse en sus billeteras. Con todo eso creen haber encontrado el aval para un gobierno abusivo al que habrá que someterse más allá de la amenaza por razones hasta morales.
Malas noticias, no lo han logrado. Antes enfrentaban a la democracia y mucho más a la república, por considerarlas con sentido común como sus grandes enemigas. Con el descubrimiento de que pueden ganar elecciones y con mayor facilidad reelegirse habiendo acogotado o corrompido a buena parte de la sociedad y que esquilmar a la gente se llama ahora financiar al estado, creen que se ganaron el derecho a realizar todo tipo de crímenes, pero todo es una máscara sin ningún valor. Tanto lo saben, que se enojan mucho cuando se los recuerda.
No hay nada incompatible entre un gobierno de la mayoría, que ya aclaré que no es una democracia, y una dictadura. Son en realidad amigos ideales. La dictadura consiste en una voluntad que se impone sobre los demás, una voluntad que abusa, que no está sometida a ninguna regla. Hay características que las hacen fáciles de reconocer, como el oscurantismo, el culto a la personalidad, la corrupción, la existencia de impunidad para los que están cercanos al poder, la división de la sociedad y el generar enfrentamientos internos, el fanatismo, el uso de lenguaje bélico para referirse a opiniones diferentes, la propaganda, el uso de los recursos públicos en provecho del gobierno y contra los opositores, el pánico a la crítica. Una mayoría puede elegir eso, y es fácil inducirla a elegir eso si el estado es puesto al servicio personal del gobernante y reparte subsidios y utiliza el empleo público como una forma de esclavitud, si agita a las masas con fantasmas y enemigos.
El límite con el que se encuentra es que para llevar a cabo la instalación de una dictadura, el gobierno de la mayoría necesita de un insumo que es el ataque a distintas minorías o individuos que actuarán de combustible, lo que hace que la representación del todo llamado pueblo desaparezca. Con eso también la obligación de las minorías de obedecer y hasta su deber de resistir. Un gobierno de la mayoría puede romper con esa forma de paz que es una democracia verdadera.
Chavez es, o ha sido, un dictador con todas las letras. Buena parte de la población de Venezuela se encuentra en el exilio, ha destruido el derecho de propiedad, maneja a los empleados públicos como sus esclavos y conduce una declarada y abierta guerra interna. Es el vencedor de una forma de guerra civil que él abrió y mantuvo abierta. El suyo ha sido un gobierno ilegítimo, por más que haya sido ratificado mil veces por la mayoría en la medida en que hayan sido reales los resultados y aún si no nos importara el fraude sistémico de utilizar los recursos públicos para comprometer la libertad de los ciudadanos al votar con dádivas y propaganda falsa.
El propio diccionario de la Real Academia Española que a veces no es demasiado preciso a la hora de definir términos políticos habla de la dictadura de un modo en el que se verá, no es para nada incompatible con la existencia de elecciones:
1. f. Dignidad y cargo de dictador.
2. f. Tiempo que dura.
3. f. Gobierno que, bajo condiciones excepcionales, prescinde de una parte, mayor o menor, del ordenamiento jurídico para ejercer la autoridad en un país.
4. f. Gobierno que en un país impone su autoridad violando la legislación anteriormente vigente.
5. f. País con esta forma de gobierno.
6. f. Predominio, fuerza dominante. La dictadura de la moda.
Tenemos un Chávez elegido y cayendo de manera exacta bajo las acepciones 3 y 4 y como consecuencia también en las otras.
Debe notarse que la acepción número 4 señala con mucha precisión esto de la violación de la legislación anteriormente vigente. Esto descarta la legitimidad de una revolución en democracia. Una revolución es un quebrantamiento del orden jurídico, la aplicación de leyes nuevas con retroactividad afectando derechos es un acto dictatorial, el utilizar el poder del estado para arrasar con el sistema constitucional anterior para perpetuarse en el poder, también es una forma de ejercicio dictatorial del poder, una forma de no reconocer crímenes y de creerse el gobernante que él es el que “dicta” las reglas de juego sin límite.
Ninguna elección avala crímenes, ningún plebiscito hubiera stantificado los campos de concentración nazis ni hubiera hecho ilegítimo resistirlos o escapar de ellos.
En una dictadura siempre habrá una enorme asimetría entre quienes se encuentran en el poder y los demás. Incluso la mayoría será a lo sumo una masa sometida a los límites de un criadero, será parte importante del pueblo sometido y su adhesión no será una muestra de libertad sino una prueba más de la existencia de la dictadura. Una dictadura podrá ser elegida eternamente con el voto mayoritario, pero siempre será un gobierno de una minoría privilegiada que vive a expensas de los demás.

La Corte no militó hoy

La trampa es referir una sentencia a los intereses de las partes, entonces pareciera que es igual alegrarse si la Corte prorroga una medida cautelar, que nunca debió tener plazos, o la mantiene hasta la sentencia definitiva, como hizo hoy en contra del pedido de la procuradora militante. Si hacemos eso somos igual de arbitrarios que el gobierno haciendo de la Justicia el terreno para una batalla personal jugada mediante el abuso extremo del poder público.
La solución es que la medida sean los derechos de las partes, referidos a un criterio de justicia objetivo dado por los principios constitucionales y por la determinación irrevocable de vivir en libertad que es la única razón por la que en un país hay tribunales independientes y no pelotones de fusilamiento.
Las decisiones que tomó hoy la Corte deben festejarse porque se atienen al Derecho. Y no hay un Derecho K y otro anti K. Lo que hay es una pugna abierta entre dos sistemas, uno una república constitucional de la que la Corte es un componente y otro y régimen despótico bastante parecido a una monarquía absoluta pero que su cultura populista lo acerca más al nacional socialismo alemán.
Cristina Kirchner ve al Derecho como una extensión de su voluntad y a todos nosotros como súbditos que tenemos que servirle. Sus partidarios por lo tanto no pueden ver en la disputa que mantienen con el grupo Clarín otra cosa que una guerra entre dos poderes. Si ganan ellos es el poder bueno y si ganan los otros se impone el poder malo. No hay nada justo por si mismo.
La Corte en su existencia pertenece a otro sistema, tiene poco sentido para el despotismo sin ilustración que existan los tribunales, que tengan que estar comiéndose las uñas para ver si les dan la razón. Lo que buscan es una dictadura avalada por una república y eso es algo que no se puede tener. Mantener el principio de legitimidad que le asegure obediencia, pero para servir a un gobierno sin ley.
Para la Justicia como la concibe la Constitución el eje no es Cristina Kirchner, la “genial”, ni la perpetuación del llamado “modelo”. El eje es una república que le da sentido a su existencia. Ese y no otro es el Derecho y entonces hay opciones que son D y anti D y estas últimas deben descartarse. Al menos en el fallo de una Corte, si quieren seguir adelante tienen que hacerse cargo de ser un gobierno de fuerza.
El oficialismo ha falsificado sus disputas creando enemigos con un ritmo industrial. Los han englobado bajo distintas etiquetas fantasmagóricas como “las corpo”, “los monopolios” (una contradicción en términos, porque solo puede haber “monopolio” en singular), hasta el Poder Judicial acusado de no ser “democrático”. A todo lo hizo caber dentro de una etiqueta mayor, la de “derecha”. Pero al enemigo al que le han declarado su hostilidad es el Derecho, no la derecha.
Por eso colocan a los jueces en la alternativa de seguir fieles a la naturaleza de su misión, o ser un instrumento de represión de la disidencia traicionando su esencia, como varios ya lo han hecho.
La república es una cosa, no muchas. Es un ámbito en el que rige la igualdad ante la ley, donde el estado mismo está sometido a las reglas de juego y concurre a los tribunales en absoluta igualdad con cualquier individuo, donde el poder se encuentra dividido con diferentes funciones y la voluntad de nadie es más importante que el sistema. Esto quiere decir, en otras palabras, que la mayoría y una persona sola son iguales ante un juez, porque su vara es la de la justicia y no la del poder. Para cualquier otra cosa no se necesita una Corte, para cualquier otra cosa un juez carece de legitimidad.
Lo que caracteriza a estas dictaduras con urnas es el temor profundo a cruzar el Rubicón solas, no quieren terminar como César a igual velocidad. El plan es que todos los poderes del estado legal se transformen a la ilegalidad, para hacerlo ellos al final, sin ningún riesgo. Hoy es uno de esos días en los que el plan se ha encontrado con un obstáculo.