El blanqueo en tiempos orwellianos

El blanqueo en tiempos orwellianos

El estado de derecho como sistema se encuentra invertido, desde que los ciudadanos privados, por la necesidad de financiar a un estado voraz, disfrazado de Papá Noel, tienen que justificar lo que tienen. Es decir, se presume que lo que tienen es objeto de algún delito, norma que debería aplicarse a los funcionarios públicos que manejan recursos que no les pertenecen. Pero sin resistencia apreciable, dado el paradigma paternalista que libró al estado de sospechas, la población está bajo vigilancia en todos sus movimientos económicos, en una vorágine acelerada que podría servir para una precuela de 1984. Basta ver las cosas que los funcionarios dicen y la forma en que los periodistas se las aceptan como si fueran normales.

Los individuos privados cuentan, deberían contar, con la presunción de licitud de sus actos. El artículo 19 de la Constitución dice con énfasis que todo lo que no está prohibido, está permitido. Es el estado el que tiene que establecer qué cosa estaba prohibida en la actividad económica de una persona que tiene determinados bienes. La dificultad que tiene es que en su función paternal, que le permite incrementar su presupuesto y control, el estado decidió controlar y prohibir actividades privadas como el uso y comercialización de las drogas y, en materia fiscal, sus necesidades de recaudación superan con creces la disposición a colaborar de la gente común. Por lo tanto el control de lo permitido, violando las limitaciones constitucionales, se hace arduo. El no pago de impuestos se tiene que transformar en “delito”, sin que haya víctimas privadas, es decir, sin que haya interés de la gente en denunciarlo, que es lo primero que debería ocurrir para que el delito en ese sector sea controlado. En el caso de las drogas porque tampoco hay crímenes entre individuos privados, que en realidad pactan cosas contra la voluntad estatal. Los fondos en uno y otro caso, pertenecen a quienes los originan, aunque en un caso el estado pretende quedarse con ellos para financiarse y en el otro intenta que la actividad no exista más. Esas condiciones hacen difícil al estado ejercer su poder y limitar al sector privado.

Entonces, como las prevenciones respecto del sector público que se ocupa en el imaginario socialista de sostener la vida en la tierra, han desaparecido, se recurrió a la inversión de la legitimidad política y a la liquidación del estado de derecho: El que tiene fondos debe probar de dónde viene lo que tiene y es, en principio, sospechoso, por tener algo que el estado no sabía que tenía.

Lo anterior es el problema principal y la pendiente en la que se desliza el mundo hacia el totalitarismo de manos de los “bien intencionados”. Lo que viene es la tontería argentina circunstancial. El gobierno plantea un “blanqueo”, de nuevo para financiar un estado endiosado que libra a los argentinos de toda preocupación, dicen, al que no le alcanzan una brutal presión impositiva y los altos índices de inflación. Acá se presenta el problema entre el “evasor” y los “otros delincuentes”. Un funcionario le explicaba a Longobardi recién que intentarán evitar que narcotraficantes o gente relacionada con corrupción en el estado utilice el blanqueo para, justamente, blanquear. Esto, dijo, es solo para evasores impositivos, de modo que aquellos que puedan demostrar que su dinero viene de una actividad “lícita” (ese concepto ha muerto, pero no me voy a extender, tomémoslo como sinónimo de “autorizada), no tendrían de qué preocuparse.

Lo que preocupaba en la mesa de Longobardi era si los bancos harían el trabajo de vigilancia para comprobar que no se filtren los malos entre los buenos. Pero mi duda es otra. Fondos en negro se obtienen de modo lícito pero por definición no se contabilizan. El origen no está en los papeles, eso en un estado de derecho no los debería transformar en ilícitos per sé, pero estamos en el siglo XXI y bajo vigilancia, así que ya no es así.

Entonces pareciera que los que blanquean dinero en negro proveniente de actividades no prohibidas, tendrán dificultades para demostrarlo y que estarán unos años en la duda hasta que eventualmente venzan los plazos de prescripción. Claro que la prescripción seguirá existiendo mientras no sea una dificultad para la Santa Recaudación que todo lo ve y todo lo necesita.

El recaudador presente y sus ovejitas tontas

El recaudador presente y sus ovejitas tontas

Es asombroso cómo se habla de impuestos y de su “evasión”, como si fuera un sacrificio que alguna gente evita. Está asumido que el sacrificio es bueno por si mismo, el que se sacrifica es venerado, el que no se sacrifica denostado. No es que este seteo ético produzca sacrificios en masa, esto es algo imposible de lograr, al menos en la mayoría de las personas. El único efecto es la vida en hipocresía y la culpa que queda por no ser sacrificado, se saca hacia afuera, se transforma en filípicas izquierdistas y en socialismo. La gente ya no necesita sacrificarse sino venerar al sacrificio que se aplicará sobre otros.

Las charlas sobre impuestos son todas ritos de persecución de esos otros. El sistema moral/religioso estatal ha logrado que no exista juicio alguno acerca del que recauda y por qué recauda. Nadie tiene un segundo de reflexión acerca del simplísimo hecho de que cada peso que les ingresa fue producido fuera del aparato recaudador, incluso los de aquellos que viven del estado, como empleados, como contratistas o como periodistas. De manera que inevitablemente el aumento de la recaudación es el aumento de la pobreza. Pero sobre el recaudador no se hacen filípicas morales, porque el recaudador es el sacrificio organizado en sí mismo.

A ver, seamos claros. La evasión es una actividad beneficiosa para la economía. La igualdad en la que la gente se ve perjudicada por el impuesto no juega ningún rol moral ni económico. Moral, porque diez asesinatos no son más justos que uno, sino al revés. Algo que está mal que perjudica a muchos es peor que algo que está mal que perjudica a pocos.  Muchas veces se sostiene que si todos pagaran todo se podrían bajar los impuestos. Señores, la evasión crece porque se suben los impuestos, algo que sucede antes de que los sacrificados hayan tomado la decisión de evitar lo que se les quiere cobrar. Si la recaudación aumentara, aumentaría el gasto público, podemos apostar por eso. En este momento, el gobierno del que muchos acomodados dicen que mejor no hablar mal, aunque haga las cosas mal, está recurriendo a establecer métodos policiales más agobiantes que la tiranía anterior, para mantener el gasto público, para mantener su poder, para evitarse problemas. El gasto público ya lo tiene, antes de recaudar.

Pero claro, la reacción que sigue, para no revisar lo anterior, es explicar la necesidad del estado. Es decir, si se llega a cuestionar la moral del sacrificio fiscal, el estado desaparece. Gran trabajo ha hecho la glorificada educación pública que Jefferson quería para formar ciudadanos con valores opuestos a esos.

El estado cumple una función política y tal parece que la seguirá cumpliendo bastante tiempo más. En el interín, lo que debe preguntarse es cuál es y cuáles son sus límites. Pero primero hay que dejar de pensar como el estado quiere: que un país vive de recaudar impuestos, porque se ha identificado al país con el estado. Y cuando digo estado no quiero ser excesivamente abstracto, son esos inútiles que un día llegan a un cargo y empiezan a inventar oficinas con nombres estúpidos para engañar  y tapar el simple hecho de que quieren acomodar a un amigo, a un militante o crear una licitación a medida para un aportante de la campaña. No es gente mejor o peor, es gente que pasa de manejar plata propia a manejar plata de los demás y se da cuenta de que hay toda una cultura de veneración de su función, capaz de fumarse sin cuestionamiento que exista una “secretaría de modernización”. Porque la gente, contrariamente a lo que querían Jefferson y Sarmiento, ha sido educada para no preguntarse jamás si la modernización depende de un inútil que da órdenes o de otra cosa.

Si hubiera educación y no des-educación, la gente se enteraría de que la economía es esa parte de la generación de recursos y su circulación que el estado no se lleva. La economía es un sistema, el estado es un costo sobre el sistema. La economía es un flujo de intereses en el que cada parte gana de acuerdo a cómo se valora lo que ofrece y eso genera incentivos para que todos apunten a una mayor productividad. El estado al recaudar corta ese flujo y obtiene recursos que ya no circularán en base a esas preferencias sino a criterios políticos, declaraciones morales y, en general, los intereses de preservación del estado y sus agentes y amigos.

Si le ponemos la mejor luz al estado, la que le puso el liberalismo clásico, podemos pensar que hay funciones como la justicia y la seguridad que tienen que proveerse por medio de un aparato político organizado y que recaude unos impuestos. Ya lo podemos discutir, pero la falacia consiste en identificar el cuestionamiento al impuesto para pagar una “Casa del Futuro”, con la desaparición de ese estado liberal. Lo que explica esta antinomia tan artificial es la mitología que hay detrás del estatismo. Mitología que no tiene otro origen que las mentiras que se van acumulando sobre lo indispensables que son las funciones que cumplen los burócratas, que luego se trasladan vía ministerio de educación, libros de gente que no quiere estar contra el poder y medios que siguen el mismo patrón, a envenenar el cerebro de los sacrificados con mentiras. Lo cierto es que el impuesto es un costo económico, un peso sobre el bienestar de todos, no un bien y la sangre del país, que es el modo en que se asume sin pensar cada vez que se habla de ellos. Por lo tanto hay que cuidar que el estado no haga otra cosa que lo que tiene que hacer, para que cueste poco y además para que la gente no vea la necesidad de huirle y el sistema por lo tanto sea financiable. Si fuera así, la evasión sería un problema marginal que no necesitaría tantas amenazas ni recurrir a reuniones internacionales para que una policía mundial haga cómplices a todos los países a la hora de sacrificar a la gente que produce. Porque, pequeña aclaración moral que las ovejas fiscalistas necesitan: Lo “evadido” es dinero que produjo el “evasor”. El evasor no roba sino que es robado, por más esfuerzos de re-etiquetado que haga el aparato des-educador. La idea es que si se roba poco para mantener al aparato político, no habrá mayores problemas.

El sistema económico está basado en voluntades que se coordinan frente a sus intereses. Es incompatible ser un buen productor con ser una buena oveja que paga impuestos, justamente por eso. El individuo al que se le pide que sea eficiente a la hora de crear cosas nuevas y tratar con sus clientes para ver cómo los convence de comprarles, tiene que hacer un abrupto cambio psicológico para ser el “contribuyente” del “estado presente”. Cuando la dosis de esto último es controlada, no hará gran daño. Pero hacer convivir dos mundos de valores opuestos o incluso hacer que el mundo productivo sea a su vez un buen “contribuyente” de un estatismo que tiene cosas como secretarías “de la juventud”, es construir una sociedad esquizofrénica, hipócrita, peligrosa para sus miembros, que buscará todo el tiempo salvadores, vivirá en la mentira, construirá fantasmas y los perseguirá. Es una locura.

Sobre por qué la evasión fiscal es el único límite al poder que queda (Mayo 2001)

Sobre por qué la evasión fiscal es el único límite al poder que queda (Mayo 2001)

Buenos Aires, mayo 21 de 2001.-

SOBRAN IMPUESTOS

por José Benegas

Todos sabemos el peso enorme que la maquinaria política tiene sobre nuestro bienestar, pero no sólo porque son muchos los que se encuentran colgados en ella, sino por el tipo de pensamiento predominante entre políticos y en la sociedad en general.

Hagamos nuestra pequeña encuesta y preguntémosles a diez de nuestros conocidos cual es la función de un legislador y cuales son las condiciones requeridas para que el encuestado tenga un buen concepto de un legislador. Me atrevería a decir que salvo en reducidos círculos de inadaptados cómo mis propios amigos, todas las demás respuestas contribuirán a alimentar al aparato político y a hacer crecer el gasto público como viene ocurriendo hasta ahora.

Quejándonos de los políticos somos como una madre que conocí que le pegaba a un bebe porque lloraba. Adivinen que hacía el bebe después de recibir los cachetazos.

Va a ser difícil deshacer el trabajo de la deseducación pública, que ha dado muerte a la filosofía convirtiendo casi todo en un problema técnico que podría resolverse con un par de manuales de instrucciones. Desgraciadamente la “técnica” no sirve para mucho si no se tienen en claro los problemas de fondo.

Es así que a la pregunta de para que sirve un legislador, por toda respuesta obtendremos: “Para hacer leyes”. Dentro de este concepto “aséptico” tan digno de la UBA y del Colegio Sarmiento, como del Newman o la UCA, caben: la ley de entidades financieras, la ley de asociaciones profesionales, la ley de contrato de trabajo, la ley anti evasión, etc. Etc. Etc. Si esa es la función del legislador, vayamos ahorrando para prever que el gasto público siga creciendo al infinito y por supuesto, el aparato político asociado a él también.

Si conseguimos salvarnos de la devastación de muchas décadas de intervención estatal en la educación, tal vez podamos responder que dentro de la función (pretendida) del estado de velar por las libertades individuales, la del legislador consiste en hacerlo mediante normas que tiendan a ese fin y controlando a los otros dos poderes. Si ese es el cometido del legislador, entonces podremos pretender que el gasto público disminuya.

En el contexto actual, menos legisladores no garantizan menor gasto ni mas justicia, ni mas limpieza ni nada lo que se suele pretender de las instituciones tal cual están, salvo tal vez en el corto plazo. Y no tengo nada contra ahorrarnos unos pesos teniendo veinte inútiles en lugar de cien, pero no puedo poner expectativas desmedidas en eso.

La primera conclusión es sobran conocimientos inútiles, sobra educación vacía, sobra idioma inglés, sobran “family days”, y, como corolario: sobra ignorancia. No hacemos otra cosa que adular a supuestos impecables que van a destrozar todo lo que nos importa de verdad porque ya no somos capaces de distinguir el bien del mal.

Conclusión dos: tenga cuidado: su hijo también esta siendo mal programado en este preciso instante y esta en riesgo de repetir la historia de quejarse de lo que el mismo genera. Si usted no sabe para que sirve un legislador y por tanto es parte del problema, lo que le cuesta mucha plata, sepa que su hijo está siendo formado de igual manera.

Sin embargo este elefante que se retroalimenta de esa manera, tiene una debilidad. Esa debilidad no es por cierto el hecho de que el ciudadano vote, ni que “participe” en internas partidarias, conteste encuestas o compre el diario. Todo eso lo hace del mismo modo en que piensa, y nada de eso sirve realmente para limitar al poder si el propósito del fondo que sostiene a la idea de división de poderes, por ejemplo, ha sido por completo divorciado de ella.

La única debilidad real del estado elefantiásico, inclusive la debilidad del sistema por el cual las propias víctimas alimentan al victimario es la evasión fiscal. Los impuestos son la contracara de la ignorancia.

Una pregunta que tal vez ni siquiera resista a nuestro pequeño círculo es para que sirven los impuestos. Hagan esta encuesta también, verán que la gente, a pesar de lo que dice, no piensa que sobren políticos sino que cree que faltan.

La respuesta es: sirven para que unos vivan a costa de otros. No tienen absolutamente otra utilidad. Por medio del aparato de deseducación se ha convencido a la población de que si no nos gustan tales o cuales impuestos (la cuestión de si nos gustan LOS impuestos queda directamente fuera de cuestión), lo que “corresponde” es que los discutamos, que hagamos campaña, que propongamos la derogación, que nos metamos en política (es decir, que nos convirtamos en PARTE DEL PROBLEMA), PERO QUE NO DEJEMOS DE PAGARLOS porque eso es algo así como un pecado. No tengo tan claro pecado de que religión, porque en lo que respecta al cristianismo el recaudador de impuestos era considerado al mismo nivel que las prostitutas; pero pecado al fin.

La evasión fiscal y no los jueces, ni los legisladores, ni los comicios, ni las comisiones investigadoras, ni el periodismo (todos ellos mas bien contribuyen), ES EL ÚNICO LIMITE REAL DEL PODER que nos queda.

Si nos asusta que el Estado no pueda financiarse por medio de tasas en lugar de impuestos pensemos que no sería una gran pérdida pues lo que esperábamos de él era seguridad fundamentalmente, que brilla por su ausencia.

Que no nos engañen con que si nosotros pagamos los demás también deben hacerlo. Nuestro bienestar depende de que no nos roben ni a nosotros ni a nuestro vecino. Si después de que nos robaron a nosotros le roban a otro señor, no estaremos mejor.

¿Qué no es justo que unos paguen y otros no?. Esto es una gran falacia que el Estado promueve. Si hablamos de una transacción limpia como por ejemplo comer en un restaurante: no es que debemos pagar porque otros lo hacen, sino porque hemos comido, NO POR UN PROBLEMA DE IGUALDAD, SINO DE JUSTICIA. Si a mi vecino lo pisó un auto, ¿DONDE ESTA LA JUSTICIA EN QUE ME VENGA A PISAR TAMBIÉN A MI?. Cuando el estado me sacude tengo un problema, cuando sacude también a mi cliente o a otro con el que me relaciono directa o indirectamente, tengo dos problemas.

¿Ustedes creen que puede construirse una sociedad justa y moral sobre la base de la imposición, de cobrar sin contraprestación, de obligar al otro a pagar por NADA, o lo que es peor, pagar para que alguien pueda dedicar su vida a joder la nuestra?. ¿Cómo puede alguien sostener éticamente semejante concepto?.

¿No hemos soportado suficiente en esta materia?. Hasta aceptamos que se nos obligue a declarar nosotros lo que tenemos para que nos puedan robar. Cómo decía la propia DGI: No deje que le roben: SOBRAN IMPUESTOS. HAGAMOS UN MUNDO MEJOR, TERMINEMOS CON LA ESCLAVITUD, TERMINEMOS CON LOS IMPUESTOS Y LOS SERVICIOS GRATUITOS AL ESTADO.

Argentina Days, número 13

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Futuro ex gobernador de Santa Cruz propone fuerte reducción de la evasión

Entre tanta nube de harina la cuestión que desató la rebelión de los santacruceños en tierras de su Alteza Kakal quedó como en segundo plano. Pero ahí está el aspecto más ridículo de esta vuelta al cacerolazo. Particulares le reclaman al estado provincial que aumente el salario básico, el blanco, cuya brecha con el salario de bolsillo es abismal. Esto quiere decir que los docentes le reclaman a la administración local que deje de evadir impuestos que están dirigidos luego a eso que dicen que nadie mejor que el estado asegurará; es decir la jubilación.

A ver. Voy de nuevo porque en este blog hay gente muy noventista que todavía se maneja con la lógica aristotélica. Su Alteza Kakal reivindicó la jubilación de reparto (lo que se me canta). Todo un séquito de inútiles que retomaron el lugar de predicadores en este revivir del estatismo más absurdo, festejaron por esta linda demostración de cuán progre es ser idiota. El paradigma recuperado es: solo el estado, el mismo que les robó durante más de medio siglo, podrá hacer algo para que la vejez tenga un estándar de vida acomodado. Repito, todo lo contrario a lo que ocurrió durante su vigencia, pero no importa, la ilusión no se rompe.

Viajamos al sur entre tanto éxtasis fiscal y vemos que de mil ochocientos pesos de salario, el mismo estado, que en materia de generar adhesiones ha demostrado ser más eficaz que cualquier religión porque a diferencia de ellas produce resultados visibles y calamitosos, paga “aportes” por ciento sesenta. No mil seiscientos eh, no confundir. Ciento sesenta ¿No es genial?

Pero la comedia no termina acá. Después del paseo de Alicia por el país de las maravillas, en el que no le fue muy bien, el futuro ex gobernador de Santa Cruz se puso las pilas y propuso reducir la evasión fiscal de su provincia como el doscientos porciento, llevando el básico docente a quinientos. Le falta un cacho todavía, pero se ve que la campaña de la Afip por una nueva cultura tributaria está rindiendo frutos.