Contenido del libro Crónicas Inconexas

INTRODUCCIÓN

Libitz, el loco

Las Armas de la Libertad

Los caminos del infierno

La secreta esperanza de que los candidatos mientan

Asistencialismo: vasallaje bienechor

Uber: el estado al desnudo

Atendiendo a Mr. Krugman

Libertad: ¿Venderla o producirla?

¿Cómo sería ser libre?

La nueva guerra americana

Lo que no se dice del control de las drogas

Un nuevo feudalismo

Gramsci y la violencia de género

Los confederados no dispararon en Charleston

Desnudando al colectivismo

Que la empresa te acompañe

Por qué el capitalismo no es darwinismo social

El empresario

El error de la Sra Clinton

El error del Señor Trump

Por qué somos el centro del universo

El ideal social del papa Francisco y su viaje a Cuba

Macri y el lado oscuro de la fuerza

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El fin del comienzo y el principio de una gran oportunidad

El fin del comienzo y el principio de una gran oportunidad

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La oportunidad que dan los resultados de las elecciones en la Argentina y en Venezuela, con la derrota de dos regímenes criminales, incluso habiendo usado y abusado del poder y del estado para condicionar a la población, someterla y transformar a la ciudadanía en un mar de ovejas, es enorme. También lo son las dificultades porque el problema del autoritarismo socialista de este comienzo de siglo no terminó.

Hay dos grandes cuestiones que se abren a partir de aquí. Una poner en caja al sistema criminal en sí, haciéndose de los resortes tomados por la facción gobernante en el caso de Macri y normalizando las reglas de juego en el caso de la Asamblea en Venezuela, que hasta que no caiga el dictador ni siquiera tiene el manejo del poder. Todavía Maduro y las fuerzas armadas tienen en sus manos lo que hace falta para imponer su voluntad, solo han perdido uno de sus resortes. Lo más importante es que haya una revocación del mandato, que sabemos que además es fraudulento.

Pero dije dos. El principal problema que no se está viendo en ambos casos es que hay un sistema de ideas que hizo aflorar a estos regímenes y que está más relacionado con la sociedad “bienpensante” que con los miembros de las bandas en sí. Hasta aquí nos ocupamos de denunciar al populismo, ahora tenemos que aclarar por qué llega y en qué consiste, qué es lo que hay en un país capaz de volcarse en procesos de vicio generalizado e irracionalidad hasta extremos mágicos. Por qué ocurre el bananerismo matón, cuál es su raíz. Algo tenemos que entender acerca de por qué en estas conductas de seguir y aceptar cualquier cosa, pueden caer personas que en tiempos normales también son normales, incluso inteligentes.

Mi tesis sobre la inoculación fundamenta esa cuestión en las ideas falsas que la sociedad prohíja y que son el caldo de cultivo del autoritarismo recurrente. La socialdemocracia que ahora viene a suceder a estos sistemas contiene en sí misma el germen del populismo y es hora de darnos cuenta de que tenemos que cambiar de raíz un sistema de creencias que nos lleva cíclicamente al mismo punto una y otra vez. La socialdemocracia genera un estado grande para hacer “cosas buenas”, que los bandidos después utilizan para hacer cosas “malas”. La socialdemocracia fracasa porque el autoritarismo no es la respuesta a las necesidades humanas sino la colaboración y el comercio, el acuerdo, el ingenio, el riesgo. Todo lo que la socialdemocracia quiere evitar con bandos, creando las condiciones para que otros aprovechen ese poder en su favor una vez que el autoritarismo bueno hace colapsar el sistema productivo. La sociedad se explica a sí misma que si el autoritarismo es benevolente, cuando las cosas salen mal lo que se necesita es tener autoritarismos más decididos, a los que se les permitirá todo.

Ya expuse esto en mi libro “10 Ideas Falsas que favorecen al Despotismo. Las dictaduras del siglo xxi en las mentes de sus víctimas”. Voy a insistir mucho en los años que vienen en que una vez desmontado el aparato criminal, es necesario revisar las ideas criminales en si, entendidas como salvadoras.

También está la versión en inglés.

La violencia populista

Max Weber con total realismo definió al estado como la forma de violencia institucionalizada. Comparado con la manera en que es invocado el estado en la actualidad (no solo en los países populistas), la definición podría desconcertar a más de un desprevenido. Pero es así, el estado manda y cobra sin preguntar. Se impone. Se podría trazar una exégesis de lo que hoy consideramos el poder establecido y la dominación de tipo patriarcal que el mismo autor examinó con todo detalle. Se trataba de un tipo de dominio ilimitado en lo formal, pero sustentado en prestaciones y contraprestaciones. Una forma de protección supone otra de obediencia en lo que yo llamaría poder consentido. Si esa relación es de hecho o de derecho daría para una gran discusión a mi juicio, pero en tanto no se lo cuestiona, nada más continúa de un modo en algún sentido natural.

La institucionalización vendrá después, cuando haya que explicar más la cosa y el vínculo prestacional no sea tan claro. Cuando el patriarcado quiera extenderse a los no protegidos, por distinguirlos de algún modo, a los “hombres libres” en sentido estricto. El poder es entonces con más nitidez “político” y tiene que encontrar una justificación porque no es tan evidente que convenga a ambas partes. Este será el campo del “relato”, del mito o de la simple simulación que hará correr ríos de tinta en busca de una “legitimidad”. El hecho es que llegamos al estado moderno como esa violencia cargada de reglas, institucionalizada y de alguna manera pretendiendo un vínculo patriarcal entre gobernantes y súbditos que incluso no serán llamados de la esa manera.  Lo que llamamos “poder público”.

La institucionalización supone ahora varias cosas como por ejemplo que el poder político es una extensión de nuestra voluntad (democracia), que nos protege, que se guía por reglas objetivas, que actúa (agrede) en función de nuestros intereses tomados de manera general, que existe una igualdad ante la ley y que esa ley está por encima del gobierno. La violencia del poder está encorcetada bajo el concepto de “bien común”, bastante discutible de todos modos.

Estos elementos que dan peso al complemento institucional y dominan o tornan inofensiva para las personas pacíficas esa violencia, es lo que nos mantiene libres a pesar de no ser nosotros “el poder” en realidad.

Pero imaginemos que ese poder atado pierde sus reglas. O que las reglas lo son en sentido formal porque al examinarlas comprobamos que dicen que el poder hace lo que quiere. Por ejemplo dice “derechos humanos” cuando la arbitrariedad alcanza a los propios de la facción y dice “presencia fundamental del estado” cuando el disciplinado es un extraño, un “otro”. Es decir que no son verdaderas reglas, instituciones, sino propaganda de algo que esconde otro tipo de cosa. Supongamos que nuestra voluntad está muy restringida, que votamos tal vez pero muchos de los que votan dependen del gobernante y no al revés, con lo cual nuestra participación en las decisiones se ve disminuida de modo notable por intereses que nada tienen que ver con nuestra protección y a su vez los otros que aparecen votando en realidad se parecen más a verdaderos siervos. Es más, el poder es ejercido para favorecer a los que mantienen con el poder un flujo de prestaciones y contraprestaciones en el que ya no somos unos súbditos protegidos sino el pato de la boda. Supongamos que el poder se nutre de activar a una masa importante de la población en nuestra contra, convirtiéndonos en enemigos del estado. Supongamos que las reglas objetivas ya no existen sino que tienen nombre y apellido, que lo que es válido para los amigos no es válido para los enemigos. Es más, bastaría suponer que podemos ser definidos como enemigos por nuestros protectores para que la idea de estado como sinónimo de “violencia buena” desaparezca. Supongamos que el poder nos muestra que su violencia se utiliza para beneficiar a los gobernantes, amigos y aduladores y que paga por ser defendido a ultranza y por atacar a los molestos. Supongamos que cuando alguna institución molesta a la voluntad del gobierno, se la aplasta. Cuándo pasa todo eso, la violencia institucionalizada pierde la mitad civilizada de su naturaleza y es nada más que violencia. Entonces Max Weber diría que lo único que queda de su estado es eso, la violencia.

El estado es un aparato sostenido por esa idea muy discutible, hasta débil, que es la de “bien común”. En función de eso y no ya de lo que quisiera un monarca o un patriarca benevolente, recauda. Es decir se queda con parte de nuestro trabajo. Qué otra cosa que un asalto es un impuesto si todo el vínculo anterior se ha desnaturalizado.

El populismo es el sistema más eficiente de violencia estatal ejercida sobre las personas, porque no se puede fotografiar. Sucede por desaparición del elemento institucional que mantenía a la violencia a raya. Externamente no pasa nada distinto a lo que pasaba antes de esta pérdida institucional, así que nos dirán que no hay violencia. Como una familia en la que los padres ponen todas las reglas. Esto sucede porque los padres nutren y protegen. Pero si los padres son los operadores de un sistema de bullying interno dejando de nutrir y proteger la orden tiene otro valor, se transforma en un sistema de denigración y castigo. Un régimen familiar sin ese afecto, es un totalitarismo. Un Estado sin institucionalidad, sin esas reglas, sin esa igualdad ante la ley, con los roles entre servidores y servidos invertidos, también lo es.

El sistema es eficiente porque no se ve, pero el estado populista desprovisto de ataduras, que de manera abierta favorece a un grupo y perjudica a quienes no son cómplices es de una altísima violencia cuando convierte al juez en un militante, cuando el policía pasa a ser el ladrón, el diputado el delegado del presidente, el presidente un concedente de privilegios, el jefe de la recaudación un agente de policía político, el que es pagado con dinero público para informar un propagandista. Eficiente como un motor que no pierde energía en forma de calor.

El populismo significa la evolución de la revolución, ejercida con una violencia explícita, a la infección como forma de transformar la regla protectora en regla disciplinadora.

Sumemosle ahora la parte que sigue siendo ineficiente. El grito, la invitación a la división, la retórica violenta en señalamiento permanente de enemigos internos. Un aparato de propaganda y difamación y un mecanismo vigilante bullying ejercido desde determinadas usinas. Un señor dice algo inconveniente y se lo ataca desde las redes sociales con lenguaje descalificante, multiplicando manifestaciones de desprecio y denigración, todo realizado por empleados públicos. Programas de televisión y radio que se dedican a destruirlo y aislarlo, reforzados por medios privados que reciben fondos públicos para sumarse al sistema de bullying en un mecanismo que se denomina “asesinato de la reputación”, pero que va mucho más allá del problema de la fama. Persigue otra forma de violencia tradicional y extrema, que es el ostracismo interno, la transformación de la víctima en un objeto, al cual transferir toda la cobardía de la sociedad agredida. Su aislamiento. El mensaje es que todo aquél que protesta será sometido al ostracismo interno, y los que son cómplices serán recompensados. La cobardía frente a ese clima apabullante es manejada por la mayoría de las personas con una identificación con el agresor, que multiplica los efectos del ambiente tóxico. Los cobardes eligen agredir con el agresor, para no ser agredidos con el agredido.

Mientras tanto esa violencia ya caprichosa, nada institucionalizada pero que en su infección habla de instituciones, también cierra el camino a ser denunciada transformándose en denunciante de violencia. Se crean fantasmas, se señala cualquier tipo de manifestación privada fuera de lugar como una forma de violencia no solo equivalente, sino excluyente respecto de la que ejerce el poder, para taparse. No es raro, es bien coherente que ese estado encabece campañas contra la violencia de género y dicte leyes que definen a la violencia de un modo en el que por supuesto queda él mismo definido en su bullying generalizado diario. Pero al denunciar a otros de sus propios crímenes, también obtura la posibilidad de ser denunciado.

Del Bullying y de la cobardía disfrazada de adhesión participan todo género de colaboradores. Unos pegan, otros se dedican a minimizar, relativizar, desviar la atención. Incluso a maltratar a las víctimas igualándolas con el agresor o a descalificar a los que denuncian como poco serios. Porque si los que denuncian son serios, ellos no solo son cobardes, sino también cómplices.

Así se enferma todo el sistema con esta revolución travestida en infección. La enfermedad de los que están afuera consiste en no hacer nada, en no denunciar. En hacer como que no está pasando nada y mostrar que hay elecciones, que hay críticos, que todo sigue igual cuando todo ha cambiado y los que se quejan o los llaman nazis exageran o están locos.

Llega el punto en que ya no quiero permitirle a la gente que no se ha solidarizado con Alfredo Casero simular que son moderados o serios o que no ven problema en un “debate” entre un aparato nazi de bullying político y un señor que tiene a todos sus colegas debajo de la cama, cuando no contribuyendo con algún insulto. Que sepan todos lo que han estado haciendo y mucho peor, lo que no han estado haciendo.

Que no voten los empleados estatales

Se supone que nos autogobernamos bajo una forma representativa, pero este supuesto es a esta altura una risa con el voto feudal populista. Una gran capa de la población recibe sueldos y dádivas de los representantes. Otros directamente hacen fortunas con el estado por sus relaciones y negocios por abajo de la mesa con los supuestos mandatarios.

¿No habría que elegir entre ser representante o representado? ¿Entre servidor y servido? Para que todo esto de la democracia que de cualquier manera no es ninguna panacea sea al menos algo un poquito serio, habría que optar entre pagar y elegir o cobrar y ser elegido. Porque este problema no sería muy importante cuando esta forma bastante ilusa de decir que “nos estamos gobernando a nosotros mismos” empezó a gestarse en su forma moderna. Pero hoy, no solo una parte importante de la población está de los dos lados del mostrador, sino que engrosar el estado y la dependencia del estado es una forma abierta y descarada de tener electores esclavos. Y la dependencia los incluye a ellos y a sus familias.

Para que la democracia pueda ser tomada en serio, nada más, no deberían votar ni los candidatos, ni los empleados o cualquiera que reciba pagas del gobierno (incluidos los hipócritas “planes”), ni los proveedores del estado, ni los empleados de los proveedores del estado, ni los parientes en primer grado de ninguno de ellos.

De otro modo estamos tolerando castas. Unos privilegiados que intervienen junto a los no privilegiados en igualdad de condiciones a decidir el futuro de todos, lo que por supuesto redunda en el aumento de los privilegios.

Hace falta la rebelión de los no acomodados. La diferencia en responsabilidades y condiciones del sector público se está transformando en un peso agobiante.

La única garantía para que unos burros de carga puedan considerar que gobiernan cuando tienen a esta gente encima, es que los últimos sean solo empleados y no amos a la vez. Unos pagan, otros sirven. Unos cobran, otros deciden.

Recuperar la democracia antes de las elecciones

El paradigma democrático de alguna manera ha deformado la visión sobre el problema del poder. Metidos en su burbuja podemos confundir popularidad con poder y hasta simpatía del público con voluntad electoral.

Pero la política pone en juego el poder. En un extremo la política es guerra y en el otro es democracia. Si el contexto es bélico el poder no se gana con una campaña de márketing y si es democrático no se consigue exhibiendo armas.

Las elecciones libres suponen un estado como tal neutro en la competencia; uso sin interferencias del derecho electoral pasivo, a ser candidatos, y activo, a elegir; libertad absoluta de opinar, debatir y oponerse a las acciones de gobierno, además de otras condiciones menos entendidas como la propiedad privada que asegura independencia individual de los ciudadanos.

Entre la democracia que supone paz entre los ciudadanos que son todos iguales ante la ley, y la guerra que dirime el poder por la fuerza, hay infinita cantidad de puntos intermedios.

El populismo está tal vez más cerca de la guerra que de la democracia. Su motor es la lucha interna contra sectores reales o imaginarios y la pretendida defensa de las mayorías. El populismo justifica la pérdida de neutralidad del estado, el uso de los recursos y los medios estatales para la propaganda del régimen, el permiso para delinquir a los aliados, el reemplazo de la legalidad por la voluntad del poder, la existencia de una masa de individuos sometidos mediante la dádiva, la persecución directa o indirecta de la opinión y de la acción de la oposición, la amenaza permanente y la instalación del miedo.

El poder en el populismo no se dirime como en la guerra, pero tampoco como en la paz democrática. Por lo tanto política no es en el populismo ni uso directo de las armas, al menos no de modo sistemático, ni sonrisas a las cámaras, encuestas y lindas propuestas.

Simular que se vive en una democracia bajo reglas populistas sirve a los que no quieren actuar o de algún modo disfrutan del sistema o están a resguardo de los problemas en sus puestos públicos. Que son más de los que se puede sospechar a primera vista, el populismo tiene enemigos y cómplices. De los últimos no todos son explícitos.

Uno puede leer en las encuestas que circulan una pérdida brutal de popularidad de la señora Kirchner, un humor social en caísa, datos que en general nos permitirían presagiar, en Suiza, que el gobierno se termina en las próximas elecciones de medio tiempo y que después comienza la transición. Pero no estamos en Suiza, no porque nuestros gobiernos sean distintos, sino porque la nuestra es una sociedad cortoplacista dispuesta a apoyar cualquier cosa con tal de librarse del miedo del momento. Es decir, al populismo nos trajo la democracia, no somos víctimas de ningún complot.

Sin embargo no se percibe una pérdida de poder acorde a la pérdida de popularidad. El gobierno es capaz de pactar con el único enemigo que ha tenido el país desde el año 82, autor del atentado a la AMIA de acuerdo a la investigación judicial y a las palabras de este mismo gobierno antes del acuerdo, puede poner contra las cuerdas al Poder Judicial entero para derribar a un enemigo elegido como el grupo Clarín, intervenir la Procuración General, eliminar a varios jueces, imponer un cepo cambiario y unos cuantos etcéteras de igual magnitud, aún cuando desde el punto de vista de la aceptación del público esté en su peor momento. No pierde en ningún momento su carácter de poder absoluto.

La explicación es la del comienzo, no se puede confundir a la democracia con la política, la democracia es sólo una forma de la política que requiere condiciones muy estrictas que están ausentes en la Argentina.

La Carta Democrática de la OEA establece que “Son elementos esenciales de la democracia representativa, entre otros, el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales; el acceso al poder y su ejercicio con sujeción al estado de derecho; la celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo; el régimen plural de partidos y organizaciones políticas; y la separación e independencia de los poderes públicos”.

Esta es apenas una fórmula diplomática que se queda corta. Un poder omnímodo implica una sociedad sometida cuya opinión es menos relevante en una proporción inversa con la magnitud de ese poder. Quienes esperan que la opinión de la gente resuelva por si misma el problema, se equivocan.

Lo primero que podemos pensar de un poder que puede hacer cualquier cosa sin debilitarse, y aprobar un acuerdo con Irán es el paroxismo de la cualquier cosa, también está listo para el fraude,  para esconder el fraude y para asegurarse de que nadie proteste por el fraude. Hasta para conseguir que la oposición convalide cualquier cosa sin chistar. Sin contar con el hecho de que una parte importante de la población se encuentra en una situación de servidumbre respecto del oficialismo.

La conclusión es que para que lo que dicen las encuestas produzca un cambio político acorde es necesario que el gobierno se debilite de aquí a las elecciones al punto de estar sometido a la ley. No hablo de una debilidad institucional, al contrario, me refiero al fortalecimiento de las instituciones que debe llegar desde la actividad política, la acción tendiente a resistir los abusos y minar la base irregular de poder del gobierno (la caja, los privilegios, la complicidad judicial, la imagen externa). Tampoco que el abuso contrapese al abuso, es decir la violencia no puede terminar con la violencia del estado porque ni siquiera la puede igualar, pero si la inteligencia y la creatividad. No fue la fuerza la que depuso al virrey Cisneros.

Menos aún quiero decir que esto sea fácil, pero sentarse a esperar que un populismo produzca un ouput democrático sólo porque se vota es cuanto menos ingenuo.

Lo que veo en cambio es en la oposición una masa de empleados públicos viviendo con un nivel de vida que no alcanzarían trabajando, un chamberlanismo calamitoso frente al autoritarismo y una opinión publicada embarcada en el apaciguamiento de cualquier rebeldía en nombre de una buena educación desentendida del contexto.

 

El amor populista

Evita vive, también viven Néstor Kirchner y Hugo Chávez. Viven porque los pueblos los aman. Eso dicen los carteles y los partidarios a los gritos, para lo entiendan todos los que lo quieren negar. Hay que aceptar esos milagros, si no se enojan.
La señora Kirchner no pudo ver a su amigo del alma en La Habana. Cuba es la sede del gobierno venezolano pero no porque esté Chávez ahí, sino porque los que pretenden usurpar el poder en un país que se ha quedado sin gobierno con apariencia legal no están en condiciones de repartírselo o tomarlo por si mismos. Los contendientes no tienen la fuerza de imponerse y por lo tanto aceptan la delegación a la central del fracaso más exitoso de la historia que es Cuba. En un sistema que tantos estuvieron dispuestos a llamarle democracia, muerto o al menos salido del juego el hombre fuerte no son capaces de llevar a cabo una sucesión legal, justamente porque era todo una gran mentira. Ni una carta dirigida a la Asamblea pudo firmar el Chávez que mantienen vivo.
El vacío entonces se llena con ese amor, como el que la señora Kirchner guarda por su marido, todavía presente en su luto eterno porque no se ve pese al tiempo transcurrido con la fortaleza para ser ella la dueña de la Argentina por las suyas.
En Venezuela las manifestaciones de esclavos están llenas de exclamaciones. Ante las cámaras de televisión la gente tiene un no sentido pero muy gritado discurso de que Chávez fue un hombre adorable. Chávez vive y vivirá por siempre, afirman todos. Porque no lo pueden dejar morir, no saben qué hay después de él. Y así como la señora Kirchner hace de su marido un insumo, la familia del dictador venezolano se presta al uso y abuso de su amado.
Antes para chupar medias, ahora para creerse todos que la media sigue existiendo y rindiendo; nada hay más instrumental en el populismo que el amor. De arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba y para los costados también. En cualquier momento los que se aman se matan.

Ni delibera, ni gobierna, ni le importa a nadie

La gente no gobernó jamás, no gobierna ni gobernará jamás. Gobierno implica subordinación, mando y obediencia. En la tradición judeo-cristiana occidental se ha hecho un gran esfuerzo para justificar por qué alguien gobierna y por qué los demás obedecen. El último intento ha sido el de que es justo que alguien gobierne porque los gobernados lo han elegido para hacerlo. El populismo sabe dos cosas, que la democracia aparente otorga indemnidad y que la gente puesta a depender del gobierno es políticamente inofensiva.
No fueron los países latinoamericanos los que inventaron el democratismo hueco ni los que le agregaron el elemento crucial para transformar al populismo nacional socialista en el crimen político perfecto, esto es la vigilancia y la santidad fiscal. Eso es producto de la creación del impuesto a las ganancias, más el control al mundo para restringir el comercio de drogas y sus flujos de capital, más la viveza de proteger a los propios bancos y financiar al gobierno, que sumado a “votar es legitimar” como si eso fuera sinónimo de libertad, hicieron de los empresarios del parasitismo los tipos más felices de la tierra.
Chávez perdió el plebiscito en el 2007 y se suponía que no podría ser reelecto para el período que se inició sin él ayer. Sólo esperó a que el peso de la jaula redujera más la perspectiva de sus súbditos y lo volvió a hacer, con otro resultado. El poder sin límites moldea al voto y no el voto al poder. Ahora ha logrado continuar sin que se sepa siquiera si está vivo o en uso de sus facultades mentales. En realidad hay hoy un gobierno de facto en Venezuela, pero a nadie le interesa, porque nadie creyó nunca que un “comandante” fuera la expresión de la voluntad de un pueblo libre, porque solo puede serlo una nueva forma de esclavitud; con esclavos moviendo la cola ante su dueño.
Toda la población es víctima, incluidos los lacayos. Agradecen como las gallinas las migas que desparrama el sistema de privilegios y se ocupan de combatir a los disidentes que ponen en juego su ración. Están incapacitados de ver qué cosa hay afuera de la jaula. El populismo y toda forma de totalitarismo reducen el mundo, apagan los sistemas de información y ponen a las gallinas a cuidar los granitos que les tocaron y que las hacen sentirse cómplices del sistema, cuando son burros de carga uniformados. Como el perro que defiende a su amo y se siente parte de la casa pero duerme en la cucha y come galletitas con mal olor.
Quienes gobiernan son una ínfima minoría siempre pero no solo entre la población en general, sino entre los partidarios del gobierno. Quienes disfrutan de los privilegios son esos pocos, los lacayos apenas son rescatados del mar de inseguridad y miseria creado por el sistema y por eso creen ser parte de la banda y se aferran a lo poco que les dan.
Al resto les queda la simulación de que son parte del gobierno porque hay urnas donde ponen votos de vez en cuando.
Problemas difíciles de resolver. El perro se ve como parte, pero no tiene la posibilidad de cuestionar que lo es como perro.
Pero así como la población no gobierna ni ha gobernado jamás, tampoco se ha liberado ni se liberará jamás por propia iniciativa. Eso es trabajo también de minorías. Minorías que vean la jaula, que comprendan las relaciones, que se den cuenta de que la política en este contexto no es ni debatir “proyectos” ni hacer encuestas, sino de encontrar o hacer agujeros al cerco. Las víctimas activas y conscientes de los despotismos no luchan por ganar el favor de aves de criadero, sino por deponer un sistema.