Frankenstein tiene precio

Los problemas de Isabel Perón comenzaron con el rompimiento del pacto más extendido y sucio del que se tenga memoria en la Argentina. No se trata del de Olivos por cierto, sino uno tendiente a consensuar una historia que incluyera a casi todos los responsables de dirigir los destinos del país en el último medio siglo y monedas asegurándoles impunidad, un pacto sobre lo ocurrido en la década del setenta que permitiera formar un lindo club entre miembros de las organizaciones terroristas, organismos de “derechos humanos”, peronistas y radicales. Entre casi todos los máximos responsables del baño de sangre de aquella década.

Esta runfla que contaba con la simpatía de casi toda la población requería señalar y depositar en alguien todos los males del país y un poco más de yapa. De ahí el “casi” de la conformación de este pacto. Los únicos responsables que no fueron convidados fueron los militares, que venían de la derrota en Malvinas y carecían de espacio para sentarse en la mesa.

Raúl Alfonsín tenía claro esta debilidad pero quería llevar a cabo una operación controlada. Por decreto dispuso el procesamiento de las Juntas por crímenes durante la guerra anti-subversiva estableciendo una fecha de inicio de las investigaciones: El 24 de marzo de 1976. Antes de esa fecha existían 900 casos de desapariciones denunciadas pero ningún juez traspasó el límite impuesto por Alfonsín, tampoco ningún legislador, ningún periodista. Mucho menos lo hicieron “organismos de derechos humanos” con Verbitsky y Bonafini a la cabeza. En lugar de eso comenzaron a difundir “verdades” que ajustaran el pacto aún más agrandando a cifras siderales el número de desapariciones durante el gobierno militar de manera tal que aquellos 900 casos parecieran un episodio menor y convirtiendo en políticamente incorrecto recordar que en la Argentina hubo terrorismo cobijado y fomentado por el señor Perón en el que los pactistas formaron parte. Le llamaron a este recuerdo “incorrecta” “teoría de los dos demonios”, condenada por no reconocer la angelidad de asesinos tratados de “jóvenes idealistas”

Nadie en ese club tuvo problemas morales en elaborar esta “historia consensuada” en la que estaban ambos bandos de la contienda ilegal: Montoneros, ERP y Triple A. Perón había echado a los Montoneros de la Plaza tomando partido por la Triple A (indispensable leer el libro de Tata Yofre “Nadie fue”), Kirchner el 25 de mayo del año pasado no tuvo problemas en ocupar el escenario identificado con los montoneros frente a masas arriadas por primitivos representantes de la Triple A que hoy forman parte de sus filas.

Con cola de paja y siempre en retirada los militares no hicieron nada serio para poner las cosas en su lugar. La prioridad era su situación procesal que de cualquier modo no mejoró nunca. Quisieron evitar las lágrimas y la vergüenza diría Churchil. Otra vez no les fue bien.

En el campo de los excluidos se produjo la primera división cuando el arreglo con los carapintadas de Semana Santa puso fin a los deseos de algunos jueces del momento de zafar otro límite alfonsinista que era el de las jerarquías superiores de las fuerzas armadas. Intentando asegurar impunidad e los cuadros inferiores para incluirlos en el pacto y que dejaran de resistir “la historia oficial” Alfonsín dictó las leyes de obediencia debida y punto final. Este anexo del pacto, por llamarlo de alguna manera, fue roto sin consecuencias por el kirchnerismo al desconocer la validez de tales leyes.

Ahora un juez de Mendoza, otro de Tucumán y uno de la Capital Federal han decidido traspasar el límite pactado. Por autorización del gobierno pues nada se hace en la justicia actual sin esa venia. De ahí las investigaciones sobre la Triple A y los problemas de Isabel Perón para seguir adelante con su tranquila vida madrileña.

Lo interesante del caso, que pone en evidencia que nadie quería hacer esto para no despertar a las fieras, es que ahora, sólo ahora, los radicales empiezan a recordar que en la Argentina si hubo terrorismo y el llamado “peronismo de derecha” parece dispuesto a recordar un poco más.

Faltaría el recuerdo militar y así tal vez dentro de unos años la Argentina dejaría de ser el país más mentiroso de la historia.

La caja de Pandora está abierta; por ahora. En mi opinión los amagues radicales-peronistas tienen el único fin de volver a arreglar un nuevo cierre y muy posiblemente la intención oficial sea también esa. Como siempre, no en función de la verdad sino de las próximas elecciones y la conservación de la caja.