La autonomía universitaria es una payasada muy nuestra. Resulta que la Universidad está hecha y sostenida por fondos públicos (la UBA consume 592 millones de pesos este año), pero sus beneficiarios, empleados y docentes pueden hacer con ella lo que quieren, mientras que quiénes la pagan miran con la ñata contra el vidrio como la destruyen. En la democracia el pueblo maneja lo que es del pueblo. En la “autonomía de lo que es de otro”, un grupo maneja sin control lo que es de todos.

La crisis de la Universidad de Buenos Aires en la que un grupito de militantes educados (a costa de los contribuyentes también) en un marxismo que ya no existe, impide la realización de la Asamblea en la que resultaría elegido un candidato que no es de su agrado, pasó de ser la muestra de la falta de garantías para el funcionamiento de las instituciones que ofrece la Argentina K (al gobierno tampoco le agrada el candidato por su posición frente a la reforma del consejo de la magistratura), a la demostración del fracaso de todo el sistema.

Si la universidad perjudicada fuera privada, no se hubieran dejado manejar por quinta vez, aún cuando el Estado desaparezca porque simpatiza con los agresores, como es el caso. Nadie tiene tanta paciencia con lo que es de uno. Cómo sea se hubiera reunido la Asamblea, dónde sea, en una escribanía, en una plaza, en cualquier lado. Pero como se juega con algo que no les pertenece ahí está el resultado.

Nos quejamos de los fondos fiduciarios que le permiten al gobierno utilizar recursos públicos sin rendir cuentas, como si fueran propios. Las universidades públicas son un eterno fondo fiduciario, recordemos lo bien que le fue al señor Shuberoff a pesar del “sacrificio” de manejar la UBA por cuatro perídos.

Lindo ambiente para que se formen los profesionales argentinos.

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