Justicia

Justicia

Hay un momento de encantamiento con la situación después del shock del domingo que puedo entender. Me parece bien el modo en que procedió Macri en las primeras horas y el anuncio de promover un “diálogo” con las fuerzas de oposición, porque es el formato más lógico para sumar ahora y aislar al aparato criminal kirchnerista. Es lo que estuve sugiriendo desde el domingo a la noche y aunque no creo que Macri se hubiera enterado ni lea esto, como en los últimos 12 años me di el gusto de escribir lo que me parecía aunque nadie lo tomara, no me voy a privar ahora.

La parte que no está bien, aunque la pueda comprender por el clima de ding, dong, dang, son los gestos de “bondad”, de narcisismo evangélico magnánimo sin contraprestación, como la cartita para un minúsculo personaje del push fascista del aparato criminal como Brancatelli o los dichos de Carrió sobre su amor a la señora Kirchner, junto con su victimización y la de su grandulón hijo de 36 años, jefe de Hotesur y responsable aparente de un grupo creado desde puestos públicos para poner al estado a su servicio. En primer lugar porque todo eso es falso, espero que lo sea en realidad porque si fuera verdadero sería peor. Ese “perdón” sin causa (sin arrepentimiento) es puro narcisismo y encima parece más un pedido de perdón que una oferta. Se parece a un complejo de mesías de gente que por un momento cree que ha sido ungida como dueña del bien y del mal y tiene que darnos una lección acerca de nuestros “malos sentimientos”. No se necesitan imposturas ni patriarcas. El estado, un aparato de fuerza que sólo es tolerable sometido a la ley, debe ser domado otra vez. Debe ser limpiado de la influencia de una banda de criminales que lo tomaron, lo usaron, lo corrompieron y que se adueñó mediante extorsión de una cantidad impresionante de negocios. Ese estado desmadrado está vivito y coleando y acá nadie ha expresado cambio de actitud alguno. Eso es lo que hay que lograr, no una evangelización, dejemos eso para los delirios místicos de las religiones explícitas.

Sí es importante crear un procedimiento para quienes expresen arrepentimiento. No por motivos morales, su moral se la juzgan ellos mismos, sino para facilitar la legalización del estado. Esto es, obtener información sobre los crímenes del kirchnerismo y datos que permitan recuperar patrimonio robado. Todo eso se engloba en el único fin del estado como señalaba Alberdi que es hacer justicia. La bondad es una aspiración totalitaria ejercida con los resortes del poder, que no son una extensión de los sentimientos de los gobernantes, sino un instrumento para hacer posible aquél valor.

Hay que volver a poner los patitos en fila de un país que enloqueció. La confusión se entiende después de estos doce años, pero es cada vez más costosa. Este momento hasta la segunda vuelta es vital para desmoronar al sistema. Si aquellos gestos estuvieran en función de eliminar la resistencia, tienen sus peligros, pero tendrían su razón de ser. A lo que le temo es al encantamiento con sí mismos que sufren los elegidos en los momentos clave.

El autoritarismo contable de la segunda vuelta

El autoritarismo contable de la segunda vuelta

La segunda vuelta electoral parte de un supuesto falso desde el punto de vista de lo que se considera actualmente como el parámetro de legitimación por excelencia, que es el bien de los gobernados. Este supuesto es que un país necesita un gobierno con capacidad de hacer lo que quiere hacer, de acuerdo a la última versión del humor político general.

No se entiende que el estado es poder y que el estatismo es autoritarismo, por lo tanto tampoco se entiende que eso de la “gobernabilidad” es un valor para el pensamiento despótico, no  para el republicano. Ni se entiende, ni se enseña, por eso cuando escucho que todo se solucionará con educación y veo alejarse a la sociedad de los objetivos que planteaban Jefferson o Sarmiento de instruir sobre la nueva institucionalidad de la libertad y sus condiciones, me alarma tanta inconsciencia sobre lo que se está diciendo.

Montesquieu y los Padres Fundadores en los Estados Unidos imaginaban a las ramas del gobierno compitiendo entre si. No había necesidad de que una de ellas “ganara” ninguna contienda, sino de que se controlaran entre unas a otras. El destino de un país no depende de una política sino de las instituciones y de la ley, no entendida como mera voluntad legislativa sino como los principios de derecho que parten de la libertad individual. Esa es la función del gobierno, las variantes en cuestiones de administración e inversión del gasto limitado del estado de acuerdo a criterios de distintas facciones, son contingentes. Si el partido A las puede llevar adelante o no, no importa al interés general. Hará acuerdos o tal vez no los logre y un determinado gobierno se vaya sin haber conseguido lo que quería hacer. No tiene ninguna importancia y si eso es producto de que no ha logrado convencer a suficiente gente así debe ser.

No existe ningún problema con un gobierno “débil”, en tanto no lo es nunca para hacer cumplir la ley. Lo puede ser en todo caso respecto de sus propósitos políticos particulares, pero no para aquello establecido en la Constitución que se resume en la defensa de los ciudadanos.

Se que me van a decir que esto es sólo la versión liberal (si tienen quemado el cerebro me dirán “neoliberal”) de la república. Por supuesto que lo es. El asunto es este, que tampoco quieren asumir: si un gobierno no se sostiene en principios liberales, lo hace en principios autoritarios. No hay búsqueda de mayoría artificial si no se cree que la sociedad tiene un “conductor” que tiene que tener capacidad para llevarla como si fuéramos todos súbditos. Es la visión del gobierno como central en la vida del país, opuesta a la de aquellos que sabiamente lo dividieron por quererlo limitado, la que se preocupa por la falta de apoyo de quién administra al estado. Por el contrario si pensamos que la sociedad se conduce básicamente por contratos y por una vida privada libre y que el gobierno está para determinadas cosas, el problema de un gobierno minoritario no importa, en cambio alarma el deseo de muchos de convertirlo en mayoritario cuando no lo es.

¿No hay alternativa? Bueno, un gobierno un poquito autoritario es un gobierno que es dueño un poquito de las libertades de los individuos. Yo diría que éstos están un poco perdidos porque con los recursos y poder del gobierno y los dilemas que describe Hayek en Camino de Servidumbre, una vez que se inicia ese camino es difícil volver atrás.

Pero hay algo más, que desarrollo en mi libro 10 Ideas Falsas que favorecen a sus víctimas. Las dictaduras del siglo XXI en las mentes de sus víctimas. Esto es que el andamiaje institucional político de la división de poderes sólo tiene sentido para preservar la libertad individual de la libertad del gobierno (su “gobernabilidad”) . Se trata de un corset, de unas reglas que entorpecen la consecución de los deseos del gobernante. El día que nos convencieron de que el país fluye si el gobierno goza de “gobernabilidad”, es el día en que nos hicieron comprar el autoritarismo siendo sus víctimas, no sus beneficiarios, aún cuando la cosa siempre se presentará como de vida o muerte para nosotros.

La trampa consiste en convencer (se enseña en los colegios y las universidades) de que la “democracia” requiere un gobierno que tenga fuerza suficiente, para no ser entorpecido por la división de poderes. Se le asigna un papel vindicativo y todo vengador necesita una espada grande. Así como suena y en la misma línea va lo de las segundas vueltas para que una minoría se convierta en mayoría con tirabuzón. Está implícito en el razonamiento que los votos hacen al mandamás menos vulnerable a las críticas, las decisiones desfavorables en el Congreso y los fallos adversos. Los gobiernos necesitan, nos dicen, una credencial pesada para no tener que discutir tanto y hacer lo que pensaban hacer. Este es un pensamiento puramente anti institucional y autoritario. Se lo disfrazará de paternalismo, por supuesto.

Ni los gobiernos mayoritarios ni los minoritarios deben estar habilitados para hacer cualquier cosa. O por lo menos a esa habilitación no se le debe dar tinte de ningún tipo de santidad, es la vieja ansia de unos por someter a los otros. Pero hacer de las minorías mayorías por medio del balotaje, es una directa apuesta al sentido despótico del poder. Si pensamos que eso es lo mejor, obligar a la gente a elegir entre los que otros eligieron para que las matemáticas unjan a un favorito en nombre de todos, entonces deberíamos acabar con la farsa republicana y otorgarle el consagrado el poder absoluto. Más gobernabilidad que esa no se puede tener.

Esto con independencia de que en un sistema totalmente desquiciado puede ocurrir que una banda criminal tenga la primera minoría y la segunda vuelta sea el método se sacársela de encima porque todo lo demás falló, no se quiso usar o los contendientes prefieren negar que están frente a un grupo fuera de la ley y hacerse cargo de eso. La segunda vuelta en sí, es una aberración.