La lección nunca entendida: China contra la propiedad privada.

China es un país fascinante, tanto como lo debe ser la Argentina para observarla como extranjero y desde lejos (aprovecho para recomendar otra vez la lectura de “Cisnes Salvajes” de Chang Jung). Un país que es un mundo por si mismo, que conoce el totalitarismo más extremo junto con un oscurantismo que, en la comodidad de la libertad gratis que nos queda aún, tendemos a pensar que no es posible a esta altura de los acontecimientos. En medio de eso, de un partido comunista descarnado y una cultura que no fue tocada por el cristianismo como elemento moderador, se coló igual el ímpetu individualista y el deseo de progreso que hizo posible con la maravillosa y falsa (es decir, maravillosa por falsa) etiqueta de “comunismo distinto” cierto resurgir que no podía imaginarse sin un cambio del statu quo político. China es la demostración de que todo es posible.

Me aburre un poco pero voy a aclarar que está muy pero muy lejos de ser un país civilizado. Pero fue en Estados Unidos donde se inventó esa arma macabra del poder llamado impuesto a las ganancias y sin embargo seguimos encontrando motivos para admirar a ese país.

El punto que quiero destacar es que la fuerza liberadora en China es informal, es ilegal y es eso lo que la hace seria, fuerte y digna de respeto. Occidente tiene un virus plantado que lo va a hacer volar en pedazos: es un invento llamado “poder legislativo” que ha hecho pensar que es legítimo que el estado dicte leyes o que la ley es un producto de una votación y no una regla que se debe descubrir analizando las relaciones y los hechos bajo una vara objetiva de justicia. Estado de derecho quiere decir que el poder es un esclavo de la ley no un dictador de ellas. Reconocerlo creador es hacer desaparecer la libertad para hacerla depender de la bondad del gobierno (que es la quimera nunca encontrada que se busca con la democracia). Con mucha más razón si ese error se lleva al paroxismo y se le otorga al poder la facultad de votar inclusive acerca de derechos básicos.

Lo que requiere una nación civilizada es un parlamento dedicado controlar al poder ejecutivo, no a los particulares, cuya ocupación principal debe ser recortar el presupuesto y resistir la voracidad fiscal. Un país en el que la “propiedad privada” es producto de una ley que se vota y se puede derogar, moderar, moldear, modificar por parte de una organización que tiene a diario motivos para demostrar que lo necesita y en contra de la cual se concibió la mera idea de “propiedad privada” y donde no hay ninguna fuerza igualable que la contrapese es un país sin propiedad privada. Tales preceptos deben estar al menos contenidos en un estatuto con autoridad superior al poder legislativo o se convierten en lo contrario de lo que pretenden. Los legisladores chinos han sido notificados ahora de que ellos otorgan derechos de propiedad.

Es cierto que esta “ley” demuestra que dentro del partido comunista chino se están entendiendo algunas cuestiones, pero la vía elegida es la contraria al objetivo.

Alguien podrá ingenuamente decir que en la situación anterior el estado chino podía hacer lo que quisiera con las propiedades. Debe ampliarse la visión para percatase de que ahora también, con el agravante de que pequeños personajes con un voto entre miles se sienten ahora dueños de un cambio que estaba produciéndose en una inercia política que pasaba, por suerte, por encima de todas las normas y por encima de esas pequeñas almas poderosas.

La propiedad privada no se le pide al poder, se le quita. La ley es una piña en la nariz del poder, no una creación del poder.