Pensar en la pobreza, en lugar de hacer pobrismo

Hoy escuché otra oda poética sobre la pobreza en Radio Mitre donde uno a otro se daban manija con lo bien que se sentían declarando su amor a los pobres. Lo mismo he escuchado toda la vida y esto que estoy escribiendo ya, así como está, escandaliza a una mayoría abrumadora. Ya sospechar de tanta bondad, está prohibido. La gente está más interesada en conservar su bondad que en resolver de verdad los problemas.

Hay una sola forma de hacer de la pobreza una cuestión de cataclismos naturales. Se llama mercado. Se que a todos los buenos argentinos que les digan que el amor no vence a la pobreza es un horror, no quieren saber nada con otro método de solucionarla, porque entonces se quedan ellos sin nada. Lo siento, prefiero no ocuparme de ellos y su narcisismo. El verdadero amor no es narcisista, es trabajoso, se interesa por los resultados. Así que ni siquiera es eso a lo que llaman amor. No hay amor sin apego al a realidad.

En el mismo programa que aplica esa bondad narcisista a toda cuestión, proponiendo gasto estatal, se lamentan los impuestos. Son buenos en ambas puntas, irresponsables, por eso los pongo en esa categoría de falsa generosidad. Aclaro, ni se dan cuenta. Esto no es un ataque personal, están nadando en un dulce de leche moral del que también son víctimas.

La pobreza que conocemos está directamente relacionada con el gasto estatal. El estado no produce sino que extrae recursos. El asaltante y el recaudador son los únicos que obtienen recursos empobreciendo. En el mercado sólo se obtienen recursos enriqueciendo, justamente porque la violencia y la estafa están excluídas. Ninguna otra cosa es el mercado, por lo tanto cuando hay un intercambio, es en beneficio de ambos.

Primera definición. El estado empobrece y que después gaste el botín no lo remedia, como no remedia el gasto de ningún asaltante. Es una sábana corta que tira de un lado y deja afuera a mucha gente. En el impuesto a las ganancias a los sueldos se ve la relación, pero están tan ciegos en su bondad narcisista que no hacen la relación obvia. Sin embargo la mayor parte del empobrecimiento no se ve. Está en los negocios que no pueden hacerse, debido a que al sumar el costo estatal (el costo del uso de la violencia púbica que teóricos económicos tienen la osadía de considerar dentro de su ciencia). Eso es menos enriquecimiento, que es el único remedio que existe a la pobreza.

Cuando un empresario abre un negocio crea el valor de los salarios que paga. Los buenos lo consideran el mal. Ellos no crean nada, pero su misión en esta vida es juzgar al que lo hace como “no bueno”, por lo que no da. Ayn Rand denunciaba la barbaridad de darle mérito al derivado (repartidor) y restárselo al creador (repartido). No hay primero sin segundo. Cuando ese negocio se ve impedido por un costo improductivo, como es un impuesto, entonces se genera de verdad la pobreza que vemos, de la que después se lamentarán haciendo poesías.

Claro, para cambiar de visión hay que renunciar al poder que se ejerce sobre el pobre. Ese paternalismo perverso que se fomenta como ético y a esa posición soberbia de protector verbal de la humanidad.

¿Qué haría yo en lugar de lagrimear sin dirección? Pensaría al estado, mientras lo haya, de acuerdo a lo que es indispensable de él. Intentaría pensar la forma de organizarlo más barata posible para que ejerza su función y luego cerraría todo lo demás, en un sólo día. Buscaría financiamiento para suavizar el cambio y pagar sueldos por un período prudencial y haría una inmediata y drástica reducción impositiva. No más impuesto a las ganancias para nadie. Flat Tax a la menor tasa posible para cubrir los gastos.

No se puede nadie declarar honradamente preocupado por la pobreza y simultáneamente no ocuparse de su causa: la recaudación y la regulación fiscal. Una sola fuente de riqueza existe: la actividad humana libre. Lo demás es verso, lágrimas de cocodrilo. Parte del problema, no de la solución

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cronicas tapa numero 2

El proyecto de poder del autodenominado “garantismo”.

Según la doctrina autodenominada “garantista” cuyo representante visible es el señor Zaffaroni pero que es asumida como propia por el gobierno, la inseguridad callejera es una forma de expresión de la lucha de clases y quienes se quejan por ella son unos fanáticos, reaccionarios que odian a los jóvenes pobres. La causa de la preocupación por la seguridad está dada por la agitación que realizan los medios.
La solución podría ser entonces derogar las leyes penales y cerrar los medios, pero no la proponen. Necesitan el conflicto y que no haya ninguna solución, que la población no tenga nunca frente al poder y al uso de la fuerza posición legítima posible.
Algunos momentos de discusiones televisivas como las de un señor Gutierrez y Carlos Maslatón, dejaron al descubierto hasta qué punto la posición es dogmática en el sentido de que quejarse del delito es odiar a los jóvenes pobres.
Quiero aclarar que el abolicionismo sería infinitamente mejor que esto, que yo calificaría de punitivismo al revés. O punitivismo punitivinizado, algo bastante raro. Si la población supiera que no hay castigo al delito, no solo de hecho sino formalmente reconocido, en vez de linchamientos impulsivos y salvajes, se impondría a la larga la organización y la prevención. La gente se armaría, se entrenaría, tal vez tendría una policía voluntaria del mismo modo en que existen los bomberos. Seguro que la inseguridad sería menor. Pero entonces tendrían que devolvernos una cantidad de impuestos importante. No es la idea.
Cualquiera puede pensar que ese experimento sería muy arriesgado, pero convengamos en que estamos muy lejos de eso. No solo hay policías, tribunales penales, cárceles, sino que el jefe del “garantismo” está en cabeza de el poder punitivista formal. Zaffaroni es miembro de la Corte Suprema de Justicia, no de la Comisión Nacional de Sacapresos.
¿Qué es esto? Pura perversión. El verdadero punitivismo pone a la población a pedir punitivismo y la castiga, persigue, estigmatiza por hacerlo.
El punitivismo adopta la ideología abolicionista pero no para llevarla a cabo, sino para ejercer el poder sobre la gente asustada y culpabilizada. En el medio de semejante presión, las reacciones emocionales son tomadas como locura y las acciones que obviamente seguirán al proceso de deslegitimación del derecho de defensa, esto es lo que se han llamado linchamientos, son abordadas con el tipo de punitivismo que la misma gente está reclamando que se use con los delincuentes. A estos últimos se los trata con comprensión, por parte de los mismos que los meten presos mientras dicen que no deberían estar presos.
El último punto de la perversión está dado por el tratamiento al “pobre”. Pobre es una categoría de gente que justifica que unos ricos privilegiados tiranicen a la gente en general. Pobre es el insumo principal del despotismo y a su vez su costo más evidente. Alto gasto público implica que para subsistir hay que tener una gran rentabilidad que permita estar en el circuito formal, el resto será ese insumo moral y político llamado “el pobre”.
Los autodenominados garantistas esgrimen estadísticas como esta: el 57% de los presos son menores de 35 años y pobres (en el país que lleva una década de irracionalidad K). Y repiten algunos mantras como “la cárcel no sirve”.
¿Qué hace un señor como Zaffaroni a la cabeza del sistema que manda a la gente a la cárcel a pesar de eso? Que lo explique él.
Las conclusiones que podrían sacarse de la estadística mencionada son muchas, incluso opuestas a las que quieren sacar los autodenominados garantistas. La más razonable será que con menos de 35 años se tienen más aptitudes físicas para delinquir en la calle y salir ileso. No nos cuenta nada acerca de cuál es la edad promedio del delincuente callejero, tal vez sea coincidente y por lo tanto no puedan fundar ninguna supuesta predilección del sistema penal por castigar a jóvenes. Lo que es seguro es que el robo en la calle es más probable que lo realicen los más pobres, los otros tienen ministerios a su disposición. Esto no tienen nada que ver con que sea una preferencia del sistema penal obtener este resultado.
Lo que no entienden, o no quieren entender porque en mi opinión esto no es más que un sistema de poder, es que la pobreza es la motivación para el trabajo mucho más que para el delito. Que la pobreza no es causada por falta de socialismo sino por sobra de socialismo. Pero esto tampoco lo discuten, el centro dogmático del zaffaronismo es bien reducido como para que lo pueda repetir un panelista de un programa de chimentos.
En cualquier caso no tienen ninguna evidencia más allá de su prejuicio de que la gente no quiera que la maten para robarle el reloj, o que la amenacen, o que simplemente la sometan al abuso personal y traumático de sacarle el reloj, sólo si el autor del acto es pobre y joven. Salvo gente muy anormal de la que se rodearán los autodenominados garantistas, asumo que a los demás nos daría lo mismo si fueran ricos y viejos.
La afirmación “la cárcel no sirve” también puede conducir a justificar los linchamientos. La cárcel es lo que el sistema civilizado ha encontrado hasta ahora para lidiar con determinado tipo de injusticias extremas y evita la venganza privada. Si no sirve habrá que tener una alternativa o resignarse a los linchamientos. Porque me parece que les va a costar convencer a las personas de que si “sirve” dejarse matar o robar, sentir la sensación de los hijos o cónyuges amenazados por un arma que les apunta. Todo eso que está fuera de la “sensibilidad” de los autodenominados garantistas.
El aspecto más punitivista de los autodenominados garantistas está puesto en la gente pacífica que es víctima del delito y que en su impotencia (dado que no sabe defenderse y les han dicho que está mal que lo hagan) sobre-reacciona. También en los militares que son la base de su mito fundante. Nunca se les ha oído decir en ese caso que la cárcel no funcione, de hecho el mismo grupo ideológico que promueve la parálisis represiva del delito y maneja el aparato represivo estatal, desconce todo tipo de garantías o reglas del debido proceso cuando se trata de militares o de otros enemigos políticos del sistema a los que llaman “de derecha”. Apoyan la violenta represión de la dictadura venezolana contra protestas pacíficas y son capaces de firmar solicitadas en apoyo de regímenes totalitarios como hizo Zaffaroni con la Alemania Oriental poco tiempo antes de la caída del Muro de Berlín, por considerarla “acosada”.
No hay que interpretar estas cosas como contradicciones. Son métodos de dominación y parálisis. En muchos casos ni siquiera conscientes pero el ver cómo ninguna idea se lleva hasta las últimas consecuencias sino que se usan solo mientras le sirvan al emisor y no le sirvan al que reciba el mensaje, es la prueba palpable de la manipulación.
La estigmatización de los pobres jóvenes la realizan los autodenominados garantistas. Forman parte de la corriente de creación especulativa de pobrecitos que les permita ponerse en el lugar de protectores, por lo tanto dominantes de la situación. Es el clasismo como método de sojuzgamiento. El pobre es sometido al protector. Se lo trata como cosa sin voluntad, sin discernimiento y que actúa como una hoja movida por el viento de otros poderosos, cuyo único recurso es ser soplados por los protectores. El pobre violento ejerce una violencia que el protector aprueba, pero el cuerpo lo pone el primero.
Los autodenominados garantistas y el kirchnerismo utilizan la misma metodología, por eso se fusionan. Las alternativas que las personas comunes tienen frente a ellos son : El padecimiento silencioso frente a las condiciones que ellos crean, la incorporación a la banda o la estigmatización y el repudio. El denominado “pobre” está para comportarse como una víctima que depende de ellos, un súbdito dócil de su buenismo. El disidente, el disconforme, son enemigos y malos como de cuentos para niños.
El análisis meramente racional de sus expresiones sólo muestra contradicciones y disparates. El juego político sin embargo es perversamente coherente. Si fuera por los argumentos el estudio que encargó Perfil que muestra que el 63% de los que aprueban los linchamientos son jóvenes de ingresos bajos haría caer todo el edificio pseudo moral del autodenominado garantismo. Pero ningún relato manipulador está interesado en la realidad.

La distribución de la riqueza no vale nada

Una de las diferencias que separan al pensamiento liberal del socialista es la suposición en el segundo caso de que el mundo ha sido dotado de un stock de riqueza, derivado a su vez del mito de la Tierra heredada por un Creador.
Quién resumió esta idea llevándola a la economía fue el pensador francés del siglo XVI Michel de Montaigne quién aseveró que “La pobreza de los pobres, se debe a la riqueza de los ricos”.
Esa es la suposición que tiñe a todo el pensamiento que se denomina a si mismo “progresista” con todos sus matices y grados en cuanto a profundidad o superficialidad. Ludwig Von Mises le asignó con razón el carácter de dogma.
Si fuera cierto la vida sería una lucha por conseguir bienes quitándoselos a otros y el hombre sería su peor enemigo. La política sería el campo para dirimir violencia y riqueza y todo depende de quienes ganen. Si ganan los malos querrán todo para ellos, si ganan los buenos nos mantendrán a todos más o menos bien alimentados.
Es fácil así entender por qué para muchos la política o la economía son solo concebibles como una lucha eterna de clases para determinar cómo se va a distribuir el legado y quién estará encargado de llevarlo a cabo.
El capitalismo por lo tanto para este pensamiento vino a arruinar el Eden. Así es que Hugo Chavez piensa que el capitalismo destruyó al planeta Marte, exprimiéndolo.
No se qué habrá pasado con Marte pero es evidente, es decir está disponible para quién lo quiera ver, que los bienes que nos rodean, que usamos y consumimos, no estaban aquí en tiempos de (un supuesto) Adan. La lechuga de nuestra ensalada tal vez existiera como especie, pero fue la acción del hombre la que la multiplicó y la trajo hasta la ensaladera. Lo mismo pasa con la venda utilizada para curar un esguince, el teléfono celular, la ropa. Cualquier cosa que usemos tiene poco de herencia ancestral y mucho de actividad actual o reciente.
Eso es porque la riqueza es más que nada un flujo. Algo que es creado y distribuido en un contexto de colaboración, no de decisiones políticas. Lo que la política, la arbitrariedad y sobre todo el resentimiento producto de los dogmas no revisados, ponen en peligro es ese flujo indispensable para nuestra subsistencia.
Una parte importante del pensamiento político ha estado preocupado por hacer justicia sobre la base de ese mito de la herencia y por tanto también de la igualdad del hombre ante la vida, que no es lo mismo que la igualdad de derechos.
¿Pero que pasa si el stock no tiene la importancia que se le asigna? Ese es el descubrimiento implícito en los inmigrantes. Se mueven hacia lugares donde hay mayor riqueza, pero no mayor riqueza de ellos mismos. Incurren en costos para su traslado de modo que al llegar se han empobrecido respecto de su situación al partir desde su lugar de origen. Se instalan allá donde son más desiguales aún que en su lugar de origen.
El hombre acumula bienes para consumir en el futuro y para potenciar la producción mediante maquinaria y tecnología. Apoderarse de ese stock es sencillo, requiere un rapto de violencia que a la luz del pensamiento colectivista se llamará “justicia distributiva”, lo que nunca se podrá socializar es el flujo que originó esa acumulación. Acabar con la propiedad no permite apoderarse de la riqueza más importante que está justamente en el flujo del que tales bienes se obtuvieron, si es que no se consiguieron con otros actos de violencia.
Quiere decir esto que se puede asaltar el silo del productor agropecuario y quedarse con su cosecha, pero que ese silo se siga llenando es algo que no va a ocurrir sin la regla de la propiedad.
Quién quiera ver un ejemplo de esto puede darse una vuelta por Cuba y comprobar como ese paraíso sigue siendo hasta el día de hoy el consumo del capital existente en la década del cincuenta, con muy poco agregado. Volar por encima de la Isla ya nos muestra su permanente decadencia. Es de los pocos lugares del planeta donde no se ven las marcas de la agricultura en los campos visibles desde un avión. El socialismo es el reino de los brazos caídos, del desinterés.
La forma en que los bienes y servicios de ese flujo se distribuyen, si no interviene la violencia, es el sistema de precios. Precio es la tasa a la cual alguien hace o entrega algo porque le conviene más que no hacerlo o no entregarlo, es decir, de manera voluntaria. La fuerza de ese flujo está justamente en eso, en que es la consecuencia de la conveniencia expresada en concreto de cada persona que ha intervenido en la producción y distribución de todo lo que consumimos. No depende de la buena voluntad, ni de los dioses, sino del respeto, la coordinación y el comercio. Es desigual de acuerdo a como uno se sitúe o a lo que uno prefiera, pero es la mejor garantía de poder mejorar la situación de cualquier individuo sin perjudicar a los demás.
Las desigualdades mueven a la acción.
Las personas se ocupan por aprender algo que genere dinero o hacerlo del modo en que sus interlocutores lo valoren más. Otras prefieren seguir sus propios deseos despreocupándose de lo que quieran pagar los demás y renuncian a las comodidades. Este es otro aspecto que el colectivismo distribucionista tampoco incorpora, que es el hecho de que la riqueza es un concepto subjetivo.
Por lo tanto para el hombre el problema no es la justicia en la distribución como sinónimo de igualdad, sino la justicia en las reglas, la exclusión de la violencia y el fraude. Es una justicia en concreto, en las relaciones reales, no una justicia general, social o política entre “clases”.
El hombre colaborando sin ser coaccionado, sin que se le impongan los deseos o ideales ajenos, siguiendo sus pasiones e intereses es la verdadera gallina de los huevos de oro que hay que evitar servir en la mesa.

Repaso dominguero

Piqueteros Sociedad del Estado

Este es el artículo que les había comentado que complementa al anterior.

Piqueteros Sociedad del Estado

Por José Benegas para Ambito Financiero (publicado el 4 de Julio de 2002, bajo el título “Los piqueteros son hoy la principal empresa del Estado)

Durante los últimos años se puso de moda explicar el crecimiento de la violencia o el delito como la consecuencia de una “falta de distribución social de la riqueza”, y como siempre hay más voluntarios para repartir los bienes de otro que para producir, esta tendencia fue ganando adeptos con gran velocidad. Lo que nunca explicaron es por qué la pobreza que se ve en el campo desde siempre, no produce ni asaltantes ni piquetes.
Para la izquierda el crimen se convirtió en un sustituto posmoderno del levantamiento proletario y para el populismo clásico en una forma de justificar la dádiva que es la única manera de manejar los asuntos políticos que conocen.
Para algunos inclusive el “reparto” cumpliría el papel de una suerte de “protección” mafiosa para resolver el peligro de lo que llaman un “estallido social”. Para esta posición la solución para no ser asaltados es entregar el botín de manera voluntaria (salida ésta que se parece mucho a la que el dicho popular sobre cuál era la solución frente a una violación inevitable).
Pero el movimiento piquetero y la situación de la seguridad en el conurbano bonaerense parecen arrojar conclusiones opuestas y desmentir todas estas ideas y subterfugios. El conurbano bonaerense ha sido en los últimos diez años el mayor beneficiario de planes de reparto estatales y de demagogia de todo tipo y no sólo es el lugar donde se concentra la mayor inseguridad y la cuna de la violencia piquetera que sufrimos el pasado miércoles, sino que es también el lugar donde la pobreza crece a ritmo más acelerado.
Podría parecer una paradoja, pero no lo es. En gran medida la pobreza es hija de los desaguisados económicos en general que cometen los gobiernos, pero también lo es, y sobre todo la marginalidad peligrosa y los grupos políticos que viven de ella, de ese sistema de fomento oficial de la mendacidad improductiva denominado “distribución de la riqueza”.
Cuando el Estado con su capacidad de compra, limitada nada más que por su poder de exprimir al mercado, se dedica a adquirir determinados bienes o servicios fomenta su producción. Si compra muchas máquinas de hacer café, la producción de máquinas de café para proveer esa demanda tiende a crecer. Si adquiere asfalto para reparar calles, aumenta la rentabilidad de la producción de ese producto. Por el mismo motivo cuando el Estado entrega en masa dinero o beneficios a cambio de nada o sólo por protestar, fomenta pues la nada y la protesta. Cuando lo hace por muchos años el negocio tiende a institucionalizarse.
La caridad privada nunca cometería esos errores. Esta siempre va acompañada de buenos valores tendientes a la auto superación del beneficiario y a la defensa de un sentido de rectitud en la vida. Lo contrario a los valores que fomenta un Estado repartidor indiscriminado que tiende a beneficiar al más agresivo o al más eficaz como puntero.
Si el Estado reparte dinero, bajo cualquier título (planes “trabajar” y “jefes de familia”) o bienes o servicios a los pobres a gran escala y por un largo tiempo, lo que tiende a crecer en el mediano y largo plazo es la pobreza. Recordemos también los varios cientos de millones de dólares con que la Nación proveía a la Provincia en tiempos de Menem presidente y Duhalde Gobernador, todos los cuales fueron usados para el reparto. El Estado no solo destruye así a sus “contribuyentes” que produjeron esa riqueza, sino que también agrava la situación cuando transforma esos recursos en demanda de pobreza.
Esto es lo que ocurrió en la Argentina. El reparto a mansalva empezó cuando el problema de seguridad y el problema económico del conurbano bonaerense eran mucho menores. El resultado fue la multiplicación exponencial de la cuestión.
Los piqueteros están lejos de ser un movimiento marxista espontáneo. Nacieron y sobreviven al calor oficial. Empezaron su actividad concentrando el reparto de los llamados “planes trabajar”. De manera natural crecieron desde adentro líderes más aptos para reclamar mayores recursos y también se incorporaron al sistema políticos marginales expertos en punterismo político. El reparto oficial de dinero se convirtió en un negocio grande para los empresarios de la dádiva y en una salida fácil para desocupados y gente con situaciones económicas dramáticas. Mucha de esa desesperación era consecuencia a su vez del exceso de gasto público y la presión tributaria que ahogaba a las empresas para proveer a ese mismo Estado repartidor, generándose así un círculo vicioso imparable. La disminución del flujo de recursos sobre ese sistema perverso, o el favoritismo con algunas organizaciones y la exclusión de otras es lo que genera las tensiones que están a la vista y no la pobreza. El sistema se convierte por esa vía en una hoguera imposible de dejar de alimentar.
El gobierno es quien provee el combustible de esa hoguera. Los piqueteros son hoy la principal empresa Estatal y la más conflictiva.
Los cabecillas de estas organizaciones paraestatales se dieron cuenta de que una combinación infalible para tener éxito en el mundo del negocio piquetero era exacerbar la culpa en la sociedad y producir hechos ilegales presentándolos como el último recurso para que “alguien” los escuchara en sus reclamos. Años de alimentar el complejo del Estado represor dieron sus frutos porque los funcionarios terminaron renunciando a utilizar la fuerza para defender a la sociedad, de manera que la Argentina se convirtió en zona liberada para el piquete, la privación de la libertad ambulatoria y hasta el peaje privado de los piqueteros. La única vía de control que quedaba era negociar con los empresarios piqueteros; negociación que se circunscribía a reparto de dinero, alimentándose de ese modo el incentivo para el próximo piquete.
El marxismo que enarbolan los piqueteros comenzó siendo una cobertura ideológica al viejo y conocido punterismo político (demasiado desprestigiado como para darle el mismo sustento teórico) ahora institucionalizado como brazo del propio Estado. Las organizaciones de Piqueteros están formadas por verdaderos “ñoquis” que cobran por y para hacer manifestaciones callejeras y cuyo éxito depende de la capacidad que tengan de asustar a la sociedad y a los funcionarios.
Entonces si los piqueteros son en realidad empleados públicos, la máxima irracionalidad consiste en que los hechos de violencia que estamos viviendo son una puja que se produce dentro mismo del Estado entre una fuerza formada para defender la ley y otra fuerza financiada para violarla.
Por un lado el Estado es productor de pobreza y luego demandante masivo de ella. A continuación forma un ejército de protestones públicos, con un presupuesto cuya magnitud depende de su capacidad de agresión y va en aumento. Por último recurre cuando se ve sobrepasado a su fuerza tradicional policial para tratar de limitar un poco las consecuencias de sus errores. Dicen que esto es una pelea de “pobres contra pobres” (como si fueran las únicas peleas que importaran por otra parte). A mí me parece más bien una pelea del Estado contra el Estado.
Para colmo de males el gobernador de la Provincia de Buenos Aires ha demostrado cuál de esas dos fuerzas es en realidad la fuerza oficial. Sus favoritos no son las fuerzas legales del Estado sino las ilegales. Nos encontramos de esa manera al borde de poder considerar a los grupos violentos como un método de amedrentamiento de público que bien podría caer bajo la calificación de una forma remozada de terrorismo de Estado.
En otras épocas la violencia política buscaba financiamiento en el exterior, pero el colapso del mundo que quieren ahora construir para nosotros ya no lo hace posible. En algunos casos consiguieron financiarse asociándose al narcotráfico. En la Argentina, la violencia política es financiada por el Estado de forma directa.
La historia argentina es suficiente como lección para siempre de lo que los gobiernos no deben hacer. Si el ser humano se ha dado cuenta de cosas más complicadas, es posible que advierta de una vez gracias a nosotros que la pobreza no se soluciona sino que se agrava con “reparto social”, que la clave es la creación de un ambiente favorable a la producción con la combinación de propiedad privada y seguridad y que la respuesta a los delincuentes es el Derecho y no el dinero.






La recepción de la prensa mexicana a Cristina K

Mientras las usinas oficiales nos venden la visita de campaña de la señora Cristina K a México como si se tratara de una estrella rutilante ante la cual los anfitriones se derriten a su paso, el Universal de Mexico, tal vez el diario más importante de ese país, la recibió con un baño de ese tipo de realismo que se aprecia en quienes describen lo que ocurre sin ser alquilados (fenómeno que a nosotros nos llama la atención pero que es bastante común fuera del país).

La nota le da al matrimonio gobernante para que tenga y guarde, y no precisamente en sus aspectos más flojos como son sus transgresiones a las reglas constitucionales y su manejo dictatorial, sino en el costado izquierdo que es el único que los K creen que existe en esta vida. Por supuesto, la explicación del artículo sobre la pobreza es equivocada porque la muestra como la mayoría de los dirigentes argentinos como causada en la economía y no en la política y los impuestos (no en vano todos hablan de ella y nadie la soluciona). Y peor que el diagnóstico es que busca la solución en el reparto, cuando el reparto es el principal impulso del empobrecimiento de buena parte de la población.

Esto es consecuencia de que la visión de la nota es la de Claudio Lozano. Pero los hechos no pueden discutirse. La Argentina post noventista que se suponía iba a corregir con izquierdismo el hecho de que el país crecía sin que se viera una reducción de la pobreza, solo está generando el mismo fenómeno pero ahora acompañado de amigos que se enriquecen solo porque las reglas de juego los favorecen. En lo que se equivoca Lozano y el cronista es en creer que no hay reparto. Sobra el reparto y también sobra algo que a la izquierda no le preocupa y que además promueve: los impuestos que no hacen otra cosa que generar capas impermeables de estándares de vida opuestos. Impuestos es lo que crean todos los que quieren repartir. Impuestos es el elefante que se les escapa y cuya consecuencia inmediata es eso que ellos llaman con enorme error “exclusión social”

Pero vuelvo al punto (estoy cada día más disperso, debe haber una pastilla que lo corrija). La señora es recibida en México con indiferenica u hostilidad. La gran mayoría de la cobertura de su presencia pertenece a medios argentinos. Sobre todo Telam e Infobae. Está claro que este viajecito que le pagamos tiene el único fin de hacer campaña en la Argentina. Desde el punto de vista internacional para la Argentina es un fiasco.