República, el paradigma contaminado

La Corte Suprema de Justicia así como está es hoy la piedra fundamental en la que descansa lo que queda del sistema republicano. Amenazada sin vergüenza por el gobierno que la invita a ser “prudente”, léase, a  no contradecirlo tanto en su plan de pervertir y someter al Poder Judicial. Pero aunque decida pronunciarse por la clara letra constitucional en el caso de la elección de miembros del Consejo de la Magistratura, vendrá un asalto tan anunciado como aquél golpe de marzo de 1976. Esto es el desbaratamiento de la Corte Suprema “imprudente” disponiendo un aumento de sus miembros y nombrando jueces militantes, lo que convertirá a lo que queda de Constitución en letra muerta.

Esto en el país en el que todos se cuidan de no decir cosas feas y de respetar lo irrespetable, porque años de corrupción de la dineraria pero sobre todo de la otra, han dejado una versión de “prudencia” muy imprudente que se confunde con complacencia y complicidad. Ese es el llamado al Poder Judicial: sean tibios. Y no es que a nuestros jueces les falte vocación.

En su última etapa de avance el kirchnerismo se ha ido haciendo cada vez más obvio, pero en su obviedad no siempre encuentra respuestas de fondo. Es como un virus atacando a un cuerpo listo para recibirlo.  Puede que parezca que de tan burdo lo de la “democratización de la justicia” los jueces están despiertos o a punto de despertarse de la siesta del relato, pero aún queda el desafío que el virus les va a presentar. Esto es, entender a la constitución como portadora de un sistema de valores o apenas como el manual de instrucciones de un aparato cuyo funcionamiento no se entiende que los encontrará sin respuestas en la próxima etapa.

Para lo último se han formado generaciones de abogados y magistrados en el positivismo jurídico cuando se lo interpreta, es decir como el permiso para no justificar, como la liberación del problema ético (y la ética encima interpretada como un “ser mansito”).

El positivismo jurídico reduce el problema de lo que es legal, a la lectura de las decisiones políticas emanadas del Congreso, o inclusive de la Constitución como mero código. Esto significa que todo lo que salga del Congreso es obligatorio, legal y (acá viene la trampa), justificado por si mismo. En realidad su mentor Hans Kelsen no pretendía justificar nada, sino crear una (fallida en mi opinión) teoría pura del derecho. Sin moral, sin filosofía, sin justificaciones.

Así han sido durante décadas los fallos y también las peticiones de los abogados resignados a vivir en un sistema autómata; lectores de artículos de códigos a los cuales obedecer, filosofando sobre la fatuidad más aplastante que se pueda imaginar, preguntándose de mil maneras “qué es” la cosa intrascendente que un legislador demagogo ha plasmado en la letra de un bodrio llamado con generosidad “ley”, publicado en el boletín oficial.

Ese esquema positivista alcanza para juzgar como inconstitucional la pretendida elección de miembros del Consejo de la Magistratura. Leen la Constitución, leen la ley y la contradicción es evidente. El positivismo jurídico les dirá que la norma superior ha sido contradicha por la inferior.

¿Qué es lo que no podrán contestar por esa vía? Pues el aumento de miembros de la Corte o la creación de cámaras de Casación para pasarse el sistema por donde les parezca. Porque resulta que la norma superior no se opone a tal cosa en su letra.

Para entender el problema con ese próximo asalto a la Constitución se debe apelar al sistema de valores implícito en la Constitución, lo que se llama su espíritu. Que no es que está fuera del ámbito jurídico, sino que es su parte más importante. Una república no es una máquina de producir decisiones políticas en cualquier sentido.

En paralelo a este proceso legal se desarrollo una suerte de versión desalmada de república, formalista, apenas cívica y tonta. Una república sin libertad. Acá viene el escándalo, una república sin liberalismo. Que es lo mismo que una lamparita de Edison sin electricidad. No se dividen poderes porque sea divertido o más lindo que un solo poder. Sólo se lo divide para debilitarlo, para someterlo a una competencia interna y a controles contra la arbitrariedad, a favor de los derechos individuales que son un componente esencial del sistema. No se puede ser republicano y creyente en el beneficio universal del estado. Eso es una ridiculez que es la gran oportunidad que vinieron a explotar nuestros tiranos del momento.

Si el estado es tan maravilloso para qué tenemos jueces independientes, tendrá razón Pichetto, aquél que eligió la mayoría para proveerle felicidad no tiene que ser molestado. Ni por los jueces ni por la prensa por cierto.

No es casual que nos haya ido tan mal y nos haya salido después de tantos resfríos el virus del Ebola. Los que se identifican con el sistema republicano y con el sistema de valores que sostiene son en nuestro sistema una minoría tan ínfima que no juegan ningún papel, más que el de predicar en el desierto.

Han hecho los K y los no K de una licuadora una máquina de lustrar zapatos. O lo que es lo mismo, de una república, un “estado de bienestar” o un sistema de reparto de riquezas, o de juzgamiento de intenciones, de control del comercio, de la industria, de la palabra. Y ni siquiera advierten los segundos la relación entre las cadenas a las que adhieren y la falta de libertad que ha hecho que el kirchnerismo avanzara en su totalitarismo casi sin sangre y sin protesta, imponiendo un miedo que no se compadece con amenazas reales del poder pero si con la dependencia económica agobiante.

Mi advertencia ahora no viene como reivindicación general de esos valores, es solo una alarma porque los repúblicos estatistas y positivistas no tienen las herramientas para juzgar lo que se viene, así como los tibios no las han tenido nunca para entender que lo peor del kirchnerismo fue el principio y no este final obvio.

La única forma de declarar inconstitucionales el aumento oportunista de los miembros de la Corte (así como la verdadera inconstitucionalidad de la ley de medios), es poner sobre la mesa los valores que en el fondo han condenado por sus privilegios. Estos derivan todos de la palabra “libertad”.

No se puede aumentar ahora el número de miembros de la Corte para nombrar militantes porque ese propósito siguiendo la línea histórica de los acontecimientos, las actitudes y el marco general, está sólo hecho para terminar con la independencia del Poder Judicial que protege nuestra libertad y para eso no hay ley formal que pueda estar por encima de los fundamentos y motivos últimos de la Constitución. No importa que haya pasado por todos los pasos reglamentarios que la letra de la propia Constitución.

La Constitución es un sistema que no empieza sino que termina en su letra y en todas las prohibiciones que le siguen en consecuencia. Empieza si en la rebelión de los sometidos, los privados, esos a los que se denomina con una palabra ya estigmatizada.

Es esto lo que los constituyentes pusieron sobre los hombros de los ministros de la Corte. Pero también de los ciudadanos. Y hay unos ciudadanos dedicados a la política que han asumido mayores responsabilidades que el resto.

Estar a la altura no se nada más que un problema de ánimo. A veces depende más de entender. Nada nos puede indignar si no hay dignidad. Y no hay dignidad sin los juicios de valor, que en nuestra cultura autómata han sido convertidos en desviaciones.

El 25 de Mayo de un país disfuncional

Pudimos ver el 25 de Mayo el significado real de la referencia a una “década ganada” con la que el kirchnerismo define su paso por el poder. La fecha que celebra un acontecimiento nacional, se utilizó para un acto partidario con las acostumbradas fantasías y auto-sobreseimientos que se conocen como “el relato”. Los que ganaron la década saben que los demás la perdimos, por eso que no hicieron otra cosa que convocar a empleados, proveedores y clientes de su sistema y excluirnos a todos los demás. Demuestran con esa actitud su plena consciencia de que si ganaron la década fue a costa de todos los demás.
Lo que nos muestra el espectáculo que el kirchnerismo nos ofrece al borde del abismo es el rompimiento de vínculos sociales generales. Es la liberación que ellos ven como heroica de toda responsabilidad de ese poder que ostentan derivado de una legalidad que nos debería amparar a todos. Significa dar muerte a la legitimidad en función de la oportunidad que la legitimidad ofreció.
El negocio durará mientras fuera del oficialismo se tenga una visión autoritaria y opresiva de la idea de democracia como poder ilimitado de quién se impuso en las urnas. Si a esta privatización de los fines de la autoridad constituida se le sigue reconociendo justificación por un día en el que se realizaron unas elecciones, asimilando la asunción de un gobierno electo a la unción de un Nerón, entonces habrá que aguantársela o unirse a ellos.
Desde fuera del kirchnerismo se sigue compartiendo la posición de la mujer golpeada que permanece en el hogar en el que se dan las hostilidades. Que se queja y hasta denuncia, pero no cree que sea legítimo romper el pacto que no existe porque ya ha sido roto por el violento. Como el caballo que cree que sigue atado al palenque aunque las riendas estén sueltas.
Gobiernan para ellos y festejan el botín en nuestra cara. Al identificarse con el todo, decretan directamente nuestra inexistencia, pero existimos con toda claridad a la hora de pagar sus fiestas. No quieren deshacerse de nosotros, como el golpeador no tiene interés en deshacerse de su víctima.
Cuando se los critica, se llama a otra forma de convivir o se reclama que no se siga robando ni mintiendo, el aparato estatal tilda al disconforme de enemigo. Es decir nos coloca la supuesta legalidad en un vínculo con ella similar al que John Locke describía como “estado de guerra”.
Es entonces cuando viene la estocada final de esta perversión. Repasemos lo que ha pasado con todos, desde Mirtha Legrand, al campo, Clarín, Blumberg o cualquiera de los demás enemigos señalados del gobierno; esto es la deslegitimación de la víctima y el denunciante por medio de una segunda línea del aparato de propaganda: la de los neutrales que se dicen a si mismos los serios. Unos que no denuncian al gobierno, por lo tanto tampoco lo padecen, porque denunciarlos sería ser enemigos (dado que las alternativas han sido reducidas a eso) y ellos quieren mostrarse “serios”. Los serios serán el estilete con el que se terminará de asesinar la reputación de los enemigos. No solo serán atacados por el gobierno, sino también por la seriedad bienpensante, lo que los deja sin posición legítima alguna que puedan exhibir después de haber sido puestos a la parrilla.
El gobierno faccioso y autoritario produce este panorama sumamente patológico: Agrede, explica las reacciones como enemistad y obtiene la colaboración de un ejército de tibios que para estar en el medio evitarán las críticas y demostrarán su neutralidad asimilando crítica o el ejercicio de la defensa a una hostilidad y ceguera que sólo cabe asignar al gobierno.
Así pasan de a poco a convertirse en marcados y muertos civiles cada uno de los elegidos, de la mano de los que repiten cosas como “no estoy ni con Clarín ni con el gobierno”, “acá hay una pelea en la que no tengo nada que ver”.
O si no su variante más miserable: “no hay que hacerle el juego a la derecha”, lo que es lo mismo que decir “hay que mentir para que no ganen los otros” o “que no se sepa así podemos seguir siendo de izquierda”. Todos perciben que el poder y su liturgia es un lugar de privilegio y que lo perderán si dejan correr la verdad así como así sin censura o autocensura.
El kirchnerismo es enfermo, pero deja también una sociedad profundamente enferma. Eso es lo que hemos ganado.

Lo que Miriam dice

¿Qué cosa nueva dijo Miriam Quiroga, la ex secretaria de Nestor Kirchner? Sus declaraciones son la ratificación de un testigo directo de todo lo que sabía quien quisiera estar informado fuera del aparato de difusión del Gran Hermano desde hace años. Para la historia puede parecer poco importante, desde el punto de vista del impacto masivo es la desnudez del rey.

Pero Miriam Quiroga dice más que lo que dice. Sobre la Argentina oscurantista K, el tiempo que ha llevado que escándalos que explotan en países civilizados y aquí ni se trataban en la televisión abierta, habla de un cúmulo de inconductas y complicidades sobre las que habrá que reflexionar muchos años. No solo hubo mucha gente tapando y arreglando, sino otros que parecían muy “objetivos” que jugaban a estar en el medio como si eso fuera una virtud y no una agachada más. Una versión argentina de la objetividad consistente en ignorar los acontecimientos, es decir mentir, para no mostrarse enemistado con el poder. Adquiriendo el formato elegido por el kirchnerismo: contar lo que hacen es ser enemigo. Lo que termina siendo una profecía autocumplida, porque el kirchnerismo trata como tal a todo el que cuenta lo que pasa. No está nada mal ser enemigo de esa forma de estigmatizar, robar y mentir, sobre todo si no se es agresor.  Difícil de vender eso de que haya que mentir o lavar la información, para ser serio.

El segundo dato es que ahora los “arrepentidos” hacen algo más que pasarse a la oposición para tratar de volver al poder. Esto es, cantan, cuentan, denuncian. Importa poco si Miriam Quiroga hace un discurso sobre la moralidad pública, aporta a la reparación contando lo que sabe. Mientras que hay otra categoría de ex kirchneristas que hacen lo contrario. No nos informan de nada, solo se ponen a criticar impostando una moralina contra todo eso de lo que fueron parte, dejaron pasar o ignoraron, cuando no fueron directos protagonistas.

El ex jefe de gabinete Alberto Fernández tal vez sea el caso extremo. Acaba de declarar que nunca vio nada como lo que vio Miriam Quiroga a pesar de que tenía su despacho adyacente al de Kirchner. El es uno de los que de invocar una moral fascista, según la cual por ejemplo los porteños éramos unos desubicados por votar distinto al resto del país, pasó a contarnos en qué consisten las virtudes republicanas de las que carece la presidente. Y ese cambio sin contar nada.

Al menos podría aportar pormenores acerca de cómo fue el acto de censura contra Julio Nudler en Página 12 por querer mencionar cuestiones que lo involucraban a él mismo. O si no los términos de la epifanía K que logró producir en el célebre protagonista del neologismo “protocolizar”, dado que él se lo llevó a Kirchner.

La tercera, pero no la menos importante revelación de Miriam Quiroga es la inauguración con bombos y platillos del final de época. Se rompió el cerco. Parecerá raro lo que voy a decir pero creo que los kirchneristas de a pié fueron peores víctimas de esta etapa que todos nosotros. Fueron ellos los que no vieron otra alternativa que agacharse, obedecer, repetir disparates y simular. Son los que aceptaron ser esclavos y no es que no tengan responsabilidad, pero el precio que pagaron fue alto por más que lo quieran comparar con las pequeñas contraprestaciones de un sistema clientelar. Lo interesante es que el ambiente opresivo que los mantenía en silencio está roto. Los “locos” empiezan a escapar del manicomio.

Es importante percibir estas diferencias entre los kirchneristas, porque si va a empezar algo nuevo, aunque no tengamos motivos para tener expectativas de tiempos dorados, habrá que considerar el daño hecho a los esclavos del sistema más o menos conscientes de que lo fueron.

Sería necesario contar con una norma del “arrepentido” con las condiciones en las que se podrá proteger a los que sin formar parte de la cúspide de las responsabilidades estén dispuestos a aportar los datos que permitan recuperar el patrimonio público e inaugurar una etapa normal de vigencia de la ley y recuperación de principios de convivencia.

Ahora ella nos perdona

Fue una epifanía. Su Santidad la recibió y le dio un beso, ella descubrió su humildad y sencillez, virtudes que para nosotros es una gran revelación que ella valore. Después Guillermo Moreno, un católico militante que de humildad conoce un montón y de amor al prójimo ni hablar, hizo los carteles de su propio papa.

Bonafini descubrió que en su paso por la Catedral tuvo un momento de desorientación cuando le dijeron “al fondo a la derecha”, así que se hizo más papista que el papa. De tan convertida se estará postulando para la colecta del domingo.

“Amor, amor, amor, nació de Dios para los dos, nació del alma”, nos dice ahora la exitosa abogada que es su nuevo credo. Y tenemos que ser lo suficientemente inteligentes para entenderlo, si no ¡ya vamos a ver!

El kirchnerismo no es en serio después de todo. No hacen ningún esfuerzo para esconder lo que son, pero este no es el problema. Connotados kirchneristas frustrados, enfrentados a ellos sólo porque se los dejó afuera o se los incluyó en alguna campaña de difamación, nos cuentan que están contentos. Se creen esto, quieren dialogar y si los invitan a tomar el te, aunque la tetera de porcelana no se ve, se anotan primeros en la lista. Como en el 2009.

Entonces de lo que nos notificamos es de que estamos rodeados de estúpidos y que el hecho de que alguien vaya por todo, quiera destruir a la prensa, haya instalado un sistema para el latrocinio sin límites, persiga a los disidentes, no merece cuestionamientos desde el punto de vista de los principios, tan solo desde los modales. Ella ahora los invita a los actos y entonces festejan el ser perdonados ¡Ellos perdonados por ella!

Es el clima del nuevo papa. Otra sensación, nada que invite a una cosa que se llama conducta moral. No, no, el nuevo papa nos deja en un sopor de “amor, amor, amor” en el que pensar es una pérdida de oportunidad de estar en algún podio.

Es viejo, pero su versión moderna es de bailanta. Se llama gatopardismo, que cambie todo para que nada cambie, plan ejecutado con la sutileza de un barrabrava.

D´Elía dice que gracias a sus amenazas twitteras el papa arrugó y no viene antes de las elecciones. Se habrá reunido todo el colegio cardenalicio para pensar con Francisco qué hacer ante esas sagaces manifestaciones de 140 caracteres y habrán llegado a la conclusión obvia.

Más arriba, pero no mucho (tal vez mucho solo en escalones) piensan igual. Le regalamos amor al papa, pero por ahora, que no se la crea a ver si lo destruimos. Le mostramos los dientes con Garzón, el expulsado juez español que en la Argentina enseña ética, para que tenga clarito que lo estamos perdonando por el almuerzo, que estaba rico, pero si se pone pesado le ponemos a Tognetti en contra y a Fito Paez si es necesario. Somos re piolas, pero todo con amor, amor, amor.

Tengo la impresión de que no importa, porque acá no hay un clima sino una competencia. Un sistema tradicional contra una pandilla callejera. Esa guerra no se libra en la primera semana, ni en el primer mes. Cansen sus caballos, o los perros, que lo mejor está por venir.

Los buenos no tienen tiempo para mirar su parabrisas

Son buenos, como gritaban los seguidores de la gobernadora de facto de Jujuy Milagro Sala, pero no se auto flagelan o son desprendidos y generosos. Lo son porque todos los demás somos malos. Ser bueno para el oficialismo, es una posición ganada a los tortazos, encontrando malos que estructuren un contraste. La bondad es la única conclusión posible al hecho de que en cada uno de sus movimientos, decisiones y conductas hay una explicación evidente que si no es vista y admitida por los demás es nada más que por su mala leche, sus relaciones con Clarín o con el imperio o con el neoliberalismo o con Mirta Legrand.

Jamás se equivocaron ni se equivocarán, como Stalin, Hitler, Pol Pot, Chavez, los Castro, Gorriarán Merlo. Si alguien dice lo contrario es un miserable, “come mierda”, contrarrevolucionario, pertenece a una raza maligna, es de derecha, no quiere al país o a los pobres, es partidario de la colonia o gorila. No tienen un solo contendiente, no conciben que haya un pensamiento diferente al de ellos que no sea una conspiración. Nunca han cometido un error, todo puede explicarse por la acción de sus malvados enemigos. Por eso son buenos y cada vez que tienen un espacio en blanco, una cámara o un micrófono, nos informan que el mundo se divide entre un montón de hijos de puta por un lado y los Kirchner, Barone, los Montoneros, Ricardo Jaime, Cristobal López y Spolsky (y siguen las firmas) por otro.

Son buenos pero no por acción, sino por definición.

Por supuesto, ellos definen, no lo vamos a hacer nosotros que ya sabemos la clase de personas que somos.

Su bondad es en general, doctrinaria y en abstracto. Aman a los árboles, a la humanidad, a los pobres, a los idealistas. Pero a la hora de concretar, de ser buenos en particular, tienen serias dificultades. Entonces las víctimas de Once tienen que ser olvidadas porque hay responsabilidad política de los propios, el ciclista del hijo de Aliverti porque la víctima es él, Yoani Sanchez porque bloguea en contra de los buenos, Julio López porque le hace el juego a la derecha (el partido de los malos) mencionarlo, los periodistas que echan de C5N porque ellos son propietarios que hacen lo que quieren con su plata, como Aníbal Fernandez (a diferencia de nosotros) o Julio Nudler porque dice cosas feas de los buenos. La bondad en concreto no hace falta y los que la necesitan están fuera del foco, no existen, no son.

No hay tiempo para parar por un señor muerto en un parabrisas, ni para contarlo en el momento. Hay que redactar un comunicado varios días después declarando solidaridad con la víctima, pero en público en lugar de a la familia, porque lo relevante es hablar al mundo de ese sentimiento que confirma la bondad y no tanto a los interesados que son gente ordinaria del montón. Nadie tan importante además como para distraer la vista del bueno sobre si mismo, para despertarlo de su fascinación, de su excitación con su espejo a medida. El problema en primer plano es cómo se lo ve a Aliverti, no cómo es o lo que pasó.

Cuando se trata de poner atención a la gente en particular la cosa no es tan fácil, no hay tiempo para ser héroe en el relato y buena persona en el trato. Se puede dejar a un tipo sin trabajo por no aportar a los fondos revolucionarios o difamar sin piedad al adversario. Se puede ignorar a los muertos, a los secuestrados, a lo asaltados (porque además hablar de ellos es, nos explican, la verdadera causa de la inseguridad) y al mismo tiempo aplastar al que le dice a otro petiso o gordo y abrazarse a un árbol de la 9 de Julio.

Pero no son los buenos el único problema que tenemos los malos. Hay otros malos que quieren ser buenos y el camino de entrada para esa posición en la vida es la bendición de parte de quienes ya la han alcanzado. Es la corrección política, esa actitud tan poco digna en una situación normal y tan cómplice cuando los buenos machacan con el garrote y van por todo.

Es curioso que en pleno bicentenario de la inauguración de la Asamblea del Año XIII, hayan vuelto los fueros personales, los ámbitos de impunidad y los dobles estándares. Aceptados por beneficiarios y víctimas como en la plenitud del oscurantismo o de cualquier lacra que haya padecido y provocado la humanidad. La ley formal es la igualdad ante la ley, la ley real de los supuestos partidarios de la igualdad ante la vida que han construido este castillo moral en el que viven, el primitivo juego maniqueo de los buenos y los malos, es que lo que vale para ellos no vale para nosotros y viceversa.

¿Se puede vivir bajo estos parámetros y tener éxito? La respuesta es simple: no. Por que la ética no es un mecanismo para llegar a un cielo, ni al religioso, ni al socialista, ni al narciso-socialista-autoritario de esa bondad perversa. Es un medio par vivir mejor, siendo el término mejor no cuantificable, ni generalizable, ni macro. Un asunto de la tierra donde valen los actos, no las imposturas.

¿Qué es ser antikirchnerista?

Un perverso aparato de propaganda y difamación elige como sus víctimas propiciatorias a quienes por voluntad propia o por simple casualidad se ponen en su camino. Estos se vuelven contra el gobierno. Mucho del antikirchnerismo se nutre también de capas geológicas de ex kirchneristas utilizados como combustible en algún momento.
Pero también existen los que desaprueban por razones generales o de principios los criterios iniciales K cuyos resultados mucha más gente percibe ahora como negativos.
El panorama es muy amplio y heterogéneo, por eso si bien la palabra “antikirchnerismo” se puede definir como lo que se opone al kirchnerismo, los antikirchneristas en si no son definibles de la misma manera. Al menos habría que precisar que al fanático se lo puede identificar casi en su totalidad con el objeto de su fanatismo, porque eso es lo que lo hace fanático, al que se opone al fanatismo, por más que grite y se lo vea alterado por el maltrato, totalizarlo en su resistencia es una enormidad equiparable a otro maltrato. Su vida no gira en torno del fanatismo, sino que solo sería posible si no se lo somete. Para el fanático su causa es su vida, para el que padece al fanatismo, su vida es lo que es amenazado por el fanatismo. Por eso estar muy en contra del fanatismo no es ser fanático antifanático, que sería una contradicción en términos.
Hay una postura bastante perniciosa en la Argentina que consiste en igualar dos gritos, el del fanático y el del que reacciona ante el fanatismo, para colocarse en un medio geométrico. Está el poder abusador, que esta postura no niega que exista o se comporta como si fuera intrascendente, y está esa parte de la sociedad que parece no querer ni una pizca de abuso ni de ilegalidad. Como ponerse entre la víctima y el victimario, como si entre el asaltante y el asaltado lo más sabio, prudente o superado fuera decir que no se está con ninguno de los dos. Costo cero, beneficio propio aparente.
Si fuera parte del complejo y perverso sistema de propaganda y manipulación pagaría por tener gente que haga este juego, porque es como el bardal máxima compresión en el motor del autoritarismo oficial. Se podría utilizar el aparato del estado para agredir, estigmatizar y cosificar a elegidos enemigos y después estarían los “prudentes” listos para declarar el empate moral y acabar con lo que queda del lugar en el mundo de los que lo combaten.
Por supuesto que esta experiencia que señalo también puede ser negada. Negar la experiencia de quién observa es otro de los métodos de manipulación. Nada muy, pero muy feo está pasando, estamos en un país normal, con un estilo un poquito excesivo, pero por ejemplo llamarle “dicatadura” al uso del estado para destruir a la oposición ¡no es para tanto locos! Es la señora Kirchner hablando de la libertad de que se goza en la Argentina de hacerle críticas despiadadas, como por ejemplo decir que hay problemas en el mercado inmobiliario, o inflación. Eso para la señora es grave y despiadado, sin que tenga ninguna importancia si es o no cierto. Qué le queda después al que le pregunte de dónde sacó la plata o a su vice qué tiene que ver una imprenta que hace billetes para el gobierno.
Son los que están muy en contra de este “estilo” los despiadados señora kirchner, hable de ellos, pero no de nosotros que no tenemos nada que ver. Es cierto que hay unos muy malos, esos si merecen que les manden a la AFIP o se los deje sin trabajo, señora, ocúpese de ellos que nosotros somos solo los moderados que estamos esperando que usted cambie. Este es el discurso.
Tal vez con un criterio estratégico de dudoso éxito también se afirma que el proyecto autoritario busca un espejo con el cual jugar el juego de amigo/enemigo que el kirchnerismo ha utilizado desde su llegada al poder sin necesidad de tener ningún enemigo de verdad. Digo de dudoso éxito porque esta visión del problema político que genera un aparato autoritario en el poder hasta ahora ha producido sonrientes derrotas, mucha gente diciendo ohm mientras los pisan y los transforman en monstruos sin que hayan abierto la boca. El problema político que plantea el autoritarismo no es cómo mostrarse, sino cómo conducirse. Mostrarse de cualquier manera que no sea funcional al poder, siempre se verá o se mostrará mal.
Ser antikirchnerista es nada más que no cultivar el relato, ese credo flexible y variable que justifica las acciones y fracasos del gobierno y nos habla de su gloria. Pero esta es poca información sobre los antikirchneristas. Los judíos no podrían haber sido definidos como antinazis, las supuestas brujas sacrificadas no eran anti-inquisición, está mal hablar de anticastrismo en el exhilio cubano o en el venezolano de antichavismo. El nazismo en cambio era el antijudío, la inquisición era antibrujas, los castro, Chavez y los kirchneristas son antidisidentes y anti muchas cosas como el derecho de propiedad y la libertad de expresarse. Lo inconcebible es que exista un fanatismo antifanático, esa es una falacia que no se les ocurrió a los K sino a los que pretenden ser críticos pero verse bien frente a las acusaciones del aparato de propaganda.
Más inconcebible es que se pueda estar en el medio entre el fanatismo y el antifanatismo. Este firulete moral, psicológico y político es un fenómeno argentino. Lo que es muy extendido además es que a esa actitud que para Dante merecía los lugares más calientes del infierno sea confundida con la virtud de la prudencia y así nos la venden los tibios que conducen las carrozas doradas de lo políticamente correcto.
No quiero decir con esto que frente al gobierno sólo se pueda ser amigo o enemigo, sino que todos somos tratados como enemigos sólo por no estar con ellos y que este es el dato moral sobre el que hay que apoyar el análisis, no la visión superficial del estado de ánimo del que es agredido. Será entonces la percepción del gobierno como un enemigo apenas una profesía autocumplida, como el asaltante callejero que descubre un enemigo en aquel al que asaltó, como el enojo, la impotencia o la bronca de su víctima fuera algo que está en ella y no la consecuencia lógica de lo que ha padecido.
Hablar de un problema entre kirchneristas y antikirchneristas implica igualar lo inigualable en provecho sólo del agresor. Quién está violando la ley, quién está desconociendo derechos, quién está abusando del un poder dado para defensa de la sociedad y no para ponerla en guerra es el oficialismo. Nadie le está haciendo nada al kirchnerismo más que hablar de el.
Esa es una postura ruin, no moderada, ni sabia, ni prudente. Nuestra crisis moral es esa, no la burda mano metida en la lata, porque un país es un edificio delicado de acuerdos sanos que se van acumulando.
Se percibe en el aire enrarecido un temor a las definiciones claras. Si se ve un déspota, se trata de evitar el término que lo describa porque usarlo significaría casi tener la obligación de estar en un lugar poco valioso, donde hay pocos dividendos y bastantes lágrimas ¿Quién quiere estar incómodo? Hay que salir de esta con un martini en la mano.
Se le huye al blanco igual que al negro porque ha sido tanto tiempo tan buen negocio el gris que las palabras reconocidas por su peso generan el vértigo hacia un orden franco donde el simple parecer quede para siempre devaluado.

Modelo contra el modelo

Algo que pondría a prueba qué tanto cree el oficialismo en un “modelo”, sería ver si están dispuestos a aceptar ser tratados bajo las mismas reglas de juego que aplican ellos y que dicen que es lo mejor que le ha pasado al país, tal vez al mundo, en toda su existencia.
La continuidad del “modelo” llevaría a excluir a todo kirchnerista de cualquier cargo público, a investigarlos a todos pero no en la justicia a aquellos que hayan incurrido en actos de corrupción, sino mediante espionaje de la secretaría de inteligencia, cuyos informes se transformarían en notas de periodismo militante anti K pagado con fondos públicos. Una AFIP también militante estaría todas las semanas en los domicilios de los oficialistas actuales, de la farándula K, buscando cualquier cosa que pueda perjudicarlos. Otro periodismo militante pero de signo contrario al actual enchastraría a los muchachos de Carta Abierta mezclándolos con cuanta cosa sucia se pueda imaginar. Se darían premios por cifras importantes a gente que odie a los kirchner, se harían extracciones compulsivas de ADN a los que votaron el robo de los fondos de las AFJP, se intervendrían sin indemnización alguna todas las empresas de los K, de amigos de los K, de admiradores de los K, desde multimedios hasta productoras publicitarias. Todos serían sometidos al insulto y el agravio de un ejército de inútiles que recorrerían las redes sociales pagados por el estado para hacer antikirchnerismo. En las escuelas se impartirían cursos para enseñar a los niños a odiar a Cristina Kirchner. Se amenazaría a todo el que los elogie y se les ofrecería contratos millonarios a los que tengan algo negativo par decir de ellos o lo inventen. Ni siquiera haría falta que fuera algo inteligente, dado que el modelo no exige tal cosa.
Se podrá robar, mentir, esconder información, despreciar y asustar siempre que se mantenga la posición antikirchnerista. Los antikirchneristas no podrán ser investigados.
En fin, serían infinitas las posibilidades de darle continuidad al “modelo” cuya aceptación podría convencerme de que tal vez los kirchneristas crean en algo más allá de sus intereses inmediatos y en una falta total de escrúpulos para perseguirlos. Pero dudo que estén dispuestos a aceptar que se les haga lo que ellos hacen, que se los trate como ellos tratan a los demás y que el estado pueda utilizarse para destruirlos como facción y premiar a sus enemigos.
¿Puede universalizarse el kircherismo? ¿Podemos hacerles a ellos lo que ellos nos hacen a nosotros? ¿Que otra medida kirchnerista se te ocurre que se les podría aplicar?

La formalidad de explicar

El chavismo piensa inaugurar un capítulo más en la historia de la simulación que es este recuerdo de república y democracia dentro del cual se construyen vulgares dictaduras. Vulgares en cuanto a sus modos, a sus protagonistas, a sus explicaciones, a sus vueltas a explicar lo que no cerraba. Dictaduras en cuanto a que lo único que rige, lo que no tiene que ser explicado sino que es el origen de todas las explicaciones, lo único que no es una formalidad, es la voluntad del poder.
Ya hemos llegado a las asunciones presidenciales virtuales. Si Chavez esta vivo, muerto, en estado vegetativo o en coma, da igual, se trata de una formalidad, como la república y la democracia ya son formalidades. Lo que sabemos y es cierto, el fondo, aquello que esas formalidades cubren es que Chavez es el dueño del poder y si quiere se lo da a Maduro y este si quiere negocia algún arreglo con el señor Cabello, así como es cierto que la población es espectadora. Por más que vote, lo único que se les explicará es como es que esto sigue siendo una república con una constitución y si no les gusta es porque son de la derecha, malos o locos. ¿Quién le teme a la población? ¿Qué van a hacer, manifestarse? Que lo hagan, a ver si se enteran de que no tienen ni las armas ni el poder impositivo, ni la facultad de examinar la vida, obra y patrimonio de quien se les antoje, ni los resortes para perseguir, ni son los que autorizan a los quioscos a existir, que se han creído aquello del intervencionismo que los iba a beneficiar y de repente se dan cuenta de que no son dueños de nada, ni de sus dólares ni de hablar, ni mucho menos tienen acceso a los organismos internacionales, de los que los déspotas no son jamás expulsados.
La Argentina está entre las mejores alumnas, pero también hizo escuela con el peronismo y el kirchnerismo es el paroxismo de la simulación de la explicación.
Pero no a todo el mundo le resulta fácil entender la diferencia entre la realidad y la propia simulación. Si algo caracteriza a esta época son los bandidos airados, ofendidos, pontificadores. A los vagos levantándole el dedo aun gran profesor.
Las pastillas son las que tienen que apagar a esas consciencias alteradas, atrapadas entre el fuego de un relato que les dice que son héroes y una realidad que les dice que son bandidos.
Los pequeños monigotes tienen su conflicto entre ser unos miserables sin destino cabezas huecas sosteniendo una cleptocracia o ese relato en el que juegan el papel de samuráis en Twitter.
Es todo tan grueso.
La señora Kirchner descontrolada el fin de semana hablando de “hipotecas” de automóviles porque la Justicia y el Derecho son una formalidad que entorpece sus deseos de venganza que son la única ley ¿Qué se creen que son los jueces? ¿Y un actor, con todo lo que ella corrompe a los actores, de dónde sacó que puede hablar de su fortuna? ¿Qué formalidad se tragó ese individuo? Por otra parte ¿cuál fortuna, quién robó? El mundo de las formalidades es el que hay que clausurar. Lo único que restablecerá la eficacia de las pastillas es que la realidad sea por completo derogada. Ese es el camino a la violencia extrema.
Hasta ahora parecía que los problemas eran las formalidades llamadas democracia y república. Pero ya pasamos ese punto. El problema son ya las explicaciones. Cualquier explicación. Incluso la explicación de una monarquía absoluta no serviría y enseguida debería ser revisada por el relato. Esta es en realidad la crisis de la necesidad en si de explicaciones del poder, la vuelta a la situación en la que gobierno y asaltante no eran dos realidades sino una sola. Después vendría Occidente con su mitología justificatoria y sus varias ideas de legitimidad. Ropajes que todos les quedan incómodos a los nuevos déspotas. No quieren ninguno porque ninguno les dura más allá de cada cambio de humor.
Al poder chavista kirchnerista no le cabe ninguna idea de legitimidad, no es que no le caben las republicanas y democráticas. El relato es la flexibilidad, el relato es la no explicación, el fin de las explicaciones por la vía inflacionaria de tener tantas, todos los días, una diferente a otra y contradictorias; construyendo la lógica desde la conclusión hacia las premisas.

El asalto a La Rural

El Poder Ejecutivo puede anular sus actos cuantas veces quiera, pero los actos civiles como las compraventas no son revocables por la voluntad de una de las partes. Una cosa es el decreto que autorizó la venta del predio de la Rural, que la señora Kirchner dejó sin efecto, y otra es la voluntad consumada en el acto civil de compraventa unida a la del comprador y al pago del precio. Este último acto civil no es anulable por decreto, sólo podría hacerse tal cosa en un juicio en el que el Poder Ejecutivo se encontrará sin fundamentos y sin plazos. Y si lo ganara, debería devolver cada peso que puso la Sociedad Rural para adquirirlo.

La única forma que tiene el gobierno de quedarse con el predio es la expropiación, para lo cual deberá tener una causa de utilidad pública, obtener la ley del Congreso y pagar antes el precio de la indemnización a la Sociedad Rural.

En cuanto a las supuestas razones de justicia que se invocan como el que llaman precio vil de la adquisición y una investigación realizada al respecto, hay que recordar la acción de la llamada Oficina Anticorrupción, instrumento de la Alianza para criminalizar al gobierno que la precedió seguida por una justicia federal corrupta puesta al servicio de aquellos objetivos a cambio de su propia impunidad o ascensos. Esta investigación debería ser puesta en la historia del disparate y la ignorancia de esa justicia que tenía que encontrar crímenes en cualquier acción parecida a una privatización como delito de leso estatismo. Y no exagero nada, sería largo exponer acá el papel que ha tenido la Alianza en la corrupción de la Justicia Federal que no venía precisamente inmaculada de las gestiones anteriores, pero que quedó tapada por la ceguera y la ambición de poder de los principales cruzados anticorrupción que querían confirmar que su papel en la historia no había sido por completo calamitoso.

Qué precio vil va a haber en la transacción hecha entre dos entidades sin fines de lucro como la Soc. Rural y el estado. El precio de esa compraventa se explica por las restricciones en cuanto al uso y por la histórica cesión a esa entidad para una feria tradicional. No tiene nada que ver con la estafa que se mandaron los Kirchner en Calafate. Se podrá estar o no de acuerdo con aquella decisión, pero ni el precio es vil ni parece haber en principio nada delictivo en que el estado se deshiciera de algo que nunca utilizó a cambio de un precio que podría discutirse tanto para arriba como para abajo. De hecho dos tasaciones oficiales difieren en la friolera de cien millones de dólares y ambas son inconducentes.

El gobierno va por el camino del saqueo, acompañado por todo un aparato que promueve el resentimiento y el desprecio por la propiedad privada. No digo por la propiedad solo, sino por la propiedad privada que es la de aquellos que no están en el poder. Porque estos últimos si adquieren propiedades por izquierda y las mantienen.

La Constitución se parece ya a los diez mandamientos, se invocan en su totalidad pero se cumplen algunos y a nadie le importa tanto. Pero la Constitución no está para ser venerada y mantenida como una forma de consciencia a la cual referirse pero no utilizar, sino para legalizar al poder dentro de un marco inviolable. No regula la actividad de las personas sino de los privilegiados que recaudan impuestos y deciden sobre la vida de los demás. No estamos ante almas que tendrán dificultades para pasar al otro mundo, sino de crímenes en la Tierra que se toman con una absoluta banalidad.

 

Eso ocurre a la luz del día bajo la apariencia de un marco legal, dentro del cual las elecciones son solo una parte. En el aguantadero donde se mantiene a una persona secuestrada, no hay una democracia cuando se decide votando si se la va a liberar o no. Para que haya democracia los que votan tienen que ser libres y no estar jugando en la votación ni su libertad ni su condición lógica que es su propiedad.

Eso que estamos llamando democracia en distintos aguantaderos como la Argentina, Bolivia, Ecuador y Venezuela (la lista podría seguir pero tomemos los casos más burdos) donde el poder exhibe crímenes y criminaliza la actividad legal es una forma de guerra contra la democracia y contra amplios sectores internos. Un verdadero alzamiento contra la idea de la legalidad del poder, eso que se llama Estado de Derecho. Son formas solapadas de guerras frías civiles llevadas a cabo a veces un espectáculo de resentimiento que compran las mayorías contables, que no tienen ningún valor jurídico que comprometa a quienes reciben el trato de enemigos internos.

Nos escandalizamos décadas atrás de los golpes de estado, como métodos ilegales de reemplazar gobiernos. Estos ya no son atentados contra la formalidad constitucional, sino contra los fines constitucionales. Son golpes constitucionales, eso que está por encima del propio estado y le da existencia.

Los K definen su propia violencia

¿Cómo encajamos la idea de la “diversidad” con la de “eliminar lo individual en función de lo colectivo” en un mismo bote colectivista?
¿Cómo compatibilizar la idea de violencia contra el “género femenino” contenida en la ley 26.485 con el discurso permanente del poder K o los antecedentes terroristas que consideran heroicos?
La ley dice en su artículo cuarto que violencia contra la mujer es: “Definición. Se entiende por violencia contra las mujeres toda conducta, acción u omisión, que de manera directa o indirecta, tanto en el ámbito público como en el privado, basada en una relación desigual de poder, afecte su vida, libertad, dignidad, integridad física, psicológica, sexual, económica o patrimonial, como así también su seguridad personal. Quedan comprendidas las perpetradas desde el Estado o por sus agentes”. ¿No es esto la rutina del trato de Cristina Kirchner y cada kirchnerista, miembro de la cámpora o amanuense del aparato de propaganda a todos los que no forman parte de su banda o los veneran, en cada discurso, cada cartel, cada pintada, cada participación en los medios? Solo podemos excluir el ataque sexual, pero todo es actuar desde el abuso del poder por acción y omisión contra la vida, la libertad, la integridad física y psicológica, económica y patrimonial de cada argentino no K. Siempre tratando de convencer de que esa violencia le conviene a la mayoría y sólo afecta a una minoría indeseable, descalificada por ser minoría.
Supongamos que lo que dice el artículo cuarto citado solo sea violencia contra la mujer pero que por alguna razón que no explicitan la violencia contra los hombres fuera otra cosa ¿No están padeciendo violencia así definida todas las mujeres no kirchneristas del país?
No está mal definida la violencia, lo incorrecto es que se la circunscriba a la mujer o que se iguale una trompada a un prejuicio. Porque entonces la trompada queda diluida en su gravedad. O que se lo presente como un problema de lucha de géneros y no de gente civilizada contra salvajes. Pero desde el punto de vista político y del trato a los ciudadanos inermes esa caracterización es más que acertada y tiene otro efecto mucho más dañino. Recuerda aquella campaña publicitaria que ideó Gabriel Dreyfus para la UCEDE en la que la imagen de la república aparecía como una mujer golpeada.
La práctica del asesinato de la reputación no empezó por este gobierno, pero son la continuación de esa actividad violenta de sus antecesores ideológicos como Horacio Verbitsky y todos sus soldaditos. Gente acostumbrada a no debatir sin ensuciar. El problema es que como nos enseñaron los propios falsos organismos de derechos humanos y lograron convertir en doctrina, el crimen adquiere otra dimensión, la universal, cuando se practica desde el Estado.
Clarín, el campo, los periodistas, Juan Carlos Blumberg, Mauricio Macri, Francisco de Narvaez, y con menor importancia pero igual gravedad yo mismo cuando expuse la relación entre artistas fanáticos K y las fortunas que cobraban del estado. La lista es larga, otros antes que ellos antes de que el aparato de desprestigio llegara al poder. La “década del noventa” que todo el mundo se siente obligado a insultar y menospreciar para no ser objeto del efecto invalidante que el paredón verbal ha logrado sobre determinadas personas, situaciones o hechos. Todo es violencia, todo es rompimiento de la paz, todo es enemistad. El caldo en el que nadan los que quieren enseñarnos diversidad y qué cosa es violencia de género.
Preguntaba al principio. Saben definir mejor que nadie lo que ellos hacen y mucha gente en nombre de la aceptación a si mismos colabora de manera inadvertida con otras violencias contra terceros, cuando no la ejercen por si mismos invirtiendo los roles. Como un festival en el que le toca a otros.
El perverso plan totalitario de la psicópata que nos gobierna es tan retorcido que está invitando a los violentos a formar parte de su proyecto, y a las víctimas de la violencia a convertirse con ellos en victimarios de otros. Hacer de toda factura emocional una fuerza agresiva para usar en su favor.
De manual, no hay contradicción. Cuando la presidente ilegítima de la Argentina invita a ahogar la individualidad en función de lo colectivo, no está interesada en ahogar la individualidad de los aliados, ni de ella, ni de los que estén dispuestos a ser violentos con los que ella señale. Por eso está dispuesta a practicar toda la diversidad que no se oponga a sus planes. Y cuando define lo colectivo, pues no es otra cosa que sus propios intereses.
Esto debiera tener solución. No se si los que se convierten en parásitos económicos, políticos y morales de la sociedad llegan al aparato del poder y destruyen la posibilidad de convivencia o si el aparato de poder termina por ser un incentivo para que gente antisocial se encumbre. En todo caso lo que debiera tener una salida es la relación de enemistad que establecen con todos nosotros. La secesión, la sedición, lo que sea. Si el único problema que tienen los nazis del gobierno somos los que no somos nazis ni queremos robar con ellos, deberían divorciarse de nosotros y nosotros de ellos. Pero son parásitos como los tipos que golpean a las mujeres, no lo hacen porque las odien, lo hacen porque necesitan estar sobre ellas, dominarlas. La vejación es un método para permitir esa violencia. Entonces sólo hay una guerra que empieza a terminarse cuando la víctima deja de justificar, abandona la complicidad y comienza a auto estimarse al punto de decir basta. A veces el golpeador no sabe qué hacer cuando la victima deja de hacer el papel para el que la preparó.