Ni una palabra más

En medio del incendio Fernando de la Rúa respondió con un acto de propaganda aquel diciembre fatídico. Dictó un estado de sitio sin detenciones, más dirigido a demostrar que él mandaba, es decir a desmentir la realidad, que al fin específico que esa medida conlleva. Fue la gota que colmó el vaso de la exasperación general y el cacerolazo que terminó con él.

El kakismo tiene varios incendios simultáneos no uno y durante cuatro años ha estado convirtiendo al país en una enorme olla a presión. Responde con discursos y gestos airados. El jefe de gabinete levanta el dedo índice como si el fuera el padre Alberto amonestando a sus alumnos por los malos pensamientos. Pero él es el vocero del kakismo, lo peor de la política argentina y no me voy a gastar acá en hacer un raconto.

La respuesta general del gobierno a todo es “no se hable más del asunto”. Y consigue algún efecto. Picolotti sigue sin recibir de Clarín el mismo tratamiento de hace dos días y eso que no sabemos mucho de lo que se supone que ella le explicó a su jefe y éste se limitó a retar a todos. Miceli no dice más nada. Capaz que está ofendida y todo. Ayer casi chocan dos aviones otra vez y cuando el casi desaparezca Alberto Fernández nos pegará otra vez cuatro gritos.

Darío Damián contó que los lectores de La Nación que ahora tienen la posibilidad de opinar con total libertad sobre las noticias, se están organizando para generar un cacerolazo anti K el viernes. Si ocurre o no veremos, pero que el clima está siendo alimentado con toda eficiencia por el kakismo no se puede dudar.

Foto Clarín