Recuperar la democracia antes de las elecciones

El paradigma democrático de alguna manera ha deformado la visión sobre el problema del poder. Metidos en su burbuja podemos confundir popularidad con poder y hasta simpatía del público con voluntad electoral.

Pero la política pone en juego el poder. En un extremo la política es guerra y en el otro es democracia. Si el contexto es bélico el poder no se gana con una campaña de márketing y si es democrático no se consigue exhibiendo armas.

Las elecciones libres suponen un estado como tal neutro en la competencia; uso sin interferencias del derecho electoral pasivo, a ser candidatos, y activo, a elegir; libertad absoluta de opinar, debatir y oponerse a las acciones de gobierno, además de otras condiciones menos entendidas como la propiedad privada que asegura independencia individual de los ciudadanos.

Entre la democracia que supone paz entre los ciudadanos que son todos iguales ante la ley, y la guerra que dirime el poder por la fuerza, hay infinita cantidad de puntos intermedios.

El populismo está tal vez más cerca de la guerra que de la democracia. Su motor es la lucha interna contra sectores reales o imaginarios y la pretendida defensa de las mayorías. El populismo justifica la pérdida de neutralidad del estado, el uso de los recursos y los medios estatales para la propaganda del régimen, el permiso para delinquir a los aliados, el reemplazo de la legalidad por la voluntad del poder, la existencia de una masa de individuos sometidos mediante la dádiva, la persecución directa o indirecta de la opinión y de la acción de la oposición, la amenaza permanente y la instalación del miedo.

El poder en el populismo no se dirime como en la guerra, pero tampoco como en la paz democrática. Por lo tanto política no es en el populismo ni uso directo de las armas, al menos no de modo sistemático, ni sonrisas a las cámaras, encuestas y lindas propuestas.

Simular que se vive en una democracia bajo reglas populistas sirve a los que no quieren actuar o de algún modo disfrutan del sistema o están a resguardo de los problemas en sus puestos públicos. Que son más de los que se puede sospechar a primera vista, el populismo tiene enemigos y cómplices. De los últimos no todos son explícitos.

Uno puede leer en las encuestas que circulan una pérdida brutal de popularidad de la señora Kirchner, un humor social en caísa, datos que en general nos permitirían presagiar, en Suiza, que el gobierno se termina en las próximas elecciones de medio tiempo y que después comienza la transición. Pero no estamos en Suiza, no porque nuestros gobiernos sean distintos, sino porque la nuestra es una sociedad cortoplacista dispuesta a apoyar cualquier cosa con tal de librarse del miedo del momento. Es decir, al populismo nos trajo la democracia, no somos víctimas de ningún complot.

Sin embargo no se percibe una pérdida de poder acorde a la pérdida de popularidad. El gobierno es capaz de pactar con el único enemigo que ha tenido el país desde el año 82, autor del atentado a la AMIA de acuerdo a la investigación judicial y a las palabras de este mismo gobierno antes del acuerdo, puede poner contra las cuerdas al Poder Judicial entero para derribar a un enemigo elegido como el grupo Clarín, intervenir la Procuración General, eliminar a varios jueces, imponer un cepo cambiario y unos cuantos etcéteras de igual magnitud, aún cuando desde el punto de vista de la aceptación del público esté en su peor momento. No pierde en ningún momento su carácter de poder absoluto.

La explicación es la del comienzo, no se puede confundir a la democracia con la política, la democracia es sólo una forma de la política que requiere condiciones muy estrictas que están ausentes en la Argentina.

La Carta Democrática de la OEA establece que “Son elementos esenciales de la democracia representativa, entre otros, el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales; el acceso al poder y su ejercicio con sujeción al estado de derecho; la celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo; el régimen plural de partidos y organizaciones políticas; y la separación e independencia de los poderes públicos”.

Esta es apenas una fórmula diplomática que se queda corta. Un poder omnímodo implica una sociedad sometida cuya opinión es menos relevante en una proporción inversa con la magnitud de ese poder. Quienes esperan que la opinión de la gente resuelva por si misma el problema, se equivocan.

Lo primero que podemos pensar de un poder que puede hacer cualquier cosa sin debilitarse, y aprobar un acuerdo con Irán es el paroxismo de la cualquier cosa, también está listo para el fraude,  para esconder el fraude y para asegurarse de que nadie proteste por el fraude. Hasta para conseguir que la oposición convalide cualquier cosa sin chistar. Sin contar con el hecho de que una parte importante de la población se encuentra en una situación de servidumbre respecto del oficialismo.

La conclusión es que para que lo que dicen las encuestas produzca un cambio político acorde es necesario que el gobierno se debilite de aquí a las elecciones al punto de estar sometido a la ley. No hablo de una debilidad institucional, al contrario, me refiero al fortalecimiento de las instituciones que debe llegar desde la actividad política, la acción tendiente a resistir los abusos y minar la base irregular de poder del gobierno (la caja, los privilegios, la complicidad judicial, la imagen externa). Tampoco que el abuso contrapese al abuso, es decir la violencia no puede terminar con la violencia del estado porque ni siquiera la puede igualar, pero si la inteligencia y la creatividad. No fue la fuerza la que depuso al virrey Cisneros.

Menos aún quiero decir que esto sea fácil, pero sentarse a esperar que un populismo produzca un ouput democrático sólo porque se vota es cuanto menos ingenuo.

Lo que veo en cambio es en la oposición una masa de empleados públicos viviendo con un nivel de vida que no alcanzarían trabajando, un chamberlanismo calamitoso frente al autoritarismo y una opinión publicada embarcada en el apaciguamiento de cualquier rebeldía en nombre de una buena educación desentendida del contexto.

 

A vos que sos del 66%

En un mes de instalada en el despacho presidencial la señora Cristina Kirchner despierta la confianza en su capacidad de resolver los problemas del país en un 66% de los encuestados de acuerdo a un estudio de la Escuela de Gobierno Torcuato di Tella.

A vos que formás parte de ese 66% va dirigido este post ¿De qué estás hablando hermano? ¿Cuáles son los problemas que resolvió esta señora? A lo mejor te referís a sus problemas financieros al triplicar su fortuna. O a sus temores de que se sepan los detalles de la corriente de dinero bolivariano que circula hacia su facción que terminaron en una negociación vergonzosa para que no la involucren. Pero esos no son problemas del país, sino de ella, y ni siquiera los resolvió ella sino el marido.

Del desastre en que dejaron las políticas oficiales a la capacidad de producción energética no podés estar hablando ni tampoco de la inflación, ni siquiera del agotamiento del stock ganadero. Sinceramente te quiero decir, habitante del 66%, que estás en pedo y que si seguís produciendo un ouput tan absurdo respecto del input me hago piquetero.

Encuesta: ¿Qué le dijo Kirchner a Antonini Wilson en la Casa Rosada?

Monner Sanz lo había denunciado y ahora la misma Victoria Bereziuk lo ratificó. Antonini Wilson, “el prófugo” como lo llama el señor primer damo, estuvo en la Casa Rosada un par de días después de ser descubierto con su carga de dólares bolivarianos.

Esta encuesta busca dilucidar cómo lo recibió mister ex president al gordo. Cuáles fueron sus primeras palabras al verlo.

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“No crean en las encuestas” dijo Lavagna

¡Que trío!

Lavagna lanzo claro el mensaje que debería adoptar toda la oposición de manera unánime. Las encuestas en la Argentina carecen por completo de valor y están dentro de la enorme capacidad corruptora del oficialismo.

Un dato interesante es que no hace falta dudar de la honorabilidad de los encuestólogos locales para no darles crédito como me señaló un amigo. Si les creemos tampoco podemos tomar en serio sus conclusiones dado que han descubierto ellos mismos que la “volatilitad” de un fin de semana puede acabar con la base probabilística de su “ciencia”. Parece que la gente cambia de idea los fines de semana y ellos no lo pueden publicar por la veda, por mencionar sólo algunas de las explicaciones de los encuestadores y que demuestran (rían) que las encuestas hasta el viernes anterior a los comicios no sirven para nada. Los “obvios ganadores” (caso de la señora) pueden ser volteados cual patito de feria.

Señores analistas fatalistas haganle caso a los encuestadores. Es decir, no les hagan caso a los encuestadores, que es lo mismo pero dicho por Lavagna.