Rosendo Fraga y la seguridad política

Written by Jose Benegas on April 15, 2007 – 10:55 am -

Rosendo Fraga comenta hoy en La Nación la pérdida de vigencia de la visión ongeísta e ingenua de lo que se llamó “consenso de Washington” respecto de las reglas bajo las cuales se atraen inversiones.

Relacionado con esto escribí hace tiempo la diferencia que existe entre “seguridad jurídica” y “seguridad política”. Esta última es la aspiración general de los empresarios argentinos, muchos de los cuales encabezaron las conspiraciones contra los “terribles noventa” y ahora se los ve tan felices con el kakismo.

Claro que hay y habrá inversiones en estas nuevas formas de socialismo copiadas de Hitler que olvidaron sus viejos prejuicios marxistas y se decidieron a hacer caja llenándose de cómplices. ¿Acaso le fue mal a Schindler?

Agregaría al artículo de Rosendo, que en muchas regiones del mundo como Asia y Latinoamérica estatismo y negocios están comulgando del mismo modo que en su momento lo hicieron gobiernos y bancos. El problema no es para “los países” sino para la gente que carece de poder, los privados, los que quieren pensar por si mismos y quedan afuera de cualquier beneficio y los que valoran su libertad.

Para un régimen totalitario como el chino o el cubano esta salida del sistema mediante la complicidad con empresarios es un avance. En cambio para países que se encaminaban hacia la libertad es una pérdida dramática. Pero estos últimos son también consecuencia de los errores del consenso de Washington. Para ellos la izquierda era parte de esa “institucionalidad”, inclusive era más parte todavía que la derecha liberal. Desde Washington se los fomentó como una forma de promover la democracia. Y es esa izquierda que en nombre de la igualdad recurrió al estado, democráticamente, para repartos de riqueza y terminó convirtiéndose en la dueña de las inversiones y con ello de las libertades de los individuos. ¿Y la democracia? Pues la democracia se convirtió en esta cáscara que legitima tiranos.

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Salto de rana ya Petrobrás

Written by Jose Benegas on March 21, 2007 – 12:23 pm -

El señor de la gran caja nacional y mano izquierda presidencial don Julio de Vido se ha mandado esta frase para referirse al presidente de una empresa que quiere aumentar los precios de los productos que vende:

No vamos a permitir que venga a opinar y a condicionar inversiones”

Está todo patas para arriba. Que difícil de congeniar esta frasesita peronista con los esfuerzos kakistas para disimular allá en el norte.

Lo que podría hacer el presidente de Repsol para no caer en contradicciones parecidas es reunir a sus gerentes estudiar preguntarles qué han hecho en los últimos años para impedir que un ministro crea hasta que las inversiones son obligatorias. Las empresas contribuyen a alimentar a sus falsos acreedores morales. No digo siquiera que no los combaten, les pagan para que se formen futuros de vidos.

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¿Cómo nos perdimos a semejante idiota?

Written by Jose Benegas on March 5, 2007 – 11:56 am -

No me explico cómo el Frente para la Victoria se perdió a un tipo como Dominique Bussereau, ministro de agricultura francés que emulando a don Guillermo Moreno acusó a la Argentina y otras “potencias del agro” de depredadores que quieren invadir suelo francés para destruirlos. Debe ser por eso que la Argentina se considera un país tan afrancesado, pero este señor debe ser un argentino mal nacionalizado en Francia. ¿Cómo puede ser que alguien use la cabeza tan mal sin haber sido educado en este país?

Supongo que el gobierno argentino no tendrá nada que decir e a este discurso. Después de todo se trata del tipo de razonamientos que se consideran de avanzada en el oficialismo.

ParaDominique dedico esta cita de un francés que si pensaba. El escrito tiene más de ciento cincuenta años, época en la que ya se habían dado cuenta muchos de que el mercantilismo era estúpido. Su autor es Frederic Bastiat:

LA PETICION DE LOS FABRICANTES DE VELAS

Por Frederic Bastiat (Francia 1801-1850)

En 1845 el brillante Frederic Bastiat, colocándose en la posición de los fabricantes de velas, se dirige a los legisladores franceses, refiriéndose a las políticas proteccionistas que hoy ciento cincuenta años después se siguen practicando, en estos términos:


De los fabricantes de velas, mechas, linternas, candeleros, postes de luz, cortamechas y apagavelas. Y de los productores de sebo, aceite, resina, alcohol y, en general, de todo lo relacionado al alumbrado.

A los Honorables Miembros de la Cámara de Diputados.

Caballeros:

Ustedes están en el camino correcto. Se preocupan principalmente del destino del productor. Desean liberarlo de la competencia extranjera, esto es, reservar el mercado nacional para la industria nacional.

Estamos sufriendo la ruinosa competencia de un rival extranjero quién, al parecer, trabaja bajo condiciones tan superiores a las nuestras para la producción de la luz, que está inundando con ella el mercado nacional a un precio increíblemente bajo. Porque en el momento que aparece, cesan nuestras ventas, los consumidores se vuelven a él y todo un rubro de la industria francesa, cuyas ramificaciones son innumerables, se reduce hasta un completo estancamiento. Este rival que no es otro que el sol, sostiene una lucha tan inmisericorde contra nosotros, que sospechamos está siendo alentado en contra por el pérfido Albión[1], particularmente porque tiene por esa isla orgullosa un respeto que no tiene por nosotros.

Solicitamos pasen una ley exigiendo el cierre de todas las ventanas, puertaventanas, ojos de puerta, los cierres y persianas; en suma, todas las aperturas, huecos, rajaduras y fisuras a través de las cuales suele entrar el sol a las casas, en detrimento de las industrias leales. Con ellas – estamos orgullosos de decirlo – hemos equipado al país, el cual no puede, sin evidenciar ingratitud, abandonarnos ahora en tan desigual combate.

Si ustedes cierran tanto cuanto sea posible todo acceso a la luz natural, creando así una necesidad de luz artificial, ¿qué industria de Francia no será alentada en última instancia?.

Si Francia consume mas sebo, tendrá que haber mas ganado y rebaños y, en consecuencia, habremos de ver un incremento de los campos fértiles, de la carne, la lana, el cuero y especialmente el estiércol, la base de toda riqueza agrícola.

Nuestros páramos serán cubiertos de árboles resinosos. Numerosos enjambres de abejas recogerán de nuestras montañas sus tesoros perfumados que hoy pierden su fragancia como las flores de las que emanan. Así, no habrá una sola rama de la agricultura que no experimente una gran expansión.

Lo mismo es cierto de la navegación. Miles de buques se dedicarán a cazar ballenas (por el aceite de ballena) y en poco tiempo tendremos una flota capaz de defender el honor de Francia y de satisfacer las patrióticas aspiraciones de los abajo firmantes.

Pero, ¿qué diremos de las especialidades de la manufactura parisién?. Desde ahora se contemplará el dorado, el bronce y el cristal en los candeleros, en las lámparas, en las arañas y en los candelabros, brillando en grandes espacios, comparados con los cuales los de hoy no son sino pesebres.

Se requiere poca reflexión, caballeros, para convencerse de que quizá no hay un solo francés, desde el rico accionista de la compañía Anzin hasta él más humilde vendedor de fósforos, cuya condición no sea mejorada por el éxito de nuestra petición.

¿Nos objetarán ustedes que aunque nosotros ganemos con esta protección, al final no ganará Francia, porque el costo lo cubriría el consumidor?. Tenemos lista una respuesta.

Ustedes no tienen mas derecho a invocar los intereses del consumidor. Lo han sacrificado dondequiera encontraron que sus intereses se oponían a los del productor. Por la misma razón deben hacer lo propio esta vez.

En realidad, ustedes mismos han anticipado esta objeción. Cuando se les ha dicho que el consumidor tiene algo que ganar en la libre importación de acero, carbón, ajonjolí, trigo y textiles, “si”, han respondido, “pero el productor tiene algo que ganar en su exclusión”. Pues bien, si los consumidores tienen algo que ganar con la admisión de la luz natural, los productores tienen con seguridad algo que ganar con su prohibición.

Si ustedes nos garantizan un monopolio sobre la producción de la luz durante el día, en primer lugar tendremos que comprar grandes cantidades de sebo, carbón, aceite, resina, cera, alcohol, plata, acero, bronce y cristal para suministro de nuestra industria. Y, mas aún, nosotros y nuestros numerosos proveedores, habiéndonos vuelto ricos, consumiremos mucho mas y esparciremos la prosperidad en todas las áreas de la industria nacional.

¿Dirán que la luz del sol es un don gratuito de la naturaleza y que rechazar tales dones sería rechazar la riqueza misma bajo el pretexto de alentar los medios para adquirirla?.

Si adoptan esa posición, sin embargo, ustedes darán un golpe mortal a su propia política. Recuerden que hasta ahora siempre han excluido los productos extranjeros porque y en la medida que se parecían a los dones gratuitos. Ustedes tienen sólo la mitad de la razón al aceptar las demandas de otros monopolistas por el hecho de admitir nuestra petición. Porque la nuestra está completamente de acuerdo con vuestra política establecida; y rechazar nuestras demandas precisamente porque están mejor fundamentadas que la de cualquier otro, sería un absurdo.

El trabajo y la naturaleza colaboran en varias proporciones en la producción de una mercancía, dependiendo del país y del clima. La parte con que contribuye la naturaleza siempre está libre de costo; la parte del trabajo humano es la que confiere valor y por eso se la paga.

Si se vende una naranja de Lisboa a mitad de precio que una naranja de París, es porque el calor natural del sol, que por supuesto está libre de costo, hace por la primera lo que la segunda debe al calor artificial, para el cual necesariamente hay que pagar en el mercado.

Así, cuando llega a nosotros una naranja de Portugal, uno pude decir que se nos ofrece a mitad de costo, o, en otras palabras, a la mitad del precio comparado con el precio de París.

Ahora bien, es sobre la base de ser semigratuita la naranja extranjera, que ustedes sostienen que su ingreso debe ser impedido. Se preguntan “¿cómo puede resistir la mano de obra francesa la competencia de la mano de obra extranjera, si es que la primera tiene que hacer todo el trabajo, mientras la otra sólo lo hace a medias, ocupándose del resto el sol?”. Pero si el hecho de que la mitad del costo de un producto sea gratis los lleva a ustedes a excluirlo de la competencia, el hecho de que esté totalmente libre de costo, ¿cómo puede hacer que ustedes lo admitan en la competencia?. Ustedes no son consistentes o, de lo contrario, luego de excluir – por ser perjudicial a la industria nacional – lo que está libre de la mitad del costo, deberán excluir lo que es totalmente gratuito con mucha mayor razón y con el doble de entusiasmo.

Cuando un producto – el carbón, el acero, el trigo o los textiles – viene de afuera y lo podemos adquirir por un menor monto de trabajo que si lo produjéramos nosotros mismos, la diferencia (entre lo que pagamos y nos costaría) es como un don gratuito que se nos confiere. El volumen de este regalo es proporcional al monto de la diferencia. Es un cuarto, la mitad o tres cuartos del precio local. El regalo puede ser completo si es que el donante, como el sol cuando nos proporciona la luz, no pide nada de nosotros. La pregunta es si lo que desean para Francia es el beneficio del consumo libre de costo o las supuestas ventajas de una producción onerosa. Hagan su elección, pero sean lógicos.

Porque en tanto ustedes prohíban, como lo hacen, el carbón, el acero, el trigo, los textiles extranjero, en la medida que su precio se acerca a cero, ¡cuan inconsistente sería admitir la luz del sol, cuyo precio es cero el día entero!.


[1] Albión es Inglaterra. Hace alusión a la densa neblina londinense, que favorecería a los fabricantes de velas ingleses por impedir el ingreso de la luz natural.

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El problema es la “cultura tributaria”

Written by Jose Benegas on March 4, 2007 – 11:28 am -

Vuelvo sobre el tema impuestos que es el centro de nuestros padecimientos.

La campaña electoral hace aparecer al Estado renunciando a parte de sus dineros mal habidos. Jorge Oviedo se encarga al mismo tiempo de poner las cifras en perspectiva para que advirtamos que se trata de un mero amague para la tribuna.

No hace falta leer un libro de economía para darnos cuenta de que un comerciante baja el precio para superar a su competidor o no ser superado por él. Solo, buscando su conveniencia, acomoda las señales para que el mercado sepa dónde están las oportunidades y las necesidades más imperiosas. En el estado no existe esa señal. El gobierno vive de lo que le saca a la gente. La única conveniencia del gobernante es extraer lo máximo y mostrarse generoso repartiendo el botín entre quienes les responden. No es dificil de entender la diferencia. Inclusive muchos de los egresados de las facultades de economía y derecho consiguen entenderlo tirando a la basura los cuentos que les inculcaron.

Si al comerciante le abrimos un canal para hacer jugar el poder en su favor, en lugar de buscar en su provecho el precio que más le conviene incluso bajándolo, intentará eliminar a su competidor. Y si el gobernante pierde el poder y se ven en la necesidad de poner un kiosco se comportará en armonía con los intereses de sus clientes para obtener el mejor resultado. En resumen, no existe diferencia de naturaleza entre un político y un comerciante operando en el mercado sin privilegios. No importa lo que la mitología del estatismo público quiera ver; no existen héroes de un lado y mezquinos del otro. Seres humanos de ambos lados actuando de acuerdo a las reglas del juego en el que participan.

Si se entendiera esta cuestión no estarían los reformistas perdiendo el tiempo en buscar gente más bondadosa, más pura y más presentable para armar coaliciones que llenen al estado de gustavos beliz que terminan actuando igual que los moyanos pero con otro marketing. Volver del analfabetismo político en el que estamos sumergidos en los últimos años significaría apuntar las balas al verdadero monstruo: la “cultura tributaria”.

Piensen un momento la monstruosidad del significado de la expresión “cultura tributaria” que utiliza el órgano fiscal argentino como lema. Ahora imaginen si es posible que sobreviva algo parecido a un régimen constitucional, con derechos individuales, un “mundo libre” en un lugar donde se intenta tener una “cultura tributaria”, que es lo mismo que una cultura sometida, una cultura de dar sin chistar lo que se produce a otro. El estado intenta en su última etapa de putrefacción de la sociedad que era libre, hacer que la sumisión y la entrega de la producción tenga raigambre cultural.

Es un detalle pensar que la AFIP cree que los países donde resisten menos los contribuyentes están imbuídos de una “cultura tributaria” y no de gobiernos que se cuidan muy bien de no hacer elegir a los contribuyentes entre la supervivencia y la obediencia. El problema no está ahí. El problema está en que las sociedades mantienen a raya a los gobiernos si ellas mismas son las generadoras de cultura, una cultura de individuos libres, no de pagadores de impuestos.

Son conocidas las cifras del Banco Mundial sobre el porcentaje superior al cien por ciento de la tasa de impuesto a las ganancias en la Argentina. Sin embargo es otra de las consecuencias. La causa es la creencia en primer lugar de que “el estado es nosotros”, “quién no aporta al estado nos perjudica a todos”, “pague a usted para que no me quiten más a mi”. Un cocktail opresivo que termina en frustración general y en la lucha desesperada por hacerse del sillón que conduce todo el asalto.

Necesitamos una cultura libre para contrarrestar a la tributaria. Necesitamos algún partido que levante esa bandera y demuestre que quiere cambiar las reglas de juego de verdad y no solamente capturar el cuartel general de ese monstruo que amenaza nuestra existencia.

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