¿Hacia dónde pitos vamos gradualmente?

¿Hacia dónde pitos vamos gradualmente?

En uno de los reportajes del día Mauricio Macri responde sobre el dilema gradualismo vs. shock a un Jorge Fontevecchia que lo tutea y a su vez es tuteado, resabio del orgullo de la guaranguería que dejó el kirchnerismo.

Primero el presidente comenta que en Cambiemos hay lugar a todo tipo de opiniones, pero ante la insistencia del periodista avanza a afirmar primero que un 90% de las opiniones son en favor del gradualismo y, segundo, a preguntarle retóricamente a su entrevistador si acaso había alguna otra opción.

La conclusión es que el gradualista es el propio presidente y que lo que opinen los demás lo tiene sin cuidado. Su idea es que las cosas las está haciendo bien porque el mundo lo elogia y porque el descalabro es muy grande para desarmarlo de un solo golpe.

Lo que nadie aclara, en un país con una retórica estatista excluyente y agobiante, es cuál es el objetivo, con independencia de la velocidad a la que se quiera ir. Que nadie le pregunte eso al presidente es un signo de absoluta falta de claridad. Señor presidente ¿a dónde quiere ir usted gradualmente? Ya sabemos que no quiere cosas como “volver a los noventa”, lo que está representado en el debate público como privatizaciones, desregulación, quitarle protagonismo al estado. Entonces ¿a dónde vamos? ¿Será tan bueno al lugar a donde vamos que hay que ir despacito?

Algunos temerosos saltarán a decir cosas sobre los noventa, que a mi me encantan como material por todo lo que desnudan de los que nos pasa y por qué no salimos nunca. Habría que hacer la lista de todo lo que no se puede hablar sin miedo en la Argentina y ahí se encontrarán todos los problemas graves que la hunden, casi como si fuera un paciente psiquiátrico. Los noventa es uno seguro. Pero miremos esta paradoja: De manera explícita para el gobierno el gradualismo significa endeudarse para mantener las cosas como están mientras se hacen unos ajustes. Si eso no es el exacto error de los noventa ¿el error de los noventa dónde está? La diferencia es que ahora esta vía es elegida sin ningún plan de reforma de fondo, no hay privatizaciones, no hay intento de cambiar de rumbo al Titanic de la previsión jubilatoria, no hay nada de eso ni bien ni mal hecho, simplemente no existe. Solo tenemos el mantenimiento del gasto público, financiado con deuda del gobierno, más planes keynesianos de obra pública.

Entonces tenemos varios problemas que es necesario poner sobre la mesa, porque el presidente puede elegir un camino hoy que no resulte y cuando eso se note, alguien le va a tener que responder la pregunta que no pudo responder Fontevechia. La alternativa en la que yo pienso la se puede encontrar aquí.

Hacia ese lugar de plena libertad, una economía que atraiga inversiones para ganar no para gastar, si se entiende de qué se trata, se va lo más rápido posible. No una solución sin costos, eso es infantil y además termina siendo el costo sin solución, sino una solución con más beneficios que costos y cuyos resultados se vean lo más rápido posible. Si se pensara que ese el objetivo, que no es el caso, el gradualismo sería ponerle obstáculos, hacer una operación de apendicitis cortando un centímetro hoy y otro mañana, en lugar de hacerlo a la mayor velocidad, si se puede con anestesia. Puede pensarse en financiar la anestesia, nunca la no solución que es el llamado gradualismo. Una cosa es financiar los analgésicos para no operar la apendicitis y otra la cirugía.

Pero no nos hagamos ilusiones, la playa imaginada es la keynesiana, de la emergencia permanente donde si no hay estado no hay economía porque la gente se tira a dormir la siesta. Ese es el dogma más extendido en la Argentina, el nuevo pensamiento único.

Mucha gente muy crítica de los noventa parece anestesiada a la hora de criticar el rumbo económico actual, que tiene toda su parte negativa y nada de su parte positiva. Menem fue más “gradualista” en materia de gasto público de lo que es el gobierno actual. En paralelo a las reformas del sector público, las privatizaciones y las deregulaciones, que fueron muchísimas, el gasto aumentó, en gran medida por la continuación de todo lo “social”, que a este y a todos los gobiernos les encanta y consideran indispensable para la continuación de la vida en la tierra. Eso no se critica porque da miedo, es mucho más cómodo centrarse en problemas de conducta y verso pseudo institucionalista.

Menem financió esa continuidad del gasto con endeudamiento publico. Todo se sentía bien como se va a sentir bien una vez que ingresen los nuevos préstamos (los que cobren las comisiones lo van a sentir todavía mejor) después de arreglar los asuntos en el juzgado de New York, el problema es que ese ingreso de dólares afectará la rentabilidad de los exportadores. En vez de ingresar dólares por producción, ingresarán por deuda del sector improductivo público y se producirán otros efectos que ya hemos conocido.

En esta retórica de financiar la fiesta a la que se llama gradualismo, mucha gente señala que a partir de pagarle a los holdouts, algo que hay que hacer para que haya más crédito para el sector privado, no el público, se podrán obtener fondos a mucho mejores tasas. Lo cual es cierto. Eso sirve para el sector privado que tiene un flujo productivo. Recibe un capital, lo invierte, le saca un rendimiento superior a la tasa, devuelve el capital y paga la tasa y al final sale ganando. Pero el sector público no produce nada, por lo tanto la tasa que pague es un asunto secundario, el problema es devolver el capital después de haberlo sido consumido en actividades no rentables o directamente quebrantos.

Acá me parece que hay que distinguir por un lado los planes de obras y dentro de los planes de obras todavía habría que hacer una segunda distinción entre las que son indispensables ahora y las que se hacen de acuerdo a la mitología keynesiana de que el ahorro es un problema y hay que consumirlo. A las primeras se les podría aplicar el criterio, aún discutible, de que financiarlas es una forma de distribuir el costo entre las generaciones que las utilizarán. A las segundas no les cabe esa distinción, porque tienen como pretendido fin “ayudar” a la economía del presente. Encima no dilapidando ahorro en nombre del keynesianismo sino mediante deuda.

Sin embargo cuando se habla de “gradualismo”, se está reconociendo que hay una parte del gasto que se va a financiar que es completamente inútil, pero que mejor mantenerlo un tiempo para no perjudicar a sus beneficiarios. Entonces el criterio es que en vez de liberar al contribuyente del gasto reconocido como improductivo, hay que endeudarlo para que lo siga pagando.

El problema es que al final el país se encontrará con el mismo nivel de gasto que se financió, más la deuda, más una deuda adicional por obras públicas, con un sector exportador dañado.

Ese es el resumen de qué se está implementando con el gradualismo, pero por supuesto que hay alternativa. Se llama economía de mercado. Ahí cada operación es medida por sus participantes en función de que los beneficios sean mayores que los costos, en lugar de cuidar que no se caiga la estantería con el temor a las desgracias que imaginamos, cada persona contribuye apostando a ganar, el gran pecado argentino, en consecuencia puede pagar sueldos y comprar cosas a sus productores. Esa alternativa no requiere tutores ni místicos. Hay cuatro años para contestarle la pregunta al presidente sobre qué más se puede hacer.

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Los holdouts le enseñan moral al estado argentino.

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¿Cuánto más van a repetir la falacia de que los holdouts no merecen cobrar porque compraron deuda muy barata y están ganando mucho? ¿Puede sobrevivir un país con tanta gente tan infantil?

Veamos ¿Por qué estaba barata la deuda en cuestión? La única razón es que fue repudiada por el deudor y que el deudor era un gobierno y que los gobiernos no quiebran y en el actual estado del derecho internacional son impunes. El que está llorando ahora por lo barata que se compró la deuda es el que que la abarató con su deshonestidad. No hay ninguna cuestión moral a favor de la posición argentina.

Dicen que los fondos “ganan mucho”, pero la única oportunidad que tienen ellos de ganar mucho es la aspiración del deudor de ganar mucho al no pagar sus deudas. La diferencia es que los acreedores no defraudaron a nadie. El hecho de que ellos existan hizo que la deuda repudiada valiera “algo”. Ese valor al que la compraron existe porque ellos están organizados y con capacidad de juntar volumen para aguantar. Fueron el límite a la desfachatez.

Los holdouts, dado que como dije antes los gobiernos son impunes, son la respuesta del mercado a esa impunidad. Es cara y tiene grandes posibilidades de obtener ganancias, porque ellos tratan con bandidos. Son los que salen detrás de ellos y de todo el aparato de santificación del estatismo, incluida la prensa, los curas y todo género de demagogos.

Los holdouts además son una bendición para los gobiernos que cumplen; ellos pagan tasas inferiores en la medida en que se difunde lo que ellos hacen con los que no pagan, lo que es un incentivo para quienes piensen en la posibilidad de prestar. Porque como el mundo no termina hoy, hay que asegurarse con la conducta actual de seguir teniendo crédito, que, cuando se trata del mercado privado, se guía por la seguridad y los rendimientos.

Los holdouts tratan los temas de plata como de plata. Los otros verseros recurren a falacias morales para ahorrarse guita, son de la peor miseria que ha dado el espectro moral de nuestros días.

No hay ningún caso moral detrás de gobiernos bandidos, inclumplidores y que se victimizan a la hora de pagar. La única forma de tratar con ellos y negociar, por la sencilla razón de que el país está en problemas, es agachar la cabeza, exponer la situación y apelar al deseo de cobrar de los acreedores, teniendo en cuenta esas limitaciones.

La última razón de la inmoralidad del deudor, es que llora para seguir pidiendo. Lo cual es lamentable porque no asume su alcoholismo, que cuando llegan las cuentas convierte en su “caso moral” contra el acreedor.

Por último, los holdouts tienen una posición moral incluso mejor a los de los acreedores principales. Es dudosamente ético prestarle a un gobierno que no produce y que solo paga esquilmando a la población. El único caso moral que puede haber en esta materia es contra el endeudamiento en general de los gobiernos. Los holdouts no son los que le prestan a los gobiernos, sino que compran deuda repudiada y hacen justicia con eso. Lo mejor de todo es que lo hacen por propio interés, que es el mejor motor de la sociedad, no solo en lo económico, fundamentalmente en el plano ético.

 

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La señora y sus pagos a los ojos de los buenos izquierdistas

Ayer la señora Kirchner se jactó otra vez de la cancelación del Boden 2015 y el público oficialista la aplaudió con la misma efusividad que si hubiera anunciado lo contrario. Así es la política ahora; unos hacen y reparten, los otros festejan todo. Hoy el gobierno que se “desendeuda” (paga), se está “des-desendeudando” emitiendo nuevos títulos a una tasa superior. En eso consiste en realidad su fracaso. El pago tiene por fin facilitar la emisión de nueva deuda en mejores condiciones, al hacer al deudor más confiable.

Algunos comentarios apuntaron a la supuesta incoherencia de que un gobierno de izquierda (en Argentina, partidario de la “bondad”: que es obligatoria, excluyente y gran negocio) esté exhibiendo orgulloso el pago de las deudas, cuando lo “bueno” para ellos normalmente es no pagar y hacer patrioterismo con eso.

En esto se equivocan los críticos. Lo más coherente para un gobierno de izquierda es pagar de manera puntual cada centavo de deuda, para poder mantener el crédito y con él el alto gasto público que financia las dádivas y la relación de poder con los súbditos. La deuda pública es la contra cara de la veneración del gasto público. Endeudarse barato depende del “crédito” con el que se goce, lo que está en relación directa con el historial de pago. El problema es que la izquierda a la violeta quiere todo, hacer frente con el estado a cualquier necesidad, pedir prestado y no pagar. Es ahí donde hay una incoherencia. Infantiles son todos, pero estos últimos son demasiado caprichosos.

Un sistema parasitario necesita la sobrevivencia de la economía de la que extrae sus recursos. Los organismos internacionales de crédito dan pautas para que la rueda de la irresponsabilidad continúe hasta el infinito. El cash flow de una deuda pública es la espalda de sus ciudadanos- Las posibilidades de ingresos del estado están relacionadas no con un negocio con beneficios, como pasa en el mundo empresario, sino con la capacidad recaudatoria. El empresario tiene que hacer ganar a todos, el estado cobra a la fuerza y hace un mito con los beneficios que otorga basándose en una ficción, no en la voluntad del ciudadano. El empresario puede decir con argumentos muy concretos que el consumidor elige lo que produce, porque lo paga voluntariamente. El estado tiene que recurrir al pensamiento mágico del contrato social y hablar de prestaciones que la gente no paga cuando y como quiere, sino de acuerdo al criterio político del mandamás.

Si fuera tan maravilloso el estado para el ciudadano, no haría falta ninguna persecución fiscal. El empresario pone su producto en la góndola y el consumidor lo toma y lo paga. El estado quita el dinero al “contribuyente” y pone en la “góndola” las prestaciones que se le ocurren al político despreocupándose por lo que elijan quienes las van a consumir. Pero como el mal llamado “contribuyente” va a las mesas de entradas después de de que le han quitado los recursos, puede tener la falsa sensación de que es gratis lo que recibe. Ese es el secreto de que todo esto siga girando.

Hay dos métodos para inflar esto aún más y que el súbdito del gobierno no se de cuenta de lo que pasa. Uno es la inflación, es decir el cobro de un impuesto desvalorizando la moneda mediante si simple emisión. El otro es el endeudamiento interno o externo. Aún con los pagos, el gobierno argentino está mucho más endeudado de lo que estaba cuando irrumpió el kirchnerismo en el 2003. Paga porque ha perdido el crédito externo, pero necesita seguir endeudándose internamente. Cuenta con su capacidad de no cumplir con los “nacionales”, que para eso están, para aguantarse a su gobierno.

Lo que hay que entender es que la “izquierda”, es decir esta tendencia al regalo, a la compra de la voluntad del votante y la demagogia, no es un sistema económico, sino un sistema político incompatible con la economía. Pero no importa, no están interesados en otra cosa que en incrementar el poder del sistema y mantener al país como una propiedad de ellos. Discutir economía con un izquierdista, es como hablar de profilaxis con un virus. Es decir, no se están equivocando, sino que siguen el camino de sus intereses. Estos se pueden resumir como bondad para todos, poder para los bondadosos, recursos para los bondadosos, buena vida para los bondadosos. Si no hay recursos para el progre, hay otras satisfacciones narcisistas de menor cuantía, incluso moral.

Lo no bondadoso consiste en lo responsable. No llenar de caramelos y helados a los chicos es de malo, es de derecha. La cuestión es que la gente crea que le llueven beneficios sin pagar. Pero la realidad es que no existe tal cosa como un almuerzo gratis. Si se recibe algo se debe dar un valor a cambio, a criterio del que lo recibe, es decir, sin vulnerar su voluntad. Esto no nos coloca en estado de inanición e indefensión, sino todo lo contrario. No es cierto que necesitemos para ninguna de nuestras necesidades la instalación de un sistema parasitario. Al contrario, nuestra mayor necesidad institucional es que quienes tienen un capital para invertir, lo pongan en la economía, sin interferencias, sin recargos impositivos ni regulaciones innecesarias. El estado se dedica a las prioridades de conservación de poder del gobierno. Es el gobierno el que decide si va a crecer, no quién lo paga.

Si nos explicamos la vida como una desgracia en la que solo cabe salir perdiendo y que nuestros principales enemigos son los que tienen recursos, lo que queda es adherir a un bandido líder que robe por nosotros. Si en cambio pensamos que el ingenio y el trabajo permiten multiplicar bienes y servicios y salir ganando al lograr que el otro gane con lo que hacemos, hacen falta reglas de respeto, derechos individuales y propiedad privada.

El sistema de endeudamiento público y los organismos de crédito internacionales, no pertenecen a la segunda visión, que no llamaría optimista sino realista. Lo ilusorio es el bandido protector, cuya subsistencia están encargados de asegurar el FMI, el Banco Mundial, etc. nos va a resolver nuestros problemas y no los de él. La izquierda debe amar y venerar a todos esos elefantes enemigos de la gente común. Pero la gente común, si no es psicológicamente súbdita, se los debe sacar a todos de encima urgente.

La ONU y la deuda

Estuve un rato buscando el texto de lo aprobado por la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre la “deuda soberana” el día de hoy, pero solo están los comentarios del canciller, el ministro de economía, el festejo del ente que preside y la interpretación que le acabo de escuchar a Nelson Castro. En fin, no importa, seguro es una estupidez y además se trata de una declaración política que quedará en letra muerta. Esto es necesariamente así porque si la “asociación de deudores” en la que se erigió hoy las Naciones Unidas, sin tener ninguna legitimidad para eso, no puede debilitar las expectativas de cobro de los acreedores, bajo riesgo de quedarse sin financiamiento. Teniendo en cuenta el peso creciente que tiene en el mundo el gasto público, son los menos interesados en hacer eso o de conseguir éxitos parciales y por lo tanto pagar más tasa de interés en el futuro. Cualquier acción contra el acreedor de hoy, se paga en el costo de financiamiento de mañana a la mañana. Por eso los gobiernos prometen pagar y relegan la jurisdicción, para conseguir crédito más barato. Para eso está la seguridad jurídica que el ministro de economía trató hace un tiempo de prejuicio “neoliberal”.

Nelson Castro sentenció que “Fue un buen discurso el de la presidenta” (así, con “a” lo escribe él, refiriéndose al ente que preside) y agregó que era abusivo y contra los “principios jurídicos” y morales que un 97% de los acreedores no fueran suficientes para cerrar un trato de un país inclumplidor. Lo del procedimiento de quiebra a mi me parece una buena idea, como ya lo expresé aquí, aunque sería muy distinto a lo que imaginó la señora. Entre el llamado “síndrome de hubris” y los “principios jurídicos” que invoca Nelson Castro, basado en ninguna otra cosa que en ser “bueno”, me vuelve un poco loco, pero sus aspiraciones en este caso encima son inútiles. El día que se diga que con uno acuerdo ofrecido por el acreedor incumplidor aceptado por el 97%, se obliga al otro 3 por ciento, se llegará a la misma situación llegado el 94% o el 80%. Y si eso se coloca en los títulos el crédito será más caro y el efecto sobre la porción de acreedores que no querrá aceptar será el mismo.

Pero en el fondo lo que pasa es bueno, lástima que no siguen adelante hasta las últimas consecuencias. Mi propuesta es que la ONU promueva un tratado multilateral que indique que los acreedores que quieran cobrar, más allá de las lindas intenciones de los gobiernos que usarían esa plata para repartir beneficios en los barrios marginales, serán empalados en la Plaza de la Revolución en la Habana y que el número requerido para arreglar con ellos por parte del país deudor, será del 0,1%. Esa es la vía más directa a la desaparición del crédito internacional, que si es completamente inmoral aunque Nelson Castro no lo note.

Pero advirtamos esta aparente contradicción. Las correcciones sensibleras sobre los acuerdos de “deuda soberana”, no se reflejan en las condiciones de emisión de los nuevos títulos, porque como dije antes, eso encarece el crédito. El asunto es que el acreedor crea que trata con gobiernos que piensan que las deudas son sagradas, para después vestirse con el uniforme revolucionario a la hora de cumplir. Toda la operatoria es una estafa. A la larga de cualquier manera encarece el crédito, por lo menos el privado. El público depende de la complicidad y el reparto de comisiones entre gente corrupta. No es que son izquierdistas, es que son las dos cosas, depende de si hay que cobrar o pagar.

¡Eso señora @CFKArgentina, vayamos a la quiebra!

Tanto se ha criticado el uso de Twitter por la presidente de la nación y sin embargo parece haber hecho en esa red social un aporte muy interesante en su paso por la cumbre del G20. Le sobraron caractéres para “tuitiar” que en su reunión con el primer ministro de Japón Shinzō Abe le habló de “la necesidad de formular una ley de quiebras a nivel internacional” como una forma de enfrentar el problema de la deuda pública impaga.

Lo correcto hubiera sido hablar de un tratado, pero de cualquier manera lo que propuso la presidente es una genialidad, lo que no estoy muy seguro es de que sea consciente de lo que implica.

La quiebra supondría al menos dos cosas importantes para nosotros y para los acreedores. La primera sería la liquidación de los bienes de la fallida, esto es empresas comerciales, negocios como el fútbol para todos y todo tipo de activos que tengan un valor económico. La segunda la indagación sobre la responsabilidad penal de sus administradores. Toda quiebra abre una investigación sobre la posibilidad de que fuera fraudulenta, que existan acreencias inventadas, contratos realizados solo para vaciarla en beneficio de sus administradores. Un caso típico serían empresarios proveedores amigos de los gobiernos, que se pudiera sospechar además que fueran testaferros. También operaciones que escondan prestaciones a título gratuito, es decir sin una contraprestación justificable para el estado, como los recitales de Fito Paez, propagandistas contratados en los medios públicos o la pauta oficial.

Ambas cosas serían muy convenientes para los argentinos. Los acreedores en lugar de cobrar a costa de impuestos contra los contribuyentes argentinos que no acordaron ningún crédito con nadie, deberían rematar los bienes del estado, que de paso ya no tendríamos que mantener. Tendrían algo con qué cobrarse también los acreedores internos, como los jubilados por ejemplo. Las compañías comerciales en primer lugar y todo tipo de activos se rematarían en su beneficio. A su vez esos activos serían un límite a los acreedores, ellos no podrían pretender continuar sus pretensiones contra particulares..

Una vez que fuera establecido ese procedimiento, la capacidad de endeudarse de los estados sería limitada porque sus potenciales prestamistas deberán analizar su solvencia en base a sus bienes y a un flujo razonable y no al simple cálculo de que son un barril sin fondo dado que tienen la capacidad de obligar a terceros a trabajar para pagar sus deudas.

Supongamos que dejamos de lado otra de las consecuencias de la quiebra que sería la intervención de la administración por parte de un síndico para llevar a cabo el procedimiento, si la Argentina hubiera sido declarada en quiebra en 2002 el gobierno del matrimonio Kirchner hubiera sido de verdad uno de los mejores de la historia, porque no hubiera podido hacer nada de lo que hicieron desde que llegaron al poder. Por ejemplo, la idea de la quiebra es incompatible con su negativa a que se embarguen los bienes del estado.

De cualquier manera sospecho que más que en una quiebra la señora estará pensando en una suerte de “paga Dios”, es decir, que los estados puedan ofrecer a los acreedores lo que quieran y que esto no sea simplemente una situación “de facto” derivada de que no se los puede rematar, sino una prerrogativa avalada por los sindicatos de gobiernos. Quiere mantener el “es esto o nada” que es lo que le permitió a la Argentina lograr un nivel de adhesión al canje tan alto que ahora le permite pensar que los holdouts son una minoría testaruda, pero con cualquier mecanismo de quiebra eso no hubiera sido igual de sencillo, su margen de maniobra hubiera sido otro y el gobierno de los Kirchner hubiera terminado con la quinta de olivos convertida en un Club Med.

De cualquier manera el tratado del “paga Dios”, que supongo que es como la señora entiende a su propuesta también sería conveniente para los argentinos. Porque el estado quedaría fuera de los mercados de crédito para siempre. La reducción a la nada de la posibilidad de cobrar haría que nunca más se le prestara un centavo. Y lo hubiéramos logrado sin tener que elegir en las elecciones a un gobierno serio, cosa que está visto que no queremos hacer bajo ninguna circunstancia.

Por desgracia para nosotros y por suerte para la señora Kirchner, lo que propone no es lo que va a pasar. Nadie quiere acabar con el negocio de unos falsos insolventes que están legitimados para cobrar impuestos y hacer responsables como siervos a individuos privados de cualquier compromiso que quieran firmar. Lo mejor para todos los que están en el juego es la prolongación de la situación indefinida en la que de vez en cuando algún juez pueda jugar al derecho sin hacer justicia de verdad nunca.

Con las retenciones no les alcanza

La señora necesita más plata. Además de quedarse con la producción agrícola también se queda con los fondos de las AFJP emitiendo títulos de deuda nuevos. Lo notable es que estos bonos ya no son ajustables por el índice de precios al consumidor sino por la tasa de depósitos a plazo fijo. Sabe que todos saben que ese índice está un poco adornado.

Me preocuparía si tuviera un plazo fijo, porque cuando la cosa se complique para pagar las cuentas otra vez, el nuevo default vendrá por el mecanismo de tocar un poco esa tasa también.

El default y después

El endeudameiento público llegó en el año 1999 a niveles de escándalo. Alcanzaba los u$s 144.657 millones y representaba más del 52% del PBI. Después llegaron nuestros salvadores a ponerle fin a toda esa infamia, Adolfo Rodriguez Saa cantó “default”, Duhalde declaró “el que depositó dólares recibirá dólares” sin aclarar que se refería a los que hubieran hecho depósitos en dólares pero fuera del país. “Andá a cobrarle a tu hermana buitre” le dijimos a los panaderos de New York y los torneros de Turín. El genio de Lavagna, el opositor oficialista, puso sonrisita pícara y declaró todo lo que nos ahorramos. Quedamos como el tuje con todo el mundo pero somos re piolas.

El líder de la juventud maravillosa y estúpidos que gritaban, el ex presidente don Néstor Kirchner declaraba por cuanta reunión de chupamedias en la Casa Rosada se organizara que gracias a su sagacidad y después de una quita del 70% el país se había ahorrado 70 mil millones de dólares.

Le pagamos el FMI en efeté ¿recuerdan? Para que no nos miren más las cuentas porque somos bolivarianos y no nos gusta que nos presten y después nos quieran cobrar.

Antes los cuentos de hadas terminaban bien, pero eran parte de la política de expansión cultural norteamericana. Más afrancesados ahora terminan en una catástrofe. Después de todo esto, la deuda pública alcanzó a fines del 2007 la cantidad de u$s 144.728, lo que representa el 56,1% del PBI, habiéndose incrementado en el último año en u$s 8003 millones. Esto sin considerar el default actual fabricado por el amigo Moreno al tocar el índice de precios al consumidor de manera permanente y en medio de los festejos diarios por el superavit fiscal.

Hagamos otro default gigante porque es evidente que de nuevo el mundo nos está explotando. Bush para ser más exactos, porque los negocios de deuda con Chávez son tan culpa de él como las valijas bolivarianas.  Y a no alarmarse que el asunto no es tapa de ningún diario.