Los buenos no tienen tiempo para mirar su parabrisas

Son buenos, como gritaban los seguidores de la gobernadora de facto de Jujuy Milagro Sala, pero no se auto flagelan o son desprendidos y generosos. Lo son porque todos los demás somos malos. Ser bueno para el oficialismo, es una posición ganada a los tortazos, encontrando malos que estructuren un contraste. La bondad es la única conclusión posible al hecho de que en cada uno de sus movimientos, decisiones y conductas hay una explicación evidente que si no es vista y admitida por los demás es nada más que por su mala leche, sus relaciones con Clarín o con el imperio o con el neoliberalismo o con Mirta Legrand.

Jamás se equivocaron ni se equivocarán, como Stalin, Hitler, Pol Pot, Chavez, los Castro, Gorriarán Merlo. Si alguien dice lo contrario es un miserable, “come mierda”, contrarrevolucionario, pertenece a una raza maligna, es de derecha, no quiere al país o a los pobres, es partidario de la colonia o gorila. No tienen un solo contendiente, no conciben que haya un pensamiento diferente al de ellos que no sea una conspiración. Nunca han cometido un error, todo puede explicarse por la acción de sus malvados enemigos. Por eso son buenos y cada vez que tienen un espacio en blanco, una cámara o un micrófono, nos informan que el mundo se divide entre un montón de hijos de puta por un lado y los Kirchner, Barone, los Montoneros, Ricardo Jaime, Cristobal López y Spolsky (y siguen las firmas) por otro.

Son buenos pero no por acción, sino por definición.

Por supuesto, ellos definen, no lo vamos a hacer nosotros que ya sabemos la clase de personas que somos.

Su bondad es en general, doctrinaria y en abstracto. Aman a los árboles, a la humanidad, a los pobres, a los idealistas. Pero a la hora de concretar, de ser buenos en particular, tienen serias dificultades. Entonces las víctimas de Once tienen que ser olvidadas porque hay responsabilidad política de los propios, el ciclista del hijo de Aliverti porque la víctima es él, Yoani Sanchez porque bloguea en contra de los buenos, Julio López porque le hace el juego a la derecha (el partido de los malos) mencionarlo, los periodistas que echan de C5N porque ellos son propietarios que hacen lo que quieren con su plata, como Aníbal Fernandez (a diferencia de nosotros) o Julio Nudler porque dice cosas feas de los buenos. La bondad en concreto no hace falta y los que la necesitan están fuera del foco, no existen, no son.

No hay tiempo para parar por un señor muerto en un parabrisas, ni para contarlo en el momento. Hay que redactar un comunicado varios días después declarando solidaridad con la víctima, pero en público en lugar de a la familia, porque lo relevante es hablar al mundo de ese sentimiento que confirma la bondad y no tanto a los interesados que son gente ordinaria del montón. Nadie tan importante además como para distraer la vista del bueno sobre si mismo, para despertarlo de su fascinación, de su excitación con su espejo a medida. El problema en primer plano es cómo se lo ve a Aliverti, no cómo es o lo que pasó.

Cuando se trata de poner atención a la gente en particular la cosa no es tan fácil, no hay tiempo para ser héroe en el relato y buena persona en el trato. Se puede dejar a un tipo sin trabajo por no aportar a los fondos revolucionarios o difamar sin piedad al adversario. Se puede ignorar a los muertos, a los secuestrados, a lo asaltados (porque además hablar de ellos es, nos explican, la verdadera causa de la inseguridad) y al mismo tiempo aplastar al que le dice a otro petiso o gordo y abrazarse a un árbol de la 9 de Julio.

Pero no son los buenos el único problema que tenemos los malos. Hay otros malos que quieren ser buenos y el camino de entrada para esa posición en la vida es la bendición de parte de quienes ya la han alcanzado. Es la corrección política, esa actitud tan poco digna en una situación normal y tan cómplice cuando los buenos machacan con el garrote y van por todo.

Es curioso que en pleno bicentenario de la inauguración de la Asamblea del Año XIII, hayan vuelto los fueros personales, los ámbitos de impunidad y los dobles estándares. Aceptados por beneficiarios y víctimas como en la plenitud del oscurantismo o de cualquier lacra que haya padecido y provocado la humanidad. La ley formal es la igualdad ante la ley, la ley real de los supuestos partidarios de la igualdad ante la vida que han construido este castillo moral en el que viven, el primitivo juego maniqueo de los buenos y los malos, es que lo que vale para ellos no vale para nosotros y viceversa.

¿Se puede vivir bajo estos parámetros y tener éxito? La respuesta es simple: no. Por que la ética no es un mecanismo para llegar a un cielo, ni al religioso, ni al socialista, ni al narciso-socialista-autoritario de esa bondad perversa. Es un medio par vivir mejor, siendo el término mejor no cuantificable, ni generalizable, ni macro. Un asunto de la tierra donde valen los actos, no las imposturas.