UBER: El estado al desnudo (Crónicas Inconexas 3)

UBER: El estado al desnudo (Crónicas Inconexas 3)

(Este artículo pertenece al número 3 de Crónicas Inconexas www.cronicasinconexas.com, mucho antes de que la organización se pusiera en jaque en la Ciudad de Buenos Aires)

UBER: EL ESTADO AL DESNUDO
José Benegas

Todo el mundo conoce Uber porque Uber es útil. Es una empresa basada en una aplicación para móviles, que pone en contacto a gente que necesita ser transportada en las ciudades, con personas que conducen sus propios automóviles y se ofrecen para llevarlas a cambio de un precio que es bastante menor al de los taxis tradicionales. Podría perfectamente ser considerada un servicio de taxis, si no fuera porque el estado se ha arrogado decir qué es un taxi, quién lo conduce y hasta de qué color es. La excusa protectora era que el estado se ocuparía de que los taxis estuvieran registrados, tuvieran seguros y cumplieran con los parámetros que los expertos en regular taxis les impusieran por el bien de la humanidad. Como los taxistas quieren ganar plata, el gobierno se ocupa también de que no ganen mucho. Para los que creen que esto actúa en favor del pasajero, Uber es más barato que todos los servicios de taxis. Algo indica que el estado no era necesario a los fines de hacer accesible el precio. Al contrario, las evidencias indican que lo encarece.

¿Necesitan Uber o sus pasajeros del estado? No, para nada. Como todo servicio o empresa, empezó por una iniciativa particular. Alguien que vio un negocio, invirtió y tuvo respuesta del público. Así se han iniciado todas las actividades económicas. Pero el estado de alguna manera ha logrado que en algún momento del desarrollo de cualquier empresa, la gente se pregunte por la regulación del a actividad. Se empieza a sembrar el temor, aquellos que se sienten amenazados por la competencia siembran sospechas y a asustan a la gente sobre el problema de que unas personas organizadas hagan algo sin control. “Sin control” es sinónimo de problemas. Vamos al cine sin control, pero mejor no repetirlo porque alguien lo regulará. Algo lícito y que otras personas aceptan y compran. Los agentes públicos entonces se ponen el traje de expertos. Los que no han hecho nada como los emprendedores, son protagonistas a la hora de decir cómo deben conducirse los que si, por encima de la voluntad de los que han decidido comprar.

A medida en que las sospechas corrían y los grupos de interés como los licenciatarios taxistas las difundían y presionaban al gobierno para que prohibiera Uber, la empresa iba resolviendo problemas. En noviembre se denunció el caso de uno de sus conductores que supuestamente habría intentado violar a una pasajera en Chicago. De inmediato se adoptaron nuevas normas de seguridad. A lo largo del tiempo se han incorporado mayores formas de otorgar tranquilidad a los clientes, como pedir antecedentes penales de los choferes y un botón anti pánico dentro de la aplicación. Todo por requerimiento del consumidor, porque ninguna actividad, tampoco la de empleado público, está exenta por si misma o invita por si misma a la utilización por un delincuente. Mucho menos publicidad tuvo el hecho de que una grabación demostrara que la relación entre el chofer y la pasajera había sido consensuada y que finalmente quedó e libertad.

El asunto no es qué riesgo se le puede encontrar a la actividad de Uber, lo importante es que se les busca de arriba para abajo, porque el gran pecado de este negocio es ser libre y que los consumidores lo elijan sin intervención de papá estado. Solo hay que “demostrar” alguna cosa, para que la confianza desaparezca y el regulador pueda actuar.

Uber está prohibido en España y Alemania. Hay poco de qué sorprenderse en España donde se multa a las personas que intentan autoabastecerse de energía con paneles solares, para favorecer a las compañías eléctricas. A nadie le parece demasiado anormal, los países parecen ejércitos donde el sector privado en lugar de pactar libremente actividades lícitas, tiene que leer el manual de cualquier cosa que se les ocurra hacer, porque se ha aceptado de un modo bastante generalizado que el mundo se mueve con leyes como expresiones de voluntad del poder público que lo sabe y lo vigila todo. Esa necesidad de vigilancia es cada vez más insostenible, a medida que todo lo regulado se torna pesado e inútil y el mercado busca alternativas.

El sistema de taxis controlados ha devenido obsoleto, porque la tecnología hace todo el trabajo, lo hace mejor y más barato. Pero el estado está mucho más interesado en mantenerse a sí mismo que en proteger a sus protegidos. Las prohibiciones y regulaciones tienen ese sentido.

En Estados Unidos Uber funciona muy bien, pero en muchos lugares se encuentra acosada y se la intenta regular o prohibir. En Nevada tuvieron que suspender el servicio. En Kansas City, la empresa ha advertido que la regulación aprobada les impedirá seguir operando. Un caso curioso es el de Texas. La legislatura quiere intervenir para lograr la “libertad” del negocio, elaborando una legislación que se imponga por encima de las reglas locales. Pero la trampa es que a ese fin, se aprestan a regularlo a nivel estatal, cosa que, reitero, ni Uber ni sus clientes necesitan. Tal cosa de cualquier manera deja a un estado desbocado, trabajando para si mismo, que considera sospechosos a los ciudadanos honestos.

Otro aspecto interesante del problema es que estas empresas innovadoras no reciben el apoyo de políticos, medios de prensa y usuarios de un modo que esté a la altura de los principios que se ponen en juego. Porque todos o casi todos aceptan que ganar dinero es en si sospechoso. Entonces no parece tan heroico salir a respaldar a Uber, como pedir por la libertad de expresión.

Los que la atacan lo hacen sin sonrojarse. Advierten que a medida que la tecnología reduce costos de transacción, los individuos parecen desmentir a todos los defensores del protectorado gubernamental.

Uber tiene tiene esos fanáticos que le atribuyen todo tipo de males e imaginan un futuro donde eliminaría todos los servicios de transporte y ejercería un monopolio maléfico. En fin, en tren de atribuir se olvida el sentido común. Uber carece de toda “autorización” mientras alguien no consiga adosarla al estado, es una empresa libre. Lo único que hace falta para que aparezca otra es un programador de aplicaciones para celulares. Uber no puede ejercer monopolio alguno.
El episodio que sus enemigos tomaron como signo de lo peligrosa que es la no regulación, fue un twitt publicado por la firma en Sidney el día en que se produjo el episodio de la toma de rehenes en diciembre pasado. Ante el crecimiento de la demanda en el distrito central por parte de gente que quería salir de allí, Uber indicó que subía su tarifa en esa zona para atraer más conductores. Este es el twitt de la polémica:

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Desató todo tipo de comentarios por la insensibilidad supuesta de la empresa ¿Incrementar el valor cuando más se lo necesita? ¿No hace falta hacer lo contrario? Bueno, el diagnóstico de Uber fue el opuesto y, aclaremos, es correcto. Pero supongamos que están equivocados, que bajando la tarifa se conseguirían más automóviles disponibles en el lugar de la crisis. Lo que es muy poco honesto de la crítica es asignarle maldad a la empresa, que solo tiene un criterio diferente en cuanto a la solución. No hay ningún motivo para asignarle unas malas intenciones de que menos gente pueda viajar.

Por eso no me preocupa tanto la ignorancia económica como esa actitud de inquisición de tratar a los que hacen con la comodidad del que no hace nada. Sin embargo voy a explicarlo. En la ciudad de Sidney había una cantidad determinada de conductores operando con Uber. Se encontraban como todos atentos a las noticias de la radio, pero no tenían ni la información ni los motivos para pensar que debían acercarse a la zona de la crisis. En esa área había una cantidad de automóviles actuando con Uber. Ni la bondad ni la maldad jugaban en eso rol alguno ni lo podían cambiar. La gente podía voluntariamente acercarse con sus vehículos a ayudar. Hablo de particulares que no tuvieran nada que ver con Uber y Uber no tenía nada que hacer a favor o en contra de que esto ocurriera.

La compañía podría haberse comunicado con sus socios los choferes y haberles pedido que ayudaran gratuitamente. No lo hizo. Tampoco lo hicieron los operadores de taxis, los clubes, ni las asociaciones de consumidores, ni los comentaristas críticos. Uber es una empresa y su actividad se desarrolla por medio de precios porque los precios son el modo de hacer sustentable la actividad económica. Porque esto es algo que olvidan todos los críticos. Una necesidad se cubre con una actividad económica, gente que se mueve. La señal para moverse más de lo habitual es también el precio. En las crisis los precios no aumentan por maldad, sino para distribuir lo que hay del modo en que la ulterior actividad se incentive de un modo virtuoso. Subir el precio en la zona del problema respecto de otras zonas, no hace que en el momento cero, el de la toma de decisión, aparezcan más automóviles y más gente pueda viajar, pero si cambia lo que ocurrirá en el momento uno, porque provoca un movimiento. Disminuir el precio tampoco hace aparecer más automóviles mágicamente en el momento 0, pero condena a la desaparición de los existentes en el momento 1.

Esto es independiente de todo lo que quieran hacer o no hacer los voluntarios, que en estos casos surgen por fuera de los organismos oficiales y los reguladores.

El punto no es por supuesto el caso Sidney. Si lo es la atención que se pone ante un problema para forzar una falsa demostración de que la aparición de más alternativas es una amenaza y no una bendición, que dejar a la gente actuar les hace brotar lo peor de si mismos, para eso se colocan los censores en posiciones falsas de santurrones, que pocas veces se compadecen con sus conductas. Ese es el miedo al mercado inducido por los que quieren mandar o aman el mando.

Todavía no sabemos quién ganará esta batalla, pero habrá otras si los amantes del poder logran su cometido. El problema que tienen es que cada vez se los ve más defendiendo intereses propios y echando por tierra todos sus mitos protectores.

¿Hacia dónde pitos vamos gradualmente?

¿Hacia dónde pitos vamos gradualmente?

En uno de los reportajes del día Mauricio Macri responde sobre el dilema gradualismo vs. shock a un Jorge Fontevecchia que lo tutea y a su vez es tuteado, resabio del orgullo de la guaranguería que dejó el kirchnerismo.

Primero el presidente comenta que en Cambiemos hay lugar a todo tipo de opiniones, pero ante la insistencia del periodista avanza a afirmar primero que un 90% de las opiniones son en favor del gradualismo y, segundo, a preguntarle retóricamente a su entrevistador si acaso había alguna otra opción.

La conclusión es que el gradualista es el propio presidente y que lo que opinen los demás lo tiene sin cuidado. Su idea es que las cosas las está haciendo bien porque el mundo lo elogia y porque el descalabro es muy grande para desarmarlo de un solo golpe.

Lo que nadie aclara, en un país con una retórica estatista excluyente y agobiante, es cuál es el objetivo, con independencia de la velocidad a la que se quiera ir. Que nadie le pregunte eso al presidente es un signo de absoluta falta de claridad. Señor presidente ¿a dónde quiere ir usted gradualmente? Ya sabemos que no quiere cosas como “volver a los noventa”, lo que está representado en el debate público como privatizaciones, desregulación, quitarle protagonismo al estado. Entonces ¿a dónde vamos? ¿Será tan bueno al lugar a donde vamos que hay que ir despacito?

Algunos temerosos saltarán a decir cosas sobre los noventa, que a mi me encantan como material por todo lo que desnudan de los que nos pasa y por qué no salimos nunca. Habría que hacer la lista de todo lo que no se puede hablar sin miedo en la Argentina y ahí se encontrarán todos los problemas graves que la hunden, casi como si fuera un paciente psiquiátrico. Los noventa es uno seguro. Pero miremos esta paradoja: De manera explícita para el gobierno el gradualismo significa endeudarse para mantener las cosas como están mientras se hacen unos ajustes. Si eso no es el exacto error de los noventa ¿el error de los noventa dónde está? La diferencia es que ahora esta vía es elegida sin ningún plan de reforma de fondo, no hay privatizaciones, no hay intento de cambiar de rumbo al Titanic de la previsión jubilatoria, no hay nada de eso ni bien ni mal hecho, simplemente no existe. Solo tenemos el mantenimiento del gasto público, financiado con deuda del gobierno, más planes keynesianos de obra pública.

Entonces tenemos varios problemas que es necesario poner sobre la mesa, porque el presidente puede elegir un camino hoy que no resulte y cuando eso se note, alguien le va a tener que responder la pregunta que no pudo responder Fontevechia. La alternativa en la que yo pienso la se puede encontrar aquí.

Hacia ese lugar de plena libertad, una economía que atraiga inversiones para ganar no para gastar, si se entiende de qué se trata, se va lo más rápido posible. No una solución sin costos, eso es infantil y además termina siendo el costo sin solución, sino una solución con más beneficios que costos y cuyos resultados se vean lo más rápido posible. Si se pensara que ese el objetivo, que no es el caso, el gradualismo sería ponerle obstáculos, hacer una operación de apendicitis cortando un centímetro hoy y otro mañana, en lugar de hacerlo a la mayor velocidad, si se puede con anestesia. Puede pensarse en financiar la anestesia, nunca la no solución que es el llamado gradualismo. Una cosa es financiar los analgésicos para no operar la apendicitis y otra la cirugía.

Pero no nos hagamos ilusiones, la playa imaginada es la keynesiana, de la emergencia permanente donde si no hay estado no hay economía porque la gente se tira a dormir la siesta. Ese es el dogma más extendido en la Argentina, el nuevo pensamiento único.

Mucha gente muy crítica de los noventa parece anestesiada a la hora de criticar el rumbo económico actual, que tiene toda su parte negativa y nada de su parte positiva. Menem fue más “gradualista” en materia de gasto público de lo que es el gobierno actual. En paralelo a las reformas del sector público, las privatizaciones y las deregulaciones, que fueron muchísimas, el gasto aumentó, en gran medida por la continuación de todo lo “social”, que a este y a todos los gobiernos les encanta y consideran indispensable para la continuación de la vida en la tierra. Eso no se critica porque da miedo, es mucho más cómodo centrarse en problemas de conducta y verso pseudo institucionalista.

Menem financió esa continuidad del gasto con endeudamiento publico. Todo se sentía bien como se va a sentir bien una vez que ingresen los nuevos préstamos (los que cobren las comisiones lo van a sentir todavía mejor) después de arreglar los asuntos en el juzgado de New York, el problema es que ese ingreso de dólares afectará la rentabilidad de los exportadores. En vez de ingresar dólares por producción, ingresarán por deuda del sector improductivo público y se producirán otros efectos que ya hemos conocido.

En esta retórica de financiar la fiesta a la que se llama gradualismo, mucha gente señala que a partir de pagarle a los holdouts, algo que hay que hacer para que haya más crédito para el sector privado, no el público, se podrán obtener fondos a mucho mejores tasas. Lo cual es cierto. Eso sirve para el sector privado que tiene un flujo productivo. Recibe un capital, lo invierte, le saca un rendimiento superior a la tasa, devuelve el capital y paga la tasa y al final sale ganando. Pero el sector público no produce nada, por lo tanto la tasa que pague es un asunto secundario, el problema es devolver el capital después de haberlo sido consumido en actividades no rentables o directamente quebrantos.

Acá me parece que hay que distinguir por un lado los planes de obras y dentro de los planes de obras todavía habría que hacer una segunda distinción entre las que son indispensables ahora y las que se hacen de acuerdo a la mitología keynesiana de que el ahorro es un problema y hay que consumirlo. A las primeras se les podría aplicar el criterio, aún discutible, de que financiarlas es una forma de distribuir el costo entre las generaciones que las utilizarán. A las segundas no les cabe esa distinción, porque tienen como pretendido fin “ayudar” a la economía del presente. Encima no dilapidando ahorro en nombre del keynesianismo sino mediante deuda.

Sin embargo cuando se habla de “gradualismo”, se está reconociendo que hay una parte del gasto que se va a financiar que es completamente inútil, pero que mejor mantenerlo un tiempo para no perjudicar a sus beneficiarios. Entonces el criterio es que en vez de liberar al contribuyente del gasto reconocido como improductivo, hay que endeudarlo para que lo siga pagando.

El problema es que al final el país se encontrará con el mismo nivel de gasto que se financió, más la deuda, más una deuda adicional por obras públicas, con un sector exportador dañado.

Ese es el resumen de qué se está implementando con el gradualismo, pero por supuesto que hay alternativa. Se llama economía de mercado. Ahí cada operación es medida por sus participantes en función de que los beneficios sean mayores que los costos, en lugar de cuidar que no se caiga la estantería con el temor a las desgracias que imaginamos, cada persona contribuye apostando a ganar, el gran pecado argentino, en consecuencia puede pagar sueldos y comprar cosas a sus productores. Esa alternativa no requiere tutores ni místicos. Hay cuatro años para contestarle la pregunta al presidente sobre qué más se puede hacer.

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La falacia de la “inmigración ilegal”

Si establecemos una religión legal y determinamos que las demás son ilegales, eso sería terminar con la libertad religiosa, creo que cualquiera podría darse cuenta de eso. Sin embargo he visto mucha gente decir que está a favor de la inmigración, pero no de la ilegal. No hay aspecto en el que tal sentencia no esté equivocada: en la conceptualización del a inmigración, en su valoración económica y, sobre todo, en el sentido de “ley”. Sin embargo, cuando me preguntan qué es lo que está mal en el giro anti inmigratorio que ha tomado la campaña dentro del partido republicano, mi respuesta es que lo peor es la visión lúgubre del futuro que hay detrás del miedo a los extranjeros, a la invasión mexicana, a la posibilidad de que los locales no puedan competir con los con ellos y queden en la ruina ¿Qué idea de país derrotado y perdido tiene que haber detrás de ese pánico?

Escucho todo tipo de justificaciones para lo que dice Trump y para lo que dicen los demás candidatos, todas sostenidas con un alto grado de irritación y ninguna disposición a escuchar. La gente se pone furiosa porque padece de una profunda xenofobia, no reconocida, en su más estricto sentido literal, como miedo y depósito de ese miedo en el extraño. Miedo al extranjero tienen los países perdidos, no los que lideran al mundo. La razón por la ese discurso derrotista y aplastante puede llegar a servir para vencer al partido demócrata, es que estos son todavía más miedosos, le tiene miedo también a las empresas, a los capitales, a los ricos y al motor de la vida y la existencia que es la ambición. Estos creen que solo se puede morder al otro para sobrevivir, por lo tanto los que están mejor es porque han mordido más. Pero los republicanos, estos republicanos del 2016, están difundiendo que nada más hay que morder a los mexicanos, porque si ellos están mejor será a costa de que los locales estén peor. Con parar esa avalancha los Estados Unidos serán “grandes otra vez”.

En el caso de Trump su miedo se extiende a los chinos y a todo tipo de amenazas, con el mismo tipo de prevenciones que todos los miedosos latinoamericanos, que de tanto proteger a sus países los han condenado a ser cola del mundo. Es curioso, porque quienes muestran ese pánico suicida a que Estados Unidos sea como Latinoamérica, llevan en si mismos el espíritu mezquino y cobarde del fracaso más típicamente latinoamericano.

Imaginemos un empresario cuyo propósito sea ahorrar gastos, en lugar de maximizar beneficios, no competir y por lo tanto instalarse en la selva amazónica a vender hamburguesas porque su obsesión es que no haya otros haciendo hamburguesas. O un obrero que decidiera irse a vivir a la Antártida donde no van los mexicanos ni gente de ninguna parte, con la esperanza de una vida mejor. O imaginemos a los mexicanos con miedo a trasladarse a los Estados Unidos donde hay gente mucho mejor capacitada. Tal vez a un estudiante que buscara ingresar a la universidad con menores calificaciones para salvarse de ser comparado con unos mejores ¿Qué piensa de si mismo ese estudiante, ese inmigrante o aquél fabricante de hamburguesas? Bien, así es como se ve la economía con los ojos de alguien que dice que hay que impedir que se le de a un “extranjero” el puesto que “pertenece” a un norteamericano. Así es la Latinoamérica que estos políticos están evitando que los invada. No hace falta la invasión, la llevan ellos en la mente ¿Esa es la “América Grande otra vez”? Pareciera verse más chica que sus vecinos.

Primera aclaración. A los efectos económicos de todos los que no son parte de la relación en sí, la contratación de un extranjero o de un nacional o de un extranjero nacionalizado, de un residente o un portador de una visa A, B, C o X, da exactamente igual. Genera un beneficio para ambas partes y oportunidades para todos los demás. Ingreso de gente implica que habrá más consumidores. La “inmigración ilegal” no es otra cosa que un mercado negro y los mercados negros son exclusiva responsabilidad de los gobiernos entrometiéndose en transacciones privadas. Todas las economías planificadas están llenas de mercados negros, cuanto más socialista es un país más hay que esconderse para producir e intercambiar entre personas que no están perjudicando los derechos de terceros.

Con el mismo tipo de falso razonamiento económico con que se piensa en detener el ingreso de inmigrantes que demanda el mercado para sostener los salarios, habría que impedir el ingreso de turistas para prevenir que hagan subir los precios de los bienes que consumen los locales. Parece que a ningún político experto en meter miedo se le ha ocurrido sacar provecho de algo así.

Una persona que se integra a una economía es un demandante y un oferente, en ambas operaciones beneficia a otras personas. La incorporación de inmigración no “parasita” una “dotación de empleos”, crea nuevos, agranda la economía, hace posibles negocios que no son posibles sin esa incorporación. Por poner un ejemplo burdo, la industria de la comida italiana no aparece hasta que no llegan los italianos.

No se puede ejercer proteccionismo sin dañar alas personas y empresas que hubieran contratado extranjeros y a las personas y empresas que hubieran sido proveedores de esas personas nuevas. Solo se consigue ecorcetar a la economía e impedirle crecer.

Los salarios que interesan son los salarios reales, es decir lo que se puede comprar con los ingresos obtenidos. lo que se denomina “poder adquisitivo”. El nivel de vida de todos los norteamericanos está alterado por la falta de servicios que cubrirían los inmigrantes, eso es tiempo de menos para trabajar en las áreas para las que se preparan o para recreación. Cuando no se permite a las personas que buscan mejores ingresos entrar en una economía más próspera, las empresas simplemente salen del país para buscarlos. Eso es una pérdida neta de salarios y de otras oportunidades. Si a eso se responde con proteccionismo comercial, como quiere Trump, el problema se agrava disminuyendo los salarios reales de todas las personas que se ven obligadas a pagar más caro por los bienes que consumen, iniciando el camino de servidumbre que señaló Hayek.

La creencia de que “hay puestos de trabajo que son norteamericanos y los extranjeros roban”, es de partido político de país bananero. Es falso, el trabajo es de quién lo demanda, no de la nación, el estado, la sociedad o el mandamás. Económicamente condena al país a vivir con miedo “defendiéndose” de la competencia en lugar de competir. Eso achica las expectativas, achica las oportunidades y en definitiva le da la razón a la izquierda en toda su agenda.

Se que un porcentaje de los votantes piensan esto. Pues los han dejado pensar esto, pero yo creo algo mucho peor: así piensan los candidatos.

Vamos a la legalidad. El rule of law puede ser definido como ausencia completa de arbitrariedad. No puede estar prohibido lo que no implica una violación de derechos. No puede estar prohibido algo simplemente porque está prohibido, eso es el antítesis completo del concepto de rule of law. Deberíamos caracterizarlo como el “law of rule”, o le ley del mandamás. “Este es un país de leyes” decía Trump, con razón en el enunciado pero sin entender el contenido. Ley implica regla general aplicable a todos y en primer lugar al propio estado, respetando la libertad. Como decía una máxima de los tribunales ingleses citada por Bruno Leoni en “La libertad y la ley” «La ley es la herencia más elevada que el rey tiene, pues tanto él como sus súbditos están gobernados por ella, y sin ella no habría ni rey ni reino».

La la ley por lo tanto no es la voluntad del estado, de otro modo deberíamos convalidar los campos de concentración en la Alemania Nazi, el Aparheid sudafricano, la censura en Cuba o las normas opresivas y delirantes de Corea del Norte. Contra toda tiranía, toda arbitrariedad, se encuentra sentado el sentido del rule of law. Nunca nada está prohibido porque está prohibido si rige este principio fundante del sistema jurídico civilizado. Un país de leyes no es lo mismo que un país de reglas políticas, de ordenes emanadas de los órganos legislativos. Por la mera voluntad de quién decide están regidos los ejércitos y las tiranías.

Por otra parte si la nacionalidad fuera determinante de los derechos que tenemos, concepto de cualquier modo aberrante y opuesto, además, a toda la retórica falsa de los derechos humanos universales, toda restricción a un nacido fuera del país para contratar implica violar la libertad de contratación del “nacional” que sería su contraparte. A un “nacional” se le pretende proteger, violando los derechos de los demás nacionales. Son contratos libres celebrados por habitantes del país con gente que viene de cualquier parte. Prohibir esos contratos es una violación del rule of law, porque forman parte de la más estricta libertad y no violan los derechos de nadie.

Lo que veo es una gran hipocresía. Gente que dice “estoy a favor de la inmigración, pero estoy en contra de la inmigración ilegal”. Primero porque a continuación como hacen los candidatos republicanos vienen con el cuento de que hay que proteger al “trabajo de los norteamericanos”. Pues hay norteamericanos que han trabajado y después quieren gastarse como quieren el fruto de su trabajo, como por ejemplo haciéndose cortar el pasto por un señor de cuya nacionalidad ni se interesan en averiguar. Es su derecho. Si el problema es “proteger” el trabajo local ¿A que viene entonces lo de la inmigración “legal” o “ilegal”? Es una forma de no hacerse cargo de la xenofobia y del proteccionismo laboral. Entonces ya el concepto de ley está tan degradado, que se usa el término para esconder una farsa meramente fáctica.

Es obvio algo o es libre o es ilegal. Alguien que dice que está a favor de la inmigración pero no de la ilegal, está en contra de la inmigración por la sencilla razón de concederle al gobierno determinar cuándo hay o no hay inmigración.

A un país que se le vende que está derrotado, se le puede vender también un populismo.

Se pone la excusa de los también supuestos beneficios del “estado de bienestar”. Pues está muy bien que los demócratas crean que son beneficios, pero los miembros del partido que liderara Ronald Reagan no. El estado de bienestar es un peso parasitario sobre la economía que levanta los márgenes de los negocios viables, dejándolos fuera del sistema. El estado de bienestar es una sábana corta cuyas peores consecuencias caen en los que están tratando de ingresar al mercado por la parte de abajo. En segundo lugar alguien que trabaja es un cotizante del sistema, aporta a él pagando impuestos, que la propia ilegalidad arbitraria en muchos casos impide recaudar. En segundo lugar el estado de bienestar es un problema haya o no extranjeros, pero lo más ridículo es que se concedan beneficios del sistema a quienes no aportaron a él. Eso sin embargo es un problema de la “ley”. Si fueran coherentes los “legalsitas”, tendrían que decirme que solo están en contra del estado de bienestar “ilegal” y si está contemplado por los reglamentos hacerle la venia y aceptarlo. No lo dicen.

La otra cuestión es la ciudadanía. No existe ningún derecho a gobernar. La ciudadanía no es un derecho universal y a los inmigrantes no les interesa nada más que porque eso los pone a resguardo de la ley arbitraria migratoria y fuera de la mira de cualquier deportación. De manera que la fórmula debería ser no intervenir el estado en la libertad contractual, pero no necesariamente conceder ciudadanía. Eso debería estar atado a servicios al país como tal.

La legalidad de los padres fundadores, en un país que tenía mucha menos demanda de empleados y no miraba al futuro con miedo sino con ambición es esta: “todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. No creo que nadie crea en un creador norteamericano. Por suerte no lo ha habido, porque bajo la doctrina nacionalista y perdedora la mayor parte de la población del país estaría padeciendo privaciones en el resto del mundo y este no sería el gran país que es.
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Podcast, episodio 2: Igualdad y los crímenes cometidos en tu nombre. Lunes 7 de marzo.

 JOSE BENEGAS TALKS PODCAST

“LA IGUALDAD Y LOS CRIMENES COMETIDOS EN SU NOMBRE” Episodio 2

LUNES 7 DE MARZO. 8PM ET (6PM hora argentina)

 

En este episodio: Igualdad y todos los crímenes que se cometen en tu nombre. Igualdad ante la ley y justicia ¿A dónde nos llevó la igualdad socialista?

Participaran en este episodio: Ana Olema (Miami), Elder Flores Duran (Guatemala) y ustedes.

Los oyentes pueden comunicarse vía telefónica (USA) o via Skype (resto del mundo), para esto deberán tener abierto su Skype y su cuenta de Facebook.

También participa en el chat durante la emisión, para lo cual es necesario que estés logueado mediante Facebook.

José Benegas Talks, un podcast semanal para discutir cómo los acontecimientos, declaraciones y opiniones de la actualidad, influyen en nuestra vida como individuos. Cuestiona el statu quo y la moralina social de los medios masivos de comunicación, para abordar la realidad sin temor, en forma interactiva con los oyentes.

JBT puede escucharse en vivo los lunes a las 6 PM (Eastern Time) 20 hs (Argentina) o a través de iTunes o en la página josebenegastalks.com

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Escucha el Episodio 1

INMIGRACION COMO MERCADO / INVITADA: MARIA BLANCO

ESCUCHAR NUESTRO PRIMER EPISODIO

Los holdouts le enseñan moral al estado argentino.

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¿Cuánto más van a repetir la falacia de que los holdouts no merecen cobrar porque compraron deuda muy barata y están ganando mucho? ¿Puede sobrevivir un país con tanta gente tan infantil?

Veamos ¿Por qué estaba barata la deuda en cuestión? La única razón es que fue repudiada por el deudor y que el deudor era un gobierno y que los gobiernos no quiebran y en el actual estado del derecho internacional son impunes. El que está llorando ahora por lo barata que se compró la deuda es el que que la abarató con su deshonestidad. No hay ninguna cuestión moral a favor de la posición argentina.

Dicen que los fondos “ganan mucho”, pero la única oportunidad que tienen ellos de ganar mucho es la aspiración del deudor de ganar mucho al no pagar sus deudas. La diferencia es que los acreedores no defraudaron a nadie. El hecho de que ellos existan hizo que la deuda repudiada valiera “algo”. Ese valor al que la compraron existe porque ellos están organizados y con capacidad de juntar volumen para aguantar. Fueron el límite a la desfachatez.

Los holdouts, dado que como dije antes los gobiernos son impunes, son la respuesta del mercado a esa impunidad. Es cara y tiene grandes posibilidades de obtener ganancias, porque ellos tratan con bandidos. Son los que salen detrás de ellos y de todo el aparato de santificación del estatismo, incluida la prensa, los curas y todo género de demagogos.

Los holdouts además son una bendición para los gobiernos que cumplen; ellos pagan tasas inferiores en la medida en que se difunde lo que ellos hacen con los que no pagan, lo que es un incentivo para quienes piensen en la posibilidad de prestar. Porque como el mundo no termina hoy, hay que asegurarse con la conducta actual de seguir teniendo crédito, que, cuando se trata del mercado privado, se guía por la seguridad y los rendimientos.

Los holdouts tratan los temas de plata como de plata. Los otros verseros recurren a falacias morales para ahorrarse guita, son de la peor miseria que ha dado el espectro moral de nuestros días.

No hay ningún caso moral detrás de gobiernos bandidos, inclumplidores y que se victimizan a la hora de pagar. La única forma de tratar con ellos y negociar, por la sencilla razón de que el país está en problemas, es agachar la cabeza, exponer la situación y apelar al deseo de cobrar de los acreedores, teniendo en cuenta esas limitaciones.

La última razón de la inmoralidad del deudor, es que llora para seguir pidiendo. Lo cual es lamentable porque no asume su alcoholismo, que cuando llegan las cuentas convierte en su “caso moral” contra el acreedor.

Por último, los holdouts tienen una posición moral incluso mejor a los de los acreedores principales. Es dudosamente ético prestarle a un gobierno que no produce y que solo paga esquilmando a la población. El único caso moral que puede haber en esta materia es contra el endeudamiento en general de los gobiernos. Los holdouts no son los que le prestan a los gobiernos, sino que compran deuda repudiada y hacen justicia con eso. Lo mejor de todo es que lo hacen por propio interés, que es el mejor motor de la sociedad, no solo en lo económico, fundamentalmente en el plano ético.

 

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