Como ayudar hoy a #SOSVenezuela pidiendo apoyo en la ceremonia de los Oscar.

Estos son los usuarios de Twitter de los nominados al Oscar hoy. Por nuestra propia libertad, necesitamos que los nominados digan algo de los crímenes contra la humanidad que está cometiendo el régimen del dictador Nicolás Maduro que dispara sobre personas desarmadas y utiliza fuerzas para-policiales para reprimir la disconformidad. La manera de hacerlo es enviarle un twitt a cada uno de estos participantes.

 

Jared Leto: @JaredLeto
Lupita Nyongo: @Lupita_Nyongo
Jim Carrey: @JimCarrey
Benedict Cumberbatch: @Cumberbitches
Matthew McConaughey: @McConaughey
Esteban Crespo: @estebancrespog 
Pink: @Pink
Jonah Hill: @JonahHill
Leonardo Di Caprio: @LeoDiCaprio
Bette Midler: @BetteMidler
Pharrell Williams: @Pharrell
U2: @U2
Ellen DeGeneres: @TheEllenShow
Meryl Streep: @officiaIMStreep
Barkhad Abdi: @RealBarkhad

Tweets modelo:

This Sunday, please help us taking a stand against repression in Venezuela @________ #SOSVenezuela #OscarsForVenezuela

The Oscars in Venezuela are televised. The repression is not. Speak up! @________ #SOSVenezuela #OscarsForVenezuela 

On sunday, your speech could accomplish what our media can’t.
Venezuela needs you @_______ #SOSVenezuela #OscarsForVenezuela 

A billion people will watch the Oscars, they need to know about what
is happening in Venezuela @_______ #SOSVenezuela #OscarsForVenezuela

12 YEARS AS A SLAVE CAST

your film was about oppression. Help Venezuela! Take a stand this Sunday! @_________ #SOSVenezuela #OscarsForVenezuela

Gracias Ricardo Rojas por la idea.

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No bajan la inflación, la mandan a un solo precio: la tasa de interés.

La inflación no terminó, ni se apagó, ni se controló, ni se bajó. Tampoco el dólar se ha calmado por un rato porque la moneda trucha argentina se haya estabilizado. El gobierno de la señora Kirchner y sus brujos ensayan un nuevo truco que consiste en concentrar todas las exteriorizaciones del problema en un solo precio, que de cualquier manera afecta a toda la economía: la tasa de interés. Ortodoxia menguelista de la más pura cepa. Le llamo menguelismo al uso de instrumentos para obtener resultados usando a las personas como animales de laboratorio.

Mientras el elenco artístico kirchnerista despliega su comedia llamada “precios cuidados”, la política anti precios en las góndolas se maneja en el Banco Central, haciendo pases mágicos para que las tasas de interés sean lo suficientemente altas para que una buena cantidad de pesos emitidos para pagar las cuentas del estado (que no paran de emitirse), se atesoren como préstamos al propio gobierno. Éste a su vez no llevará a cabo ningún negocio que justifique pagar esas tasas, todo se traduce en un nuevo quebranto que alimenta el mismo círculo vicioso. Una enorme zanahoria como para que solo suba la zanahoria y todas esas asociaciones de consumidores creadas por el kirchnerismo festejen la inutilidad de su existencia.

Es fácil de notar que en la lista de “precios cuidados”, el precio tal vez más importante de todos que es la tasa de interés, no figura.

Lo que obtiene el gobierno es calmar las góndolas y dejar que algunos pobrecitos de la Cámpora crean que han conseguido algo con la vigilancia. Ya produjo destrucción al alterar los precios relativos con la emisión y el lanzamiento al mercado de pesos sin contrapartida, ahora realiza otra alteración en sentido contrario con la tasa de interés. Todo a lo Menguele.

Ahora bien, si alguien piensa que esta es una inflación que la gente no sufrirá, se equivoca. Hay tanto ni-ni (que ni piensa ni le importa) desprevenido, que mejor aclararlo. La tasa de interés determina qué negocio es rentable y qué negocio no lo es. Si poner un quiosco genera un retorno del 10% y prestarle al gobierno un 11% sin correr ningún riesgo, entonces se sacrifica producción por financiamiento a la vagancia. Las tasas que hoy pagan los bancos como consecuencia de esta política iniciada a principios de febrero, alcanzan al 25% ¿Qué otro quiosco además del Frente para la Victoria genera beneficios a guarismos tales que justifique pagar esas tasas más el spread bancario?

Lo que hace el oficialismo mientras le miente a la gente con la ayuda de casi toda la prensa, cómplice o boba, es lo que dijeron que no iban a hacer: enfriar la economía. O más bien congelarla, para que los balances no se vean feos a ver si algún organismo internacional menguelista consuetudinario como el FMI le presta contra semejante dibujo.

El problema siempre es que el que está siendo financiado no tiene como ganar, como producir, como para pagar sus deudas y justificar la tasa que paga. Entonces tenemos enfriamiento del mercado y a la vez el iceberg otra vez creciendo y creciendo. Los que están en la tasa hoy saben que el iceberg existe, van a elegir cuándo saltar a los botes.

Hay un alternativa por supuesto al enfriamiento de la economía, que es el enfriamiento de la vagancia, del sector improductivo. Esto es el “estado para todos” o estado para bobos, más precisamente. Pero eso no lo van a hacer ¿Para qué les sirven las soluciones que los sacrifiquen a ellos mismos? Nunca Menguele experimentó sobre si mismo ni sobre su familia.

Esto termina como ya lo sabemos. Lo contó Roberto Cachanosky hace unas semanas en La Nación. Estamos en otro Plan Primavera, una lavadita de cara, con ácido sulfúrico. No hace falta que les diga que después de aquella primavera no vino ningún verano.

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Era para el otro lado. El nuevo colapso de las recetas “antinoventistas”

La década del 90 terminó con dos grandes crisis. Una de carácter económico institucional y la otra moral. La primera protagonizada por el estado manejando la moneda e inundando el mercado de dólares como endeudamiento para sostener el gasto público, la segunda desatada por el estatismo reivindicativo representado por la izquierda nacionalista. Fue el estatismo el que impuso su explicación del 2001 y es el estatismo el que trajo esta crisis de la Argentina progre. Se estableció como dogma que lo que estaba mal era lo que estaba bien y viceversa, pero no fue lo que criticaron sino lo que aplaudieron lo que generó el cataclismo del 2001.

Por un lado en los 90 el estado se quitó todo el lastre de las empresas públicas y por el otro el gasto público combinado con convertibilidad sobre el dólar, generó crecimiento de los precios de los bienes no transables y el deterioro del valor de las exportaciones, lo que terminó en una gran recesión[1]. Las exportaciones fueron reemplazadas por el ingreso de dólares como deuda pública dirigido hacia el gasto estatal.

Esa inconsistencia no podía sino terminar como terminó, pero eso no formaba parte del discurso crítico de aquella década salvo para una pequeña minoría. El resto pensaba que en primer lugar Menem era malo. El pecado era la primera explicación y se manifestaba de distintas formas: en las denuncias corrupción de la “entrega del patrimonio nacional”, en la presencia de los de la UCEDE que habían contaminado al puritano peronismo, en las “privatizaciones mal hechas” y en otras causas en general morales.

Solo para aclarar, privatizar es sinónimo de liberar, de quitar la intervención de la autoridad, de permitir al sector sin poder actuar en una determinada área. La “privatización mal hecha” es un sinsentido conceptual. En todo caso una  privatización puede ser insuficiente, parcial, pero el problema no es la parte privatizada sino la no privatizada. En muchos casos aquellas privatizaciones fueron si insuficientes, temerosas o rodeadas de tantas regulaciones que no se pudieron apreciar tanto sus beneficios, pero el cambio en los servicios fue impresionante en muy poco tiempo. Si se podría haber avanzado más es una cuestión contra fáctica inútil de analizar, lo que estaba claro al fin de ese período era que había que avanzar más pero se eligió retroceder.

Uno de las mayores errores que se cometieron en las privatizaciones fueron los organismos de control diseñados para tranquilizar los espíritus de los que se ponen a llorar si no ven un comisario cerca. En el mercado el control lo hace el consumidor si se le permite ser único e inapelable árbitro. Pero al contrario parte importante de la crítica a las “privatizaciones mal hechas” era la “falta de controles”. Los problemas en los servicios no eran por falta de vigilancia de burócratas, sino por la parcialidad de las privatizaciones, es decir, por la subsistencia de controles. Los organismos controladores famosos cuya omnipresencia pedían los que reclamaban “calidad institucional” (concepto hueco como pocos), no solo no servían para nada sino que terminaban siendo una forma de justificación de las empresas monopólicas ante sus incumplimientos, mientras la gente no podía cambiar de proveedor, que es el único control necesario.

Sin embargo la gran falta moral de aquella época no tenía nada que ver con coimas sino que era aquella en la que los críticos estaban más de acuerdo, esto es, el gasto público. Por eso la Alianza encaró el problema intentando aumentar la recaudación fiscal y así fue como De la Rúa derrapó definitivamente, sin Cavallo primero, con Cavallo después.

En paralelo crearon lo que llamó Chacho Alvarez el “circo” para entretener con cazas de brujas a la gente a la que habían enardecido. La persecución del mal es el expediente perfecto de todo mediocre desorientado. Y si hubo un ejemplo perfecto de mediocridad y desorientación en nuestra historia, ese fue Chacho Alvarez.

En materia de privatizaciones lo que hizo de la Rúa fue eliminar para siempre toda posibilidad de desregulación del sector telefónico, que era automática a partir del año 2000. La Alianza hizo eterno el monopolio con el que se había pagado a las empresas el hacerse cargo de los empleados de ENTel.

La segunda contrarreforma, por llamarla de alguna forma, fue protagonizada por un señor muy enojado en lo personal con Menem que fue Eduardo Duhalde que había fundido a su provincia y puesto al banco oficial en situación de quebranto como uno de los causantes de la crisis bancaria del 2001. Duhalde aliado con Alfonsín que había fundido al país en los 80 quería terminar con la convertibilidad, pero para desatar el gasto público. Contó con mucha ayuda del diario Clarín, de los cruzados de la moralidad que explicaban que el deterioro de las finanzas públicas se debía a “operaciones de lavado de dinero” (Carrió, Cristina Kirchner, Ocaña, etc.) y que sirvieron para desviar la atención.

La tercera versión de antinoventismo vino con el kirchnerismo, otro invento de Duhalde para enterrar de manera definitiva toda posibilidad de la Argentina de ser normal. Con el kirchnerismo ocurrió la reivindicación definitiva del estado, la glorificación del comisario del pueblo y la demonización del sector privado en el sentido más fascista posible y se instaló la corrupción pero no ya como una cuestión marginal sino como sistema político. Oligarquía y poder, manejo de lo público como privado se hicieron tan normales que en este momento asistimos al traspaso al señor Tinelli del fútbol estatizado como si perteneciera a la señora Kirchner. El estatismo por el estatismo mismo fue ayudado por un cambio tal en las condiciones del comercio exterior que hasta de la Rúa podría haber sido convertido en genio y por el piso en el que había quedado la economía Argentina después del 2001. Sin embargo con tanta irracionalidad no desafiada nunca por una oposición que acompañó acobardada la construcción de una dictadura sin uniforme, la fiesta se acabó otra vez.

Sería triste que no se entendiera cuál es el “modelo” que colapsa ante nuestros ojos y en eso por desgracia la influencia del Papa con su visión antimodernista en este momento es nefasta. Los noventa terminaron en una gran crisis, pero los motivos eran los opuestos a los que esgrimió la izquierda nacionalista autoritaria. Era el estado y su gasto, el endeudamiento público, las regulaciones remanentes del sector servicios, la hegemonía del gobierno nacional y la incompatibilidad de todo eso con la convertibilidad. No era la maldad, ni la falta de izquierdismo, ni mucho menos ningún “capitalismo salvaje” porque el sistema de “estado de bienestar” nunca se tocó y fue gran parte del problema. Había un obstáculo serio pero estaba mal lo que se pensó en estos diez años que estaba bien y estaba bien lo que en estos diez años se supuso que estaba mal. Por desgracia todos hicieron seguidismo de la locura oscurantista de la época de estatismo más idiota que se pueda recordar, incluida por supuesto la prensa que ahora está inventando que hubo un kirchnerismo bueno como el relato que los dejaría a salvo de su complicidad.

De la Rúa  tumbó el barco con todo en contra. La nueva ola progre, que incluye gobierno, gran parte de la oposición y casi la totalidad de la opinión publicada ahora enfrentada al oficialismo por las formas, volcó una calesita con todo a favor y se consumieron una época de bonanza extraordinaria. La Argentina necesita volver al punto de partida y tomar el otro camino. El que descartó por el pánico del 2001.

Tal vez haría falta empezar esta historia por el desastre ocurrido durante la década del 80 en el populismo alfonsinista, pero sería muy largo. Alcanza con decir que el rumbo tomado por Menem fue inevitable con todo sus tropiezos por la experiencia que lo precedió. No se trató de una comprensión profunda de 60 años de estatismo con alta inflación, por lo tanto esperar una gran coherencia en el cambio era una verdadera tontería.

Ahora si, después de haber ensayado todas las formas posibles y no posibles de estatismo suicida para reaccionar contra aquella década es hora de dejar de probar con la misma receta.



[1] Ver La convertibilidad argentina Juan Carlos Cachanosky. http://www.biblioteca.cees.org.gt/topicos/web/topic-847.html

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Listado de condiciones mínimas para que me importe que no tengas luz

  1. Que no hayas votado nunca a los K.
  2. Que no seas de los que se la pasa lamentando la década del 90.
  3. Que no te hayas enamorado nunca de Página 12.
  4. Que no seas estatista.
  5. Que no hayas apoyado la estatización de YPF y el resto de las empresas.
  6. Que no te haya gustado nunca el fascismo ni le hayas llamado “estilo”.
  7. Que no hayas apoyado el golpe contra la Corte de los K.
  8. Que no creas que el terrorismo es justificable por “ideales”.
  9. Que no identifiques derechos humanos con un pensamiento colectivista ni te creas que este gobierno se caracteriza por su defensa.
  10. Que no estés pidiendo la estatización de las distribuidoras ni repitiendo que lo que pasa es “que no invierten”.
  11. Que no confundas “vaciamiento de empresas” con no cumplimiento de objetivos ideológicos nacionalistas.
  12. Que quieras que los K paguen por lo que hicieron y se recupere todo lo robado por ellos, sus contratados y acomodados.
  13. Que no hayas apoyado el robo de los fondos de las AFJP.
  14. Que entiendas por qué todo lo anterior está relacionado con la falta de luz.

Solo si todas las condiciones se cumplen, lo lamento muchísimo y espero que pronto podamos lograr que la Argentina sea un país normal y respetable.

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Así recibió el sistema eléctrico el kirchnerismo, contado por el propio Cameron.

Energía Daniel Cameron (1)

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Semana de furia y el doble efecto Sobremonte

Los cordobeses vivieron en carne propia la paradoja política de sostener con altísimos impuestos e inflación un estado nacional que se declara prescindente cuando sus vidas y propiedades están en peligro. El kirchnerismo ha provocado por su torpeza y espíritu vengativo el “efecto Sobremonte”.

Así como el marqués de Sobremonte, virrey del Río de la Plata, abandonó la ciudad en 1806 con “la caja”, dejándola librada a su suerte, Cristina Kirchner dijo una vez más “el estado es mío”, pero cometió el mismo error de aquel personaje histórico. Aquella vez los porteños entendieron su realidad, el sometimiento era sin contraprestación. Tres años después de la segunda invasión inglesa ocurrió la Revolución de Mayo.

Como si hubiera querido sumar motivos a mi afirmación de que las provincias deben independizarse, lo que hizo el oficialismo fue como Sobremonte emprender la retirada y develarse.

Pero hay algo más. Parte del mito fundante del despotismo nacional socialista en el que estamos es el odio a la policía por su función de detener al crimen. El neo-patriotismo que se enseña en las escuelas se identifica con bandas armadas que buscaban instalar un sistema totalitario en los 60 y 70 y la policía representa el aspecto del estado que los pone en evidencia como enemigos de la vida y la propiedad de la gente indefensa. Esto ya no tiene que ver con crímenes en particular que se hayan cometido desde la policía para responder a aquella violencia. En un proceso que lleva ya más de treinta años lo que se ha hecho es deslegitimar a la función policial en sí, así como hemos pasado de castigar la ilegalidad de la represión a conceder honores a los terroristas. Que tengamos seguridad y que los de la policía sean “los chicos buenos” pone en peligro la pretensión de heroicidad de los delincuentes jubilados, reduce la “revolución” a una serie de tipicidades del Código Penal.

Sin embargo el punto al que ha llegado la política de inseguridad ya permite hacernos preguntas más profundas sobre el rol del poder público, como una segunda parte del efecto Sobremonte. Hasta acá estamos pagando unos aparatos policiales gigantes, con gente mal remunerada, insatisfecha, mal tratada, atada de manos, tentada cuando no ganada por el narcotráfico. Son capaces de autoacuartelarse y permanecer impávidos mientras Córdoba es saqueada, lo que demuestra su deterioro moral profundo. La pregunta que sige es ¿Cuánto tardaría la gente en organizarse por si misma para defenderse de un modo más eficiente, seguro, barato y confiable que el estado por medio de la policía?

Anarquía fue la palabra más usada por los observadores cercanos del problema, pero ampliemos la mirada. La retirada (explícita) de la policía estatal no dio tiempo a nada. Hubiera sido lo mismo si un día ENTel hubiera cerrado y con una visión corta llegáramos a la conclusión de que el estado no era tan malo en la materia, algunos teléfonos al menos funcionaban ¿Hubiéramos dicho que el cierre de ENTel era anarquía o el propio fruto de la inoperancia?

Lo que vivimos fue la última deserción de un sistema policial acabado y gente que vive bajo la ilusión de ser protegida pero no lo está, más allá de la pizzería que paga su peaje. La indefensión de la población es parte vital del monopolio policial y también del negocio de los delincuentes (me refiero esta vez a los de calle, no a los electos).

Los ciudadanos son incentivados a renunciar a su defensa y dan como un hecho la omnipresencia estatal. También ha deslegitimado el nofascismo el derecho a defenderse, porque si la gente se defiende quiere decir que está mal atacar, mientras ellos nos quieren convencer de que era una muestra del amor que tenían por el país. Su auto-indulgencia requiere que defenderse también esté mal.

El hecho es que nadie estaba preparado para un cierre policial pero a pocas horas de desatada la violencia se organizaban empalizadas para detener a delincuetnes en motos. Así se reaccionaba al vacío dejado por la policía. Si alguien imagina que una Córdoba sin policía hubiera perpetuado el dominio de las bandas de las primeras horas, se equivoca. Esos grupos son la contrapartida del equilibrio que la policía estatal supone, que avanzan ante el retiro de su contrincante y muchas veces socio. Son cazadores en el gallinero armado por el propio estado.

Con mucho menos esfuerzo de lo que hacen los cordobeses para mantener a la policía podrían organizar la seguridad de sus barrios, aunque no todos contribuyeran (igual que ahora). Los decentes son muchos más que criminales, solo necesitan tiempo para organizarse, pero no hay duda de que es gente más inteligente, creativa y productiva. Las bandas  perderían toda rentabilidad porque no entrarían en los barrios de clase media así como no pueden actuar con impunidad en las zonas marginales porque ahí, donde no hay policía, se les responde en sus propios términos y hay poco de qué servirse. La importación de botines desde los mejores barrios terminaría y con ella el negocio del delito. El robo al vecino es de altísimo costo.

Hoy por derivación de este segundo efecto Sobremonte millones de personas honestas y pacíficas están pensando en todo el país en cómo defenderse. Habilitar esa inteligencia el sentido de autodefensa tendría un efecto sobre el crimen fulminante.

Hasta aquí la policía apenas viene sirviendo como chivo expiatorio entre los que glorifican sus delitos del pasado y los que tienen la ilusión de la caballería llegando. Cada vez que actúan o lo hacen mal de verdad o son culpabilizados de manera injusta. La fuerza policial que haría real el sentido protector del estado sólo concentra el pecado y se asocia al crimen porque de todo lo que los rodea parece ser el orden que les resulta más confiable.

De los problemas no siempre se sale por el lado de dónde vienen, a veces hay que saltar por encima de ellos como en 1810.

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El presidente Obama y su miedo a ser Argentina

Si los republicanos conocieran la historia del estado de bienestar argentino, pondrían en aprietos al presidente Obama después de decir que no quiere que los Estados Unidos se conviertan en otra Argentina. Enterado de los resultados que muestran los saqueos en Córdoba y otros disturbios que le dan al país su fama de fallido, Obama no sabe que la Argentina es el país que ha llevado hasta sus últimas instancias el mismo tipo de soluciones que está intentando defender con la comparación. En gasto público descontrolado además somos expertos. Los presupuestos a pesar de que se sabe que están llenos de falsedades se aprueban sin discutir y el gobierno alega tener derecho a ello por ganar las elecciones, como si los diputados y senadores tuvieran menos legitimidad y carecieran de sus propias responsabilidades alejadas de los deseos presidenciales. Hasta en eso se parece el país a su proclamado ideal.

A la Argentina le han sobrado obamas a la enésima potencia, todos sus políticos lo son y llevamos varias generaciones de acumular políticas asistencialistas. A Obama le gustaron las apelaciones del Papa contra el mercado, lo que no sabe es que ese es el pensamiento más común entre los Argentinos. No sabe que lleva décadas el país del más exhaustivo estado de bienestar y que existe la llamada asignación universal por hijo donde los que trabajan tienen que aportar para sostener a los que tienen hijos y que esto fue una iniciativa de la oposición. No sabe que se pagan jubilaciones sin aportes y que la educación y la salud son completamente gratuitas. Que los obamistas quieran pensar que la pobreza actual sea consecuencia de todo lo que aún no han hecho contra el mercado, es sólo producto del dogma irreductible de que la libertad lleva al pecado.

Lo que el presidente observa como falta de equidad, entre unas hordas sin ley y unos comerciantes (que luchan contra la pobreza) no es el correlato de ausencia de “políticas sociales”, es el espectáculo cada vez más común en el país con los políticos más “buenos”, “conscientes”, izquierdistas y peronistas que existan, que podrían votarle con dos manos todas sus iniciativas y coincidirían con él en que la solución es gasto público y aumento del poder estatal.

Más allá de que se comparta o no lo que el presidente de Estados Unidos quiere hacer en el mercado de la medicina que merece muchos matices, se lo considere eficaz o no o que hay otras maneras de resolver el problema, lo indudable es que la Argentina no le sirve para demostrar lo que quiere demostrar sino todo lo contrario. Lo que hace el presidente de Estados Unidos en realidad es confirmar su prejuicio en cuanto a que la marginalidad y esas mayorías sumergidas al lado de minorías privilegiadas son consecuencia del mercado y jamás podrían asociarse con el buenismo del estado de bienestar que propugna. Eso es algo que los partidarios de ese sistema están ciegos a ver. Están tan enamorados de sus intenciones y de lo que creen que dicen de si mismos que todo lo malo que pase no puede ser culpa de ellos sino de los que están enfrente.

El populismo en cambio si sabe que para que exista un bienestar decidido por la política en contra de las relaciones que se establecen en el mercado por propia voluntad y en los términos de quienes participan en él, tiene que tratarse a la población como aves de criadero y matarles dos cosas. Por una parte sus instintos y capacidad de sobrevivir y por otra su moral, en la medida que el sudor de la frente no es la fuente del bienestar sino la habilidad de victimizarse. Una sociedad moralmente quebrada y destruida en su capacidad productiva es materia prima para esta moderna forma de esclavitud llamada populismo. También sabe este populismo que cuando el político reparte, sea con un criterio miserable o con un altruismo digno del Vaticano, dado que el acceso a las decisiones es más escaso que cualquier bien del mercado, inevitablemente se crea una casta privilegiada al lado del criadero. Hay criados y criadores y como la fuente empresarial de los recursos es directamente perjudicada por los costos, esta se achica, con el agravante de que con el cambio de valores hasta la empresa aprende el juego de la victimización y que los gobernantes (sean ángeles o demonios aprovechadores), pueden protegerlos de los consumidores y la competencia. La economía se pauperiza y la subsistencia de esas empresas que son cada vez menos dada la dinámica del sistema aparece como más indispensable y aquellos que propugnan que se deje de protegerlas son tomados como locos.

Los populistas saben que el buenismo es una gran mentira que genera una bola de nieve de perversión y pobreza, sólo mantiene lo que los buenistas creen de si mismos y su poder. Y que ese es el negocio más suculento e impune para los sátrapas que pueda haber. Nunca se había considerado al absolutismo como benéfico.

La gente que realiza todos los saqueos viene de los barrios más asistidos, gente tal vez sólo asistida y sin otra fuente de subsistencia, a la que no le asigno la responsabilidad. Han pasado por nuestros colegios tal vez, ninguna cosa buena moral sale de ahí sobre la sociedad, sino una serie de alegorías ficticias acerca de la gloria del estado y de la autoridad. Son de alguna manera el producto de una sociedad que decidió abandonar los principios por los resultados y se ha quedado sin los principios y sin los resultados.

Claro que hay países que han practicado esto con una cierta prudencia y en dosis muchos menores, siempre respetando a los que trabajan (mercado) porque al menos saben que es la gallina de los huevos de oro. Al político argentino esto no le importa en lo más mínimo, cuando se menciona una empresa en el Congreso es para hablar mal de ella. El obamismo argentino es fanático, dogmático y excluyente. Los que no comparten esa fe se muestran encima vergonzantes.

Le diría al presidente de Estados Unidos que lo piense. Cualquier país puede transformarse en la Argentina, precisamente por los motivos que él no sospecha.

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Las provincias deben independizarse

El primero de Mayo de 1853 y después de cuarenta años de divisiones e incoherencias políticas, la Argentina logró la unión nacional sancionando una constitución. No se trata solo de la piedra fundamental del sistema jurídico y político del país, sino también de un pacto federal por el que las provincias históricas dieron origen al estado nacional bajo sus condiciones.

Un siglo y medio después mucha agua ha corrido bajo el puente. De la primitiva autonomía provincial queda poco. Al costado del sistema constitucional se erigió una realidad política que lo sobrepasa, unitaria, despótica, con gobernadores que sirven al partido oficial y una presidencia omnímoda que de acuerdo al pensamiento que predomina carece de responsabilidad. La facción que gobierna lo hace a través de una caja con la que somete a los gobernadores y mantiene a sus partidarios a los incentiva a hostilizar a los ajenos.

Peor es la situación del fundamento liberal de aquél pacto de unión, no solo ha desaparecido sino que coinciden todas las ofertas partidarias más relevantes en rechazar los principios que además de dar origen a la Argentina como país en aquella constitución, motivaron el inicio de su proceso de independencia.

La Argentina de 1853 no existe más y por lo tanto tampoco el compromiso de las provincias que ni siquiera cuentan con la posibilidad de contar con sus propios recursos. El estado nacional a su vez no presta servicio útil alguno al ciudadano, es un enorme barril sin fondo del que distintas bandas se quieren apoderar invocando cualquier doctrina justificatoria a mano. Se trata de un negocio que no tiene vestigios de orden legal, cuyo fin es servir a los objetivos de una banda a cargo con la anuencia explícita o la indiferencia de otras bandas en competencia.

Los recursos de muchos municipios alcanzarían para financiar todo tipo servicios públicos locales por mucho menos de lo que el estado nacional les extrae.

Todo esto lleva a una conclusión que ya es obvia. El estado nacional no sirva para nada y las condiciones que obligaban a las provincias a mantenerse unidas a la nación han desaparecido para siempre.

El debate sobre la independencia de las provincias debe comenzar.

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Por qué los diarios ya no importan

La semana pasada oía a Marcelo Longobardi hablar de las horas que le dedica a la lectura de los diarios y a ver cada uno de los programas de contenido político que han quedado relegados al cable en esta era oscurantista que hemos vivido. Mientras lo iba contando yo pensaba ¿para qué? ¿Qué importancia tiene el contenido de los diarios hoy en día? Hace mucho que son más que la crónica diaria de lo que el estado nos hace, en muchos casos acompañada del comentario aséptico sobre su eficacia o falta de eficacia.  Pienso que pronto caerán en desuso.

La mayoría de la gente lee los títulos pero nada más que para mantener una conversación en la oficina, por algo las noticias que en otros tiempos podríamos haber considerado relevantes hoy compiten en un pie de igualdad con los chimentos de la farándula.

No estoy repitiendo el argumento de Nassim Taleb en El Cisne Negro, ese es válido para todos los países, voy a otra cosa. No solo que la información inmediata ni siquiera nos informa, sino que ha perdido utilidad hacer los diarios y también leerlos, porque en primer lugar nosotros los lectores ya no tenemos peso político en tanto ciudadanos. El lector es nadie. A lo sumo algún día se enojan unos cuantos y salen a la calle a mostrar en carteles la indignación que no tiene canal ni voz con el aliento que les queda después de pagar el IVA y buscar los productos que no encuentran en el supermercado. Los diarios entonces se convierten en auditores del público, destacan de qué barrio son, se fijan a ver si los carteles no dicen nada agresivo, en cuyo caso nos dejarán a todos muy claro que ellos son la corrección y están del lado del poder. El poder no es el ciudadano en absoluto.

El individuo carece de peso político porque mediante triquiñuelas y falsas doctrinas económicas se lo viene domesticando por décadas. Contribuyen a ese deterioro muchos que se rasgan las vestiduras con la palabra república o se preocupan por la libertad de expresión, siempre que se trate de la libertad de expresión de alguien importante en el periodismo. Hay cuatro o cinco personas bien acomodadas que no pueden tocarse, pero cuando se metían con la hermana de Juan Cruz Sanz allá por el comienzo del despotismo K, no le importaba a nadie. De nuevo el poder, un periodista importante es aquél al que se le tiene miedo, al ciudadano no se le tiene ninguno.

Que miedo se le puede tener a alguien a quién sus cuentas bancarias están siendo vigiladas, se le dice si puede comprar dólares, necesita ser autorizado para importar rabanitos y todo el mundo sabe que se lo maltrata con excusas para no dejarlo hacer lo que quiere, se lo mata en los trenes, le hacen pagar subsidios a los que viajan, se le falsifica la moneda y se considera a la inflación como ganancia para hacerlo pagar impuestos, se le muestra en su cara que el aparato de difamación y propaganda se paga con sus impuestos, se lo trata como ganado en un hospital. Ese es el lector. El diario dice todo el tiempo que tal ley controla a tales lectores, que tal oficina se encarga de autorizar a los lectores y que el último discurso prsidencial advirtió sobre el peligro de otro determinado grupo de lectores. Si el diario escribe pensando en el lector, tan desmerecido, pierde. Por eso mejor acompaña  la rosca etiquetándolo como peligroso cuando disemina un pensamiento económico que supone aplastarlo todos los días. Lo importante es responder a algún círculo que conserve poder o al propio estado de manera directa. Esos círculos que mantienen sus pequeñas cuotas de la torta, jamás se enemistarán con el estado. Lo demás será una falsa moral adaptativa.

Entonces pasa que aparece un fallo de la Corte que dice que la libertad de expresión como derecho individual debe ceder en general ante una interpretación colectiva, cuya consagración en concreto requiere el cierre de medios. Imaginen el incendio en un diario como los de antes que estaban pensados para los lectores pidiendo destituciones, llamando a la gente a levantarse contra un poder tiránico y sus agentes. Pero solo con este párrafo este artículo no podría ser publicado en ningún diario impreso de la Argentina. Lo que lo detendría sería una moralina pretendidamente institucionalista, como sinónimo de benevolencia con quienes ocupan el poder (es decir como antónimo de institucionalismo) que nos enseña todo el tiempo que no hay que insultar a kicillof y que la máxima norma del sistema político es la perdurabilidad del gobierno, no de la Constitución tal cual es. Mucho menos la del ciudadano/lector.

En los diarios hace más de una década que no hay nada. Todo el mundo sabe que hay que decir poco para llegar ahí y sobre todo que hay una corrección cuya regla no escrita es no joder al poder de verdad. Solo hacer un poco como que se lo critica pero llenándolo de aclaraciones como para ser inofensivo. Las excepciones son pocas, esporádicas y siempre lavadas.

Denuncias sí se puede hacer, pero sobre corrupción entendida como robarle al estado y con eso impedir que nos haga felices. No se puede robar al poder. Corrupción como un problema del propio estado, no del ciudadano. El poder, por favor no confundirse, es siempre bueno. Desafiar al funcionario puede ser, pero a la estructura del poder que es el estado jamás. Salvo, que otro poder lo habilite, un rato.

Este es un punto más difícil de compartir, lo se, si es que alguno es fácil, pero la verdad que periodismo y socialismo o más particularmente estatismo, no se llevan bien. El lector es un ciudadano privado. El nuevo despotismo que viene como herencia de la social democracia comienza con la exaltación del estado y al “ovejización” del ciudadano privado. Al mismo individuo al que hoy se desprecia se le dio el rol de mendicante frente al poder. Defender su “libertad” pasó a ser someterlo al “verdadero peligro”, el otro ciudadano privado que estaba mejor que él. El sentimiento no era el sentido de independencia sino a la envidia. El poder político era la herramienta a la mano para canalizarla, ya no el peligro mayor que le da sentido a la existencia de la tradición constitucional clásica y con ella al periodismo. Los diarios de nuestra época por supuesto miden las diferencias entre los más ricos y los más pobres, dato que es de una irrelevancia absoluta. Los más pobres de todos los países estarían felices si fueran libres de emigrar hacia países donde esa brecha respecto de ellos fuera mayor, del mismo modo que cuando ponemos un estudio de arquitectura o de cualquier otra cosa, esperamos que el cliente que entre por la puerta sea mucho, y si se puede muchísimo más rico que nosotros. Esa es una oportunidad en términos económicos si no hay trabas burocráticas y una desgracia sólo para los que alimentan la envidia. Pero claro el invento de una “información” llamada brecha alimenta la falsa legitimidad de aumentar el uso del poder político. Y sus avisos.

Entonces tenemos que el lector o es un rico, malo, o es un pobre oveja. Es decir o un villano o un pobrecito. Y no es que este sea un pensamiento del pobre, para nada. Es en general de los demás, de hecho no conocemos dueños de diarios pobres ¿verdad? Esto es una contaminación moral. Esa es la parte que no tendrán por que compartir muchos, pensarán que hay un cielo en el que se premian los sentimientos de luchas de clases. Pero mi punto es nada más que si se piensa así, el diario no sirve para mucho más que para envolver los tomates. Si es que no están demasiado caros y los propios diarios no han sido obligados a dejar de informarlo y la Corte no diga que está muy bien tal restricción en nombre del derecho de todos a hablar.

El periodismo nace con la vida privada, como la novela. Cuando el ciudadano se transforma en protagonista quiere saber lo que pasa y tiene peso. El diario es una respuesta del mercado a eso.

El diario también busca lectores e influencia. La influencia consiste en tener a los ciudadanos privados de su lado. Lo importante en una sociedad en la que el periodismo brilla es la vida privada, no los lobbys, no el estado. Si el diario empobrece al lector, lo hace poco importante, glorifica al poder, contribuye a crear fantasmas internos o a fomentar la envidia, pierde sentido como tal. Se transforma en otro tipo de literatura que no tiene que ver con el poder del lector sino con su uso.

Ese ciudadano que es la célula de la política en un sistema republicano (¿se acuerdan?) es mencionado de varias formas, de acuerdo a qué es lo que hace. Es un profesional, un maestro, un taxista, un comerciante, un empresario, una mucama de un hotel o un periodista. Todos están del mismo lado del mostrador y se informan sobre lo que sus servidores  hacen o dejan de hacer y de los más variados temas que influyen sobre su vida como sector productor. En las crónicas festejarán la ley que regula al lector y le recorta sus facultades llamándolo por ejemplo “comerciante”.  Ya estamos lejos de vivir como esos ciudadanos que alimentaban al diario, porque nuestros libros  con los Felipe Piña del pasado ya empezaron a construir la gloria del estado, es decir del poder y de quienes lo ocuparon. Los revisionistas actuales nos hablan de lo mismo, solo que los buenos y los malos se han invertido hasta que lleguen otros revisionistas que tendrán el trabajo más sencillo de reprogramación porque los de ahora son tan elementales que tienen capacidad como para convencer a Cabandié.

El problema de la última década es que se trata de la explosión de ese sistema. El estatismo renace con su ineficacia total y evidente no intenta convencer a nadie porque todo el mundo sabe en la Argentina que el estado es una calamidad, que solo sirve para enriquecer a los que lo colonizan y para ejercer la arbitrariedad para sacar un provecho inmediato. No tenemos ni una remota pista de algo parecido al ideal de estado que se propaga desde todos lados, con ese miedo profundo que se ha instalado a defender la libertad y la vida privada que es la otra cara de la misma moneda. No hay ignorancia, es pura complicidad.

Entonces no hay más remedio para seguir pensando en el lector que ganarse el odio no solo del estado, de sus agentes, de las cámaras de delincuentes con generosidad llamados empresarios, sino también de los diarios.

Fíjense como el poder político marca la agenda periodística desde una moralina que le es muy funcional. A veces se habla de “periodismo independiente” como sinónimo de periodismo que no toma partido. Por ejemplo podría esta independencia hacernos la crónica de los campos de concentración destacando, para decir algo positivo y validarse, que se han incorporado una cantidad cualquiera de mantas o se ha arreglado determinado baño. Hay que hacerlo para demostrar que no se es anti. Ser anti es malo. Ser independiente es estar en el medio, incluso en el medio entre el ciudadano harto y el funcionario cómodo.

También está la cosa de convertir todo en “dato”. Pero los datos sin teorías no sirven para nada. La falsa realidad de las estadísticas de la macumba económica como el producto bruto, balanza de pagos y tantas otras cuentas desprovistas de un mínimo análisis de sus implicancias éticas, al lector no le sirven de nada. Los diarios festejan con el gobierno, por ejemplo, números como el “aumento de la recaudación”. Le están diciendo a sus lectores que los están empobreciendo pero se los cuentan como una buena noticia, por la razón más que banal de que el cronista puede haber sido formado en la idea de que lo que le toca es transmitir algo que se llama “información”, aunque no tenga idea de que en verdad está respondiendo a una teoría, solo que sin saberlo, a una muy equivocada y contraria a los intereses de su lector. Cuando el diario se sale de ese rol de menguele aséptico de la información, el poder le recuerda que la ética consiste en ser inofensivo para que el medio se rectifique y se mantenga en el menguelismo informativo que le deja al estado el campo abierto.

Por eso es también una falsedad que tenga que ser “objetivo” si se lo toma como sinónimo de neutral. Podría ser totalmente arbitrario inclusive, pero a los lectores en general les interesa que sigan un criterio y que respeten los hechos tal cual son. Porque además hay competencia. Pero cómo no va a tomar partido una empresa que supone la libertad de su cliente cuando está en juego. Cómo no va a tomar partido por unos principios en contraposición con otros si son esos principios los que determinan qué cosa es información y qué cosa no la es. Ahora bien, en un sistema despótico en el que todo el mundo colabora, incluidos los diarios, estos apenas cumplen el papel de servir de boletín de entretenimiento de lo que Macri denominó el “círculo rojo”.  Es un lobby más.

 

En medio de esta crisis se debate mucho el rol de la prensa. Claro, es tanta la pérdida de norte que en algún momento se nota. La noticia (esto si es una noticia) es que no existe ningún rol de la prensa. El periodismo no es un servicio público, es un servicio privado. Preguntar cuál es el rol de la prensa equivale a preguntar cuál es el rol del individuo. Un oxímoron. Si tiene rol es un soldado, no un individuo. El medio de prensa responde y hace lo que quiere. Es un medio, no un fin. El fin lo determina por si mismo su dueño. El diario es la extensión del ciudadano. Es un ciudadano organizado de modo empresarial. La empresa es una herramienta hecha en libertad por el sector privado para la consecución de sus fines, si hay libertad, condición esencial para que importen los diarios, el estado no tiene autoridad sobre la empresa. Todo lo que la Corte colectivista revolucionaria acaba de matar.

Pero resulta que nuestros diarios despóticos se encontraron con un gran dilema que no pudieron resolver cuando el estado fue contra ellos. Se la pasan todos los días llamando al uso del poder contra todo tipo de empresas y cuando se ataca la libertad de expresión apuntando contra los medios que la hacen posible se quedan sin argumentos. Es más, les repiten la cantinela de la supuesta incompatibilidad de intereses entre empresario y empleado (desmentida por el mero hecho de que han establecido una relación de manera libre) y no tienen nada que decir, porque en su no tomar partido parece que no han incluido no ponerse a favor del estado y la arbitrariedad de las regulaciones cada vez que pudieron. Lo cierto es que la supuesta puja entre la libertad del periodista y la del medio es falsa. El medio es solo el capital con el que el periodismo se torna políticamente relevante. Es una forma de industrialización en la que se pierde y se gana, lo primero como costo y lo segundo como beneficio. Con lo cual el periodista individual tendrá que compatibilizar algunos de sus deseos por el hecho de no trabajar solo, pero eso le permitirá con el capital arriesgado por un tercero multiplicar su impacto. No ha perdido, ha ganado, si esa fue su elección en lugar de escribir su blog. Como ganan los dueños de los medios teniendo socios en lugar de hacer las cosas como quieren sin consultar.

Pero claro eso requeriría hablar de derecho de propiedad y eso significaría no solo tomar partido entre el estado y el individuo sino además ser liberal y nadie quiere ser liberal. Parece que no te lleva a los círculos intelectuales con los mejores canapés, ni mucho menos a los lugares donde se reparte la pauta oficial y ya ni siquiera a los departamentos de “RSE”. El problema es que querer ser prensa libre y no querer la libertad como tal es una completa estupidez.

La prensa es en una sociedad libre un instrumento esencial de una de batalla política en el que el ciudadano está en el tope de las prioridades. No es un dispensario de datos sin trascendencia, lo puede ser como dije antes, pero entonces no tendrá la más mínima importancia y cuando vayan por ella nadie sentirá una pérdida más que remota, en el terrno de la ensoñación y del juego.

 

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Golpe de estado contra la Corte Suprema (12 de septiembre de 2003) (SE LOS DIJE CARAJO!)

Golpe de estado contra la Corte Suprema

Jose Benegas at 
La peor violación a la independencia del Poder Judicial de toda la historia argentina fue cometida esta semana por el señor K y su mayoría automática en el senado de la nación, con la destitución de Eduardo Moliné O´Connor como Juez de la Corte Suprema de Justicia.
Unida a las renuncias forzadas de los jueces Nazareno y López y al ahora iniciado juicio político contra Adolfo Vázquez de previsible final, los nuevos puestos kirchneristas en el Máximo Tribunal serán cuatro, entre nueve. Pero a eso debe sumarse el alineamiento incondicional del antes demonizado y atemorizado (ahora protegido) doctor Boggiano y de otros miembros pro K del Tribunal como el doctor Petracchi, para completar la nueva Corte obediente en la Argentina.
El bochornoso procedimiento contra Moliné O´Connor conducido por la todopoderosa cónyuge presidencial, fue nada más que la puesta en escena de una condena decidida de antemano.
Como la historia reciente de la Corte Suprema de Justicia ha estado contaminada por la lucha política y eso en la Argentina significa una guerra de propaganda a través del aparato mediático, al que el poder judicial no tiene acceso por sí, es útil hacer un breve repaso de algunas realidades referidas al Máximo Tribunal.
Cuando Alfonsín llegó al poder el 10 de diciembre de 1983 se encontró con una Corte Suprema de Justicia en pleno funcionamiento, pero que carecía de acuerdo del senado. No eran militares, ni interventores, ni se trataba de designaciones políticas, sino de magistrados con carrera judicial, pero Alfonsín tenía la alternativa de desconocer sus nombramientos e instalar una Corte amiga. De hecho, muchos otros miembros del Poder Judicial que ejercían la magistratura en otras instancias, carecían del acuerdo necesario (caso del actual ministro Zaffaroni) y fueron confirmados por Alfonsín en sus designaciones a través del mecanismo constitucional.
Se trataba en realidad de un caso no previsto por la Constitución, porque si bien desde el plano formal no había posibilidad de que hubiera ministros de la Corte que no tuvieran acuerdo del senado, el mecanismo de designación de jueces vitalicios tampoco permitía a ningún presidente llenar todos los cargos de la Corte y tener pleno dominio del poder judicial colocando al sistema republicano, en lo sustancial, en severo riesgo.
Por supuesto, Alfonsín eligió tener su propia Corte. De ese período podemos recordar que la Corte convalidó criterios revolucionarios y antiliberales en materia penal, como la responsabilidad mediata de los miembros de las juntas militares por los actos de sus subordinados, criterios que hasta el día de hoy permiten perseguir a miembros de las fuerzas armadas por hechos de los que no pudieron haber tenido conocimiento, la convalidación de la constitución de tribunales especiales prohibidos expresamente por la Constitución y la detención de diez personas por orden del Poder Ejecutivo invocando una conspiración jamás probada o intentada probar.
Alfonsín tuvo que pactar para lograr este objetivo con Leónidas Saadi que en aquellos tiempos lideraba al justicialismo en el senado. Hubo un intercambio de figuritas y el catamarqueño obtuvo muchos nombramientos en tribunales de primera instancia y cámaras.
Así y todo como Alfonsín acariciaba sueños hegemónicos sobre la mitad de su mandato, no creyó suficientemente alfonsinista a la Corte y mandó al Congreso un primer proyecto de llevar el número de sus miembros a nueve, que no pudo imponer.
Al llegar Carlos Menem al gobierno, se encontró con una Corte con acuerdo del senado pero enteramente alfonsinista. Situación que la Constitución tampoco prevé. Podría haber tomado la determinación de no intervenir y dejar que el paso de los años y varios períodos presidenciales normalizaran la Corte. Pero Menem tenía entre manos una serie de transformaciones en el Estado con su política de privatizaciones y desregulación que chocaba no con la Constitución, pero sí con buena parte de la legislación anticonstitucional, no declarada así por décadas de sentencias judiciales antiliberales, y entonces decidió retomar el proyecto de Alfonsín y proponer elevar el número de miembros a nueve. Menem, al contrario que Alfonsín, obtuvo lo que se propuso.
Pero Menem no fue el único que hizo suyo el plan alfonsinista. Nestor Kirchner también amplió el número de miembros del Supremo Tribunal de su provincia, instalando una Corte amiga.
En esa época se produce la importación de la doctrina del “per saltum” que permite a la Corte abocarse al conocimiento de cualquier causa en la que esté en juego una grave cuestión institucional, lo que permite a Menem librarse de medidas cautelares que no le hubieran dejado avanzar en su política de privatización.
El siguiente acontecimiento que marca la historia de la Corte del último período democrático fue el pacto de Olivos. El malestar de la oposición por el resultado de la ampliación del número de miembros de la Corte con estos cuatro nuevos miembros que en los asuntos de interés del gobierno votaban generalmente juntos, sirvió de figurita de cambio a la hora de pactar con Alfonsín la posibilidad de la reforma de la Constitución Nacional.
Fue así que en 1994 se puso fin a cualquier “mayoría automática” y se forzaron las renuncias de los jueces más cercanos a Menem, quienes no opusieron ninguna resistencia, y se los cambió por otros propuestos por la oposición. En 1994, la cuestión del aumento de miembros de la Corte hecha a medida de Carlos Menem, se había dado por terminada.
Un estudio reciente del instituto Gioja de la Universidad de Buenos Aires, demostró que en todo el período que va desde 1983 hasta la fecha Carlos Menem soportó más declaraciones de inconstitucionalidad que cualquier otro presidente y que la “mayoría automática” no había votado en el mismo sentido más que en unos pocos casos. Alfonsín, por supuesto, fue el que menos cuestionamientos constitucionales recibió de su Corte.
Lo que demostró este estudio es que la existencia de una “mayoría automática” era un mito político, que siguió corriendo luego de la “normalización” de la Corte en 1994, sólo porque era útil para atacar a Menem y porque la izquierda que fogoneaba causas contra viejos enemigos a costa de todos los principios de derecho conocidos, notaba que sus disparatados criterios eran convalidados en primera instancia y también en la Cámara Federal, que actúa como el brazo judicial de Horacio Verbitsky, pero no conseguían ser convalidados en la Corte Suprema. Y este obstáculo contra los planes de venganza de la izquierda revolucionaria no se debía a la oposición simplemente de los jueces nombrados en la época de Menem, sino la de todos los miembros del Alto Tribunal. De hecho, el voto que sirvió para declarar constitucional las leyes de obediencia debida y punto final, en pleno gobierno de Alfonsín con la Corte de cinco miembros, fue el de Enrique Petracchi.
El verdadero daño que hizo Menem al sistema Judicial estuvo dado con el nombramiento de Jueces Federales enteramente politizados y que (esperaba) le fueran fieles. Para eso desplazó mediante ascensos a otros que ocupaban esos lugares cuando llegó al poder.
Pero la estrategia terminó jugándole en contra años después, porque los jueces amigos tenían una colección de trapos que esconder más allá de su alineamiento político, y buscaron protección por dos vías igualmente perversas que se volvieron contra Menem. La primera dando rienda suelta al festival izquierdista de perseguir militares y mantener viva la década del 70. Ese sólo mecanismo les aseguraba la protección o el silencio de una prensa cada vez más agresiva y cada vez más volcada al socialismo revolucionario. Doña María Romilda Servini de Cubría pasó de ser “Servil que cubría” en palabras de Horacio Verbitsky, a una respetabilísima juez cuando decidió detener a una veintena de oficiales por ser parte presuntamente de un complot para robar niños, todos los cuales fueron puestos más tarde en libertad.
La segunda línea de protección que tomaron estos jueces fue soslayar todos los principios jurídicos para permitir al gobierno de la Alianza tener detenidos a “personajes emblemáticos del menemismo” (ex funcionarios de Menem que carecieran de la protección del partido justicialista). De esa época y de esos jueces menemistas, son las detenciones con criterios jurídicos aberrantes y a pedido de un órgano del Poder Ejecutivo nuevo denominado “Oficina Anticorrupción”, como la de Cavallo, Balza, Erman González, Alderete y el propio Carlos Menem, recurriendo a figuras forzadas como la “responsabilidad mediata” ya “creada” políticamente en la época de Alfonsín, la “asociación ilícita”, las “falsificaciones de decretos”, todas rechazadas por las opiniones jurídicas más autorizadas. Aquello fue un verdadero circo.
Estas dos líneas de protección que buscaron los jueces federales más deshonestos eran simpáticas, sin embargo, a los ojos del público. Y lo eran porque el público miraba todos los acontecimientos del país bajo el tamiz de la izquierda revolucionaria con presencia hegemónica en los medios de comunicación.
Sin embargo, el único eslabón que la izquierda no lograba dominar, era precisamente, la Corte Suprema de Justicia, que se mantenía haciendo respetar los criterios liberales tradicionales del derecho penal y, en general no convalidaba ninguna de las arbitrariedades que se proponían desde instancias anteriores. De nuevo, no eran los jueces nombrados en la época de Menem los que daban vuelta estos fallos arbitrarios, sino todos ellos.
El más resonante de esos casos fue el impecable voto de Carlos Belluscio en el caso Emir Yoma, que posibilitó la libertad de Carlos Menem en el disparatado caso “armas”, en el que acusaba al Juez Urso de haber invertido el silogismo de la sentencia, buscando una figura que permitiera la prisión preventiva para luego tratar de deducir cómo era que el imputado había incurrido en la conducta en cuestión. Se ocupó también Belluscio de castigar la conducta de jueces que ganaban en tranquilidad respondiendo a los criterios políticos que se imponían en los medios de comunicación y alejándose del derecho.
Pero un fallo que debió ser tomado como ejemplo de restablecimiento del orden jurídico, fue luego utilizado para atacar a la Corte. Curiosamente no fue invocado contra el doctor Moliné O´Connor en el simulacro de juicio político al que fue sometido.
En esas condiciones llegamos al colapso de la Alianza en diciembre de 2001. El fracaso del gobierno de de la Rúa abría la posibilidad de la vuelta de Carlos Menem al poder, algo que por cierto no querían quienes habían organizado las revueltas que forzaron la renuncia del presidente. Parte del plan político de la entente bonaerense Duhalde – Alfonsín que desplazó a de la Rua era promover una mega devaluación y una agresiva política intervencionista. Eso requería una Corte dispuesta a hacer la venia a las transgresiones constitucionales que esa política traía consigo. Durante los acontecimientos del 20 de diciembre, por los distintos móviles de los canales de televisión aparecían carteles prolijamente impresos pidiendo que se fuera la Corte Suprema de Justicia en pleno. Los revoltosos se distribuían prolijamente para crear el clima contra el Tribunal en un hecho sin precedentes.
Las presiones duhaldistas para deshacerse de la Corte, tanto de la “mayoría automática” como de la “minoría automática” fueron enormes, nunca vistas, sin otro fundamento que su poder patoteril. Pensó inclusive en sacarlos por un acto de fuerza, pero no contó con el apoyo de las fuerzas armadas para hacerlo. Optó entonces por encargar a la Secretaría de Inteligencia del Estado la realización de una dura campaña de desprestigio que fue exitosa y la organización de “espontáneos escraches” contra los jueces. Consiguió volcar a una enardecida, confundida y golpeada opinión pública, contra el Máximo Tribunal, aún cuando la gente no sabía quienes eran, ni qué habían hecho, ni mucho menos cuáles eran sus funciones. Entre las opiniones de ese entonces se escuchaban sandeces tales como que la Corte había instaurado el llamado “corralito”.
Sin embargo Duhalde fracasó, sólo consiguió la renuncia de uno de los jueces (al que llenaron de elogios pese a que su desempeño había sido muy pobre), y recibió presiones internacionales para detener su ataque a la Corte, porque en la Argentina no había ciudadanos con conciencia suficiente para oponerse a la ola de odio revolucionario que se vivía en ese entonces.
En realidad la categoría “ciudadano con conciencia” es algo de lo que la Argentina carece desde hace mucho más tiempo. Nadie quería dejar de pronunciar la frase hecha del momento: “la Corte adicta”. Adicta hubiera sido a un gobierno que no estaba en el poder y por lo tanto no podía ser un obstáculo al funcionamiento de la república. Pero pensar obligaba en esa época a pelearse con mucha gente. En la Argentina no se defiende ninguna causa que “quede mal”. Nadie se desprestigia por ser tibio; es casi una virtud.
Duhalde tuvo finalmente que frenar a sus lugartenientes. Le costó más con los de Santa Cruz, porque si bien formaban parte de su coalición, tenían algunas cuentas pendientes con la Corte que querían zanjar. Era el caso del fallo de la Suprema Corte que reponía en el cargo al Procurador General ante el Supremo Tribunal de Santa Cruz al que el gobernador Kirchner había depuesto, seguramente por no ser su esclavo; fallo que nunca fue cumplido. El señor K, no perdona a quienes lo contradicen.
Los últimos acontecimientos son conocidos. Un presidente que tiene prohibido constitucionalmente inmiscuirse en temas judiciales, que no tiene función alguna que cumplir en materia de remoción de jueces, se ocupó personalmente de eliminar los elementos discordantes del Poder Judicial, bajándoles el pulgar a través de la cadena nacional de televisión. Así forzó las renuncias de Nazareno y López y destituyó a Moliné O´Connor, quien con toda dignidad y perdiendo su derecho a jubilarse, soportó el simulacro de juicio político hasta sus últimas consecuencias.
Esta es tal vez la mayor disidencia entre todas nuestras disidencias. Porque no es una protesta contra un gobierno despótico y su caterva de patoteros parlamentarios, sino la protesta contra una sociedad anómica que fue testigo mudo de una aberración constitucional y humana sin precedentes y continúa en sus actividades privadas queriendo creer que ninguno de los crímenes que se están cometiendo tienen influencia sobre su propio futuro.
La Argentina se divide entre un grupo de abusadores del poder y una mayoría que siempre está a la espera de la llegada de la caballería. En otras épocas llegaba justo a tiempo. Pero la última vez, esa mayoría se dio vuelta para sacrificarla cuando había terminado su trabajo. Tal vez y sólo tal vez, la sociedad argentina se vea ahora enfrentada con su propia inconducta y obligada a afirmarse o desaparecer.

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