Mi nuevo libro: Crónicas Inconexas I

Esta primera compilación contiene los artículos de los primeros 12 números de la publicación Crónicas Inconexas. Allí trato temas que no requieren un desarrollo mayor, desde cuestiones como el colectivismo, el control de las drogas, al pensamiento del papa Francisco. También hablo de acontecimientos de la actualidad como lo que considero el principal error de Donald Trump en la cuestión migratoria y el de Hilary Clinton con el llamado “derecho a la educación”. Al final realizo un análisis de los dilemas iniciales de Mauricio Macri, a la luz de Star Wars.

Está disponible en Amazon para Kindle y en papel.

El infame proyecto de prohibir despidos.

El infame proyecto de prohibir despidos.

Los legisladores massistas lanzaron su propuesta de prohibir los despidos más que por ignorantes, por oportunistas. Reaccionan con temor a la irrupción de la señora Kirchner que hizo de su indagatoria un acto triunfal. Se lanzó el concurso quién es más demagogo e imbécil y no quisieron perder su lugar en la competencia. No es que la señora sea muy habilidosa, sino que conoce el nivel en el que se mueve. Aún en su condición de investigada nadie la ubica en su gusto airado y prepotente. Entonces los seguidores del ex jefe de gabinete K se sienten que deben sobreactuar espíritu místico laboralista, lo que hace a su iniciativa más deleznable. Sin embargo hay que tomarse el trabajo de aclarar cosas que en ningún país sería necesario.

Ese es el principal problema que tiene la Argentina, lo demás se soluciona. Hay un núcleo buenista que se alimenta de todo trazo grueso posible dentro del espectro de lo que se define como izquierda, sin preocupación alguna por la corrección de la idea o las consecuencias que puedan tener sobre aquellos a los que se supone.que beneficia. Si alguien lanza la consigna de que el pochoclo debe ser gratis en el cine, todos se suman y le agregan la bebida y descuentos en la entrada. Es un concurso para infradotados, hecho en general por universitarios recibidos. Lo importante es decirle una y otra vez si a la dádiva, a la victimización de alguien que bese sus manos, a costa del que trabaja y arriesga, actividades que desprecian y con la que solo se relacionan como parásitos. Mienten con descaro la capacidad mágica del reglamento, la prohibición, al señalamiento del lucro que permite robarlo.

Es necesario aclarar esto primero porque el argentino, sobre todo el que opina e influye, está interesado nada más en cómo se ve él. La izquierda ha sido muy eficiente en gritar “nosotros somos buenos” y “el que no quiere usar la fuerza por causas buenas, es malo”; en proveer un mix mafioso en el que hay que optar por ser “escrachado” o bendecido. No hace falta demostrarles que la prohibición de despidos es un acto suicida para la economía y para los que viven de vender (si, vender) su trabajo, porque no les importa. Lo que se necesita es demostrarles que no son buenos, sino oportunistas y perversos, pero además que su público se da cuenta, sino tampoco se les moverá un pelo.

Así son los legisladores massistas detrás de ese engendro.

Hecha esta aclaración podemos pasar a la cuestión, empezando por sus supuestos falsos. Estos son en primer lugar que la relación empleado empleador es de vasallaje, como una continuación de las instituciones de la edad media. El marxismo hace ese link con la teoría de la explotación y la idea de la lucha de clases. Basado en la lógica hegeliana del avance social a partir de la tesis, antítesis y síntesis, Marx cree haber encontrado en la sociedad la confirmación de ese esquema para confirmar su resentimiento. A través de un juego de colectivos llamados clases, que dividen a la sociedad según sus riquezas, en el que estos grupos luchan por quedarse con los beneficios. Los pobres son los débiles, los ricos son los fuertes y entre ellos hay una lucha permanente que gracias a que los marxistas llegaron al mundo se va a resolver.

Esta mitología es relativamente nueva, sin embargo la retórica marxista es omnipresente en la cultura actual, todos los análisis parten de que esa lucha existe, lo que induce a pensar que es necesario alguien que tercie, que intervenga para parar a los fuertes y proteger a los débiles. Pero ¿qué pasaría si esto no fuera así? No sólo los marxistas perderían utilidad, sino también toda la legislación laboral y la burocracia dedicada a aplicarla.

El hecho es que efectivamente esto no es así. En primer lugar no existen unos recursos cuya repartija se dirima en una lucha entre clases. Los bienes deben producirse. No está la cosecha de la próxima temporada que hará que comamos. Alguien debe descubrir qué se necesita, arriesgar recursos para producirlo y esperar que la gente al consumir le de un lugar entre sus prioridades. Porque no se trata solo de hacer algo útil, sino algo más útil que sus alternativas. Si el que realiza esa operación está acertado en sus pronósticos, entonces se justificará pagar sueldos a sus empleados y comprar insumos a sus proveedores. No hay política de grupos, la calificación por ingresos es externa, la gente no se coordina a partir de esas característica sino que se coordina con gente extraña de cualquier nivel de vida. En una sociedad hay gente más alta y más baja, pero agruparla para afirmar que se comportan de acuerdo a esa pertenencia o que hay una lucha entre los grupos formados por el calificador, requiere de una cierta ceguera. En el caso de la lucha de clases, esta es provista por la envidia.

Es importante señalar que Marx era marxista antes de elaborar su teoría de la explotación. Entre la lógica hegeliana, don Charles encontró un cauce para su resentimiento, sobre la errónea idea de Adam Smith de que las cosas valen según el trabajo que se invierte en ellas. Como si el empresario fuera un rentista, no un actor de riesgo, que se dedica a tomar algo que ya tiene valor por sí mismo, mi trabajo, le adosa la “plusvalía” y así obtiene el precio. El empresario en la visión marxista vive de arriba.

Si Marx hubiera tenido razón, y también Smith en ese punto, los sindicatos serían las empresas más exitosas o las cooperativas que tanto gustan a los socialistas y que en general fracasan. Tendrían la ventaja de no tener que mantener al empresario parásito y sus productos serían más baratos. Sin embargo no se imponen porque profesan un sistema de creencias equivocado, una explicación de cómo funcionan las cosas que están mal. El empresario es el más importante justo porque el valor es anterior al trabajo que se usa para conseguirlo y él es quién se juega en arriesgar para conseguirlo en primer lugar. El empresario le da valor al trabajo, no el trabajo al empresario. No hay lucha, hay necesidad y utilidad mutua.

Enseguida que uno dice estas cosas se interpreta que lo que se propone es un juego de “buenos y malos” alternativo o de sentido opuesto: los empresarios son buenos y los empleados malos. Salgamos de esa visión infantil, de lo que se trata es de discutir que el empleado esté bajo peligro porque existe el empleador, cuando es lo primero que necesita. Está en peligro porque un nivel cada vez más alto de parásitos lo quieren separar, bajo el pretexto de protegerlo, de su “cliente”. Una persona sin capacidad de descubrir valor, de tomar riesgo y de organizarse para una empresa exitosa, necesita antes que nada que existan unos que si lo pueden hacer, que estarán dispuestos a pagarle. No hay explotación, hay negocio. La misma relación que existe entre un comerciante y sus clientes. Hay una necesidad de complacerlos. El empresario ofrece en el mercado ingresos sin riesgos para obtener los suyos con riesgo. El explotador verdadero es el marxista, consciente o no de que lo es, todo el que hace laboralismo de las relaciones de empleo, es decir el que sostiene la lucha de clases, aquél que trabaja de enfrentar a estas dos partes de un negocio y decirles a los que tienen mayor número que los necesitan a ellos porque quienes aportan el capital, que son menos, los están perjudicando. Dividen para reinar en el centro productor de recursos.

Todos los parásitos esparcen la visión trágica según la cual el empleado es una víctima que no puede lograr nada sin legislación. Todo el aparato nefasto laboral llamado “justicia”, está inyectado con estos dogmas e invariablemente razonan y disponen en un sentido victimizante del asalariado.

Toda relación, sea entre extraños o entre quienes están unidos afectivamente, genera roces y conflictos. Eso no quiere decir ni remotamente enemistad. La hay entre clientes y proveedores en general, aunque se necesitan y colaboran y encuentran las formas de zanjar sus diferencias. Las hay entre amigos y familiares. Cuanto más contacto más conflictos, más posibilidades de malas interpretaciones. El problema con la relación empleado/empleador es que es explotable por la política. De un lado hay plata y del otro número. Es cuestión de excitar al número contra los que tienen plata, para que los parásitos se vean justificados en llevarse su plata. Esos son los “buenos” de este cuento, aquellos que enarbolan las banderas de la maledicencia bajo el esquema culturalmente aceptado, pero falso, de la lucha de clases. Tan falso como sería afirmar que hay guerra entre padres e hijos, porque esa relación es siempre conflictiva, convirtiendo en problema lo que es nada más consecuencia del beneficio que se brindan unos y otros.

Primera gran cuestión entonces. No solo el empleador no es el enemigo del empleado, sino que sólo a él se le puede atribuir la existencia del empleo y del salario, cualquiera sea el nivel que tenga. La suba del salario se deberá a sus aciertos o al de otros empresarios que descubran que les conviene pagar más para quedarse con unos empleados que le permitirán aumentar sus ingresos en actividades más rentables.

La segunda cuestión es una derivación de la primera. El enriquecimiento del empresario es un espejo que refleja el valor que han recibido sus consumidores, implica la tranquilidad de la continuidad del proyecto y es una oportunidad de que sea el mismo que ya acertó el que lleve a cabo otras aventuras, agrande las que están en curso o preste el dinero a otros tomadores de riesgo a través de activos financieros. En todo ese proceso difícil en el que muchos quedan en el camino, los legisladores no cumplen ningún rol, no suman un ladrillo ni aportan una idea. Se limitan a subirse a su papel de pequeños torquemadas del lucro. En una sociedad donde el lucro es parasitado y mal visto, el empobrecimiento general es la regla. Mal que encima les permitirá inyectar más resentimiento.

El que toma el riesgo necesita tener libertad para contratar y para no contratar. Cuando se anuncia que un país prohíbe los despidos, ya nadie querrá arriesgar su capital en él. Se puede conseguir que los hoy empleados sigan adosados a un empresario al que tal vez se haga fracasar sólo por eso, como se puede conseguir asaltando un banco un botín. Lo que se hace imposible es que aquellos que actuaban a riesgo, los sigan tomando o que se incorporen otros y, como ya vimos, toda la economía depende de ellos.

El argumento de la solución de emergencia es brutalmente estúpido. El despido es la emergencia interpretada por aquél que se necesita que siga arriesgando y cuya libertad y el nivel de respeto que se le tiene, es mirado por otros. La prohibición de despidos impide la solución de emergencia. Tomar medidas contra el empresario cuando necesita despedir es como combatir el fuego con nafta. Lo que todos los demás potenciales aventureros ven es que aquellos que se ven en dificultades son puestos a la parrilla.

La economía es un flujo que depende de la voluntad, disposición, ambiciones, riesgos, éxitos y fracasos de quienes participan. No es un stock del que servirse. Por eso la emergencia nunca se debe tratar pensando que la economía es un almacén y que ahora que estamos en problemas podemos usar las reservas para atender necesidades. Este proceder es un tiro directo en la línea de flotación.

La economía es también una sucesión de fracasos y éxitos. Más de los primeros incluso, porque el juego de ensayo y error es más importante que la sabiduría. La emergencia debe ser tratada de modo tal que el reciclaje de recursos, incluso humanos, sea lo más rápido posible. Eso depende de las seguridades en sus derechos que se le otorguen a los que corren riesgos. Políticas como las de los massistas hacen más daño a la economía en general que a los propios empresarios alcanzados por la prohibición. Pero ellos en su irresponsabilidad jamás analizarán los empleos que no se creen como consecuencia de sus acciones.

El otro supuesto bien arraigado por la corrupción educativa del país, es que hay algo que el estado, el autoritarismo o cualquier poder ilimitado pueden alcanzar que es la victoria sobre el riesgo y el fin de las penurias. Esa estrategia autoritaria que tanto atrae y que explica en gran medida las relaciones de sumisión y maltrato, parte de la base de que un mandamás, alguien decidido y si es necesario malo, es capaz de vencer las angustias de la vida como el elixir de la eterna juventud puede evitar la muerte. Todo es cuestión de encontrarlo y dejarle hacer todo, prohibir lo malo, hacer obligatorio lo bueno. En la autoridad está la respuesta a cualquier cosa, porque lo que nos hace mal es que los demás sean libres, en lugar de estar al servicio de nuestros temores. Este es el camino seguro al fracaso y al padecimiento de la arbitrariedad sin solucionar nada, la consecuencia merecida de la maldad que implica. El que sólo sabe responder con la fuerza, es porque no tiene ninguna capacidad creativa o productiva. Lo mismo cabe para quienes exponen una moralina que invita al autoritarismo bienhechor, como el papa Francisco. Inútiles incapaces de generar un sueldo de 100 que viven auditando a los que los pagan acerca de por qué no pagan 200.

La otra estrategia es la que propongo aquí. Seguridad de no padecer penurias, como ser despedido en algún momento, no se puede ofrecer. La salida es que haya salida. La salida es que todos los que puedan producir lo hagan, en su propio beneficio. Que no se los moleste, que no se deje que se les robe. Ese es el único reaseguro real, hacer todo para que todo pueda funcionar y confiar en que funcione. La única estrategia posible es la opuesta a la de la conservación. Es decir apostar a la apertura de más fuentes con menos restricciones y amenazas del aparato estatal, para hacer menos artificialmente dificultoso producir. Es una estrategia sin seguridades, pero la adultez casi podría definirse en enterarse de que las seguridades no existen en esta materia y que quienes las venden son unos estafadores.

La diferencia entre ambas formas de abordar la vida, la producción, la economía y el problema del empleo, es la que hay entre los regímenes socialistas que mueren por su incapacidad absoluta o la vía del progreso, no exento de penurias, pero con nuevas oportunidades todos los días del capitalismo.

Individualidad

Individualidad

La individualidad es una ventaja evolutiva. Unos aciertan y otros cometen errores, los segundos copian a los primeros. El colectivismo anula esa ventaja y la suplanta por la envidia que pretende, y no logra, eliminar la tensión del riesgo de estar entre unos u otros. Entonces el fracaso será general y no habrá otra cosa con qué compararlo como no sea la imaginación de los más creativos, que rara vez son escuchados por las masas.

Hace falta muy poca madurez para saber que los que logran buenos resultados además de no ser enemigos de los que fracasan, son su salida, su reaseguro, sea para seguirlos, sea para trabajar para ellos o ser sus clientes. La política de “igualdad de oportunidades”, anula esta segunda instancia de la bendición de la individualidad.

Educar puede querer decir dos cosas: La primera es adoctrinar, es decir inculcar las creencias necesarias para que no se cuestione un esquema de poder y sus sentimientos de base: el colectivismo, el miedo y la envidia. El otro sentido es la transmisión de las condiciones reales de la existencia del ser humano, que es la individualidad y sus condiciones: la libertad, la responsabilidad y la capacidad para celebrar los triunfos y procesar los fracasos.

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Sobre por qué la evasión fiscal es el único límite al poder que queda (Mayo 2001)

Sobre por qué la evasión fiscal es el único límite al poder que queda (Mayo 2001)

Buenos Aires, mayo 21 de 2001.-

SOBRAN IMPUESTOS

por José Benegas

Todos sabemos el peso enorme que la maquinaria política tiene sobre nuestro bienestar, pero no sólo porque son muchos los que se encuentran colgados en ella, sino por el tipo de pensamiento predominante entre políticos y en la sociedad en general.

Hagamos nuestra pequeña encuesta y preguntémosles a diez de nuestros conocidos cual es la función de un legislador y cuales son las condiciones requeridas para que el encuestado tenga un buen concepto de un legislador. Me atrevería a decir que salvo en reducidos círculos de inadaptados cómo mis propios amigos, todas las demás respuestas contribuirán a alimentar al aparato político y a hacer crecer el gasto público como viene ocurriendo hasta ahora.

Quejándonos de los políticos somos como una madre que conocí que le pegaba a un bebe porque lloraba. Adivinen que hacía el bebe después de recibir los cachetazos.

Va a ser difícil deshacer el trabajo de la deseducación pública, que ha dado muerte a la filosofía convirtiendo casi todo en un problema técnico que podría resolverse con un par de manuales de instrucciones. Desgraciadamente la “técnica” no sirve para mucho si no se tienen en claro los problemas de fondo.

Es así que a la pregunta de para que sirve un legislador, por toda respuesta obtendremos: “Para hacer leyes”. Dentro de este concepto “aséptico” tan digno de la UBA y del Colegio Sarmiento, como del Newman o la UCA, caben: la ley de entidades financieras, la ley de asociaciones profesionales, la ley de contrato de trabajo, la ley anti evasión, etc. Etc. Etc. Si esa es la función del legislador, vayamos ahorrando para prever que el gasto público siga creciendo al infinito y por supuesto, el aparato político asociado a él también.

Si conseguimos salvarnos de la devastación de muchas décadas de intervención estatal en la educación, tal vez podamos responder que dentro de la función (pretendida) del estado de velar por las libertades individuales, la del legislador consiste en hacerlo mediante normas que tiendan a ese fin y controlando a los otros dos poderes. Si ese es el cometido del legislador, entonces podremos pretender que el gasto público disminuya.

En el contexto actual, menos legisladores no garantizan menor gasto ni mas justicia, ni mas limpieza ni nada lo que se suele pretender de las instituciones tal cual están, salvo tal vez en el corto plazo. Y no tengo nada contra ahorrarnos unos pesos teniendo veinte inútiles en lugar de cien, pero no puedo poner expectativas desmedidas en eso.

La primera conclusión es sobran conocimientos inútiles, sobra educación vacía, sobra idioma inglés, sobran “family days”, y, como corolario: sobra ignorancia. No hacemos otra cosa que adular a supuestos impecables que van a destrozar todo lo que nos importa de verdad porque ya no somos capaces de distinguir el bien del mal.

Conclusión dos: tenga cuidado: su hijo también esta siendo mal programado en este preciso instante y esta en riesgo de repetir la historia de quejarse de lo que el mismo genera. Si usted no sabe para que sirve un legislador y por tanto es parte del problema, lo que le cuesta mucha plata, sepa que su hijo está siendo formado de igual manera.

Sin embargo este elefante que se retroalimenta de esa manera, tiene una debilidad. Esa debilidad no es por cierto el hecho de que el ciudadano vote, ni que “participe” en internas partidarias, conteste encuestas o compre el diario. Todo eso lo hace del mismo modo en que piensa, y nada de eso sirve realmente para limitar al poder si el propósito del fondo que sostiene a la idea de división de poderes, por ejemplo, ha sido por completo divorciado de ella.

La única debilidad real del estado elefantiásico, inclusive la debilidad del sistema por el cual las propias víctimas alimentan al victimario es la evasión fiscal. Los impuestos son la contracara de la ignorancia.

Una pregunta que tal vez ni siquiera resista a nuestro pequeño círculo es para que sirven los impuestos. Hagan esta encuesta también, verán que la gente, a pesar de lo que dice, no piensa que sobren políticos sino que cree que faltan.

La respuesta es: sirven para que unos vivan a costa de otros. No tienen absolutamente otra utilidad. Por medio del aparato de deseducación se ha convencido a la población de que si no nos gustan tales o cuales impuestos (la cuestión de si nos gustan LOS impuestos queda directamente fuera de cuestión), lo que “corresponde” es que los discutamos, que hagamos campaña, que propongamos la derogación, que nos metamos en política (es decir, que nos convirtamos en PARTE DEL PROBLEMA), PERO QUE NO DEJEMOS DE PAGARLOS porque eso es algo así como un pecado. No tengo tan claro pecado de que religión, porque en lo que respecta al cristianismo el recaudador de impuestos era considerado al mismo nivel que las prostitutas; pero pecado al fin.

La evasión fiscal y no los jueces, ni los legisladores, ni los comicios, ni las comisiones investigadoras, ni el periodismo (todos ellos mas bien contribuyen), ES EL ÚNICO LIMITE REAL DEL PODER que nos queda.

Si nos asusta que el Estado no pueda financiarse por medio de tasas en lugar de impuestos pensemos que no sería una gran pérdida pues lo que esperábamos de él era seguridad fundamentalmente, que brilla por su ausencia.

Que no nos engañen con que si nosotros pagamos los demás también deben hacerlo. Nuestro bienestar depende de que no nos roben ni a nosotros ni a nuestro vecino. Si después de que nos robaron a nosotros le roban a otro señor, no estaremos mejor.

¿Qué no es justo que unos paguen y otros no?. Esto es una gran falacia que el Estado promueve. Si hablamos de una transacción limpia como por ejemplo comer en un restaurante: no es que debemos pagar porque otros lo hacen, sino porque hemos comido, NO POR UN PROBLEMA DE IGUALDAD, SINO DE JUSTICIA. Si a mi vecino lo pisó un auto, ¿DONDE ESTA LA JUSTICIA EN QUE ME VENGA A PISAR TAMBIÉN A MI?. Cuando el estado me sacude tengo un problema, cuando sacude también a mi cliente o a otro con el que me relaciono directa o indirectamente, tengo dos problemas.

¿Ustedes creen que puede construirse una sociedad justa y moral sobre la base de la imposición, de cobrar sin contraprestación, de obligar al otro a pagar por NADA, o lo que es peor, pagar para que alguien pueda dedicar su vida a joder la nuestra?. ¿Cómo puede alguien sostener éticamente semejante concepto?.

¿No hemos soportado suficiente en esta materia?. Hasta aceptamos que se nos obligue a declarar nosotros lo que tenemos para que nos puedan robar. Cómo decía la propia DGI: No deje que le roben: SOBRAN IMPUESTOS. HAGAMOS UN MUNDO MEJOR, TERMINEMOS CON LA ESCLAVITUD, TERMINEMOS CON LOS IMPUESTOS Y LOS SERVICIOS GRATUITOS AL ESTADO.

Argentina Days, número 13

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Juicio al estado

El sistema prevé una Corte que cuida la vigencia de la Constitución, pero ¿Qué pasa si esa Corte no cumple su misión, quién lo juzga? La única instancia de responsabilidad de los jueces de la Corte es el Congreso, que ha violado más la Constitución que la propia Corte. Es más, si la última ha fallado, ha sido por convalidar al primero.

Por lo tanto mi planteo no está previsto: el estado ha incumplido sus reglas básicas. Solo puede ser legítima su actividad si es una extensión directa y sin excesos de mis derechos como individuo. Pero no hay acción que pueda cumplir los requisitos básicos para considerarse válida, porque en primer lugar si soy la base del poder, mis delegados no podrían controvertir mi punto.

Tomo por un momento la ficción del contrato social, porque así es como pretende el estado ser el vehículo de la ley. El contrato social no es válido si no existe forma de reclamar por su incumplimiento. Esto es así incluso en el terreno de la mera ficción.

Pero ¿qué propongo? Propongo un juicio contra el estado, como paso previo al rompimiento. Un juicio que no puede tener juez, porque a ese nivel, manteniéndonos dentro de los parámetros teóricos de la actual “legitimidad”, si lo que estamos discutiendo es al estado en sí, nadie está sobre nosotros.

Es más, es un juicio, que no tiene una sentencia, sino una por cada uno de nosotros. Si el origen del poder es un pacto implícito, en algún momento tenemos que poder decidir sobre el poder como individuos. O que alguien me indique qué está mal en mi lógica.

Debemos empezar un juicio al estado, un juicio fundamental y total, en el que en primer lugar queden de inmediato al desnudo todas sus mentiras. Un juicio ante nosotros, pero no estoy proponiendo un mero ejercicio de imaginación, sino elaborar un procedimiento y llevarlo a cabo. Que cada uno pueda exponer su caso en un escenario, con unos tiempos. Juicio total, juicio al estado.

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La recaudación de Cristóbal: que la corrupción no nos tape el socialismo.

La noticia deslumbrante es que Cristóbal López y Cristina Kirchner usaron fondos de la recaudación fiscal para comprarse varias empresas, entre ellas una petrolera y medios de comunicación para mentirle a la población. El total de la maniobra fue de 8000 millones de pesos. Pero deberíamos pensar esto no con los ojos de los intereses del estado, sino el de los argentinos, a los que se supone, con mucho optimismo, que el estado sirve. Entonces el problema se ve peor.

El precio tiene dos partes. Ambas tratan de obtener la máxima ventaja del trato. Cuando una empresa no sube un precio, no es como creen los funcionarios anteriores y estos porque tienen “responsabilidad social”, es porque le conviene. El negocio no consiste en subir los precios sino en obtener los mayores beneficios, lo que en parte depende del precio, pero en gran medida del volumen que se logra vender. Las empresas invierten capital para multiplicar su producción y así poder bajar el precio, atrayendo clientes y ganando más dinero. Esta realidad se olvida porque encima en la Argentina el resentimiento social es casi la materia obligatoria más importante del aparato educativo, estatal y privado, también el familiar. Así que se analiza la economía estableciendo malos y buenos, en lugar de intereses. Intereses ya suena políticamente incorrecto, pero saquemos esa emocionalidad resentida y sigamos razonando.

Aquí aparece la distinción acerca de la naturaleza de esos fondos desde el punto de vista exclusivo de la regulación. Lo que se dice es que el impuesto en realidad es directamente plata del fisco y que el agente de retención se lo apodera. No sería una mera deuda, sino un robo. Pero lo cierto es que sin impuesto ese dinero sería parte del precio, por lo tanto desde el punto de vista económico debe considerarse como un costo de las partes de la compraventa de combustible.

En este caso si hay malos, pero olvidemos eso un momento porque es indispensable para entender cuál es el verdadero perjuicio que sufre el público, que no es precisamente la pérdida de recaudación fiscal, sino la recaudación fiscal en si.

Si el impuesto a los combustibles no existiera, Cristóbal Lopez o cualquiera de los otros agentes de retención, hubieran podido vender la misma cantidad de combustible al mismo precio que resulta después de aplicar el gravamen y entonces los 8000 millones estarían donde finalmente estuvieron dando oportunidad al mismo monto de actividad económica nueva; le hubiera alcanzado para comprar varias empresas de medios y una empresa petrolera, demandando una cantidad importante de empleos y servicios de proveedores. Probablemente no hubiera comprado medios para mentir para Cristina Kirchner, que no sería su socia, porque no la necesitaría para nada a ella. Es decir, en lugar de corrupción, habría actividad económica.

También podría haber bajado el precio del combustible e incluso ganar más dinero expandiendo su red de estaciones de servicio, con lo cual la economía mejoraría por ese lado y también por el ahorro al consumidor, que hubiera tenido dinero para dedicarlo a otras cosas, fomentando la aparición de otras empresas.

Si nos limitamos a pensar esto como una pérdida de recaudación fiscal, nos perdemos el principal problema, que es el poder corruptor de la intervención estatal y el daño económico que tenemos a la vista con todo lo que se ha hecho con esta forma de “evasión”. Además hay una recaudación fiscal que ocurre a partir de las ganancias de todos los que se participan de todas esas actividades que habría que poner en la cuenta.

No se de dónde sacan y como suponen todos tan fácil que ese dinero está mejor en las arcas del fisco que en actividad económica. Por supuesto que los medios para mentir no son actividad económica real, se parecen más a agencias estatales, pero esa es la parte del negociado que debe atribuirse a las agentes políticos del negociado. Es decir, la corrupción que pertenece a quienes no tienen en principio interés en el resultado económico de la operación.

Mucho más importante que recuperar la recaudación fiscal, es recuperar el derecho de propiedad de los consumidores y empresas y eliminar el impuesto a los combustibles. Que vayan todos presos, pero que la corrupción no nos tape al socialismo.

UBER: El estado al desnudo (Crónicas Inconexas 3)

UBER: El estado al desnudo (Crónicas Inconexas 3)

(Este artículo pertenece al número 3 de Crónicas Inconexas www.cronicasinconexas.com, mucho antes de que la organización se pusiera en jaque en la Ciudad de Buenos Aires)

UBER: EL ESTADO AL DESNUDO
José Benegas

Todo el mundo conoce Uber porque Uber es útil. Es una empresa basada en una aplicación para móviles, que pone en contacto a gente que necesita ser transportada en las ciudades, con personas que conducen sus propios automóviles y se ofrecen para llevarlas a cambio de un precio que es bastante menor al de los taxis tradicionales. Podría perfectamente ser considerada un servicio de taxis, si no fuera porque el estado se ha arrogado decir qué es un taxi, quién lo conduce y hasta de qué color es. La excusa protectora era que el estado se ocuparía de que los taxis estuvieran registrados, tuvieran seguros y cumplieran con los parámetros que los expertos en regular taxis les impusieran por el bien de la humanidad. Como los taxistas quieren ganar plata, el gobierno se ocupa también de que no ganen mucho. Para los que creen que esto actúa en favor del pasajero, Uber es más barato que todos los servicios de taxis. Algo indica que el estado no era necesario a los fines de hacer accesible el precio. Al contrario, las evidencias indican que lo encarece.

¿Necesitan Uber o sus pasajeros del estado? No, para nada. Como todo servicio o empresa, empezó por una iniciativa particular. Alguien que vio un negocio, invirtió y tuvo respuesta del público. Así se han iniciado todas las actividades económicas. Pero el estado de alguna manera ha logrado que en algún momento del desarrollo de cualquier empresa, la gente se pregunte por la regulación del a actividad. Se empieza a sembrar el temor, aquellos que se sienten amenazados por la competencia siembran sospechas y a asustan a la gente sobre el problema de que unas personas organizadas hagan algo sin control. “Sin control” es sinónimo de problemas. Vamos al cine sin control, pero mejor no repetirlo porque alguien lo regulará. Algo lícito y que otras personas aceptan y compran. Los agentes públicos entonces se ponen el traje de expertos. Los que no han hecho nada como los emprendedores, son protagonistas a la hora de decir cómo deben conducirse los que si, por encima de la voluntad de los que han decidido comprar.

A medida en que las sospechas corrían y los grupos de interés como los licenciatarios taxistas las difundían y presionaban al gobierno para que prohibiera Uber, la empresa iba resolviendo problemas. En noviembre se denunció el caso de uno de sus conductores que supuestamente habría intentado violar a una pasajera en Chicago. De inmediato se adoptaron nuevas normas de seguridad. A lo largo del tiempo se han incorporado mayores formas de otorgar tranquilidad a los clientes, como pedir antecedentes penales de los choferes y un botón anti pánico dentro de la aplicación. Todo por requerimiento del consumidor, porque ninguna actividad, tampoco la de empleado público, está exenta por si misma o invita por si misma a la utilización por un delincuente. Mucho menos publicidad tuvo el hecho de que una grabación demostrara que la relación entre el chofer y la pasajera había sido consensuada y que finalmente quedó e libertad.

El asunto no es qué riesgo se le puede encontrar a la actividad de Uber, lo importante es que se les busca de arriba para abajo, porque el gran pecado de este negocio es ser libre y que los consumidores lo elijan sin intervención de papá estado. Solo hay que “demostrar” alguna cosa, para que la confianza desaparezca y el regulador pueda actuar.

Uber está prohibido en España y Alemania. Hay poco de qué sorprenderse en España donde se multa a las personas que intentan autoabastecerse de energía con paneles solares, para favorecer a las compañías eléctricas. A nadie le parece demasiado anormal, los países parecen ejércitos donde el sector privado en lugar de pactar libremente actividades lícitas, tiene que leer el manual de cualquier cosa que se les ocurra hacer, porque se ha aceptado de un modo bastante generalizado que el mundo se mueve con leyes como expresiones de voluntad del poder público que lo sabe y lo vigila todo. Esa necesidad de vigilancia es cada vez más insostenible, a medida que todo lo regulado se torna pesado e inútil y el mercado busca alternativas.

El sistema de taxis controlados ha devenido obsoleto, porque la tecnología hace todo el trabajo, lo hace mejor y más barato. Pero el estado está mucho más interesado en mantenerse a sí mismo que en proteger a sus protegidos. Las prohibiciones y regulaciones tienen ese sentido.

En Estados Unidos Uber funciona muy bien, pero en muchos lugares se encuentra acosada y se la intenta regular o prohibir. En Nevada tuvieron que suspender el servicio. En Kansas City, la empresa ha advertido que la regulación aprobada les impedirá seguir operando. Un caso curioso es el de Texas. La legislatura quiere intervenir para lograr la “libertad” del negocio, elaborando una legislación que se imponga por encima de las reglas locales. Pero la trampa es que a ese fin, se aprestan a regularlo a nivel estatal, cosa que, reitero, ni Uber ni sus clientes necesitan. Tal cosa de cualquier manera deja a un estado desbocado, trabajando para si mismo, que considera sospechosos a los ciudadanos honestos.

Otro aspecto interesante del problema es que estas empresas innovadoras no reciben el apoyo de políticos, medios de prensa y usuarios de un modo que esté a la altura de los principios que se ponen en juego. Porque todos o casi todos aceptan que ganar dinero es en si sospechoso. Entonces no parece tan heroico salir a respaldar a Uber, como pedir por la libertad de expresión.

Los que la atacan lo hacen sin sonrojarse. Advierten que a medida que la tecnología reduce costos de transacción, los individuos parecen desmentir a todos los defensores del protectorado gubernamental.

Uber tiene tiene esos fanáticos que le atribuyen todo tipo de males e imaginan un futuro donde eliminaría todos los servicios de transporte y ejercería un monopolio maléfico. En fin, en tren de atribuir se olvida el sentido común. Uber carece de toda “autorización” mientras alguien no consiga adosarla al estado, es una empresa libre. Lo único que hace falta para que aparezca otra es un programador de aplicaciones para celulares. Uber no puede ejercer monopolio alguno.
El episodio que sus enemigos tomaron como signo de lo peligrosa que es la no regulación, fue un twitt publicado por la firma en Sidney el día en que se produjo el episodio de la toma de rehenes en diciembre pasado. Ante el crecimiento de la demanda en el distrito central por parte de gente que quería salir de allí, Uber indicó que subía su tarifa en esa zona para atraer más conductores. Este es el twitt de la polémica:

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Desató todo tipo de comentarios por la insensibilidad supuesta de la empresa ¿Incrementar el valor cuando más se lo necesita? ¿No hace falta hacer lo contrario? Bueno, el diagnóstico de Uber fue el opuesto y, aclaremos, es correcto. Pero supongamos que están equivocados, que bajando la tarifa se conseguirían más automóviles disponibles en el lugar de la crisis. Lo que es muy poco honesto de la crítica es asignarle maldad a la empresa, que solo tiene un criterio diferente en cuanto a la solución. No hay ningún motivo para asignarle unas malas intenciones de que menos gente pueda viajar.

Por eso no me preocupa tanto la ignorancia económica como esa actitud de inquisición de tratar a los que hacen con la comodidad del que no hace nada. Sin embargo voy a explicarlo. En la ciudad de Sidney había una cantidad determinada de conductores operando con Uber. Se encontraban como todos atentos a las noticias de la radio, pero no tenían ni la información ni los motivos para pensar que debían acercarse a la zona de la crisis. En esa área había una cantidad de automóviles actuando con Uber. Ni la bondad ni la maldad jugaban en eso rol alguno ni lo podían cambiar. La gente podía voluntariamente acercarse con sus vehículos a ayudar. Hablo de particulares que no tuvieran nada que ver con Uber y Uber no tenía nada que hacer a favor o en contra de que esto ocurriera.

La compañía podría haberse comunicado con sus socios los choferes y haberles pedido que ayudaran gratuitamente. No lo hizo. Tampoco lo hicieron los operadores de taxis, los clubes, ni las asociaciones de consumidores, ni los comentaristas críticos. Uber es una empresa y su actividad se desarrolla por medio de precios porque los precios son el modo de hacer sustentable la actividad económica. Porque esto es algo que olvidan todos los críticos. Una necesidad se cubre con una actividad económica, gente que se mueve. La señal para moverse más de lo habitual es también el precio. En las crisis los precios no aumentan por maldad, sino para distribuir lo que hay del modo en que la ulterior actividad se incentive de un modo virtuoso. Subir el precio en la zona del problema respecto de otras zonas, no hace que en el momento cero, el de la toma de decisión, aparezcan más automóviles y más gente pueda viajar, pero si cambia lo que ocurrirá en el momento uno, porque provoca un movimiento. Disminuir el precio tampoco hace aparecer más automóviles mágicamente en el momento 0, pero condena a la desaparición de los existentes en el momento 1.

Esto es independiente de todo lo que quieran hacer o no hacer los voluntarios, que en estos casos surgen por fuera de los organismos oficiales y los reguladores.

El punto no es por supuesto el caso Sidney. Si lo es la atención que se pone ante un problema para forzar una falsa demostración de que la aparición de más alternativas es una amenaza y no una bendición, que dejar a la gente actuar les hace brotar lo peor de si mismos, para eso se colocan los censores en posiciones falsas de santurrones, que pocas veces se compadecen con sus conductas. Ese es el miedo al mercado inducido por los que quieren mandar o aman el mando.

Todavía no sabemos quién ganará esta batalla, pero habrá otras si los amantes del poder logran su cometido. El problema que tienen es que cada vez se los ve más defendiendo intereses propios y echando por tierra todos sus mitos protectores.