Hay cosas que son académicas y cosas que no son académicas y esto es una realidad completamente nueva para mi. En mi juventud todavía existían los argumentos válidos y los inválidos y la gente podía ser más o menos inteligente, profunda, precisa. Lo más importante es que había ideas correctas o incorrectas o incomprobables. Ahora nada de eso importa ni existe más, porque todo es académico o no académico.

En el estado argentino hay un conocido decreto que lleva el número 333 del año 1985, dictado por Raúl Alfonsín, de “Normas para la elaboración, redacción y diligenciamiento de los proyectos de actos y documentación administrativos”. Su objeto es reglamentar la forma de los documentos oficiales, resoluciones o decretos de los ministerios o el poder ejecutivo. Cuando trabajaba en la liquidación de empresas públicas había que preparar ese tipo de actos administrativos y todo debía pasar por el filtro del Decreto 333, que indicaba, indica en realidad porque está vigente, cosas como el tamaño del papel y los 0,6 gramos que debían pesar las hojas, y se detallaba con precisión milimétrica los márgenes, el lugar del encabezamiento, que los apellidos debían ir con mayúsculas en todas sus letras, etc., en una serie interminable de instrucciones que rara vez se conseguía cumplir, lo que provocaba que la Mesa de Entradas del ministerio frenara cualquier iniciativa, sin ninguna consideración por su urgencia o importancia. Se podía estar enviando fondos para atender un terremoto que la Mesa de Entradas rebotaba disposiciones que no se ajustaban al terrorífico decreto una y otra y otra vez. El mundo de lo “académico” tiene cosas muy parecidas a las del decreto 333, con sus normas sobre citas y su constante vigilancia acerca de que no se afirme nada que sea demasiado importante.

Académico es tener un grado, un título para hablar. Digo que es algo nuevo porque este término y el criterio que hay detrás, no se utilizaba, al menos no cerca mío, como criterio de seriedad y mucho menos de acierto. No creo que sea inocente, me parece que lo que se ve es un vaciamiento de contenidos que hace a los “académicos” proclives a aceptar las ideas “correctas” que un comisariato de lo que es debido está cuidando como a las verdades reveladas de una nueva religión. Abrumados por el lugar donde van las citas y la adaptación a un policía asignado como “director de tesis”, las ideas se vuelven demasiado etéreas para el trabajoso esfuerzo de adaptarse. Ese es el ambiente donde, pensaba Hayek, si el liberalismo ingresaba para exponer sus poderosas razones, el mundo cambiaría. Mi experiencia es ver cambiar a muchos liberales hacia la categoría de “académicos” que para poder decir cualquier cosa libremente, algo que valga la pena, tienen que salirse del ámbito “académico”, con el problema que trae eso en cuanto a que el control de la legitimidad de lo que dice, permanece y permanecerá para siempre en el comisariato. Mejor sonreír y decir poco. Ellos son los dueños de la marca, pero todos los que están adentro, sean adherentes entusiastas, de la crema del sistema o marginales, contribuyen a establecer que el templo de la validez y la autoridad, lo da la “academia”. No como el lugar donde estudiaron, sino la entidad, la élite que les vendieron como el reaseguro de sus privilegios, pero es la cadena de su esclavitud intelectual.

El fenómeno que se vive actualmente en las universidades norteamericanas, que suelen ser la antesala de lo que se copia después en el mundo, en cuanto a “limpiarlas” de ideas “impuras” para que la Universidad sea un “lugar sano” (o “seguro” según como se lo quiera traducir), la incorporación de departamentos de “diversidad” y toda esa cultura de izquierda manipuladora y estúpida, no encuentra contrincantes serios dentro, salvo profesores que excepcionalmente resisten algo un poco y mientras pueden. Porque una vez creada la autoridad del saber, la consagración política de la falacia de autoridad, ese poder sirve para lo que sirve el poder: para hacerse de recursos, concentrar las decisiones y tener la llave de entrada y de salida. La izquierda no es izquierda, esa es una palabra no académica, no se los puede ver, pero se cuelan todos sus criterios. Ese lugar del control es el preferido por el alma del mediocre.

Esta semana escuché tres veces el uso de esa palabra “académico” como sinónimo de “nosotros” y me doy cuenta de que es parte importante de la decadencia de los títulos como sistema de aprendizaje. No es que nunca hayan servido pero antes se los relativizaba, ahora son un absoluto. En mi juventud nadie se ocupaba de doctorarse en la Facultad de Derecho. No servía para nada más que para alimentar el ego de los “doctores”, lo cual ya nos parecía signo de poca inteligencia. Se escribía una tesis, que no es ninguna gran cosa, solo para obtener un trato de doctor. En general despreciábamos eso y probablemente haya sido una mirada un poco prejuiciosa, pero apostaría a que, al menos en mi facultad, quienes se interesaban por obtener el doctorado apuntaban más al narcisismo hueco que al conocimiento o al menos se sentían alimentados por esa palabrita “doctor” que los asemejaba a los médicos y que de cualquier manera por un criterio bastante absurdo de la Corte, se le aplicaba a cualquier abogado. Pero tampoco importaba, porque no agregaba el doctorado gran cosa a lo que se conocía sobre el derecho, mucho menos a la filosofía en la que se lo sustentaba que era lo más importante. Así que a lo largo de los años el acceso a la tesis se fue dificultando, agregando más y más requisitos y llenándolo todo de normas, para obtener el mismo resultado pero ahora bajo el designio de una élite burocrática repartidora de honores. Dudo bastante que ese tipo de control mejore el pensamiento o lo haga más riguroso.

El doctorado se convirtió en un pedestal y a su vez en un requisito para tener acceso a las cátedras. Se convirtió en el “certificado” que en los Estados Unidos se otorga como barrera de entrada hasta a los que quieren ser peluqueros. Un mundo gobernado por un gran decreto 333, que a a Alfonsín le hubiera fascinado. Ahora el doctorado es barrera absolutamente ineludible en el mundo de los que pueden usar la palabra “académico” como criterio de verdad. Lo peor es que lo “académico” es el lugar de los profesores, no de los alumnos, a los que debería dedicarse la academia. Fijémonos en esto, académico es sinónimo de escolar, pero nadie dice “esa cuenta que dice dos más dos es cuatro” no es “escolar”. Porque además de que a ese nivel parece que todos advertirían la falacia, escolar está demasiado bajo en la escala de prestigio construido como para ser útil a propósito alguno.

Todo me parece bastante absurdo pero lo grave es que me da la impresión de que lo mediocre ha ganado todas las batallas y que mucha gente inteligente alimenta al decreto 333 y le baja el precio al conocimiento, a la búsqueda de la verdad que no se de dónde sacaron que está dentro de la academia, que solo aporta los rudimentos de las cuestiones. En esa mediocridad florecerán los mediocres intra muros, los saca codos y es un lugar poco propicio para el pensamiento libre, porque en primer lugar está mal visto que sea libre, porque no es “académico”. Eso han conseguido. No veo cómo puede florecer la libertad donde todo está así de controlado, lleno de sellos, títulos y citas según métodos reglamentarios.

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3 Responses

  1. Es así. Si dice ‘doctor’ o ‘académico’ es una señal de advertencia, la probabilidad de la pavada, algo a explorar con cautela. Si dice ‘interpelar’, ‘colectivo’ o ‘paradigma’, es pavada garantizada, no hace falta más.

  2. Es una de las formas de intentar que el discurso se acepte sin pasar por el trámite de la crítica. Usted haga caso a los que saben y no se preocupe. No hay voluntad de comunicación ni, mucho menos, de pedagogía.

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