Pobreza y gasto públicoEl gasto público tiene el mismo lugar en la economía que el asalto callejero, el daño que produce es independiente de la posibilidad de que genere beneficios. De hecho los asaltantes también generan actividad económica y bastante más cercana a la realidad que la de los arrogantes planificadores. Si el gasto público es necesario es algo que no se puede decir en términos económicos porque para la economía el único dato a tener en cuenta es la preferencia expresada de quienes son parte de una cadena de voluntades e intereses que se llama mercado y que el asaltante y el funcionario interrumpen de un modo similar.
A la pregunta de si hace falta que el gobierno construya un camino, se la puede responder con bastante ceguera porque se desconoce qué cosa deben dejar de lado los dueños de los recursos utilizados y si ellos preferirían la ruta a lo que dejan de lado. Es probable incluso que el que paga y el que recibe el beneficio sean personas distintas, entonces ya tenemos un problema diferente que es que el concepto de ciudadano y de igualdad ante la ley están muertos. Se que a mucha gente no le importa el tema en sí, porque no ven en el mediano y largo plazo lo que significa que con un truco tan colegial el estado haya tirado al piso todos los principios que lo mantenían a raya, protegiendo a la gente. De cualquier manera, beneficiario y víctima deberían preocuparse por igual y no solo por la destrucción del principio de que las personas son el origen del poder político, sino porque toda ruptura en el flujo de voluntades cambia los comportamientos, ahuyenta proyectos, encarece las decisiones; es decir empobrece. Lenta e inexorablemente un país puede ir apagándose desde el esplendor hasta una gris decadencia, mientras los políticos avanzan, son percibidos como padres protectores, cambian su lenguaje y con tanto poder se convierten en asaltantes. Lo cual no es el problema en sí, sino la consecuencia, porque de todo lo que tiene el estatismo la corrupción no es lo peor, por lo mismo dicho anteriormente. Son recursos que vuelven de un modo mucho más rápido y realista a la economía. El problema con la corrupción no está ahí sino en que sigue alimentando la división de la sociedad entre los que pagan (los más productivos) y los que votan (el mayor número). El problema de la corrupción es que alimenta al estatismo; desde el punto de vista económico, no lo es tanto el desvío de recursos a manos “privadas”.
Salvo por la estafa keynesiana y el palabrerío mágico-técnico, sería fácil de percibir como el causante de la pobreza extendida que coincide de un modo absoluto con la clientela electoral. Se trata de un circuito esclavo paternalista que cambia lo que el mercado se esfuerza en hacer para producir y que beneficia a todo el que quiere trabajar, por lo que la política se empeña en despilfarrar, que beneficia al que cree que se salva del riesgo, cuando en realidad está matando a los que tienen la fortaleza e inteligencia para enfrentarlo.
Lo productivo se decide fuera de la decisión impuesta. El estado promueve el pensamiento autoritario, que la gente tiene tan implantado que ni siquiera percibe como tal. Esa permanente referencia al estado demuestra una fe en la autoridad que antes se depositaba en esa supuesta autoridad general que se que sostenía al mundo. El que cree que todo se soluciona inaugurando una oficina que lleve el nombre del problema en sí, es un autoritario sin remedio. Porque puede comprenderse el autoritarismo de quién ejerce la autoridad, es una tentación conocida y manejable, pero el drama de este tiempo es la obstinación de apostar todo el tiempo al comisario de aquellos que están del lado de los que obedecen. Algo que sólo se pudo lograr inculcándoselo a las gallinas del criadero con banderas y con himnos.
Hay un departamento en la Universidad Católica Argentina llamado “observatorio de la deuda social”. Listo, todo lo que falta, la gente que no alcanza a tener un estándar de vida determinado, es gente a la que se le debe ¿Quién le debe? Aquí aparece la autoridad porque parece que quienes se lo deben no son los de ese observatorio, ellos no se declaran deudores sino denunciantes. Se lo deben los que están fuera del circuito autoritario poniendo ladrillo sobre ladrillo para construir unos edificios, que creen, pero no están seguros, tal vez se vendan a un determinado precio, del que estarán enterados si el estado no emite un volumen tal de moneda, que los haga nadar en un mar de desinformación. Esos que en muchos casos se funden, pero que son tan necesarios que se sostienen ellos, sostienen a sus clientes, proveedores y empresarios y al estado y a los observatorios de todo tipo. Esos están en deuda. El mundo depende de gente que está previamente condenada por hacer el dinero que unos más buenos que ellos determinarán cómo debe distribuirse, sin nunca ponerse en el papel de producirlo ellos.
La consecuencia es simple, una sociedad así tiene menos empresarios y más políticos. Es mucho mejor estar del lado de los que juzgan y determinan las “deudas sociales”, que del de aquellos que generan las utilidades. No todos los de este último grupo están dispuestos a ser el botín general de todo ese grupo de parásitos morales. Otros aunque lo intentan, frente a tantos costos simplemente fracasan. Entonces se empobrecen todos. Los empresarios, sus empleados, sus clientes, sus proveedores, el estado parásito y los observatorios, pero un pequeño grupo con acceso a las arcas se volverán una casta superior que concentra los recursos y se encarga de diseminar toda esa “ideología” anti productiva y las teorías y a los teóricos que la sostienen.
Vivimos bajo un enorme engaño empobrecedor, hay que contárselo a todos los que quieran oírlo, que no son muchos por ahora. Este iba a ser un comentario cortito.
Foto: Un país donde todos son de izquierda, todos son “sociales” (socialistas), nadie es “neo liberal” y hace 70 años que todo se “soluciona” con gasto público y “leyes sociales”. Pero le siguen pidiendo al mercado que pague la “deuda”.

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