El argumento mafioso contra el Impeachment contra Dilma Rousseff

El argumento mafioso contra el Impeachment contra Dilma Rousseff

El siguiente argumento es repetido como un mantra por partidarios de Rousseff y por comentaristas y periodistas: “Aquellos que juzgaron a la presidente de Brasil están tan comprometidos con las investigaciones de corrupción como la propia Dilma”, por lo tanto no pueden condenarla. Es completamente inválido. Lo mismo dicen cuando frente al latrocinio generalizado del kirchnerismo, se responde “Macri es igual”; respuesta sin sentido aún cuando la igualdad fuera cierta.

Lo asombroso es cómo se repite fuera de los sectores interesados y en mi opinión tiene que ver con la capacidad de difamación y castigo psicológico que ha desarrollado la izquierda, que hace que mucha gente con poco valor esté pensando todo el tiempo si lo que va a decir de algún modo la pone a merced de ese ojo censor. Lo que se conoce como “corrección política” que es el resultado de un acoso moral.

Es un argumento mafioso porque supone que deberían callarse o apoyarla los que son iguales que ella. Es como decir “son del mismo club” para justificar que sean tolerantes con los crímenes de un “par”. No se cómo descendimos al punto en que no se dan cuenta de lo que denota esa observación: Deben preservarse los valores de la mafia.
El juicio político por cierto no es bueno ni correcto por sí mismo, pero tampoco es un juicio penal. Los mismos que repiten el argumento mafioso en el día de hoy se encargaron de aclarar que el proceso contra Rousseff no se basaba en actos de corrupción sino en el desvío de partidas con fines partidarios. El primer error es pensar que corrupción es nada más llevarse dinero a casa, porque para la cultura latinoamericana el lucro es un tabú, algo que no se puede mostrar, mientras se relativiza cualquier acto delictivo que no implique eso. Un crimen no requiere quedarse con nada en lo personal. Ni siquiera el problema del robo es el “beneficio propio”, sino la violación de la propiedad. Desviar partidas por razones políticas es una forma de defraudación y es estrictamente un caso de corrupción, en tanto que esta palabra quiere decir “desnaturalización”, puede ser de la función o del acto. En este caso la función del presupuesto, un elemento esencial entre quienes están en el poder manejando fondos que no les pertenecen y la gente. Desviar fondos es apoderarse de ellos.

El segundo error es darle nulo valor a las investigaciones sobre Petrobrás al contexto del juicio político. Como en muchas investigaciones criminales cuando hay una multiplicidad de hechos, es válido elegir algunos que están más claros para llegar a una condena. Si este desvío de fondos no requiere una investigación ulterior, es un medio idóneo para juzgar a una presidente que además de malversar fondos, está involucrada como ex ministra del área en el escándalo de Petrobrás. Es decir, no es que el proceso no tiene nada que ver con ese caso. Lo mismo y tal vez de un modo más determinante, puede decirse de la recesión profunda que vive el país, forma parte fundamental de la situación de una presidente a ser responsabilizada por sus actos y errores. Son tres las motivaciones fundamentales de la destitución de la ex presidente, aunque en la condena se tuviera en cuenta una sola.

Distinto sería el caso si todo fuera inventado, que es el único punto aquí. Ni el argumento mafioso ni el pretendido divorcio de las otras dos cuestiones fundamentales, sirven para responder lo que habría que responder que es la realidad de las imputaciones. En la Argentina se vivió un proceso de juicio político que era una verdadera farsa contra la Corte Suprema. Los hechos invocados no tenían ninguna entidad y se basaban en el desacuerdo jurídico de gente bastante ignorante, sobre el cuál la Corte tenía la máxima autoridad y encima se los usó para condenar a los réprobos y no se les aplicó a los que seguían los criterios que interesaban al poder. El contexto que servía como motivación era imposible de invocar: el gobierno quería el control de la justicia para cambiar la jurisprudencia respecto del “corralito” y las causas sobre los hechos de la guerra sucia.

El juicio político es una bendición. Brasil lo ha utilizado dos veces para presidentes en las antípodas ideológicas. Una república y el poder en general requieren responsabilidad, es bueno que los presidentes, que son todopoderosos, se sientan vulnerables. Hay una versión hiperlegitimadora según la cual el resultado es malo porque contradice al voto a favor de Rousseff de la población. Primera falacia: no fue elegida para violar la ley. No hay pronunciamiento de la gente al respeto y los legisladores también fueron votados entre otras cosas para eventualmente llevar adelante un juicio político contra alguien obviamente votado. En segundo lugar, más importante aún, esa interpretación de una “democracia” como la selección de un dueño del país que no puede ser tocado, no vale nada. A los mismos marxistas que años atrás hablaban abiertamente de terminar con ella les encanta para llevar adelante dictaduras votadas de una población cautiva del populismo. Pero si esa fuera la democracia, habría que terminar con ella por ser el régimen más perverso de opresión imaginable. La opresión en nombre de los oprimidos.

Lo “académico”

Lo “académico”

Hay cosas que son académicas y cosas que no son académicas y esto es una realidad completamente nueva para mi. En mi juventud todavía existían los argumentos válidos y los inválidos y la gente podía ser más o menos inteligente, profunda, precisa. Lo más importante es que había ideas correctas o incorrectas o incomprobables. Ahora nada de eso importa ni existe más, porque todo es académico o no académico.

En el estado argentino hay un conocido decreto que lleva el número 333 del año 1985, dictado por Raúl Alfonsín, de “Normas para la elaboración, redacción y diligenciamiento de los proyectos de actos y documentación administrativos”. Su objeto es reglamentar la forma de los documentos oficiales, resoluciones o decretos de los ministerios o el poder ejecutivo. Cuando trabajaba en la liquidación de empresas públicas había que preparar ese tipo de actos administrativos y todo debía pasar por el filtro del Decreto 333, que indicaba, indica en realidad porque está vigente, cosas como el tamaño del papel y los 0,6 gramos que debían pesar las hojas, y se detallaba con precisión milimétrica los márgenes, el lugar del encabezamiento, que los apellidos debían ir con mayúsculas en todas sus letras, etc., en una serie interminable de instrucciones que rara vez se conseguía cumplir, lo que provocaba que la Mesa de Entradas del ministerio frenara cualquier iniciativa, sin ninguna consideración por su urgencia o importancia. Se podía estar enviando fondos para atender un terremoto que la Mesa de Entradas rebotaba disposiciones que no se ajustaban al terrorífico decreto una y otra y otra vez. El mundo de lo “académico” tiene cosas muy parecidas a las del decreto 333, con sus normas sobre citas y su constante vigilancia acerca de que no se afirme nada que sea demasiado importante.

Académico es tener un grado, un título para hablar. Digo que es algo nuevo porque este término y el criterio que hay detrás, no se utilizaba, al menos no cerca mío, como criterio de seriedad y mucho menos de acierto. No creo que sea inocente, me parece que lo que se ve es un vaciamiento de contenidos que hace a los “académicos” proclives a aceptar las ideas “correctas” que un comisariato de lo que es debido está cuidando como a las verdades reveladas de una nueva religión. Abrumados por el lugar donde van las citas y la adaptación a un policía asignado como “director de tesis”, las ideas se vuelven demasiado etéreas para el trabajoso esfuerzo de adaptarse. Ese es el ambiente donde, pensaba Hayek, si el liberalismo ingresaba para exponer sus poderosas razones, el mundo cambiaría. Mi experiencia es ver cambiar a muchos liberales hacia la categoría de “académicos” que para poder decir cualquier cosa libremente, algo que valga la pena, tienen que salirse del ámbito “académico”, con el problema que trae eso en cuanto a que el control de la legitimidad de lo que dice, permanece y permanecerá para siempre en el comisariato. Mejor sonreír y decir poco. Ellos son los dueños de la marca, pero todos los que están adentro, sean adherentes entusiastas, de la crema del sistema o marginales, contribuyen a establecer que el templo de la validez y la autoridad, lo da la “academia”. No como el lugar donde estudiaron, sino la entidad, la élite que les vendieron como el reaseguro de sus privilegios, pero es la cadena de su esclavitud intelectual.

El fenómeno que se vive actualmente en las universidades norteamericanas, que suelen ser la antesala de lo que se copia después en el mundo, en cuanto a “limpiarlas” de ideas “impuras” para que la Universidad sea un “lugar sano” (o “seguro” según como se lo quiera traducir), la incorporación de departamentos de “diversidad” y toda esa cultura de izquierda manipuladora y estúpida, no encuentra contrincantes serios dentro, salvo profesores que excepcionalmente resisten algo un poco y mientras pueden. Porque una vez creada la autoridad del saber, la consagración política de la falacia de autoridad, ese poder sirve para lo que sirve el poder: para hacerse de recursos, concentrar las decisiones y tener la llave de entrada y de salida. La izquierda no es izquierda, esa es una palabra no académica, no se los puede ver, pero se cuelan todos sus criterios. Ese lugar del control es el preferido por el alma del mediocre.

Esta semana escuché tres veces el uso de esa palabra “académico” como sinónimo de “nosotros” y me doy cuenta de que es parte importante de la decadencia de los títulos como sistema de aprendizaje. No es que nunca hayan servido pero antes se los relativizaba, ahora son un absoluto. En mi juventud nadie se ocupaba de doctorarse en la Facultad de Derecho. No servía para nada más que para alimentar el ego de los “doctores”, lo cual ya nos parecía signo de poca inteligencia. Se escribía una tesis, que no es ninguna gran cosa, solo para obtener un trato de doctor. En general despreciábamos eso y probablemente haya sido una mirada un poco prejuiciosa, pero apostaría a que, al menos en mi facultad, quienes se interesaban por obtener el doctorado apuntaban más al narcisismo hueco que al conocimiento o al menos se sentían alimentados por esa palabrita “doctor” que los asemejaba a los médicos y que de cualquier manera por un criterio bastante absurdo de la Corte, se le aplicaba a cualquier abogado. Pero tampoco importaba, porque no agregaba el doctorado gran cosa a lo que se conocía sobre el derecho, mucho menos a la filosofía en la que se lo sustentaba que era lo más importante. Así que a lo largo de los años el acceso a la tesis se fue dificultando, agregando más y más requisitos y llenándolo todo de normas, para obtener el mismo resultado pero ahora bajo el designio de una élite burocrática repartidora de honores. Dudo bastante que ese tipo de control mejore el pensamiento o lo haga más riguroso.

El doctorado se convirtió en un pedestal y a su vez en un requisito para tener acceso a las cátedras. Se convirtió en el “certificado” que en los Estados Unidos se otorga como barrera de entrada hasta a los que quieren ser peluqueros. Un mundo gobernado por un gran decreto 333, que a a Alfonsín le hubiera fascinado. Ahora el doctorado es barrera absolutamente ineludible en el mundo de los que pueden usar la palabra “académico” como criterio de verdad. Lo peor es que lo “académico” es el lugar de los profesores, no de los alumnos, a los que debería dedicarse la academia. Fijémonos en esto, académico es sinónimo de escolar, pero nadie dice “esa cuenta que dice dos más dos es cuatro” no es “escolar”. Porque además de que a ese nivel parece que todos advertirían la falacia, escolar está demasiado bajo en la escala de prestigio construido como para ser útil a propósito alguno.

Todo me parece bastante absurdo pero lo grave es que me da la impresión de que lo mediocre ha ganado todas las batallas y que mucha gente inteligente alimenta al decreto 333 y le baja el precio al conocimiento, a la búsqueda de la verdad que no se de dónde sacaron que está dentro de la academia, que solo aporta los rudimentos de las cuestiones. En esa mediocridad florecerán los mediocres intra muros, los saca codos y es un lugar poco propicio para el pensamiento libre, porque en primer lugar está mal visto que sea libre, porque no es “académico”. Eso han conseguido. No veo cómo puede florecer la libertad donde todo está así de controlado, lleno de sellos, títulos y citas según métodos reglamentarios.

Rosenkrantz, otro juez que no debiera serlo

Rosenkrantz, otro juez que no debiera serlo

No se en qué momento el derecho se convirtió totalmente en izquierdo, pero desbarrancó en una pendiente muy pronunciada desde la década del 90. Hoy, un gobierno que dice no ser populista y que ya no existen ni las derechas ni las izquierdas (frase viejísima), nombró dos miembros de la Corte Suprema de izquierda socialista, que es lo que en general está detrás del slogan de la “muerte de las ideologías”. Alguien me dijo que Rosenkrantz era una maravilla porque era “moderado”. Parte del buzón socialista en el que el país está metido hasta el último pelo, es la sustitución del pensamiento por la cuestión de los modales. A la mayoría de la gente que no se identifica como socialista o de izquierda en el país, les pueden meter a Stalin en su casa si se presenta con unas formas urbanas y sonrientes.

No es que con esto pretenda decir Rosenkrantz es “malo”. A eso le puede sonar mi comentario al que diga que es “bueno”, como sinónimo de moderado, educado o no se qué cosa. En Estados Unidos la discusión más importante sobre cómo se compone la Corte tiene que ver con la concepción filosófica sobre el derecho y el estado. En la Argentina, mientras se evade esa cuestión y se la tapa con “notas” o antecedentes académicos (el mísmo método con el que les metieron a Gils Carbó), curiosamente, todo viene desde la misma perspectiva socialista, opuesta a la de la Constitución histórica, dicho sea de paso. Hay una ideología que no parece para nada muerta debo decir. El gobierno de Macri se caracteriza por escapar de esas definiciones y entonces termina proponiendo dos jueces que van en el mismo sentido, para demostrarle al mundo que “no existen las ideologías”, lo que se prueba favoreciendo a la izquierda. El tabú es tan grande, que lo comentado hasta acá ya escandalizará a mucha gente, pero el macrismo acaba de vivir en carne propia el problema de haber subestimado cuál es la concepción constitucional de sus candidatos, en el fallo horrendo dictado por el Tribunal en el caso de las tarifas del gas.

El nuevo juez de la Corte viene con el mismo tipo de dogmas socialistas que sus compañeros del Tribunal, no hay una sola excepción. Eso está perfectamente reflejado en un trabajo titulado “La pobreza, la ley y la constitución” publicado en la Yale Law School Legal Scholarship Repository. Ahí plasma el nuevo ministro su visión sobre el estado, la libertad individual – relegada a los objetivos colectivos – y la pobreza. Intenta realizar un análisis de las obligaciones de los que no son pobres con los que son pobres, por el simple hecho de que unos son pobres y otros no, sin ninguna justificación acerca de por qué existe esa relación “jurídica”, mucho menos por qué existe la pobreza y la no pobreza. Es solo un imperativo moral del que deduce normas legales, es decir actos estatales, intervención de la autoridad, límite a la propiedad y manejo de la vida de los ciudadanos en nombre de esa moral. Nunca considera siquiera la posibilidad de que la pobreza tenga como solución la producción, algo que corresponde a los que son pobres y a los que no lo son, pero que específicamente en el caso de los más pobres, depende en gran medida de que no aparezcan ni asaltantes ni moralistas a entorpecer los proyectos de los que tienen más capital.

Rozenkrantz no parece creer que exista un problema de escasez, por lo tanto el derecho está habilitado desde los imperativos morales socialistas para resolver la pobreza. Todo es una cuestión de distribución y planificación centralizada. Normas buenas harán que haya menos pobres. También define al derecho privado como el que regula las relaciones privadas (según él una “moderna economía de mercado” es la que está plenamente regulada, es decir, la que no tiene nada de economía de mercado), esto es, por su objeto, y no por el hecho de que pertenezca al arbitrio de los privados, que es la cuestión fundamental.

El artículo podría titularse “la necesidad crea derechos”, que es el meollo de la ideología autoritaria. Se traduce como que la necesidad habilita a la intervención de la autoridad política, que es lo que requieren tales “derechos”. Ocurre que las necesidades son ilimitadas, por lo tanto pensar de esa manera a la acción del estado, equivale a sostener la validez de un poder ilimitado. Pero en estas concepciones del derecho constitucional, todo el asunto es promover la felicidad, sin ninguna consciencia acerca de que se está promoviendo hacer felicidad con palos, porque el estado no tienen nada que no tengamos nosotros como no sean los palos.

El trabajo apunta finalmente a dilucidar si los llamados “derechos económicos” (que no existen más que en la voluntad política) deben ser o no incluídos en la constitución y si “los pobres deben obedecer al derecho” y llega, afortunadamente a la conclusión opuesta a la de Gargarella, que dice que no. ¿“Obedecer al derecho”? ¿Por qué no usar la palabra “respetar”? Se está preguntado específicamente si una persona por ser pobre tiene impunidad para incumplir sus contratos, impedir a los demás circular y cosas equivalentes. No se trata de “obedecer una orden”, sino de respetar a los demás, es una abstención, no una acción que “los pobres” deben seguir como unos soldados y de la que podrían revelarse (desde ya, si pensara así, yo estaría con Gargarella, pero no como excepción sino como regla). El problema por supuesto es de concepción, si pensamos que el el derecho es una completa farsa o que toda ley formal es derecho (algo que está supuesto claramente en el trabajo), entonces es un instrumento de dominación, algo que se obedece o no se obedece y nada más que eso. Pero resulta que el mundo que pensaba así colapsó, porque lo cierto es que ese respeto a los contratos, el dejar circular, el permitir a los demás desarrollarse, es lo que da las oportunidades de salir de la pobreza. El almacén que me va a contratar no se instalará en mi barrio si es un barrio de ladrones, no importa si lo son por razones privadas o por sus creencias acerca de lo injusta que ha sido la vida con ellos. El almacenero no aparecerá en ninguno de los dos casos.

El violar derechos ajenos no es una vía para salir de la pobreza válida como regla, menos como regla jurídica, menos para un juez. No es sólo un problema en Gargarella que dice que si, lo es también en Rozenkrantz que dice que no tímidamente, porque la razón que da para negarlo no solo no es terminante sino que da por buena la moral socialista de la que parte una pregunta tan desacertada: esa de que los pobres son causados por falta de “distribución”. Un análisis económico necesario le hubiera llevado a la conclusión de que la pobreza que conoce es hija de la distribución socialista, parasitaria y extractiva.

No, no creo que pueda haber jueces socialistas, pero hay algo que es mucho peor que eso y es la frivolidad de la sociedad argentina, sobre todo de la que no forma parte de la avanzada ideológica planificada, de hacer como que la cuestión ni siquiera merece consideración.

Lo dicho, reitero, no tiene que ver en absoluto con que sea bueno o malo el nuevo ministro de la Corte, ni siquiera con que sea bueno o malo Gargarella, que si me preguntan creo que es bueno, pero jamás le daría un lugar en el estado, menos de juez.

Burkas

mujeres con burka¿Es esto nada más un símbolo del sometimiento de la mujer? A las mujeres se las esconde, pero ¿de quiénes? La consigna es que ellas despiertan “pensamientos impuros”, que son los muy puros pensamientos vitales del sexo. El esquema de poder de los hombres tratando a las mujeres como ganado los excede a ellos, es el dominio de la religión, de los religiosos, sobre todos, a través de la manipulación de los impulsos vitales, transformándolos en problema, poniéndole a cada uno en su cabeza el ojo vigilante de la divinidad, de sus representantes de carne y hueso en realidad, contra todo lo que los individuos quieren (sexo, felicidad, dinero).

Los varones de ese formato de dominación son unos esclavos aunque de otro tipo, como los colaboracionistas sádicos de un ejército invasor. Se los invita a esperar para disfrutar en la muerte, mientras tanto son un instrumento de los religiosos, hasta cuando castigan. Las mujeres son el último eslabón de la esclavitud; mientras los varones las vean vestidas como siervas no se darán cuenta de su propia servidumbre.

En “occidente” (que es tantas cosas como el capitalismo y el comunismo, una religión estatal que pretende ser anti estatal), tuvimos una gran dosis de lo mismo y todavía persiste. El actual papa es un colocador de burkas económicos en todas las cabezas de sus fieles, un gran corruptor, un ayatolá buscando su oportunidad. Después habrán otros velos si le dan cabida, por ahora tiene para entretenerse diciéndole a todos que buscar una ganancia es como mirar una teta.

La alternativa a la barbarie es un mundo secular, no la “religión verdadera”, el del conocimiento de la realidad, no de las consignas, no del relato común de someternos a algo más estético que la burka física. Estábamos bastante bien cuando todo eso se había reducido al ámbito privado, el problema lo tenemos cuando se invade el público, el de las reglas que se imponen. Así es el fallo de la Corte espantosa de la Argentina, una admonición represiva del “tener”, el burka económico contra los malos pensamientos lucrativos.

El gran peligro es que la represión que reconocemos, que está en esta foto, le de una nueva oportunidad a la represión que no vemos, porque son burkas cercanas, asumidas como inevitables, como la “distribución de la riqueza”, la “educación”, la “recaudación”. Ese final sería terrible. La alternativa real a este movimiento medieval expresado en la foto no es ni siquiera la liberación de la mujer, que ya estaría bastante bien sacarles eso, sino la liberación del sexo y de todo lo que queremos del yugo de la culpa, del negocio de la culpa, del negocio inmundo de la culpa.

Observatorio de la deuda estatal y de los socialistas

Pobreza y gasto públicoEl gasto público tiene el mismo lugar en la economía que el asalto callejero, el daño que produce es independiente de la posibilidad de que genere beneficios. De hecho los asaltantes también generan actividad económica y bastante más cercana a la realidad que la de los arrogantes planificadores. Si el gasto público es necesario es algo que no se puede decir en términos económicos porque para la economía el único dato a tener en cuenta es la preferencia expresada de quienes son parte de una cadena de voluntades e intereses que se llama mercado y que el asaltante y el funcionario interrumpen de un modo similar.
A la pregunta de si hace falta que el gobierno construya un camino, se la puede responder con bastante ceguera porque se desconoce qué cosa deben dejar de lado los dueños de los recursos utilizados y si ellos preferirían la ruta a lo que dejan de lado. Es probable incluso que el que paga y el que recibe el beneficio sean personas distintas, entonces ya tenemos un problema diferente que es que el concepto de ciudadano y de igualdad ante la ley están muertos. Se que a mucha gente no le importa el tema en sí, porque no ven en el mediano y largo plazo lo que significa que con un truco tan colegial el estado haya tirado al piso todos los principios que lo mantenían a raya, protegiendo a la gente. De cualquier manera, beneficiario y víctima deberían preocuparse por igual y no solo por la destrucción del principio de que las personas son el origen del poder político, sino porque toda ruptura en el flujo de voluntades cambia los comportamientos, ahuyenta proyectos, encarece las decisiones; es decir empobrece. Lenta e inexorablemente un país puede ir apagándose desde el esplendor hasta una gris decadencia, mientras los políticos avanzan, son percibidos como padres protectores, cambian su lenguaje y con tanto poder se convierten en asaltantes. Lo cual no es el problema en sí, sino la consecuencia, porque de todo lo que tiene el estatismo la corrupción no es lo peor, por lo mismo dicho anteriormente. Son recursos que vuelven de un modo mucho más rápido y realista a la economía. El problema con la corrupción no está ahí sino en que sigue alimentando la división de la sociedad entre los que pagan (los más productivos) y los que votan (el mayor número). El problema de la corrupción es que alimenta al estatismo; desde el punto de vista económico, no lo es tanto el desvío de recursos a manos “privadas”.
Salvo por la estafa keynesiana y el palabrerío mágico-técnico, sería fácil de percibir como el causante de la pobreza extendida que coincide de un modo absoluto con la clientela electoral. Se trata de un circuito esclavo paternalista que cambia lo que el mercado se esfuerza en hacer para producir y que beneficia a todo el que quiere trabajar, por lo que la política se empeña en despilfarrar, que beneficia al que cree que se salva del riesgo, cuando en realidad está matando a los que tienen la fortaleza e inteligencia para enfrentarlo.
Lo productivo se decide fuera de la decisión impuesta. El estado promueve el pensamiento autoritario, que la gente tiene tan implantado que ni siquiera percibe como tal. Esa permanente referencia al estado demuestra una fe en la autoridad que antes se depositaba en esa supuesta autoridad general que se que sostenía al mundo. El que cree que todo se soluciona inaugurando una oficina que lleve el nombre del problema en sí, es un autoritario sin remedio. Porque puede comprenderse el autoritarismo de quién ejerce la autoridad, es una tentación conocida y manejable, pero el drama de este tiempo es la obstinación de apostar todo el tiempo al comisario de aquellos que están del lado de los que obedecen. Algo que sólo se pudo lograr inculcándoselo a las gallinas del criadero con banderas y con himnos.
Hay un departamento en la Universidad Católica Argentina llamado “observatorio de la deuda social”. Listo, todo lo que falta, la gente que no alcanza a tener un estándar de vida determinado, es gente a la que se le debe ¿Quién le debe? Aquí aparece la autoridad porque parece que quienes se lo deben no son los de ese observatorio, ellos no se declaran deudores sino denunciantes. Se lo deben los que están fuera del circuito autoritario poniendo ladrillo sobre ladrillo para construir unos edificios, que creen, pero no están seguros, tal vez se vendan a un determinado precio, del que estarán enterados si el estado no emite un volumen tal de moneda, que los haga nadar en un mar de desinformación. Esos que en muchos casos se funden, pero que son tan necesarios que se sostienen ellos, sostienen a sus clientes, proveedores y empresarios y al estado y a los observatorios de todo tipo. Esos están en deuda. El mundo depende de gente que está previamente condenada por hacer el dinero que unos más buenos que ellos determinarán cómo debe distribuirse, sin nunca ponerse en el papel de producirlo ellos.
La consecuencia es simple, una sociedad así tiene menos empresarios y más políticos. Es mucho mejor estar del lado de los que juzgan y determinan las “deudas sociales”, que del de aquellos que generan las utilidades. No todos los de este último grupo están dispuestos a ser el botín general de todo ese grupo de parásitos morales. Otros aunque lo intentan, frente a tantos costos simplemente fracasan. Entonces se empobrecen todos. Los empresarios, sus empleados, sus clientes, sus proveedores, el estado parásito y los observatorios, pero un pequeño grupo con acceso a las arcas se volverán una casta superior que concentra los recursos y se encarga de diseminar toda esa “ideología” anti productiva y las teorías y a los teóricos que la sostienen.
Vivimos bajo un enorme engaño empobrecedor, hay que contárselo a todos los que quieran oírlo, que no son muchos por ahora. Este iba a ser un comentario cortito.
Foto: Un país donde todos son de izquierda, todos son “sociales” (socialistas), nadie es “neo liberal” y hace 70 años que todo se “soluciona” con gasto público y “leyes sociales”. Pero le siguen pidiendo al mercado que pague la “deuda”.