José Benegas Talks: Podcast semanal, con participación de los oyentes.

José Benegas Talks, un podcast semanal para discutir cómo los acontecimientos, declaraciones y opiniones de la actualidad, influyen en nuestra vida como individuos. Cuestiona el statu quo y la moralina social de los medios masivos de comunicación, para abordar la realidad sin temor, en forma interactiva con los oyentes.
JBT puede escucharse en vivo los lunes a las 6 PM (Eastern Time) 20 hs (Argentina) o a través de iTunes, iVox o en la página josebenegastalks.com. También en el sitio en Facebook…. Los oyentes participan por teléfono o vía Skype.

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El nuevo buzón de la policía de los precios

El lanzamiento de un sistema “cool” de control de precios llamado SEPA (cuya función es que no se sepa nada), desnuda el lado más vulnerable del gobierno de Macri. Justamente aquél en el que se juega la vida de la gente. Hay una seria confusión entre cosas poco o mal definidas como “ajuste” y otras de las que es asombroso que no se haya aprendido en la Argentina, como precios e inflación.

Hay 4000 años registrados de experiencias de controles, búsquedas de fantasmas, persecuciones y castigos por algo llamado “precio” que fundamentalmente la economía matemática confunde con meros números. Pero detrás del precio está la libertad misma. Si esto a alguien le parece exagerado, no está entendiendo de qué estamos hablando, por eso es imposible que pueda hacer un juicio sobre por qué Macri está siendo llevado directo a una crisis, por un equipo económico que no le sirve ni a él, ni a la gente.

El socialismo ha fracasado y fracasará siempre porque no entiende los procesos del mercado. El control político hace imposible el cálculo económico como mostraron Mises y Max Weber hace muchos años, justamente porque carece de precios. El lugar que ellos ocupan en la economía fue reemplazado por la decisión política de “buenas” intenciones que terminan siempre en violencia física. Llegaron a imitar precios de las economías de mercado, lo cuál es una supina ignorancia, porque los precios son distintos en distintas circunstancias, no son un número mágico a descubrir, sino el resultado de la experiencia sin magia. Pero de la experiencia específica y concreta de los que actúan, no de los estudiosos de ninguna ciencia conocida.

Kicillof, dada su formación marxista, pensaba que con el nivel actual del desarrollo informático aquella experiencia soviética hubiera terminado de otra manera. El pensaba que al socialismo lo que le faltaba era tecnología. Tecnología que fue luego inventada por el capitalismo, parece que el socialismo siempre depende de su paradigma opuesto.

Totalmente equivocado Kicillof, no menos que los actuales responsables de la conducción económica que han dicho que ahora existen las herramientas para controlarlo todo online, en tiempo real. Para ellos Moreno era muy analógico tal vez. Un error de proporciones dramáticas y triste.

Precio implica que el que hace o da, lo hace voluntariamente. Es un tema moral por supuesto, pero a nadie le interesa el problema moral, ni siquiera al actual papa, menos le podemos pedir a los economistas. El problema es que esto mucho más que moral, es todo el secreto por qué el capitalismo triunfa, el socialismo fracasa, tenga o no computadoras. Que el precio suponga voluntad, lo convierte en la mayor, única herramienta de cálculo del comportamiento económico de millones de personas. Ese número no tiene vida propia, sino que nos dice con mucha precisión si otros van a vender o comprar, nos van a contratar o no. Permite, fuera de todo verso, saber lo que la gente quiere y qué está dispuesta a sacrificar para tenerlo. Dato que para los socialistas ni importa, todo vale por si mismo y qué haya que dejar de lado les parece que ni existe como problema.

Dicho lo anterior, las palabras pueden usarse de los modos más arbitrarios, pero precio libre es una redundancia y precio sin libertad o “precio controlado” un oxímoron. Espero haber sido hasta acá lo suficientemente claro para que nadie piense que estoy haciendo un problema semántico, de esto depende todo, incluso el futuro de este gobierno y del país, siempre tentado a abrazarse a los delincuentes cuando vienen las tormentas.

Al que le interese esta explicación la hice más detalladamente en mi libro “Hágase tu voluntad. Bajar del cielo para conseguir un cargador de iPhone”.
Comprender esto es comprender al capitalismo: el sistema de precios nos permite conocer una larga, interminable y hasta inimaginable red de voluntades, sobre las cuales es posible hacer cuentas, asumir riesgos, invertir ahorros, comprar, vender, trabajar. Justo por ser voluntades, es lo que más importa. No es que sabemos “qué es bueno para la sociedad” o consignas de ese nivel de soberbia. De lo que nos enteramos es qué es lo que la gente que necesitamos hará, porque, acá viene el gran dato, se muestra dispuesta por si misma a hacerlo. El problema del control es que cuando más fracasa, es cuando tiene éxito. Consigue que ahora alguien obedezca por amenazas o presiones a cambio de que tal cosa no vuelva a ocurrir.

Un funcionario le llama a un número obligatorio de intercambio de una moneda por un bien o servicio “precio”. Unos lo hacen en una libreta, otros en una aplicación de última generación, pero el error es igual. Claro que por el uso de la fuerza puedo obligar a Carlitos a suministrar el arroz al supermercado a 5 hoy. Muy difícil que lo pueda repetir mañana, ni siquiera con un grado mayor de violencia, porque Carlitos no se comportará igual que si lo dejaran hacer lo que quiere. Y solo estamos frente a la dificultad del primer y más a la mano eslabón de la cadena. Faltan las innumerables personas que intervienen en el proceso de producción del arroz, desde las máquinas para cosecharlo,  los sombreros y los guantes de Carlitos y todo aquello con lo que contaron todos los tipos que siguen en cada una de esas ramas que se abren a cada paso del proceso productivo, que es imposible de abarcar incluso con la imaginación. Para entender de qué hablo, nada mejor que el memorable ensayo de Leonard Read “Yo, el lápiz”, del que abajo les dejo una adaptación a video. Esa es la complejidad que ningún planificador podrá imitar jamás.

Incluso la versión blanda de todo esto es contraproducente, no digo inútil. La mera presión ejercida por declaraciones de funcionarios, la vigilancia, la propuesta al público para que considere enemigos a los que producen, distribuyen, venden. Eso solo podrá producir satisfacciones al ego burocrático o al inflamado odio de los consumidores, pero pasa por encima del sistema de voluntariedad, hace a la gente que actúa en el mercado moverse por otra cosa que por sus propias ganas, de manera que no podemos ya dar por sentado que su comportamiento se mantenga o sea previsible. No, no hay otro camino al respeto para el crecimiento, lamento informarles. Aunque esto se haga con fines propagandísticos, el daño ocurre igual. Recordemos que hasta Nestor Kirchner de alguna manera entendía que no debía alterar los precios. El optó por falsificar las estadísticas en un principio, pero así inició el camino que llevó a Moreno, porque es inexorable que la mentira termine en cazas de brujas.

Por supuesto, la perversión mayor del caso es que la inflación es producida por el aumento de la masa monetaria para que le gobierno haga frente al gasto público. Mientras te sugiere vigilar al supermercado, nadie tiene una cámara en el proceso inflacionario que ocurre en el Banco Central. Como hay más moneda, las personas que actúan de acuerdo a lo que quieren, ya no puede obtener lo mismo por lo que venden o brindan y comienzan a ajustar sus decisiones al nuevo valor de la moneda. Después vienen los cazadores de brujas a caer sobre ellos. Entonces la cuestión se pone cada vez peor, porque a la economía desorganizada por la inflación, se le ponen más obstáculos para volver a organizarse, repito, en base a voluntades. La ambición es reemplazada por el miedo y el miedo es uno de los componentes que más encarecen una economía.

El cinismo de decir que “el salario no es ganancia”

El cinismo de decir que “el salario no es ganancia”

“El trabajo no es ganancia”, dicen Massa, Moyano y otros sindicalistas ¿Por qué no es ganancia? Pues porque es “remuneración por el trabajo”. Esa diferencia no depende de ninguna otra cosa que aplicar etiquetas distintas a la venta a un tercero del trabajo para que él corra el riesgo y al uso del trabajo para uno mismo, corriendo el riesgo. Pero todos estos “remuneristas” entienden que por quitarte el riesgo sos un pobrecito, tus ingresos reciben otro nombre y el estado no te tiene que robar lo mismo que le roba al que se juega para obtener algo mejor o simplemente porque fue despedido y las reglas laborales que propician todos, lo dejan fuera del mercado de empleo.

La primera gran barbaridad, que opera directamente en pos de la decadencia argentina, es esa idea más arraigada que un dogma trascendente, según la cual el sistema victimiza al empleado, interviniendo en su favor contra las empresas; las que corren riesgos y producen salarios y, además, haciendo definiciones por las cuales sus ingresos libres de riesgos merezcan un tipo de piedad que a igual cantidad en condiciones de riesgo, los demás no merecen. Es un corralito de sus clientes y una abierta hostilidad para los que quedan fuera.

Pero la victimización que parece tan calentita para los victimizados es un arma de doble filo. El mercado no paga nada que no quiere pagar, si no le queda otra frente a la arbitrariedad de los protectores, saca de un lado y pone en otro. Si el recurso laboral pasa a tener un costo mayor por una decisión de un aparato de imposiciones como el estado, reduce su demanda. La gente que era útil deja de serlo en función de sus cálculos y sus riesgos. A diferencia del asalariado que puede dejar de ganar de hoy a mañana, el empresario puede perder lo que tiene, con lo cual es mucho más sensible a los bandidos buenos estatistas. Ahí está la desocupación, el lado negado de imponer terceros condiciones que el mercado por si no quiere pagar. La única forma de que el mercado por sí quiera pagar más es quitarse de encima costos improductivos como los impuestos, reglas restrictivas y en función de eso que haya más inversión. Pero toda esta bondad resulta que pesa sobre el que sostiene a todos, el que se juega. Ni los políticos ni los asalariados lo hacen. Estos últimos igual son útiles.

La segunda barbaridad es más abstracta, pero todavía más peligrosa. En este juego de pelearse por quién paga el estatismo, en el que pierden los que están en la posición más insegura, se asume que el aparato político es juez de las ganancias. Como un padre golpeador que hace a sus hijos discutir si los golpes tienen que ir hacia los varones, las mujeres, los más grandes o los más chicos, envenenándose al aceptar que los golpes no se discuten.

Ahí vamos al punto. El impuesto a las ganancias perjudica a todos. Sea que pegue sobre mi o sobre mis clientes o proveedores. El empleador es el cliente del asalariado, pero el lenguaje impide que se vea esa realidad. Los mismos que claman por más empleo (al que tienen en su corralito), despotrican contra los empleadores que son los únicos que lo demandan. Si alguien tiene el sueño de ser asalariado, sería pro empresario más que nadie si no lo bombardearan permanentemente con falsos conceptos y etiquetas.

El conflicto verdadero es entre producción e improductividad, es cuando viene la discusión sobre ese costo que no fluye por si mismo sino a costa de los demás que es el estado. Algo que se evita que aparezca como problema en el mar de resentimiento parasitario que permite vivir a políticos y sindicalistas de falsedades.

Mientras tanto insisto con la cuestión de que deberían explicar por qué el que gana 100 vendiendo cartuchos recargados para impresoras porque lo echaron de su trabajo o no consigue uno, merece un tratamiento impositivo diferente que el que gana 100 como empleado de una estación de servicio. Por qué el primero que no sabe cuántos cartuchos va a vender la semana que viene o si se va a enfermar, tiene que ser fiscalmente peor tratado que el segundo. Ya inventarán una palabra para llamarle a las angustias del independiente de un modo tal que se vea como un pecado de lesa argentinidad.

Moyano no me importa

Moyano no me importa

La política argentina se maneja con unos ritos que no se dan en ninguna otra parte. Por ejemplo, a esta altura del año es la festividad de las paritarias y las negociaciones colectivistas de salarios con unos señores feudales llamados sindicalistas, que negocian con otros señores feudales llamados cámaras empresarias, quienes a su vez deben contar con el beneplácito del rey para manejar las vidas de todos. Este ritual es parte de la cultura inflacionaria, cuyas causas se desconocen, se interpreta como una desgracia que le ocurre al país y que es natural, como el clima.

Alsogaray comparaba la actitud del estado con la inflación con el alcoholismo y ahora creo más que nunca que tenía razón, pero el borracho no es solo el estado, es todo el sistema político, incluida la población que la padece. Es un juego de expectativas igual al cuento del tío. La cosa parece funcionar de tal modo que en esta vida hay unos salarios y se necesita gente sensible y valiente para conseguirnos uno. Es la vida de los argentinos que los discuten así colectivamente, desde que el fascismo se hizo dogma, aunque todos se identifican como anti fascistas.

La cuestión es que el rey está interesado en controlar ese fenómeno meteorológico llamado inflación, que parece que se produce o por los intermediarios malos o porque en las negociaciones colectivas los que representan a los declarados incapaces se zafan mucho queriéndose quedar con una parte muy grande de la dotación divina de sueldos. El resto del año todos los políticos quieren que haya mejores salarios, pero en esta época no porque según parece es cuando potencian la inflación.

Pasó Alsogaray por la historia contándoles todo lo que necesitaban saber; experimentaron la no inflación de la década del noventa, que por lo menos les tuvo que haber enseñado que era verdad que se trataba de un fenómeno monetario, dependiente de lo que hace el gobierno y que ni las cadenas de distribución ni la maldad de nadie en el sector privado juegan ningún papel. Menos los salarios que son los que se ven más castigados por ser el último eslabón de la recuperación de la relatividad de lo precios. Pero aprenderlo significa que no hay magia y que el sufrimiento se resuelve actuando, no llorando. Nadie quiere dejar eso ¿Qué hacen los productores de radio si no pueden entrevistar a los actores del rito de cuya actividad parece depender todo de un modo dramático. Nadie quiere oír que Moyano no importa.

Precios y salarios es una redundancia en realidad, ambos son precios, pese a lo que me decía mi pobre profesora de Derecho Constitucional sobre la “dignidad” de los últimos, poniendo cara de redentora porque era incapaz de tratar ni derecho ni economía como algo distinto a la religión. Los salarios no tienen ninguna influencia en la inflación, sino al revés. Si no hubiera negociaciones colectivas que implican estas relaciones de vasallaje, los salarios encontrarían su nivel a la nueva cantidad de papel moneda circulante con mas velocidad, eficiencia y menor daño para todos.

Pero es inútil. La Argentina no quiere saber nada de la realidad. Hay montones de tipos con posgrados y doctorados y que conocen el mundo donde la boludez extrema no impera, pero eligen hacer como que creen todo el juego. Entonces ven el título de la nota del presidente reunido con los sindicalistas y le hacen click desesperados pensando que es muy importante, lo que podría servir para que le reclamen a sus universidades que les devuelvan la guita.

Lanata empeoró las cosas

Lanata empeoró las cosas

No dejo de reconocerle a Lanata el papel que tuvo en hacer visibles las barbaridades del kirchnerismo en su última etapa, pero me voy a referir a su artículo sobre la “militancia”. No tengo ninguna sensación de que haya que agradecerle reconocer lo que eran los psicópatas violentos que poblaron montoneros, erp y todas las organizaciones de violencia política que cometieron crímenes horrendos para tomar el poder y acabar con todo vestigio de libertad y ley. Hay un grupo de argentinos que tiene mucho más mérito, por jamás haber hecho el panegírico de esa actividad criminal ni haber estado dispuestos a aceptar la propaganda del terrorismo bajo el mote de “derechos humanos”. Gente que sigue diciendo lo que estableció el informe “Nunca Más” en base a las denuncias que hubo 8000 desaparecidos. También había propaganda en ese documento, porque varios de los allí mencionados de repente reaparecieron. Esa fue la razón por la que “nunca más” se publicó la lista de las personas en sucesivas ediciones. Verdades loperfidianas no autorizadas.

Tengo que atenerme al contexto para esta cuestión. El señor Lopérfido dijo lo que se sabe sobre desapariciones, el aparato político que pretende obligarnos a pensar que eran hippies le saltó al cuello y Lanata anuncia que igual Lopérfido estuvo mal, porque a pesar de que dijo la verdad, hay que mentir hasta que él nos diga. Entonces nos miente después de anunciarlo y nos habla de 30 mil desaparecidos. Nos deja sin nada, pero el héroe es él y hasta que no nos acepte y nos valide los que simplemente estamos interesados en la verdad y no en mantener algún relato en particular o en venerarlo, tenemos que esperar a que nos valide. El decidió que no nos valida más que lo que quiere. Nos da un caramelo y nos anuncia que tal vez mañana nos de otro.

Empeora las cosas porque hasta ahora mucha gente tenía miedo de pensar en otra cosa que en 30 mil dseaparecidos porque entonces todo el aparato opresor le caía encima. Ahora Lanata inaugura una etapa en la que sabemos que es mentira, reconocemos que es mentira, peor lo decimos igual ¿A qué obedecemos? Antes no se podía pensar en la verdad, ahora nos dice que nos cagamos en ella.

Lo peor es que creo que hace un esfuerzo para salirse de los paradigmas que trajeron este desastre y se destaca en honestidad sobre la mitología izquierdista. Para mi es el discurso de un alcoholico contra el alcohol, con un vaso de whisky en la mano. Cansa una sociedad en la que bajo cualquier circunstancia o conducta, la izquierda nos tiene que aprobar. Todos esperan que sean ellos los que digan la verdad y entonces se festeja una simple edición de la mentira, mientras la honestidad se desvaloriza una vez más.

El cuento de la soberanía

El cuento de la soberanía

Soberanía es un concepto heredado de un tipo de poder sostenido en la mera fuerza. La idea de “atributo del soberano” traspasada a una república bajo el expediente forzado de llamar “soberano” al “pueblo”, es un pase mágico pero no resuelve nada. La invocación de soberanía en el derecho internacional supone una entente entre gobiernos que tienen un ejército y que ejercen la fuerza. Por lo tanto y basados en eso, se respetan, por ahora.

En una república no hay soberano ¿El pueblo soberano? ¿Ante quién? Si la respuesta es ante el gobierno, el concepto queda por completo vacío. Si es ante sí mismo más. En una república lo que se llama “gobierno” (palabra también traspasada) es una organización defensiva, por lo tanto no soberana de nadie.

El uso de esa palabra confunde los objetivos de un gobierno republicano cuyo fin, a pesar de que los socialdemócratas lo hayan destruido, es la preservación de la libertad de sus ciudadanos. El territorio se cuida de invasores como medio de defensa, no como un fin en si mismo, no como un ámbito en el cuál un “soberano” impone su voluntad y se queda con los recursos. El soberano extrae y se impone, la república no debería. A la república la extensión de su territorio en principio no le interesa, salvo que eso de alguna manera se relacione con su propia defensa por razones particulares.

Ahora bien, no vivimos en repúblicas, no queda ninguna. Incluso pueden haber quedado en la intención desde el principio, desviadas por la falta de nuevas definiciones de la política que se relacionen con la idea de libertad hasta lo que tenemos hoy. Así subsistió el “poder legislativo” del gobierno sobre la vida privada, que en cuanto se piensa es cien por ciento incompatible con el sistema de valores republicano. Vivimos en estatismos, de los que somos súbditos en nombre de nosotros mismos, mediante una ficción cada vez más retórica de que se nos está cuidando.

La diferencia es importante porque podemos plantearnos qué le interesa a los estatismos de la “soberanía” y todavía hay poco sentido. Pensemos en Malvinas. Incorporar a las Malvinas a la “soberanía” del estatismo argentino implicaría que su población pasara a engrosar la propia, cuando entre los valores del estatismo está trabar el ingreso al territorio de personas que no hubieran nacido en el. Otro sinsentido para una república, tan centrada se supone en la igualdad ante la ley, su heredero el estatismo ha cambiado los derechos de nacimiento desde el linaje al suelo, aunque en los países europeos sigue siendo la sangre lo determinante.

Después puede haber intereses de extracción de petróleo y pesca para que el estatismo al modo de los soberanos acreciente sus arcas. El estatismo argentino tiene problemas para conseguir capital que explote los recursos de los que ya se apropió, de manera que no se a dónde vamos con eso. En una república lo coherente sería que el subsuelo fuera privado y su explotación no tuviera nada que ver con los estados, tampoco sus beneficios. El petróleo privado de las Malvinas tendría el mismo efecto benéfico sobre la economía circundante que el extraído en Comodoro Rivadavia, bajo la condición republicana de que las fronteras para los negocios privados (todo tipo de contratos y traslados de mercaderías y personas, permanencia pacífica, no existan. No habría por qué pelear por eso, al contrario, habría que levantar las barreras.

Los súbditos del estatismo argentino, eso si, tendrían que solventar nuevos empleados y organismos, con todo su presupuesto. Pero para la gente no se ven ningún provecho.

El único plano en el que el problema no tiene solución es en el de la generalidad patriotera y la incomprensión de lo que es una república, por haberse transplantado sin más un concepto extraño del que parece hay miedo de deshacerse. Por eso se lo sostiene la retrógrada soberanía con mitología, una muy perversa e inmoral llamada nacionalismo, con el que se envenena la mente de generaciones para hacer del fracaso un objetivo romántico. En el nacionalismo el sometimiento y el robo a la población se transforma en un fin “moral” y nada más. Ventaja real ninguna.

El nacionalismo beneficia nada más a los inquilinos del poder, que ven mejorar su vida y engordar su ego. Esto se implanta a través de un sistema que tampoco es compatible con una república llamado educativo. Se que Sarmiento quería hacer otra cosa, en su momento histórico no hay más que rescatarlo, pero su frase sobre “educar al soberano” es equivocada por completo y fuera de contexto, ya lo podemos ver. El que lo dude, cuélguese una foto de Baradel en la cocina para verla todas las mañanas al desayunar.

Una república se preguntaría, más que de quién es la “soberanía”, el método de ampliar los derechos y negocios de los particulares a una zona potencialmente provechosa. No se preocuparía por plantar una bandera que hace varias generaciones que se usa como método de dominio interno, de robo y engaño.