Desnudando al colectivismo

(De Crónicas Inconexas Nro 8)
Dos noticias para los niños: Santa Claus son los padres y lo “colectivo” es el poder. Hay una ola colectivista muy expresa en la parte de América hispana que vive bajo dictaduras oportunistas. Llevan adelante un modelo de transformación cultural, que no tiene que ver con ideales del pasado, sino con lo que les reportan a los tiranos en recursos humanos, poder e impunidad. El proyecto colectivista somete, lleva consigo el mensaje de que tus deseos y objetivos deben subordinarse a un dios llamado colectivo, todos, bien común. Aunque lo de bien común viene de otra tradición. Incluso tenía la intención de convencer al déspota de que tenía obligaciones con sus vasallos. No importa, las circunstancias cambiaron y ahora lo que importa es la construcción de un poder total, para lo que es indispensable sembrar la culpa de querer algo para uno, de perseguirlo. Todo tiene que ser vivido como una traición al grupo.
¿Alguien ha visto al todos? Podría uno hacerse una imagen mental de todos nosotros en un gran campo vistos desde arriba. Pero eso no es el colectivo, eso es la suma de individuos independientes que sobreviven por si mismos, construyen lazos afectivos reales y no genéticos, el todo no está. No hay una entidad “todos” que quiera algo, que busque algo, que trabaje por algo. Por lo tanto tampoco lo que trabajamos, producimos y consumimos no afecta al “todo” que no quiere ni tiene nada, simplemente porque es una abstracción idealista, un no existente. El todo como idea igual no respira, no come, no siente, no vive. Es además una gran simplificación. Porque, sin querer hacerme el físico cuántico, el ojo del observador crea esa “realidad” llamada “todos”. Aún en el caso de la foto, hay que decidir que los homo sapiens digamos tienen que estar en una foto. Es decir, la observación del todos en la imagen, es posterior a la decisión. El homo sapiens amontonado en ese campo, es un presupuesto de lo que “se ve”.
Si me complico un poco más, a lo mejor el “yo” también es un presupuesto antes de ponerme frente al espejo. No se, porque no puedo escindir al observador y lo observado tratándose de mi, pero lo que importa es que ambas cosas, el yo y el todos, tienen una finalidad. Los presupuestos apuntan a algo. El yo a la vida, a mi vida, como es, como la elegí de acuerdo a mis potenciales. El todos puede servir a varias cosas y acá está la cuestión. El todos de mi como individuo es una generalización de baja intensidad que me dice dónde puedo encontrar un intercambio potencialmente. Ese es el universo de mis intercambios en potencia, pero no en acto. En ese fin, el todos tiene un valor, pero es un valor muy diferente al del colectivismo que agrega otro elemento esclavizante: dice que el todos es más importante que el yo, que se trata incluso de una entidad con fines y deseos que se ven contrariados y amenazados por mi. El todos depende ahora, por pura decisión “ideológica” (perdón que me ahorre discurrir sobre el significado de la palabra) de mi sacrificio. Es otro “todos” ¿verdad? Es otra foto, es otro fotógrafo.
Pero ojo, el colectivo no es el fotógrafo. El fotógrafo es otro individuo que se está pasando de listo. Un conjunto de individuos, una banda. Ellos son los que esgrimen la versión mitificadora del todos a nuestra costa. Dicen que la foto es un ente, que todas las fotos de muchos son más que uno, porque es nada más que un manejo de poder. Una manipulación de la realidad, definida por el observador, en su propio provecho. O peor aún, en provecho de nadie y entonces deberíamos llamarle simplemente envidia. Es decir la frustración de otro individuo que trata que que no alcancemos nuestros objetivos aunque de eso no le resulte provecho alguno.
Hay algunos conjuntos pequeños de relaciones que pueden definirse como si se trataran de una entidad con vida propia, pero no la tienen y si resisten su desaparición es precisamente por su dimensión (esto parece cuántico también) y por su carácter no agobiante. La familia por ejemplo. En ese vínculo primario se acepta, con limitaciones, que los individuos ceden por un “todos”, pero el vínculo es muy primario. La tribu operaba como una familia ampliada. Tampoco hay “todos”, pero dada la simpleza de la organización, esa foto, según ese criterio fotográfico, no genera mayores problemas de mando y obediencia, es decir, políticos.
El proyecto totalitario latinoamericano iniciado con el chavismo toma todas las metodologías de sus antecedentes religiosos y no religiosos. El ahogamiento del individuo a distintas formas de nueva bondad (anti discriminación, “solidaridad” declamada, etc) y la redefinición de todo por medio de “colectivos”. No importa cuál. No importa incluso que sea el gran colectivo de “la sociedad” o “la clase social”, puede ser incluso los cantantes de ópera. El punto es desviar el punto de imputación de intereses y voluntad para disminuir a la única realidad que molesta al poder: el individuo y sus aspiraciones. Perdón, más preciso, la realidad sobre la cual unos individuos perversos que colectivizan todo, quieren canalizar sus propias aspiraciones perversas, que ya no son una imposición, una agresión, un acto de sometimiento al otro, sino el servicio a dioses imaginados como sumas de engranajes. En eso nos convierten, en un engranaje de un motor de un vehículo cuyo volante tienen para dirigirlo a sus objetivos.

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