Si me hubieran dado pelota

La humildad no sirve para nada en la Argentina, te pasan por arriba los Tognettis sin señales de vergüenza ni inhibición. Así que voy a ser un poco brutal y que le caiga mal a quién le caiga mal. Total, cuando uno es cuidadoso obtiene la misma cantidad o mayor de enemigos. Hace más tres años que insisto con que cuando un asaltante en un banco que tiene rehenes de repente se saca el antifaz, es señal de que piensa matar a los rehenes. El gobierno kirchnerista tomó muchas veces esa decisión como para que no nos diéramos cuenta de que no pensaba terminar su período de modo legal, y que ni siquiera podíamos imaginar un traspaso del mando normal. Desde la protección abierta a Boudou que significó que la señora a cargo nos comunicara, sacándose el antifaz, que ella era la jefa de la banda y que el estado era un estado kirchnerista y delictivo, ante lo cuál había que subordinarse.

¿Soy un genio? No, simplemente trato de no hacerme el completo idiota ante las evidencias, como hace una mayoría abrumadora de gente en el país del acomodo.

Por supuesto las respuestas de la misma gente que dejó que las cosas llegaran a dónde llegaron eran del tipo “tiene que terminar su mandato”. Un gobierno cuya norma es el crimen no tiene mandato. El mandato en una república, un mandato que pueda obligarnos, es exclusivamente, reitero, exclusivamente, legal. Esto es una limitación conceptual y no de hecho. No hay república no legal. Es decir, al mandato lo terminaron ellos hace muchos años. Ni siquiera es ratificable la voluntad delictiva de una mayoría, porque carece de los elementos esenciales para obligar a una minoría. Pero peor aún que el analfabetismo republicano que el sistema des-educativo logró implantar, es la miopía política de no ver lo que la conducta del gobierno significaba. Ahora lloran todos ante este presente en el que Nisman terminó muerto y las manifestaciones son tildadas de terrorismo, por parte de los que reivindican sus asesinatos del pasado como idealismo. Nunca importó que se pudiera llevar  a cabo un proceso de juicio político. Ni siquiera lo es ahora que les queda tan poco tiempo, lo importante es no conceder legitimidad al crimen. No se puede desear, menos en público, que la banda de Hotesur mande.

¿Se los dije? Si, se los dije quinientas veces, todos lo días, de lunes a viernes durante una hora y media. Se lo pregunté a cada entrevistado por meses: ¿Imagina usted una entrega regular y normal del mando por parte de esta gente? La respuesta más común era el silencio.

Nerón no se aununció, estos delincuentes si lo hicieron. Dan ganas de decir jódanse todos, pero hay demasiadas cosas que uno aprecia en juego. Sobre todo una minoría que no merece esto.  Chica, pero valiosa.

El asunto sigue siendo cómo se sobrevive a un asalto total al poder por parte de los que se sacaron el antifaz y en cada aparición confirman sus delitos, del modo más idiota posible porque saben que 1) No tienen defensa y 2) Ya no están en la etapa en la que les interese ser creídos, sino sólo temidos y obedecidos. Están intentando sembrar el terror antes de hacer cualquier cosa. Salvarse para siempre tal vez no sea una opción. Zafar de ésta tal vez tampoco. Incendiar Roma si la es y que nadie dude de que son capaces.

Por lo tanto en una emergencia uno se pone a tirar baldes de agua al incendio hasta con el ladrón que administra el consorcio. Si alguien quiere jugar al marketing, está desubicado desde el 2003, pero ahora, en estos meses, está sencillamente tan loco como creen que sólo ellos están. Los que están juntando fuerza electoral sirven. Los que están pensando en cómo reaccionar ante hechos consumados ilegales del estado criminal que comanda la señora kirchner, brillan por su ausencia. Se necesita que tengan poder, un blog no alcanza por supuesto. Los que están pensando en cómo enfrentar la denuncia internacional de lo que hagan también sirven y los que piensen en cómo deshacer el quebrantamiento de toda la legalidad, desde el Código Civil, a los de procedimientos y la Constitución, suman. También los que observen que no es legítimo imponer leyes contra el artículo 29 de la Constitución, ni simular un Congreso para tapar  una verdadera obediencia debida castrense y que, por lo tanto, deben anularse todos los actos de facto llevados a cabo por la banda, son indispensables. Todos juntos, mejor. Pensando y tirando la corrección política a la basura. La gente no la cree, por eso en sus marchas son mucho más claros que cualquiera que hable en público.

El mal de Verbitsky

La señora no tiene ninguna cosa llamada mal de hubris/hibris. Lo que tiene es mal de Verbisky. Este señor es un constructor de realidades paralelas con invención de fantasmas malos que justifican crímenes de montoneros y demonios que no los dejan matar o robar. La señora se subió a ese relato y forma de construir realidades paralelas, pero ella no es la inventora, ni lo son sus lacayos. Apenas quedó envuelta porque su marido descubrió que el método era ideal para llegar al “éxtasis” de la fortuna personal.

El problema del país con los kirchner, es el problema del país con Verbisky, un titiritero que antes de manejarla a ella, manejó a todo el pensamiento políticamente correcto (lo que incluye al 99% de la prensa), utilizando la culpa social proveniente del relato de que hubo una “generación maravillosa” que “murió por sus ideas”, cuando en realidad mató. Y no lo hizo por sus ideas, lo hizo para conseguir el poder absoluto, impulsada por el resentimiento metido en su cabeza por curas tercermundistas.

No me meto ahora con la forma en qué se les respondió, sino cómo, a partir de eso, Verbitsky y sus cómplices armaron la fábula de haber sido ellos las víctimas del baño de sangre que armaron. A partir de ahí se le permitió tomar posiciones de poder en todos los rincones del estado, como auditor moral de los derechos humanos, a un tipo involucrado como terrorista. Entraron en la administración central, en las fuerzas armadas, en la policía, en la justicia y en el aparato deseducativo. Siempre con el relato justiciero falso de un grupo de sátrapas cínicos, violentos y mentirosos.

Verbitsky nos explicó que privatizar era pecado, que el mercado era malo y que todos los que querían libertad eran genocidas, sospechosos de ladrones, poco serios, faranduleros rodeados de minas rubias que se hacían las tetas y hasta grasas que mezclaban pizza con champan. Tiñó todo de cualquier cosa, igual que lo hace este gobierno ahora, que cuando quiere acabar con las críticas lo llama política de “todas las voces”. Verbitsky le explicó al país la década del 70 y también la del 90, en esta etapa es el gran explicador de lo que algunos tardíos oportunistas descubren como el “relato”.

La señora no ha sido enloquecida por sus pastillas, sino por la mentira y la afección argentina a la mentira, en la que vive desde que empezó a dejar de matarse. Uno ve a esos jovencitos corruptos ejercer la realidad paralela, en lugar de discutir. No existe con ellos diálogo, se han hecho expertos en desbaratar el contacto con la realidad, como método de poder. Disfrutan del abuso psicológico sobre sus interlocutores como si fuera inteligencia. No más que lo que lo hace un idiota armado.

Como la tapa de Página 12 de hoy. Ayer mataban por la espalda, eran capaces de ultimar a un profesor en su auto con toda su familia adentro, secuestraban y ponían bombas. Cuando se les respondió, se presentaron como hippies idealistas que querían un mundo mejor, al que unos militares nazis querían terminar. Y no lo hicieron por o a partir de los métodos ilegales para combatirlos, sino de entrada, aún con todas las instituciones funcionando. Ni lo circunscribieron a terceros que la ligaron por rebote, sino que glorifican en monumentos a sus asesinos caídos. Ahora roban como desaforados y cometen delitos en público, pero cuando se los denuncia es un golpe de estado. Si seguimos así un día se hablará de la teoría de los dos demonios, para prohibir mencionar con el INADI lo que han robado y decir que los únicos demonios eran Nisman y Pollicita. En tribunales se bajarán las fotos de ellos para poner las de D’Elía y Esteche.

Decían que estaba mal combatirlos de modo ilegal y estoy de acuerdo. Cuando se los combatió de modo legal también se hicieron víctimas y mataron a sus jueces, descalificando a la Justicia. Ahora no se combate sus crímenes de modo ilegal, pero igual descalifican a la justicia llamándola “corporación judicial”. Se lo hace con fiscales, jueces y denuncias, de las que pueden defenderse pero, en lugar de hacerlo, atacan. Es el trabajo de la permanente resignificación, al modo del ministerio de la verdad orwellinao. Antes para las bombas, ahora para las bóvedas. Pero es lo mismo.

El problema no es la historia en sí, sino si de verdad queremos liberarnos de esta tendencia macabra. El único secreto es sumar gente dispuesta a manejarse con la realidad en un país que ha resuelto estar loco para no sentir culpa, y cuyo producto es el engendro que gobierna y todo su séquito de miserables.

¿O qué más tienen que hacer para que nos demos enterados de que mienten?

La disonancia cognitiva y el fanatismo K

Jorge Lanata mencionó en su programa la teoría de la disonancia cognitiva en relación a lo que está viviendo el país, pero no la explicó de manera adecuada. Esta teoría parte de una investigación llevada a cabo por Leon Festinger en 1957 y sirve para entender en gran medida la expansión del fanatismo kirchnerista, sobre todo en aquellos que no son los grandes beneficiarios de su sistema de reparto de negocios.

Festinger realizó un experimento con estudiantes a los que les encomendaba una tarea especialmente aburrida, como rotar ciertas figuras geométricas en un tablero una y otra vez. Cada estudiante realizaba el trabajo en un lugar separado. Al terminar se les pedía que mintieran al siguiente estudiante (que en realidad era un cómplice de la investigación) y le dijeran que el trabajo había sido muy divertido para que no se negaran a hacerlo. A la mitad de sus cómplices en esta mentira les pagó un dólar por participar en el experimento, mientras que a la otra mitad les pagó 20 dólares.

El hallazgo fue que aquellos que recibieron un dólar se sentían más incómodos al mentir y además se convencían con más facilidad de la propia falsedad que estaban sosteniendo. Después de pasar por la experiencia de sentarse frente a un tercero y decirle que el experimento les había resultado entretenido, cuando era indudablemente tedioso, eran entrevistados por el equipo de Festinger y allí, ya sin ser pagados para hacerlo, ratificaban que les había gustado lo que habían hecho y estaban dispuestos a volverlo a hacer. Al contrario, los que recibían 20 dólares, mentían con toda soltura a su supuesta víctima, pero al ser entrevistados luego por los investigadores, eran sinceros en decir que el experimento había sido aburridísimo y que no tenían ningún interés en volver a participar en algo así.

La conclusión de Festinger es que cuando una persona hace algo que no considera justificado, sufre una disonancia que tiende a resolver adaptando su percepción de la realidad y de los valores en juego a lo que hizo. Adquiere, por así decirlo, una ética adaptativa que no lo haga sentir mal y reduzca o elimine la disonancia. No hablamos de valores idealizados, sino de valores reales. Quién recibe 20 dólares por mentir se siente justificado y por lo tanto no se miente a sí mismo. Quién recibe un dólar, se engaña porque siente que lo que recibió no fue suficiente en sí. A partir de su adaptación, está más dispuesto a mentir, pero ahora no por la paga, sino por “principios”.

Mucha gente se pregunta por qué el sistema totalitario kirchnerista basado en la negación de la percepción, la guerra a la razón y la realidad, consigue adhesiones fanáticas de gente que no parece recibir grandes beneficios. La respuesta es precisamente, porque recibe pocos. La teoría de la disonancia cognitiva lo explica perfectamente y también nos da una dimensión del daño causado por el uso del Estado, los recursos estatales, el sistema educativo, el presupuesto dedicado a fines “culturales” y cuanta forma de reparto de pequeños y miserables beneficios, en una cantidad muy grande de personas. Dentro de esta categoría está el beneficio menor de no enfrentarse al disgusto del grupo, situación que el aparato totalitario kirchnerista ha creado con suma eficiencia. Al contrario de lo que se piensa intuitivamente, aquellos comprados por cantidades o negocios importantes son incluso menos peligrosos para sí mismos porque no sienten que necesitan engañarse. Los otros entran en el círculo vicioso auto-indulgente que los transforma en material gratuito para el despotismo más despiadado. Lo que sigue luego es aceptar cosas cada vez peores en nombre de los principios adaptativos que para el testigo externo resultan delirantes.

Pero esto no es siquiera lo peor. Cuando digo “sistema totalitario kirchnerista”, no dudo en que desato la segunda versión de disonancia causada por la maldad oficial. Porque al lado del “militonto” fanatizado se encuentra el pseudo opositor, el que alguna vez formó parte del kirchnerismo pero fue echado o descartado por dejar de ser útil, el que adoptó una posición tibia o miró para otro lado, a cambio apenas de estar cómodo. Tal vez nada más que para disfrutar de los sueldos públicos, fue testigo mudo de la corrupción más grande que haya conocido la Argentina, ni siquiera comparable a estándares latinoamericanos o, incluso, africanos. Aquél que eligió hablar de “estilo”, desprolijidad o “falta de gestión” del gobierno, sin ser comprado para eso. El miserable dólar a veces está representado por evitar ser señalado o criticado por 678 o cualquiera de los otros mecanismos de difamación.

Esa gente, sin compartir el gran botín, coadyuvó al crecimiento de un aparato criminal que terminó, no empezó, con la muerte de Nisman. De modo que también se creó una ética adaptativa, que en el fondo, como quién se vende por un dólar, fue tan útil al sistema como los propios militontos.

La disonancia de los tibios ha creado otra realidad paralela, otro relato justificatorio, según el cuál ellos no son indolentes, sino que ejercen una especie de moderación frente al crimen, una prudencia, una de equidistancia entre el autoritarismo y el no autoritarismo, que no los hace pusilánimes, sino serios, responsables y más democráticos. Al punto de sostener que sin importar qué delitos se cometan desde la presidencia, hay una cosa que se llama “investidura” que les permite mirar para otro lado y decir que lo hacen por ser consecuentes con un principio. Para completar el cuadro, encuentran que cualquiera que no haya entrado en su sistema de privilegios de valor un dólar, es en realidad un exaltado, una persona cegada por su odio, que es lo mismo que el propio kirchnerismo dice sus críticos.

La forma de soportar el propio silencio, evitando la disonancia, es teñirlo de otra cosa. “Seriedad”, “moderación” u “objetividad” en el sentido de neutralidad. También diciendo que hubo una época dorada del kirchnerismo y que después cambiaron. Todas adaptaciones del dispositivo ético a una versión marxista, pero de Groucho: “Tengo estos principios, pero si es necesario tengo estos otros”.

Mi experiencia desde el año 2003 en que trato de mostrar a quién quiera oír lo que está pasando, porque nunca han cambiado, es la de padecer la hostilidad de oficialistas y pseudo opositores también, transformados en instrumento de la monstruosidad K por su propia disonancia. En agosto de ese mismo año me puse a escribirlo en mi newsletter El Disidente y luego en mi blog No Me parece. No tienen esos nombres por casualidad. No fui el único en vivir esta experiencia, pero el número es muy reducido.

Esto también forma parte del daño dejado por esta docena de años oscuros. Está el relato criminal y el relato de los negadores del crimen, jugando un mismo rol de construir una realidad paralela en la que el constructor es héroe o al menos inocente, cuando no lo es. Ambos relatos benefician al aparato totalitario estatal y continúan hasta el día de hoy. El primero para llevar adelante su plan y el segundo para descalificar a quienes se oponen demasiado porque no los deja bien parados. Lo serio para estos segundos colaboradores, es ser inofensivo para el plan criminal.

Puede haber incluso una tercera instancia de disonancia. Aceptar que un número tan abrumador de quienes tienen acceso a sostener la realidad en público y luchar contra un sistema totalitario, colaboraron, colaboran y seguirán colaborando con su impunidad para salvar sus propios trapos, es en sí costoso. De manera que para descartar esa aceptación, el tercer relato tiene que instalar una creencia que haga perfecto el plan: “no es tan así”.

Superar esto es indispensable, para que la falsa ética adaptativa no se convierta en el piso del próximo experimento totalitario. El daño hecho por el Estado comandado por los kirchcner es inconmensurable. Se requieren liderazgos sanos que tengan la capacidad de entender y reparar sin evadir la realidad.