No bajan la inflación, la mandan a un solo precio: la tasa de interés.

La inflación no terminó, ni se apagó, ni se controló, ni se bajó. Tampoco el dólar se ha calmado por un rato porque la moneda trucha argentina se haya estabilizado. El gobierno de la señora Kirchner y sus brujos ensayan un nuevo truco que consiste en concentrar todas las exteriorizaciones del problema en un solo precio, que de cualquier manera afecta a toda la economía: la tasa de interés. Ortodoxia menguelista de la más pura cepa. Le llamo menguelismo al uso de instrumentos para obtener resultados usando a las personas como animales de laboratorio.

Mientras el elenco artístico kirchnerista despliega su comedia llamada “precios cuidados”, la política anti precios en las góndolas se maneja en el Banco Central, haciendo pases mágicos para que las tasas de interés sean lo suficientemente altas para que una buena cantidad de pesos emitidos para pagar las cuentas del estado (que no paran de emitirse), se atesoren como préstamos al propio gobierno. Éste a su vez no llevará a cabo ningún negocio que justifique pagar esas tasas, todo se traduce en un nuevo quebranto que alimenta el mismo círculo vicioso. Una enorme zanahoria como para que solo suba la zanahoria y todas esas asociaciones de consumidores creadas por el kirchnerismo festejen la inutilidad de su existencia.

Es fácil de notar que en la lista de “precios cuidados”, el precio tal vez más importante de todos que es la tasa de interés, no figura.

Lo que obtiene el gobierno es calmar las góndolas y dejar que algunos pobrecitos de la Cámpora crean que han conseguido algo con la vigilancia. Ya produjo destrucción al alterar los precios relativos con la emisión y el lanzamiento al mercado de pesos sin contrapartida, ahora realiza otra alteración en sentido contrario con la tasa de interés. Todo a lo Menguele.

Ahora bien, si alguien piensa que esta es una inflación que la gente no sufrirá, se equivoca. Hay tanto ni-ni (que ni piensa ni le importa) desprevenido, que mejor aclararlo. La tasa de interés determina qué negocio es rentable y qué negocio no lo es. Si poner un quiosco genera un retorno del 10% y prestarle al gobierno un 11% sin correr ningún riesgo, entonces se sacrifica producción por financiamiento a la vagancia. Las tasas que hoy pagan los bancos como consecuencia de esta política iniciada a principios de febrero, alcanzan al 25% ¿Qué otro quiosco además del Frente para la Victoria genera beneficios a guarismos tales que justifique pagar esas tasas más el spread bancario?

Lo que hace el oficialismo mientras le miente a la gente con la ayuda de casi toda la prensa, cómplice o boba, es lo que dijeron que no iban a hacer: enfriar la economía. O más bien congelarla, para que los balances no se vean feos a ver si algún organismo internacional menguelista consuetudinario como el FMI le presta contra semejante dibujo.

El problema siempre es que el que está siendo financiado no tiene como ganar, como producir, como para pagar sus deudas y justificar la tasa que paga. Entonces tenemos enfriamiento del mercado y a la vez el iceberg otra vez creciendo y creciendo. Los que están en la tasa hoy saben que el iceberg existe, van a elegir cuándo saltar a los botes.

Hay un alternativa por supuesto al enfriamiento de la economía, que es el enfriamiento de la vagancia, del sector improductivo. Esto es el “estado para todos” o estado para bobos, más precisamente. Pero eso no lo van a hacer ¿Para qué les sirven las soluciones que los sacrifiquen a ellos mismos? Nunca Menguele experimentó sobre si mismo ni sobre su familia.

Esto termina como ya lo sabemos. Lo contó Roberto Cachanosky hace unas semanas en La Nación. Estamos en otro Plan Primavera, una lavadita de cara, con ácido sulfúrico. No hace falta que les diga que después de aquella primavera no vino ningún verano.

Era para el otro lado. El nuevo colapso de las recetas “antinoventistas”

La década del 90 terminó con dos grandes crisis. Una de carácter económico institucional y la otra moral. La primera protagonizada por el estado manejando la moneda e inundando el mercado de dólares como endeudamiento para sostener el gasto público, la segunda desatada por el estatismo reivindicativo representado por la izquierda nacionalista. Fue el estatismo el que impuso su explicación del 2001 y es el estatismo el que trajo esta crisis de la Argentina progre. Se estableció como dogma que lo que estaba mal era lo que estaba bien y viceversa, pero no fue lo que criticaron sino lo que aplaudieron lo que generó el cataclismo del 2001.

Por un lado en los 90 el estado se quitó todo el lastre de las empresas públicas y por el otro el gasto público combinado con convertibilidad sobre el dólar, generó crecimiento de los precios de los bienes no transables y el deterioro del valor de las exportaciones, lo que terminó en una gran recesión[1]. Las exportaciones fueron reemplazadas por el ingreso de dólares como deuda pública dirigido hacia el gasto estatal.

Esa inconsistencia no podía sino terminar como terminó, pero eso no formaba parte del discurso crítico de aquella década salvo para una pequeña minoría. El resto pensaba que en primer lugar Menem era malo. El pecado era la primera explicación y se manifestaba de distintas formas: en las denuncias corrupción de la “entrega del patrimonio nacional”, en la presencia de los de la UCEDE que habían contaminado al puritano peronismo, en las “privatizaciones mal hechas” y en otras causas en general morales.

Solo para aclarar, privatizar es sinónimo de liberar, de quitar la intervención de la autoridad, de permitir al sector sin poder actuar en una determinada área. La “privatización mal hecha” es un sinsentido conceptual. En todo caso una  privatización puede ser insuficiente, parcial, pero el problema no es la parte privatizada sino la no privatizada. En muchos casos aquellas privatizaciones fueron si insuficientes, temerosas o rodeadas de tantas regulaciones que no se pudieron apreciar tanto sus beneficios, pero el cambio en los servicios fue impresionante en muy poco tiempo. Si se podría haber avanzado más es una cuestión contra fáctica inútil de analizar, lo que estaba claro al fin de ese período era que había que avanzar más pero se eligió retroceder.

Uno de las mayores errores que se cometieron en las privatizaciones fueron los organismos de control diseñados para tranquilizar los espíritus de los que se ponen a llorar si no ven un comisario cerca. En el mercado el control lo hace el consumidor si se le permite ser único e inapelable árbitro. Pero al contrario parte importante de la crítica a las “privatizaciones mal hechas” era la “falta de controles”. Los problemas en los servicios no eran por falta de vigilancia de burócratas, sino por la parcialidad de las privatizaciones, es decir, por la subsistencia de controles. Los organismos controladores famosos cuya omnipresencia pedían los que reclamaban “calidad institucional” (concepto hueco como pocos), no solo no servían para nada sino que terminaban siendo una forma de justificación de las empresas monopólicas ante sus incumplimientos, mientras la gente no podía cambiar de proveedor, que es el único control necesario.

Sin embargo la gran falta moral de aquella época no tenía nada que ver con coimas sino que era aquella en la que los críticos estaban más de acuerdo, esto es, el gasto público. Por eso la Alianza encaró el problema intentando aumentar la recaudación fiscal y así fue como De la Rúa derrapó definitivamente, sin Cavallo primero, con Cavallo después.

En paralelo crearon lo que llamó Chacho Alvarez el “circo” para entretener con cazas de brujas a la gente a la que habían enardecido. La persecución del mal es el expediente perfecto de todo mediocre desorientado. Y si hubo un ejemplo perfecto de mediocridad y desorientación en nuestra historia, ese fue Chacho Alvarez.

En materia de privatizaciones lo que hizo de la Rúa fue eliminar para siempre toda posibilidad de desregulación del sector telefónico, que era automática a partir del año 2000. La Alianza hizo eterno el monopolio con el que se había pagado a las empresas el hacerse cargo de los empleados de ENTel.

La segunda contrarreforma, por llamarla de alguna forma, fue protagonizada por un señor muy enojado en lo personal con Menem que fue Eduardo Duhalde que había fundido a su provincia y puesto al banco oficial en situación de quebranto como uno de los causantes de la crisis bancaria del 2001. Duhalde aliado con Alfonsín que había fundido al país en los 80 quería terminar con la convertibilidad, pero para desatar el gasto público. Contó con mucha ayuda del diario Clarín, de los cruzados de la moralidad que explicaban que el deterioro de las finanzas públicas se debía a “operaciones de lavado de dinero” (Carrió, Cristina Kirchner, Ocaña, etc.) y que sirvieron para desviar la atención.

La tercera versión de antinoventismo vino con el kirchnerismo, otro invento de Duhalde para enterrar de manera definitiva toda posibilidad de la Argentina de ser normal. Con el kirchnerismo ocurrió la reivindicación definitiva del estado, la glorificación del comisario del pueblo y la demonización del sector privado en el sentido más fascista posible y se instaló la corrupción pero no ya como una cuestión marginal sino como sistema político. Oligarquía y poder, manejo de lo público como privado se hicieron tan normales que en este momento asistimos al traspaso al señor Tinelli del fútbol estatizado como si perteneciera a la señora Kirchner. El estatismo por el estatismo mismo fue ayudado por un cambio tal en las condiciones del comercio exterior que hasta de la Rúa podría haber sido convertido en genio y por el piso en el que había quedado la economía Argentina después del 2001. Sin embargo con tanta irracionalidad no desafiada nunca por una oposición que acompañó acobardada la construcción de una dictadura sin uniforme, la fiesta se acabó otra vez.

Sería triste que no se entendiera cuál es el “modelo” que colapsa ante nuestros ojos y en eso por desgracia la influencia del Papa con su visión antimodernista en este momento es nefasta. Los noventa terminaron en una gran crisis, pero los motivos eran los opuestos a los que esgrimió la izquierda nacionalista autoritaria. Era el estado y su gasto, el endeudamiento público, las regulaciones remanentes del sector servicios, la hegemonía del gobierno nacional y la incompatibilidad de todo eso con la convertibilidad. No era la maldad, ni la falta de izquierdismo, ni mucho menos ningún “capitalismo salvaje” porque el sistema de “estado de bienestar” nunca se tocó y fue gran parte del problema. Había un obstáculo serio pero estaba mal lo que se pensó en estos diez años que estaba bien y estaba bien lo que en estos diez años se supuso que estaba mal. Por desgracia todos hicieron seguidismo de la locura oscurantista de la época de estatismo más idiota que se pueda recordar, incluida por supuesto la prensa que ahora está inventando que hubo un kirchnerismo bueno como el relato que los dejaría a salvo de su complicidad.

De la Rúa  tumbó el barco con todo en contra. La nueva ola progre, que incluye gobierno, gran parte de la oposición y casi la totalidad de la opinión publicada ahora enfrentada al oficialismo por las formas, volcó una calesita con todo a favor y se consumieron una época de bonanza extraordinaria. La Argentina necesita volver al punto de partida y tomar el otro camino. El que descartó por el pánico del 2001.

Tal vez haría falta empezar esta historia por el desastre ocurrido durante la década del 80 en el populismo alfonsinista, pero sería muy largo. Alcanza con decir que el rumbo tomado por Menem fue inevitable con todo sus tropiezos por la experiencia que lo precedió. No se trató de una comprensión profunda de 60 años de estatismo con alta inflación, por lo tanto esperar una gran coherencia en el cambio era una verdadera tontería.

Ahora si, después de haber ensayado todas las formas posibles y no posibles de estatismo suicida para reaccionar contra aquella década es hora de dejar de probar con la misma receta.



[1] Ver La convertibilidad argentina Juan Carlos Cachanosky. http://www.biblioteca.cees.org.gt/topicos/web/topic-847.html