Listado de condiciones mínimas para que me importe que no tengas luz

  1. Que no hayas votado nunca a los K.
  2. Que no seas de los que se la pasa lamentando la década del 90.
  3. Que no te hayas enamorado nunca de Página 12.
  4. Que no seas estatista.
  5. Que no hayas apoyado la estatización de YPF y el resto de las empresas.
  6. Que no te haya gustado nunca el fascismo ni le hayas llamado “estilo”.
  7. Que no hayas apoyado el golpe contra la Corte de los K.
  8. Que no creas que el terrorismo es justificable por “ideales”.
  9. Que no identifiques derechos humanos con un pensamiento colectivista ni te creas que este gobierno se caracteriza por su defensa.
  10. Que no estés pidiendo la estatización de las distribuidoras ni repitiendo que lo que pasa es “que no invierten”.
  11. Que no confundas “vaciamiento de empresas” con no cumplimiento de objetivos ideológicos nacionalistas.
  12. Que quieras que los K paguen por lo que hicieron y se recupere todo lo robado por ellos, sus contratados y acomodados.
  13. Que no hayas apoyado el robo de los fondos de las AFJP.
  14. Que entiendas por qué todo lo anterior está relacionado con la falta de luz.

Solo si todas las condiciones se cumplen, lo lamento muchísimo y espero que pronto podamos lograr que la Argentina sea un país normal y respetable.

Semana de furia y el doble efecto Sobremonte

Los cordobeses vivieron en carne propia la paradoja política de sostener con altísimos impuestos e inflación un estado nacional que se declara prescindente cuando sus vidas y propiedades están en peligro. El kirchnerismo ha provocado por su torpeza y espíritu vengativo el “efecto Sobremonte”.

Así como el marqués de Sobremonte, virrey del Río de la Plata, abandonó la ciudad en 1806 con “la caja”, dejándola librada a su suerte, Cristina Kirchner dijo una vez más “el estado es mío”, pero cometió el mismo error de aquel personaje histórico. Aquella vez los porteños entendieron su realidad, el sometimiento era sin contraprestación. Tres años después de la segunda invasión inglesa ocurrió la Revolución de Mayo.

Como si hubiera querido sumar motivos a mi afirmación de que las provincias deben independizarse, lo que hizo el oficialismo fue como Sobremonte emprender la retirada y develarse.

Pero hay algo más. Parte del mito fundante del despotismo nacional socialista en el que estamos es el odio a la policía por su función de detener al crimen. El neo-patriotismo que se enseña en las escuelas se identifica con bandas armadas que buscaban instalar un sistema totalitario en los 60 y 70 y la policía representa el aspecto del estado que los pone en evidencia como enemigos de la vida y la propiedad de la gente indefensa. Esto ya no tiene que ver con crímenes en particular que se hayan cometido desde la policía para responder a aquella violencia. En un proceso que lleva ya más de treinta años lo que se ha hecho es deslegitimar a la función policial en sí, así como hemos pasado de castigar la ilegalidad de la represión a conceder honores a los terroristas. Que tengamos seguridad y que los de la policía sean “los chicos buenos” pone en peligro la pretensión de heroicidad de los delincuentes jubilados, reduce la “revolución” a una serie de tipicidades del Código Penal.

Sin embargo el punto al que ha llegado la política de inseguridad ya permite hacernos preguntas más profundas sobre el rol del poder público, como una segunda parte del efecto Sobremonte. Hasta acá estamos pagando unos aparatos policiales gigantes, con gente mal remunerada, insatisfecha, mal tratada, atada de manos, tentada cuando no ganada por el narcotráfico. Son capaces de autoacuartelarse y permanecer impávidos mientras Córdoba es saqueada, lo que demuestra su deterioro moral profundo. La pregunta que sige es ¿Cuánto tardaría la gente en organizarse por si misma para defenderse de un modo más eficiente, seguro, barato y confiable que el estado por medio de la policía?

Anarquía fue la palabra más usada por los observadores cercanos del problema, pero ampliemos la mirada. La retirada (explícita) de la policía estatal no dio tiempo a nada. Hubiera sido lo mismo si un día ENTel hubiera cerrado y con una visión corta llegáramos a la conclusión de que el estado no era tan malo en la materia, algunos teléfonos al menos funcionaban ¿Hubiéramos dicho que el cierre de ENTel era anarquía o el propio fruto de la inoperancia?

Lo que vivimos fue la última deserción de un sistema policial acabado y gente que vive bajo la ilusión de ser protegida pero no lo está, más allá de la pizzería que paga su peaje. La indefensión de la población es parte vital del monopolio policial y también del negocio de los delincuentes (me refiero esta vez a los de calle, no a los electos).

Los ciudadanos son incentivados a renunciar a su defensa y dan como un hecho la omnipresencia estatal. También ha deslegitimado el nofascismo el derecho a defenderse, porque si la gente se defiende quiere decir que está mal atacar, mientras ellos nos quieren convencer de que era una muestra del amor que tenían por el país. Su auto-indulgencia requiere que defenderse también esté mal.

El hecho es que nadie estaba preparado para un cierre policial pero a pocas horas de desatada la violencia se organizaban empalizadas para detener a delincuetnes en motos. Así se reaccionaba al vacío dejado por la policía. Si alguien imagina que una Córdoba sin policía hubiera perpetuado el dominio de las bandas de las primeras horas, se equivoca. Esos grupos son la contrapartida del equilibrio que la policía estatal supone, que avanzan ante el retiro de su contrincante y muchas veces socio. Son cazadores en el gallinero armado por el propio estado.

Con mucho menos esfuerzo de lo que hacen los cordobeses para mantener a la policía podrían organizar la seguridad de sus barrios, aunque no todos contribuyeran (igual que ahora). Los decentes son muchos más que criminales, solo necesitan tiempo para organizarse, pero no hay duda de que es gente más inteligente, creativa y productiva. Las bandas  perderían toda rentabilidad porque no entrarían en los barrios de clase media así como no pueden actuar con impunidad en las zonas marginales porque ahí, donde no hay policía, se les responde en sus propios términos y hay poco de qué servirse. La importación de botines desde los mejores barrios terminaría y con ella el negocio del delito. El robo al vecino es de altísimo costo.

Hoy por derivación de este segundo efecto Sobremonte millones de personas honestas y pacíficas están pensando en todo el país en cómo defenderse. Habilitar esa inteligencia el sentido de autodefensa tendría un efecto sobre el crimen fulminante.

Hasta aquí la policía apenas viene sirviendo como chivo expiatorio entre los que glorifican sus delitos del pasado y los que tienen la ilusión de la caballería llegando. Cada vez que actúan o lo hacen mal de verdad o son culpabilizados de manera injusta. La fuerza policial que haría real el sentido protector del estado sólo concentra el pecado y se asocia al crimen porque de todo lo que los rodea parece ser el orden que les resulta más confiable.

De los problemas no siempre se sale por el lado de dónde vienen, a veces hay que saltar por encima de ellos como en 1810.

El presidente Obama y su miedo a ser Argentina

Si los republicanos conocieran la historia del estado de bienestar argentino, pondrían en aprietos al presidente Obama después de decir que no quiere que los Estados Unidos se conviertan en otra Argentina. Enterado de los resultados que muestran los saqueos en Córdoba y otros disturbios que le dan al país su fama de fallido, Obama no sabe que la Argentina es el país que ha llevado hasta sus últimas instancias el mismo tipo de soluciones que está intentando defender con la comparación. En gasto público descontrolado además somos expertos. Los presupuestos a pesar de que se sabe que están llenos de falsedades se aprueban sin discutir y el gobierno alega tener derecho a ello por ganar las elecciones, como si los diputados y senadores tuvieran menos legitimidad y carecieran de sus propias responsabilidades alejadas de los deseos presidenciales. Hasta en eso se parece el país a su proclamado ideal.

A la Argentina le han sobrado obamas a la enésima potencia, todos sus políticos lo son y llevamos varias generaciones de acumular políticas asistencialistas. A Obama le gustaron las apelaciones del Papa contra el mercado, lo que no sabe es que ese es el pensamiento más común entre los Argentinos. No sabe que lleva décadas el país del más exhaustivo estado de bienestar y que existe la llamada asignación universal por hijo donde los que trabajan tienen que aportar para sostener a los que tienen hijos y que esto fue una iniciativa de la oposición. No sabe que se pagan jubilaciones sin aportes y que la educación y la salud son completamente gratuitas. Que los obamistas quieran pensar que la pobreza actual sea consecuencia de todo lo que aún no han hecho contra el mercado, es sólo producto del dogma irreductible de que la libertad lleva al pecado.

Lo que el presidente observa como falta de equidad, entre unas hordas sin ley y unos comerciantes (que luchan contra la pobreza) no es el correlato de ausencia de “políticas sociales”, es el espectáculo cada vez más común en el país con los políticos más “buenos”, “conscientes”, izquierdistas y peronistas que existan, que podrían votarle con dos manos todas sus iniciativas y coincidirían con él en que la solución es gasto público y aumento del poder estatal.

Más allá de que se comparta o no lo que el presidente de Estados Unidos quiere hacer en el mercado de la medicina que merece muchos matices, se lo considere eficaz o no o que hay otras maneras de resolver el problema, lo indudable es que la Argentina no le sirve para demostrar lo que quiere demostrar sino todo lo contrario. Lo que hace el presidente de Estados Unidos en realidad es confirmar su prejuicio en cuanto a que la marginalidad y esas mayorías sumergidas al lado de minorías privilegiadas son consecuencia del mercado y jamás podrían asociarse con el buenismo del estado de bienestar que propugna. Eso es algo que los partidarios de ese sistema están ciegos a ver. Están tan enamorados de sus intenciones y de lo que creen que dicen de si mismos que todo lo malo que pase no puede ser culpa de ellos sino de los que están enfrente.

El populismo en cambio si sabe que para que exista un bienestar decidido por la política en contra de las relaciones que se establecen en el mercado por propia voluntad y en los términos de quienes participan en él, tiene que tratarse a la población como aves de criadero y matarles dos cosas. Por una parte sus instintos y capacidad de sobrevivir y por otra su moral, en la medida que el sudor de la frente no es la fuente del bienestar sino la habilidad de victimizarse. Una sociedad moralmente quebrada y destruida en su capacidad productiva es materia prima para esta moderna forma de esclavitud llamada populismo. También sabe este populismo que cuando el político reparte, sea con un criterio miserable o con un altruismo digno del Vaticano, dado que el acceso a las decisiones es más escaso que cualquier bien del mercado, inevitablemente se crea una casta privilegiada al lado del criadero. Hay criados y criadores y como la fuente empresarial de los recursos es directamente perjudicada por los costos, esta se achica, con el agravante de que con el cambio de valores hasta la empresa aprende el juego de la victimización y que los gobernantes (sean ángeles o demonios aprovechadores), pueden protegerlos de los consumidores y la competencia. La economía se pauperiza y la subsistencia de esas empresas que son cada vez menos dada la dinámica del sistema aparece como más indispensable y aquellos que propugnan que se deje de protegerlas son tomados como locos.

Los populistas saben que el buenismo es una gran mentira que genera una bola de nieve de perversión y pobreza, sólo mantiene lo que los buenistas creen de si mismos y su poder. Y que ese es el negocio más suculento e impune para los sátrapas que pueda haber. Nunca se había considerado al absolutismo como benéfico.

La gente que realiza todos los saqueos viene de los barrios más asistidos, gente tal vez sólo asistida y sin otra fuente de subsistencia, a la que no le asigno la responsabilidad. Han pasado por nuestros colegios tal vez, ninguna cosa buena moral sale de ahí sobre la sociedad, sino una serie de alegorías ficticias acerca de la gloria del estado y de la autoridad. Son de alguna manera el producto de una sociedad que decidió abandonar los principios por los resultados y se ha quedado sin los principios y sin los resultados.

Claro que hay países que han practicado esto con una cierta prudencia y en dosis muchos menores, siempre respetando a los que trabajan (mercado) porque al menos saben que es la gallina de los huevos de oro. Al político argentino esto no le importa en lo más mínimo, cuando se menciona una empresa en el Congreso es para hablar mal de ella. El obamismo argentino es fanático, dogmático y excluyente. Los que no comparten esa fe se muestran encima vergonzantes.

Le diría al presidente de Estados Unidos que lo piense. Cualquier país puede transformarse en la Argentina, precisamente por los motivos que él no sospecha.