La semana pasada oía a Marcelo Longobardi hablar de las horas que le dedica a la lectura de los diarios y a ver cada uno de los programas de contenido político que han quedado relegados al cable en esta era oscurantista que hemos vivido. Mientras lo iba contando yo pensaba ¿para qué? ¿Qué importancia tiene el contenido de los diarios hoy en día? Hace mucho que son más que la crónica diaria de lo que el estado nos hace, en muchos casos acompañada del comentario aséptico sobre su eficacia o falta de eficacia.  Pienso que pronto caerán en desuso.

La mayoría de la gente lee los títulos pero nada más que para mantener una conversación en la oficina, por algo las noticias que en otros tiempos podríamos haber considerado relevantes hoy compiten en un pie de igualdad con los chimentos de la farándula.

No estoy repitiendo el argumento de Nassim Taleb en El Cisne Negro, ese es válido para todos los países, voy a otra cosa. No solo que la información inmediata ni siquiera nos informa, sino que ha perdido utilidad hacer los diarios y también leerlos, porque en primer lugar nosotros los lectores ya no tenemos peso político en tanto ciudadanos. El lector es nadie. A lo sumo algún día se enojan unos cuantos y salen a la calle a mostrar en carteles la indignación que no tiene canal ni voz con el aliento que les queda después de pagar el IVA y buscar los productos que no encuentran en el supermercado. Los diarios entonces se convierten en auditores del público, destacan de qué barrio son, se fijan a ver si los carteles no dicen nada agresivo, en cuyo caso nos dejarán a todos muy claro que ellos son la corrección y están del lado del poder. El poder no es el ciudadano en absoluto.

El individuo carece de peso político porque mediante triquiñuelas y falsas doctrinas económicas se lo viene domesticando por décadas. Contribuyen a ese deterioro muchos que se rasgan las vestiduras con la palabra república o se preocupan por la libertad de expresión, siempre que se trate de la libertad de expresión de alguien importante en el periodismo. Hay cuatro o cinco personas bien acomodadas que no pueden tocarse, pero cuando se metían con la hermana de Juan Cruz Sanz allá por el comienzo del despotismo K, no le importaba a nadie. De nuevo el poder, un periodista importante es aquél al que se le tiene miedo, al ciudadano no se le tiene ninguno.

Que miedo se le puede tener a alguien a quién sus cuentas bancarias están siendo vigiladas, se le dice si puede comprar dólares, necesita ser autorizado para importar rabanitos y todo el mundo sabe que se lo maltrata con excusas para no dejarlo hacer lo que quiere, se lo mata en los trenes, le hacen pagar subsidios a los que viajan, se le falsifica la moneda y se considera a la inflación como ganancia para hacerlo pagar impuestos, se le muestra en su cara que el aparato de difamación y propaganda se paga con sus impuestos, se lo trata como ganado en un hospital. Ese es el lector. El diario dice todo el tiempo que tal ley controla a tales lectores, que tal oficina se encarga de autorizar a los lectores y que el último discurso prsidencial advirtió sobre el peligro de otro determinado grupo de lectores. Si el diario escribe pensando en el lector, tan desmerecido, pierde. Por eso mejor acompaña  la rosca etiquetándolo como peligroso cuando disemina un pensamiento económico que supone aplastarlo todos los días. Lo importante es responder a algún círculo que conserve poder o al propio estado de manera directa. Esos círculos que mantienen sus pequeñas cuotas de la torta, jamás se enemistarán con el estado. Lo demás será una falsa moral adaptativa.

Entonces pasa que aparece un fallo de la Corte que dice que la libertad de expresión como derecho individual debe ceder en general ante una interpretación colectiva, cuya consagración en concreto requiere el cierre de medios. Imaginen el incendio en un diario como los de antes que estaban pensados para los lectores pidiendo destituciones, llamando a la gente a levantarse contra un poder tiránico y sus agentes. Pero solo con este párrafo este artículo no podría ser publicado en ningún diario impreso de la Argentina. Lo que lo detendría sería una moralina pretendidamente institucionalista, como sinónimo de benevolencia con quienes ocupan el poder (es decir como antónimo de institucionalismo) que nos enseña todo el tiempo que no hay que insultar a kicillof y que la máxima norma del sistema político es la perdurabilidad del gobierno, no de la Constitución tal cual es. Mucho menos la del ciudadano/lector.

En los diarios hace más de una década que no hay nada. Todo el mundo sabe que hay que decir poco para llegar ahí y sobre todo que hay una corrección cuya regla no escrita es no joder al poder de verdad. Solo hacer un poco como que se lo critica pero llenándolo de aclaraciones como para ser inofensivo. Las excepciones son pocas, esporádicas y siempre lavadas.

Denuncias sí se puede hacer, pero sobre corrupción entendida como robarle al estado y con eso impedir que nos haga felices. No se puede robar al poder. Corrupción como un problema del propio estado, no del ciudadano. El poder, por favor no confundirse, es siempre bueno. Desafiar al funcionario puede ser, pero a la estructura del poder que es el estado jamás. Salvo, que otro poder lo habilite, un rato.

Este es un punto más difícil de compartir, lo se, si es que alguno es fácil, pero la verdad que periodismo y socialismo o más particularmente estatismo, no se llevan bien. El lector es un ciudadano privado. El nuevo despotismo que viene como herencia de la social democracia comienza con la exaltación del estado y al “ovejización” del ciudadano privado. Al mismo individuo al que hoy se desprecia se le dio el rol de mendicante frente al poder. Defender su “libertad” pasó a ser someterlo al “verdadero peligro”, el otro ciudadano privado que estaba mejor que él. El sentimiento no era el sentido de independencia sino a la envidia. El poder político era la herramienta a la mano para canalizarla, ya no el peligro mayor que le da sentido a la existencia de la tradición constitucional clásica y con ella al periodismo. Los diarios de nuestra época por supuesto miden las diferencias entre los más ricos y los más pobres, dato que es de una irrelevancia absoluta. Los más pobres de todos los países estarían felices si fueran libres de emigrar hacia países donde esa brecha respecto de ellos fuera mayor, del mismo modo que cuando ponemos un estudio de arquitectura o de cualquier otra cosa, esperamos que el cliente que entre por la puerta sea mucho, y si se puede muchísimo más rico que nosotros. Esa es una oportunidad en términos económicos si no hay trabas burocráticas y una desgracia sólo para los que alimentan la envidia. Pero claro el invento de una “información” llamada brecha alimenta la falsa legitimidad de aumentar el uso del poder político. Y sus avisos.

Entonces tenemos que el lector o es un rico, malo, o es un pobre oveja. Es decir o un villano o un pobrecito. Y no es que este sea un pensamiento del pobre, para nada. Es en general de los demás, de hecho no conocemos dueños de diarios pobres ¿verdad? Esto es una contaminación moral. Esa es la parte que no tendrán por que compartir muchos, pensarán que hay un cielo en el que se premian los sentimientos de luchas de clases. Pero mi punto es nada más que si se piensa así, el diario no sirve para mucho más que para envolver los tomates. Si es que no están demasiado caros y los propios diarios no han sido obligados a dejar de informarlo y la Corte no diga que está muy bien tal restricción en nombre del derecho de todos a hablar.

El periodismo nace con la vida privada, como la novela. Cuando el ciudadano se transforma en protagonista quiere saber lo que pasa y tiene peso. El diario es una respuesta del mercado a eso.

El diario también busca lectores e influencia. La influencia consiste en tener a los ciudadanos privados de su lado. Lo importante en una sociedad en la que el periodismo brilla es la vida privada, no los lobbys, no el estado. Si el diario empobrece al lector, lo hace poco importante, glorifica al poder, contribuye a crear fantasmas internos o a fomentar la envidia, pierde sentido como tal. Se transforma en otro tipo de literatura que no tiene que ver con el poder del lector sino con su uso.

Ese ciudadano que es la célula de la política en un sistema republicano (¿se acuerdan?) es mencionado de varias formas, de acuerdo a qué es lo que hace. Es un profesional, un maestro, un taxista, un comerciante, un empresario, una mucama de un hotel o un periodista. Todos están del mismo lado del mostrador y se informan sobre lo que sus servidores  hacen o dejan de hacer y de los más variados temas que influyen sobre su vida como sector productor. En las crónicas festejarán la ley que regula al lector y le recorta sus facultades llamándolo por ejemplo “comerciante”.  Ya estamos lejos de vivir como esos ciudadanos que alimentaban al diario, porque nuestros libros  con los Felipe Piña del pasado ya empezaron a construir la gloria del estado, es decir del poder y de quienes lo ocuparon. Los revisionistas actuales nos hablan de lo mismo, solo que los buenos y los malos se han invertido hasta que lleguen otros revisionistas que tendrán el trabajo más sencillo de reprogramación porque los de ahora son tan elementales que tienen capacidad como para convencer a Cabandié.

El problema de la última década es que se trata de la explosión de ese sistema. El estatismo renace con su ineficacia total y evidente no intenta convencer a nadie porque todo el mundo sabe en la Argentina que el estado es una calamidad, que solo sirve para enriquecer a los que lo colonizan y para ejercer la arbitrariedad para sacar un provecho inmediato. No tenemos ni una remota pista de algo parecido al ideal de estado que se propaga desde todos lados, con ese miedo profundo que se ha instalado a defender la libertad y la vida privada que es la otra cara de la misma moneda. No hay ignorancia, es pura complicidad.

Entonces no hay más remedio para seguir pensando en el lector que ganarse el odio no solo del estado, de sus agentes, de las cámaras de delincuentes con generosidad llamados empresarios, sino también de los diarios.

Fíjense como el poder político marca la agenda periodística desde una moralina que le es muy funcional. A veces se habla de “periodismo independiente” como sinónimo de periodismo que no toma partido. Por ejemplo podría esta independencia hacernos la crónica de los campos de concentración destacando, para decir algo positivo y validarse, que se han incorporado una cantidad cualquiera de mantas o se ha arreglado determinado baño. Hay que hacerlo para demostrar que no se es anti. Ser anti es malo. Ser independiente es estar en el medio, incluso en el medio entre el ciudadano harto y el funcionario cómodo.

También está la cosa de convertir todo en “dato”. Pero los datos sin teorías no sirven para nada. La falsa realidad de las estadísticas de la macumba económica como el producto bruto, balanza de pagos y tantas otras cuentas desprovistas de un mínimo análisis de sus implicancias éticas, al lector no le sirven de nada. Los diarios festejan con el gobierno, por ejemplo, números como el “aumento de la recaudación”. Le están diciendo a sus lectores que los están empobreciendo pero se los cuentan como una buena noticia, por la razón más que banal de que el cronista puede haber sido formado en la idea de que lo que le toca es transmitir algo que se llama “información”, aunque no tenga idea de que en verdad está respondiendo a una teoría, solo que sin saberlo, a una muy equivocada y contraria a los intereses de su lector. Cuando el diario se sale de ese rol de menguele aséptico de la información, el poder le recuerda que la ética consiste en ser inofensivo para que el medio se rectifique y se mantenga en el menguelismo informativo que le deja al estado el campo abierto.

Por eso es también una falsedad que tenga que ser “objetivo” si se lo toma como sinónimo de neutral. Podría ser totalmente arbitrario inclusive, pero a los lectores en general les interesa que sigan un criterio y que respeten los hechos tal cual son. Porque además hay competencia. Pero cómo no va a tomar partido una empresa que supone la libertad de su cliente cuando está en juego. Cómo no va a tomar partido por unos principios en contraposición con otros si son esos principios los que determinan qué cosa es información y qué cosa no la es. Ahora bien, en un sistema despótico en el que todo el mundo colabora, incluidos los diarios, estos apenas cumplen el papel de servir de boletín de entretenimiento de lo que Macri denominó el “círculo rojo”.  Es un lobby más.

 

En medio de esta crisis se debate mucho el rol de la prensa. Claro, es tanta la pérdida de norte que en algún momento se nota. La noticia (esto si es una noticia) es que no existe ningún rol de la prensa. El periodismo no es un servicio público, es un servicio privado. Preguntar cuál es el rol de la prensa equivale a preguntar cuál es el rol del individuo. Un oxímoron. Si tiene rol es un soldado, no un individuo. El medio de prensa responde y hace lo que quiere. Es un medio, no un fin. El fin lo determina por si mismo su dueño. El diario es la extensión del ciudadano. Es un ciudadano organizado de modo empresarial. La empresa es una herramienta hecha en libertad por el sector privado para la consecución de sus fines, si hay libertad, condición esencial para que importen los diarios, el estado no tiene autoridad sobre la empresa. Todo lo que la Corte colectivista revolucionaria acaba de matar.

Pero resulta que nuestros diarios despóticos se encontraron con un gran dilema que no pudieron resolver cuando el estado fue contra ellos. Se la pasan todos los días llamando al uso del poder contra todo tipo de empresas y cuando se ataca la libertad de expresión apuntando contra los medios que la hacen posible se quedan sin argumentos. Es más, les repiten la cantinela de la supuesta incompatibilidad de intereses entre empresario y empleado (desmentida por el mero hecho de que han establecido una relación de manera libre) y no tienen nada que decir, porque en su no tomar partido parece que no han incluido no ponerse a favor del estado y la arbitrariedad de las regulaciones cada vez que pudieron. Lo cierto es que la supuesta puja entre la libertad del periodista y la del medio es falsa. El medio es solo el capital con el que el periodismo se torna políticamente relevante. Es una forma de industrialización en la que se pierde y se gana, lo primero como costo y lo segundo como beneficio. Con lo cual el periodista individual tendrá que compatibilizar algunos de sus deseos por el hecho de no trabajar solo, pero eso le permitirá con el capital arriesgado por un tercero multiplicar su impacto. No ha perdido, ha ganado, si esa fue su elección en lugar de escribir su blog. Como ganan los dueños de los medios teniendo socios en lugar de hacer las cosas como quieren sin consultar.

Pero claro eso requeriría hablar de derecho de propiedad y eso significaría no solo tomar partido entre el estado y el individuo sino además ser liberal y nadie quiere ser liberal. Parece que no te lleva a los círculos intelectuales con los mejores canapés, ni mucho menos a los lugares donde se reparte la pauta oficial y ya ni siquiera a los departamentos de “RSE”. El problema es que querer ser prensa libre y no querer la libertad como tal es una completa estupidez.

La prensa es en una sociedad libre un instrumento esencial de una de batalla política en el que el ciudadano está en el tope de las prioridades. No es un dispensario de datos sin trascendencia, lo puede ser como dije antes, pero entonces no tendrá la más mínima importancia y cuando vayan por ella nadie sentirá una pérdida más que remota, en el terrno de la ensoñación y del juego.

 

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