Denuncia del miedo, cuando había que hacerla, en el 2003

El miedo

Jose Benegas at 
“Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo”. 

Octavio Paz

La preocupación instalada por la revista Noticias sobre el “apriete” oficial a la prensa no necesita otra prueba que el silencio que se impusieron sobre el tema los grandes medios. La autocensura es palpable y el único origen de la autocensura es el miedo.
Nunca antes declaraciones tan escandalosas como las emitidas por Elisa Carrió, que solía ser una especie de apéndice de la prensa argentina, en particular del grupo Clarín, merecieron una indiferencia mayor.
La diputada antes estrella se ocupó sólo de los aprietes que le molestan a sus amigos habituales en la prensa. Aquellos a los que el gobierno considera aliados naturales por identificación ideológica (sumada a la propensión a las operaciones) y que trata como “amigos que se portan mal” cuando no son genuflexos al cien por cien. Algo que no podría hacer con quienes no hubieran dado muestras previas de complicidad.
Lo que el oficialismo entiende es que ser favorito de la publicidad oficial tiene un precio, pero de ningún modo se les puede endilgar ser pecadores unilaterales. Que una prostituta conserve cierta ética para su actividad, no hace que sea menos prostituta. El trato con “los amigos” de este gobierno tal vez sea algo más descarnado, porque no disfraza de dádiva lo que es una compra o arrendamiento. Pero eso es todo.
El problema es más grave con la prensa independiente (cualquiera sea su ideología), cuando en un país arrasado el único anunciante firme es el estado y quienes reparten la pauta oficial carecen de escrúpulos. También cuando el gobierno ha dado muestras de manejar la economía con puño de hierro y arremeter agresivamente contra cualquier empresario que ose no obedecer ciegamente y la actividad privada empieza a dar muestras de no querer poner publicidad en medios o programas enfrentados al poder por temor real o ficticio a represalias.
Más aún cuando la Corte Suprema de Justicia ha sido arrasada y el Congreso obedece al poder Ejecutivo ciegamente porque éste es el que reparte el dinero y se sabe que solo lo reparte a los que se portan “bien”. Si el vice-presidente de la nación puede ser silenciado por la fuerza y el más mínimo cuestionamiento o resistencia a la agresión desatada desde el poder es interpretada como “extorsión”, la sociedad con todos esos elementos actuando al unísono, empieza a ser gobernada por el miedo.
El miedo “construye poder” más rápidamente que cualquier pacto o sutileza estratégica. La obediencia empieza a ser la única vía de supervivencia de muchos sectores de la sociedad. Sobre todo porque el miedo unido al manejo del dinero público de una patria clientelísitica no deja resquicio para la oposición.
El miedo posee un efecto inercial. Las personas prefieren convencerse de que están de acuerdo con la ola, antes que hacerse cargo de sus desacuerdos y quedar a merced de la ira de los poderosos.
En los primeros meses del gobierno del señor Duhalde las encuestas mostraban a la Iglesia y a las Fuerzas Armadas como las instituciones que gozaban del mayor nivel de confianza por parte de la población. Un año y algo más después, cuando el señor K arremetió con una purga en las tres fuerzas e inició una política de revancha montonera, las encuestas dan un margen abrumadoramente mayoritario de apoyo a su embestida. La única explicación de esta paradoja aparente es el miedo. Y ni siquiera puede saberse si en aquél verano del 2002, los encuestados no estaban dominados por el miedo a la posibilidad de un nuevo golpe de estado que nunca se dio.
Si vemos temblar a diputados y senadores, a empresarios, a jueces, a supuestos postulantes a opositores escondidos bajo la cama, a un vicepresidente que osó expresar una diferencia, a periodistas que parecían tan valientes con gobiernos inofensivos ¿qué le queda a la población general?
El Disidente no es más que un intento por encender una vela en el medio de gran un apagón que nada tiene que ver con las tarifas. Sin embargo una de las preguntas más frecuentes que recibo es ¿no tenés miedo? La percepción es que debería tenerlo por reprobar al gobierno. Tengo más miedo a que ciertas cosas que considero obvias no sean dichas.
En la Argentina eso puede pasar. Tal vez nadie diría nunca que un señor que corta una ruta para sacarle plata al estado es un delincuente, que un presidente que destruye a la Corte Suprema de Justicia es un tirano, que un Congreso que obedece ciegamente a cualquier presidente a lo largo de todo el espectro ideológico, es una banda de corruptos e ineptos aunque no se queden con un centavo (y tal vez lo único que demuestren con eso sea su cobardía pero no su honestidad), que anular leyes de amnistía es una forma de condenar al país a no volver a tener un sistema jurídico ni garantías elementales, que tener un gobierno que dispone la prisión de las personas y se jacta de dar órdenes a los jueces nos retrotrae a la edad media, que convocar a la ciudadanía a pronunciarse sobre un candidato a juez de la Corte, para después ignorar las objeciones y perseguir a los objetores, es una muestra de hipocresía y despotismo como no habíamos visto en décadas. Da miedo lo que el miedo puede hacer con un país que fue alguna vez ejemplo para el mundo.
En la política argentina hay una regla de oro: el que actúa bien, pierde. En el mundo nos ven como si estuviéramos locos y tal vez lo estemos. Pero también existe la posibilidad de se trate de una sociedad enferma de miedo.
La táctica del terrorismo de las décadas de los sesenta y setenta puede que no haya terminado nunca; incluso que se haya perfeccionado. Los mesiánicos que querían dominar al país atemorizándolo, nunca dejaron de actuar con la misma estrategia. Periodistas, artistas, políticos, jueces, fiscales, todos tuvieron temor al ataque de la izquierda en las décadas del 80 y 90. El mejor negocio fue seguir la marea en lugar de remar contra ella. Parecía convicción lo que era cobardía.
Aprendieron eso si que existen métodos más eficaces, más sutiles pero más efectivos que las bombas, los secuestros y los asesinatos. La gente le teme a otras cosas casi tanto como a la pérdida de la vida. Perder el prestigio, el qué dirán, el quedar fuera del opresivo catálogo de lo políticamente correcto. Nada que una buena campaña de prensa no pueda poner en peligro. El falso manual de lo correcto que hay detrás de este nuevo terrorismo no repara en medios y los cobardes disfrazan así su cobardía de ética.
Se teme hasta quedar en minoría en una reunión social, porque cualquier mayoría lograda en temas triviales se ha vuelto agresiva y facciosa.
El quedar sin trabajo genera también temor. Ser periodista y no ser de izquierda es meterse en problemas, ser artista y no ser de izquierda significa sufrir el escarnio del medio. El terrorismo de hoy tiene armas que ni las peores bombas podrían superar. El resto del pánico lo provee el gobierno con cada una de sus acciones.
A partir del golpe de estado contra de la Rua ese estilo atemorizante tomó un impulso inusitado, con el manejo de los fondos públicos y los resortes ilimitados del poder ejercido por los “compañeros” del conurbano bonaerense.
Todo el mundo quiere pensar como piensa el poderoso. Si es necesario se forzarán las interpretaciones para demostrar que el mandamás se acerca al propio ideal y que toda actitud que contradiga esa creencia (a veces todas las actitudes conocidas) es en realidad una puesta en escena “para la gilada”. Aunque más no sea se encontrará algo en lo que se está de acuerdo y se lo convertirá en un absoluto. Las opiniones distintas o cualquiera que se atreva a decir que piensa igual que antes, “como en los 90” actúa como una amenaza en la psicología de los acobardados. Los discordantes son relegados y presionados a callarse, no tanto por los déspotas sino por sus aduladores.

2 thoughts on “Denuncia del miedo, cuando había que hacerla, en el 2003

  • November 1, 2013 at 11:45 pm
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    Está correcta la observación que se hace en el artículo. No veo clara la opinión sobre Elisa Cariió, me parece un poco sesgada, como con la necesidad de deslizarle una crítica, una descalificación…me parece.

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