Golpe de estado contra la Corte Suprema (12 de septiembre de 2003) (SE LOS DIJE CARAJO!)

Golpe de estado contra la Corte Suprema

Jose Benegas at 
La peor violación a la independencia del Poder Judicial de toda la historia argentina fue cometida esta semana por el señor K y su mayoría automática en el senado de la nación, con la destitución de Eduardo Moliné O´Connor como Juez de la Corte Suprema de Justicia.
Unida a las renuncias forzadas de los jueces Nazareno y López y al ahora iniciado juicio político contra Adolfo Vázquez de previsible final, los nuevos puestos kirchneristas en el Máximo Tribunal serán cuatro, entre nueve. Pero a eso debe sumarse el alineamiento incondicional del antes demonizado y atemorizado (ahora protegido) doctor Boggiano y de otros miembros pro K del Tribunal como el doctor Petracchi, para completar la nueva Corte obediente en la Argentina.
El bochornoso procedimiento contra Moliné O´Connor conducido por la todopoderosa cónyuge presidencial, fue nada más que la puesta en escena de una condena decidida de antemano.
Como la historia reciente de la Corte Suprema de Justicia ha estado contaminada por la lucha política y eso en la Argentina significa una guerra de propaganda a través del aparato mediático, al que el poder judicial no tiene acceso por sí, es útil hacer un breve repaso de algunas realidades referidas al Máximo Tribunal.
Cuando Alfonsín llegó al poder el 10 de diciembre de 1983 se encontró con una Corte Suprema de Justicia en pleno funcionamiento, pero que carecía de acuerdo del senado. No eran militares, ni interventores, ni se trataba de designaciones políticas, sino de magistrados con carrera judicial, pero Alfonsín tenía la alternativa de desconocer sus nombramientos e instalar una Corte amiga. De hecho, muchos otros miembros del Poder Judicial que ejercían la magistratura en otras instancias, carecían del acuerdo necesario (caso del actual ministro Zaffaroni) y fueron confirmados por Alfonsín en sus designaciones a través del mecanismo constitucional.
Se trataba en realidad de un caso no previsto por la Constitución, porque si bien desde el plano formal no había posibilidad de que hubiera ministros de la Corte que no tuvieran acuerdo del senado, el mecanismo de designación de jueces vitalicios tampoco permitía a ningún presidente llenar todos los cargos de la Corte y tener pleno dominio del poder judicial colocando al sistema republicano, en lo sustancial, en severo riesgo.
Por supuesto, Alfonsín eligió tener su propia Corte. De ese período podemos recordar que la Corte convalidó criterios revolucionarios y antiliberales en materia penal, como la responsabilidad mediata de los miembros de las juntas militares por los actos de sus subordinados, criterios que hasta el día de hoy permiten perseguir a miembros de las fuerzas armadas por hechos de los que no pudieron haber tenido conocimiento, la convalidación de la constitución de tribunales especiales prohibidos expresamente por la Constitución y la detención de diez personas por orden del Poder Ejecutivo invocando una conspiración jamás probada o intentada probar.
Alfonsín tuvo que pactar para lograr este objetivo con Leónidas Saadi que en aquellos tiempos lideraba al justicialismo en el senado. Hubo un intercambio de figuritas y el catamarqueño obtuvo muchos nombramientos en tribunales de primera instancia y cámaras.
Así y todo como Alfonsín acariciaba sueños hegemónicos sobre la mitad de su mandato, no creyó suficientemente alfonsinista a la Corte y mandó al Congreso un primer proyecto de llevar el número de sus miembros a nueve, que no pudo imponer.
Al llegar Carlos Menem al gobierno, se encontró con una Corte con acuerdo del senado pero enteramente alfonsinista. Situación que la Constitución tampoco prevé. Podría haber tomado la determinación de no intervenir y dejar que el paso de los años y varios períodos presidenciales normalizaran la Corte. Pero Menem tenía entre manos una serie de transformaciones en el Estado con su política de privatizaciones y desregulación que chocaba no con la Constitución, pero sí con buena parte de la legislación anticonstitucional, no declarada así por décadas de sentencias judiciales antiliberales, y entonces decidió retomar el proyecto de Alfonsín y proponer elevar el número de miembros a nueve. Menem, al contrario que Alfonsín, obtuvo lo que se propuso.
Pero Menem no fue el único que hizo suyo el plan alfonsinista. Nestor Kirchner también amplió el número de miembros del Supremo Tribunal de su provincia, instalando una Corte amiga.
En esa época se produce la importación de la doctrina del “per saltum” que permite a la Corte abocarse al conocimiento de cualquier causa en la que esté en juego una grave cuestión institucional, lo que permite a Menem librarse de medidas cautelares que no le hubieran dejado avanzar en su política de privatización.
El siguiente acontecimiento que marca la historia de la Corte del último período democrático fue el pacto de Olivos. El malestar de la oposición por el resultado de la ampliación del número de miembros de la Corte con estos cuatro nuevos miembros que en los asuntos de interés del gobierno votaban generalmente juntos, sirvió de figurita de cambio a la hora de pactar con Alfonsín la posibilidad de la reforma de la Constitución Nacional.
Fue así que en 1994 se puso fin a cualquier “mayoría automática” y se forzaron las renuncias de los jueces más cercanos a Menem, quienes no opusieron ninguna resistencia, y se los cambió por otros propuestos por la oposición. En 1994, la cuestión del aumento de miembros de la Corte hecha a medida de Carlos Menem, se había dado por terminada.
Un estudio reciente del instituto Gioja de la Universidad de Buenos Aires, demostró que en todo el período que va desde 1983 hasta la fecha Carlos Menem soportó más declaraciones de inconstitucionalidad que cualquier otro presidente y que la “mayoría automática” no había votado en el mismo sentido más que en unos pocos casos. Alfonsín, por supuesto, fue el que menos cuestionamientos constitucionales recibió de su Corte.
Lo que demostró este estudio es que la existencia de una “mayoría automática” era un mito político, que siguió corriendo luego de la “normalización” de la Corte en 1994, sólo porque era útil para atacar a Menem y porque la izquierda que fogoneaba causas contra viejos enemigos a costa de todos los principios de derecho conocidos, notaba que sus disparatados criterios eran convalidados en primera instancia y también en la Cámara Federal, que actúa como el brazo judicial de Horacio Verbitsky, pero no conseguían ser convalidados en la Corte Suprema. Y este obstáculo contra los planes de venganza de la izquierda revolucionaria no se debía a la oposición simplemente de los jueces nombrados en la época de Menem, sino la de todos los miembros del Alto Tribunal. De hecho, el voto que sirvió para declarar constitucional las leyes de obediencia debida y punto final, en pleno gobierno de Alfonsín con la Corte de cinco miembros, fue el de Enrique Petracchi.
El verdadero daño que hizo Menem al sistema Judicial estuvo dado con el nombramiento de Jueces Federales enteramente politizados y que (esperaba) le fueran fieles. Para eso desplazó mediante ascensos a otros que ocupaban esos lugares cuando llegó al poder.
Pero la estrategia terminó jugándole en contra años después, porque los jueces amigos tenían una colección de trapos que esconder más allá de su alineamiento político, y buscaron protección por dos vías igualmente perversas que se volvieron contra Menem. La primera dando rienda suelta al festival izquierdista de perseguir militares y mantener viva la década del 70. Ese sólo mecanismo les aseguraba la protección o el silencio de una prensa cada vez más agresiva y cada vez más volcada al socialismo revolucionario. Doña María Romilda Servini de Cubría pasó de ser “Servil que cubría” en palabras de Horacio Verbitsky, a una respetabilísima juez cuando decidió detener a una veintena de oficiales por ser parte presuntamente de un complot para robar niños, todos los cuales fueron puestos más tarde en libertad.
La segunda línea de protección que tomaron estos jueces fue soslayar todos los principios jurídicos para permitir al gobierno de la Alianza tener detenidos a “personajes emblemáticos del menemismo” (ex funcionarios de Menem que carecieran de la protección del partido justicialista). De esa época y de esos jueces menemistas, son las detenciones con criterios jurídicos aberrantes y a pedido de un órgano del Poder Ejecutivo nuevo denominado “Oficina Anticorrupción”, como la de Cavallo, Balza, Erman González, Alderete y el propio Carlos Menem, recurriendo a figuras forzadas como la “responsabilidad mediata” ya “creada” políticamente en la época de Alfonsín, la “asociación ilícita”, las “falsificaciones de decretos”, todas rechazadas por las opiniones jurídicas más autorizadas. Aquello fue un verdadero circo.
Estas dos líneas de protección que buscaron los jueces federales más deshonestos eran simpáticas, sin embargo, a los ojos del público. Y lo eran porque el público miraba todos los acontecimientos del país bajo el tamiz de la izquierda revolucionaria con presencia hegemónica en los medios de comunicación.
Sin embargo, el único eslabón que la izquierda no lograba dominar, era precisamente, la Corte Suprema de Justicia, que se mantenía haciendo respetar los criterios liberales tradicionales del derecho penal y, en general no convalidaba ninguna de las arbitrariedades que se proponían desde instancias anteriores. De nuevo, no eran los jueces nombrados en la época de Menem los que daban vuelta estos fallos arbitrarios, sino todos ellos.
El más resonante de esos casos fue el impecable voto de Carlos Belluscio en el caso Emir Yoma, que posibilitó la libertad de Carlos Menem en el disparatado caso “armas”, en el que acusaba al Juez Urso de haber invertido el silogismo de la sentencia, buscando una figura que permitiera la prisión preventiva para luego tratar de deducir cómo era que el imputado había incurrido en la conducta en cuestión. Se ocupó también Belluscio de castigar la conducta de jueces que ganaban en tranquilidad respondiendo a los criterios políticos que se imponían en los medios de comunicación y alejándose del derecho.
Pero un fallo que debió ser tomado como ejemplo de restablecimiento del orden jurídico, fue luego utilizado para atacar a la Corte. Curiosamente no fue invocado contra el doctor Moliné O´Connor en el simulacro de juicio político al que fue sometido.
En esas condiciones llegamos al colapso de la Alianza en diciembre de 2001. El fracaso del gobierno de de la Rúa abría la posibilidad de la vuelta de Carlos Menem al poder, algo que por cierto no querían quienes habían organizado las revueltas que forzaron la renuncia del presidente. Parte del plan político de la entente bonaerense Duhalde – Alfonsín que desplazó a de la Rua era promover una mega devaluación y una agresiva política intervencionista. Eso requería una Corte dispuesta a hacer la venia a las transgresiones constitucionales que esa política traía consigo. Durante los acontecimientos del 20 de diciembre, por los distintos móviles de los canales de televisión aparecían carteles prolijamente impresos pidiendo que se fuera la Corte Suprema de Justicia en pleno. Los revoltosos se distribuían prolijamente para crear el clima contra el Tribunal en un hecho sin precedentes.
Las presiones duhaldistas para deshacerse de la Corte, tanto de la “mayoría automática” como de la “minoría automática” fueron enormes, nunca vistas, sin otro fundamento que su poder patoteril. Pensó inclusive en sacarlos por un acto de fuerza, pero no contó con el apoyo de las fuerzas armadas para hacerlo. Optó entonces por encargar a la Secretaría de Inteligencia del Estado la realización de una dura campaña de desprestigio que fue exitosa y la organización de “espontáneos escraches” contra los jueces. Consiguió volcar a una enardecida, confundida y golpeada opinión pública, contra el Máximo Tribunal, aún cuando la gente no sabía quienes eran, ni qué habían hecho, ni mucho menos cuáles eran sus funciones. Entre las opiniones de ese entonces se escuchaban sandeces tales como que la Corte había instaurado el llamado “corralito”.
Sin embargo Duhalde fracasó, sólo consiguió la renuncia de uno de los jueces (al que llenaron de elogios pese a que su desempeño había sido muy pobre), y recibió presiones internacionales para detener su ataque a la Corte, porque en la Argentina no había ciudadanos con conciencia suficiente para oponerse a la ola de odio revolucionario que se vivía en ese entonces.
En realidad la categoría “ciudadano con conciencia” es algo de lo que la Argentina carece desde hace mucho más tiempo. Nadie quería dejar de pronunciar la frase hecha del momento: “la Corte adicta”. Adicta hubiera sido a un gobierno que no estaba en el poder y por lo tanto no podía ser un obstáculo al funcionamiento de la república. Pero pensar obligaba en esa época a pelearse con mucha gente. En la Argentina no se defiende ninguna causa que “quede mal”. Nadie se desprestigia por ser tibio; es casi una virtud.
Duhalde tuvo finalmente que frenar a sus lugartenientes. Le costó más con los de Santa Cruz, porque si bien formaban parte de su coalición, tenían algunas cuentas pendientes con la Corte que querían zanjar. Era el caso del fallo de la Suprema Corte que reponía en el cargo al Procurador General ante el Supremo Tribunal de Santa Cruz al que el gobernador Kirchner había depuesto, seguramente por no ser su esclavo; fallo que nunca fue cumplido. El señor K, no perdona a quienes lo contradicen.
Los últimos acontecimientos son conocidos. Un presidente que tiene prohibido constitucionalmente inmiscuirse en temas judiciales, que no tiene función alguna que cumplir en materia de remoción de jueces, se ocupó personalmente de eliminar los elementos discordantes del Poder Judicial, bajándoles el pulgar a través de la cadena nacional de televisión. Así forzó las renuncias de Nazareno y López y destituyó a Moliné O´Connor, quien con toda dignidad y perdiendo su derecho a jubilarse, soportó el simulacro de juicio político hasta sus últimas consecuencias.
Esta es tal vez la mayor disidencia entre todas nuestras disidencias. Porque no es una protesta contra un gobierno despótico y su caterva de patoteros parlamentarios, sino la protesta contra una sociedad anómica que fue testigo mudo de una aberración constitucional y humana sin precedentes y continúa en sus actividades privadas queriendo creer que ninguno de los crímenes que se están cometiendo tienen influencia sobre su propio futuro.
La Argentina se divide entre un grupo de abusadores del poder y una mayoría que siempre está a la espera de la llegada de la caballería. En otras épocas llegaba justo a tiempo. Pero la última vez, esa mayoría se dio vuelta para sacrificarla cuando había terminado su trabajo. Tal vez y sólo tal vez, la sociedad argentina se vea ahora enfrentada con su propia inconducta y obligada a afirmarse o desaparecer.

Los años de democracia siguen siendo 18

18 años

Jose Benegas at 
Numerosas notas se dedicaron a celebrar lo que se llamó el aniversario número 20 del retorno a la democracia.
Sin embargo el proceso institucional que se inauguró un 10 de diciembre de 1983, fue interrumpido el 20 de diciembre de 2001.
Lamentamos no poder sumarnos al festejo, pero significaría hacernos cómplices del quebranto institucional producido en esa fecha para la mega devaluación con pesificación asimétrica y confiscación general de depósitos que sufrió la Argentina. Los avances de este gobierno sobre la Corte Suprema y demás transgresiones constitucionales que viene denunciando El Disidente.ar, nos impiden considerar que el orden institucional haya sido reestablecido.

Denuncia del miedo, cuando había que hacerla, en el 2003

El miedo

Jose Benegas at 
“Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo”. 

Octavio Paz

La preocupación instalada por la revista Noticias sobre el “apriete” oficial a la prensa no necesita otra prueba que el silencio que se impusieron sobre el tema los grandes medios. La autocensura es palpable y el único origen de la autocensura es el miedo.
Nunca antes declaraciones tan escandalosas como las emitidas por Elisa Carrió, que solía ser una especie de apéndice de la prensa argentina, en particular del grupo Clarín, merecieron una indiferencia mayor.
La diputada antes estrella se ocupó sólo de los aprietes que le molestan a sus amigos habituales en la prensa. Aquellos a los que el gobierno considera aliados naturales por identificación ideológica (sumada a la propensión a las operaciones) y que trata como “amigos que se portan mal” cuando no son genuflexos al cien por cien. Algo que no podría hacer con quienes no hubieran dado muestras previas de complicidad.
Lo que el oficialismo entiende es que ser favorito de la publicidad oficial tiene un precio, pero de ningún modo se les puede endilgar ser pecadores unilaterales. Que una prostituta conserve cierta ética para su actividad, no hace que sea menos prostituta. El trato con “los amigos” de este gobierno tal vez sea algo más descarnado, porque no disfraza de dádiva lo que es una compra o arrendamiento. Pero eso es todo.
El problema es más grave con la prensa independiente (cualquiera sea su ideología), cuando en un país arrasado el único anunciante firme es el estado y quienes reparten la pauta oficial carecen de escrúpulos. También cuando el gobierno ha dado muestras de manejar la economía con puño de hierro y arremeter agresivamente contra cualquier empresario que ose no obedecer ciegamente y la actividad privada empieza a dar muestras de no querer poner publicidad en medios o programas enfrentados al poder por temor real o ficticio a represalias.
Más aún cuando la Corte Suprema de Justicia ha sido arrasada y el Congreso obedece al poder Ejecutivo ciegamente porque éste es el que reparte el dinero y se sabe que solo lo reparte a los que se portan “bien”. Si el vice-presidente de la nación puede ser silenciado por la fuerza y el más mínimo cuestionamiento o resistencia a la agresión desatada desde el poder es interpretada como “extorsión”, la sociedad con todos esos elementos actuando al unísono, empieza a ser gobernada por el miedo.
El miedo “construye poder” más rápidamente que cualquier pacto o sutileza estratégica. La obediencia empieza a ser la única vía de supervivencia de muchos sectores de la sociedad. Sobre todo porque el miedo unido al manejo del dinero público de una patria clientelísitica no deja resquicio para la oposición.
El miedo posee un efecto inercial. Las personas prefieren convencerse de que están de acuerdo con la ola, antes que hacerse cargo de sus desacuerdos y quedar a merced de la ira de los poderosos.
En los primeros meses del gobierno del señor Duhalde las encuestas mostraban a la Iglesia y a las Fuerzas Armadas como las instituciones que gozaban del mayor nivel de confianza por parte de la población. Un año y algo más después, cuando el señor K arremetió con una purga en las tres fuerzas e inició una política de revancha montonera, las encuestas dan un margen abrumadoramente mayoritario de apoyo a su embestida. La única explicación de esta paradoja aparente es el miedo. Y ni siquiera puede saberse si en aquél verano del 2002, los encuestados no estaban dominados por el miedo a la posibilidad de un nuevo golpe de estado que nunca se dio.
Si vemos temblar a diputados y senadores, a empresarios, a jueces, a supuestos postulantes a opositores escondidos bajo la cama, a un vicepresidente que osó expresar una diferencia, a periodistas que parecían tan valientes con gobiernos inofensivos ¿qué le queda a la población general?
El Disidente no es más que un intento por encender una vela en el medio de gran un apagón que nada tiene que ver con las tarifas. Sin embargo una de las preguntas más frecuentes que recibo es ¿no tenés miedo? La percepción es que debería tenerlo por reprobar al gobierno. Tengo más miedo a que ciertas cosas que considero obvias no sean dichas.
En la Argentina eso puede pasar. Tal vez nadie diría nunca que un señor que corta una ruta para sacarle plata al estado es un delincuente, que un presidente que destruye a la Corte Suprema de Justicia es un tirano, que un Congreso que obedece ciegamente a cualquier presidente a lo largo de todo el espectro ideológico, es una banda de corruptos e ineptos aunque no se queden con un centavo (y tal vez lo único que demuestren con eso sea su cobardía pero no su honestidad), que anular leyes de amnistía es una forma de condenar al país a no volver a tener un sistema jurídico ni garantías elementales, que tener un gobierno que dispone la prisión de las personas y se jacta de dar órdenes a los jueces nos retrotrae a la edad media, que convocar a la ciudadanía a pronunciarse sobre un candidato a juez de la Corte, para después ignorar las objeciones y perseguir a los objetores, es una muestra de hipocresía y despotismo como no habíamos visto en décadas. Da miedo lo que el miedo puede hacer con un país que fue alguna vez ejemplo para el mundo.
En la política argentina hay una regla de oro: el que actúa bien, pierde. En el mundo nos ven como si estuviéramos locos y tal vez lo estemos. Pero también existe la posibilidad de se trate de una sociedad enferma de miedo.
La táctica del terrorismo de las décadas de los sesenta y setenta puede que no haya terminado nunca; incluso que se haya perfeccionado. Los mesiánicos que querían dominar al país atemorizándolo, nunca dejaron de actuar con la misma estrategia. Periodistas, artistas, políticos, jueces, fiscales, todos tuvieron temor al ataque de la izquierda en las décadas del 80 y 90. El mejor negocio fue seguir la marea en lugar de remar contra ella. Parecía convicción lo que era cobardía.
Aprendieron eso si que existen métodos más eficaces, más sutiles pero más efectivos que las bombas, los secuestros y los asesinatos. La gente le teme a otras cosas casi tanto como a la pérdida de la vida. Perder el prestigio, el qué dirán, el quedar fuera del opresivo catálogo de lo políticamente correcto. Nada que una buena campaña de prensa no pueda poner en peligro. El falso manual de lo correcto que hay detrás de este nuevo terrorismo no repara en medios y los cobardes disfrazan así su cobardía de ética.
Se teme hasta quedar en minoría en una reunión social, porque cualquier mayoría lograda en temas triviales se ha vuelto agresiva y facciosa.
El quedar sin trabajo genera también temor. Ser periodista y no ser de izquierda es meterse en problemas, ser artista y no ser de izquierda significa sufrir el escarnio del medio. El terrorismo de hoy tiene armas que ni las peores bombas podrían superar. El resto del pánico lo provee el gobierno con cada una de sus acciones.
A partir del golpe de estado contra de la Rua ese estilo atemorizante tomó un impulso inusitado, con el manejo de los fondos públicos y los resortes ilimitados del poder ejercido por los “compañeros” del conurbano bonaerense.
Todo el mundo quiere pensar como piensa el poderoso. Si es necesario se forzarán las interpretaciones para demostrar que el mandamás se acerca al propio ideal y que toda actitud que contradiga esa creencia (a veces todas las actitudes conocidas) es en realidad una puesta en escena “para la gilada”. Aunque más no sea se encontrará algo en lo que se está de acuerdo y se lo convertirá en un absoluto. Las opiniones distintas o cualquiera que se atreva a decir que piensa igual que antes, “como en los 90” actúa como una amenaza en la psicología de los acobardados. Los discordantes son relegados y presionados a callarse, no tanto por los déspotas sino por sus aduladores.

La violencia populista

Max Weber con total realismo definió al estado como la forma de violencia institucionalizada. Comparado con la manera en que es invocado el estado en la actualidad (no solo en los países populistas), la definición podría desconcertar a más de un desprevenido. Pero es así, el estado manda y cobra sin preguntar. Se impone. Se podría trazar una exégesis de lo que hoy consideramos el poder establecido y la dominación de tipo patriarcal que el mismo autor examinó con todo detalle. Se trataba de un tipo de dominio ilimitado en lo formal, pero sustentado en prestaciones y contraprestaciones. Una forma de protección supone otra de obediencia en lo que yo llamaría poder consentido. Si esa relación es de hecho o de derecho daría para una gran discusión a mi juicio, pero en tanto no se lo cuestiona, nada más continúa de un modo en algún sentido natural.

La institucionalización vendrá después, cuando haya que explicar más la cosa y el vínculo prestacional no sea tan claro. Cuando el patriarcado quiera extenderse a los no protegidos, por distinguirlos de algún modo, a los “hombres libres” en sentido estricto. El poder es entonces con más nitidez “político” y tiene que encontrar una justificación porque no es tan evidente que convenga a ambas partes. Este será el campo del “relato”, del mito o de la simple simulación que hará correr ríos de tinta en busca de una “legitimidad”. El hecho es que llegamos al estado moderno como esa violencia cargada de reglas, institucionalizada y de alguna manera pretendiendo un vínculo patriarcal entre gobernantes y súbditos que incluso no serán llamados de la esa manera.  Lo que llamamos “poder público”.

La institucionalización supone ahora varias cosas como por ejemplo que el poder político es una extensión de nuestra voluntad (democracia), que nos protege, que se guía por reglas objetivas, que actúa (agrede) en función de nuestros intereses tomados de manera general, que existe una igualdad ante la ley y que esa ley está por encima del gobierno. La violencia del poder está encorcetada bajo el concepto de “bien común”, bastante discutible de todos modos.

Estos elementos que dan peso al complemento institucional y dominan o tornan inofensiva para las personas pacíficas esa violencia, es lo que nos mantiene libres a pesar de no ser nosotros “el poder” en realidad.

Pero imaginemos que ese poder atado pierde sus reglas. O que las reglas lo son en sentido formal porque al examinarlas comprobamos que dicen que el poder hace lo que quiere. Por ejemplo dice “derechos humanos” cuando la arbitrariedad alcanza a los propios de la facción y dice “presencia fundamental del estado” cuando el disciplinado es un extraño, un “otro”. Es decir que no son verdaderas reglas, instituciones, sino propaganda de algo que esconde otro tipo de cosa. Supongamos que nuestra voluntad está muy restringida, que votamos tal vez pero muchos de los que votan dependen del gobernante y no al revés, con lo cual nuestra participación en las decisiones se ve disminuida de modo notable por intereses que nada tienen que ver con nuestra protección y a su vez los otros que aparecen votando en realidad se parecen más a verdaderos siervos. Es más, el poder es ejercido para favorecer a los que mantienen con el poder un flujo de prestaciones y contraprestaciones en el que ya no somos unos súbditos protegidos sino el pato de la boda. Supongamos que el poder se nutre de activar a una masa importante de la población en nuestra contra, convirtiéndonos en enemigos del estado. Supongamos que las reglas objetivas ya no existen sino que tienen nombre y apellido, que lo que es válido para los amigos no es válido para los enemigos. Es más, bastaría suponer que podemos ser definidos como enemigos por nuestros protectores para que la idea de estado como sinónimo de “violencia buena” desaparezca. Supongamos que el poder nos muestra que su violencia se utiliza para beneficiar a los gobernantes, amigos y aduladores y que paga por ser defendido a ultranza y por atacar a los molestos. Supongamos que cuando alguna institución molesta a la voluntad del gobierno, se la aplasta. Cuándo pasa todo eso, la violencia institucionalizada pierde la mitad civilizada de su naturaleza y es nada más que violencia. Entonces Max Weber diría que lo único que queda de su estado es eso, la violencia.

El estado es un aparato sostenido por esa idea muy discutible, hasta débil, que es la de “bien común”. En función de eso y no ya de lo que quisiera un monarca o un patriarca benevolente, recauda. Es decir se queda con parte de nuestro trabajo. Qué otra cosa que un asalto es un impuesto si todo el vínculo anterior se ha desnaturalizado.

El populismo es el sistema más eficiente de violencia estatal ejercida sobre las personas, porque no se puede fotografiar. Sucede por desaparición del elemento institucional que mantenía a la violencia a raya. Externamente no pasa nada distinto a lo que pasaba antes de esta pérdida institucional, así que nos dirán que no hay violencia. Como una familia en la que los padres ponen todas las reglas. Esto sucede porque los padres nutren y protegen. Pero si los padres son los operadores de un sistema de bullying interno dejando de nutrir y proteger la orden tiene otro valor, se transforma en un sistema de denigración y castigo. Un régimen familiar sin ese afecto, es un totalitarismo. Un Estado sin institucionalidad, sin esas reglas, sin esa igualdad ante la ley, con los roles entre servidores y servidos invertidos, también lo es.

El sistema es eficiente porque no se ve, pero el estado populista desprovisto de ataduras, que de manera abierta favorece a un grupo y perjudica a quienes no son cómplices es de una altísima violencia cuando convierte al juez en un militante, cuando el policía pasa a ser el ladrón, el diputado el delegado del presidente, el presidente un concedente de privilegios, el jefe de la recaudación un agente de policía político, el que es pagado con dinero público para informar un propagandista. Eficiente como un motor que no pierde energía en forma de calor.

El populismo significa la evolución de la revolución, ejercida con una violencia explícita, a la infección como forma de transformar la regla protectora en regla disciplinadora.

Sumemosle ahora la parte que sigue siendo ineficiente. El grito, la invitación a la división, la retórica violenta en señalamiento permanente de enemigos internos. Un aparato de propaganda y difamación y un mecanismo vigilante bullying ejercido desde determinadas usinas. Un señor dice algo inconveniente y se lo ataca desde las redes sociales con lenguaje descalificante, multiplicando manifestaciones de desprecio y denigración, todo realizado por empleados públicos. Programas de televisión y radio que se dedican a destruirlo y aislarlo, reforzados por medios privados que reciben fondos públicos para sumarse al sistema de bullying en un mecanismo que se denomina “asesinato de la reputación”, pero que va mucho más allá del problema de la fama. Persigue otra forma de violencia tradicional y extrema, que es el ostracismo interno, la transformación de la víctima en un objeto, al cual transferir toda la cobardía de la sociedad agredida. Su aislamiento. El mensaje es que todo aquél que protesta será sometido al ostracismo interno, y los que son cómplices serán recompensados. La cobardía frente a ese clima apabullante es manejada por la mayoría de las personas con una identificación con el agresor, que multiplica los efectos del ambiente tóxico. Los cobardes eligen agredir con el agresor, para no ser agredidos con el agredido.

Mientras tanto esa violencia ya caprichosa, nada institucionalizada pero que en su infección habla de instituciones, también cierra el camino a ser denunciada transformándose en denunciante de violencia. Se crean fantasmas, se señala cualquier tipo de manifestación privada fuera de lugar como una forma de violencia no solo equivalente, sino excluyente respecto de la que ejerce el poder, para taparse. No es raro, es bien coherente que ese estado encabece campañas contra la violencia de género y dicte leyes que definen a la violencia de un modo en el que por supuesto queda él mismo definido en su bullying generalizado diario. Pero al denunciar a otros de sus propios crímenes, también obtura la posibilidad de ser denunciado.

Del Bullying y de la cobardía disfrazada de adhesión participan todo género de colaboradores. Unos pegan, otros se dedican a minimizar, relativizar, desviar la atención. Incluso a maltratar a las víctimas igualándolas con el agresor o a descalificar a los que denuncian como poco serios. Porque si los que denuncian son serios, ellos no solo son cobardes, sino también cómplices.

Así se enferma todo el sistema con esta revolución travestida en infección. La enfermedad de los que están afuera consiste en no hacer nada, en no denunciar. En hacer como que no está pasando nada y mostrar que hay elecciones, que hay críticos, que todo sigue igual cuando todo ha cambiado y los que se quejan o los llaman nazis exageran o están locos.

Llega el punto en que ya no quiero permitirle a la gente que no se ha solidarizado con Alfredo Casero simular que son moderados o serios o que no ven problema en un “debate” entre un aparato nazi de bullying político y un señor que tiene a todos sus colegas debajo de la cama, cuando no contribuyendo con algún insulto. Que sepan todos lo que han estado haciendo y mucho peor, lo que no han estado haciendo.

La gerencia

Con el kirchnerismo llegó el grito, lo que para muchos genera una gran confusión que es la de identificar vehemencia con autoritarismo. Pero el autoritarismo argentino más profundo no se grita, se recita bajo la forma de un colectivismo benevolente y la glorificación del estado. Oriana Falacci decía que cada argentino llevaba un enano fascista adentro. No se cuáles eran los parámetros de medición que utilizaba pero enano no era.

Para entender como se gestó la década de la mentira es necesario tener en cuenta la crisis del 2001/2 como el despertador de aquel autoritarismo que está metido en la cultura argentina desde la década del 40, que invade la educación, la economía y los medios de comunicación. El colapso de la combinación insostenible de convertibilidad con gasto público exorbitante puso al país en pánico y es en esas situaciones cuando se conoce el verdadero espíritu que anima a las personas. Están los que salen corriendo pisando cabezas, los que recurren al saqueo y los que entienden que una reacción salvaje puede tener peores consecuencias que el desastre en si, por lo tanto continúan apostando a reglas de conducta y en todo caso corrigen errores. Al argentino en general le salió ese estatismo que es creencia total en la autoridad, desconfianza al vecino, impotencia para acordar, producir y crecer económicamente. El país en el medio del caos explotó en violencia y en fascismo. Tan fascista es el espíritu de base del argentino que estoy seguro de que a muchos les llamará la atención que identifique estatismo con autoritarismo. Eso es producto de esa adhesión a la solución del comisario, del mandamás, el recurso al castigador que perseguirá el mal de querer estar mejor. Se ve eso como paternidad y no como abuso. La fascinación por el mazazo justiciero que ponga fin a las ambiciones, que de tan ciegos en ese amor al que manda no se advierte que también las tiene y de un modo pervertido el gobernante. Los que amaban a Hitler tampoco lo veían autoritario sino conductor y líder. El amor al estado es más consistente que el culto a un líder en particular, es la adhesión a la autoridad por la autoridad misma. Autoritarismo.

El estado no es ninguna otra cosa que un mecanismo de dominación.  El fascismo, más aún que el marxismo, es la glorificación del estado. “Dentro del Estado todo, fuera del Estado nada” decía el duce. La relativización de esta realidad, el disfraz del estado como ambulancia es ese fascismo cotidiano que ejerce desde etiquetas al estilo de “nacional y popular”. En ese espíritu la Argentina está amenazada por fantasmas que no son parte de lo “nacional y popular”, enemigos internos.

El fascismo argentino, se ponga el nombre que quiera, identifica a la Argentina post convertibilidad como aquella que se funda sobre los escombros de la libertad económica. A propósito, la libertad es libertad. El recorte de las “libertades económicas” es conceptual pero no existe en la realidad. Sin embargo es útil para que los puritanismos del lucro cuenten con la culpa de los perseguidos para restringir sus derechos en nombre del antimaterialismo.

La libertad “económica” de la década del noventa fue muy limitada, pero en cuanto el mercado (relaciones humanas establecidas sin violencia) tuvo una oportunidad en un país que llevaba décadas de economía estatizada el cambio fue asombroso. Sin embargo el valor relativo que se le quiera dar a esos cambios a los efectos de lo que quiero explicar ni siquiera importa. Lo que es indiscutible es que con o sin razón todo el sistema político argentino post convertibilidad es un sistema anti-liberal, unos porque creen que la libertad lleva a la quiebra económica, otros porque aman la disciplina, otros porque tienen miedo de ser señalados como “neoliberales”. La coincidencia está en ese fascismo anti libreal del que los Kirchner solo son la versión pandillera triunfante. El pecado de la década del noventa para este neofascismo no es ni el gasto público, ni el endeudamiento para financiarlo sino la libertad, la desregulación, la retirada del estado. Si es cierto que hubo libertad económica o cuánta haya habido no cambia el hecho de que el mito fundante de la Argentina K fue la victoria contra el mercado, lo que está fuera del estado. El griterío y la procacidad kirchnerista es en todo caso un eficaz movimiento para poner al fascismo a beneficiar a un grupo. Su privatización, que no es lo mismo que su liberación (de esta solo punto escribiré más adelante otro artículo).

El kirchnerismo es la cooptación del fascismo en beneficio de unos pocos, pero no es ni su creador ni su inventor. A eso los fascistas espectadores y perdedores le llaman corrupción. Lo que los opositores recriminan al oficialismo es que el fascismo no sea bueno, igual para todos y cándido, porque ellos tienen unos planes donde el abuso del poder tendría fines altruistas. Los K lo aprovechan, pero la mayor fe en el fascismo la tiene la oposición. Ellos repartirían el botín colectado por Moreno mediante la extorsión a los empresarios, en lugar de tenerlo ahí en alguna cuenta a la espera del invento de alguna obra que permita pasárselo a algún amigo. Por eso tenemos distintas variantes de fascismo bueno y honesto. Un buen fascismo bien auditado es el ideal político de la Argentina. Por eso las críticas a la confiscación de YPF y la toma de Aeroíneas son formas de recriminarles a los K no haber sido verdaderos estatistas y nacionalistas.

Está también esa forma de sub-relato que identifica dos épocas del kirchnerismo. La primera hasta el 2008 con Clarín abajo del brazo en la que el antiliberalismo se supone que era “para todos” y con todos y el posterior que encuentra enemigos internos dentro del propio grupo y empieza a expulsar del negocio a los impuros por pura paranoia del matrimonio imperial. Que quede claro que los puros son los que se quedaron, no los echados.

Todo es estado y lo que no es estado es puesto bajo sospecha. El uso de la palabra “empresa” se hace sólo en un sentido peyorativo, como sinónimo de fariseísmo, opuesto a la generosidad y el desprendimiento de los políticos y del estatismo. Defender la libertad aunque sea un poco implica que automáticamente un interlocutor mediático saltará a dejar claro que no está de acuerdo porque para un fascista esa palabra es contaminante. Si no tiene mucho argumento dirá que se trata de ideas en desuso o viejas. Hay mucho miedo a la reivindicación del liberalismo y ninguno al tratamiento del Che Guevara como un héroe.

Aclaro que no empecé a discutir al fascismo todavía, lo que antecede es una descripción del antiliberalismo y pro estatismo tal y cual es este principio de siglo. La Argentina post-noventa, lanzada a la glorificación del estado con una intensidad pocas veces vista desde el Duce para acá.

El oficialismo le agrega formas y métodos de conducción nacional socialistas que no son condenados como tales, sino en la medida en que tocan algún interés propio. Hablo de la propaganda, la creación y cacería de brujas, el asesinato de la reputación y la amenaza. Pero ojo con lo que hay afuera que no es para nada distinto si el eje es el autoritarismo y no las formas que adquiera.

Aunque los protagonistas de esta época no dudo que rechazarían ser identificados con el fascismo, es fascismo no es otra cosa que ese antiliberalismo, estatismo y nacionalismo al que adscriben cada vez que se manifiestan sintiéndose llenos hablando del “rol del estado” para todo. Se percibe en ellos cierta emoción de escarapela cuando lo mencionan. No es sólo un no-liberalismo, es una reacción visceral contra la libertad como si fuera el germen del mal.

Reaccionarán igual cuando se los tilde de autoritarios, pero autoritario es el recurso innecesario y permanente a la autoridad para resolver cualquier cosa. El estado es eso, el no mercado, el no acuerdo, la no solución conforme a la compatibilización de intereses o a lo que las personas sin poder quieran disponer. A la no-libertad no hay otra alternativa que la autoridad.

Me causa gracia cuando se intenta vender una forma de socialismo “de consenso”. Nos ponemos de acuerdo o votamos y cuando votamos tenés que obedecer. Es una completa hipocresía. No hay vida privada, no hay individualidad. Se vende al consenso como una forma inevitable de colectividad. Después de eso vendrá el tratamiento al disidente como un problema, como una inadaptación.

Al gobierno le toca su negación particular con la palabra dictadura. Ellos reclaman de todos nosotros silencio, ausencia de crítica y reconocimiento de su superioridad, no admiten tener ningún defecto ni haber cometido ningún error y creen que la justicia legítima es la que ratifica sus deseos y persigue a sus enemigos. Su rechazo a la palabra dictadura por lo tanto no tiene otro valor que el emocional. Son como alguien que te pega un palazo en la cabeza para que no lo llames violento.

Ese ambiente de “todo en el estado” ha producido un profundo cambio de expectativas. Si todo se rige por la autoridad, hay que conquistarla o ser parte de ella. Las empresas son malas, el estado es bueno. Son malos unos que no usan el autoritarismo para beneficio de la humanidad, con lo lindo que es. Personas que se ven a si mismas como decentes depositan sus aspiraciones en el aparato estatal de múltiples maneras. El sueño argentino no es hacer la américa, sino hacer el expediente.

Las oportunidades están por lo tanto del lado del que tiene el mazo en la mano. Y si además no se le llama mazo sino sensibilidad, se facilitan las cosas para que la banalidad del mal de la que hablaba Hannah Arendt encuentre un ambiente propicio. El método de subsistencia es vivir de los impuestos en lugar de estar del lado de los que los pagan. Esquilmar o ser esquimado. La vida tranquila, sin agresores está en un despacho oficial, pensando todo tipo de remedios autoritarios para cualquier problema de la vida.

Fuera del estado hay que saber qué hacer con la realidad, dentro del estado se puede usar la imaginación para determinar qué hacer con las personas y los errores son gratis. El sistema está legitimado y los riesgos son casi nulos. Se puede pensar desde cuánto tiene que pesar la gente, qué cosa consume, si habrá saleros en los retoranes, si los dibujitos animados tienen que mostrar cosas lindas o feas. Todo tendrá que ser obedecido, es el estado. Y como en ese fascismo profundo, con aires de Festilindo, la diferencia moral entre hacer cosas imponiéndolas o acordando ha desaparecido en medio del odio a la libertad, ser un pequeño Goebbels no tiene siquiera sanción social. Es más, el fascista considera que el que no quiere utilizar el mazo para obligar a otro a contratar a un señor que no necesita es porque está en contra del trabajo. Por lo tanto el fascista no se ve a si mismo como un autoritario, sino como un gerente omnipresente de todo lo que los malos liberales no quieren solucionar.

Aquí aparece entonces el fascismo más mediocre. Uno que aprovecha las características más desagradables del fascismo oficial para vivir en un fascismo oportunista que pasa desapercibido por la presencia de los que gritan. Están cobijados haciendo lo mismo que los fascistas estridentes pero haciéndose los boludos y sonriendo con un globito para la cámara. Este fascismo parasita en una supuesta moderación que es pura defección bajo la cobertura de un autoritarismo más obvio que un día será execrado como chivo expiatorio de un sistema del que son parte y al que le darán continuidad.

Esos son sobre todo a los que llamo “la gerencia”. Unos tipos que están pintando la empalizada del campo de concentración simulando que el conflicto es el mantenimiento de las instalaciones y no la reducción a servidumbre de los internos, el maltrato y la injusticia. Ante las denuncias dirán que la cosa no es para tanto, acompañarán los atropellos deslegitimando a los levantiscos como problemáticos y  poco positivos. Hablar de cadenas es “ideología” y ellos no son “ideólogos”, son gerentes. No discuten ni la libertad ni la falta de libertad, su fascismo consiste en que no les importa como tema. Su secreto de subsistencia es mostrar que todo es cuestión de pintura y que ellos son los mejores pintores. Los dueños del campo de concentración los odian porque podrían reemplazarlos en cualquier momento pero hasta aquí han sido sus mejores aliados.

En la ignominia lo importante es “la gestión” y los contratos para llevarla a cabo. Hacer, gerenciar el horror y apagar los juicios llamandole a eso seriedad. Que nadie haga olas, mejor no meterse en problemas. No intervenir en ningún conflicto en el que la continuidad de la pintura se ponga en juego. Hay que llegar así a la jubilación. Al relativizar todo lo importante se asegura una tranquilidad en el despacho y a fin de mes se cobra un sobre que no se gana nunca. Mientras ofrecen una agencia gigante de empleo.

La gente sin esperanza se adscribe a cualquiera de estas formas de fascismo que le asegure su subsistencia. El problema para todos ellos es que el fascismo no funciona. Es un aparato parasitario que se va agrandando no bien la gente percibe que el negocio es estar del lado del látigo y no empujando el carro (no hay tercera posición). Tampoco es compatible con la formalidad republicana a la que por razones estéticas adhieren. Digo estéticas porque quién glorifica al estado no tiene ningún motivo para creer en el sistema republicano que es la forma política clásica del liberalismo.

Pero a no desesperar, habrá muchas oportunidades de mostrar la obviedad de este sistema. Lo importante es no dejarse callar.

 

El santuario

Hay que reconocer que el poder político es algo mucho menos serio de lo que se viene pensando en el último par de siglos. Tanto esfuerzo por ponerlo en caja, tornarlo previsible, servicial, hasta protector, que el deseo no le deja lugar a la mirada atenta. El propósito de amansarlo mediante instituciones cuando no se alcanza deriva en mistificación.

Se producen dos bandos, los aburridos que lo atan y los divertidos que lo desatan.  Los divertidos están cada vez que hay que repartir para cosechar sonrisas y los aburridos nos recuerdan que toda cuenta se paga. Los divertidos acusan a los aburridos de no querer fiesta y los aburridos están aburridos de explicar que antes de festejar hay que tener con qué. Lo que pasa es que cuando se tira el dinero de otros la responsabilidad parece más tediosa que cuando uno tiene que pagar.

Lo que hemos estado suponiendo desde hace mucho tiempo es una racionalidad en un aparente mercado de votos en el que los mejores consiguen adhesiones y si no lo logran es porque están teniendo “errores de comunicación”, o no son con sus conductas un ejemplo suficiente. Sin embargo hay más problemas, porque esta visión del poder como algo servicial y no como la organización de la injusticia con la que en todo caso se puede tener una paz provisoria, vuelve a lo que siempre fue, el lugar donde se reparten las fortunas, los privilegios y la buena vida. Antes era muy explícito y ahora ocurre utilizando todas las palabras de la época racional pero en un sentido diferente. Los divertidos se llaman keynesianos (aunque Keynes nunca dijo que la vida era una fiesta como estos gastadores pro-cíclicos) o socialistas o izquierda o nacionalistas o nacional socialistas. A los aburridos se los niega adosándoles nada más que malas intenciones. Los aburridos son los malos y listo. Son gente que no quiere divertirse. Hay que reírse de ellos.

El que define a los malos se define como bueno. Gana terreno el maniqueísmo y el misticismo. Entonces se ve al “Pueblo” (aquellos que no son gobierno) besar manos, tocar y declarar amor ciego e incondicional a los buenos; es decir los divertidos. Cuando tienen algún problema los divertidos buenos y por ejemplo son internados en un hospital sus seguidores lejos de comportarse como ciudadanos que apoyan determinadas líneas de gobierno, lo hacen como fieles de una secta. Elaboran estampitas, carteles con todo tipo de frases de admiración, lloran de manera pública y hacen ofrendas mostrando un servilismo absoluto. Gestos que no harían por sus parientes, con quienes tienen relaciones de afecto normales. El santuario es un amor como forma de sometimiento político, de veneración. En el santuario hay una relación de poder y la pasión forma parte de ese vínculo.

El santuario y la república pertenecen a mundos distantes. El santuario es la muestra más fácil de reconocer de desigualdad.

Los ritos en el santuario llevan implícita la despersonalización, con la despersonalización como está ampliamente demostrado, desaparecen las inhibiciones morales. Despersonalización más maniqueísmo y cualquier enemigo que pase cerca corre peligro. Enemigo se define como el infiel.

Sobre un cuerpo de república se va colando así un califato. En el encantamiento por el número no se advierte que no es lo mismo contar con votos como adhesión pensada a un determinado rumbo de gobierno, que contar siervos con o sin uniforme que obedecen órdenes y expresan sumisión total a un liderazgo.

La irracionalidad parece locura, pero no es locura. En el juego de la lealtad sin freno y sin normas el valor no es ni la honestidad ni la justicia, sino la pertenencia. Lo que nos protege no es un sistema de reglas sino una autoridad fuerte. Estamos adentro o estamos afuera. La forma más común de estar adentro es insultar al que está afuera. Con ese no se tienen unas ideas distintas, sino que se lo odia por ser una amenaza. Es decir por temor.

Cuando nos preguntamos cómo puede ser que determinada persona defienda cualquier cosa, que lo haga con semejante énfasis y con la presencia de ánimo para tratarnos como si tuviéramos un problema para no ver lo evidente, estamos suponiendo un interlocutor que nada más piensa otra cosa. Pero perdemos de vista que estamos frente a ese que muerto de miedo no tiene capacidad mental para cuestionarse una adhesión total en la medida en que lo han convencido de que el mundo es solo un caos en el que se deben sumar cómplices.

Cuando la cosa está así de mal mejor que ver es creer. Creer en lo más amenazante es una garantía de supervivencia o es percibido como si lo fuera. No se cree en lo más inofensivo, sino en lo más ofensivo. Debajo del paraguas del sistema agresor se puede incluso jugar a la valentía creando fantasmas afuera a los que se combate con impunidad sabiendo que no son reales.

Es entonces cuando aparecen el santuario o la danza de la lluvia o aquellas formas de ismos salvadores.

Es Boudou, estúpido.

No es gratuito para un país el hecho de que el anuncio de una enfermedad de su presidente pueda ser puesto en duda porque el gobierno acostumbra a mentir en cada uno de los temas. En el medio de ese interregno absurdo creado por las PASO y las elecciones reales, por llamarles de alguna manera, las suspicacias aumentan. No importa tanto si son fundadas sino la cantidad de antecedentes que abonan las posiciones escépticas.

El gobierno juega con esa falta de datos ciertos. En lugar de contar con información médica, la población debe contentarse con las escuetas manifestaciones de un vocero político. Ningún médico pone una firma.

A partir de ahí el debate se convierte en una charla de peluquería en la que los protagonistas compiten por llorar, desearle lo mejor a la presidente, presentar la cuestión como si la titular del Poder Ejecutivo fuera una madre colectiva sufriente o estuviera manejando el armamento nuclear del mundo y no el Fútbol para Todos. La prioridad es mostrarse bueno frente a la enfermedad. El espectáculo de la bondad que pretende competir con el espectáculo del relato, creado por el pánico de ser señalado como incorrecto es la nota en momentos cruciales de emocionalidad colectiva obligatoria.

El sentimiento de quienes opinan no tiene la más mínima importancia, los temas institucionales son más serios que una telenovela de la tarde. En cualquier país normal se habla en estos casos de cuestiones constitucionales; en la Argentina todo lo domina la medicina y el juego de estar a tono con el velorio.

La poca información que da el gobierno debiera ser objeto de sanción, no de amables sugerencias. Eso es más importante que un puchero de circunstancia, pero parece que nadie va a ocuparse de esta irregularidad.

Lo que sigue es especular, se hace inevitable hacerlo. En el juego perverso oficial las especulaciones serán utilizadas como prueba de falta de sensibilidad, de la que el oficialismo carece, pero en realidad, reitero, los sentimientos no importan. Así el gobierno gana todas. Concentra la atención, consigue poner a la oposición y al periodismo al ritmo de la arrastrada sensiblera y después igual los castiga por decir cosas que no son, basados en la falta de información que el propio oficialismo elige. En la próxima oportunidad oposición y periodismo se esforzarán más todavía por mostrarse sometidos, a ver si consiguen no ser criticados por los causantes de todo el problema.

En ese mar de confusión aparece la cuestión Boudou. Que si puede asumir, que si no puede, que si habrá sido una buena idea ponerlo en el cargo. Si, la Constitución dice que tiene que suceder a la señora Kirchner, pero bueno, seamos realistas, entendamos de política, esto no se maneja con la Constitución.

¿Con qué entonces?

Nos vamos a encontrar que quienes esgrimen ese razonamiento, hasta hace una semana recitaban el mantra “queremos que llegue al 2015”, para referirlo a la señora K a la que acusaban de todo tipo de transgresiones dictatoriales a su poder legal.

El gobierno sigue ganando. La señora Kirchner, única responsable de la impunidad del señor Boudou, es mostrada como alguien imprescindible, desde ya mucho mejor de Boudou y personificación viviente de la legitimidad. A propósito, hice una pequeña encuesta preguntado qué defecto de Boudou no comparte la presidente, pero no  conseguí ninguna respuesta.

De forma inadvertida, espero, se abona la idea del poder personal. La señora tiene que terminar su mandato aunque incendie Roma, en nombre de la Constitución. Pero la Constitución debe dejarse de lado si es que hay que hablar de su sucesión o de la continuidad del Poder Judicial por ejemplo. Ni hablar de preservar a la Constitución misma de los desvíos ilegales del gobierno o de interesarse por pequeños detalles como la vigencia del derecho de propiedad, la libertad de comercio o la libertad de imprenta. Esos conceptos han quedado erradicados.

La conclusión es obvia. Lo que nos rige, de acuerdo al gobierno, a la oposición y a la opinión publicada bienpensante, es un poder personal que surge de unas urnas y que está en cabeza de la persona que ganó las elecciones. No alcanza a nadie más, a ningún otro rol constitucional. La presidente no solo no puede ser destituida sino tampoco sucedida si es que el sucesor no es del agrado de nuestros guardianes.  Conceptos por supuesto que no tienen ninguna relación con el estado de derecho y sólo se parecen a las formas más primitivas de mando y sometimiento.

Las cosas son de otra manera. El señor Boudou, goza de la misma legitimidad revocable (destituible) que la señora Kirchner. Si hablamos de política por otra parte, la responsabilidad de todo lo sucedido, incluso la causa Ciccone, está en la cúspide del poder, no en la gerencia. Si quedaba alguna duda, fue la presidente quién intervino la procuración general y forzó la exclusión del juez y del fiscal del caso. Hago referencia a este dato político porque la impunidad de la presidente está abonada por esta adscripción general a la idea del poder personal que hace que se traslade hacia abajo la culpa. Pero Boudou es el vicepresidente hasta que no se lo destituya por la vía constitucional o termine su mandato. No hay ninguna razón para querer que la señora se quede hasta el 2015 que no sea igualmente aplicable a Boudou, si es que lo que se quiere preservar es el sistema y no a una pretendida reina.

¿Causas de destitución hay? Por supuesto, en ambos casos. Pero entonces lo que corresponde es poner en marcha los mecanismos para llevarlo a cabo, no poner en duda su carácter de vicepresidente consultando a los encuestadores.

Lo irregular, lo inconstitucional, lo ilegítimo, es que pase lo que ya ocurrió en la enfermedad anterior de esta misma presidente. Esto es que un “mano derecha” sin ningún rol institucional válido, esté por encima del vicepresidente en ejercicio.

No es una opción para la señora Kirchner transferir el mando al señor Boudou, es una obligación dada su situación. No es una opción para la oposición exigirlo, es una obligación. Tal vez en el manual de la telenovela de la tarde en la que los políticos nos muestran que son de los buenos y recitan twitts de circunstancia diga lo contrario, pero no interesa. Menos cara falsa de preocupación y más cabeza.

Una vez que asume el vicepresidente, él y solo él ejerce Poder Ejecutivo, con todos los atributos constitucionales. No recibe instrucciones a tal fin de nadie, ni siquiera del titular del cargo que se encuentra de licencia. Es cierto que por cuestiones de prudencia se espera que no haga grandes cambios porque su cargo es provisorio, pero también es cierto que su poder se encontrará mucho más limitado que el de la presidente.

También se ha hablado de esa debilidad política como un problema. Hasta ayer se lamentaban todos del abuso de poder, ahora se lamentan de la falta de poder. Sin embargo lo único importante es preservar la Constitución. Al país no le va a hacer mal un poco menos de mentalidad caudillista y mayor respeto por la legalidad. El único poder irrevocable es el del ciudadano.