Vale todo

El problema de la toma de la Justicia a partir de esta reforma que está tratando mientras escribo este artículo el Congreso en violación al artículo 29 de la Constitución Nacional, es que a partir de ahora queda explícita la inexistencia de vínculo legal entre el gobierno y el resto del país. Poner a la justicia a disposición del Poder Ejecutivo equivale a transformar el resultado electoral en un acto de conquista y nos retrotrae al estado de naturaleza que describe John Locke en su Segundo Tratado del Gobierno Civil.

La partidización no es algo que haya que probar, no requiere un esfuerzo de interpretación, es el propósito expreso del oficialismo al hablar de “democratización”, de identificar a la facción más exitosa con la expresión del sistema en su totalidad. Como si no hubiera o no fuera legítimo que hubiera un otro más allá del poder. Fascismo del manual, dentro del estado todo, fuera del estado nada.

El estado de naturaleza de Locke implica la ausencia de compromisos entre quienes gobiernan y quienes son gobernados. La acción de gobernar se transforma en un avance de facto sobre la libertad de las personas.

No tiene ninguna importancia si los nuevos miembros del Consejo de la Magistratura obtienen mayorías abrumadoras en las próximas elecciones o si la facción que expresa este fascismo también triunfa, porque se están danto por terminados los presupuestos supra-comiciales que vinculan a mayorías y minorías.

Precisamente el mayor elemento para sostener el compromiso de respetar a una eventual y circunstancial mayoría es que hay un poder del estado encargado de custodiar la voluntad fundamental que no reconoce mayorías y minorías sino que abarca a todos; esto es la Constitución. Las minorías aceptan que otros gobiernan porque su voluntad de aceptarlo está implícita en ese instrumento, en la medida que ese instrumento y quién lo custodia que es el poder judicial amparan sus derechos y custodian la igualdad ante la ley.

El actual es un gobierno de facto, se ha colocado en esa situación al liberarse de las ataduras de cualquier pacto vincular, porque la constitución era lo que la justicia decía y a partir de ahora será una simple fachada para que los más disparatados caprichos presidenciales se lleven  cabo.

Nos espera la arbitrariedad y detrás de la arbitrariedad la corrupción total de los tribunales, custodiada por la corrupción total del Consejo de la Magistratura, esa panacea que los mismos asaltantes del poder de hoy nos vendían bajo la etiqueta de “calidad institucional”.

Rechazo la violencia por inconducente y porque a partir de ahí nada se puede construir, pero la Argentina ha ingresado hace rato en una guerra civil en la que la  ciudadanía entra en contienda con el poder porque el poder se manifiesta como enemigo de los que no se someten a él. Contienda que es la expresión de quienes están fuera de la protección estatal del derecho de resistencia a la opresión, también reconocido en la Constitución, que deberá librarse con todos los métodos no violentos a la mano. No digo métodos pacíficos, sino solo no violentos, porque la paz ha sido rota hace tiempo al no reconocerle a los extraños ni el derecho a su reputación, con militontos agentes estatales que se dedican a la difamación de los críticos.

Habrá que dejar la comodidad, para los que hasta aquí estuvieron cómodos. Lo que está claro es que el sistema de convivencia no se restablecerá en base a colaboración ni negociaciones por el reparto del presupuesto público. Es hora de otra gente y las manifestaciones espontáneas de una ciudadanía indignada son una consecuencia de ese cambio.

Queda la instancia de la justicia subsistente, se verá si hay pactos y si hasta acá hemos llegado con algún sentido de constitucionalidad. De cualquier modo no alcanzará, los tiempos judiciales son insuficientes para tratar con una andanada fascista.

Esa expresión “calidad institucional” ha sido usada con suma ligereza, como una forma anómica cuasi técnica de evadir el verdadero problema que es el de la libertad. No hay calidad concebible sino en función de un sistema de valores, los valores de nuestra constitución son los derechos individuales. En consecuencia a partir de ahora dependemos de la última “calidad institucional” de lo más básico que tenemos, esto es nosotros mismos ciudadanos, células elementales de toda república.

La libertad económica es la de los pobres

La última libertad que se usa es la de expresarse sobre temas públicos. Primero está el ser propietario del propio trabajo, después poder ahorrarlo y adquirir bienes sin ser robado, realizar transacciones, planes, sueños. Algunos más desahogados pueden ocuparse de temas comunes, opinan, discuten. Pero sin ser dueño del propio trabajo nadie tiene incentivos para discutir, a lo sumo lo tendrán para revelarse.

El debate público abierto es casi un lujo. Cuando un gobierno ha llegado a controlar también las opiniones, antes ha aplastado a las masas controlándoles la vida.

La supuesta división entre “libertades políticas” y “libertades económicas” es falaz. La libertad es libertad y que se la pueda estudiar desde el ángulo económico o político no quiere decir que sean cosas distintas. Si entendemos la libertad política como aquello de participar en el debate de los temas comunes, la posibilidad de expresarse o de votar o ser votado, sin la propiedad, sin independencia, sin la ausencia del miedo a una inspección impositiva, con el sometimiento a un burócrata que te abre la valija para buscarte el pecado de comprar o no te deja comprar una divisa que te salve de la inflación, no significan nada. Menos aún para las masas ocupadas con exclusividad en su subsistencia.

Si le sumamos a esto los vicios del estado de bienestar y su hijo más dilecto el populismo, se genera una dependencia de las personas más sencillas que son llevadas a besar las manos de los demagogos y a someterse a ellos. Dejan de ser ciudadanos en todos los sentidos relevantes y pasan a ser a lo sumo votantes desesperados detrás de una dádiva de la que nunca podrán prescindir.

De manera que es un absurdo de raigambre autoritaria lo de considerar menor la libertad de hacer lo que la gente hace todos los días y mayor el regodeo intelectual de los que están lejos de aquella desesperación.

Como el resentimiento paga para habilitar al autoritarismo, se presenta el problema de la libertad económica como el de las grandes empresas. En el socialismo hay una sola empresa que concentra las decisiones políticas, se vive un control total y la pobreza se convierte en una catástrofe general.

En otras formas de control como el intervencionismo o el nacional socialismo, nuestro sistema actual, la autoridad reemplaza a las decisiones de las personas. Hay empresas también y esas empresas tienen mucho más acceso a la autoridad que las personas comunes, por lo tanto la autoridad las beneficia a la vez que destruye a las que no se disciplinan. Los medios no tienen incentivos más que para tapar esa situación para proteger a sus anunciantes. Se mueven entre el poder autoritario directo y los intereses de los acomodados. El resultado es una oligarquía enemiga del mercado, amiga de los políticos.

Al contrario el mercado se caracteriza por la ausencia de autoridad en las relaciones en las que no exista uso de la fuerza o imposición de unos a otros. Para el común lo que rigen son reglas, no el ojo vigilante de los iluminados y “protectores”. Y a las reglas tienen acceso todos. Eso que el señor Kicillof desprecia como “seguridad jurídica”, no quiere decir otra cosa que el hecho de que la seguridad descansa en las reglas y no en el arbitrio de la autoridad.

Reemplazar al mercado por la autoridad no es una mera “intervención económica”, sino que trastoca de modo irremediable las relaciones políticas. Sobrevivir es ser amigo de los Kicillof y como el acceso a él es difícil y requiere una cuota de miseria, está a disposición de pocos, la política se vuelve oligárquica y la economía el mundo del privilegio. Justamente para eso que llaman “corporaciones”, si obedecen al gobierno, las cosas son fáciles. Para las personas sin recursos, el lugar es el de la esclavitud: “plan social” contra la identificación partidaria y la denigración personal.

Cuando el evangelio habla de pobreza en su sentido histórico, habla de esa pobreza asociada a la falta de acceso al poder en sociedades autoritarias que es la situación anterior al capitalismo. El de los pobres es el mundo de los “privados”, mientras que los socialistas nacionalistas o marxistas demonizan el mundo de lo “privatizado” y glorifican el de las decisiones centralizadas.

Es un esnobismo brutal el desprecio a la “libertad económica”. Y no digo elitismo, las elites son cosas más sanas, el snobismo es el quiero y no puedo, entonces me conformo con parecer, lo que requiere en muchos casos hacer padecer a otros.

Más pruebas de lo que digo no puede haber en este momento donde nuestras dictaduras latinoamericanas nacional socialistas utilizan la restricción económica directamente para disciplinar.

El mito es que en un contexto de poder limitado los “grandes intereses” están aventajados. Pero los “grandes intereses” están siempre aventajados en relación al poder político, por eso es que hay que limitar el poder político para que no puedan usarlo en su favor.

Todo esto se ha facilitado por lo que denomino la “castidad lucrativa”, que es la base de este pensamiento autoritario. Así como una forma conservadora de puritanismo tiende al control moralista del sexo sin tomarlo con naturalidad en lugar de poner el acento en que se ejerza con libertad sin imposiciones, hay otra forma autoritaria moralista propia de la izquierda que es el puritanismo del lucro, que se toma como algo malo de lo que hay que cuidarse con tutores, en vez de atender al mismo problema de la libertad de las personas.

Sexo y lucro son nuestros impulsos de supervivencia, se pueden canalizar a través de tratos civilizados o de crímenes. Si se los reprime generan perversiones en ambas cosas. El problema de la convivencia es el de los medios, previo reconocimiento de lo que el ser humano es con sus deseos. El afán de lucro no está ausente en los gobernantes, si se quiere garantizar su perversión sólo hay que entregarles la decisión sobre la fortuna de las personas. Sexo y lucro libre sin tutores y sin crímenes, eso es el mercado, lo que erróneamente se llama “libertad económica”.

El primer tipo de puritanismo hace ya poco daño, la sociedad se lo va sacando de encima y de cualquier modo siempre lo encaró con hipocresía. El segundo está en plena vigencia, tapado por mucha más hipocresía, pero carísima. El peor precio lo pagan los que se caen del sistema por todas las transacciones que no se hacen, los negocios que no se cierran, los empleos que no se crean, solo por el temor a la arbitrariedad y la falta de acceso a los privilegios. Esos son los más pobres, a través de una cadena de acontecimientos que empieza en el tipo de autoritarismo que más gente comparte.

La Torre de Babel del populismo

Como una Torre de Babel del estatismo enfermo que se apoderó de la Argentina en los últimos diez años, una tragedia tras otra desnuda que la vocación por el sector público es la vocación por la depredación, el autobombo y la jubilación temprana, pero que poco tiene que ver con el servicio.

Es tragedia porque los excesos como la hibris de los clásicos griegos, anuncian hasta el cansancio lo que ocurrirá, el tren que  no podrá frenar, el agua que se llevará todo a su paso, el avión que puede caer, la electricidad que se corta, pero el fútbol y 678 como necesidades esenciales del estatista idealista tienen que continuar.

Todo es inevitable y nos agarramos la cabeza pensando qué es lo próximo.

El estatismo está para servir a los estatistas. La demagogia no es servicio, es el encantamiento de la serpiente. El populismo en los desastres muestra para quién lo quiera ver que su única preocupación es si mismo, y que la gente es un medio para sus fines. Esos a los cuales palmear la espalda y prometerles una heladera nueva si no hay más remedio, pero que sigan estando desesperados siempre.

El corto plazo son estadios y fotos, fútbol y fotos, farándula y fotos, bicisendas y fotos, nuevos documentos de identidad para votarlos y fotos. Y los que no están en las fotos son enemigos.

Para el corto plazo todo, para el largo plazo, las cuestiones de fondo nada. Ni cloacas, ni desagües, ni estudios, ni caminos. Eso que lo haga el próximo, nada puede detener el crecimiento del empleo público para los militantes y el llamado gasto social que asegura, mientras empobrece a los que pagan impuestos y les impiden pagar sueldos, que la miseria se eternice y con ella el reino del populista.

El tema más importante a descubrir de estas experiencias espantosas, aunque tuvimos tantas de las que no aprendimos nada, es el despropósito del gobierno nacional consumiendo todos los recursos, cobrando todos los impuestos y no haciéndose responsable de nada.

Las invasiones inglesas de 1806 y 1807 desnudaron la inutilidad de la corona española para los habitantes del Río de la Plata ahogados por impuestos, regulaciones y proteccionismo. A la hora de defenderlos eran como los intendentes de vacaciones. Los acontecimientos se precipitaron después por el cause natural de la conclusión obvia de ese desfasaje ¿Para qué estamos pagando tanto para recibir tan poco?

Los borbones nunca ahogaron tanto al país como este Estado Nacional que está para todos los actos y las puestas en escena, para pagar el fútbol y ayudar a vivir mejor a la farándula prostituida, pero para las cosas serias mejor llamen al gobernador o al intendente como les explicaba la presidente a los vecinos de Tolosa.

No es el kirchnerismo el problema, a lo sumo son los que lo explotan con mayor descaro, es el estado nacional desfazado e inútil y la desaparición del espacio de la polis, la ciudad, porque la recaudación y el gasto están invertidos. El estado nacional no le sirve a nadie casi nunca, pero es el que recauda y consume la mayor parte de los recursos; las ciudades no recaudan casi nada y reciben migajas, cuando tienen las responsabilidades más directamente relacionadas con la vida de los ciudadanos. Conversando con el intendente de Chabás, Provincia de Santa Fe, me contaba durante la crisis del campo que solo en materia de retenciones agropecuarias el aporte de su municipio a la nación era del orden de los 300 millones de dólares anuales mientras su ciudad tendía un presupuesto de 10 millones ¿No le sobraría acaso el diez porciento de esa recaudación para brindar servicios de educación y salud de excelencia, solucionar todos los problemas de infraestructura y bajar drásticamente los impuestos para que su departamento creciera sin parar?

La ciudad es el lugar al que las personas tienen acceso y en el que pueden influir, siempre que la ciudad tenga los recursos y no sea un quiosco del gobierno nacional. Es el lugar natural de la política en su sentido original, como actividad vinculada a los problemas comunes donde la hueca retórica nacionalista suena inútil porque hay que ocuparse de que no los tape el agua. Ese lugar público donde los “políticos” modernos se aburrirían, donde habría que pensar, organizarse y actuar como hacen entidades privadas cuando responden a emergencias. La polis es lo que vemos en entidades como Cáritas o las redes sociales coordinándose de manera eficiente y canalizando colaboración, como de manera natural hacemos los seres humanos sin empleados públicos.

Hay un serio problema de diseño institucional por debajo de la podredumbre política que flota en la superficie, inclusive debajo de las tragedias sin respuestas adecuadas.

Hasta podría decir que el gobierno es responsable pero no culpable. Se los ha fomentado tanto para que sean como son, se han cometido tantos errores para beneficiarlos y hay tantos incentivos para que se conviertan en unos inservibles narcisistas sin remedio que hasta dan un poco de lástima en las cima de su Torre de Babel.