Epica distribucionista vs realidad y justicia

En mi anterior artículo “La distribución de la riqueza no vale nada” hablé de la imposibilidad de vivir bajo la idea de la distribución sin comprometer la fuente que genera la riqueza, que no es un cúmulo de bienes existentes sino algo que debe ser creado hoy y continuar siendo creado mañana. Y de como bajo el dogma Montaigne la idea de que los pobres son pobres porque los ricos son ricos se ha apoderado de la sociedad argentina.
Tres siglos después de que Michel de Montaigne desarrollara esa idea, Karl Marx creó la noción de la plusvalía apoyándose en la teoría del valor de Adam Smith, para quién las mercaderías se cotizaban de acuerdo al trabajo invertido en ellas. Si esa era la explicación del valor, entonces el empresario se quedaba con la diferencia entre lo que aportaban sus empleados, la verdadera riqueza, y el precio de venta de sus productos; es decir la plusvalía.
Todo el edificio marxista se cae por ese error, Adam Smith estaba equivocado. Los escolásticos antes qué él comprendieron mucho mejor la cuestión y el desarrollo posterior de la economía dejó la idea del valor trabajo. Un teléfono celular hecho por mi, que llevaría una mucha mayor cantidad de tiempo que la que le tomaría a un experto, no valdría más que el que uno fabricado por cualquier marca conocida. Lo mismo pasaría con cosas más sencillas, como la ropa que visto o el cuaderno en el que tomo mis apuntes. El valor es anterior al trabajo puesto para producir un bien. El empresario es el que supone los precios a los que va a vender, considera el de los factores que va a utilizar y los combina, descubriendo un negocio que satisface al mercado. Muchas veces se equivoca y paga por ello, pero es más fácil enterarse de las historias exitosas. Incurre en riesgos y asume costos sin la certeza de que su especulación inicial se corroborará. Paga el salario de quienes contrata y los bienes de capital para multiplicar la productividad del esfuerzo. Los empresarios crean algo que vale más que la suma de los factores utilizados.
Si Marx tuviera razón los empleados harían solos sus empresas y harían desaparecer del mercado al empresario “explotador”. El carácter de empresario no se adquiere por nacimiento, cualquiera que organice factores de la producción es un empresario. Otro error marxista y del pensamiento meramente izquierdista de la actualidad es el capitalismo no existen castas, hay igualdad ante la ley. Empresario u obrero son funciones móviles, no posiciones determinadas por ley. No hay clases.
La idea del valor de Adam Smith y la conclusión marxista, no explicarían tampoco por qué las empresas cuando pasan por una crisis se deshacen de empleados, si se supone que ellos eran la fuente de su enriquecimiento.
Sin embargo Marx era más serio que pensamiento meramente distribucionista actual. El creía en su plusvalía y pensaba en una solución que era la colectivización de los medios de producción, algo que fue un completo fracaso en la medida y cada vez que se lo intentó, pero al menos su teoría buscaba ponerle remedio a lo que veía como una injusticia. El distribucionismo se explica la producción del mismo modo, como una explotación del empresario hacia el obrero, pero más que solucionarla lo que busca es compensarla. Deja que ocurra, después barre con un criterio general que no es más que la excusa para elevar el gasto público y mantener parásitos y convierte al estado en supuesto “benefactor”. Para la actividad política parasitaria es un pensamiento hecho a medida.
Si existiera la explotación según la explicación marxista, la distribución sería una compensación burda y brutal, un “masomenismo” sin sentido ¿Cuál es la plusvalía que contiene un litro de leche, una docena de medialunas, una corbata? Habría que medirla y en todo caso tomarla y devolvérsela a los empleados, tarea imposible. ¿Cuánto al telefonista, cuánto al que preparó la masa, cuánto al que amasó las medialunas? Cuenta complicada y misteriosa, que nunca harán. La sola existencia del mito explotador basta para suponer que hay que aguantarse cualquier política contra las empresas y cualquier exacción y recursos mediante impuestos de cualquier monto, para el posterior reparto con cualquier criterio. Es una posición casi mística, algo así como una idea del karma social, sin otro fundamento que el narcisismo heroico de quienes la fomentan, quiénes ni siquiera se preocupan por el hecho de que nunca sacan a nadie de la pobreza y generan más. Si Marx creó la enfermedad, los distribucionistas son los médicos brujos sacrificando gallinas.
Si el problema es la explotación obrera entonces tendríamos que olvidarnos de la gente que no trabaja, gente feliz que no ha sido sometida nunca. La desocupación sería una liberación.
Hay toda una corriente de pensamiento actual que se ubica a si misma dentro del derecho, llamada Nuevo Constitucionalismo Latinoamericano, que ha sido fuente de inspiración de varios dictadores de la región vestidos de cruzados distribucionistas como nuestro gobierno y los señores Chavez, Correa y Morales, que llevan adelante la explicación general de la explotación sostenida en una épica, sin plantearse siquiera los interrogantes que acabo de mencionar, desligados de las cuestiones económicas y del tipo de pillaje que terminan fomentando.
Ellos observan la realidad de países con economías mixtas, ahogados por impuestos y regulaciones, donde pocas personas viven fuera del margen por lo que el estado consume siguiendo sus criterios, pero lo que observan es una foto que parece confirmar su idea de la injusticia social. Todo lo que esté mal tiene la misma explicación, la maldad de los ricos y la bondad de los políticos cuando veneran sus creencias.
Suponen además que la riqueza seguirá fluyendo de una fuente que no tienen idea de donde está, mientras ellos la reparten, creen que los repartidos se comportarán igual después del reparto que cuando pensaban que se beneficiarían ofreciendo bienes y servicios al mercado. El despojo no solo es una injusticia hacia el pasado, también cambia los comportamientos futuros. Desconocen el proceso porque la prioridad está en el relato que los muestra mucho más buenos que nosotros. Como eran buenos los que condenaron a Galileo por ver, en lugar de creer.

La distribución de la riqueza no vale nada

Una de las diferencias que separan al pensamiento liberal del socialista es la suposición en el segundo caso de que el mundo ha sido dotado de un stock de riqueza, derivado a su vez del mito de la Tierra heredada por un Creador.
Quién resumió esta idea llevándola a la economía fue el pensador francés del siglo XVI Michel de Montaigne quién aseveró que “La pobreza de los pobres, se debe a la riqueza de los ricos”.
Esa es la suposición que tiñe a todo el pensamiento que se denomina a si mismo “progresista” con todos sus matices y grados en cuanto a profundidad o superficialidad. Ludwig Von Mises le asignó con razón el carácter de dogma.
Si fuera cierto la vida sería una lucha por conseguir bienes quitándoselos a otros y el hombre sería su peor enemigo. La política sería el campo para dirimir violencia y riqueza y todo depende de quienes ganen. Si ganan los malos querrán todo para ellos, si ganan los buenos nos mantendrán a todos más o menos bien alimentados.
Es fácil así entender por qué para muchos la política o la economía son solo concebibles como una lucha eterna de clases para determinar cómo se va a distribuir el legado y quién estará encargado de llevarlo a cabo.
El capitalismo por lo tanto para este pensamiento vino a arruinar el Eden. Así es que Hugo Chavez piensa que el capitalismo destruyó al planeta Marte, exprimiéndolo.
No se qué habrá pasado con Marte pero es evidente, es decir está disponible para quién lo quiera ver, que los bienes que nos rodean, que usamos y consumimos, no estaban aquí en tiempos de (un supuesto) Adan. La lechuga de nuestra ensalada tal vez existiera como especie, pero fue la acción del hombre la que la multiplicó y la trajo hasta la ensaladera. Lo mismo pasa con la venda utilizada para curar un esguince, el teléfono celular, la ropa. Cualquier cosa que usemos tiene poco de herencia ancestral y mucho de actividad actual o reciente.
Eso es porque la riqueza es más que nada un flujo. Algo que es creado y distribuido en un contexto de colaboración, no de decisiones políticas. Lo que la política, la arbitrariedad y sobre todo el resentimiento producto de los dogmas no revisados, ponen en peligro es ese flujo indispensable para nuestra subsistencia.
Una parte importante del pensamiento político ha estado preocupado por hacer justicia sobre la base de ese mito de la herencia y por tanto también de la igualdad del hombre ante la vida, que no es lo mismo que la igualdad de derechos.
¿Pero que pasa si el stock no tiene la importancia que se le asigna? Ese es el descubrimiento implícito en los inmigrantes. Se mueven hacia lugares donde hay mayor riqueza, pero no mayor riqueza de ellos mismos. Incurren en costos para su traslado de modo que al llegar se han empobrecido respecto de su situación al partir desde su lugar de origen. Se instalan allá donde son más desiguales aún que en su lugar de origen.
El hombre acumula bienes para consumir en el futuro y para potenciar la producción mediante maquinaria y tecnología. Apoderarse de ese stock es sencillo, requiere un rapto de violencia que a la luz del pensamiento colectivista se llamará “justicia distributiva”, lo que nunca se podrá socializar es el flujo que originó esa acumulación. Acabar con la propiedad no permite apoderarse de la riqueza más importante que está justamente en el flujo del que tales bienes se obtuvieron, si es que no se consiguieron con otros actos de violencia.
Quiere decir esto que se puede asaltar el silo del productor agropecuario y quedarse con su cosecha, pero que ese silo se siga llenando es algo que no va a ocurrir sin la regla de la propiedad.
Quién quiera ver un ejemplo de esto puede darse una vuelta por Cuba y comprobar como ese paraíso sigue siendo hasta el día de hoy el consumo del capital existente en la década del cincuenta, con muy poco agregado. Volar por encima de la Isla ya nos muestra su permanente decadencia. Es de los pocos lugares del planeta donde no se ven las marcas de la agricultura en los campos visibles desde un avión. El socialismo es el reino de los brazos caídos, del desinterés.
La forma en que los bienes y servicios de ese flujo se distribuyen, si no interviene la violencia, es el sistema de precios. Precio es la tasa a la cual alguien hace o entrega algo porque le conviene más que no hacerlo o no entregarlo, es decir, de manera voluntaria. La fuerza de ese flujo está justamente en eso, en que es la consecuencia de la conveniencia expresada en concreto de cada persona que ha intervenido en la producción y distribución de todo lo que consumimos. No depende de la buena voluntad, ni de los dioses, sino del respeto, la coordinación y el comercio. Es desigual de acuerdo a como uno se sitúe o a lo que uno prefiera, pero es la mejor garantía de poder mejorar la situación de cualquier individuo sin perjudicar a los demás.
Las desigualdades mueven a la acción.
Las personas se ocupan por aprender algo que genere dinero o hacerlo del modo en que sus interlocutores lo valoren más. Otras prefieren seguir sus propios deseos despreocupándose de lo que quieran pagar los demás y renuncian a las comodidades. Este es otro aspecto que el colectivismo distribucionista tampoco incorpora, que es el hecho de que la riqueza es un concepto subjetivo.
Por lo tanto para el hombre el problema no es la justicia en la distribución como sinónimo de igualdad, sino la justicia en las reglas, la exclusión de la violencia y el fraude. Es una justicia en concreto, en las relaciones reales, no una justicia general, social o política entre “clases”.
El hombre colaborando sin ser coaccionado, sin que se le impongan los deseos o ideales ajenos, siguiendo sus pasiones e intereses es la verdadera gallina de los huevos de oro que hay que evitar servir en la mesa.

¿Qué es ser antikirchnerista?

Un perverso aparato de propaganda y difamación elige como sus víctimas propiciatorias a quienes por voluntad propia o por simple casualidad se ponen en su camino. Estos se vuelven contra el gobierno. Mucho del antikirchnerismo se nutre también de capas geológicas de ex kirchneristas utilizados como combustible en algún momento.
Pero también existen los que desaprueban por razones generales o de principios los criterios iniciales K cuyos resultados mucha más gente percibe ahora como negativos.
El panorama es muy amplio y heterogéneo, por eso si bien la palabra “antikirchnerismo” se puede definir como lo que se opone al kirchnerismo, los antikirchneristas en si no son definibles de la misma manera. Al menos habría que precisar que al fanático se lo puede identificar casi en su totalidad con el objeto de su fanatismo, porque eso es lo que lo hace fanático, al que se opone al fanatismo, por más que grite y se lo vea alterado por el maltrato, totalizarlo en su resistencia es una enormidad equiparable a otro maltrato. Su vida no gira en torno del fanatismo, sino que solo sería posible si no se lo somete. Para el fanático su causa es su vida, para el que padece al fanatismo, su vida es lo que es amenazado por el fanatismo. Por eso estar muy en contra del fanatismo no es ser fanático antifanático, que sería una contradicción en términos.
Hay una postura bastante perniciosa en la Argentina que consiste en igualar dos gritos, el del fanático y el del que reacciona ante el fanatismo, para colocarse en un medio geométrico. Está el poder abusador, que esta postura no niega que exista o se comporta como si fuera intrascendente, y está esa parte de la sociedad que parece no querer ni una pizca de abuso ni de ilegalidad. Como ponerse entre la víctima y el victimario, como si entre el asaltante y el asaltado lo más sabio, prudente o superado fuera decir que no se está con ninguno de los dos. Costo cero, beneficio propio aparente.
Si fuera parte del complejo y perverso sistema de propaganda y manipulación pagaría por tener gente que haga este juego, porque es como el bardal máxima compresión en el motor del autoritarismo oficial. Se podría utilizar el aparato del estado para agredir, estigmatizar y cosificar a elegidos enemigos y después estarían los “prudentes” listos para declarar el empate moral y acabar con lo que queda del lugar en el mundo de los que lo combaten.
Por supuesto que esta experiencia que señalo también puede ser negada. Negar la experiencia de quién observa es otro de los métodos de manipulación. Nada muy, pero muy feo está pasando, estamos en un país normal, con un estilo un poquito excesivo, pero por ejemplo llamarle “dicatadura” al uso del estado para destruir a la oposición ¡no es para tanto locos! Es la señora Kirchner hablando de la libertad de que se goza en la Argentina de hacerle críticas despiadadas, como por ejemplo decir que hay problemas en el mercado inmobiliario, o inflación. Eso para la señora es grave y despiadado, sin que tenga ninguna importancia si es o no cierto. Qué le queda después al que le pregunte de dónde sacó la plata o a su vice qué tiene que ver una imprenta que hace billetes para el gobierno.
Son los que están muy en contra de este “estilo” los despiadados señora kirchner, hable de ellos, pero no de nosotros que no tenemos nada que ver. Es cierto que hay unos muy malos, esos si merecen que les manden a la AFIP o se los deje sin trabajo, señora, ocúpese de ellos que nosotros somos solo los moderados que estamos esperando que usted cambie. Este es el discurso.
Tal vez con un criterio estratégico de dudoso éxito también se afirma que el proyecto autoritario busca un espejo con el cual jugar el juego de amigo/enemigo que el kirchnerismo ha utilizado desde su llegada al poder sin necesidad de tener ningún enemigo de verdad. Digo de dudoso éxito porque esta visión del problema político que genera un aparato autoritario en el poder hasta ahora ha producido sonrientes derrotas, mucha gente diciendo ohm mientras los pisan y los transforman en monstruos sin que hayan abierto la boca. El problema político que plantea el autoritarismo no es cómo mostrarse, sino cómo conducirse. Mostrarse de cualquier manera que no sea funcional al poder, siempre se verá o se mostrará mal.
Ser antikirchnerista es nada más que no cultivar el relato, ese credo flexible y variable que justifica las acciones y fracasos del gobierno y nos habla de su gloria. Pero esta es poca información sobre los antikirchneristas. Los judíos no podrían haber sido definidos como antinazis, las supuestas brujas sacrificadas no eran anti-inquisición, está mal hablar de anticastrismo en el exhilio cubano o en el venezolano de antichavismo. El nazismo en cambio era el antijudío, la inquisición era antibrujas, los castro, Chavez y los kirchneristas son antidisidentes y anti muchas cosas como el derecho de propiedad y la libertad de expresarse. Lo inconcebible es que exista un fanatismo antifanático, esa es una falacia que no se les ocurrió a los K sino a los que pretenden ser críticos pero verse bien frente a las acusaciones del aparato de propaganda.
Más inconcebible es que se pueda estar en el medio entre el fanatismo y el antifanatismo. Este firulete moral, psicológico y político es un fenómeno argentino. Lo que es muy extendido además es que a esa actitud que para Dante merecía los lugares más calientes del infierno sea confundida con la virtud de la prudencia y así nos la venden los tibios que conducen las carrozas doradas de lo políticamente correcto.
No quiero decir con esto que frente al gobierno sólo se pueda ser amigo o enemigo, sino que todos somos tratados como enemigos sólo por no estar con ellos y que este es el dato moral sobre el que hay que apoyar el análisis, no la visión superficial del estado de ánimo del que es agredido. Será entonces la percepción del gobierno como un enemigo apenas una profesía autocumplida, como el asaltante callejero que descubre un enemigo en aquel al que asaltó, como el enojo, la impotencia o la bronca de su víctima fuera algo que está en ella y no la consecuencia lógica de lo que ha padecido.
Hablar de un problema entre kirchneristas y antikirchneristas implica igualar lo inigualable en provecho sólo del agresor. Quién está violando la ley, quién está desconociendo derechos, quién está abusando del un poder dado para defensa de la sociedad y no para ponerla en guerra es el oficialismo. Nadie le está haciendo nada al kirchnerismo más que hablar de el.
Esa es una postura ruin, no moderada, ni sabia, ni prudente. Nuestra crisis moral es esa, no la burda mano metida en la lata, porque un país es un edificio delicado de acuerdos sanos que se van acumulando.
Se percibe en el aire enrarecido un temor a las definiciones claras. Si se ve un déspota, se trata de evitar el término que lo describa porque usarlo significaría casi tener la obligación de estar en un lugar poco valioso, donde hay pocos dividendos y bastantes lágrimas ¿Quién quiere estar incómodo? Hay que salir de esta con un martini en la mano.
Se le huye al blanco igual que al negro porque ha sido tanto tiempo tan buen negocio el gris que las palabras reconocidas por su peso generan el vértigo hacia un orden franco donde el simple parecer quede para siempre devaluado.

Modelo contra el modelo

Algo que pondría a prueba qué tanto cree el oficialismo en un “modelo”, sería ver si están dispuestos a aceptar ser tratados bajo las mismas reglas de juego que aplican ellos y que dicen que es lo mejor que le ha pasado al país, tal vez al mundo, en toda su existencia.
La continuidad del “modelo” llevaría a excluir a todo kirchnerista de cualquier cargo público, a investigarlos a todos pero no en la justicia a aquellos que hayan incurrido en actos de corrupción, sino mediante espionaje de la secretaría de inteligencia, cuyos informes se transformarían en notas de periodismo militante anti K pagado con fondos públicos. Una AFIP también militante estaría todas las semanas en los domicilios de los oficialistas actuales, de la farándula K, buscando cualquier cosa que pueda perjudicarlos. Otro periodismo militante pero de signo contrario al actual enchastraría a los muchachos de Carta Abierta mezclándolos con cuanta cosa sucia se pueda imaginar. Se darían premios por cifras importantes a gente que odie a los kirchner, se harían extracciones compulsivas de ADN a los que votaron el robo de los fondos de las AFJP, se intervendrían sin indemnización alguna todas las empresas de los K, de amigos de los K, de admiradores de los K, desde multimedios hasta productoras publicitarias. Todos serían sometidos al insulto y el agravio de un ejército de inútiles que recorrerían las redes sociales pagados por el estado para hacer antikirchnerismo. En las escuelas se impartirían cursos para enseñar a los niños a odiar a Cristina Kirchner. Se amenazaría a todo el que los elogie y se les ofrecería contratos millonarios a los que tengan algo negativo par decir de ellos o lo inventen. Ni siquiera haría falta que fuera algo inteligente, dado que el modelo no exige tal cosa.
Se podrá robar, mentir, esconder información, despreciar y asustar siempre que se mantenga la posición antikirchnerista. Los antikirchneristas no podrán ser investigados.
En fin, serían infinitas las posibilidades de darle continuidad al “modelo” cuya aceptación podría convencerme de que tal vez los kirchneristas crean en algo más allá de sus intereses inmediatos y en una falta total de escrúpulos para perseguirlos. Pero dudo que estén dispuestos a aceptar que se les haga lo que ellos hacen, que se los trate como ellos tratan a los demás y que el estado pueda utilizarse para destruirlos como facción y premiar a sus enemigos.
¿Puede universalizarse el kircherismo? ¿Podemos hacerles a ellos lo que ellos nos hacen a nosotros? ¿Que otra medida kirchnerista se te ocurre que se les podría aplicar?

Juicio Político, la república “in extremis”

Elisa Carrió pidió el Juicio Político de la presidente de la Nación por mal desempeño en el caso de la tragedia de Once que fue la consecuencia de un sistema de subsidios a empresas amigas y la ausencia de controles de acuerdo a la investigación judicial. Nadie lo comentó. Podría ser porque no se considere que se pueda llevar adelante, pero sospecho que hay más temor y autocensura que indiferencia.
No es el primer pedido de destitución constitucional de la presidente. Ya había presentado uno el diptuado De Marchi del Partido Demócrata de Mendoza durante la crisis del campo.
El grupo de intelectuales justificadores de la acción del gobierno denominado Carta Abierta, elaboró hace mucho tiempo y como si se anticiparan a un mal desempeño y la violación constitucional, un falso concepto institucional, el de la supuesta falta de ser “destituyente”.
Una república es un sistema de maxima responsabilidad funcional de quienes ejercen el gobierno, que no son dueños de nada, ni siquiera de lo que vulgarmente se menciona como “investidura presidencial”. Esa expresión refiere al cargo, a la función constitucionalmente definida, no a la persona que lo ejerce.
Lo contrario ocurre en una monarquía absoluta, donde no existe una responsabilidad así entendida y por lo tanto los gobernantes son incuestionables e irremovibles. Nuestra Constitución es del primer tipo, dicho esto para muchos que no lo notan. Y como no bastara esta aclaración, de manera expresa contempla el procedimiento del Juicio Político en los artículos 53, 59 y 60 para los casos de mal desempeño, delitos en el cumplimiento de la función y delitos comunes. Hay una primera instancia de acusación que debe ser estudiada primero y decidida después por la Cámara de Diputados con una mayoría calificada de los miembros presentes de los dos tercios, y luego juzga el senado para determinar si corresponde la destitución y en su caso la inhabilitación para ejercer cargos públicos en el futuro.
Pero Carta Abierta no cree en la Constitución como instrumento ni como deber ser, sino en la voluntad ilimitada de un salvador etéreo que hará justicia en un sentido político y por lo tanto debe ser liberado de los obstáculos que le plantean los opositores, el Poder Judicial, el Congreso, la Constitución y la prensa, que responden a los malos.
Este pensamiento sectario requiere la liberación de toda constitución que no sea una que diga que el gobernante elegido hace lo que quiere para la izquierda y que los gobernantes elegidos no pueden hacer nada si no son de izquierda. Porque el poder, si es de izquierda, es la justicia, la verdad, incluso la realidad.
Tenemos un gran problema porque esto ha arraigado, se está instalando aún cuando es posible que el gobierno como tal esté destruyendo su popularidad, porque no solo se ha visto reducida la libertad de votar y opinar por la vía de la compra de la voluntad, la extorsión y la persecución, sino que la sociedad se va tornando cada vez más dependiente del aparato del estado. Este sectarismo travestido en doctrina constitucional muestra sus resultados cuando las cosas más absurdas y falsas son gritadas como verdades reveladas.
Carrió nos recuerda en un momento en que esto está más maduro y visible para más gente que en el 2008, que se supone que somos una república y por lo tanto los cargos se pueden perder. No es tan importante que el Juicio Político se pueda llevar a cabo como recordarle a todo el mundo que la colaboración de todos los que no son parte del esquema de poder descripto está basada en otras reglas de juego que no son las que se están aplicando, pero que son las legales. Define más que el comportamiento del Congreso o el futuro de la señora Kirchner, la posición política, jurídica y moral de todos los que no son parte del nuevo Eden, que como sabemos está bastante lejos de ser conducido por puritanos.
Una de las razones por las cuales estos regímenes como el nuestro están haciendo estragos y paralizan a la oposición es que mientras ese poder abusado hasta el cansancio pone a los opositores fuera del sistema, estos se sienten parte y no se quieren salir, entonces padecen los inconvenientes de ambas situaciones sin ninguna de sus ventajas. Salvo las personales que muchas veces los callan, de tener oficina, sueldo, viajes y placeres a los que no habían accedido antes y por los que venden su dignidad.
Y eso les pasa porque parecen haber entendido que estar dentro es ser ovejas, han olvidado el principio de responsabilidad republicana y cuando la palabra “destituyente” les suena a pecado, se han comprado todo el veneno que los paraliza en la telaraña de aparato que los está fagocitando.
Lo de Carrió ahora es importante más que para ver si la presidente va a ser sometida a un juicio político, si se alcanzarán los votos o si en la campaña electoral otros acompañarán esa idea, para despertar a la oposición y a la sociedad paralizada.
Carta Abierta ha querido asimilar esta institución fundamental con los recurrentes golpes de estado del pasado, pero es todo lo contrario a una ruptura constitucional, es un elemento de resguardo para preservar a la Constitución de los golpes del poder contra su supremacía. Nunca se usó contra un presidente, mi sospecha es que si se hubiera usado de manera oportuna los golpes de estado no hubieran ocurrido. Más allá de cual hubiera sido el resultado, el solo hecho de que exista una instancia para exponer con toda crudeza la responsabilidad de la máxima autoridad del país, hubiera fortalecido a las instituciones.
La respuesta evasiva más común es que los números no alcanzan para abrir el juicio. En primer lugar tenemos una campaña electoral este año en la que este tema debería exponerse, pero lo importante es que la república no sea vencida por desidia, por estar dormida, por pensar que soportar el autoritarismo es una virtud constitucional, cuando es todo lo contrario.
Ni siquiera es relevante si este pedido específico de Carrió es correcto, el mal síntoma es que no se hable del asunto. Una diputada destacada, ex candidata a presidente que está implicando al Poder Ejecutivo en la muerte de 51 ciudadanos, es un hecho político que debiera requerir la máxima atención, ser objeto de debate, de artículos a favor y otros en contra, de aclaraciones, de conferencias de prensa de todas las partes. Despierta Argentina.

El orden paralelo del resentimiento

Un auténtico bueno para nada como el señor Juan Cabandié, legislador del kirchnerismo en la ciudad y miembro de la agrupación de “soldados” de Cristina Kirchner llamada “la Cámpora” es el juez de los ingresos, el tipo elegido por la providencia para ver cuánto deben ganar los demás, el enviado de alguna divinidad para quitarles a unos y darles a otros, aunque en su vida no se le conozca logro alguno, siendo un grandulón, más allá de la explotación política de su historia familiar.
No es el único, pero es un símbolo de lo que me interesa destacar, que es el gusto de la masa creciente de inutilidad de argentinos que se dedican a la promoción de la criminalidad distribucionista estatal del dinero que se ganaron otros. Y como ya el gran profesor no existe al lado del burro, hoy tiene un espacio en La Nación para decir “Dudo bastante que haya personas que tengan problemas de ingresos en Barrio Norte” ¿A quién le importan las dudas del señor Cabandie, más allá de la muestra de decadencia general implícita en el hecho de que alguien publique sus declaraciones?
En fin, mejor acostumbrémonos porque es éste el nivel al que hemos llegado cuando pasamos el piso de las peleas de vedettes. Lo relevante es la facilidad con la que alguien es juez de los ingresos, y del lugar donde vive la gente y se cree ganado el pedestal de la épica inmoral que es para todos la función de la política. Más ricos parece haber en Puerto Madero, pero mejor no hablar de ese barrio porque lo habitan muchos nuevos ladrones oficialistas.
El punto es que en el Barrio Norte hay gente de todo tipo, es la visión resentida social, que en la Argentina es virtud, la que alimenta el mito de que el Barrio Norte es de millonarios, pero si fuera así nadie le debe nada a Cabandié.
Aclaremos, el resentimiento social es más que envidia, que además de ser un pecado es un sentimiento deleznable y destructivo hacia aquel que tiene motivos para estar feliz. El resentimiento social implica que se aplica a grupos generales, la compensación particular por las cosas que el resentido cree no tener y merecer sin motivo alguno que lo justifique. El resentido social no merece nada, porque no se trata de alguien que ha perdido lo que se ganó, sino de alguien que no tiene lo que no se ganó, interpreta que la felicidad de los otros es sólo suerte y asume que es justicia despojarlos para no resolver otro problema que el de su propia debilidad frente al mundo. No soluciona nada porque no le interesa solucionar nada, todo su juego es la búsqueda de la satisfacción de dañar.
Pero resulta que Barrio Norte, que no es ya el destino soñado de los que roban con el estado, está habitado como cualquier lugar del país por gente que salvo excepciones se merece lo que tiene. Pero no se lo merece en base a un juicio general de cuánto creemos que tienen que tener los demás o cuánto les sobra en cuanto a recursos materiales, sino que la adquisición de tales bienes ha sido pacífica y jurídica, es decir ha ocurrido en un marco de trabajo y negociaciones particulares realizadas sin violencia, dando servicios o vendiendo otros bienes, a cambio de los cuales otras personas han pagado un precio con dinero que a su vez obtuvieron por las suyas. Para tener un inmueble se requiere una escritura pública, que se basa en la idea del título perfecto, la sucesión de operaciones jurídicas intachables que ocurrieron hasta que el propietario lo adquirió de un modo legal. Las personas comunes, las que no son como Cabandié unos mantenidos de la política, sólo pueden discutir lo que tiene otro en base a mejores títulos. Desconocerlos o relativizarlos porque estomacalmente unos resentidos que votan resentidos decidan que fuera de ese orden de las transacciones legales hay otro orden paralelo basado en sus bajos sentimientos, no es algo que puedan hacer las personas comunes pacíficas que carecen de los resortes del uso de la fuerza. Hay un estado, es decir toda una organización política cuyo supuesto fundamento es el bien común, que por un lado supervisa la legalidad, pero que por encima de eso que opera en contra de eso mismo en base al mal que los resentidos planean hacer a los que tienen lo que tienen porque lo han conseguido por si mismos.
Entonces Cabandié tiene un lugar en el mundo y en La Nación y se convierte en un personaje al que hay que escuchar y ver y aceptar sus juicios de disvalor para ver como hace de eso una ética.
Uno es el circuito de la justicia y el otro el de la injusticia, por más que le llamen “justicia social” a una manga de ladrones que han decidido que no tienen nada de qué avergonzarse.

Mucho

Federico Luppi con Orlando Barone, Juan Carlos Borocotó, Maradona, Ricardo Jaime, Guillemo Moreno, Diego Maradona, Hebe de Bonafini, Sergio Shocklender, el “Vatayón militante”, los “chicos” de “La Cámpora”, Milagro Sala y su lugarteniente la profe de jardín “Shakira”, Luis D´Elía, Fito Paez, Diego Gwirtz, José Luis Manzano, Roberto Dromi, Sergio Spolsky, Matías Garfunkel, las Hinchadas Unidas, el trío de los Fernández, Cristina, Aníbal y Alberto, De Vido, Amado Boudou, Alejandro Vandenbroele, María José Lubertino, Héctor Timerman, Florencio Randazzo, Chacho Alvarez.

Todo junto.

Si alguien allá arriba quería destruir todo ¿No habrá exagerado un poco?

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