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La caracterización ideológica del “modelo” kirchnerista que quieren profundizar

Comunistas no son, los comunistas no tienen empresas ni empresarios aliados. Pueden ser ricos ellos en lo personal, por corruptos, pero los empresarios no forman parte de su estructura de poder, los expropian. No son estrictamente fascistas porque carecen de una doctrina, solo repiten dos o tres relatos que recogen como un delíbery diario en las usinas de propaganda.

El “modelo” que profundiza la multimillonaria señora Cristina Fernández de Kirchner es una forma de neo-nazismo, utilización brutal del poder, exacerbación del odio, creación y búsqueda de fantasmas, y una cantidad importante de empresarios/delincuentes y testaferros apoderándose de la economía por medios extorsivos, la suspensión de la realidad, el manejo policial de la actividad productiva e invocación a la nacionalidad para dividir y manipular.

Son de izquierda, de eso no hay duda, porque el nazismo es un tipo de izquierda, pero es un esquema ideológico que cabe en un papelito de chicle bazooka, sin otra tradición que la brutalidad. Tiene también sus manifestaciones de anti-semitismo aunque no han cometido ningún genocidio, pero no hace falta que ese elemento los caracterice por completo. Los perseguidos son móviles, para el sistema la persecución es un combustible no un impertativo. Los nazis deben ser reconocidos aunque cambien de víctimas.

Los principios de la propaganda goebbeliana los definen a la perfección:

  1. Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo (Clarín, el campo, las corpo, la derecha)
  2. Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada (la derecha, clarín, los sectores concentrados).
  3. Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. «Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan» (“no nos dejan hablar”, “todo lo ven mal”, “fulano es facho”)
  4. Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave (Carlitos Balá hacía películas de colimbas, Susana Gimenez pidió mano dura, Mirtha Legrand).
  5. Principio de la vulgarización. Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar (Tognetti, Florencia Peña, Pakapaka, Camilo García).
  6. Principio de orquestación. La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas. De aquí viene también la famosa frase: «Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad» (cualquiera de las anteriores).
  7. Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones. (tapan un escándalo con otro, la oposición desaparece)
  8. Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias (operaciones al estilo “hay un fenómeno nuevo llamado “cristimacrismo”)
  9. Principio de la silenciación. Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines (Actividad permanente de ignorar las malas noticias, hacer desaparecer la información política de la televisión abierta, censurada durante 7 años).
  10. Principio de la transfusión. Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas (utilización política de la década del setenta)
  11. Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente de que piensa «como todo el mundo», creando una falsa impresión de unanimidad (las nuevas generaciones se dieron cuenta de lo buenos que somos).

Dicho esto vale aclarar que el nazismo no es una forma legítima de gobernar, es una dictadura, a la que no se le debe respeto, sumisión ni obediencia.  Si el sistema político argentino incluye estas formas totalitarias de poder como una opción en competencia en la democracia, entonces el asunto es que no tenemos constitución. Y sin constitución no existe legitimidad. Habrá que esforzarse entonces por tener una.

 

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La castidad lucrativa marxista

Carl Marx describió por primera vez a la sociedad de personas libres “capitalismo” (“kapitalism” en su idioma original, no porque fuera seguidor de Neshtor) queriendo asociarla con las “bajas pasiones lucrativas”. Gente que acumula bienes, que horror. Seguro que mientras nosotros estamos pensando en mejorar el mundo, ellos, los capitalistas, está elucubrando alguna idea para obtener beneficios, con toda la gente que necesita su que les vaya mal.

Ludwig von Mises toma el guante, la palabra le parece una buena descripción de un sistema en el que se ahorra e invierte, lo que tiene como resultado multiplicar la producción en beneficio de toda la población. En el sistema que quieren sintentizar en una palabra Marx y Mises las personas no se agreden, ninguna está sometida a la voluntad de la otra y si alguien desea obtener colaboración siguiendo planes propios, debe pagar por eso, debe tentarla hasta que acepte (momento en la que habrá otra cosa pecaminosa llamada “precio”). Esto quiere decir que esa acumulación de ahorro que da origen al capital ocurre sin violencia ni fraude. La gran novedad en la sociedad humana que se encontraba en lucha permanente o en una paz en la que unos se encontraban sometidos a los otros, es que alguien es capaz a través de un proceso de colaboración de acumular bienes sin ser saqueado y bajo el “permiso”, también inédito, de hacerlo para su propio beneficio, aunque el resultado sea disfrutado por todos. La palabra capitalismo, más que al proceso económico implicado, describe por lo tanto uno de los aspectos morales más interesantes de ese sistema, aunque no abarque todo el fenómeno.

El problema es que Marx mira al capital bajo una óptica de castidad lucrativa. Como un Torquemada buscando individuos malos que tienen deseos sexuales, derivado en realidad de esa forma de represión de la individualidad por lo que tiene de individualidad, el gurú moral del siglo XX fue y es en la cabeza de buena parte de la humanidad y del llamado mundo occidental, un represor del afán de progreso individual. Aquí viene el aspecto moral más interesante del capitalismo, que hace a esa palabra insuficiente aunque se trate de un buen comienzo. En el conocido capitalismo existe el permiso nunca antes visto del individuo de decir: actúo por mí. Y la tolerancia de los demás, con siglos y siglos de evolución de una mentalidad colectivista, de control tribal del grupo sobre los deseos, que iba desde el castigo organizado de los impulsos de la libido a la estigmatización de los deseos que no incluyeran a todos o a las deidades utilizadas o creadas para someter.

La ética de la libertad debiera en realidad recibir un bautismo que ya le es propio aunque no se usa tanto y que va a l fondo del tabú al que enfrenta con su irrupción. Esa palabra sencilla es individualismo. Lo que todos quieren castigar y lograr al mismo tiempo de manera solapada, como una masturbación en la soledad del convento de la “bondad solidaria”.

El cura pedófilo y el marxista que viaja en primera clase, pertenecen al mismo caldo moral, nacido de la represión de lo que son y su explosión bajo la forma de perversión usada en contra de terceros. Son ambos flageladores de la individualidad en lo que tiene de individualidad. En sus impulsos primarios por la supervivencia que los colectivistas ven como la amenaza, o más bien la crean. Hay que convencer a la población de que sus pasiones son “bajas”, que hay una altura alcanzable en la que no se piensa más en uno, porque también hay un paraíso donde esos impulsos habrán desaparecido y reconvertido en amor general a la población. Si hay un paraíso, sea en la Tierra comunista donde dejaremos de estar pensando en nuestras ganancias, tan feas, o más allá donde dejaremos de andar con los malos pensamientos de la carne. Así esa población estará en estado de deuda inevitable con la pureza y el lugar más importante entre nosotros lo ocuparán los purificadores.

 

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