En lenguaje diplomático “muy bueno” a veces quiere decir “muy malo” y ese es el resultado verdadero de la presencia del embajador norteamericano Anthony Wayne en la Argentina. Quedará en el recuerdo por haber permitido el veto de los funcionarios del manicomio kirchnerista a determinados invitados a la fiesta nacional norteamericana. Lo mismo que se le reprocha a varias embajadas europeas en Cuba.

Tanto Wayne como sus funcionarios se van de un país que les deja un saldo muy desfavorable. Un destino de esos que presentan oportunidades para la carrera diplomática en el Departamento de Estado porque las relaciones se encuentran en el piso y cualquier avance implica sumar puntos en el historial personal. En cambio caer en países civilizados no ofrece oportunidades de progreso en ese sentido. Un país bananero de vez en cuando templa el carácter y suma puntos. Claro que para que eso ocurra tiene que lograrse algún avance y si algo está demostrado es que decirles que si a los locos malos que nos gobiernan no sirve para eso, porque no han podido cumplir ningún objetivo ni mejorar ninguna situación.  Se pasaron tres años y algunos más sin obtener nada en un país hostil que está peor que cuando llegaron. Por más que digan “fantástico”. Ahora habrá que ir a otro país chiflado, como Afganistan, a ver si ahi se logra recuperar el tiempo perdido aquí.

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