Don Alberto Fernández, Jefe de Gabinete y jefe político del amigo de Alejandro Fantino y aspirante a intendente Daniel Filmus, tenía mucho para decir en defensa del “modelo de los noventa”:

¿De qué modelo hablamos?
Por Alberto Fernández
Para La Nación (9/8/98)

Ningún país como la Argentina ha logrado sobreponerse a la “década perdida“. La apertura económica, sumada al redimensionamiento del Estado y a la estabilidad monetaria, permitieron delinear un cuadro de situación infinitamente más ventajoso que el de aquellos años. El resultado se manifestó en un crecimiento sostenido del que nadie puede dudar. Sin embargo, por encima de los éxitos obtenidos en materia económica asoman problemas de trascendencia social que inducen a pensar y a diseñar herramientas que posibiliten la solución del conflicto.

Cada vez que esta disyuntiva se pone sobre la mesa de la discusión, de un modo casi maniqueo se denuncia que lo que se está planteando es abandonar el modelo económico. Por esa vía se diluye cualquier alternativa de revisar otros problemas pendientes de solución.

Pero habrá que admitir que el vértigo que ha caracterizado el cambio en la economía no tuvo un lógico correlato en otras áreas. El acierto que habitualmente atribuimos a las políticas implementadas en esa área no logramos corroborarlo en las desarrolladas en la salud pública, la asistencia social, la educación o la Justicia.

Al iniciarse los años ´90, el Estado podía ser representado como un obeso y lento gigante. Era el efecto irremediable del modelo intervencionista del Estado de bienestar inaugurado con la posguerra.

Las medidas económicas articuladas desde entonces buscaron hacerlo más eficaz para atender mejor las necesidades de la población. De esa manera, se lo puso en línea sin dictarse los correctivos necesarios que, además, lo tornaran ágil. A modo de ejemplo, se constituyó este Estado que, aunque rápido para desregular la economía, es lento para evitar monopolios o proteger consumidores y que, aunque promueve el crecimiento no tiene la misma velocidad para articular políticas sociales de contención.

El debate que debemos darnos gira pues en torno de cuál es el modelo de Estado que los argentinos nos debemos. No hace mucho tiempo, un documento del Banco Mundial presentaba cinco tareas fundamentales a las que calificaba como misiones centrales del Estado: establecimiento de un ordenamiento jurídico básico; mantenimiento de un entorno de políticas no distorsionantes; inversión en servicios sociales básicos e infraestructura; protección de grupos vulnerables, y defensa del medio ambiente.

En realidad, la Argentina exhibe orgullosa la avanzada implementación de la segunda de las tareas detalladas, aunque deberíamos admitir que en el nuevo contexto aún resta fijar más normas claras en favor de la competencia y controles más eficaces sobre los servicios para proteger a los consumidores. Las otras cuatro tareas están pendientes de implementación. Esta Argentina, en la que hasta hace dos semanas se esperaba que el máximo tribunal habilitara una reelección presidencial mediante una extraña interpretación constitucional, vive un “síndrome de ilegalidad” constante que evidencia cuánto queda por hacer en pos de un ordenamiento jurídico claro.

El mal gasto en la asistencia social y en la atención de la salud, sumado al eterno conflicto que muestra la educación pública, es una realidad que asoma ante nosotros cada vez que el litoral se inunda, que debemos reclamar la asistencia médica del Estado o que observamos el deterioro en la calidad educativa de las nuevas generaciones.

La simplificación que induce a pensar que el Estado cumple su objetivo en la sociedad moderna con sólo garantizar el crecimiento y la estabilidad económica es claramente peligrosa. Ha quedado demostrado que los mercados (que son hombres y mujeres) se intranquilizan cuando no acceden a la salud, a la educación o a la Justicia.

Hecha la transformación económica, hemos obtenido el clima mínimo imprescindible para poder pensar en una segunda reingeniería del Estado, que nos permita dibujar el marco en el que el crecimiento y la estabilidad que disfrutamos favorezcan el accionar ético y nos haga pensar en una Justicia más seria, en una mejor salud y en una educación que nos califique en la revolución tecnológica del mundo global que nos envuelve. De eso se trata la discusión del modelo, más allá de lo que los maniqueos de siempre prefieran contar.

El autor es vicepresidente ejecutivo del grupo Banco Provincia y ex superintendente de Seguros.

Artículo publicado por La Nación el 9/8/07
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12 Responses

  1. El artículo es por demás elocuente.

    Algo interesante es que el que suscribe la nota en ese momento era vicepresidente ejecutivo del Banco Provincia ,

    el banco a través del cual se revolearon creditos a los amigos del poder por unos 3 mil millones de U$

    que después resultaron incobrables, y que los contribuyentes provinciales soportaron con impuestos salvajes, patacones y otras delicias fiscales.

    Uno (o una) de las beneficiarios de esos creditos fue la actual esposa de Scioli para su empresa de ropita interior.

  2. Parafraseando al poeta portugués Fernando Pessoa:por la boca muere el pez…. y Alberto Fernández. No nos olvidemos que por entonces, era hombre de Domingo Cavallo quien había dejado de ser ministro dos años antes.

  3. Los peronachos se pelean entre si pero siempre estuvieron juntos, pero la diferencia es que la Capital Federal nunca fue peronista gracias a Dios, todos son vistos como iguales, Kirchner, Menem, etc. Nunca han podido ganar en Capital.

  4. Vieron a Kirchner apuntando con el dedo pulgar no se a quién en la foto de LaNacion.com?,y pensar que a este engendro, ejemplo de lo peor de la clase política lo llaman presidente.

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