Eso dice al menos una nota firmada por Oscar Raúl Cardozo en la edición de hoy sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001. Es el tipo de artículo que lleva a pensar que los medios articulados entrarán en una crisis por falta de credibilidad. Ser tan riguroso para afirmar que no hay pruebas contundentes que avalen la autoría de Al Queda y a su vez ser tan lector de pasquines para lanzar la sospecha de que fue la CIA o sugerir que era todo un plan de Bush (que dicho sea de paso, la política exterior no era una prioridad de su agenda antes de asumir) es digno de un panfleto de la FUA.

Más allá de las distintas opiniones y puntos de vista con los que vale la pena contar, esta pieza demuestra que se llega a escribir en un diario muy importante sin siquiera ser coherente y que los valores tenidos en cuenta para incorporar gente no tienen nada que ver con el servicio al lector.

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4 Responses

  1. Bueno a esto mer referia en el post anterior cuando decia que hay que identificar a los causantes de este desastre…este imbecil de dilatada trayectoria e inmerecido prestigio profesional cree que todo el mundo se maneja con los coidgos imperantes en estas latitudes…es decir donde la vida humana no vale nada y si es necesario dispoenr de ella por miles para ganar algun objetivo “politico” bienvenido…no se puede ser tan estupido…alguien dijo que si no hay nada mejor que decir que el silencio , lo mejor es quedarse callado y esta apestosa rata bien podria hacerle caso…

  2. Es que para ellos terrorismo no es el ataque del 11-S, sino el derrocamiento de los talibanes en Afganistán, de Hussein en Irak, y de cuanta dictadura totalitaria -y por ende en igual medida socializante y estatista- ande dando vuelta por el mundo. Para el gobierno venezolano y pareciera también para este periodista de Clarín -que se cuida de decirlo explícitamente-, el terrorismo no es el ataque intimidatorio, artero e imprevisible (sin ventaja táctica militar inmediata), para lograr debilitar a un enemigo mediante un clima de terror, sea contra soldados desarmados, sea directamente contra civiles. Para ellos “terrorismo” es exactamente lo contrario: el derrocamiento de aquellos grupos y Estados que justifican el terrorismo real en nombre de una unidad popular colectivista inexistente (el “Pueblo” vs. sus enemigos: los disidentes del “anti-Pueblo”). Eso es lo que les preocupa. El terrorismo en sí mismo no les preocupa para nada ¿cómo podrían? Si lo hicieran deberían criticar a casi todos los enemigos de Estados Unidos que hacen uso del mismo sistemáticamente.

    Pero no. Lo que a Chavez y a este periodismo de cuarta les preocupa es que el enemigo número uno de los estados terroristas se haya visto involucrado a su vez en una conspiración terrorista. ¿Por qué? Será, tal vez, para que los terroristas que sí admiten serlo no tengan obstáculos; para que defensores de “derechos humanos” como Hebe de Bonafini puedan seguir festejando con champagne los ataques suicidas contra Estados Unidos sin tener que acomplejarse.
    El miedo de los izquierdistas es comprensible: sería terrible que acaso los atentados del 9/11 hayan sido inventados por la CIA para justificar derrocar a regímenes amigos, cuyos gobiernos son más que honestos en la apología del terrorismo como método natural de lucha contra Occidente. Pero dudo que esa sea su creencia, sin embargo sería muy útil que tal cosa se convirtiera en creencia o sospecha por el público en general, aunque no fuera cierto. Ya que, si de funcionalidades se trata para sacar conclusiones ¿cuán funcional es esta teoría conspirativa sobre los atentados del 11 de Septiembre, a Al Qaeda en particular y al terrorismo islámico en general?

    Y en cuanto a lo dicho por el gobierno de Chavez, le plantearía a sus representantes lo siguiente: la supuesta necesidad norteamericana de inventar enemigos terroristas tiene sentido si estos no existen, pero resulta que sí existen, de hecho su regimen los admira precisamente por ello, desde Norcorea a Iran, desde Hamas a Hezbollah (incluso al Irak de Hussein, el amor perdido de Madres de Plaza de Mayo).
    Al sistema de persecución necesariamente igualitarista -cuya manifestación extrema es el terrorismo clasista desde Robespierre hasta hoy- la izquierda lo llama “democracia”, mientras que llama “dictadura” a la democracia liberal, republicana y limitada, limitación que es, a su vez, no sólo condición de la libertad individual, sino además condición “formal” para que sea una democracia real: que tenga elecciones libres, y se da el caso que es este el tipo de régimen que Estados Unidos, a diferencia de sus enemigos, ha logrado extender en el mundo (y esto incluso cuando más de una vez tuviera que para ello defender un mal menor). Es necesario, sin embargo, aclarar que la democracia multipartidaria no subsistió en el mundo gracias ni a un Carter ni a un Kerry, esos alguna vez filántropos de los verdaderos clanes terroristas del Tercer Mundo. Y fuera de EEUU no sobrevivió la tolerancia pluralista en el mundo árabe gracias a Francia, o Alemania, o a la ONU (baste recordar el Plan Petróleo por Alimentos en Irak) Y ciertamente no subsiste la libertad política y económica en el mundo gracias a Chavez, Castro, Kim Jong Il o Ahmadinejad.

    ¿Extraña entonces a alguien que la izquierda amiga del terror intente ponernos, a quienes no somos sus amigos, en contra de aquellos que sí luchan contra el terrorismo en el mundo? Obviamente no. Lo que debería extrañarnos es que lo haga en nombre de la lucha contra el terrorismo, y que a pesar de eso casi nadie sospeche de sus motivaciones.
    El odio autodestructivo que el populismo ha fomentado contra la derecha en las aburguesadas sociedades occidentales (esto es, el odio contra la defensa de la propiedad privada) hace que nadie vea -o no quiera ver- esa conexión cuasi romántica que existe entre la izquierda y el terrorismo, que supera todas las fronteras ideológicas, religiosas, y hasta históricas. ¿Nadie nota cierta hipocresía -por decir poco- cuando quienes acusan de “nazi” a Bush resultan ser los mismos que defienden las luchas “de liberación” de teócratas y guerrilleros que niegan el Holocausto y quieren barrer a Israel de la faz de la Tierra? Flagrante contradicción es que quienes pretenden quitarle la peor culpa al régimen de Hitler sean los mismos que acusan a sus adversarios de ser Nacionalsocialistas. ¿Será que lo único que les molesta del Nazismo es que haya roto relaciones con su primo hermano el Comunismo? Puede ser, pero resulta que a la vez son los mismos que critican el Holocausto. Nos están diciendo entonces: “luchar demasiado contra los que defienden abiertamente el holocausto podría convertirse en… un holocausto. Que el holocausto mejor lo hagan ellos si hay riesgo de que lo hagamos nosotros.” Nos están diciendo: “luchar demasiado contra los que defienden abiertamente el terrorismo podría llevarnos a… ser terroristas. Que el terrorismo mejor lo hagan ellos si hay riesgo de lo que hagamos nosotros.”
    Pero hay un detalle: resulta que los que han convertido el genocidio y el terrorismo en un deporte son ellos, no nosotros. Y no combatiéndolos nos convertimos en sus cómplices. No, me quedo corto, nos convertimos en sus cómplices y en suicidas, porque se da la curiosa coincidencia de que todos los movimientos terroristas son anti-occidentales y nosotros somos occidentales.

    El enemigo terrorista existe, y no es una ficción inventada por los Estados Unidos de América. Es una realidad creada con armas por los enemigos externos de ese país y del orden social que este abraza. Es una realidad defendida con palabras por los enemigos internos de ese país y del orden social que este abraza. Y estos últimos enemigos internos pueden serlo porque la sociedad contra la que conspiran no es, ni mucho menos, de naturaleza terrorista. Es democrática pero no totalitaria. Es republicana pero no autoritaria. Es una sociedad capitalista donde los recursos se administran con criterios económicos por aquellos que los crean, y no con criterios políticos por aquellos que los expropian. Es una sociedad donde los terroristas no tienen poder, y es una sociedad que, además, promueve que estos no tengan poder en el resto del mundo. ¿Qué podría odiar la izquierda más que esto?

    Si hay que hacer una sugerencia alternativa a la de John Tierney, sería que la razón por la cual no hubo otro ataque similar en Estados Unidos es porque el miedo colectivo que produjo el 11-S se convirtió en rebeldía y eso fue contraproducente a los objetivos políticos del enemigo que festejó los atentados. El miedo colectivo que generó el 11-M, en cambio, tuvo un efecto diferente: se preservó intacto y fue muy útil, no sólo a los Socialistas, sino a los enemigos de Occidente en general que se beneficiaron de la nueva política exterior de España. Es un enfoque interesante.

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